INTRODUCCIÓN

“ninguna parodia puede ser adecuadamente apreciada si no se estudia sistemáticamente el objeto que ridiculiza” [1]

I. RELATO

NACIMIENTO DEL RELATO

   El Relato del peregrino o Autobiografía de Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, es un libro envuelto en una larga y rocambolesca historia aún sin concluir, y cuyo estudio objetivo irá poco a poco revelando aspectos desconocidos de su protagonista y de su autor,  y algunos datos encubiertos sobre determinadas órdenes religiosas y otros asuntos sociales y culturales de la época.

   Su nacimiento se debe a una tarea casi colectiva en la que, directa o indirectamente, participaron muchos de los compañeros de Loyola.  En realidad fue una obra de encargo,  fruto del acuerdo y del deseo de una colectividad que había decidido, tras la confirmación de la Compañía por el papa en 1540, que Loyola y los demás fundadores escribieran su corta y reciente historia.  Para ello se dispuso que cada uno, casi todos mayores y muy debilitados por sus peregrinaciones y penitencias, redactara una especie de memoria donde se incluyera, además de algunos datos personales, todo cuanto recordaran desde el momento en que, sobre 1529, se conocen en París  y se unen a Loyola. La idea era no sólo dotar a la Compañía de una memoria personal, sino de hacer de esas vivencias ascéticas un itinerario doctrinal que sirviera de ejemplo para sus futuros miembros.

   Fruto de este encargo fueron unos cuantos libros de extensiones y calidades diferentes, entre los que merece la pena destacar: el Memorial del Mtro. Pedro Fabro (1542), la denominada Epístola del P. Laínez (1547), considerada la primera biografía de Loyola, el Sumario del P. Polanco, y las Exhortaciones  del P. Nadal (1554). A estos cuatro textos habría que añadir una importante carta de Loyola, conocida como “Persecuciones del año 1538”, a su benefactora Isabel Roser.

   Casi todos los fundadores fueron cumpliendo poco a poco lo acordado, a excepción de Loyola que, además de líder indiscutible desde la formación del grupo, había sido designado primer Prepósito General y se encontraba abrumado de trabajo.  Hasta que en 1553,   “cediendo a repetidas instancias de varios miembros de la Compañía, especialmente del P. Jerónimo Nadal, san Ignacio se decide a efectuar el relato de su vida.  Para ello elige como confidente al P. Luis Gonçalves da Camara, portugués, entonces confesor en la corte de Lisboa del rey Juan III.  A Camara, buen humanista y por quien el santo sentía especial predilección, le irá relatando de viva voz, a lo largo de las diferentes sesiones, la historia de su vida comprendida entre su conversión y su llegada a Roma.

   La narración se vio interrumpida varias veces: comenzó en septiembre de 1553 para ser abandonada al cabo de pocos meses a causa de las repetidas enfermedades de san Ignacio.  Se reanudaría brevemente en marzo de 1555, y finalmente, ante la inminencia del retorno de Camara a Portugal, en septiembre del mismo año.  El portugués tomaba notas que dictaba a continuación a un escribano.  Aparecen así 11 capítulos, los 8 primeros, redactados en Roma por una amanuense español, estaban en castellano;  los otros tres, encontrándose Camara en Génova, “y no disponiendo de amanuense español”, en italiano.

   El relato pasa, pues, por una doble fase de redacción: unas primeras notas  sumarias, y posteriormente, sobre  ellas,  la  redacción definitiva.  Parece ser que Camara estaba particularmente  dotado para  ello: "El mismo día, a lo que creo, habiendo llamado al  P. Luis Gonçalves, comienza a narrarle lo que aquel padre, según  es de  excelente memoria, pasaba luego al papel"  (J.  Nadal).   La devoción  haría el resto: "He trabajado de ninguna palabra  poner sino  las que he oído del Padre.  Y cuanto a las cosas  que  temo haber faltado, es que por no desviarme de las palabras del Padre, no he podido explicar bien la fuerza de algunas de ellas" (prólo­go de Camara)” [2]

   Como en ninguno de los manuscritos se otorga al libro un título concreto, su denominación a lo largo de la historia ha sido variable, y puede encontrarse bajo cualquiera de los siguientes nombres: Hechos o Actas del P. Ignacio, Autobiografía, El peregrinoMemorias o Confesiones, entre otras.  Carmen Artal, en su excelente  edición de Labor, lo tituló RELATO DEL PEREGRINO, elección muy adecuada y precisa pues, además de informar del procedimiento narrativo, respeta la voluntad de su autor, ya que “el peregrino” es el único nombre que Loyola, salvo alguna excepción indirecta, recibe en el libro.

   El Relato no es, pues, una autobiografía en su sentido estricto, ya que no fue escrita directamente por Loyola aunque, según dice Gonçalves en el prólogo, sus palabras están tan respetadas que es como si él mismo lo hubiese realizado.

      Por otra parte no parece un libro enteramente original [3] , ya que Loyola, antes de contar su vida a Gonçalves, había leído todos los trabajos más arriba mencionados de sus otros compañeros y, en ciertos aspectos, se influyó de ellos, especialmente del Sumario Polanco (1547/1548) [4] , libro basado en la información que el mismo Loyola fue dando a Polanco durante sus primeros años de convivencia. 

   En definitiva, Loyola dicta sus memorias a Gonçalves teniendo muy presente el libro de Polanco,  que a su vez le sirve a Gonçalves como modelo y fuente, de forma que puede decirse que el Relato es un libro de libros, su mismo autor y su protagonista se dejan llevar por un esquema ya trazado por otros que, a su vez, lo oyeron contar a Loyola, y a otros.

FORMA Y ESTRUCTURA

  El Relato es una obra de apenas setenta páginas de ahora y está dividido en once capítulos y dos prólogos, uno del P. Nadal y otro de Gonçalves.  Los once capítulos narran la vida peregrina de Loyola desde el momento en que cae herido durante el asedio de los franceses a la fortaleza de Pamplona en 1521 (nada se dice de su infancia y juventud), hasta la confirmación de la Compañía. Su núcleo argumental se sostiene sobre el camino, eje sobre el que se vertebran las constantes peregrinaciones y los distintos sucesos que acontecen al protagonista desde que abandona su casa. 

   Capítulo a capítulo puede resumirse así: con 26 años,  y tras ser gravemente herido en la pierna derecha (mayo 1521) de la que quedará cojo, Loyola da un giro radical a su brillante carrera militar y decide hacerse peregrino e imitar en sus hazañas a los antiguos anacoretas y santos.  En dicha metamorfosis o, como prefieren decir los jesuitas, conversión, jugaron un papel fundamental los libros, pues siendo muy aficionado a los de caballerías y no disponiendo de ellos durante su convalecencia, le dieron a leer algunos de santos (agosto-septiembre 1521),  a los que se aficiona y le influyen hasta tal punto que, en apenas tiempo, y tras una “visión de la Virgen Santísima” (agosto-septiembre 1521) renuncia a sus derechos de hidalgo y decide hacerse  peregrino (capítulo I). Al inicio del camino hace voto de castidad (febrero 1522), y en el monasterio de Montserrat, tras velar las armas ante la imagen de la Virgen (marzo 1522) (II),  cambia sus vestidos de caballero por los de peregrino y comienza definitivamente un viaje cuyo último objetivo es llegar a Jerusalén.  Viaje convertido en el camino ascético de un hombre  riguroso que a medida que progresa en sus sacrificios, visiones y acercamientos místicos, va asumiendo una nueva misión de ayudar a los necesitados y restaurar el olvidado espíritu del cristianismo apostólico (III, IV y V). A la vuelta de Jerusalén comienza a estudiar en Barcelona y Alcalá de Henares, donde es acusado de iluminista y encarcelado por la autoridad episcopal o la Inquisición, hechos que se repiten sucesivamente en Salamanca y París (VI, VII y VIII). Visita por última vez España y después vuelve a Italia, siendo de nuevo perseguido en Venecia y en Roma (IX, X y  XI).

  Además de esa división en 11 capítulos, el libro también puede estructurarse conforme a las tres salidas realizadas por Loyola desde su tierra

1)      La primera, implícita, cuando sale de su casa a combatir con los franceses. Tras caer gravemente herido en las piernas, “lo llevaron en una litera a su tierra” (I)
2)      Durante la convalecencia pide para entretenerse libros de caballerías, a los que era muy aficionado pero, al no haberlos, se dedica a leer vidas de santos que, en apenas dos meses, transmutan confusamente sus ardientes ideales caballerescos en profundos sentimientos religiosos.  En cuanto se restablece, abandona por segunda vez su pueblo con la intención de peregrinar hasta Jerusalén, momento en que comienzan las largas peregrinaciones y persecuciones que ocupan casi todo el Relato (II-IX)
3)      Muchos años después, por consejos médicos y de sus compañeros, vuelve de nuevo a su tierra y, tras una breve estancia, por tercera vez la abandona cuando se restablece (IX-XI)

 Los once capítulos son bastante desiguales en extensión y contenido, apreciándose claramente el interés de Loyola por centrarse en aquellos acontecimientos que, como sus procesos inquisitoriales, no habían sido narrados por sus compañeros con absoluta precisión.

