GENERALES

 

                                         “La Verdad ha de deslumbrar muy poco a poco
                                         O ciegos dejará a todos los Hombres”
                                                                                       Emily Dickinson [1]
                                         “La historia es un puro engaño; permanece tal como la                                              maquilló y amañó algún gran escritor”
                                                                                        Chateaubriand [2]

 


    Aunque el propósito de este libro ha sido analizar  detallada y progresivamente los primeros catorce capítulos del Quijote, quiero señalar aquí algunos descubrimientos que, por ser más generales, afectan prácticamente a la totalidad del Quijote o al resto de la obra de Cervantes.  Son ideas provisionales, conclusiones extraídas del estudio somero de los capítulos, del análisis superficial de las obras.  No obstante, son tan sorprendentes los resultados y afectan a hitos tan señalados, que merece la pena conocerlos, entre otras cosas porque sirven como una prueba más del fascinante trabajo de Cervantes, de la indiscutible y apenas conocida relación con la historia de la Compañía de Jesús, y de la ingente tarea aún por hacer para los estudiosos de la obra cervantina.

            XV. TRES SALIDAS 

   Existe una igualdad genérico-estructural entre las tres salidas que, según el Relato y la Vida, realiza Loyola desde su casa, y las tres que, entre la Primera y Segunda Parte, lleva a cabo don Quijote.  Se da además la coincidencia de que tanto en el Relato como en el Quijote, las dos primeras salidas se narran en  los ocho  capítulos primeros.  Es decir, el sencillo esquema circular  de  la Primera  Parte de 1605, del que habla Casalduero, marcado por  la salida y vuelta del Quijote es, como señala Unamuno, un  paralelo a  las  dos  salidas y vueltas que realiza Loyola  en  los  ocho primeros capítulos del Relato.

            XVI. GEOGRAFÍA PARALELA

    Además de la división en tres salidas, el Quijote  incluye  un paralelismo geográfico consistente en nombrar,  de  cualquier forma,  prácticamente todos los lugares por donde pasa  Loyola  y que  aparecen  citados  en el Relato.  Es decir, además de  los acontecimientos  que le ocurren a Loyola, Cervantes, bajo  cual­quier pretexto, ha incluido en su novela casi todos los  nombres de  los  itinerarios que, según el Relato, siguió Loyola  en  sus peregrinaciones.  El  más amplio estaría delimitado por  los  si­guientes lugares:  Salamanca –Valladolid –Sigüenza –Segovia –Alcalá –Toledo –Valencia –Gaeta –Jerusalén –Venecia –París –Flandes -Londres.

   Un  segundo  itinerario referido a los viajes  por  España-Italia transcurre fundamentalmente por: -Azpeitia –Navarrete –Zaragoza –Montserrat –Barcelona –Génova –Bolonia –Ferrara -Roma.

   Todas  esos lugares por donde peregrina Loyola se citan directa o indirectamente en el Quijote, la mayoría nombrados como tales, y otros, como Navarre­te, Monserrat, Alcalá o Azpeitia, aludidos indirectamente a través de un apellido, sobrenombre o lugar  de sonido semejante: Navarra, El Monserrato, Pedro  de Alcalá o Sancho de Azpetia.

            XVII. MUERTE DE DON QUIJOTE

   El sutil tratamiento que el tiempo y el espacio reciben en la Segunda Parte del Quijote ha dado lugar a todo tipo de especulaciones y recuentos por parte de los estudiosos, interesados en encontrar alguna posible relación entre las pocas fechas exactas aparecidas en la novela, y los lugares, itinerarios y distancias en los que se desarrolla.  No obstante, a pesar de la abundante bibliografía generada, la explicación del tiempo en la Segunda Parte es, como indica J. M. Casasayas [3] , en la mayor parte de las veces “o bien pasada por alto por los comentaristas (a veces con silencio absoluto, que es una postura muy cómoda pero poco elegante) o bien despachada atribuyendo la imposibilidad de su fijación a los descuidos cervantinos”

   Algunos autores, como el propio Casasayas en el artículo citado, han concebido ingeniosas y complicadas soluciones a la cronología general que, en la mayoría de los casos, se han recibido hasta ahora con la misma postura, igualmente poco elegante, del silencio absoluto.

   Hay, sin embargo, una cuestión elemental que, desde mi punto de vista, no ha sido suficientemente estudiada.  Me refiero a la fecha de la muerte de don Quijote. 

   Si hay algo indiscutiblemente claro en esa confusión de fechas que aparecen en la Segunda Parte es, precisamente, ese día.  Es decir, si prescindimos del resto de los datos cronológicos tan profusamente proporcionados por Cervantes y nos centramos exclusivamente en el último aparecido en la novela ¿no podríamos obtener una fecha muy aproximada del día de la muerte?

   Sea o no cierto, como señala Murillo [4] , que Cervantes escogiera la fiesta de san Juan como un ingrediente más de su parodia caballeresca, lo único seguro, a la hora de determinar la muerte de don Quijote, es esa fecha y el número exacto de jornadas que el autor se preocupa minuciosamente de describir hasta el momento en que se produce su muerte.

   Mi propuesta es, pues, no considerar como error o despiste del autor el dato de la noche de san Juan, sino utilizarlo como única noticia fiable de la que partir para analizar la evolución cronológica de la obra y la fecha de la muerte de don Quijote.  Es lo que propongo a continuación.

   Tras  abandonar la casa de los duques, don Quijote,  Sancho  y sus acompañantes llegan a Barcelona la víspera de san Juan:

   "En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubier­tas, partieron Roque, don Quijote y Sancho, con otros seis escu­deros a Barcelona.  Llegaron a su playa la víspera de San Juan en la noche" (QII, 61)

   Esta fecha, como se ha repetido hasta la saciedad, rompe drásticamente la cronología lógica de la obra pues, aproximadamente 10 días antes, Sancho había recibido en la ínsula una carta del duque fechada el 16 de agosto:

"Deste  lugar,  a 16 de Agosto, a las cuatro  de  la  mañana" (QII, 47)

   Es  decir, si Sancho recibe en la ínsula una carta fechada  el 16 de agosto ¿cómo diez jornadas después van a llegar a  Barcelona el 23 de junio?  Sin lugar a dudas nos encontramos ante un claro anacronismo, considerado por la crítica [5] como uno de los mayores errores u olvidos de Cervantes  que,  apremiado  por Avellaneda y su editor, al que  entregaba capítulo  a capítulo, no se quedaba con copia de lo escrito.   

