GENERALES

 

                                         “La Verdad ha de deslumbrar muy poco a poco
                                         O ciegos dejará a todos los Hombres”
                                                                                       Emily Dickinson [1]
                                         “La historia es un puro engaño; permanece tal como la                                              maquilló y amañó algún gran escritor”
                                                                                        Chateaubriand [2]

 


    Aunque el propósito de este libro ha sido analizar  detallada y progresivamente los primeros catorce capítulos del Quijote, quiero señalar aquí algunos descubrimientos que, por ser más generales, afectan prácticamente a la totalidad del Quijote o al resto de la obra de Cervantes.  Son ideas provisionales, conclusiones extraídas del estudio somero de los capítulos, del análisis superficial de las obras.  No obstante, son tan sorprendentes los resultados y afectan a hitos tan señalados, que merece la pena conocerlos, entre otras cosas porque sirven como una prueba más del fascinante trabajo de Cervantes, de la indiscutible y apenas conocida relación con la historia de la Compañía de Jesús, y de la ingente tarea aún por hacer para los estudiosos de la obra cervantina.

            XV. TRES SALIDAS 

   Existe una igualdad genérico-estructural entre las tres salidas que, según el Relato y la Vida, realiza Loyola desde su casa, y las tres que, entre la Primera y Segunda Parte, lleva a cabo don Quijote.  Se da además la coincidencia de que tanto en el Relato como en el Quijote, las dos primeras salidas se narran en  los ocho  capítulos primeros.  Es decir, el sencillo esquema circular  de  la Primera  Parte de 1605, del que habla Casalduero, marcado por  la salida y vuelta del Quijote es, como señala Unamuno, un  paralelo a  las  dos  salidas y vueltas que realiza Loyola  en  los  ocho primeros capítulos del Relato.

            XVI. GEOGRAFÍA PARALELA

    Además de la división en tres salidas, el Quijote  incluye  un paralelismo geográfico consistente en nombrar,  de  cualquier forma,  prácticamente todos los lugares por donde pasa  Loyola  y que  aparecen  citados  en el Relato.  Es decir, además de  los acontecimientos  que le ocurren a Loyola, Cervantes, bajo  cual­quier pretexto, ha incluido en su novela casi todos los  nombres de  los  itinerarios que, según el Relato, siguió Loyola  en  sus peregrinaciones.  El  más amplio estaría delimitado por  los  si­guientes lugares:  Salamanca –Valladolid –Sigüenza –Segovia –Alcalá –Toledo –Valencia –Gaeta –Jerusalén –Venecia –París –Flandes -Londres.

   Un  segundo  itinerario referido a los viajes  por  España-Italia transcurre fundamentalmente por: -Azpeitia –Navarrete –Zaragoza –Montserrat –Barcelona –Génova –Bolonia –Ferrara -Roma.

   Todas  esos lugares por donde peregrina Loyola se citan directa o indirectamente en el Quijote, la mayoría nombrados como tales, y otros, como Navarre­te, Monserrat, Alcalá o Azpeitia, aludidos indirectamente a través de un apellido, sobrenombre o lugar  de sonido semejante: Navarra, El Monserrato, Pedro  de Alcalá o Sancho de Azpetia.

            XVII. MUERTE DE DON QUIJOTE

   El sutil tratamiento que el tiempo y el espacio reciben en la Segunda Parte del Quijote ha dado lugar a todo tipo de especulaciones y recuentos por parte de los estudiosos, interesados en encontrar alguna posible relación entre las pocas fechas exactas aparecidas en la novela, y los lugares, itinerarios y distancias en los que se desarrolla.  No obstante, a pesar de la abundante bibliografía generada, la explicación del tiempo en la Segunda Parte es, como indica J. M. Casasayas [3] , en la mayor parte de las veces “o bien pasada por alto por los comentaristas (a veces con silencio absoluto, que es una postura muy cómoda pero poco elegante) o bien despachada atribuyendo la imposibilidad de su fijación a los descuidos cervantinos”

   Algunos autores, como el propio Casasayas en el artículo citado, han concebido ingeniosas y complicadas soluciones a la cronología general que, en la mayoría de los casos, se han recibido hasta ahora con la misma postura, igualmente poco elegante, del silencio absoluto.

   Hay, sin embargo, una cuestión elemental que, desde mi punto de vista, no ha sido suficientemente estudiada.  Me refiero a la fecha de la muerte de don Quijote. 

   Si hay algo indiscutiblemente claro en esa confusión de fechas que aparecen en la Segunda Parte es, precisamente, ese día.  Es decir, si prescindimos del resto de los datos cronológicos tan profusamente proporcionados por Cervantes y nos centramos exclusivamente en el último aparecido en la novela ¿no podríamos obtener una fecha muy aproximada del día de la muerte?

   Sea o no cierto, como señala Murillo [4] , que Cervantes escogiera la fiesta de san Juan como un ingrediente más de su parodia caballeresca, lo único seguro, a la hora de determinar la muerte de don Quijote, es esa fecha y el número exacto de jornadas que el autor se preocupa minuciosamente de describir hasta el momento en que se produce su muerte.

   Mi propuesta es, pues, no considerar como error o despiste del autor el dato de la noche de san Juan, sino utilizarlo como única noticia fiable de la que partir para analizar la evolución cronológica de la obra y la fecha de la muerte de don Quijote.  Es lo que propongo a continuación.

