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INTRODUCCIÓN
I. RELATO NACIMIENTO DEL RELATO El Relato del peregrino o Autobiografía de Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, es un libro envuelto en una larga y rocambolesca historia aún sin concluir, y cuyo estudio objetivo irá poco a poco revelando aspectos desconocidos de su protagonista y de su autor, y algunos datos encubiertos sobre determinadas órdenes religiosas y otros asuntos sociales y culturales de la época. Su nacimiento se debe a una tarea casi colectiva en la que, directa o indirectamente, participaron muchos de los compañeros de Loyola. En realidad fue una obra de encargo, fruto del acuerdo y del deseo de una colectividad que había decidido, tras la confirmación de la Compañía por el papa en 1540, que Loyola y los demás fundadores escribieran su corta y reciente historia. Para ello se dispuso que cada uno, casi todos mayores y muy debilitados por sus peregrinaciones y penitencias, redactara una especie de memoria donde se incluyera, además de algunos datos personales, todo cuanto recordaran desde el momento en que, sobre 1529, se conocen en París y se unen a Loyola. La idea era no sólo dotar a la Compañía de una memoria personal, sino de hacer de esas vivencias ascéticas un itinerario doctrinal que sirviera de ejemplo para sus futuros miembros. Fruto de este encargo fueron unos cuantos libros de extensiones y calidades diferentes, entre los que merece la pena destacar: el Memorial del Mtro. Pedro Fabro (1542), la denominada Epístola del P. Laínez (1547), considerada la primera biografía de Loyola, el Sumario del P. Polanco, y las Exhortaciones del P. Nadal (1554). A estos cuatro textos habría que añadir una importante carta de Loyola, conocida como “Persecuciones del año 1538”, a su benefactora Isabel Roser. Casi todos los fundadores fueron cumpliendo poco a poco lo acordado, a excepción de Loyola que, además de líder indiscutible desde la formación del grupo, había sido designado primer Prepósito General y se encontraba abrumado de trabajo. Hasta que en 1553, “cediendo a repetidas instancias de varios miembros de la Compañía, especialmente del P. Jerónimo Nadal, san Ignacio se decide a efectuar el relato de su vida. Para ello elige como confidente al P. Luis Gonçalves da Camara, portugués, entonces confesor en la corte de Lisboa del rey Juan III. A Camara, buen humanista y por quien el santo sentía especial predilección, le irá relatando de viva voz, a lo largo de las diferentes sesiones, la historia de su vida comprendida entre su conversión y su llegada a Roma. La narración se vio interrumpida varias veces: comenzó en septiembre de 1553 para ser abandonada al cabo de pocos meses a causa de las repetidas enfermedades de san Ignacio. Se reanudaría brevemente en marzo de 1555, y finalmente, ante la inminencia del retorno de Camara a Portugal, en septiembre del mismo año. El portugués tomaba notas que dictaba a continuación a un escribano. Aparecen así 11 capítulos, los 8 primeros, redactados en Roma por una amanuense español, estaban en castellano; los otros tres, encontrándose Camara en Génova, “y no disponiendo de amanuense español”, en italiano. El relato pasa, pues, por una doble fase de redacción: unas primeras notas sumarias, y posteriormente, sobre ellas, la redacción definitiva. Parece ser que Camara estaba particularmente dotado para ello: "El mismo día, a lo que creo, habiendo llamado al P. Luis Gonçalves, comienza a narrarle lo que aquel padre, según es de excelente memoria, pasaba luego al papel" (J. Nadal). La devoción haría el resto: "He trabajado de ninguna palabra poner sino las que he oído del Padre. Y cuanto a las cosas que temo haber faltado, es que por no desviarme de las palabras del Padre, no he podido explicar bien la fuerza de algunas de ellas" (prólogo de Camara)” [2] Como en ninguno de los manuscritos se otorga al libro un título concreto, su denominación a lo largo de la historia ha sido variable, y puede encontrarse bajo cualquiera de los siguientes nombres: Hechos o Actas del P. Ignacio, Autobiografía, El peregrino, Memorias o Confesiones, entre otras. Carmen Artal, en su excelente edición de Labor, lo tituló RELATO DEL PEREGRINO, elección muy adecuada y precisa pues, además de informar del procedimiento narrativo, respeta la voluntad de su autor, ya que “el peregrino” es el único nombre que Loyola, salvo alguna excepción indirecta, recibe en el libro. El Relato no es, pues, una autobiografía en su sentido estricto, ya que no fue escrita directamente por Loyola aunque, según dice Gonçalves en el prólogo, sus palabras están tan respetadas que es como si él mismo lo hubiese realizado. Por otra parte no parece un libro enteramente original [3] , ya que Loyola, antes de contar su vida a Gonçalves, había leído todos los trabajos más arriba mencionados de sus otros compañeros y, en ciertos aspectos, se influyó de ellos, especialmente del Sumario Polanco (1547/1548) [4] , libro basado en la información que el mismo Loyola fue dando a Polanco durante sus primeros años de convivencia. En definitiva, Loyola dicta sus memorias a Gonçalves teniendo muy presente el libro de Polanco, que a su vez le sirve a Gonçalves como modelo y fuente, de forma que puede decirse que el Relato es un libro de libros, su mismo autor y su protagonista se dejan llevar por un esquema ya trazado por otros que, a su vez, lo oyeron contar a Loyola, y a otros. FORMA Y ESTRUCTURAEl Relato es una obra de apenas setenta páginas de ahora y está dividido en once capítulos y dos prólogos, uno del P. Nadal y otro de Gonçalves. Los once capítulos narran la vida peregrina de Loyola desde el momento en que cae herido durante el asedio de los franceses a la fortaleza de Pamplona en 1521 (nada se dice de su infancia y juventud), hasta la confirmación de la Compañía. Su núcleo argumental se sostiene sobre el camino, eje sobre el que se