BÁLSAMO DE FIERABRÁS


I

El Quijote es una inagotable caja de sorpresas, a medida que se avanza en la investigación de su lenguaje profundo no dejan de aparecer nuevas facetas sobre el ingenio de su autor, su capacidad de inventiva, la constante renovación de recursos, o su portentosa fecundidad paródica. Asombra el arte de Cervantes para combinar los libros religiosos con los de caballerías, su habilidad para recrearse en un episodio ajeno y, sin romper el vínculo, alumbrar otro totalmente distinto, o la astucia para dotar de ambigüedad a un lenguaje ambivalente en el que conviven y se combinan la fraseología caballeresca, religiosa y popular.
Gracias al descubrimiento de las raíces de la novela, puede decirse que la lectura de la obra y la personalidad de su autor van cambiando definitivamente, ahora se perfila una visión cada vez más próxima a la realidad. No debe olvidarse que, sin sus raíces, la novela se ha interpretado en los últimos siglos casi como una abstracción, como una obra de su tiempo, pero en la que el tiempo no había dejado la huella de su momento, la tensión de su época, como si a un cuadro se le despojara de su fondo, como si al entierro del Conde Orgaz se le ocultara la parte terrenal, la representación del mundo, el porqué de la otra parte celestial.
Por fin el Quijote se vislumbra como un fresco sobre las ideologías y tensiones de su época, por fin nos aproximamos a las intenciones de su autor, a su personalidad, por fin deja de ser el personaje aséptico y escurridizo que tanto interés han mantenido algunos en ocultar.
Quienes conocen El triunfo de don Quijote habrán comprobado que hay recursos específicos, propios de cada capítulo, parodias concretas sobre un determinado suceso al que se le imita su contenido y algunos aspectos de su forma, por ejemplo, la vela de armas, o el episodio de Andrés el apaleado, o el de los mercaderes toledanos, etc.
Hay otros recursos más generales, su radio de acción afecta a varios capítulos e incluso a toda la novela, por ejemplo, la maravilla estructural de los ocho capítulos primeros parodiando los ocho del Relato con su fantástico final inconcluso, o las tres salidas de don Quijote emulando las tres de Loyola, o la presencia permanente de Dulcinea en paralelo a la de la Virgen, o el sincronizado transcurso del tiempo hasta hacer coincidir el día de la muerte de don Quijote con la de Loyola, etc.
Uno de estos recursos transversales es el bálsamo de Fierabrás, aparece en el capítulo décimo y recorre prácticamente toda la Primera Parte, aunque con muy desigual relevancia.
Antes de adentrarnos en su misterio, conviene recordar “la neurosis religiosa colectiva” que vive la sociedad española de la segunda mitad del siglo XVI, con una iglesia católica obsesionada por la pérdida de poder que supuso el protestantismo y sus derivaciones, y una sociedad donde conviven distintas tradiciones heredadas de otras religiones y cultos. La obsesión del catolicismo por controlar todo eso y unificar, sin ningún tipo de concesiones, el pensamiento, apoyados en un convencimiento radical de ser los únicos poseedores de la verdad absoluta, dio lugar a todo tipo de perturbaciones paranoicas, atribuidas por unos a intervenciones divinas, por los contrarios a intervenciones diabólicas.
Pueden servir de ejemplo algunas de las anécdotas recogidas por Alvaro Huerga en su libro sobre los Alumbrados de Extremadura, en el que se narran las inquisiciones de fray Alonso de la Fuente, dominico ortodoxo y obsesionado con las facciones heréticas.

“Entre las Alumbradas que había en La Fuente del Maestre, una de ellas, principal, se celebraba por mujer santísima y muy sabia en los misterios de esta secta, según se trataba entre la gente de esta doctrina; era mujer moza, doncella e hija de un pobre hombre hortelano; llamábase Mari Sánchez; y había llegado a tanta perfección que comulgaba todos los días por necesidad espiritual extrema, porque tenía tanta hambre del Sacramento que el día que no se lo daban caía enferma en cama y daba mil gemidos y padecía crueles tormentos y hacía como una mujer mordida de rabia, tanto que ponía admiración no solamente a la gente simple, pero a hombres sabios y religiosos ponía en confusión, no sabiendo a qué espíritu se debían atribuir aquellos efectos. Porque en esta secta se tenía por opinión que todos aquellos efectos procedían de amor de Dios; y ella propia decía que no era más en su mano, a causa de el hambre que tenía del Señor –como adelante se tocará más largamente.
Habiendo, pues, yo predicado, como tengo dicho, esta mujer se halló presente al sermón y, según pareció, para el efecto que hizo venía sobre hecho muy pensado, y para el mismo fin traía una cruz debajo del manto; y luego que yo me bajé del púlpito, se levantó disimuladamente de su lugar y, llegándose al lugar de la predicación, arremetió de golpe y fue corriendo por la escalera del púlpito, y en un instante se puso en lo alto; en lo cual se vio una obra evidente de Satanás, que, siendo la escalera del púlpito asperísima y que tenía quebrado un escalón, y muy alta, la subió con tanta velocidad que de tres mil ánimas que había en el templo, ninguno pudo entender cómo subiese a lo alto tan ligeramente si no fue ayudándola el demonio, como en efecto la favoreció y puso en el mismo lugar donde yo había predicado; y queriendo mostrar la cruz que llevaba para la dicha intención, levantó el brazo y mostró un palo mondo, porque el brazo de la cruz se había caído, o, permitiéndolo Dios, se había quebrado por orden del demonio, que jamás hizo buena compañía con la cruz; asimismo, puesta en lo alto, dio un poderoso grito, diciendo: ¡Dios de mi alma!; y volviéndose contra mí, me llamaba que viniese a disputarme con ella; y decía: ¡Venid acá, bachillerejo!, significando al pueblo que me quería convencer volviendo por su doctrina; y queriendo proceder adelante con su desatino, no le dieron lugar, porque luego la Justicia arremetió contra ella para derribarla de lo alto, y ella se defendía asida a las verjas del púlpito; y estuvo tan fuerte y poderosa para resistir a la Justicia, que fue necesario, según entendí, que la asiesen de las partes vergonzosas para hacerla bajar, y de esta manera se dejó vencer, y luego la bajaron muy deshonestamente, descubiertas sus carnes y las piernas arriba y la cabeza abajo, con grande ignominia de su persona.”

En este mismo pueblo, otras mujeres de la secta “Le abrieron el alma a fray Alonso, contándole “cosas notables de ilusiones diabólicas” que sentían en su oración contemplativa.