   Partiendo de esa consideración de lapsus y tratando de encontrar una sincronía cronológica para toda la obra, nadie ha tenido en cuenta esta última fecha citada en la novela a la hora de elucubrar sobre el día de la muerte de don Quijote.  Es decir, a pesar de que Cervantes, a partir de esa fecha, se preocupa de seguir día a día todas las jornadas que transcurren hasta el final de la obra, se ha preferido no contar con ella.  Por eso, algunos estudiosos como Vicente de los Ríos y Diego Perona [6] llegan  a  fijar las fechas de  los  acontecimientos sin tener en  cuenta  el “error” de la noche de san Juan.

   Vicente de los Ríos inicia su cuenta de jornadas en el mes  de julio, basándose en la información  del propio Cervantes:

"Y  así, sin dar parte a persona alguna de su intención y  sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio" (QI, 2)

   A partir de ese mes de julio, Ríos va contando una  a una  las jornadas, y deduce que don Quijote, al margen del dato de  la noche  de san Juan, llega a Barcelona sobre el 30 de  noviembre.  Como a partir de ahí Cervantes detalla con precisión el número de  días invertidos hasta la vuelta a casa y muerte  de  don Quijote, según  Ríos ésta se produce el 8 de enero. 

   Diego Perona, para estar más acorde con las condiciones climáticas de la novela, sigue el mismo procedimiento pero con  algu­nas  variaciones  en el recuento de jornadas pues, según  él,  don Quijote llega a Barcelona un 19 de agosto, aconteciendo su muerte un 26 de septiembre.

   Lo que sí queda claro para ambos es el número de jornadas transcurridas entre la llegada a Barcelona y la muerte de don Quijote (cuarenta para Ríos y treinta y nueve para Perona) y el interés de Cervantes en precisar la evolución diaria de los acontecimientos.

   Veamos cómo lo secuencia Cervantes.

            “por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona.  Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche […] quedóse don Quijote esperando el día” (1130, 61 [7] )

   Al amanecer del 24 de junio, don Quijote y sus acompañantes contemplan la playa de Barcelona y las fiestas en honor de san Juan.

   Este mismo día son recibidos con gran cortesía en la ciudad y en casa de don Antonio Moreno, con quien pasan la jornada.

   Al día siguiente, 25 de junio:

            “Otro día le pareció a don Antonio” (1138, 62)

don Antonio les muestra en su casa la cabeza encantada, después visitan una imprenta y, por la tarde, las galeras [8] , desde donde presencian la captura de un bergantín argelino y se descubre la historia de Ana Félix. 

   Nada se dice de lo que hace don Quijote en los días siguientes a este último 25 de junio, aunque Cervantes especifica que transcurren:

            “De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por banda, armado de valentísima chusma, y de allí a otros dos se partieron las galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana Félix;  quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
            Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa” (1157, 64)

    De allí a dos días, es decir, el 27 de junio parte el renegado, y otros dos después, 29 de junio, parten las galeras.  O sea, la mañana que don Quijote sale a pasear por la playa y se encuentra y enfrenta al caballero de la Blanca Luna, es la del 30 de junio. 

   La derrota deprime tanto al caballero que le mete en la cama durante seis días:

            “Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo” (1163, 65)

   Esa conversación en la que Sancho le consuela y anima a mejorarse, ocurre, pues, el día 6 de julio. 

            “De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en España” (1165, 65)

   O sea, el 8 de julio el visorrey trata con don Antonio que, supuestamente, se marcha al día siguiente por la mañana, 9 de julio.

            “Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho, que fue de allí a otros dos” (1166, 65)

   Dos días después, 11 de julio, salen don Quijote y Sancho de Barcelona e inician el camino de vuelta a su aldea:

            “se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino;  y al quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente” (1169, 66)

      Transcurren el día 11 (“todo aquel día”) y los cuatro siguientes (12, 13, 14 y 15), y al quinto (16 de julio) llegan a la puerta de un mesón, de donde poco después se marchan.

            “Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto; y otro día, siguiendo su camino” (1171, 66)

   Continúan, pues, el camino el día 17 de julio, con Tosilos y la nocturna aventura de los cerdos, que acaba a la llegada del día:

            “Llegóse en esto el día” (1182, 68)

   Es el 18 de julio, un largo día, con su larga noche en el castillo de los duques, de donde salen al día siguiente:

            “les tomó el día y la gana de levantarse” (1193, 70)

   Se alejan, pues, por segunda vez del castillo el día 19 de julio.  La noche les sorprende en el campo:

            “durmió hasta que le despertó el sol, y luego volvieron a proseguir su camino”             (1202, 71)

   Transcurre este día 20 prácticamente en un mesón (“Todo aquel día esperando la noche estuvieron en aquel lugar y mesón” (1204, 72), que abandonan por la tarde (“llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar” 1208, 72).  Pasan la noche entre unos árboles y llega el día 21:

            “había madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su camino”

    Nada digno de contarse les sucede ese día:

            “Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse”

y al amanecer del día siguiente llegan a la aldea:

            “y esperaba el día” (1209, 72)

   Es el 22 de julio, son recibidos por familiares y amigos y don Quijote acaba en la cama (“donde le dieron de comer y regalaron lo posible”) de la que ya no se levantará, pues:

            “se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama” (1215, 73)

   El transcurso de estos seis días nos sitúa en el 28 de julio, con don Quijote tan maldispuesto que se espera lo peor (“durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas: tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño”) (1216, 74)  De este sueño despierta Alonso Quijano con el juicio recuperado, y hace un largo testamento:

            “Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama.  Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo” (1221, 74)

    Si al 28 de julio, día de la realización del testamento, le añadimos los tres restantes que vive, resulta que la muerte de don Quijote se produce el 31 de julio.

   Coincido con Diego Perona en el recuento de los días llevado a cabo desde la llegada a Barcelona hasta el día de la vuelta a la aldea, donde don Quijote se mete casi directamente en la cama con unas calenturas que le duran seis días.  A partir de esos seis días Cervantes, como puede comprobarse,  sólo hace dos referencias cronológicas:  una totalmente indeterminada, “mas de seis horas”, y la final: “tres días que vivió después deste donde hizo el testamento”   Por deducción propia, tanto Vicente de los Ríos como Diego Perona añaden un día más de los específicamente señalados por Cervantes, pues ambos coinciden en que la visita del médico y la realización del testamento se producen en días diferentes, es decir, que el final de las mas de seis horas dormidas por don Quijote tras la visita del médico, marca el inicio del nuevo día en el que recobra la cordura y hace testamento.  En mi opinión ese día no existe en el texto y, entrando en ese tipo de absurdos juegos y razonamientos con los que se pretende aplicar la lógica a la ficción, puede argumentarse que el médico visita a don Quijote por la mañana, después duerme más de seis horas y por la tarde viene el escribano, es decir, que el día que don Quijote realiza testamento es el mismo que recibe la visita del médico, por lo que, insisto, su muerte ocurre el 31 de julio.