vertebran las constantes peregrinaciones y los distintos sucesos que acontecen al protagonista desde que abandona su casa. Capítulo a capítulo puede resumirse así: con 26 años, y tras ser gravemente herido en la pierna derecha (mayo 1521) de la que quedará cojo, Loyola da un giro radical a su brillante carrera militar y decide hacerse peregrino e imitar en sus hazañas a los antiguos anacoretas y santos. En dicha metamorfosis o, como prefieren decir los jesuitas, conversión, jugaron un papel fundamental los libros, pues siendo muy aficionado a los de caballerías y no disponiendo de ellos durante su convalecencia, le dieron a leer algunos de santos (agosto-septiembre 1521), a los que se aficiona y le influyen hasta tal punto que, en apenas tiempo, y tras una “visión de la Virgen Santísima” (agosto-septiembre 1521) renuncia a sus derechos de hidalgo y decide hacerse peregrino (capítulo I). Al inicio del camino hace voto de castidad (febrero 1522), y en el monasterio de Montserrat, tras velar las armas ante la imagen de la Virgen (marzo 1522) (II), cambia sus vestidos de caballero por los de peregrino y comienza definitivamente un viaje cuyo último objetivo es llegar a Jerusalén. Viaje convertido en el camino ascético de un hombre riguroso que a medida que progresa en sus sacrificios, visiones y acercamientos místicos, va asumiendo una nueva misión de ayudar a los necesitados y restaurar el olvidado espíritu del cristianismo apostólico (III, IV y V). A la vuelta de Jerusalén comienza a estudiar en Barcelona y Alcalá de Henares, donde es acusado de iluminista y encarcelado por la autoridad episcopal o la Inquisición, hechos que se repiten sucesivamente en Salamanca y París (VI, VII y VIII). Visita por última vez España y después vuelve a Italia, siendo de nuevo perseguido en Venecia y en Roma (IX, X y XI). Además de esa división en 11 capítulos, el libro también puede estructurarse conforme a las tres salidas realizadas por Loyola desde su tierra
Los once capítulos son bastante desiguales en extensión y contenido, apreciándose claramente el interés de Loyola por centrarse en aquellos acontecimientos que, como sus procesos inquisitoriales, no habían sido narrados por sus compañeros con absoluta precisión. ESTILO Y CONTENIDOEl Relato es una obra muy meditada, e incluso fruto de lo que podría considerarse una tradición oral pues, como se ha dicho, los compañeros de Loyola, durante el mucho tiempo que pasaron juntos en sus largas peregrinaciones por Europa, debieron interesarse por su ajetreada vida, según se deduce especialmente de los escritos ya citados de Laínez y Polanco, realizados algunos años antes que el Relato y donde prácticamente se narran los mismos sucesos que después Loyola volverá a repetir a Gonçalves. Es decir, cuando se decide a contar su vida, Loyola ya lo había hecho otras veces, e incluso había leído su propia historia, pues en el Relato se aprecian fácilmente las influencias, en distintos sentidos, de sus predecesores. No obstante, el libro de Gonçalves es, además del más amplio, el más completo en todos los aspectos. Con un estilo preciso y sencillo, Gonçalves recoge en tercera persona los recuerdos de Loyola desde que decide hacerse peregrino y viajar a pie a Jerusalén y a otros países de Europa. Escribe sólo lo que escucha, tratando, según dice, de respetar incluso las expresiones y particularidades del lenguaje de un hombre que lleva alrededor de 30 años alejado de su tierra y que “rememora su vida desde la atalaya de la vejez, por lo que sus recuerdos se organizan según el sentido de unas experiencias acumuladas” [5] El resultado es sumamente interesante, pues Loyola, hombre de pocas palabras, resume al máximo sus experiencias [6] , destacando sólo aquellos datos que considera útiles para comprender los acontecimientos y su trayectoria espiritual, evitando siempre lo superfluo y buscando sugerir más que ratificar, por lo que el libro permite ambiguas lecturas que reflejan, además del camino ascético de su protagonista, un extraordinario retrato social de la época, ya que en su intensa vida de peregrino e impulsor de una religión que pretende resucitar el viejo espíritu del cristianismo apostólico, Loyola se granjeó muchos apoyos y muchas enemistades que, aunque en el Relato no se juzgan, tampoco se solapan. Al sentido de biografía espiritual también colabora la selección del tiempo recordado, del que quedan excluidos tanto los treinta años anteriores a la conversión como los dieciséis posteriores a la confirmación de la Compañía, probablemente porque de los primeros él no quería saber nada, ya que su actitud era considerar como muerto todo lo anterior a su vida religiosa, tal como podrá comprobarse en una de sus famosas cartas con motivo de la boda de su sobrina. No obstante, sobre esos primeros años parece, según dice Gonçalves en su Prólogo al Relato, que su primera intención fue contarlos (“me empezó a decir toda su vida, y las travesuras de mancebo clara y distintamente, con todas sus circunstancias” [7] ), aunque después debió cambiar de idea. Respecto al silencio sobre la etapa posterior a la confirmación de la Compañía, probablemente pensó que ya estaba suficientemente referida por sus compañeros. En general, el Relato contiene precisas pinceladas de una intensa vida, y una gran sutileza en la elección de la información, pues Loyola sabía que al dictar sus memorias estaba escribiendo una guía para sus futuros compañeros, de ahí que procure evitar en todo momento cualquier tipo de vanidad o grandilocuencia, haciendo que el personaje sólo pueda ser observado desde la perspectiva de una totalidad reducida por él a los años de su carrera ascética, pero que inevitablemente permiten concebir el silencio como un aspecto más de esa totalidad. Esa sencillez se transmite también a la prosa, efectiva y casi matemática, sin apenas elementos retóricos y muy acertada en la elección de un vocabulario