ESTILO Y CONTENIDO

 

   El Relato  es una obra muy meditada, e incluso fruto de lo que podría considerarse una tradición oral pues, como se ha dicho, los compañeros de Loyola, durante el mucho tiempo que pasaron juntos en sus largas peregrinaciones por Europa, debieron interesarse por su ajetreada  vida, según se deduce especialmente de los escritos ya citados de  Laínez y Polanco, realizados algunos años antes que el Relato y donde prácticamente se narran los mismos sucesos que después Loyola volverá a repetir a Gonçalves. Es decir, cuando se decide a contar su vida, Loyola ya lo había hecho otras veces, e incluso había leído su propia historia, pues en el Relato se aprecian fácilmente las influencias, en distintos sentidos,  de sus predecesores.   No obstante,  el libro de Gonçalves es, además del más amplio, el más completo en todos los aspectos.

   Con un estilo preciso y sencillo, Gonçalves recoge  en tercera persona los recuerdos de Loyola desde que decide hacerse peregrino y viajar a pie a Jerusalén y a otros países de Europa.  Escribe sólo lo que  escucha, tratando, según dice, de respetar incluso las expresiones  y particularidades del lenguaje de un hombre que lleva alrededor de 30 años alejado de su tierra y que “rememora su vida desde la atalaya de la vejez, por lo que sus recuerdos se organizan según el sentido de unas experiencias acumuladas” [5]

  El resultado es sumamente interesante, pues Loyola, hombre de pocas palabras, resume al máximo sus experiencias [6] , destacando sólo aquellos datos que considera útiles para comprender los acontecimientos y su trayectoria espiritual, evitando siempre lo superfluo y buscando sugerir más que  ratificar, por lo que el libro permite ambiguas lecturas que reflejan, además del camino ascético de su protagonista, un extraordinario retrato social de la época,  ya que en su intensa vida de peregrino e impulsor de una religión que pretende resucitar el viejo espíritu del cristianismo apostólico, Loyola se granjeó muchos apoyos y muchas enemistades que, aunque en el Relato no se juzgan, tampoco se solapan.

    Al sentido de biografía espiritual también colabora la selección del tiempo recordado, del que quedan excluidos tanto los treinta años anteriores a la conversión como los dieciséis posteriores a la confirmación de la Compañía, probablemente porque de los primeros él no quería saber nada, ya que su actitud era considerar como muerto todo lo anterior a su vida religiosa, tal como podrá comprobarse en una de sus famosas cartas con motivo de la boda de su sobrina.  No obstante, sobre esos primeros años parece, según dice Gonçalves en su Prólogo al Relato, que su primera intención fue contarlos (“me empezó a decir toda su vida, y las travesuras de mancebo clara y distintamente,  con todas sus circunstancias” [7] ), aunque después debió cambiar de idea.  Respecto al silencio sobre la etapa posterior a la confirmación de la Compañía, probablemente pensó que ya estaba suficientemente referida por sus compañeros.

   En general, el Relato contiene precisas pinceladas de una intensa vida, y una gran sutileza en la elección de la información, pues Loyola sabía que al dictar sus memorias estaba escribiendo una guía para sus futuros compañeros, de ahí que procure evitar en todo momento cualquier tipo de vanidad o grandilocuencia, haciendo que el personaje sólo pueda ser observado desde la perspectiva de una totalidad reducida por él a los años de su carrera ascética, pero que inevitablemente permiten concebir el silencio como un aspecto más de esa totalidad. 

   Esa sencillez se transmite también a la prosa, efectiva y casi matemática, sin apenas elementos retóricos y muy acertada en la elección de un vocabulario rico y abierto a la ambigüedad e incluso a la ironía, todo suavemente empujado hacia delante por una firme voluntad de contar la verdad sin ofender a nadie, pero sin ocultarla.

    Esta valiente determinación de contar la verdad sin exclusiones contrasta, en ciertos aspectos, con el comportamiento de Loyola en esos mismos últimos años de su vida, caracterizado por la máxima prudencia y diplomacia en las relaciones con el poder y  las demás órdenes religiosas.

ÉXITO Y SECUESTRO

   Antes de su nacimiento, el Relato ya había creado una tremenda expectación entre los compañeros de Loyola, la mayoría jóvenes y deseosos de conocer de primera mano la accidentada vida del venerado fundador de la orden.  Por eso, aunque el libro no llegó a imprimirse, se propagó fácilmente pues, siendo los jesuitas una congregación culta, ellos mismos se encargaron de hacer copias y enviarlas a los distintos países en que estaba asentada la Compañía.

   La muerte de Loyola algunos meses después convirtió el libro en su testamento espiritual,   haciéndose lectura deseada no sólo de los jesuitas y sus benefactores, sino de muchas personas que habían estado al tanto de la valiente y conflictiva trayectoria de un hombre cuya vida y milagros esperaban encontrar en el Relato.

   Pero sorprendentemente, apenas diez años después de su aparición, la cúpula de la  orden decide ocultarlo

"que V. R. procure de ejecutar lo que ya N. P. ha mandado, y, a lo que creo, escrito a los  provinciales, etc., y es que recojan buenamente lo que escribió el p. Luis Gonçález,  o cualquier otro escrito de la vida de N. P., y lo tengan ellos y no permitan que se lea, ni ande por las manos de los nuestros ni de otros;  pues, siendo cosa imperfecta, no conviene que estorbe o disminuya la fe de lo que más cumplidamente se escribe.  Y en esto se ha de usar la diligencia y prudencia que V. R. entiende que es menester, para que no se haga ruido” [8]  

   Las fuentes documentales sobre este asunto las suministra la Compañía con cuentagotas, sólo se conocen pequeños fragmentos o alusiones encubiertas.  Por eso este detalle de una carta del P. Pedro de Ribadeneyra al P. Nadal, fechada en junio de 1567,  resulta interesantísimo, al informarnos de que, al menos casi un par de años antes de la fecha de esa carta, ya se había acordado secuestrar los escritos de Gonçalves y enviado órdenes a los colegios de la Compañía.  Sólo después, o sea, transcurrido el tiempo prudencial para estimar que la orden había sido incumplida, se explica este tono frío e imperativo (“procure de ejecutar”)  con que Ribadeneyra escribe a Nadal, precisamente uno de los fundadores de la Compañía y, además, el principal promotor del Relato 

“entre todos los que desearon conocer la vida de San Ignacio, se distingue el P. Jerónimo Nadal, que tuvo valor para acudir directamente al Fundador pidiéndole que refiriese su vida.  Puede asegurarse que, si tenemos la Autobiografía, el mérito se debe al P. Nadal.  Cómo lo obtuvo, nos lo refiere él mismo en su prólogo.  Por él sabemos que, por lo menos desde 1552, insistió en su petición.  En Nadal no era éste un mero deseo de conocer la vida del Padre;  movíale otro impulso, que era dar a la Compañía un modelo, según el principio que desde entonces había de ser característico en él, que la vida de San Ignacio era el fundamento de la Compañía y que contarla era verdaderamente fundar la Compañía.  La nueva orden no tenía que hacer sino seguir las huellas del Fundador” [9]
 

   Este protagonismo en el nacimiento del Relato debió radicalizar la incomprensión de Nadal ante su secuestro, pues la Compañía no explicó las razones, y para  él, apartado de Roma junto a un numeroso grupo de españoles, debió ser difícil comprender la decisión.  Tal vez eso explique la resistencia de Nadal y algunos compañeros a plegarse a “lo  ya ordenado y escrito

       Ribadeneyra pide que el mandato se cumpla con diligencia, prudencia y sin hacer ruido (“Y en esto se ha de usar la diligencia y prudencia que V. R. entiende que es menester, para que no se haga ruido”)  tres notas que, como iremos viendo, marcarán las pautas de comportamiento en torno a estos hechos,  aún hoy día tratados por la orden como materia reservada.