   ¿Tiene alguna significación esta fecha? ¿Existe alguna razón importante para que Cervantes haya realizado este encubierto y preciso trabajo de cronología?   Lógicamente sí, ya que el día 31 de julio se conmemora la muerte de Ignacio de Loyola, ocurrida ese mismo día del año 1556.

   Se trata sin lugar a dudas de uno de los recursos paródicos más bellos e ingeniosos creados por Cervantes para cerrar el inmenso trabajo de imitación que es el Quijote, algo que niega definitivamente cualquier atisbo de credibilidad a esas teorías sobre la relación entre los errores del libro y las prisas o la poca memoria de su autor, y que a su vez ratifica, con este definitivo dato, la antigua tesis de que la figura de don Quijote, desde el primer capítulo hasta el último, es una parodia del personaje literario Ignacio de Loyola.  

            XVIII. LA GALATEA

“y si otra cosa de mí deseas saber, el tiempo, que no encubre nada, te dirá más de lo que yo quisiera” [9]

   La Galatea parece ser el embrión de la obra críptica cervantina, la novela en la que pone por primera vez en marcha la idea de utilizar un género en boga como medio para burlar la censura  A partir de ella Cervantes concibe la idea de hacer una literatura ambigua, capaz de admitir una lectura acorde con las líneas generales del  género en que se desarrolla y, a su vez, una lectura interna y cifrada cuya conocimiento sólo sería accesible al limitado número de lectores que poseyeran las claves interpretativas.  De esa dualidad literaria ha surgido siempre la enorme atracción desprendida por la obra cervantina, donde se mezcla lo más comprensible y humano con un no se qué sutil e inaccesible que otorga a ese realismo un aura de permanente idealismo y liberalidad.  El resultado ha sido hasta ahora concebido como una especie de milagro artístico ajeno a las circunstancias de su autor, aunque, como se ha visto, no existe en nuestra literatura obra tan arraigada en su momento histórico como la de Cervantes. 

   Ya en el prólogo de la Galatea se avisaba de la naturaleza real de algunos de los personajes disfrazados de pastores: “Mas advirtiendo (como en el discurso de la obra alguna vez se hace) que muchos de los disfrazados pastores de ella lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objeción”, lo que ha provocado la búsqueda de alguna relación entre sus personajes y los supuestos amigos, aunque nunca sin darle la trascendencia requerida, pues se pensaba que dicha advertencia no pasaba más allá de un cortesano juego literario:  “Nuestro narrador en ciernes sabía que la bucólica también permitía, desde sus orígenes, la consideración de lo pastoril como un mero disfraz bajo el que ocultar personajes reales, seres de carne y hueso identificables en la realidad, que podían acceder a la bucólica con sus amores y sus problemas cotidianos velados por el hábito y el nombre pastoril.  Y esto era lo que le atraía, posiblemente más que cualquier otra cosa.  De hecho el prólogo advierte que “muchos de los disfrazados pastores” de su novela “lo eran sólo en el hábito”, para que a ningún lector le extrañe el interés central del texto por la relación entre vida y literatura, entre realidad y ficción, que era ya, y había de ser andando el tiempo, una clave medular en el discurrir de toda su obra escrita  [...]  De este modo, el espacio eclógico se veía invadido por la vida real, por las discusiones sobre el amor que auténticamente acaecían en su círculo de amigos” [10]

   Esa exposición representa, dado el desconocimiento del asunto de la Compañía, el sentir general de los estudios sobre Cervantes y su literatura, es decir, se presiente una intensa relación “entre realidad y ficción” aunque, al no poder comprobarse, se reduce a un simple juego que, inconscientemente, desplaza la obra hacia una bucólica literaria del siglo anterior.

   La Primera parte de La Galatea se publicó en 1585, a poco de haberse instalado Cervantes en Madrid.  “Algunos investigadores sostienen que La Galatea fue obra de juventud.  Rodríguez Marín (prólogo a su edición crítica de Rinconete y Cortadillo, Madrid, 1920, pág. 125) supone que estaba escrita antes de 1575, fecha del cautiverio de Cervantes, y Astrana Marín estima que parte al menos de la obra debió de escribirse en Argel (Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, Madrid, 1948-1958, vol. III, págs. 29, 35 y 74).  La mayoría de los estudiosos supone, en cambio, que Cervantes escribió la novela después de su regreso del cautiverio; [...] Agustín González de Amezúa ha dado a conocer una carta de Cervantes fechada en Madrid en febrero de 1582 (“Una carta inédita y desconocida de Cervantes”, en el Boletín de la Real Academia Española, XXXIV, 1954), en la que el novelista asegura que estaba por entonces escribiendo La Galatea, afirmación que debe resolver al fin la debatida cuestión” [11]

   Desde luego, ninguno de estos investigadores tuvo en cuenta el hecho de que La Galatea es la primera obra de Cervantes en la que aparece de forma rotunda el asunto de la Compañía y, especialmente, la burla paródica de la Vida de Ribadeneyra que, como en la historia de Marcela y Grisóstomo, parece ser el eje central de la obra, pues así como el personaje de Marcela y todos los pastores y demás personas que la rodean son  un símbolo de la Compañía de Jesús, La Galatea es igualmente una alegoría, un inexplorado trabajo de imitación y parodia, donde Galatea desempeña un papel simbólico muy semejante al de Marcela.

   No es mi intención hacer un comentario exhaustivo, eso requerirá libros aparte, sino sólo apuntar brevemente el parentesco de esta primera obra de Cervantes con la Vida, su naturaleza combativa y, por lo tanto, su enorme trascendencia, pues de entrada varía no sólo las perspectivas del libro en sí, sino también nuestro acercamiento a la personalidad y estilo de su autor que, como poco a poco se irá demostrando, tomó el asunto del secuestro del Relato y el giro ideológico de la Compañía como pretexto general para denunciar, durante toda su vida, el autoritarismo y el fraude que el poder, con todos sus estamentos, ejerció sobre su época.

   En mis primeras investigaciones creí que la historia entre Cervantes y la Compañía empezaba y finalizaba en el Quijote, pues tanto la extensión del libro como su singularidad hacían pensar que en él se habían agotado todas las intenciones de su autor.  Pero, tras analizar la segunda parte de 1605 y comprender la función de señal o símbolo desempeñada por la palabra “compañía”, comprobé que dicho vocablo y el tono de parodia encubierta que siempre lo rodea, eran una constante en la obra de Cervantes, desde La Galatea (donde aparece más de 60 veces) hasta el Persiles, o sea, desde prácticamente su nacimiento a la literatura hasta su muerte.