Una “me descubrió cómo estando en su recogimiento veía a Jesucristo puesto en una cruz y corriendo sangre, y que, estando ella al pie de la cruz, caía la sangre sobre su cabeza y la bañaba”.
“una alumbrada de Badajoz, mujer pobre y desechada de los alumbrados, vino a las voces de los sermones y me reveló cosas notables. De sí propia me dijo cómo había llegado a tal estado, que todos los días del mundo veía a Jesucristo en la Hostia, en el templo, en su casa, en sus rincones. Estas visiones eran varias: una vez veía a Jesucristo nacido en el pesebre, otra vez glorioso, otra vez en la cruz, otra vez en la columna; y esto, clara y visiblemente con los ojos corporales. Item, que todos los días del mundo se arrebataba: en aquel rapto veía la gloria y las riquezas de ella y la melodía y música divina. Y un día, delante de mis ojos, estando en el templo y hablando con ella, se arrebató en espíritu y quedó sin sentido. Y yo tiraba de ella y no despertaba más que si fuese una piedra. Y pasado un rato, volvió sobre sí, como un hombre que le despiertan de un profundo sueño, y me dijo que había visto las riquezas del cielo, y me preguntaba si había yo visto aquella maravilla del Señor.”

Fray Alonso, en sus sermones en torno al año 1574, explicaba los errores de esta secta:
“…cómo invocaban al demonio, cómo lo vendían por Espíritu Santo, cómo roban las hijas de confesión, tocando en sus haciendas y en sus honras y siendo señores de sus cuerpos; cómo se arrebatan por arte mágica, cómo Satanás les mostraba visiones y sentían revelaciones y veían el misterio de la Santísima Trinidad, cómo eran ladrones y robadores del honor que se debe a la virtud, cómo tenían y enseñaban secta particular, con la cual había grandísimos errores; cómo tenían encantados los pueblos, cómo ensuciaban los sacramentos” etc.

Pues bien, Ignacio de Loyola, hombre que, sin saber leer y escribir e influenciado por un libro de vidas de santos, trasmuta sus fantasías militares por otras religiosas, fue acusado de alumbrado, y muchas de las experiencias recogidas por fray Alonso se encuentran, con sus matices, descritas en el Relato y relacionadas con los primeros momentos de su conversión, con su estancia en Manresa, donde vivió en una cueva haciendo grandes abstinencias, casi desnudo y sin cortarse los pelos, las barbas, ni las uñas de los manos ni de los pies.
-“Estando en este hospital le acaeció muchas veces en día claro veer una cosa en el aire junto de sí, la cual le daba mucha consolación, porque era muy hermosa en grande manera. No divisaba bien la especie de qué cosa era, mas en alguna manera le parecía que tenía forma de serpiente, y tenía muchas cosas que resplandecían como ojos, aunque no lo eran. El se deleitaba mucho y consolaba en ver esta cosa; y cuanto más veces la veía, tanto más crecía la consolación; y cuando aquella cosa le desaparecía, le desplacía dello.” (R, 19)
-“Aquestos días que duraba aquella visión, o algún poco antes que comenzase (porque ella duró muchos días), le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como si le dijeran dentro del ánima: << ¿Y cómo podrás tu sufrir esta vida 70 años que has de vivir? >> Mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerza (sintiendo que era del enemigo): <<¡O miserable! ¿puédesme tú prometer una hora de vida? >> “ (R, 20)
-“cuando se iba acostar, muchas veces le venían grandes noticias, grandes consolaciones espirituales” (R, 25)
-“ un día rezando en las gradas del mesmo monasterio las Horas de nuestra Señora, se le empezó a elevar el entendimiento, como que veía la santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos, que no se podía valer.” (R, 28)
-“ Una vez se le representó en el entendimiento con grande alegría espiritual el modo con que Dios había criado el mundo, que le parecía ver una cosa blanca, de la cual salían algunos rayos, y que della hacía Dios lumbre.” (R, 29)
-“oyendo misa un día, y alzándose el corpus Domini, vio con los ojos interiores unos como rayos blancos que venían de arriba; y aunque esto después de tanto tiempo no lo puede bien explicar, todavía lo que él vio con el entendimiento claramente fue ver cómo estaba en aquel santísimo sacramento Jesu Cristo nuestro Señor.” (R, 29)
-“Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura, que le parecía era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Esto vio en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta, no se atrevería a juzgar que era mentira. Otra vez lo ha visto estando en Hierusalem, y otra vez caminando junto a Padua. A nuestra Señora también ha visto en símil forma, sin distinguir las partes.” (R, 29)
-“Estando todavía en Manresa ejercitándose con mucho fervor en las ocupaciones que arriba dijimos, aconteció que un día de un sábado, a la hora de Completas, quedó tan enajenado de todos sus sentidos, que hallándose así algunos hombres devotos y mujeres, le tuvieron por muerto. Y sin duda le metieran como difunto en la sepultura, si uno dellos no cayera en mirarle el pulso y tocarle el corazón que todavía y aunque muy flacamente le batía. Duró en este arrebatamiento o éxtasis hasta el sábado de la otra semana, en el cual día a la misma hora de Completas, estando muchos que tenían cuentas con él presentes, como quien de un sueño dulce y sabroso despierta, abrió los ojos, diciendo con voz suave y amorosa: - ¡Ay, Jesús!” (Vida I, VII)

Como puede verse, Loyola vivió muchas de las experiencias por las que fueron condenados los alumbrados, también él fue perseguido y encarcelado en distintas ocasiones por la Inquisición.
¿Flota este ambiente de religión, herejía y misticismo en la Tercera Parte del Quijote de 1605? La excesiva fealdad de Maritornes, alumbrando la cura de don Quijote en la venta (“luego la ventera y su hija, le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes”) ¿puede ser un símbolo de ese tipo de Mari-Sánchez descrito por fray Alonso? Dejemos eso por ahora, pero sin alejarnos del clima de oscura espiritualidad existente en los episodios de la Tercera Parte, especialmente en el bálsamo de Fierabrás, cuya conexión con el misterio de la Trinidad debe sugerirnos el enorme riesgo que corre Cervantes al satirizar, nada menos, que la verdad de fe más trascendental de la iglesia católica. Es una hazaña de un valor encomiable, jugar con eso era jugar con fuego, ya se entiende.
No vayáis, pues, a pensar que como no se aprecian las imágenes profundas con tanta claridad como las externas, es que no existen. Tampoco es mi estilo insistir, propongo una lectura del entendimiento, y para ello es imprescindible el esfuerzo personal, la convicción previa avalada con infinidad de pruebas fehacientes. Y, además, conchabarse con Cervantes, comprender que cuando don Quijote nos invita a ver más allá de lo evidente (“cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo!”) debemos escuchar a Cervantes, sugiriendo penetrar en una lectura más invisible de su obra: “es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz”
No hay definición más bella y exacta de la novela, por un lado la cara, plagada de episodios y líneas visibles y definidas, sin arrugas, diáfanas; por otro, el envés, confuso y oscurecido por la trama de hilos que apenas dejan ver las figuras. Sólo quien siente curiosidad, quien tenga ganas de ver y voluntad de comprender el trasfondo, le da la vuelta y, poco a poco, comienza a analizar el otro lado de las formas, su nacimiento, sus trucos. Por supuesto debe conocerse previamente a fondo la situación y circunstancias históricas, el secuestro y suplantación del Relato, etc., lo que sigue es sólo un capítulo más de El triunfo de don Quijote.