   La carta de Ribadeneyra resulta además demasiado contundente si se tiene en cuenta que Nadal, por edad y prestigio, ocupaba un puesto de mayor rango, por lo que debió sentirse ofendido y, probablemente, responderle mostrando su enojo, pues el mismo Ribadeneyra vuelve a escribirle en octubre del mismo año disculpándose y relegando su responsabilidad en la carta de junio

“El recoger los escritos del P. Luis Gonçáles sobre la vida de N. P. no nació de mí, sino de estos padres que lo acordaron a N. P., y a Su Paternidad le pareció bien, porque publicándose lo que se escribe, no pareciese que hay diversidad o contradicción, o esto no tuviese tanta autoridad como lo que se escribió casi por boca de N. P.;  el cual, aunque en la sustancia fue fidelísimo, en los particulares de algunas cosas es corto, y en la relación de los tiempos ya a la postre de su vejez le faltaba memoria.  Tras esto V. R. haga lo que le pareciere, que como no estoy en Roma, no lo he tratado con N. P., y no he osado de Junio acá volver a ella, aunque me han dado hartos asaltos, porque no me entretengan y estorben.  Es bien verdad que, por hallarme flaco de cabeza, he dejado de escribir días ha.  Mi parecer sería que es más seguro lo que N. P. ha ordenado, por los respectos que he dicho, y V. R. puede tomar lo que hallare, y cuando estuviese acá y viere estotro se ordenará lo que mejor pareciere” [10]

    No sólo niega su responsabilidad (“no nació de mí”) y participación (“estos padres que lo acordaron”) en la decisión tomada, sino que en cierta medida y para justificarse, se apoya sin reparos en Loyola, viniendo a decir que se quedó corto en los recuerdos porque estaba chocheando un poco (“en los particulares de algunas cosas es corto, y [...] le faltaba memoria”).  Ya en la  primera carta había descalificado ligeramente los escritos de Gonçalves tachándolos de “cosa imperfecta” y de cuya corrección él se estaba encargando (“lo que más cumplidamente se escribe”)  pues, junto al secuestro de los escritos de Gonçalves, se había acordado sustituir el Relato por una biografía oficial, encargada precisamente a Ribadeneyra, por eso de nuevo en esta carta le dice a Nadal que haga lo que quiera (“puede tomar lo que hallare”), aunque ante todo debería conocer lo que él está escribiendo.  Sin lugar a dudas, y como después se verá, una artimaña dilatoria para convencerle de que su biografía  iba a respetar y superar a la primera, por lo que no merecía la pena disgustarse.

   Además de Nadal, en otros colegios de la Compañía también se incumplieron las órdenes, según se deduce de otra carta de Ribadeneyra, de julio del mismo año, al subsecretario Dionisio Vázquez

“No querría que se hubiese olvidado V.R. con su indisposición de acordar a nuestro padre que se dé orden a los provinciales de recoger las vidas de nuestro p. Ignacio que andan entre las manos de los nuestros” [11]

lo que demuestra, por un lado, un rechazo bastante significativo al mandato ya que,  estando como religiosos obligados por voto de obediencia, el incumplimiento significaba casi un brote de rebeldía y, por otro, que esta carta y la anterior revelan un interés de Ribadeneyra mayor del confesado.

   Diversos documentos atestiguan que no fue fácil para los jesuitas acabar con las rencillas surgidas entre ellos mismos por esa prohibición, y puede decirse que el asunto dio lugar a la primera crisis interna, a un pequeño cisma en la nueva orden:  por un lado quienes defendían la presencia del Relato con todas sus consecuencias,  por  otro, la nueva postura de la cúpula intentando reconciliarse con el resto de la Iglesia. Es lo que Bataillon entendió como la  posible tensión entre "el monaquismo antiguo y  el humanismo erasmiano" que dividía a los miembros  de la Compañía.  A ello deben añadírsele otros problemas, como la decisión de reducir la presencia de españoles en la cúpula de la orden, o la diferencia de opiniones respecto a la integración de la Compañía en la Inquisición. 

   Parece ser que en España fue donde mayor virulencia adquirieron esas tensiones, entre otras cosas porque los españoles eran los máximos defensores del espíritu infundido por Loyola a la Compañía.  Pero en definitiva, Roma insistió en su decisión y  terminó imponiendo su criterio.

   Hasta el siglo XVIII no se vuelve a saber nada del Relato, y hasta mediados del siglo XX no empieza a ser una obra asequible a personas ajenas a la institución:     

"Habrá que esperar a 1731, en que el P. Juan Pien, bolandista [12] , publique  la traducción latina de Anibal du Coudray, corregida  y confrontada con el códice español-italiano de Nadal.  Aparece  en Amberes con el título de Acta antiquísima a P. Ludovico Gonsalvo [...]  Pero la primera edición del  original, en  su doble versión español-italiano, no aparecerá  hasta  1904. Tras esta primera  edición del  original  se multiplicaron los estudios sobre  el  texto,  y finalmente,  en  1942,  aparece una nueva  edición  crítica más completa,  que viene a sustituir a  la  anterior.   Corresponde también a los editores de Monumenta, y se halla en Fontes  Narra­tivi de S. Ignatio de Loyola et  de Societatis Iesu initiis, vol I, Roma, bajo el título Acta Patris Ignatii, scripta a P. Ludovi­co Gonzales de Camara" [13]

  No obstante, la existencia del Relato no llega a ser de dominio público hasta su edición, en 1973, en la colección maldoros, de Labor.  A partir de ahí su difusión ha sido regular y, casi siempre, a través de miembros de la Compañía, que sigue guardando un significativo silencio en torno a la historia y vicisitudes de la obra.  En la actualidad la obra se difunde, fundamentalmente, a través de la editorial Mensajero-Sal Térrea, con el nombre de El peregrino.  También es fácil conseguirla a través de internet.

   La  orden de secuestrar el Relato afectó también al   Memorial, ("lo  que escribió el P. Luis Gonzáles, o cualquier otro  escrito referente  a  la vida de nuestro Padre [14] ,") un cuaderno  de  notas donde Gonçalves, desde enero de 1555, recoge detalles  personales y  cotidianos  del comportamiento de Loyola como superior  de  la congregación. Muchas  de estas anotaciones están hechas  en  los mismos días en que Gonçalves escribe el Relato y constituyen  un conjunto de todo tipo de información sobre la vida de la comuni­dad  en  Roma,  detalles íntimos que acercan  con  naturalidad  y brevedad a la orden en el último año de vida de Loyola  y  cuya crudeza queda, a veces, muy alejada del giro divinizante  pre­tendido por  la  Compañía.   Hasta su publicación  en Monumenta,  los jesuitas han aplicado a este libro el mismo tratamiento de mate­ria reservada que al Relato.  

   Hay, además, noticias de otros  escritos de Gonçalves que, al parecer, han desaparecido para siempre 

"El  Padre  Gonçalves da Câmara redactó también uno  o  varios escritos más sobre San Ignacio, de contenido similar al Memorial, que no han llegado hasta nosotros, aunque todavía se  conservaban a principios del siglo XVIII" [15]

   La misma figura de Gonçalves ha sido tratada por la orden con todo tipo de reservas

“El P. Luis Gonçalves, nacido alrededor del 1519, fue hijo del gobernador de la isla Madeira.  Se ignora con exactitud si nació en aquella isla o en Portugal.  En 1535 llega a París donde durante algunos años se dedicó al estudio de las artes y las lenguas.  Vuelto a Portugal ingresó en la Compañía de Jesús el día 27 de abril de 1545.  Llega a Roma, como él mismo dice en el prefacio del Memorial, el 23 de mayo de 1553, donde permaneció hasta el 23 de octubre de 1555, que partió para Portugal.  De nuevo vuelve a Roma en 1558, en el mes de mayo, a la primera congregación general de la Compañía de Jesús, en la cual fue elegido Asistente o consiliario del Prepósito general de Portugal.  A instancias de la curia portuguesa tuvo que desempeñar el cargo de preceptor del joven rey Sebastián, para lo cual regresa a Portugal en 1559, abandonando la ciudad el día 3 de julio.  Murió en Lisboa el 15 de marzo de 1575”

   Estos son, prácticamente, los únicos datos ofrecidos por Monumenta sobre la vida de Gonçalves.  Y son también casi los únicos repetidos en las distintas historias de la Compañía o en ediciones del Relato o del Memorial (Astraín, Iparraguirre, Hernández, Rambla, etc.).  Algo sorprendente, pues no debe olvidarse que Loyola escogió a Gonçalves entre todos los miembros de la Compañía, o sea, un enorme honor doblemente meritorio, pues era portugués y, por lo tanto, con posibles problemas de comunicación y, además, Loyola apenas lo conocía, ya que llegó a Roma en mayo de 1553, y el 4 de agosto de ese mismo año ya había determinado tomarlo como confidente.  En contraste,  cualquiera de los jesuitas destacados de esa época ha sido abundantemente elogiado por los historiadores de la Compañía con innumerables páginas biográficas y laudatorias.  La excepción es Gonçalves, discriminado no sólo en el trato historiográfico sino hasta en sus escritos.

