ACLARACIONES PREVIAS


            Sobre el año 1974 cayó en mis manos, por casualidad, el Relato del peregrino o Autobiografía de Ignacio de Loyola, un libro editado en la mítica colección maldoror, de la editorial Labor, del que carecía de información previa y cuya lectura me resultó tan poco estimulante que ni siquiera llegué a la mitad.

            Veinte años después, y también sin razón aparente, volví a seleccionarlo como lectura de verano. Recuerdo que comencé leerlo uno de los últimos días de julio, a la hora de la siesta, en el desaparecido hostal Castro de Zahara de los Atunes.  Al llegar al final del capítulo segundo, donde Loyola narra su vela de armas ante la virgen de Montserrat, sentí de pronto una fuerte emoción que me llevó a escribir en la primera página del libro:  <<Aquí está el padre de don Quijote>>

            Fue una intuición, un presentimiento provocado más por la musicalidad analógica con la prosa del libro de Cervantes, que por su contenido. Una elucubración que, en realidad, no surgía de la nada, sino de una serie de circunstancias azarosas que precisan de una digresión en torno a ciertos hechos ocurridos entre esas dos lecturas del Relato.

            Cuando con dieciséis años decidí leer durante las vacaciones de verano en Fuente del Arco, sólo encontré en la biblioteca jurídica de mi padre dos libros de literatura: “Primeros libros de poesía” de Juan Ramón Jiménez, en la editorial Aguilar, y las “Obras completas” de Cervantes, en la misma editorial.  Me decidí por el último, y al acabar el verano había llegado prácticamente hasta el final del Quijote, del que me convertí en lector asiduo.

            Quince años después, y tras terminar a duras penas la carrera de Derecho, trabajaba como profesor en un instituto de Écija.  Allí, también por casualidad, formé parte de un grupo de teatro de alumnos y profesores que escenificamos, en varias ocasiones, algunos episodios del Quijote.  Precisamente uno de esos pasajes, perfectamente memorizados, fue el que me hizo sentir la analogía entre la anacrónica vela de armas descrita por Loyola en el monasterio de Montserrat y la de don Quijote en la venta. Una igualdad referida no solo a la similitud entre ambas ceremonias, sino especialmente al tono de la prosa.  Aprecié en el Quijote una especie de música de fondo procedente del Relato, una influencia, un parentesco que generó el interés y la búsqueda.

            Me encontraba de vacaciones, sin posibilidad de comprobar si esa relación entre Loyola y don Quijote había sido investigada, así que me dediqué a leer profundamente el Relato, que lo fui apreciando poco a poco como una obra extraordinaria, compleja y atrevida, y mucho más rica y sutil de lo que aparenta a primera vista. Esa penetración en la obra me fue, a su vez, reafirmando en la idea de que entre ese libro y el Quijote existía una oscura conexión, pues la música de fondo, escuchada al principio, persistía insistentemente en otros muchos capítulos.

            Una tremenda inquietud se fue apoderando de mi espíritu, tenía la sensación de estar rozando algún misterio, algo portentoso, aunque también temía que esa fuerte emoción sólo fuera el resultado del clásico alucine zahareño, efluvios de la levantera.

            Volví a Sevilla intrigado y directo a la biblioteca.  La decepción fue inmediata, el primer libro consultado, Vida de don Quijote y Sancho, no solo establecía una extensa relación entre Loyola y don Quijote, sino que además analizaba con precisión los mismos pasajes de la vida de Loyola en los que yo había encontrado conexión con la obra de Cervantes.  En realidad todo el libro de Unamuno versaba sobre esa relación entre el fundador de la Compañía de Jesús y don Quijote.  En definitiva, todo estaba escrito. 

            Con esa convicción y con la idea de indagar ya casi abandonada, aprecié que Unamuno en ningún momento citaba el Relato del peregrino, y que su única fuente era una biografía titulada Vida de Ignacio de Loyola, escrita por el también jesuita Pedro de Ribadeneyra.

            Debo insistir en que para entonces había leído varias veces el Relato y, en ciertos aspectos, lo conocía bastante bien. Tal vez por eso, nada más comenzar la lectura de la Vida de Ribadeneyra, sentí un tremendo rechazo, una especie de repulsión por una obra cuyo estilo ampuloso y su integrista contenido eran radicalmente opuestos a la sencilla y objetiva prosa del Relato.  Me costó mucho trabajo leer las más de quinientas páginas de ese libro considerado como una de las obras maestras de la hagiografía castellana y, cuando a duras penas lo finalicé, tuve la absoluta seguridad de que detrás de toda esta historia había gato encerrado.

            Sería largo recrear el lento proceso seguido hasta obtener las primeras conclusiones, sólo diré que poco tiempo después descubrí uno de los secretos mejor guardados de nuestra Historia: El breve Relato, dictado por Loyola a su compañero Luis Gonçalves da Câmara, había sido secuestrado por los propios jesuitas diez años después de la  muerte del fundador de la Compañía, y no volvió a ver la luz hasta prácticamente mediados del siglo XX.  En su lugar se colocó la plúmbea y fraudulenta biografía de Ribadeneyra (ampliamente alabada por M. Pelayo, R. Lapesa, etc.), cuyo objetivo fundamental era hacer desaparecer para siempre la auténtica Autobiografía. 