II

El bálsamo de Fierabrás es una pócima maravillosa que, forma parte de las leyendas del ciclo carolingio. “Aparece [cito a Murillo en su edición del Quijote] como tema en el cantar de gesta francés Fierabrás (el de feroces brazos) que se fecha hacia 1170. Según la leyenda épica, cuando el rey sarraceno Balán y su hijo el gigante Fierabrás conquistaron Roma, robaron en dos barriles los restos del bálsamo con que fue embalsamado el cuerpo de Jesucristo, que tenía el poder de curar las heridas a quien lo bebía. Vencido el gigante por Oliveros, y habiéndose hecho cristiano, lo devolvió a Roma el emperador Carlomagno. Se trata de una piadosa leyenda medieval que los contemporáneos de Cervantes conocerían por la traducción de una versión en prosa francesa del siglo XV, Hystoria del emperador Carlomagno y de los doze pares de Francia, e de la cruda batalla que huvo Oliveros con Fierabrás, (Sevilla, 1525, y reimpresa varias veces), c. 17 y 19. En esta versión dice Fierabrás que ganó los dos barriles del bálsamo por fuerza de armas en Jerusalén. Oliveros, mortalmente herido, bebe de él y sana por completo”
Esa capacidad del bálsamo para sanar es, pues, la esencia de la leyenda que don Quijote transmite a su escudero la primera vez que le informa sobre el bálsamo en el capítulo décimo

“-Todo eso fuera bien escusado –respondió don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
- ¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.
Es un bálsamo - respondió don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana.

La ignorancia de Sancho, su simpleza, le hacen creer a pie juntillas las palabras de su señor, pero en vez de pensar, como él, en la utilidad salutífera del ungüento, su sentido práctico de la vida le lleva a imaginar las magníficas perspectivas de negocio que ofrece un producto de tales características
-Si eso hay - dijo Panza -, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres - respondió don Quijote.
Pecador de mí! - replicó Sancho -. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?

Conocido el escaso coste de producción, Sancho se entusiasma con la idea y quiere ponerla en práctica inmediatamente.
Con este brevísimo diálogo Cervantes nos ilustra sobre la imaginación de don Quijote y la capacidad de ilusionar y generar expectativas en gente tan inculta e ingenua como su escudero.
Respeto a la leyenda tradicional del bálsamo, don Quijote ofrece dos datos novedosos. De un lado, la escasez necesaria, “una gota” o “dos gotas”, para que produzca efectos. De otro, el conocimiento de la receta, es decir, la posibilidad de fabricarlo, algo discordante con la naturaleza misma del bálsamo legendario, cuya fuerza radicaba en haber servido “para ungir a Jesús antes de enterrarlo” También llama la atención la precisión verbal de Sancho al referirse al bálsamo como “estremado licor”, o sea, la panacea, el sumo invento.
Tras esta primera aparición en el capítulo décimo, no se vuelve a tener noticias del bálsamo hasta el 15, donde Sancho, después de la paliza que le propinan los yangüeses a él, a su amo y a Rocinante, lo recuerda como recurso ideal para aliviar el dolor que padecen en ese momento.
-Querría si fuese posible, respondió Sancho Panza, que vuestra merced me diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra merced ahí a mano, quizá será de provecho para los quebrantamientos de huesos, como lo es para las feridas.
-Pues a tenerla yo aquí, desgraciado yo, ¿qué nos faltaba?, respondió don Quijote. Mas yo te juro Sancho Panza, a fe de caballero andante, que antes que pasen dos días (si la fortuna no ordena otra cosa) la tengo de tener en mi poder, o mal me han de andar las manos. (QI, 15)

Sancho comete el error, producto de su ignorancia y mala memoria, de confundir el nombre de “Fierabrás” con el de “feo Blas”, y su amo jura fabricar el bálsamo antes de dos días, cosa que cumple pues, esa misma noche del apaleamiento, llegan a la venta y, tras sufrir otra nueva paliza, don Quijote acelera la elaboración

-No tengas pena amigo, dijo don Quijote, que yo haré agora el bálsamo precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.

Apenas pronunciadas estas palabras, el caballero recibe un nuevo golpe y, acto seguido, envía a Sancho a buscar los ingredientes

Levántate Sancho si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal, y romero, para hacer el salutífero bálsamo, que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado.

En cuanto Sancho vuelve con los elementos, su amo se pone manos a la obra

En resolución él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza, o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta Pater nostres, y otras tantas Ave Marías, salves, y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo lo cual se hallaron presentes, Sancho, el ventero, y cuadrillero, que ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos.

La elaboración del bálsamo consta de un doble proceso, en primer lugar la parte estrictamente culinaria, consistente en cocer los diversos componentes, o “simples”, hasta obtener una sustancia, o “compuesto”, sobre la cual, una vez embasada, se realiza un segunda proceso, consistente en rezar una serie de oraciones acompañadas, “a modo de bendición”, del signo de la cruz.
Llama especialmente la atención, la duración de la segunda parte del proceso pues, según el narrador, don Quijote dice sobre la alcuza ochenta Pater nostres, ochenta Ave Marías, ochenta salves y ochenta credos, y lo más sorprendente es que “a cada palabra acompañaba una cruz”, no dice a cada oración, sino a cada palabra, lo cual suma más de veinte mil cruces sobre la aceitera.
Finalizado el proceso, don Quijote prueba el bálsamo para conocer su “virtud” y, tras vómitos, sudores y “tres horas” de sueño, queda como nuevo.

Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba, y así se bebió de lo que no pudo caber en la alcuza, y quedaba en la olla donde se había cocido casi media azumbre, y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar, de manera, que no le quedó cosa en el estómago, y con las ansias y agitación del vómito, le dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se tuvo por sano. Y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio, podía acometer desde allí adelante sin temor

Sancho, que tuvo “a milagro” la mejoría de su amo, tomó otra buena cantidad del bálsamo pero, antes de vomitar, le dieron tantas ansias, trasudores y desmayos que pensó que se moría.