   Inmediatamente veremos cómo Ribadeneyra se ha apropiado, durante siglos, de todo el material de Gonçalves  casi sin nombrarlo, haciéndolo desaparecer de la historia de la Compañía y despojándolo del honor de ser el primer biógrafo del futuro santo.

   ¿Cuál fue la reacción de Gonçalves ante esta situación?

   El hecho de que su figura no haya sido todavía rehabilitada obliga a pensar en otro tipo de problemas, pues también la Compañía soportó fuertes tensiones internas en Portugal y, además, fue bastante rechazada por las restantes órdenes religiosas que vieron cómo en pocos años, la Compañía se había ganado el favor de la monarquía y había ocupado un lugar privilegiado y unas funciones excesivas.  Los numerosos escritos surgidos en Portugal a raíz de la expulsión de los jesuitas en la segunda mitad del siglo XVIII, dedican grandes espacios a demostrar el papel pernicioso jugado por la orden en la historia de Portugal.  Gonçalves, como confesor del rey, no escapa a esas críticas, y es constantemente acusado de embaucador del rey

“El absoluto dominio, que había adquirido Martín Gonçalves de Camara, coligado con su hermano el P. Luis Gonçalves, sobre la voluntad del Rey, se dirigía a gobernar despóticamente la Monarquía” [16]

   El grado de credibilidad de estos libelos, donde permanentemente se descalifica a Gonçalves, parece tan dudoso como el halo divinizante con el que la Compañía envuelve cualquier noticia de la época.  Habrá que esperar a que los jesuitas decidan abrir la totalidad de sus archivos para conocer definitivamente la personalidad del primer biógrafo de Loyola y la verdadera historia de los sucesos ocurridos en Portugal durante los cincuenta años posteriores a su muerte, pues parece ser que allí se vivió una posible rebelión interna semejante a la ocurrida en España, especialmente en Alcalá. 

   Entre la poca información conocida sobre Gonçalves, es significativa la orden del P. Mercuriano obligándole a continuar el trabajo de glosar el Memorial cuando ya era materia reservada

“En los primeros meses de 1574 el Padre Gonçalves da Câmara había prácticamente interrumpido el trabajo sobre el memorial, como él dice, <<por mis particulares miserias>>, expresión referida quizá a los achaques corporales o también a la falta de constancia;  pero lo reanudó después de recibir una carta del Padre Everardo Mercuriano, general de la Compañía, fechada el día 12-1-1574, por la que le mandaba continuar la tarea y avisarle a qué punto había llegado.  Es probable que el mismo padre Manuel Alvarez o algún otro superior portugués se dirigiera a Mercuriano para que este impusiese su autoridad” [17]

      Entre este “impusiese” de Benigno Hernández y el “quizá” anterior (“expresión referida quizá a los achaques”) se desprende una duda no cuestionada por Hernández, pues ¿no es muy probable que Gonçalves, humillado y contrario al plan concebido contra su obra, se negara a seguir continuando unos escritos previamente condenados al ostracismo? ¿no puede ser esa actitud rebelde, esa falta de obediencia debida, lo que Gonçalves ambiguamente denomina “particulares miserias”?.  Mercuriano le obliga a continuar y, además, para controlarlo, pide que le indique el punto hasta donde había llegado.  La tensión es patente, y las causas no pueden ser otras que las derivadas de este asunto del secuestro del Relato, del que seguramente Gonçalves no recibió ningún tipo de explicaciones.

   ¿Qué razones movieron a la cúpula a tan extraño proceder?  ¿cómo entender que se abrieran los trámites para la beatificación de Loyola y a la vez se prohibieran sus escritos?.  La respuesta a estas preguntas no se encontrarán hasta la publicación de la Vida de Ribadeneyra, donde se hallan implícitas.

   Lo cierto es que, a pesar del secuestro del libro, los más de diez años transcurridos entre los prime­ros  manuscritos y la prohibición, parecen ser  tiempo suficiente  para que se copiara de forma incontrolada, especialmente en España, y más concretamente en Guipúzcoa, Alcalá,  Barcelona y Manresa, lugares donde Loyola había dejado en sus comienzos un aura de pureza y renovación, buenos amigos y algunos admiradores de su personalidad y doctrina.

 

II. VIDA

   Al mismo tiempo que la cúpula de la Compañía acuerda el secuestro del Relato y los demás escritos de Gonçalves, se encarga a Pedro de Ribadeneyra la realización de una nueva biografía sobre Loyola.  Se dice que Ribadeneyra estaba preparándose desde hacía mucho tiempo para ese momento [18] y que, gracias a eso, pudo terminar el libro con bastante rapidez, pues la primera versión latina de la Vida  parece estar finalizada a mediados de 1568 [19] ,  y en mayo de 1571 se puso en marcha la idea de imprimirla

“La vida de nuestro p. Ignacio se ha escrito en latín, tomando ese trabajo el p. Ribadeneyra, como habrá V. R. entendido por ventura antes de ahora;  trátase de imprimirlo, y porque ha de servir para la Compañía en todas partes, la costa que se habrá de hacer en la impresión también habrá de ser común.  V.R. escriba al procurador que de esa provincia viniere, dándole comisión de contribuir por su rata, según aquí se acordaren todos los procuradores;  que todo el gasto será poco” [20]

   Existen bastantes documentos que acreditan la enorme  precaución y  sigilo con que se hizo dicha edición, no porque fuera un libro problemático en sí, sino porque venía a ocupar el lugar del Relato, y los jesuitas, antes de su difusión, querían conocer la reacción entre sus propios miembros. Una carta del p. Vázquez al vicario,  marzo de 1572, revela claramente ese secreteo

<<Con el divino favor son ya acabados de estampar los libros de Vita patris nostri y también la epístola de patribus et fratribus ab Ugonottis occissis etc.  Envío a V.R. un libro de la Vida encuadernado y 50 ejemplares de la epístola.  También envío a algunos de esos padres el libro, por ser fruta nueva y de Nápoles.  El cuidado que V.R. pide de que no se dé el libro a forastero, se guarda y guardará con exacción, cuanto fuere en mi mano.  Yo creo que el estampador no queda con ninguno; que 25 que había escondido, ya me los ha dado.  Grande diligencia he hecho para que no quede rastro por allá; no sé si bastará.
   Aquí tengo 500 libros, con mi llave guardados.  V.R. podrá de ellos o nuestro padre disponer a su contento.  De unos pocos que yo hice añadir para esta provincia, doy algunos a estos padres” [21]

   Se aprecian en esta carta excesivas  precauciones (cuidado, no se dé, guarda y guardará, cuanto fuere en mi mano, no queda ninguno, escondido, Grande diligencia, no quede rastro, llave guardados) y, además, el interés de personas ajenas a la Compañía por hacerse con el libro, como prueba la intención del “estampador” de quedarse clandestinamente con 25 ejemplares.  Eso presupone la existencia de compradores y un rumor de fondo en torno a la edición.  Precisamente los jesuitas habían decidido que  se hiciera en una imprenta alejada de Roma, donde les parecía más fácil evitar la filtración de la noticia y el pirateo del editor. 

   El libro apareció en Nápoles en 1572 con el título de “Vita Ignatii Loyolae” y se distribuyó exclusivamente entre los miembros de la Compañía. Desde el principio, al menos aparentemente, gozó de un éxito inmediato entre sus lectores, aunque se conocen bastantes documentos que, como se verá más adelante, indican la existencia de un gran rechazo por algunos miembros de la orden.  No obstante, la obra se aceptó con general entusiasmo y, poco después, se aprobó su traducción al castellano con el fin de difundirla entre los hermanos “que están en España y no saben la lengua latina...y otra gente devota” [22] .  Es decir, una vez comprobada la aceptación interna del plan trazado por la cúpula, deciden ampliar su difusión y divulgarla fuera de la Compañía, primeramente en España.

 Ediciones castellanas

   Sobre 1577 Ribadeneyra tenía ya lista su propia versión castellana, pero la publicación, a pesar de sus prisas, se fue retardando hasta que en 1583 aparece en Madrid con el título de “Vida  del P. Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de  la Compañia de IesusLibro que vino a sustituir a todos sus antecesores, también secuestrados, y que  desde entonces hasta principios del siglo veinte ha sido la fuente biográfica fundamental sobre Loyola.