rico y abierto a la ambigüedad e incluso a la ironía, todo suavemente empujado hacia delante por una firme voluntad de contar la verdad sin ofender a nadie, pero sin ocultarla. Esta valiente determinación de contar la verdad sin exclusiones contrasta, en ciertos aspectos, con el comportamiento de Loyola en esos mismos últimos años de su vida, caracterizado por la máxima prudencia y diplomacia en las relaciones con el poder y las demás órdenes religiosas. ÉXITO Y SECUESTRO Antes de su nacimiento, el Relato ya había creado una tremenda expectación entre los compañeros de Loyola, la mayoría jóvenes y deseosos de conocer de primera mano la accidentada vida del venerado fundador de la orden. Por eso, aunque el libro no llegó a imprimirse, se propagó fácilmente pues, siendo los jesuitas una congregación culta, ellos mismos se encargaron de hacer copias y enviarlas a los distintos países en que estaba asentada la Compañía. La muerte de Loyola algunos meses después convirtió el libro en su testamento espiritual, haciéndose lectura deseada no sólo de los jesuitas y sus benefactores, sino de muchas personas que habían estado al tanto de la valiente y conflictiva trayectoria de un hombre cuya vida y milagros esperaban encontrar en el Relato. Pero sorprendentemente, apenas diez años después de su aparición, la cúpula de la orden decide ocultarlo
Las fuentes documentales sobre este asunto las suministra la Compañía con cuentagotas, sólo se conocen pequeños fragmentos o alusiones encubiertas. Por eso este detalle de una carta del P. Pedro de Ribadeneyra al P. Nadal, fechada en junio de 1567, resulta interesantísimo, al informarnos de que, al menos casi un par de años antes de la fecha de esa carta, ya se había acordado secuestrar los escritos de Gonçalves y enviado órdenes a los colegios de la Compañía. Sólo después, o sea, transcurrido el tiempo prudencial para estimar que la orden había sido incumplida, se explica este tono frío e imperativo (“procure de ejecutar”) con que Ribadeneyra escribe a Nadal, precisamente uno de los fundadores de la Compañía y, además, el principal promotor del Relato
Este protagonismo en el nacimiento del Relato debió radicalizar la incomprensión de Nadal ante su secuestro, pues la Compañía no explicó las razones, y para él, apartado de Roma junto a un numeroso grupo de españoles, debió ser difícil comprender la decisión. Tal vez eso explique la resistencia de Nadal y algunos compañeros a plegarse a “lo ya ordenado y escrito” Ribadeneyra pide que el mandato se cumpla con diligencia, prudencia y sin hacer ruido (“Y en esto se ha de usar la diligencia y prudencia que V. R. entiende que es menester, para que no se haga ruido”) tres notas que, como iremos viendo, marcarán las pautas de comportamiento en torno a estos hechos, aún hoy día tratados por la orden como materia reservada. La carta de Ribadeneyra resulta además demasiado contundente si se tiene en cuenta que Nadal, por edad y prestigio, ocupaba un puesto de mayor rango, por lo que debió sentirse ofendido y, probablemente, responderle mostrando su enojo, pues el mismo Ribadeneyra vuelve a escribirle en octubre del mismo año disculpándose y relegando su responsabilidad en la carta de junio
No sólo niega su responsabilidad (“no nació de mí”) y participación (“estos padres que lo acordaron”) en la decisión tomada, sino que en cierta medida y para justificarse, se apoya sin reparos en Loyola, viniendo a decir que se quedó corto en los recuerdos porque estaba chocheando un poco (“en los particulares de algunas cosas es corto, y [...] le faltaba memoria”). Ya en la primera carta había descalificado ligeramente los escritos de Gonçalves tachándolos de “cosa imperfecta” y de cuya corrección él se estaba encargando (“lo que más cumplidamente se escribe”) pues, junto al secuestro de los escritos de Gonçalves, se había acordado sustituir el Relato por una biografía oficial, encargada precisamente a Ribadeneyra, por eso de nuevo en esta carta le dice a Nadal que haga lo que quiera (“puede tomar lo que hallare”), aunque ante todo debería conocer lo que él está escribiendo. Sin lugar a dudas, y como después se verá, una artimaña dilatoria para convencerle de que su biografía iba a respetar y superar a la primera, por lo que no merecía la pena disgustarse. Además de Nadal, en otros colegios de la Compañía también se incumplieron las órdenes, según se deduce de otra carta de Ribadeneyra, de julio del mismo año, al subsecretario Dionisio Vázquez
lo que demuestra, por un lado, un rechazo bastante significativo al mandato ya que, estando como religiosos obligados por voto de obediencia, el incumplimiento significaba casi un brote de rebeldía y, por otro, que esta carta y la anterior revelan un interés de Ribadeneyra mayor del confesado. Diversos documentos atestiguan que no fue fácil para los jesuitas acabar con las rencillas surgidas entre ellos mismos por esa prohibición, y puede decirse que el asunto dio lugar a la primera crisis interna, a un pequeño cisma en la nueva orden: por un lado quienes defendían la presencia del Relato con todas sus consecuencias, por otro, la nueva postura de la cúpula intentando reconciliarse con el resto de la Iglesia. Es lo que Bataillon entendió como la posible tensión entre "el monaquismo antiguo y el humanismo erasmiano" que dividía a los miembros de la Compañía. A ello deben añadírsele otros problemas, como la decisión de reducir la presencia de españoles en la cúpula de la orden, o la diferencia de opiniones respecto a la integración de la Compañía en la Inquisición. Parece ser que en España fue donde mayor virulencia adquirieron esas tensiones, entre otras cosas porque los españoles eran los máximos defensores del espíritu infundido por Loyola a la Compañía. Pero en definitiva, Roma insistió en su decisión y terminó imponiendo su criterio. Hasta el siglo XVIII no se vuelve a saber nada del Relato, y hasta mediados del siglo XX no empieza a ser una obra asequible a personas ajenas a la institución:
No obstante, la existencia del Relato no llega a ser de dominio público hasta su edición, en 1973, en la colección maldoros, de Labor. A partir de ahí su difusión ha sido regular y, casi siempre, a través de miembros de la Compañía, que sigue guardando un significativo silencio en torno a la historia y vicisitudes de la obra. En la actualidad la obra se difunde, fundamentalmente, a través de la editorial Mensajero-Sal Térrea, con el nombre de El peregrino. También es fácil conseguirla a través de internet. La orden de secuestrar el Relato afectó también al Memorial, ("lo que escribió el P. Luis Gonzáles, o cualquier otro escrito referente a la vida de nuestro Padre [14] ,") un cuaderno de notas donde Gonçalves, desde enero de 1555, recoge detalles personales y cotidianos del comportamiento de Loyola como superior de la congregación. Muchas de estas anotaciones están hechas en los mismos días en que Gonçalves escribe el Relato y constituyen un conjunto de todo tipo de información sobre la vida de la comunidad en Roma, detalles íntimos que acercan con naturalidad y brevedad a la orden en el último año de vida de Loyola y cuya crudeza queda, a veces, muy alejada del giro divinizante pretendido por la Compañía. Hasta su publicación en Monumenta, los jesuitas han aplicado a este libro el mismo tratamiento de materia reservada que al Relato. Hay, además, noticias de otros escritos de Gonçalves que, al parecer, han desaparecido para siempre
La misma figura de Gonçalves ha sido tratada por la orden con todo tipo de reservas
Estos son, prácticamente, los únicos datos ofrecidos por Monumenta sobre la vida de Gonçalves. Y son también casi los únicos repetidos en las distintas historias de la Compañía o en ediciones del Relato o del Memorial (Astraín, Iparraguirre, Hernández, Rambla, etc.). Algo sorprendente, pues no debe olvidarse que Loyola escogió a Gonçalves entre todos los miembros de la Compañía, o sea, un enorme honor doblemente meritorio, pues era portugués y, por lo tanto, con posibles problemas de comunicación y, además, Loyola apenas lo conocía, ya que llegó a Roma en mayo de 1553, y el 4 de agosto de ese mismo año ya había determinado tomarlo como confidente. En contraste, cualquiera de los jesuitas destacados de esa época ha sido abundantemente elogiado por los historiadores de la Compañía con innumerables páginas biográficas y laudatorias. La excepción es Gonçalves, discriminado no sólo en el trato historiográfico sino hasta en sus escritos. Inmediatamente veremos cómo Ribadeneyra se ha apropiado, durante siglos, de todo el material de Gonçalves casi sin nombrarlo, haciéndolo desaparecer de la historia de la Compañía y despojándolo del honor de ser el primer biógrafo del futuro santo. ¿Cuál fue la reacción de Gonçalves ante esta situación? El hecho de que su figura no haya sido todavía rehabilitada obliga a pensar en otro tipo de problemas, pues también la Compañía soportó fuertes tensiones internas en Portugal y, además, fue bastante rechazada por las restantes órdenes religiosas que vieron cómo en pocos años, la Compañía se había ganado el favor de la monarquía y había ocupado un lugar privilegiado y unas funciones excesivas. Los numerosos escritos surgidos en Portugal a raíz de la expulsión de los jesuitas en la segunda mitad del siglo XVIII, dedican grandes espacios a demostrar el papel pernicioso jugado por la orden en la historia de Portugal. Gonçalves, como confesor del rey, no escapa a esas críticas, y es constantemente acusado de embaucador del rey
El grado de credibilidad de estos libelos, donde permanentemente se descalifica a Gonçalves, parece tan dudoso como el halo divinizante con el que la Compañía envuelve cualquier noticia de la época. Habrá que esperar a que los jesuitas decidan abrir la totalidad de sus archivos para conocer definitivamente la personalidad del primer biógrafo de Loyola y la verdadera historia de los sucesos ocurridos en Portugal durante los cincuenta años posteriores a su muerte, pues parece ser que allí se vivió una posible rebelión interna semejante a la ocurrida en España, especialmente en Alcalá. Entre la poca información conocida sobre Gonçalves, es significativa la orden del P. Mercuriano obligándole a continuar el trabajo de glosar el Memorial cuando ya era materia reservada
Entre este “impusiese” de Benigno Hernández y el “quizá” anterior (“expresión referida quizá a los achaques”) se desprende una duda no cuestionada por Hernández, pues ¿no es muy probable que Gonçalves, humillado y contrario al plan concebido contra su obra, se negara a seguir continuando unos escritos previamente condenados al ostracismo? ¿no puede ser esa actitud rebelde, esa falta de obediencia debida, lo que Gonçalves ambiguamente denomina “particulares miserias”?. Mercuriano le obliga a continuar y, además, para controlarlo, pide que le indique el punto hasta donde había llegado. La tensión es patente, y las causas no pueden ser otras que las derivadas de este asunto del secuestro del Relato, del que seguramente Gonçalves no recibió ningún tipo de explicaciones. ¿Qué razones movieron a la cúpula a tan extraño proceder? ¿cómo entender que se abrieran los trámites para la beatificación de Loyola y a la vez se prohibieran sus escritos?. La respuesta a estas preguntas no se encontrarán hasta la publicación de la Vida de Ribadeneyra, donde se hallan implícitas. Lo cierto es que, a pesar del secuestro del libro, los más de diez años transcurridos entre los primeros manuscritos y la prohibición, parecen ser tiempo suficiente para que se copiara de forma incontrolada, especialmente en España, y más concretamente en Guipúzcoa, Alcalá, Barcelona y Manresa, lugares donde Loyola había dejado en sus comienzos un aura de pureza y renovación, buenos amigos y algunos admiradores de su personalidad y doctrina.