Sancho Panza que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo don Quijote, y él tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es pues el caso, que el estómago del pobre Sancho, no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así primero que vomitase le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos, que él pensó bien y verdaderamente, que era llegada su última hora; y viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don Quijote, le dijo:
-Yo creo Sancho que todo este mal te viene de no ser armado caballero; porque tengo para mí, que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.
-Si eso sabía vuestra merced, replicó Sancho, ¡mal haya yo y toda mi parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase?
En esto hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa, que la estera de enea sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado, que no se podía tener.
Pero don Quijote, que como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba, era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo.

No se vuelve a nombrar la pócima hasta casi el final de este capítulo 17, cuando Sancho, hecho polvo tras el manteo sufrido en la venta, recibe la compasiva ayuda de Maritornes

-¡Hijo Sancho no bebas agua!, ¡hijo no la bebas que te matará! ¿ves? aquí tengo el santísimo bálsamo (y enseñábale la alcuza del brebaje) que con dos gotas que dél bebas sanarás sin duda.
A estas voces volvió Sancho los ojos como de través, y dijo con otras mayores:
-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced, como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas, que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos, y déjeme a mí.
Y el acabar de decir esto, y el comenzar a beber, todo fue uno; mas como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pagó de su mesmo dinero, porque en efecto se dice della, que aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de Cristiana.

Tras abandonar la venta, don Quijote, pensando que se enfrenta al ejército de Alifanfarón, capítulo 18, arremete contra un rebaño de ovejas. Los pastores le responden con piedras

Llegó en esto una peladilla de arroyo, y dándole en un lado le sepultó dos costillas en el cuerpo; viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o malferido, y acordándose de su licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra, y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno, que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano.

Los pastores, temiendo haber hecho un mal grave a don Quijote, se alejan apresuradamente, momento aprovechado por Sancho para aproximarse a su amo, que le ruega comprobar cuántas muelas y dientes le faltan

Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote, y al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.
Santa María!, dijo Sancho, ¿y qué es esto que me ha sucedido?, sin duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.
Pero reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor, y olor, que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza, que él le había visto beber, y fue tanto el asco que tomó, que revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse, y con qué curar a su amo, y como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio; maldíjose de nuevo, y propuso en su corazón, de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido, y las esperanzas del gobierno de la prometida ínsula.

Salvo un par de breves referencias posteriores, esta es la última información ofrecida en la novela sobre el bálsamo, un recurso cerrado prácticamente en los primeros capítulos, aunque su presencia parece extenderse a toda la obra.
III

En el capítulo diez de El triunfo de don Quijote” (páginas 353 y siguientes) ya se apunta, en una primera aproximación al bálsamo de Fierabrás, su relación con una sorprendente información de la Vida de Ribadeneyra. En dicho capítulo me limito a señalar las primeras noticias sobre el bálsamo y su fuente paródica. Ahora he reunido toda la información en torno al bálsamo, dispersa fundamentalmente en los capítulos 10, 17 y 18 de la Primera Parte, para analizarla en conjunto, para comparar la totalidad del recurso con su fuente.
Lo primero, e imprescindible, es conocer a fondo el fragmento del Relato, releer, hasta empaparse de su estilo y contenido, la fuente principal de la parodia.

“En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole; y ora esto fuese por su rudeza y grueso ingenio, o porque no tenía quien le enseñase, o por la firme voluntad que el mismo Dios le había dado para servirle, claramente el juzgaba y siempre ha juzgado que Dios le trataba desta manera; antes si dudase en esto, pensaría ofender a su divina majestad: y algo desto se puede ver por los cinco puntos siguientes.
Primero. Tenía mucha devoción a la santísima Trinidad, y así hacía cada día oración a las tres personas distintamente. Y haciendo también a la santísima Trinidad, le venía un pensamiento, que cómo hacía 4 oraciones a la Trinidad? Mas este pensamiento, le daba poco o ningún trabajo, como cosa de poca importancia. Y estando un día rezando en las gradas del mesmo monasterio las Horas de nuestra Señora, se le empeçó a elevar el entendimiento, como que vía la santísima Trinidad en figura de tres teclas, y esto con tantas lágrimas y tantos sollozos, que no se podía valer. Y yendo aquella mañana en una procesión, que de allí salía, nunca pudo retener las lágrimas hasta el comer; ni después de comer podía dejar de hablar sino en la santísima Trinidad; y esto con muchas comparaciones y muy diversas, y con mucho gozo y consolación; de modo que toda su vida le ha quedado esta impresión de sentir grande devoción haciendo oración a la santísima Trinidad.(R, 27-28)

Este fragmento del Relato es la base primitiva donde se inspira el nacimiento del bálsamo de Fierabrás. Según Loyola, durante su estancia en Manresa, su relación con Dios era de maestro-discípulo, Dios le enseña y él aprende como un niño. Ese tutelaje divino lo demuestra a través de una serie de cinco “puntos”. En el primero nos habla de su “devoción a la santísima Trinidad” y del encantador enredo numérico que le producía rezar individualmente al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo y, además, a la Trinidad en su conjunto, con lo cual acababa haciendo oración a cuatro e, indirectamente, rompiendo la esencia de un misterio que gira en torno al tres, y eso le parecía un poco conflictivo. También nos habla, en ese primer punto, de una especie de visión mística que le produjo un subidón de conocimiento, y de la devoción a la santísima Trinidad que, en consecuencia, le quedó para siempre.
Ribadeneyra, aunque sin más información que ese fragmento del Relato, nos ofrece una versión bastante original.