   Lo primero que llama la atención del libro es su tamaño. Frente a la brevedad del Relato, la Vida consta de más de 500 páginas, divididas en 5 libros y tres dedicatorias. En segundo lugar resalta su prosa recargada e innecesaria, también en el polo opuesto a la sencillez del Relato.  Y además su contenido, intencionadamente confuso y, en muchas ocasiones, falso. 

   Ya en la primera dedicatoria, al cardenal e inquisidor general don Gaspar de Quiroga, Ribadeneyra agota hasta la saciedad los tópicos de  servidumbre  y falsa sumisión característicos de este tipo de escritos, aunque haciendo gala de una adulación exagerada e impropia entre dos religiosos.

   En la segunda dedicatoria, “A los hermanos  en Cristo carísimos de la Compañía de Jesús”, expone su intención de decir siempre la verdad y las fuentes que utilizará

“Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella, ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad”

   Tras esa especie de juramento de fidelidad (“se guarde verdad”), acto seguido nos dice que su primera fuente de información será ante todo su experiencia (“Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué”), cuando del libro se irá deduciendo que las aportaciones personales son muy escasas o dudosas.  Después añade esas edulcoradas y redundantes expresiones  ("toqué con las  manos" "niñez  y tierna edad")  y  el beatón "a cuyos pechos", una hiperbólica metáfora sobre su  naci­miento a la espiritualidad.  Todo  dirigido a  adjudicarse, en benefi­cio  de  la acreditación  de su libro, una convivencia junto  a Loyola mayor de la real, pues aunque es cierto que lo  "recluta­ron" [23]   sobre los catorce años,  nada  hay  que certifique  esa intimidad que constantemente  se  arroga pues, además  de pasar largas temporadas apartado de Roma, la actitud  de Loyola respecto a todos sus compañeros, sin excepciones, se caracterizó en esos aspectos por el distanciamiento.

   A continuación de este primer párrafo menciona su segunda fuente

“También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía.  Porque, después que ella se plantó y fundó, y Dios nuestro Señor fue descubriendo los resplandores de sus dones y virtudes con que había enriquecido y hermoseado el ánima de su siervo Ignacio, tuvimos todos sus hijos grandísimo deseo de entender muy particularmente los caminos por donde el Señor le había guiado, y los medios que había tomado para labrarle y perfeccionarle y hacerle digno ministro de una obra tan señalada, como es esta. Porque nos parecía que teníamos obligación de procurar saber los cimientos que Dios había echado a edificio tan alto y tan admirable, para alabarle por ello, y por habernos hecho por su misericordia piedras espirituales del mismo edificio. Y también imitar como buenos hijos al que el mismo Señor nos había dado por padre, dechado y maestro, y que no se podía bien imitar lo que no se sabía bien de su raíz y principio. Para esto, habiéndole pedido y rogado muchas veces, en diversos tiempos y ocasiones, con grande y extraordinaria instancia, que para nuestro ejemplo y aprovechamiento nos diese parte de lo que había pasado por él en sus principios, y de sus trabajos y persecuciones (que fueron muchas) y de los regalos y favores que había recibido de la mano de Dios, nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese. En el cual, después de haber hecho mucha oración sobre ello, se determinó de hacerlo, y así lo hacía, acabada su oración y consideración, contando al padre Luis Gonçález de Cámara, con mucho peso y con un semblante del cielo, lo que se le ofrecía; y el dicho padre, en acabándolo de oír, lo escribía casi con las mismas palabras que lo había oído. Porque las mercedes y regalos que Dios nuestro Señor hace a sus siervos, no se los hace para ellos solos, sino para bien de muchos; y así, aunque ellos los quieran encubrir, y con su secreto y silencio nos dan ejemplo de humildad, pero el mismo Señor los mueve a que los publiquen, para que se consiga en los otros el fruto que El pretende. San Buenaventura dice que cuando el glorioso patriarca y seráfico padre San Francisco recibió las estigmas sagradas deseó mucho encubrirlas, y después dudó si estaba obligado a manifestarlas; y preguntando en general a algunos de sus santos compañeros si debía descubrir cierta visitación de Dios, le respondió uno de los frailes: ”Padre, sabed que Dios algunas veces os descubre sus secretos, no solamente para vuestro bien, sino también para bien de otros; y así teneis razón de temer que no os castigue y reprehenda como a siervo que escondió su talento, si no descubriéredes lo que para provecho de muchos os comunicó”  Y por esta razón ha habido muchos santos que publicaron y aun escribieron los regalos secretísimos de su espíritu y las dulzuras de sus almas y los favores admirables y divinos con que el Señor los alentaba, sustentaba y transformaba en sí; los cuales no pudiéramos saber, si ellos mismos no los hubieran publicado; y si el Señor que era liberal para con ellos, comunicándoseles con tanto secreto y suavidad, no lo hubiera sido para con nosotros, moviéndolos a publicar ellos mismos lo que de su poderosa mano, para bien suyo y nuestro, habían recibido; y por esto movió también a nuestro Ignacio a decir lo que dijo de sí. Y todo esto tengo yo como entonces se escribió

   Interesa  esta parrafada (las negritas indican el contenido y los subrayados la paja) para conocer de una vez el  estilo de  Ribadeneyra, su excesiva verborrea empleando todo ese espacio para  ofrecer solamente dos noticias biográficas procedentes del prólogo explicativo que, sobre  1567, añadió el P. Nadal al Relato.  En la primera expone sus orígenes y fines

"Y yo, pensando que aquel fuese el momento oportuno, pido al Padre  y  le suplico que nos quiera explicar por  qué  camino  le había  guiado el Señor desde los primeros días de su  conversión, porque  aquel relato nos podría servir como testamento  y última instrucción del Padre" (R, Prólogo Nadal)

 Prácticamente  lo  mismo dicho por Ribadeneyra  en  la  primera línea

"También  diré lo que el mismo Padre contó de sí a  ruegos  de toda la Compañía"

    La  segunda  información de Nadal es que Loyola  acepta  tras muchos ruegos la petición y toma a Gonçalves como confidente

"Nada  respondió el Padre, pero el mismo día, a lo  que  creo, llama  al Padre Luis Gonçalves y comienza su  narración.   Aquél, dotado de excelente memoria, lo ponía luego por escrito"

   Ribadeneyra lo versiona así

"En el cual, después de haber hecho mucha oración sobre  ello, se  determinó  de hacerlo; y así lo hacía, acabada su  oración  y consideración,  contando  al padre Luis González  de  Cámara  con mucho  peso y con un semblante del cielo lo que se le ofrecía;  y el  dicho  padre en acabándolo de oír, lo escribía casi  con las mismas palabras que lo había oído"

   A  partir de este punto y hasta la última línea,  Ribadeneyra, utilizando táctica de camuflaje o mareo de perdiz, ha intercalado entre noticia y noticia tanta fraseología seudo religiosa  y tantas “parejas de sinónimos” [24] que  es muy fácil, si se desconoce la verdad, perder el hilo  argumental.  Es decir, entre  "lo escribía casi con las mismas palabras que lo había  oído" y "todo esto tengo yo como entonces se escribió"  ha insertado toda esa palabrería  subrayada con el objetivo de despistar a quien ignore la historia, pues las frases quedan tan separadas de  sus contextos  que  resulta casi imposible relacionarlas.

   Ribadeneyra ha dicho que posee los escritos de Gonçalves, por lo menos el Relato, al que se refiere expresamente al decir “contando al padre Luis González...lo escribía”. Lo dice, pero envuelto en una cortina de humo que durante siglos ha impedido ver la trascendental relación entre ambos libros y la importancia de Gonçalves como único confidente de Loyola.  

   Prueba irrefutable de que estamos ante una estrategia muy meditada son los cambios introducidos por Ribadeneyra en las sucesivas ediciones de la obra.  Comparando esos fragmentos comentados, pertenecientes a la edición de 1605, con el correspondiente a la edición de 1583, veremos que los párrafos de relleno no estaban en esa primera edición

“También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía.  Porque habiéndole pedido y rogado muchas veces, en diversos tiempos y ocasiones, con grande y extraordinaria istancia, que para nuestro ejemplo y aprovechamiento nos diese parte de lo que había pasado por él en sus principios, y de sus trabajos y persecuciones (que fueron muchas) y de los regalos y favores que había recebido de la mano de Dios, nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese. En el cual después de haber hecho mucha oración sobre ello, se determinó de hacerlo, y así lo hacía, acabada su oración y consideración: contando al padre Luis Gonçález de Cámara con mucho peso y con un semblante del cielo lo que se le ofrecía, y el dicho padre en acabándolo de oír, lo escrebía casi con las mismas palabras que lo había oído.  Y todo esto tengo yo como entonces se escribió”

   Puede comprobarse que, aunque la información es la misma y con la misma falta de claridad, aquí todavía no existen los dos grandes párrafos de relleno añadidos después.