   En realidad, de la obra conocida de Cervantes, sólo la Numancia parece ajena al asunto de la Compañía, y no del todo, pues habrá también que hacer una relectura de esta tragedia cuyo eje central es la lucha por la libertad, entendida como un requisito imprescindible para vivir y por el que se debe combatir incluso hasta la autoaniquilación de todo un pueblo. Es decir, la Numancia es una obra militante en la que Cervantes, bajo el aspecto de una recreación histórica, analiza simbólicamente la situación política y social de opresión progresiva que encuentra al volver a España tras diez años de ausencia, cinco de ellos en un cautiverio en el que destacó como incansable perseguidor de su libertad.  A su vuelta se agrupó inmediatamente junto a quienes estaban dispuestos a luchar contra el poder,  porque se sentían, como los numantinos, prisioneros en su propia patria.  Ese simbolismo de la obra ya ha sido ampliamente comentado por parte de la crítica, al encontrar en la Numancia la misma división interna entre españoles que después aparecerá representada, también simbólicamente, en los bandos del Quijote:  “Cuando el personaje más impresionante de toda la obra, España, habla de los españoles como de personas en perpetuo estado de división, es inútil no querer abrir los ojos y rechazar la dolorida denuncia cervantina” [12] .  Una denuncia comprometida, pues ese personaje, España, que “a costa de su sangre ha mantenido / la amada libertad” [13] , no sólo denuncia, sino que también exhorta a su pueblo (“la guerra pediré o la muerte”) a sublevarse contra la opresión

“Ansí están escogidos y encerrados
los tristes numantinos en sus muros.
Ni ellos pueden salir ni ser entrados
y están de los asaltos bien seguros.
Pero en sólo mirar que están privados
de ejercitar sus fuertes brazos duros,
la guerra pediré o la muerte a voces,
con horrendos acentos y feroces.”  (Vv. 409-416)

      Esa misma actitud rebelde y sacrificada ante el avasallamiento la vuelve a pregonar un numantino

                              “cerco cruel, do estamos oprimidos,
                              saldremos vencedores o vencidos”   (Vv. 631-632)

   Incluso la idea de guerra total mantenida por Cervantes a lo largo de su vida, es decir, la utilización de su obra como arma de lucha, aparece en boca de Leonicio

                                  “¿No es ir contra la razón,
                                   siendo tú tan buen soldado,
                                   andar tan enamorado
                                   en tan extraña ocasión?
                                      Al tiempo que del dios Marte
                                   has de pedir el favor,
                                   ¿te entretienes con amor,
                                   quien mil blanduras reparte?
                                      ¿Ves la patria consumida
                                   y de enemigos cercada,
                                   y tu memoria, burlada
                                   por amor, de ella se olvida?   (Vv. 709-720)

   Leonicio reprocha a su compañero entretenerse en blanduras amorosas cuando la patria está cercada y consumida, y lo hace con un sentimiento, con un verismo nacido de una vivencia personal, la misma que explica el resto de la obra, su alejamiento de las blanduras amorosas y su compromiso y denuncia durante toda la vida.  Para Cervantes lo más importante es la libertad, tal como queda resumido en la voz exaltada de una de las mujeres de la obra

                                      “Hijos de estas tristes madres,
                                   ¿qué es esto?  ¿Cómo no habláis
                                   y con lágrimas rogáis
                                   que no os dejen vuestros padres?
                                      Basta que el hambre insana
                                   os acabe con dolor,
                                   sin esperar el rigor
                                   de la aspereza romana.
                                      Decildes que os engendraron
                                   libres y libres nacistes,
                                   y que vuestras madres tristes
                                   también libres os criaron.
                                      Decildes que, pues la suerte
                                   nuestra va tan decaída,
                                   que, como os dieron la vida,
                                   ansimismo os den la muerte.
                                      ¡Oh, muros, muros de esta ciudad!
                                   Si podéis hablar, decid
                                   y mil veces repitid:
                                   ¡Numantinos, libertad”  (Vv. 1338-1357)

   La intervención final de la Fama, dirigiéndose a los romanos moralmente vencidos y “haciendo un canto al heroísmo de la ciudad celtíbera”, contiene de nuevo unos versos donde se exalta el valor del pueblo y el cumplimiento implícito a que dicha herencia le obliga

                                      “Indicio ha dado esta no vista hazaña
                                   del valor que los siglos venideros
                                   tendrán los hijos de la fuerte España,
                                   hijos de tales padres herederos”  (Vv. 2433-2436)

    Versos válidos para arengar a los españoles en cualquiera de los muchos momentos de opresión sufridos a lo largo de su historia, y en los que Cervantes manifiesta su intención de hacer extensivo a sus contemporáneos la necesidad de luchar por la libertad. 

  Esta epopéyica obra,  que por sí sola coloca a Cervantes al frente de todos nuestros dramaturgos, aún mantiene un hondo y vibrante sentir, como queda demostrado por la larga influencia ejercida sobre la literatura española de todos los tiempos.

   En definitiva, la Numancia es una obra comprometida con su tiempo y en la que ya despuntan los temas esenciales del resto de la obra cervantina, especialmente el del sumo valor de la libertad, tan imprescindible que, cuando falta, ni siquiera debe haber tiempo para el amor, o sea, un ideario que nos devuelve al planteamiento inicial de La Galatea como obra seudopastoril, pues ese género blandengue sólo es un pretexto, un nuevo y fructífero procedimiento de lucha.

   Decía, pues,  que las sospechas de que La Galatea formaba también parte del conjunto de actuaciones organizadas por Cevantes en torno al asunto de la Compañía, me obligó a replantear parte de mis ideas sobre el Quijote y, especialmente, sobre el momento en que Cervantes toma contacto con dicho asunto, pues si la Vida de Ribadeneyra se publicó en castellano en 1583 y La Galatea debía estar prácticamente finalizada en ese mismo año [14] , ¿cómo pudo Cervantes disponer de tiempo para realizar una obra que, además de su evidente dificultad, oculta una parodia interna  tan compleja como la del Quijote y cuya fuente es, igualmente, la Vida?

   Recordemos que la edición latina de la Vida había sido impresa en Nápoles sobre marzo de 1572 y que, a pesar del secreto que rodeó a la edición, hubo bastante gente interesada en hacerse con el libro, pues el estampador se había reservado una cantidad considerable que, lógicamente, pensaría vender (“Yo creo que el estampador no queda con ninguno; que 25 que avía escondido, ya me los ha dado.  Grande diligencia he hecho para que no quede rastro por allá; no sé si bastará. Aquí tengo 500 libros, con mi llave guardados” [15] ). Junto al ocultismo, destaca en el fragmento la inseguridad, el temor de que, a pesar de tantas precauciones, el estampador se haya salido con las suyas. 