“Habiendo pues salido, por la misericordia divina de las angustias, y apretura de las tentaciones pasadas, y viéndose ya en más anchura y libertad de corazón, no por eso aflojó punto del cuidado que tenía de sacar un vivo retrato de todas las virtudes de su alma. Y el buen Jesús que es fiel y verdadero en sus palabras, y misericordiosísimo en sus obras, y que nunca deja ningún servicio por pequeño que sea sin galardón, quiso regalar a este siervo con halagos y consolaciones divinas, alumbrando con ellas su entendimiento, inflamando su voluntad, y esforzándole, y alentándole para todo lo bueno. De tal suerte que a la medida de la muchedumbre de los dolores pasados que había sufrido en su corazón, alegrasen y regocijasen su ánima (como dice el Profeta), las consolaciones del Señor. Y así aunque desde el principio trataba Dios a Ignacio, (según él solía decir), a la manera que suele un discreto, y buen maestro que tiene entre manos un niño tierno, para le enseñar, que va poco a poco, y no le carga de cosas, ni le da mucha lección, hasta que sepa y repita bien la pasada. Pero después que con las tentaciones pasó adelante, y subió ya a la escuela de mayores, comenzóle Dios a enseñar doctrina más alta, y descubrirle cosas y misterios más soberanos. De donde como él fuese devotísimo de la Santísima Trinidad, y a cada una de las personas divinas, tuviese devoción de rezar cada día su cierta y particular oración, un día estando en las gradas de la iglesia de Santo Domingo, rezando con mucha devoción las horas de nuestra Señora, comenzóse a levantar en espíritu su entendimiento, y representósele, como si la viera con los ojos, una como figura de la Santísima Trinidad, que exteriormente le significaba lo que él interiormente sentía. Fue esto con tanta grandeza y abundancia de consuelo que ni entonces, ni después andando en una procesión que se hacía, era en su mano reprimir los sollozos, y lágrimas que su corazón y ojos despedían, las cuales duraron hasta la hora del comer. Y aún después de comer no podía pensar ni hablar de otra cosa, sino del misterio de la santísima Trinidad. El cual misterio explicaba con tanta abundancia de razones, semejanzas, y ejemplos, que todos los que le oían se quedaban admirados y suspensos. Y desde allí se le quedó este inefable misterio tan estampado en el alma e impreso, que en el mismo tiempo comenzó a hacer un libro desta profunda materia, que tenía ochenta hojas, siendo hombre que no sabía más que leer y escribir. Y por toda la vida le quedaron como esculpidas en el alma las señales de tan grande regalo. Porque siempre que hacía oración a la santísima Trinidad, la cual solía hacer a menudo, y gran rato cada vez, sentía en su alma grandísima suavidad del divino consuelo. Y algunas veces era más señalada y particular la devoción que tenía con el Padre eterno, como con principio y fuente de toda la divinidad, y origen de las otras personas divinas. Después otras con el hijo, y finalmente con el Espíritu santo, encomendándose y ofreciéndose a cada una de por sí, y sacando juntamente de todas como de una primera causa, y bebiendo como de un plenísimo manantial y fuente de todas las gracias en abundancia, el sagrado licor de las perfectas virtudes.” (Vida I, VII)

El inflamiento se aprecia desde el principio, Ribadeneyra añade toda esa introducción beatífica y retórica que se extiende hasta el segundo punto y seguido. A partir de ahí comienza su versión del fragmento del Relato, introduciéndolo con un engañoso paréntesis “(según él solía decir)” con el que ha conseguido hacer creer a sus lectores (mientras el Relato permaneció secuestrado) que escribía de oídas, que era algo escuchado varias veces a Loyola. A continuación se explaya en el ejemplo del maestro de escuela y explica la devoción de Loyola a la Trinidad, ofreciendo una versión ampliada del momento místico, de la visión, aunque ocultando el detalle de las “tres teclas” porque, seguramente, le parecía poco serio. Es decir, a la vez que atiborra de paja la fuente original, hace desaparecer todo aquello que considera impropio, como el chocante lío de las 4 oraciones, e inventa cosas beneficiosas a su propósito, como la admiración que provoca en todos cuantos le escuchan. Tampoco se tienen noticias del libro de ochenta hojas sobre tan “profunda materia”
La restante información vuelve a ser, como la del principio, pura invención, malabarismos verbales de congregacionistas. El asunto finaliza con esa imaginativa licuación de la Trinidad, interpretada como “un plenísimo manantial y fuente de todas las gracias en abundancia, el sagrado licor de las perfectas virtudes.”
Una vez conocido el texto cervantino y sus fuentes, veamos su interrelación. Lógicamente todo lo expuesto a continuación forma parte de un contexto cuyo entramado histórico y reivindicativo aparece en “El triunfo de don Quijote”, donde se especifican las pautas y procedimientos paródicos de Cervantes. También debe comprenderse que al desmembrar el tema del bálsamo de los capítulos donde se haya incrustado, se está descontextualizando un símbolo cuyo contenido entra en relación directa con los diversos asuntos tratados en dichos capítulos. Sin embargo, sólo acometiendo un análisis de la información total ofrecida en la novela sobre el bálsamo, sólo aislándolo como recurso indiviso, podremos obtener una perspectiva completa sobre su alcance. Por otra parte, es lógico que Cervantes, tratándose de un tema tan delicado y comprometido, haya preferido desparramarlo para complicar su reconstrucción.
Volvamos al principio. En la primera ocasión que se menciona el bálsamo, capítulo décimo, don Quijote lo recuerda por oportunismo, si él se hubiera acordado de hacer una redoma del bálsamo, ahora le vendría muy bien para curar la herida de su oreja

-Todo eso fuera bien escusado –respondió don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.

Cuando Loyola escribe el Relato, el tiempo de las primeras “noticias espirituales” queda lejano, no recuerda con exactitud

Mas estas cosas ni las sabía explicar, ni se acordaba del todo bien de aquellas noticias espirituales, que en aquellos tiempos le imprimía Dios en el alma. (R, 29)

Don Quijote, como dirá enseguida, recuerda la receta, pero ha olvidado estar prevenido, no ha tenido necesidad del bálsamo que, lógicamente, ha despertado la curiosidad de Sancho

- ¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.
Es un bálsamo - respondió don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna.

Don Quijote lo tiene en la memoria, no es, pues, como ya se dijo, el bálsamo robado a los pies de Cristo crucificado, es un bálsamo que él puede fabricar porque recuerda la receta, porque lo tiene grabado, en correspondencia con la información sobre el misterio de la Trinidad que a Loyola le queda grabada

-Y desde allí se le quedó este inefable misterio tan estampado en el alma e impreso
-Y por toda la vida le quedaron como esculpidas en el alma las señales de tan grande regalo

En dos ocasiones Ribadeneyra apunta los efectos perdurables que la visión deja en el alma de Loyola: “estampado-impreso”, “esculpidas”, tres formas de impresionar o grabar algo, que mantienen un claro paralelismo con la forma en que don Quijote tiene grabado su recuerdo: “tengo la receta en la memoria”
Ribadeneyra considera el fenómeno como un “grande regalo”, una dádiva de Dios a Loyola. Por eso Sancho pide a don Quijote la receta, desea obtener, como Loyola, un regalo que le permita vivir “honrada y descansadamente” el resto de su vida

“vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente”

Primero Cervantes ha ido informando sobre generalidades del bálsamo, después pasa a comunicarnos algunas de sus cualidades, la primera, su liquidez. Don Quijote le explica a su escudero que, cuando esté herido, debe darle “a beber solos dos tragos del bálsamo” Queda, pues, claro que el bálsamo se bebe y que, dadas sus virtudes, es un licor muy especial, un “estremado licor”
Recordemos ahora que, según Ribadeneyra, Dios fue inculcándole a Loyola una sabiduría especial, un regalo divino que le condujo a una personal comprensión del misterio de la Trinidad

Y por toda la vida le quedaron como esculpidas en el alma las señales de tan grande regalo. Porque siempre que hacía oración a la santísima Trinidad, la cual solía hacer a menudo, y gran rato cada vez, sentía en su alma grandísima suavidad del divino consuelo. Y algunas veces era más señalada y particular la devoción que tenía con el Padre eterno, como con principio y fuente de toda la divinidad, y origen de las otras personas divinas. Después otras con el hijo, y finalmente con el Espíritu santo, encomendándose y ofreciéndose a cada una de por sí, y sacando juntamente de todas como de una primera causa, y bebiendo como de un plenísimo manantial y fuente de todas las gracias en abundancia, el sagrado licor de las perfectas virtudes.”