   Por supuesto, esta estrategia se repite otras veces y de distintas formas a lo largo del libro, siempre con la intención de ocultar o difuminar determinados datos, o potenciando la imagen de Loyola a base de efectos propios de la literatura hagiográfica de la época.  Veamos algún ejemplo.

    El Relato se inicia con el comportamiento valeroso del  joven militar Íñigo de Loyola en el asedio a la fortaleza de Pamplona por los franceses. Tras caer gravemente herido al pasarle un proyectil entre ambas piernas, la fortaleza se rinde, y los mismos franceses le curan y le envían en una litera a su tierra.  Allí, por estar mal operado o por haberse desencajado los huesos en el viaje, vuelve a ser intervenido en dos ocasiones, la segunda con el fin de evitar una cojera pronunciada, y en todo momento sufriendo pacientemente tremendos dolores y estando a punto de muerte.  Dice el Relato

“la víspera de S. Pedro y S. Paulo, dijeron los médicos  que, si  hasta la media noche no sentía mejoría, se podía  contar por muerto.   Solía  ser el dicho enfermo devoto de S. Pedro,  y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase  a hallar  mejor;  y fue tanto creciendo la mejoría, que de  ahí  a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte” (R, 3).

   La frase de Gonçalves “quiso nuestro Señor” es la expresión lógica de agradecimiento que un religioso, o persona de cualquier religión, dedica al  Dios a cuya buena voluntad atribuye la mejoría del enfermo.  Pero Ribadeneyra transforma esta frase y esta información de primera mano en un auténtico milagro

“Crecía el mal más cada día, y pasaba tan adelante, que ya poca esperanza se tenía de su vida; y avisáronle de su peligro.  Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesucristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa.  Ya parecía que se iba llegando la hora y el punto de su fin; y como los médicos le diesen por muerto si hasta la media noche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese.   La cual creemos que el bienaventurado apóstol san  Pedro le alcanzó de nuestro Señor.  Porque en los tiempos atrás siempre Ignacio le había tenido por particular patrón y abogado, y como tal le había reverenciado y servido; y así se entiende que le apareció este glorioso apóstol la noche misma de su necesidad, como quien le venía a favorecer y le traía la salud” (Vida I, I)

   Comparado con su fuente, el párrafo sirve de modelo sobre cómo hinchar un texto con intenciones interesadas.  Al margen de los muchos tópicos literarios y religiosos propinados por Ribadeneyra,   ese “se entiende”  aclara sus métodos, ya que con él trata de exculparse de su evidente falsa interpretación, pues en ningún momento sugiere Gonçalves que san Pedro se le apareciera:  “quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase  a hallar  mejor” / “se entiende que le apareció este glorioso apóstol”

   Igual ocurre entre la mejoría del Relato (“quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase  a hallar  mejor”) y la versión magnificada (“fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese”), pues Ribadeneyra transforma esa lógica evolución hacia la mejoría (“se comenzase”) en un acto repentino y, por lo tanto, anormal y milagroso (“en aquel mismo punto”)

   Veamos otro ejemplo dirigido a modificar actuaciones y a tergiversar acontecimientos históricos.

     Tras volver de Jerusalén, Loyola comprendió su necesidad de estudiar, pues ni pensaba ingresar en ninguna de las órdenes religiosas existentes por parecerles poco rigurosas, ni podía emprender sin estudios el tipo de vida apostólica que tenía en mente así que, tras Jerusalén, decide regresar a Barcelona (1524), y comienza a estudiar y a “ayudar a las almas”.  A mediados de 1526, por consejo de sus profesores, marcha a Alcalá de Henares con la intención de estudiar Artes.  Vestía con un saco, iba descalzo y no se cortaba las uñas ni los cabellos.  Vivía de la mendicidad y predicaba la pobreza evangélica.  Enseguida encontró la oposición de la Iglesia-Inquisición, que en menos de un año lo castiga en la cárcel y e abre tres procesos.  En el Relato (cap. VI) se especifican con detalles los injustos procedimientos e incluso los nombres de los inquisidores.

   En junio de 1527, acosado por la Inquisición y con la prohibición de predicar, sale, previo paso por Valladolid, hacia Salamanca donde, poco después de llegar, su confesor dominico le invita a comer en el monasterio de San Esteban.

   El ágape resultó una emboscada, pues  lo retuvieron en el convento por la fuerza durante tres días, y después lo condujeron, junto con su compañero Calixto, directamente a la cárcel. Los sucesos en el Relato se describen así

Confesábase en Salamanca con un fraile de santo Domingo en san Esteban; y habiendo 10 ó 12 días que era allegado, le  dijo un día el confesor: <<Los Padres de la casa os querían hablar >>; y él  dijo: <<En nombre de Dios >>.  <<Pues, dijo  el  confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >>.  Y así el domingo vino con Calixto; y después de comer, el soprior,  en ausencia del prior, con el confesor, y creo yo  que  con  otro fraile,  se  fueron con ellos en una capilla, y  el  soprior  con buena  afabilidad empezó a decir cuán buenas nuevas tenían de  su vida  y costumbres, que andaban predicando a la apostólica; y  que holgarían  de  saber  de estas cosas más  particularmente.   Y así comenzó a preguntar qué es lo que habían estudiado.  Y el  pere­grino respondió:  <<Entre todos nosotros el que más ha  estudiado soy yo >>, y le dio claramente cuenta de lo poco que había estudiado, y con cuán poco fundamento.
   Pues luego  ¿que es lo que predicáis?  Nosotros,  dice  el peregrino, no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman.   Mas, dice el fraile,  << ¿de qué cosas de Dios  habláis? que eso es lo que queríamos saber >>.  <<Hablamos, dice el peregrino,  cuándo  de una virtud, cuándo de otra, y  esto  alabando; cuándo  de  un  vicio,  cuándo  de  otro,  y  reprehendiendo  >>. 
<<Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtu­des y de vicios; y de esto ninguno puede hablar sino en una de  dos maneras:  o por letras, o por el Espíritu santo.  No  por  letras; ergo  por Espíritu santo >>.  Aquí estuvo el peregrino   un  poco sobre  sí, no le pareciendo bien aquella manera de argumentar;  y después de haber callado un poco, dijo que no era menester hablar más  de estas materias.  Instando el fraile: <<Pues ahora  que  hay tantos errores de Erasmo y de tantos otros, que han engañado  al mundo ¿no queréis declarar lo que decís? >>.
    El peregrino dijo:  <<Padre, yo no diré más de lo que  he dicho,  si  no  fuese delante de mis superiores,  que  me  pueden obligar  a ello >>.  Antes de esto había demandado por  qué  venía Calixto  así  vestido, el cual traía un sayo corto  y  un  grande sombrero  en  la cabeza, y un bordón en la mano, y unos botines casi  hasta  media pierna; y por ser muy  grande,  parecía  más deforme.  El peregrino le contó cómo habían sido presos en Alcalá,  y  les habían mandado vestir de estudiantes;  y  aquel  su compañero, por los grandes calores, había dado su loba a un pobre clérigo.  Aquí dijo el fraile como entre dientes, dando señas que no le placía:  <<Charitas incipit a se ipsa>>.
   Pues tornando a la historia, no pudiendo el soprior sacar otra palabra del peregrino sino aquella, dice: <<Pues quedaos aquí, que bien haremos con que lo digáis todo>>. Y así se van todos los frailes con alguna prisa. Preguntando primero el peregrino si querrían que quedasen en aquella capilla, o adónde querrían que quedase, respondió el soprior, que quedasen en la capilla.  Luego los frailes hicieron cerrar todas las puertas, y negociaron, según parece, con los jueces.  Todavía los dos estuvieron en el monasterio 3 días sin que nada se les hablase de parte de la justicia, comiendo en el refectorio con los frailes.  Y casi siempre estaba llena su cámara de frailes, que venían a verles;  y el peregrino siempre hablaba de lo que solía; de modo que entre ellos había ya como división, habiendo muchos que se mostraban afectados.

  Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel”. (R, 64-66)

   Aunque Gonçalves continúa dando más información sobre esta detención, los ofrecidos en los párrafos anteriores resultan suficientes para comprender el rechazo de los dominicos al Relato, su aversión a un texto donde se revela manifiestamente el anticristiano comportamiento de los frailes.