            Junto a ese revelador hallazgo fue aclarándose otro de no menos trascendencia: la exhaustiva relación existente entre cada uno de los capítulos del Quijote y el contenido y la historia del Relato y la Vida.  Fue un proceso lentísimo, fascinante, y aún en marcha.

            Mis primeras impresiones aparecieron en un libro, ¡Mi padre! (de la luna libros, Mérida, 1995). Pensaba que con la escasa, aunque novedosa, información ofrecida y las sugerentes asociaciones que planteaba, sería suficiente para producir un auténtico crack en el cervantismo.  Hay que tener en cuenta que la tesis que sostengo, es decir, la relación entre Loyola y don Quijote, es tal vez la más vieja teoría existente sobre la novela de Cervantes, y es también la única que ha perdurado a lo largo de los últimos cuatro siglos.  Muchos de los paralelismos señalados en mi libro ya habían sido estudiados por prestigiosos cervantistas (Bowle, Unamuno, Corradini, etc.), la gran novedad de mi teoría era partir del Relato, mientras ellos lo hacían de la Vida. El secuestro del Relato les había impedido llegar al fondo del asunto, establecer conclusiones definitivas, pues en esa primera fuente se encuentran las claves para avanzar con firmeza en la parodia.

            Eufórico, envié ejemplares del libro a los medios de comunicación y a los más prestigiosos expertos en la materia, pero no obtuve ni una sola respuesta. No obstante, y cada vez con más entusiasmo, seguí indagando en esa fantástica veta que produjo un segundo libro, DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA, (Edición del autor, Sevilla, 1997)

            Repetí los envíos, aguardé respuestas que tampoco llegaron, continué las investigaciones, hice nuevos descubrimientos, y otro título: El triunfo de don Quijote: Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado (Muñoz Moya, Editores Extremeños, 2002, www.mmoya.com), libro donde se recogen ampliadas todas las conclusiones anteriores y se añaden otras nuevas y, por ahora, definitivas.

            A pesar de su contenido y novedosas propuestas, ninguno de esos libros ha merecido ni un solo comentario en los medios de comunicación, ni siquiera en los especializados.  El silencio absoluto se ha impuesto en el cerrado mundo del cervantismo y, por ósmosis, en los adyacentes.  Nadie quiere opinar. Todos callan, a pesar de que ofrezco un trabajo científico, un estudio objetivo y documentado con una tesis, unas pruebas y unas conclusiones fáciles de comprobar.

            He abierto una nueva forma de interpretar el Quijote, dándole a la obra una dimensión que se barruntaba, pero que nunca ha llegado a concretizarse por carecer de referentes que la justifiquen, me refiero al doble sentido, a la ironía,  a la ambigüedad siempre achacada al lenguaje cervantino, pero nunca demostrado con rotundidad pues, al carecer de un referente concreto, siempre ha quedado abierto a todo tipo de especulaciones.  Cervantes dotó a su obra de unas raíces cuyo conocimiento amplía ilimitadamente su interpretación y, por fin, obliga a los estudiosos a relacionar la novela con una trama social e histórica que lo fija en su tiempo.

            Sólo el descubrimiento de la rocambolesca historia del Relato es una noticia excepcional, aunque nadie está dispuesto a comprobarlo. Me he puesto en contacto con varios jesuitas, conocen mis libros, nos escribimos, pero en cuanto se toca el asunto del Relato se piran, se esfuman, se volatilizan, callan. ¿Por qué ese silencio sobre algo que afecta al núcleo central de la historia de la Compañía?

            No menos sorprendente resulta el clamoroso mutismo de los especialista en Cervantes. Su silencio confirma que ningún cervantista quiere contribuir a promover la investigación de esta verdad que  amenaza la seguridad de una elite acomodada y conforme con haber convertido el Quijote en cajón de sastre o chistera maleable a las necesidades de cada uno, siempre que no afecten a los intereses de los demás.

            Os invito, pues, a conocer uno de las historias más fascinantes de la literatura universal, algo sin precedentes conocidos, un nuevo Cervantes, presentado definitivamente como adalid de la libertad y como valiente luchador contra la opresión y la falsedad de la Historia.  Con esa voluntad de denuncia se escribió el Quijote, cuyos primeros ocho capítulos son una parodia genial de los ocho primeros capítulos del Relato, y los restantes una combinación fantástica, un juego permanente de imitación entre el Relato, la Vida y los libros de caballerías, que son, en realidad, el subterfugio utilizado por Cervantes para hacer una crítica despiadada a los libros religiosos, auténticos comecocos de la época con sus falsos milagros e infinidad de mentiras.

            No debe olvidarse que el Quijote contiene un ruego, una petición, una súplica a quien, tarde o temprano, desvele la triste historia que oculta. Es mi compromiso, y el vuestro.  Desde aquí invito a cualquier interesado en la obra de Cervantes a profundizar en este inmenso filón  pues, en contra de lo que tanto se ha dicho, sobre el Quijote y el resto de la obra de Cervantes, apenas se ha escrito.

            Aclarar, por último, que para la lectura de El triunfo de don Quijote es casi imprescindible seguir el orden establecido en el desarrollo del libro, pues las claves crípticas creadas por Cervantes son acumulativas, y sólo se llega a su conocimiento y aceptación a través de la confabulación originada por el acopio progresivo de coincidencias.  Es también recomendable, antes del análisis de cada capítulo, la lectura previa del capítulo de la novela.