   ¿Estaban Cervantes y sus amigos entre el grupo de interesados en la compra clandestina de ese libro?  Se sabe que, desde 1570 hasta 1575, estaba en Italia, y que desde 1571 pasa prolongadas estancias en Nápoles, según acreditan algunos documentos y el hecho de que en algunas de sus obras,  incluida La Galatea, Nápoles aparezca bastantes veces citada.  Pero se da además la circunstancia de que La Galatea está dedicada a Ascannio Colonna, “a quien Cervantes debió conocer en Roma, cuando servía allí a monseñor Acquaviva, de quien Ascanio Colonna era amigo” [16]  

   Ambos personajes aparecen citados en la dedicatoria de La Galatea, probablemente con la intención de que estos datos sirvieran en el futuro como pistas, pues ya he comentado que Cervantes pudo conocer la historia y las vicisitudes del Relato en la casa de Acquaviva, también muy interesado en el asunto de la Compañía y cercano al pensamiento de Cervantes, según el buen recuerdo que dejó en su memoria. Allí en casa de Acquaviva debió hacerse Cervantes con una de las primeras copias de sólo ocho capítulos del Relato que circularon por Roma, e iniciarse en esta rocambolesca aventura para el resto de su vida.  ¿No sería lógico pensar que ese joven Cervantes, interesado en el asunto de la Compañía, del que probablemente tuviera algunas noticias ya desde Alcalá, intentara conseguir en Nápoles uno de los libros de la Vita? 

   A todo eso debe añadirse, como ya se sabe, que Ribadeneyra vivía en Toledo desde 1574 y que las prevenciones de la Compañía se vieron estorbadas por el desacuerdo de muchos e importantes miembros de la orden, convertidos en posibles difusores de informaciones, libros y documentos secretos.

   En general, todo esto son sólo conjeturas que, de un lado, vendrían a reforzar la teoría de Rodríguez Marín sobre la posibilidad de que La Galatea estuviera escrita antes de 1575, o la de Astrana Marín sobre la posibilidad de que parte al menos de la obra debió de escribirse en Argel.  Ambas posturas se sostendrían, como veremos, sobre la eventualidad de que Cervantes se hiciera en Nápoles con una edición latina de la Vida, que la tradujera y que, allí o en el cautiverio, escribiera una novela rematada en España tras su libertad.

   La otra posibilidad sería que, después de regresar del cautiverio, Cervantes se hiciera con una Vita latina y, tras traducirla, en poco más de tres años, escribiera La Galatea.  Esa sería la teoría confirmada por el propio Cervantes en el Quijote, cuando informa sobre la compra de manuscritos en el Alcaná de Toledo y la traducción del morisco, probablemente una información novelada partiendo de los hechos reales ocurridos a Cervantes, o una manera simbólica de aproximarnos al lugar donde Ribadeneyra residía en aquellos momentos y donde debieron ocurrir algunos de esos hechos.

    A favor de las teorías de Rodríguez y Astrana, y en contra de las restantes, podría argumentarse que si Cervantes tardó casi veinte años en escribir la primera parte del Quijote, es lógico pensar que no pudiera crear La Galatea en poco más de tres años, tiempo en el que además debió tener una intensa actividad extraliteraria, pues anduvo por Orán, Lisboa, Madrid y Esquivias.  Aunque esa argumentación puede, a su vez, desvanecerse añadiendo que en apenas doce años (1605 y 1616) escribió la segunda parte del Quijote, el Persiles y prácticamente el resto de su obra conocida.

   La estrecha relación existente entre La Galatea y la Vida es muy semejante a lo ya visto en el Quijote.  En ella Cervantes se inicia en los métodos crípticos que después desarrollará en sus restantes obras. 

   Encontramos en La Galatea los referentes externos más simples, las palabras y expresiones más representativas de la Vida.  Frente a las 61 veces que aparece el vocablo “compañía” en el Quijote, en La Galatea, a pesar de sus diferencias de extensión, lo hace 65, fundamentalmente porque la parodia se centra en la Compañía como institución, pues Galatea, como después lo será Marcela, es en ambos casos una pastora que enamora a un grupo de pastores que la siguen por los campos.

   A esa base paródica  Cervantes añadirá, como en el Quijote, un sin fin de referentes que sirven de pistas para seguir el hilo histórico de los acontecimientos y para confirmar el trabajo de imitación externo e interno.  Mi intención, sin ser exhaustivo, es sólo señalar superficialmente la parodia de los rasgos más destacables del estilo de Ribadeneyra y de sus expresiones más características. 

   La primera es la archirrepetida frase “nunca lo puedo acabar con él”, una muletilla presente en casi todos los primeros escritos de la Compañía, entre ellos el Relato, razón por la que a Ribadeneyra le gusta recurrir a ella

-“mas nunca lo pudieron acabar con él” (R, 72)
-“nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese” (Vida, A los hermanos”)
-“pero no lo pudo acabar con él, antes se fue adelante el moro” (Vida, I, III)
-“nunca había podido acabar con él que se emendase” (Vida II, III)
-“nunca lo pudo acabar con él” (Vida III, XIV)
-“no se pudo acabar con él que le diese” (Vida III, XV)
-“ni jamás se pudo acabar con él” (Vida IV, VI)
-“no pudieron acabar con él” (Vida IV, VII)

    Cervantes la repite unas cuantas veces con el mismo esquema (adverbio de tiempo + verbo poder + acabar con él), añadiéndole incluso el distintivo “compañía”  

-“jamás pudo acabar con él que en su compañía, siquiera algunos días, se quedase” (Galatea, I)
-“nunca he podido acabar con él que me descubra quién es” (Galatea, II)
-“jamás lo pudieron acabar con él” (Galatea,  IV)
-“no fue posible que con él esto se acabase [...] quiso compañía” (Galatea, V)

   No menos significativa en la historia escrita de la Compañía es la frase “A mayor gloria de Dios”, convertida en  lema de la Compañía y utilizada por todos sus miembros con profusión

“este fue como su blasón siempre, y como el ánima y vida de todas su obras: A mayor gloria divina” (Vida I, III)
“lo cual no deroga nada a la santa pobreza y ayuda mucho a alcanzar la dotrina que para mayor gloria de nuestro Señor se pretende” (Vida II, I)
“atento y puestos los ojos en procurar la mayor gloria divina” (Vida III, X)

   En una ocasión aparece en La Galatea, y va unida a la exhortación de la pastora como representante y líder del grupo de seguidores enamorados

“-¿Qué miras, pastor, si a Galatea no miras? Pero, ¿cómo podrás mirar el sol de sus cabellos, el cielo de su frente, las estrellas de sus ojos, la nieve de su rostro, la grana de sus mejillas, el color de sus labios, el marfil de sus dientes, el cristal de su cuello, el mármol de su pecho?
-Todo eso he podido ver, ­oh Erastro! -respondió Elicio-, y ninguna cosa de cuantas has dicho es causa de mi tormento, si no es la aspereza de su condición, que si no fuera tal como tú sabes, todas las gracias y bellezas que en Galatea conoces fueran ocasión de mayor gloria nuestra. (Galatea, III)

   De la misma manera que Ribadeneyra hace de la Compañía la culminación de todas las virtudes y perfecciones humanas y divinas, Cervantes concentra en Galatea todos los tópicos de la belleza femenina, cerrando la intervención de Elicio con esa expresión que otorga al texto paródico la calificación de  auténtica osadía.