El especial regalo de comprensión de la Trinidad se traducía en un sentir “en su alma grandísima suavidad del divino consuelo”, es decir, un gran alivio para las fuertes tribulaciones padecidas por Loyola en esos momentos de confusión y escrúpulos, un efecto balsámico para un alma acongojada.
Pero ¿cómo toma Loyola ese bálsamo? Para poder aproximarse al inexplicable misterio de la Trinidad, Ribadeneyra recurre confusamente al símbolo del manantial, la devoción de Loyola por cada una de las tres personas distintas permite sacar “juntamente de todas como de una primera causa”, es decir, tres ríos fundidos en un único “manantial y fuente de todas las gracias en abundancia” o, lo que es lo mismo, “el sagrado licor de las perfectas virtudes.”
Las analogías entre el “sagrado licor” y el “estremado licor” comienzan a entreverse, ambos han sido considerados licores, por lo tanto bebibles, y se les achaca propiedades virtuosas. Ribadeneyra lo define como “sagrado licor de las perfectas virtudes” y, según el narrador, una vez elaborado el potingue, don Quijote “quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo”
Puede decirse que las características esenciales del símbolo utilizado en la Vida han sido absorbidas astutamente por Cervantes para otorgarle al bálsamo de Fierabrás un contenido paralelo: memoria, regalo, bebible, licor y virtuoso.
Pero, todavía en el capítulo décimo, aporta un detalle clave para su identificación. Cuando Sancho interroga a don Quijote sobre el coste de elaboración de la pócima, le responde

-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres - respondió don Quijote.

En dos ocasiones se repite incidentalmente el tres, el número en torno al que gira el misterio de la Trinidad y que también se repite dos veces en el Relato (“oración a las tres personas distintamente […] vía la santísima Trinidad en figura de tres teclas”)
Pero por si cupiera alguna duda, y para reforzar la consistencia del paralelismo, Cervantes añade en el capítulo diecisiete una pista definitiva con motivo de la elaboración del bálsamo

En resolución él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto.

Si volvemos de nuevo al final del fragmento de Ribadeneyra, se puede comprobar cómo el jesuita enumera primero los “simples” (el Padre eterno, el hijo, y el Espíritu santo) para obtener después el “compuesto” (“sacando juntamente de todas como de una primera causa”) Es cierto que don Quijote utiliza cuatro simples (aceite, vino, sal, y romero) para hacer su compuesto, bien para disimular el peligroso paralelismo o para jugar con el lío entre el tres y el cuatro que se hace Loyola en sus oraciones (“haciendo también a la santísima Trinidad, le venía un pensamiento, que cómo hacía 4 oraciones a la Trinidad”) Tampoco debe ser casualidad que a don Quijote, mientras bebe el bálsamo en medio del rebaño de ovejas del capítulo dieciocho, le llege “otra almendra, y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno, que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca” De nuevo la aparición del bálsamo en el siguiente capítulo evoca el juego con el tres y el cuatro que provocaba el conflicto intelectual de Loyola, la duda existente sobre la dentadura del caballero.
La segunda fase en la elaboración del bálsamo ya se ha visto que consiste en una ceremonia en la que don Quijote, ante la presencia de Sancho, el ventero y el cuadrillero, oficia de maestro, y en la que llama especialmente la atención el desproporcionado número de oraciones en su totalidad y, sobre todo, el número exacto y exagerado en el que se repite cada una de las oraciones: “dijo sobre la alcuza más de ochenta Pater nostres, y otras tantas Ave Marías, salves, y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición”
Se trata de un nuevo referente para otorgarle credibilidad y seguridad al conjunto de la parodia, pues ese es el número concreto que aparece en el texto de Ribadeneyra

Y desde allí se le quedó este inefable misterio tan estampado en el alma e impreso, que en el mismo tiempo comenzó a hacer un libro desta profunda materia, que tenía ochenta hojas, siendo hombre que no sabía más que leer y escribir.

El contenido de las ochenta hojas gira en torno a la “profunda materia” del misterio de la Trinidad, de ahí que las oraciones del bálsamo deben contabilizarse en el mismo número, se trata de lograr con ello un nuevo paralelismo simbólico, casi mimético.
Todas esas analogías, en conjunto, parecen más que suficientes para establecer una relación paródica, pero Cervantes va todavía más allá y a cada paso deja pequeñas pistas para alumbrarnos, para no dejar sin agarres el envés oculto de la trama novelesca.
Cuando Sancho permuta la promesa de ínsula por la receta del bálsamo (“no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor”) lo hace esgrimiendo un derecho en pago de unos servicios, el mismo concepto planteado por Ribadeneyra en la relación de Cristo con sus siervos

“el buen Jesús que es fiel y verdadero en sus palabras, y misericordiosísimo en sus obras, y que nunca deja ningún servicio por pequeño que sea sin galardón, quiso regalar a este siervo con alagos y consolaciones divinas”