II. VIDA Al mismo tiempo que la cúpula de la Compañía acuerda el secuestro del Relato y los demás escritos de Gonçalves, se encarga a Pedro de Ribadeneyra la realización de una nueva biografía sobre Loyola. Se dice que Ribadeneyra estaba preparándose desde hacía mucho tiempo para ese momento [18] y que, gracias a eso, pudo terminar el libro con bastante rapidez, pues la primera versión latina de la Vida parece estar finalizada a mediados de 1568 [19] , y en mayo de 1571 se puso en marcha la idea de imprimirla
Existen bastantes documentos que acreditan la enorme precaución y sigilo con que se hizo dicha edición, no porque fuera un libro problemático en sí, sino porque venía a ocupar el lugar del Relato, y los jesuitas, antes de su difusión, querían conocer la reacción entre sus propios miembros. Una carta del p. Vázquez al vicario, marzo de 1572, revela claramente ese secreteo
Se aprecian en esta carta excesivas precauciones (cuidado, no se dé, guarda y guardará, cuanto fuere en mi mano, no queda ninguno, escondido, Grande diligencia, no quede rastro, llave guardados) y, además, el interés de personas ajenas a la Compañía por hacerse con el libro, como prueba la intención del “estampador” de quedarse clandestinamente con 25 ejemplares. Eso presupone la existencia de compradores y un rumor de fondo en torno a la edición. Precisamente los jesuitas habían decidido que se hiciera en una imprenta alejada de Roma, donde les parecía más fácil evitar la filtración de la noticia y el pirateo del editor. El libro apareció en Nápoles en 1572 con el título de “Vita Ignatii Loyolae” y se distribuyó exclusivamente entre los miembros de la Compañía. Desde el principio, al menos aparentemente, gozó de un éxito inmediato entre sus lectores, aunque se conocen bastantes documentos que, como se verá más adelante, indican la existencia de un gran rechazo por algunos miembros de la orden. No obstante, la obra se aceptó con general entusiasmo y, poco después, se aprobó su traducción al castellano con el fin de difundirla entre los hermanos “que están en España y no saben la lengua latina...y otra gente devota” [22] . Es decir, una vez comprobada la aceptación interna del plan trazado por la cúpula, deciden ampliar su difusión y divulgarla fuera de la Compañía, primeramente en España. Ediciones castellanas Sobre 1577 Ribadeneyra tenía ya lista su propia versión castellana, pero la publicación, a pesar de sus prisas, se fue retardando hasta que en 1583 aparece en Madrid con el título de “Vida del P. Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de la Compañia de Iesus”. Libro que vino a sustituir a todos sus antecesores, también secuestrados, y que desde entonces hasta principios del siglo veinte ha sido la fuente biográfica fundamental sobre Loyola. Lo primero que llama la atención del libro es su tamaño. Frente a la brevedad del Relato, la Vida consta de más de 500 páginas, divididas en 5 libros y tres dedicatorias. En segundo lugar resalta su prosa recargada e innecesaria, también en el polo opuesto a la sencillez del Relato. Y además su contenido, intencionadamente confuso y, en muchas ocasiones, falso. Ya en la primera dedicatoria, al cardenal e inquisidor general don Gaspar de Quiroga, Ribadeneyra agota hasta la saciedad los tópicos de servidumbre y falsa sumisión característicos de este tipo de escritos, aunque haciendo gala de una adulación exagerada e impropia entre dos religiosos. En la segunda dedicatoria, “A los hermanos en Cristo carísimos de la Compañía de Jesús”, expone su intención de decir siempre la verdad y las fuentes que utilizará
Tras esa especie de juramento de fidelidad (“se guarde verdad”), acto seguido nos dice que su primera fuente de información será ante todo su experiencia (“Contaré lo que yo mismo oí, vi y toqué”), cuando del libro se irá deduciendo que las aportaciones personales son muy escasas o dudosas. Después añade esas edulcoradas y redundantes expresiones ("toqué con las manos" "niñez y tierna edad") y el beatón "a cuyos pechos", una hiperbólica metáfora sobre su nacimiento a la espiritualidad. Todo dirigido a adjudicarse, en beneficio de la acreditación de su libro, una convivencia junto a Loyola mayor de la real, pues aunque es cierto que lo "reclutaron" [23] sobre los catorce años, nada hay que certifique esa intimidad que constantemente se arroga pues, además de pasar largas temporadas apartado de Roma, la actitud de Loyola respecto a todos sus compañeros, sin excepciones, se caracterizó en esos aspectos por el distanciamiento. A continuación de este primer párrafo menciona su segunda fuente
Interesa esta parrafada (las negritas indican el contenido y los subrayados la paja) para conocer de una vez el estilo de Ribadeneyra, su excesiva verborrea empleando todo ese espacio para ofrecer solamente dos noticias biográficas procedentes del prólogo explicativo que, sobre 1567, añadió el P. Nadal al Relato. En la primera expone sus orígenes y fines
Prácticamente lo mismo dicho por Ribadeneyra en la primera línea
La segunda información de Nadal es que Loyola acepta tras muchos ruegos la petición y toma a Gonçalves como confidente
Ribadeneyra lo versiona así