   Sorprende el lujo de detalles con que Loyola, unos veintisiete años después, recuerda acontecimientos que, a pesar de la aparente moderación del lenguaje,  encierran unas precisas e importantes acusaciones.  En primer lugar es fácil llegar a la conclusión de que los interrogatorios y la detención de los dominicos se debe a una posible violación del secreto de confesión, ya que la autoexculpatoria advertencia del confesor ( “os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas”) y su posterior coactiva presencia durante los interrogatorios, ratifican una encerrona preparada con su colaboración, pues Loyola sólo llevaba 10 o 12 días en  Salamanca y quien mejor lo conocía era ese confesor con el que pasaba varias horas casi a diario.

   Eso resalta la hipocresía del soprior al inicio del interrogatorio, su actitud afable (“con buena  afabilidad empezó a decir cuán buenas nuevas tenían de  su vida  y costumbres, que andaban predicando a la apostólica; y  que holgarían  de  saber  de estas cosas más particularmente”), cuando desde el principio, y según se desprende de la narración,  se trata de una trampa silogística para acusarles de iluminados.  Detalles como el  ahínco  del fraile, el hablar entre dientes, la tácita amenaza contra el silencio, la indefensión y, sobre todo, esa negociación “según parece, con los jueces”, dejan en evidencia no sólo a los dominicos sino a la justicia y a todo el sistema. 

   Hay además otros datos menos importantes, pero también cargados de crítica, como el meterse con la vestimenta de Calixto, o ese tono soberbio apreciado en el superior: “quedaos aquí, que bien haremos con que lo digáis todo”

   La opresión sufrida en Salamanca, con  22 días en la cárcel y la prohibición de “definir de pecado mortal y de venial”, le obliga de nuevo a marcharse, esta vez a París. Allí permanece estudiando desde principios de 1528 hasta mediados de 1535, con esporádicos viajes a Flandes-Londres y con nuevos problemas inquisitoriales (cap. VIII)

   En conjunto, los capítulos VI, VII y VIII son, en proporción al tiempo narrado, los más extensos del Relato, con cantidad de información minuciosa, fechas exactas, e incluso nombres de inquisidores. De alguna manera estos tres capítulos, por el lugar que ocupan y por su extensión, son el centro del Relato, y aunque prácticamente  en ellos no se emiten juicios de valor, la narración exacta y detallada de los acontecimientos va poniendo en evidencia las múltiples irregularidades e injusticias cometidas por la Inquisición y los dominicos  en esas tres ciudades, donde Loyola fue perseguido por predicar una doctrina de humildad y pobreza contraria al adocenamiento de la mayoría.

  Es posible que Loyola callara otras muchas irregularidades y vejaciones, pero lo cierto es que, con lo poco seleccionado, supo en estos capítulos  sintetizar  agudamente una denuncia precisa contra los métodos y procedimientos de un sistema jurídico-político dominado por la corrupción de la Iglesia. 

   Es decir, un año antes de su muerte, cuando la Compañía está extendida por todo el mundo y el mismo Loyola había admitido que, para terminar definitivamente con el acoso de que eran objeto en España, algunos jesuitas aceptaran cargos inquisitoriales en  Portugal,  decide abandonar su diplomático estilo y recordar en el Relato las persecuciones y  malas artes de que había sido objeto especialmente por los dominicos.   Por eso, una vez muerto Loyola y comprendiendo que la agresividad de la Inquisición no cesaría hasta que los dominicos se vieran complacidos, la Compañía decide iniciar la reconciliación,  ofreciendo el secuestro del Relato y su sustitución por la Vida como prueba innegable de su buena intencionalidad.  El resto del compromiso se irá conociendo a través de la Vida, donde la labor balsámica de Ribadeneyra se aprecia a simple vista comparando su versión de los sucesos de Salamanca con la del Relato

“Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios. Íbase a confesar a menudo con un padre religioso de Santo Domingo de aquel insigne monasterio de San Esteban , y a pocos días díjole una vez su confesor que le hacía saber que los frailes de aquella casa tenían gran deseo de oírle y hablarle; al cual nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana, cada y cuando que se lo mandase.  Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercibido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas. Fue el día señalado con un  compañero, y después de haber comido los llevaron a una capilla, donde se hallaron con ellos el confesor y otros dos frailes, de los cuales uno era el vicario que gobernaba el  monasterio en ausencia del prior. El cual, mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves: Mucho consuelo me da cuando oigo decir del ejemplo grande que dais con vuestra santa vida, y que no solamente os preciáis de ser bueno para vos, sino también procuráis que lo sean los demás, y  que a imitación de los apóstoles andáis por todas partes enseñando a los hombres el camino del cielo. Y no soy yo solo el que de esto me gozo, que también les cabe parte de esta alegría a nuestros frailes; mas, para que ella sea mayor y más cumplida, deseamos oír de vos mismo algunas de estas cosas que se dicen. Y  lo primero que nos digáis qué facultad es la vuestra, y en qué estudios os habéis criado, y qué género de letras son las que habéis profesado? El padre con simplicidad y llaneza dijo la verdad de sus pocos estudios.  Pues ¿por qué (dijo él) con tan poco estudio y con solas las primeras letras de gramática os ponéis a predicar?  Mis compañeros y yo (dijo Ignacio) no predicamos, padre, sino, cuando se ofrece alguna buena ocasión, hablamos familiarmente lo que alcanzamos de las cosas de Dios.  Y ¿qué cosas de Dios son esas que decís? que eso es lo que sumamente deseamos saber.  Nosotros (dice) algunas veces hablamos de la dignidad y excelencia de la virtud, y otras de la fealdad y torpeza de los vicios, procurando traer a los que nos oyen a lo bueno, y apartarlos cuanto podemos de lo malo.  Vosotros (dijo el vicario) sois unos simples idiotas y hombres sin letras (como vos mismo confesáis); pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios?  De las cuales cosas nadie puede tratar con seguridad si no es con teología y doctrina, o alcanzada por estudio, o revelada por Dios. De manera que, pues no la habéis alcanzado por estudio, señales que os la ha infundido inmediatamente el Espíritu Santo. Y esto es lo que deseamos saber cómo ha sido, y que nos digáis qué revelaciones son estas del Espíritu Santo.
       Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante. Y aunque el vicario todavía le quiso concluir con la pregunta del Espíritu Santo, y le apretó con vehemencia que le diese respuesta, no le dio otra sino esta: - Yo, padre, no diré más, si no fuere por mandado de superior a quien tenga obligación de obedecer.
- Buenos estamos (dice el padre); tenemos el mundo lleno de errores y brotan cada día nuevas herejías y doctrinas ponzoñosas, ¿y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando? ; pues aguardadme aquí un poco, que presto os haremos decir la verdad. Quédanse él y su compañero en la capilla, y vanse los frailes y mandan  cerrar las puertas del monasterio; y de ahí a un poco, los pasaron a una celda. Tres días estuvo en aquel sagrado convento con grandísimo consuelo de su ánima. Comía en refectorio con los frailes, y muchos de ellos venían a visitarle y a oírle a su celda, que casi estaba llena de frailes; a los cuales él hablaba con mucha libertad y eficacia de las cosas divinas como era su costumbre; y muchos de ellos aprobaban y defendían su manera de vivir y enseñar. Y así el monesterio se partió como en bandos, aprobando unos y reprobando otros lo que oían de su doctrina.
    En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo. El cual, al cabo de los tres días, envió al monasterio su alguacil, y él llevó nuestro Ignacio a la cárcel con su compañero” (Vida I, XV).

   De entrada Ribadeneyra anula la ironía del Relato tras sus alusiones a las buenas palabras (“mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves”)  y convierte la entrevista en un acto de amor donde el prior es un hombre cargado de buenas intenciones y con verdadera admiración a Loyola.  El astuto ardid del Relato para ganarse la confianza, ha quedado transformado en un gesto paternalista, bondadoso y sin la cruel intencionalidad original, desdibujada con ese  cariñoso insulto: “sois unos simples idiotas y hombres sin letras”

   En general, Ribadeneyra, aunque ofrece toda la información, la descarga de su fuerza dramática, de la agresividad y aversión del interrogador, transformado en un eclesiástico receloso ante el acoso de la herejía. La misión de Ribadeneyra es claramente justificar la actuación de los dominicos, que mientras en el Relato aparecen descaradamente como los malos,   aquí están retratados como los cautos y buenos protectores del catolicismo.

   En definitiva, lo más silenciado del Relato, su gran tabú aún en nuestros días, son  los desafortunados encuentros  de Loyola con la Inquisición  y el protagonismo de los dominicos.    En esos capítulos VI, VII y VIII,  el Relato es preciso y, en la sutilísima narración de los acontecimientos, no sólo aparecen claramente los días y veces que estuvo encarcelado, sino que se dejan entrever los motivos injustos,  las irregularidades jurídicas, el protagonismo de los dominicos e incluso los gestos iracundos de los inquisidores, y otros detalles que se verán en su momento. 