Igual que Cristo no deja ningún servicio sin galardón, Sancho reclama la receta en pago de los servicios realizados a su señor.
Al inicio de la conversación sobre el bálsamo, Sancho requiere de su amo una especie de docencia (“¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?”) semejante a la recibida por Loyola en sus comienzos, según queda reflejado tanto en el Relato (“En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole; y ora esto fuese por su rudeza y grueso ingenio, o porque no tenía quien le enseñase”) como en la Vida (“desde el principio trataba Dios a Ignacio, (según él solía decir), a la manera que suele un discreto, y buen maestro que tiene entre manos un niño tierno, para le enseñar”)
Existe un evidente paralelismo entre la “abundancia” de consuelo que la visión de la Trinidad provoca a Loyola (“con tanta grandeza y abundancia de consuelo”) y la enorme cantidad de bálsamo que toma don Quijote y, después, beberá Sancho (“y así se bebió de lo que no pudo caber en la alcuza, y quedaba en la olla donde se había cocido casi media azumbre” “no era poca cantidad”) El cachondeo se extiende hasta ese detalle de “casi media azumbre” en paralelo a la “tanta grandeza y abundancia” de la Vida, lo que tal vez guarde también relación con la baratura de la producción del bálsamo, pues Loyola alcanza su espiritualidad en abundancia y sin coste.
Ribadeneyra califica la gracia que recibe Loyola, y que le transforma en un ser virtuoso, como “un plenísimo manantial”, razón por la que a don Quijote, tras beber el bálsamo, le dio “un sudor copiosísimo”, tras el cual “mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se tuvo por sano. Y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio, podía acometer desde allí adelante sin temor” No sólo se imita el superlativo asociado a lo líquido (plenísimo/copiosísimo) sino que vuelve a repetirse subrepticiamente el número tres (“quedóse dormido más de tres horas”), convertido en referente central de la parodia, cuyo contenido general coincide con la esencia del texto de Ribadeneyra, pues don Quijote se tuvo por sano al cabo de las tres horas de sueño, y creyó que, a partir de entonces, podía acometer “sin temor alguno cualesquiera ruinas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen” Una confianza paralela a la adquirida por Loyola tras su experiencia con la Trinidad, pues su fe y esperanza en la ayuda de Dios para cumplir las “perfectas virtudes” ha salido reforzada. Ribadeneyra insiste en esa idea de fortaleza adquirida por Loyola cuando “pasó adelante, y subió ya a la escuela de mayores, comenzóle Dios a enseñar dotrina más alta, y descubrirle cosas y misterios más soberanos” Toda esa fuerza, ese conocimiento, es paralelo al valor, a la ausencia de temor en don Quijote.
En realidad, la explicación del narrador sería innecesaria si su intención fundamental no fuera llenar el vacío del lenguaje profundo pues, hasta ahora, don Quijote ha demostrado, sobradamente, un valor sin límites y un desconocimiento del temor. Sin embargo, sí puede hablarse del temor de Sancho, ya que todo lo referido al bálsamo, está matizado por una especie de contrapunto temeroso, de miedo a lo herético o pecaminoso, según se deduce del sencillo, pero ambiguo, lenguaje de Sancho.
La primera pincelada de esos temores aparece en cuanto su amo se refiere, sutil y encubiertamente, al misterio de la Trinidad

-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres - respondió don Quijote.
Pecador de mí! - replicó Sancho -. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?

La descarada reiteración del número tres hace pronunciar a Sancho esa interjección que denota sorpresa y, según Clemencín, “incomodidad e impaciencia”, pues tras el deseo de hacerse con el rentable invento, Sancho teme posibles consecuencias negativas. La sensación de que rondan algo pecaminoso vuelve a percibirse más adelante en otra interjección en la que Sancho invoca a la virgen e, inmediatamente, vuelve a llamar a su amo “pecador”

Santa María!, dijo Sancho, ¿y qué es esto que me ha sucedido?, sin duda este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca.

No es sangre, sino bálsamo, por eso insiste en lo pecaminoso. Más adelante don Quijote se atreve a calificar el bálsamo de “santísimo”

-¡Hijo Sancho no bebas agua!, ¡hijo no la bebas que te matará! ¿ves? aquí tengo el santísimo bálsamo (y enseñábale la alcuza del brebaje) que con dos gotas que dél bebas sanarás sin duda.
A estas voces volvió Sancho los ojos como de través, y dijo con otras mayores:
-¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced, como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas, que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos, y déjeme a mí.

El superlativo utilizado por don Quijote, paralelo al utilizado en el Relato y en la Vida al referirse a la Trinidad (“Y haciendo también a la santísima Trinidad, le venía un pensamiento, que cómo hacía 4 oraciones a la Trinidad?” / “Tenía mucha devoción a la santísima Trinidad”, etc.), provoca la reacción airada de Sancho, que reniega del bálsamo, e incluso de su señor, instándole a que guarde “su licor con todos los diablos” y denunciando, temeroso, el carácter demoníaco del “licor” Ese mismo sentido se aprecia en otra de las referencias al bálsamo

“Y ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquel maldito brebaje, que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que el estómago” (QI, 25)

La sola mención de una burla tan irreverente, tan herética, le “revuelve el alma”, aunque él está participando de la burla pues, un poco antes, capítulo 21, se ha referido al bálsamo, irónicamente, con el superlativo “benditísimo”

“Eso será –dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas y le rompieron el alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar las asaduras.
-No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes tú, Sancho, dijo don Quijote, que yo tengo la receta en la memoria.
-También la tengo yo, respondió Sancho, pero si yo le hiciere ni le probare más en mi vida, aquí sea mi hora. Cuanto más que no pienso ponerme en ocasión de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco sentidos, de ser ferido, ni de ferir a nadie. ” (QI, XXI)

Siguiéndole el juego a don Quijote al calificar el bálsamo de santísimo, él lo llama “benditísimo”, aunque al denominar al bálsamo “brebaje”, el superlativo pierde su valor e, irónicamente, adquiere un significado despectivo y matizado por la referencia al símbolo de la cruz: “le santiguaron”
Mucho más sutil es el final de la intervención de Sancho: “pienso guardarme con todos mis cinco sentidos
Recordemos que a Loyola le trataba Dios igual que un maestro trata a un niño, le enseñaba poco a poco, y él creía tanto en esa docencia divina que dudarlo le parecía una ofensa.

“En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole; y ora esto fuese por su rudeza y grueso ingenio, o porque no tenía quien le enseñase, o por la firme voluntad que el mismo Dios le había dado para servirle, claramente el juzgaba y siempre ha juzgado que Dios le trataba desta manera; antes si dudase en esto, pensaría ofender a su divina majestad: y algo desto se puede ver por los cinco puntos siguientes.”