A partir de este punto y hasta la última línea, Ribadeneyra, utilizando táctica de camuflaje o mareo de perdiz, ha intercalado entre noticia y noticia tanta fraseología seudo religiosa y tantas “parejas de sinónimos” [24] que es muy fácil, si se desconoce la verdad, perder el hilo argumental. Es decir, entre "lo escribía casi con las mismas palabras que lo había oído" y "todo esto tengo yo como entonces se escribió" ha insertado toda esa palabrería subrayada con el objetivo de despistar a quien ignore la historia, pues las frases quedan tan separadas de sus contextos que resulta casi imposible relacionarlas. Ribadeneyra ha dicho que posee los escritos de Gonçalves, por lo menos el Relato, al que se refiere expresamente al decir “contando al padre Luis González...lo escribía”. Lo dice, pero envuelto en una cortina de humo que durante siglos ha impedido ver la trascendental relación entre ambos libros y la importancia de Gonçalves como único confidente de Loyola. Prueba irrefutable de que estamos ante una estrategia muy meditada son los cambios introducidos por Ribadeneyra en las sucesivas ediciones de la obra. Comparando esos fragmentos comentados, pertenecientes a la edición de 1605, con el correspondiente a la edición de 1583, veremos que los párrafos de relleno no estaban en esa primera edición
Puede comprobarse que, aunque la información es la misma y con la misma falta de claridad, aquí todavía no existen los dos grandes párrafos de relleno añadidos después. Por supuesto, esta estrategia se repite otras veces y de distintas formas a lo largo del libro, siempre con la intención de ocultar o difuminar determinados datos, o potenciando la imagen de Loyola a base de efectos propios de la literatura hagiográfica de la época. Veamos algún ejemplo. El Relato se inicia con el comportamiento valeroso del joven militar Íñigo de Loyola en el asedio a la fortaleza de Pamplona por los franceses. Tras caer gravemente herido al pasarle un proyectil entre ambas piernas, la fortaleza se rinde, y los mismos franceses le curan y le envían en una litera a su tierra. Allí, por estar mal operado o por haberse desencajado los huesos en el viaje, vuelve a ser intervenido en dos ocasiones, la segunda con el fin de evitar una cojera pronunciada, y en todo momento sufriendo pacientemente tremendos dolores y estando a punto de muerte. Dice el Relato
La frase de Gonçalves “quiso nuestro Señor” es la expresión lógica de agradecimiento que un religioso, o persona de cualquier religión, dedica al Dios a cuya buena voluntad atribuye la mejoría del enfermo. Pero Ribadeneyra transforma esta frase y esta información de primera mano en un auténtico milagro
Comparado con su fuente, el párrafo sirve de modelo sobre cómo hinchar un texto con intenciones interesadas. Al margen de los muchos tópicos literarios y religiosos propinados por Ribadeneyra, ese “se entiende” aclara sus métodos, ya que con él trata de exculparse de su evidente falsa interpretación, pues en ningún momento sugiere Gonçalves que san Pedro se le apareciera: “quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase a hallar mejor” / “se entiende que le apareció este glorioso apóstol” Igual ocurre entre la mejoría del Relato (“quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase a hallar mejor”) y la versión magnificada (“fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese”), pues Ribadeneyra transforma esa lógica evolución hacia la mejoría (“se comenzase”) en un acto repentino y, por lo tanto, anormal y milagroso (“en aquel mismo punto”) Veamos otro ejemplo dirigido a modificar actuaciones y a tergiversar acontecimientos históricos. Tras volver de Jerusalén, Loyola comprendió su necesidad de estudiar, pues ni pensaba ingresar en ninguna de las órdenes religiosas existentes por parecerles poco rigurosas, ni podía emprender sin estudios el tipo de vida apostólica que tenía en mente así que, tras Jerusalén, decide regresar a Barcelona (1524), y comienza a estudiar y a “ayudar a las almas”. A mediados de 1526, por consejo de sus profesores, marcha a Alcalá de Henares con la intención de estudiar Artes. Vestía con un saco, iba descalzo y no se cortaba las uñas ni los cabellos. Vivía de la mendicidad y predicaba la pobreza evangélica. Enseguida encontró la oposición de la Iglesia-Inquisición, que en menos de un año lo castiga en la cárcel y e abre tres procesos. En el Relato (cap. VI) se especifican con detalles los injustos procedimientos e incluso los nombres de los inquisidores. En junio de 1527, acosado por la Inquisición y con la prohibición de predicar, sale, previo paso por Valladolid, hacia Salamanca donde, poco después de llegar, su confesor dominico le invita a comer en el monasterio de San Esteban. El ágape resultó una emboscada, pues lo retuvieron en el convento por la fuerza durante tres días, y después lo condujeron, junto con su compañero Calixto, directamente a la cárcel. Los sucesos en el Relato se describen así
Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel”. (R, 64-66) Aunque Gonçalves continúa dando más información sobre esta detención, los ofrecidos en los párrafos anteriores resultan suficientes para comprender el rechazo de los dominicos al Relato, su aversión a un texto donde se revela manifiestamente el anticristiano comportamiento de los frailes. Sorprende el lujo de detalles con que Loyola, unos veintisiete años después, recuerda acontecimientos que, a pesar de la aparente moderación del lenguaje, encierran unas precisas e importantes acusaciones. En primer lugar es fácil llegar a la conclusión de que los interrogatorios y la detención de los dominicos se debe a una posible violación del secreto de confesión, ya que la autoexculpatoria advertencia del confesor ( “os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas”) y su posterior coactiva presencia durante los interrogatorios, ratifican una encerrona preparada con su colaboración, pues Loyola sólo llevaba 10 o 12 días en Salamanca y quien mejor lo conocía era ese confesor con el que pasaba varias horas casi a diario. Eso resalta la hipocresía del soprior al inicio del interrogatorio, su actitud afable (“con buena afabilidad empezó a decir cuán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la apostólica; y que holgarían de saber de estas cosas más particularmente”), cuando desde el principio, y según se desprende de la narración, se trata de una trampa silogística para acusarles de iluminados. Detalles como el ahínco del fraile, el hablar entre dientes, la tácita amenaza contra el silencio, la indefensión y, sobre todo, esa negociación “según parece, con los jueces”, dejan en evidencia no sólo a los dominicos sino a la justicia y a todo el sistema. Hay además otros datos menos importantes, pero también cargados de crítica, como el meterse con la vestimenta de Calixto, o ese tono soberbio apreciado en el superior: “quedaos aquí, que bien haremos con que lo digáis todo” La opresión sufrida en Salamanca, con 22 días en la cárcel y la prohibición de “definir de pecado mortal y de venial”, le obliga de nuevo a marcharse, esta vez a París. Allí permanece estudiando desde principios de 1528 hasta mediados de 1535, con esporádicos viajes a Flandes-Londres y con nuevos problemas inquisitoriales (cap. VIII) En conjunto, los capítulos VI, VII y VIII son, en proporción al tiempo narrado, los más extensos del Relato, con cantidad de información minuciosa, fechas exactas, e incluso nombres de inquisidores. De alguna manera estos tres capítulos, por el lugar que ocupan y por su extensión, son el centro del Relato, y aunque prácticamente en ellos no se emiten juicios de valor, la narración exacta y detallada de los acontecimientos va poniendo en evidencia las múltiples irregularidades e injusticias cometidas por la Inquisición y los dominicos en esas tres ciudades, donde Loyola fue perseguido por predicar una doctrina de humildad y pobreza contraria al adocenamiento de la mayoría. Es posible que Loyola callara otras muchas irregularidades y vejaciones, pero lo cierto es que, con lo poco seleccionado, supo en estos capítulos sintetizar agudamente una denuncia precisa contra los métodos y procedimientos de un sistema jurídico-político dominado por la corrupción de la Iglesia. Es decir, un año antes de su muerte, cuando la Compañía está extendida por todo el mundo y el mismo Loyola había admitido que, para terminar definitivamente con el acoso de que eran objeto en España, algunos jesuitas aceptaran cargos inquisitoriales en Portugal, decide abandonar su diplomático estilo y recordar en el Relato las persecuciones y malas artes de que había sido objeto especialmente por los dominicos. Por eso, una vez muerto Loyola y comprendiendo que la agresividad de la Inquisición no cesaría hasta que los dominicos se vieran complacidos, la Compañía decide iniciar la reconciliación, ofreciendo el secuestro del Relato y su sustitución por la Vida como prueba innegable de su buena intencionalidad. El resto del compromiso se irá conociendo a través de la Vida, donde la labor balsámica de Ribadeneyra se aprecia a simple vista comparando su versión de los sucesos de Salamanca con la del Relato
De entrada Ribadeneyra anula la ironía del Relato tras sus alusiones a las buenas palabras (“mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves”) y convierte la entrevista en un acto de amor donde el prior es un hombre cargado de buenas intenciones y con verdadera admiración a Loyola. El astuto ardid del Relato para ganarse la confianza, ha quedado transformado en un gesto paternalista, bondadoso y sin la cruel intencionalidad original, desdibujada con ese cariñoso insulto: “sois unos simples idiotas y hombres sin letras” En general, Ribadeneyra, aunque ofrece toda la información, la descarga de su fuerza dramática, de la agresividad y aversión del interrogador, transformado en un eclesiástico receloso ante el acoso de la herejía. La misión de Ribadeneyra es claramente justificar la actuación de los dominicos, que mientras en el Relato aparecen descaradamente como los malos, aquí están retratados como los cautos y buenos protectores del catolicismo. En definitiva, lo más silenciado del Relato, su gran tabú aún en nuestros días, son los desafortunados encuentros de Loyola con la Inquisición y el protagonismo de los dominicos. En esos capítulos VI, VII y VIII, el Relato es preciso y, en la sutilísima narración de los acontecimientos, no sólo aparecen claramente los días y veces que estuvo encarcelado, sino que se dejan entrever los motivos injustos, las irregularidades jurídicas, el protagonismo de los dominicos e incluso los gestos iracundos de los inquisidores, y otros detalles que se verán en su momento. ¿Un descuido de Loyola?. Probablemente no, pues, como se ha dicho, el Relato es un libro muy meditado, siguiendo la costumbre que él mismo imponía en sus colegios de reflexionar ampliamente las cosas antes de acometerlas. Además, como también se ha visto, conocía las versiones de sus compañeros sobre estos mismos acontecimientos, por ejemplo, la de Laínez, muy parecida, aunque mucho más diplomática, restando importancia a las persecuciones y rebajando el vergonzoso protagonismo de unas instituciones que aún mantenían los mismos comportamientos e incluso de forma más extremada. Pero él prefirió contar la verdad sin añadir ni quitar nada, incluyendo incluso frases contra la Inquisición que en aquellos momentos nadie se atrevía a publicar