   Igual ocurre con otra frase presente en el Relato y después absorbida por Ribadeneyra

de  manera  que  en todo el discurso de su  vida,  hasta  pasados sesenta  y dos años” (R, 30)
“De tal manera que él mismo dijo que en todo el discurso de su vida, hasta pasados los sesenta y dos años” (Vida I, VII)
“demás de todo lo que en el discurso de su vida queda dicho de la caridad  tan encendida que tuvo para con Dios” (Vida V, II)

y posteriormente por Cervantes

“cuyo retrato delante los ojos tenía, que nunca en todo el discuros de su vida había cometido cosa por donde públicamente meresciese rescebir tan ignominiosa muerte” (Galatea,  II)

   No menos representativa del lenguaje de la Compañía es la expresión “pasar en silencio”

No quiero pasar en silencio lo que acerca deste punto se me  ofrece” (Vida III, XV)
“No me parece que será razón pasar en silencio el testimonio” (Vida III, XVII)

también repetida en la Galatea

“las cuales vinieron tan a propósito que, aunque sea fuera dél decirlas ahora, no las quiero pasar en silencio” (Galatea, L, II)

   La insistencia de Ribadeneyra en proclamar la brevedad como una de las características esenciales de su libro

“He querido particularizar los originales que tengo desta visitación divina por ser tan señalada y de tan grande confianza para los hijos deste santo Padre, y lo mismo podría hacer en las demás que en esta historia se cuentan; pero déjolo por evitar prolijidad” (Vida II, XII)
“Y otros Príncipes dél han fundado otros que se dejan por evitar prolijidad” (Vida III, XXII)
“Y con esto tendremos cuenta en este postrer tratado, de aprovechar de tal manera a los que le leyeren, que no los cansemos con la prolijidad” (Vida V, I)

es igualmente parodiada por Cervantes

“en estos que he contado, ni en otros muchos que callo por no ser prolija” (Galatea, L. I)
“Otras algunas cosas me quedan por decir que me han sucedido en el discurso desta mi peregrinación; pero dejarlas he por agora, por no dar con la prolijidad dellas disgusto a estos pastores” (Galatea, L, V)

   También Ribadeneyra, a pesar de los resultados, persevera en su obsesión por convencernos  de la autenticidad de su Vida, incluso recurriendo a su relación con Loyola, siempre presentada como más profunda de lo que fue en realidad

-“Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro padre” (Vida, A Quiroga)
-“Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio,  a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad” (Vida, A los hermanos)

   Cervantes parodia esas pretensiones dentro de un contexto bastante atrevido

 “íOh celos, turbadores de la sosegada paz amorosa; celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mesmo caso dejara el amor de serlo si tales hijos engendrara. íOh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nascer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezclaros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene! Y de aquí nasce que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conoscer que no sois el mesmo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nascidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, criados a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras. Y, porque se vea la destruición que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene -con paz sea dicho de los celosos enamorados-, conviene, digo, que sea, como lo es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se estiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea” (Galatea, III)

   De la misma manera que Ribadeneyra se dedica a construir metáforas interesadas sobre la intensidad de su relación con Loyola, Cervantes sostiene un juego similar partiendo de la idea de los celos amorosos.  Ya en el capítulo 9 y 14 vimos cómo calificaba la relación de Ribadeneyra con el Relato como una cuestión de celos. Aquí ocurre lo mismo,  y existe el referente “criados a los pechos” para sugerir la ambigua lectura profunda.  Es decir, además de su significado de reflexión sobre los celos amorosos, el texto actúa como acusación contra Ribadeneyra y sus falsas imaginaciones (“criados a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras”) al pensar que iba a ser elegido por Loyola como confidente para su biografía.  Ese es el sentido de todos los reproches y el de la última línea, pues no es que se le acuse a Ribadeneyra de desear el mal a Loyola, sino de haber hecho una biografía tan falsa e inapropiada que es, en definitiva, un daño irreparable contra la persona a quien se pretende beneficiar. 

   Además de esos referentes, las actitudes de los protagonistas de la Vida también son imitadas, por ejemplo la tendencia al éxtasis y las alucinaciones

“y, sin ser parte a otra cosa, se levantó de do sentado estaba y se fue a abrazar del cuello de Timbrio, con muestras de tan estraño contento y sobresalto que, sin hablar palabra, se transpuso y estuvo un rato sin acuerdo, con tanto dolor de los presentes, temerosos de algún mal suceso” (Galatea, L, V)

   Timbrio se queda traspuesto y extasiado, tal como en varias ocasiones hemos visto quedar a Loyola y algunos de sus compañeros.

   Igualmente las lágrimas, suspiros,  sollozos y otras muestras de emoción características de los miembros de la Compañía

 “oíamosle henchir el cielo de sospiros y lágrimas; daba tales voces a Dios que nos parecía que desfallecía” (Vida III, I)
 “cuando él acababa su plática, muchos se iban gimiendo, y echándose a los pies del confesor no podían decir sus pecados; porque estaban sus corazones tan atravesados de dolor, y tan movidos, que de lágrimas y sollozos apenas podían hablar” (Vida III, II)
“allí se estaba la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo” (Vida V, I)
sospiraba su alma tanto por verse con su Dios, que pensando en su muerte no podía detener las lágrimas que de pura alegría sus ojos distilaban” (Vida V, I)
“y sospiraba su alma tanto por verse con su Dios, que pensando en su muerte no podía detener las lágrimas que de pura alegría sus ojos distilaban” (Vida, V, I)

se aprecian con profusión en los pastores cervantinos

“no hizo otra cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lágrimas a lágrimas y sollozos a sollozos, se apartó de mí” (Galatea, I)
“Después que él hubo sabido de mí todo lo que quiso, con lágrimas en los ojos, me dijo tendido encima de su lecho boca abajo, derramando infinitas lágrimas, acompañadas de profundos sospiros” (Galatea, II)
“todos los pastores que las escuchaban tenían los ojos bañados en lágrimas de alegría” (Galatea, V)