Sancho piensa guardarse, con los cinco sentidos, de no ser herido ni de herir a nadie. Loyola piensa que, si dudara de la protección de Dios, le ofendería. Y prueba esa protección con cinco ejemplos, el primero de los cuales es el de la santísima Trinidad, al que subrepticiamente, gracias al cinco, ha vuelto Sancho a relacionar con el “benditísimo brebaje”
La Inquisición portuguesa, muy atenta a las posibles sátiras religiosas de la novela, censuró el superlativo “santísimo”, así como las referencias a las abundantes oraciones dichas por don Quijote sobre la alcuza. Se ignora hasta qué punto dicho tribunal eclesiástico, con importante protagonismo de la Compañía de Jesús, estaba al tanto del sentido sacrílego del bálsamo, pero el caso es que acertaron de lleno en varias frases y expresiones relativas a su contenido paródico. Debían sospechar algo, pero probablemente les fue imposible localizar el verdadero trasfondo de la obra, así que se conformaron con censurar vocablos, expresiones y frases de indudable matiz religioso.
Todas esas alusiones encubiertas dan pie a que pueda también interpretarse la ingenua torpeza de Sancho, confundiendo Fierabrás con feo Blas (“Querría si fuese posible, respondió Sancho Panza, que vuestra merced me diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas”), como otra referencia más a la sátira, pues el vocablo “feo”, según el diccionario de autoridades, puede aplicarse, por traslación, a las cosas no materiales que causan horror o desagrado. Los nombres del demonio han sido tantos y tan cambiantes a lo largo de la historia que el “feo Blas” podría interpretarse como otra forma más de referirse al carácter satánico del bálsamo.
De hecho, a poco que se preste atención a lo mucho sugerido por el texto, se tiene la sensación de que Cervantes mezcla todo el asunto con un punto de hechicería, no olvidemos que la primera intención de don Quijote es envasar el bálsamo en una redoma pero, al no haber en la venta, lo puso en una alcuza o aceitera. En dos ocasiones se utiliza el vocablo “redoma”, un dato más para asociar el resto de la ceremonia religiosa con el sentido malicioso del vocablo: “Dixose redoma, porque ultra de ser doblada en el gruesso del vidro, se mete en el fuego y se doma y recueze dos veces. De aquí llamamos redomado al hombre cauteloso y astuto, porque está recozido en malicia”
¿No están todos los diálogos en torno al bálsamo recocidos en malicia? ¿No resulta patética, o maléfica, la escena con don Quijote desdentado, descalabrado, con dos chichones en la cabeza, sudando copiosamente, rezando y haciendo miles de cruces sobre una aceitera, mientras Sancho, el ventero y el cuadrillero observan, casi a oscuras, la función en silencio? Tras la comicidad externa, la escena evoca tenebrosos momentos, conjuros, bebedizos, brujería. El haz cara presenta rasgos católicos, el envés, nigrománticos.
Creo suficientemente probado el paralelismo simbólico, paródico, entre el poder espiritual que otorga la visión y comprensión del misterio de la Trinidad a Loyola, y el poder salutífero de un bálsamo que otorga a don Quijote casi el don de la invulnerabilidad. El juego consiste en traducir en activa una acción espiritual o subjetiva, don Quijote transforma en realidad el poder espiritual adquirido por Loyola. Sin embargo la esencia de ambos es la individualidad, ambos dones son intransferibles.
Loyola descubre cosas y misterios soberanos, su entendimiento se eleva, y alcanza visiones inasequibles para quienes no han recibido “en el alma las señales de tan grande regalo” Es decir, su experiencia es personal y, por lo tanto, sólo él puede beneficiarse directamente. Por eso a Sancho el bálsamo no le produce los efectos positivos que a su señor, por eso maldice, enfadado, cuando se le informa de la ineficacia del mejunje por la falta de un requisito, no haber sido armado caballero. Otra más de las finísimas sutilezas de la parodia cervantina. Precisamente, antes de notificar la ineptitud del bálsamo, Cervantes ha informado, por boca del narrador, que Sancho “tuvo a milagro la mejoría de su amo” Un detalle fundamental que refuerza el sentido religioso de la totalidad y que se deduce del texto de Ribadeneyra al considerar un “regalo”, algo milagroso, las gracias otorgadas a Loyola por Dios. Pero además, el narrador, con su aparente ingenuidad característica, añade otra sutilísima maravilla.

Sancho Panza que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo don Quijote, y él tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo.

Con ¡buena fe!, por fin aparece la fe, la esencia, junto al tres, del misterio de la Trinidad: “La más profunda de las verdades de fe es ésta: habiendo un solo Dios, existen en Él tres Personas distintas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas.”
Sancho bebe del bálsamo con buena fe, pero a pesar de eso no le produce los efectos que a su amo, o sea, no basta creer en el misterio, no basta con tener fe, es imprescindible, para poder alcanzar ciertos dones, para gozar de sus virtudes, haber sido armado caballero o, en el lenguaje religioso, haber recibido enseñanzas de Dios, ser devoto de la Trinidad, etc.
El bálsamo forma parte de una serie de objetos maravillosos (yelmo y espada) cuyo sentido es reforzar la invulnerabilidad de don Quijote, y cuya simbología, respecto al lenguaje profundo, hace referencia al camino ascético de Loyola, a la búsqueda y logro de unos poderes espirituales que le convirtieron en una persona santa y con capacidad para conectar fácilmente con Dios. Algo parecido a ese poder ostenta el caballero con la elaboración del bálsamo, ya no siente temor ante ningún peligro, ahora tiene la seguridad de que Dios le ha enviado, y protege su vida.

IV

¿Nos encontramos ante una sátira despiadada sobre el misterio de la Trinidad, sobre la devoción y entrega de Loyola, o sobre la prosopopeya literaria de Ribadeneyra?
El caso es que todo aparece junto, y tan revuelto como esos irreverentes vómitos donde el bálsamo (símbolo del misterio santísimo) se mezcla con sudores y trasudores, con palizas relacionadas con los deseos sexuales de un caballo, o con la lascivia de una moza, ejemplar cristiana, caracterizada como puta de la venta.
¿Cómo engarzar con esta sátira los últimos gestos religiosos (hábito en 1613 y profesión en la Orden Tercera de Francisco) realizados por Cervantes en el periodo final de su vida? ¿En qué medida conviven esas actuaciones socio-religiosas con unos escritos de tan contraria radicalidad?
¿Quién es este Cervantes? ¿El joven erasmista conocedor de las intimidades de la curia romana bajo el auspicio del cardenal Acquaviva? ¿El humanista iconoclasta liberado del cautiverio de Argel y asqueado de fundamentalismos irrespetuosos con la vida? ¿O el escéptico incorregible y en el punto de mira de la Inquisición? ¿Fue la vida de Cervantes, tras su cautiverio, pura apariencia como el Quijote?
Es aventurado, todavía, ajustar un retrato preciso sobre la ideología y el comportamiento de Cervantes. Lo incuestionable es que las nuevas perspectivas del Quijote son un espaldarazo definitivo a los enfoques apuntados por Mayans y continuados por Marcel Bataillon, Américo Castro, Lúdovik Osterc, Maurice Molho, James Iffland, Roberto Véguez, y otros.
Cuando conocemos que el episodio de los mercaderes toledanos oculta una sátira irreverente sobre el dogma de la Inmaculada concepción, cuando vemos que los molinos de viento son simbólicos gigantes que encubren el poder omnímodo y maléfico de la Inquisición, o cuando descubrimos que, tras la experiencia mística de Loyola en torno a al misterio de la santísima Trinidad, ha montado un jocoso episodio de vómitos y milagros, no queda más remedio que pensar que nos encontramos en el camino hacia Cervantes.