Por muy liviana que nos parezca esa insignificante crítica a la Inquisición, no se debe olvidar que, tanto en el momento de pronunciarse (1526) como en el de escribirse (1555), era una auténtica osadía. Pero Loyola se encontraba en Roma, alejado de la Inquisición española y al amparo del papa, por eso no tuvo reparos en escribir una verdad que, de entrada, no iba a publicarse, y mucho menos en España. La realidad fue otra, ya que todos los interesados debieron leer el Relato, donde algunas personalidades, aún con vida, aparecían con sus nombres. La misión de Ribadeneyra fue, pues, modificar y edulcorar todos los acontecimientos de Alcalá, Salamanca y París, haciendo que aquellos jueces no aparecieran como injustos represores, sino como celosos y bondadosos guardianes de una Iglesia católica en estado de alerta. Ahora, por fin, quedaban claras las razones del secuestro y sustitución del Relato por la Vida que, como Ribadeneyra dice en la dedicatoria a sus hermanos, se escribió por encargo, con el mandato de realizar una biografía que aplacara definitivamente el ánimo hostil de los dominicos hacia la Compañía, todavía, como se ha visto, acosada en España por la Inquisición. En suma, la Compañía, para ganar su estabilidad, estaba siendo obligada a realizar un plan en el que se incluían una serie de acontecimientos dirigidos a quitarle históricamente la fuerza revolucionaria y crítica que la figura de Loyola le había proporcionado, sólo así conseguirían la paz deseada, y la beatificación (1609) y canonización (1622) de Loyola, en la que tanto dominicos como Inquisidores jugaban un papel decisivo. La prueba de que toda esta historia fue un pacto acordado entre las dos órdenes y la Inquisición para poner fin a una guerra que los desprestigiaba y no tenía sentido desde el momento en que la Compañía había abandonado su vertiente realmente apostólica, son las dos cartas elogiosas del dominico Fray Luis de Granada que figuran al frente de la Vida desde la edición de 1586. “PARA
EL PADRE PEDRO DE RIVADENEIRA DE LA COMPAÑÍA
DE
JESÚS
M. R. P. en Cristo. Gratia et pax Cristi, etc.
De la primera línea se deduce que, tras haber enviado su libro, Ribadeneyra, impaciente, ha escrito previamente a Granada requiriéndole su opinión, ya que según éste se ha anticipado ("ganado por la mano") a su propósito de escribirle. En general se trata de una carta de compromiso en la que, además de los tópicos laudatorios de una crítica interesada, llama la atención enseguida la insistencia de Granada en alabar la prudencia del libro con las otras órdenes religiosas
Dos veces resalta este buen trato, pues ese era uno de los objetivos esenciales de la Vida, ensalzar a las restantes órdenes para congratularse y demostrar que entre todas había una buena relación. Por eso Granada se centra en esos logros, olvidándose prácticamente de sus valores literarios o espirituales, pues ha comprobado que Ribadeneyra ha ido retocando todos los puntos previamente acordados, según se deduce de las modificaciones introducidas entre la edición de 1583 y la de 1586. De ahí su interés en comunicarle su satisfacción por la forma en que ha resuelto el problema, pues sin dejar de mencionar los acontecimientos, ha logrado que ni ellos ni la Inquisición, que eran los mismos, aparezcan como represores y poco cristianos. En definitiva, Ribadeneyra, colocando al frente de su libro la carta de Granada y la dedicatoria al Inquisidor general, anunciaba indirectamente que la guerra contra los jesuitas había finalizado. La relación literaria entre Granada y Ribadeneyra es de admiración recíproca, y también de negocio, pues gracias al satisfactorio cumplimiento del pacto, que no sólo significaba el secuestro y sustitución del Relato sino el giro ideológico de la Compañía, Loyola deja de estar en entredicho y se convierte en el santón de libro que buscaban. Curiosamente, tanto el libro de Ribadeneyra como la Introducción del símbolo de Fe, de Granada, publicada también en 1583, están dedicadas al Inquisidor general Gaspar de Quiroga. El tono de Granada en su dedicatoria es hermanísimo del de Ribadeneyra, no sólo por su lenguaje empalagoso, sino por las acusaciones de pestilentes y malvados que dedica a todos los que no están dentro de la ortodoxia católica, pues su opinión es que "la verdadera y perfecta religión es la nuestra, y que no hay otra fuera de ella" [25] Se nota que los tres han juntado la merienda, pues los jesuitas, retirando el Relato, ocultan las graves acusaciones que implícitamente contiene contra los dominicos y la Inquisición, los cuales les corresponden con el cese de los hostigamientos [26] a la Compañía, a la que integran en el poder y apoyan en la canonización de su fundador. | ||||||||||