   También encontramos en La Galatea la escena, ya comentada en el Quijote, de la encrucijada de caminos

“Y así, trocando el camino que de su cabaña llevaban, hacia el aldea se encaminaron; y, llegando a una encrucijada que junto a ella cuatro caminos dividía” (Galatea, V)

inspirada en la versión de la Vida  

al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino” (Vida I, III)
   Podrían añadirse otros muchos ejemplos de referentes formales, pues el tejido narrativo de La Galatea está, como el Quijote, impregnado de la Vida desde sus inicios hasta su final.   La Dedicatoria es un claro ejemplo de ello. La crítica ha comentado su falta de originalidad, su amalgama de frases comunes inspiradas en misivas semejantes de la época, aunque habría que añadir que esas influencias genéricas le llegan a Cervantes a través de su imitación de la Vida.   De sus tres dedicatorias, la más utilizada es la dirigida al inquisidor general Baltasar de Quiroga. Aunque ese texto se ha reproducido enparte con anterioridad, merece la pena volver a hacerlo para reseñar las múltiples concomitancias existentes entre él y la dedicatoria cervantina

   AL ILUSTRÍSIMO y Reverendísimo señor don Gaspar de Quiroga, Cardenal de la santa iglesia de Roma, Arzobispo de  Toledo, primado de las Españas, Chanciller mayor de Castilla, Inquisidor Apostólico general contra la herética pravedad y apostasía, en los Reinos de su Magestad, y de su consejo de Estado.

 

          Ilustrísimo y Reverendísimo Señor.
     Es tan grande y tan antigua la obligación, y conforme a ella el deseo que toda esta nuestra mínima Compañía de Jesús tiene, de servir a V. S. Ilustrísima, que tengo yo por muy grande merced de Dios N. S. ofrecérseme tan buena ocasión de mostrar este nuestro reconocimiento y deseo, con dirigir a V. S. Ilustrísima el libro de la vida de nuestro padre Ignacio, Padre y fundador desta nuestra Religión: y con publicarle debajo de su nombre y amparo. A lo cual también me ha movido, el parecerme, que habiendo V. S. Ilustrísima favorecido siempre esta nueva planta, y obra de Dios, desde que ella casi comenzó, no le será cosa nueva ni dificultosa llevarlo adelante (como lo hace obligándonos cada día más con nuevas mercedes y fundaciones de Colegios) ni dar con su autoridad fuerza a la verdad, que en esta historia se escribe: pues fue tan grande amigo de nuestro padre Ignacio, y tan familiarmente le comunicó y trató: y por lo que vio, y conoció en él, sacará, cuan fundado en verdad debe ser, todo lo que dél aquí se dice. Y por saber yo esto, he querido dirigir a V. S. Ilustrísima este libro: para que ninguno que le leyere pueda poner duda en la verdad de lo que se escribe, ni calumniar lo que ve confirmado con testigo de tanta autoridad, y defendido, y amparado con  la sombra y escudo de V. S. Ilustrísima. Aunque no creo yo que habrá ningún hombre Cristiano, y prudente, que tal haga. Porque aunque nuestra religión no fue en sus principios tan conocida de algunos, y les parecía  encubierta, como a las veces lo suele estar el sol cuando sale por la mañana, pero ya, con el favor de nuestro Señor, resplandece con tanta claridad, que por ninguna manera parece que se puede con razón negar ser esta obra de su poderosa diestra, ni haber sido el fundador della tal cual convenía que fuese el que Dios escogió para plantar y fundar en su Iglesia  obra tan  grande. Asimismo he querido renovar con este mi pequeño servicio la memoria de aquel sancto varón que tanto quiso a V. S. Ilustrísima, y a quien V. S. Ilustrísima tanto estimó y amó. Porque aunque tenga siempre muy fresca y presente esta memoria y hable dél a menudo con grandes muestras de ternura y amor, todavía pienso que se holgará V. S. Ilustrísima que por su medio se publiquen las heroicas y esclarecidas virtudes deste siervo del Señor, para que, siendo más sabidas, sean también más estimadas e imitadas de muchos. Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro padre, soy testigo de la amistad estrecha que entre vuestra Señoría llustrísima y él hubo, como por la merced tan conocida que V. Señoría Ilustrísima siempre me hace, como a hijo (aunque indigno) de tal padre. Y cierto que, considerando yo lo que nuestro bienaventurado padre Ignacio hizo en Roma con vuestra Señoría Ilustrísima, y cómo sin ser buscado le buscó, halló y ayudó, y la cuenta que después tuvo en conservar su amistad y en que los hijos que tenía en España le sirviesen, y que cuando el cardenal don Juan Siliceo, con buen celo (que así se ha de creer) nos desfavorecía, me dijo a mí que vendría otro arzobispo de Toledo que favoresciese y abrazase tanto a la Compañía, cuanto el arzobispo Siliceo la desfavorecía; no puedo creer sino que entendió nuestro bienaventurado padre cuán grande príncipe y  perlado había de ser vuestra Señoría Ilustrísima en la Iglesia de Dios, y que como a tal tanto antes le miraba y reverenciaba.
Suplico humildemente a V. S. Ilustrísima perdone este mi atrevimiento, pues se justifica por tantos y tan honestos títulos: y que reciba con esta historia mi voluntad, y las voluntades, y los corazones de todos estos sus siervos, que por desear ser en todo hijos de nuestro padre Ignacio, y servir y acatar a V. S. Ilustrísima con el amor que él le trató, le ofrecen los vivos ejemplos y gloriosas hazañas de su vida: para testificar con esto, lo que estiman y precian esta deuda, y la afición de servir a V. S. Ilustrísima que de su  padre heredaron.  Guarde nuestro Señor la persona de V. S. Ilustrísima muchos años como nosotros se lo suplicamos,  y la santa Iglesia Católica lo ha menester.
   De Madrid día de los gloriosos Príncipes de los Apóstoles  S. Pedro y  S. Paulo, de 1583.
                                        De V. S. Ilustrísima y Reverendísima
                                         Obediente y perpetuo siervo en Cristo
                                                                       Pedro de Ribadeneyra

  Cervantes debió escribir la dedicatoria de La Galatea cuando ya tenía finalizada la obra, o sea, alrededor de 1584, con la Vida ya publicada en castellano y, por lo tanto, con la posibilidad de utilizar esa dedicatoria a Quiroga, cuyos subrayados y negritas permiten comparar a simple vista la cantidad de referentes concretos  con la Dedicatoria de La Galatea

DEDICATORIA
Al Ilustrísimo señor Ascanio Colona,
abad de Sancta Sofía.