   ¿Un descuido de Loyola?.   Probablemente no, pues, como se ha dicho, el Relato es un libro muy meditado, siguiendo  la costumbre que él mismo imponía en sus colegios de reflexionar ampliamente las cosas antes de acometerlas.  Además, como también se ha visto, conocía las versiones de sus compañeros sobre estos mismos acontecimientos, por ejemplo, la de Laínez, muy parecida, aunque mucho más diplomática, restando importancia a las persecuciones y  rebajando el vergonzoso protagonismo de unas instituciones que aún mantenían los mismos comportamientos e incluso de forma más extremada.  Pero él prefirió contar la verdad sin añadir ni quitar nada, incluyendo incluso frases contra la Inquisición que en aquellos momentos nadie se atrevía a publicar

"El peregrino dice que harán lo que les es mandado. Mas no sé, dice,   qué provecho hacen estas inquisiciones: que a uno tal  no le  quiso  dar un sacerdote el otro día el sacramento  porque  se comulga cada ocho días, y a mí me hacían dificultad" (R, 59).

   Por muy liviana que nos parezca esa insignificante crítica a la Inquisición, no se debe olvidar que, tanto en el momento de pronunciarse (1526) como en el de escribirse (1555), era una auténtica osadía. Pero Loyola se encontraba en Roma, alejado de la Inquisición española y al amparo del papa, por eso no tuvo reparos en escribir una verdad que, de entrada, no iba a publicarse, y mucho menos en España.  La realidad fue otra, ya que todos los interesados debieron leer el Relato, donde algunas personalidades, aún con vida, aparecían con sus nombres.

   La misión de Ribadeneyra fue, pues, modificar y edulcorar todos los acontecimientos de Alcalá, Salamanca y París, haciendo que aquellos jueces no aparecieran  como injustos  represores, sino  como celosos  y bondadosos guardianes de una Iglesia católica en estado de alerta.

   Ahora, por fin, quedaban claras las razones del secuestro y sustitución del Relato por la Vida que, como Ribadeneyra dice en la dedicatoria a sus hermanos, se escribió por encargo, con el mandato de realizar una biografía que aplacara definitivamente el ánimo hostil de los dominicos hacia la Compañía, todavía, como se ha visto, acosada en España por la Inquisición.  En suma, la Compañía, para ganar su estabilidad, estaba siendo obligada a realizar un plan en el que se incluían una serie de acontecimientos dirigidos a quitarle históricamente la fuerza revolucionaria y crítica que la figura de Loyola le había proporcionado, sólo así conseguirían la paz deseada, y la beatificación (1609) y canonización (1622) de Loyola, en la que tanto dominicos como Inquisidores jugaban un papel decisivo.

    La prueba de que toda esta historia fue un pacto acordado entre las dos órdenes y la Inquisición para poner fin a una guerra que los desprestigiaba  y no tenía sentido desde el momento en que la Compañía había abandonado su vertiente realmente apostólica, son las dos cartas elogiosas del dominico Fray Luis de Granada que figuran al frente de la Vida desde la edición de 1586.   

“PARA EL PADRE PEDRO DE RIVADENEIRA DE LA COMPAÑÍA
DE JESÚS
       M. R. P. en Cristo.  Gratia et pax Cristi, etc.
Vuestra  Paternidad me ha ganado por la mano,  porque  deseaba escribirle  y darle las gracias por este libro que los padres  de aquí  me habían dado como a hijo antiguo, que saben ser yo de  la Compañía; el cual he leído y ahora torno a leer la quinta  parte, maravillado de la vida y heroicas y admirables virtudes de aquel nuevo espejo de virtud y prudencia, que en nuestros tiempos envió dios al mundo para salud de infinitas almas.  A todos mis amigos, sin  recelo de lisonja, he dicho lo que siento de este libro; y  es que  en esta nuestra lengua no he visto hasta hoy  libro  escrito con  mayor  prudencia  y mayor elocuencia  y  mayor muestra  de espíritu  y  doctrina en la historia, y  mayor  temperamento  en alabar su instituto, sin perjuicio de todas las  órdenes,  antes con grande loa de todas ellas y de sus institutos, y más discre­tas y concluyentes razones para defender y aprobar los suyos,  de cuantos hay en semejantes o desemejantes materias escritos.  Y ha propuesto V. P. a todos los hijos de la Compañía un  perfectísimo dechado de todas las virtudes del padre de ella, que ellos  traba­jarán  siempre  por imitar; y N.S. pagará a V.P. el  fruto  de este trabajo,  y  el beneficio perpetuo que en esto hace a todos  sus hermanos presentes y venideros.  Y fue cosa muy conveniente hacer V.P.  esto  en este tiempo, donde da testimonio de  muchas cosas como testigo de vista, y otras que pasó con el Padre; y hace  más verdadera su  historia,  pues se escribió en tiempo  de  tantos testigos  de vista, donde no era lícito desviarse un cabello  del hilo  de  la verdad.  Por aquí entendido ser verdad lo  que  dijo Quintiliano, que la elocuencia era virtud y parte de la pruden­cia, por ser ella prudentia dicendi.  Sea nuestro Señor  bendito, que guió a V.P. en esta derrota por camino tan derecho, que _  sin envidia alabó su orden y sin querella engrandeció las otras.   El cual more siempre en la muy religiosa alma de V.P. con abundancia de su gracia.  De Lisboa, víspera de San Juan, de 1584. De V.P. siervo indigno por Cristo,
                                                                                          Fray Luis de Granada”

   De la primera línea se deduce que, tras haber enviado su libro,  Ribadeneyra, impaciente, ha escrito  previamente a Granada requiriéndole su opinión,  ya que  según éste  se ha anticipado ("ganado por la  mano")  a  su propósito  de escribirle.   En general se trata de una  carta  de compromiso  en la que, además de los tópicos laudatorios  de una crítica interesada, llama la atención enseguida la insistencia de Granada en alabar la prudencia del libro con las otras órdenes religiosas

"y  es  que en esta nuestra lengua no he visto hasta  hoy  libro escrito con mayor prudencia y mayor elocuencia y mayor muestra de espíritu  y  doctrina  en la historia, y  mayor  temperamento  en alabar  su instituto, sin perjuicio de todas las  órdenes,  antes con grande loa de todas ellas y de sus institutos"
"Sea nuestro Señor bendito, que guió á V.P. en esta derrota por camino tan derecho, que sin envidia alabó su orden y sin querella engrandeció las otras"

   Dos  veces  resalta este buen trato, pues ese era uno  de  los objetivos esenciales de la Vida, ensalzar a las restantes órdenes para congratularse y demostrar que entre todas había una buena relación.  Por eso Granada se centra en esos logros, olvidándose prácticamente de sus valores literarios  o espirituales, pues  ha comprobado que Ribadeneyra ha ido retocando todos los puntos previamente acordados, según se deduce de las modificaciones introducidas entre la edición de 1583 y la de 1586.  De ahí su interés en comunicarle su satisfacción  por la  forma en que ha resuelto el problema, pues sin dejar de  men­cionar los acontecimientos, ha logrado que ni ellos ni la Inqui­sición, que eran los mismos,  aparezcan como represores y poco cristianos.  En definitiva,  Ribadeneyra, colocando al frente de su libro la carta de Granada y la dedi­catoria  al Inquisidor general, anunciaba indirectamente  que la guerra contra los jesuitas había finalizado.

   La relación literaria entre Granada y Ribadeneyra es de admi­ración  recíproca, y también de negocio, pues gracias  al  satis­factorio  cumplimiento  del  pacto, que no sólo significaba  el secuestro y sustitución del Relato sino el giro ideológico de la Compañía, Loyola deja de estar en entredicho y se convierte  en  el santón de libro que buscaban.

   Curiosamente, tanto el libro de Ribadeneyra como la  Introduc­ción  del  símbolo de Fe, de Granada, publicada también  en  1583, están dedicadas al Inquisidor general Gaspar de Quiroga.  El tono de Granada en su dedicatoria es hermanísimo  del de Ribadeneyra, no sólo por su lenguaje empalagoso, sino por  las acusaciones de pestilentes y malvados que dedica a todos los  que no  están  dentro de la ortodoxia católica, pues  su opinión es  que "la verdadera  y perfecta religión es la nuestra, y que no  hay  otra fuera de ella" [25]

   Se nota que los tres han juntado la merienda, pues los jesui­tas,  retirando  el Relato, ocultan las  graves  acusaciones  que implícitamente  contiene contra los dominicos y la Inquisición, los  cuales les corresponden con el cese de los hostigamientos [26]  a la Compañía, a la que integran en el poder  y apoyan en la canonización de su fundador.