 

Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilustrísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener en osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio. Mas, considerando que el estremado de V. S. Ilustrísima no sólo vino a España para ilustrar las mejores universidades della, sino también para ser norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, especialmente los que en la de la poesía se ejercitan, no he querido perder la ocasión de seguir esta guía, pues sé que en ella y por ella todos hallan seguro puerto y favorable acogimiento. Hágale V. S. Ilustrísima bueno a mi deseo, el cual envío delante, para dar algún ser a este mi pequeño servicio. Y si por esto no lo meresciere, merézcalo, a lo menos, por haber seguido algunos años las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia que ayer nos quitó el cielo delante de los ojos, pero no de la memoria de aquellos que procuran tenerla de cosas dignas della, que fue el Excelentísimo padre de V. S. Ilustrísima. Juntando a esto el efecto de reverencia que hacían en mi  ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal de Aquaviva, siendo yo su camarero en Roma, las cuales ahora no sólo las veo cumplidas, sino todo el mundo que goza de la virtud, cristiandad, magnificiencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día señales de la clara y generosa estirpe do desciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la mesma virtud y más encumbradas hazañas, como nos lo certifican mil verdaderas historias, llenas de los famosos hechos del tronco y ramos de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmuradores que ninguna cosa perdonan; aunque si V. S. Ilustrísima perdona este mi atrevimiento, ni tendré qué temer, ni más que desear, sino que Nuestro Señor guarde la Ilustrísima persona de V. S. con el acrescentamiento de dignidad y estado que sus servidores deseamos.
Ilustrísimo Señor,
B. L. M. de V. S.
Su mayor servidor:
Miguel de Cervantes Saavedra.

   La primera frase de la dedicatoria ya rebosa ambigüedad pues, aunque la lectura externa es un claro ejemplo de tópica modestia frente al gran personaje (“Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilustrísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener”), hay un vocablo, “miedo”,  que sorprende por su  contundencia e incita a pensar en una posible lectura profunda, donde todos los tópicos al uso se convierten en referentes irónicos a la realidad histórica, pues el razonable miedo de Cervantes (“me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener”)  quizás se deba no a la falta de calidad de su primera novela (“osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio”), sino al compromiso en que pone a Ascanio Colona al dedicarle un libro cuyo trasfondo político puede acarrearle consecuencias fatales.  Sólo así se entiende que Cervantes haya vencido su miedo gracias al reconocido valor de Colona, con lo que parece sugerir la firmeza de las convicciones ideológicas y la falta de temor de quien “no sólo vino a España para ilustrar las mejores universidades della, sino también para ser norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, especialmente los que en la de la poesía se ejercitan”.  ¿Se refieren esa virtuosa ciencia y el ejercicio de la poesía al compromiso ético que implica cualquier actividad intelectual? ¿es el valor de decir la verdad lo que convierte a Colona en guía de quienes están también comprometidos?. Casualmente casi todos los vocablos aparecidos en esa frase son comunes y muy representativos del estilo de la Vida (encaminar, virtud, profesar, ejercitar y guía), lo que hace pensar que Cervantes se burla de Ribadeneyra siguiendo su mismo juego aunque en sentido contrario, pues la frase termina con una metáfora marinera muy del gusto de Ribadeneyra: “seguro puerto y favorable acogimiento

“mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí” (Vida I, II)
“se acogieron al puerto seguro de la sagrada religión” (Vida II, II)

   A continuación Cervantes introduce una muletilla (“este mi pequeño servicio”) también muy propia de Ribadeneyra, que la utiliza exactamente igual en su dedicatoria a Quiroga

“Asimismo he querido renovar con este mi pequeño servicio la memoria de aquel sancto varón que tanto quiso a V. S. Ilustrísima, y a quien V. S. Ilustrísima tanto estimó y amó”

   Y en esa misma frase vemos en negritas y subrayada la expresión “la memoria de aquel”, también imitada por Cervantes: “la memoria de aquellos

   Junto a Ascanio Colona aparece mencionado Acquaviva y un grato recuerdo sobre ambos, reforzando la teoría de una amistad cómplice de los tres en torno al asunto de la Compañía, sobre el que gira La Galatea.

   El resto de la dedicatoria es un acarreo de expresiones y contenidos extraídos de la de Quiroga, aunque con el orden un poco trastocado.  Así cuando alaba a Colona por su bondad y estirpe (“la clara y generosa estirpe do desciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana”) está parodiando las excesivas alabanzas de Ribadeneyra al cardenal (“cuán grande príncipe y  perlado había de ser vuestra Señoría Ilustrísima en la Iglesia de Dios”).  O cuando Ribadeneyra, como acto fallido, solicita la autoridad de Quiroga para reforzar su verdad (“dar con su autoridad fuerza a la verdad, que en esta historia se escribe”), Cervantes acredita la suya con una cantidad (“como nos lo certifican mil verdaderas historias”)

   La protección solicitada por Cervantes (“debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmuradores que ninguna cosa perdonan”) está igualmente inspirada en la que solicita Ribadeneyra de Quiroga (“ninguno que le leyere pueda poner duda en la verdad de lo que se escribe, ni calumniar lo que ve confirmado con testigo de tanta autoridad, y defendido, y amparado con  la sombra y escudo de V. S. Ilustrísima”). 

   La despedida, además de protocolaria y tópica, vuelve a coincidir en ambos casos, ya que Cervantes suele escudarse en estos lugares comunes para hacer más amplias sus aproximaciones a la Vida (“Guarde nuestro Señor la persona de V. S. Ilustrísima” / Nuestro Señor guarde la Ilustrísima persona de V. S.”).  En el cuadro siguiente quedan claros los múltiples referentes y paralelismos

         Vida                                                                           Galatea

con razón                                                                   con razón
ofrecen                                                                      ofrescerle
virtudes                                                                     virtuosa
ocasión de mostrar este nuestro reconocimiento         ocasión de seguir esta guía
debajo de su nombre y amparo                                  debajo de cuya fuerza y sitio
este mi pequeño servicio                                         este mi pequeño servicio
la memoria de aquel                                                 la memoria de aquellos
reverenciaba                                                             reverencia
cada día                                                                     cada día
antigua                                                                      antigüedad
principios                                                                  principio
príncipe                                                                     príncipes
grande                                                                       grandeza
las heroicas y esclarecidas virtudes                          las virtudes y heroicas obras           
gloriosas hazañas                                                       encumbradas hazañas
la verdad, que en esta historia                                   verdaderas historias