   Tras  abandonar la casa de los duques, don Quijote,  Sancho  y sus acompañantes llegan a Barcelona la víspera de san Juan:

   "En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubier­tas, partieron Roque, don Quijote y Sancho, con otros seis escu­deros a Barcelona.  Llegaron a su playa la víspera de San Juan en la noche" (QII, 61)

   Esta fecha, como se ha repetido hasta la saciedad, rompe drásticamente la cronología lógica de la obra pues, aproximadamente 10 días antes, Sancho había recibido en la ínsula una carta del duque fechada el 16 de agosto:

"Deste  lugar,  a 16 de Agosto, a las cuatro  de  la  mañana" (QII, 47)

   Es  decir, si Sancho recibe en la ínsula una carta fechada  el 16 de agosto ¿cómo diez jornadas después van a llegar a  Barcelona el 23 de junio?  Sin lugar a dudas nos encontramos ante un claro anacronismo, considerado por la crítica [5] como uno de los mayores errores u olvidos de Cervantes  que,  apremiado  por Avellaneda y su editor, al que  entregaba capítulo  a capítulo, no se quedaba con copia de lo escrito.   

   Partiendo de esa consideración de lapsus y tratando de encontrar una sincronía cronológica para toda la obra, nadie ha tenido en cuenta esta última fecha citada en la novela a la hora de elucubrar sobre el día de la muerte de don Quijote.  Es decir, a pesar de que Cervantes, a partir de esa fecha, se preocupa de seguir día a día todas las jornadas que transcurren hasta el final de la obra, se ha preferido no contar con ella.  Por eso, algunos estudiosos como Vicente de los Ríos y Diego Perona [6] llegan  a  fijar las fechas de  los  acontecimientos sin tener en  cuenta  el “error” de la noche de san Juan.

   Vicente de los Ríos inicia su cuenta de jornadas en el mes  de julio, basándose en la información  del propio Cervantes:

"Y  así, sin dar parte a persona alguna de su intención y  sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio" (QI, 2)

   A partir de ese mes de julio, Ríos va contando una  a una  las jornadas, y deduce que don Quijote, al margen del dato de  la noche  de san Juan, llega a Barcelona sobre el 30 de  noviembre.  Como a partir de ahí Cervantes detalla con precisión el número de  días invertidos hasta la vuelta a casa y muerte  de  don Quijote, según  Ríos ésta se produce el 8 de enero. 

   Diego Perona, para estar más acorde con las condiciones climáticas de la novela, sigue el mismo procedimiento pero con  algu­nas  variaciones  en el recuento de jornadas pues, según  él,  don Quijote llega a Barcelona un 19 de agosto, aconteciendo su muerte un 26 de septiembre.

   Lo que sí queda claro para ambos es el número de jornadas transcurridas entre la llegada a Barcelona y la muerte de don Quijote (cuarenta para Ríos y treinta y nueve para Perona) y el interés de Cervantes en precisar la evolución diaria de los acontecimientos.

   Veamos cómo lo secuencia Cervantes.

            “por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona.  Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche […] quedóse don Quijote esperando el día” (1130, 61 [7] )

   Al amanecer del 24 de junio, don Quijote y sus acompañantes contemplan la playa de Barcelona y las fiestas en honor de san Juan.

   Este mismo día son recibidos con gran cortesía en la ciudad y en casa de don Antonio Moreno, con quien pasan la jornada.

   Al día siguiente, 25 de junio:

            “Otro día le pareció a don Antonio” (1138, 62)

don Antonio les muestra en su casa la cabeza encantada, después visitan una imprenta y, por la tarde, las galeras [8] , desde donde presencian la captura de un bergantín argelino y se descubre la historia de Ana Félix. 

   Nada se dice de lo que hace don Quijote en los días siguientes a este último 25 de junio, aunque Cervantes especifica que transcurren:

            “De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por banda, armado de valentísima chusma, y de allí a otros dos se partieron las galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana Félix;  quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.
            Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa” (1157, 64)

    De allí a dos días, es decir, el 27 de junio parte el renegado, y otros dos después, 29 de junio, parten las galeras.  O sea, la mañana que don Quijote sale a pasear por la playa y se encuentra y enfrenta al caballero de la Blanca Luna, es la del 30 de junio. 

   La derrota deprime tanto al caballero que le mete en la cama durante seis días:

            “Seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo” (1163, 65)

   Esa conversación en la que Sancho le consuela y anima a mejorarse, ocurre, pues, el día 6 de julio. 

            “De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en España” (1165, 65)

   O sea, el 8 de julio el visorrey trata con don Antonio que, supuestamente, se marcha al día siguiente por la mañana, 9 de julio.

            “Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho, que fue de allí a otros dos” (1166, 65)

   Dos días después, 11 de julio, salen don Quijote y Sancho de Barcelona e inician el camino de vuelta a su aldea:

            “se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino;  y al quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente” (1169, 66)

      Transcurren el día 11 (“todo aquel día”) y los cuatro siguientes (12, 13, 14 y 15), y al quinto (16 de julio) llegan a la puerta de un mesón, de donde poco después se marchan.

            “Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto; y otro día, siguiendo su camino” (1171, 66)

   Continúan, pues, el camino el día 17 de julio, con Tosilos y la nocturna aventura de los cerdos, que acaba a la llegada del día:

            “Llegóse en esto el día” (1182, 68)

   Es el 18 de julio, un largo día, con su larga noche en el castillo de los duques, de donde salen al día siguiente:

            “les tomó el día y la gana de levantarse” (1193, 70)

   Se alejan, pues, por segunda vez del castillo el día 19 de julio.  La noche les sorprende en el campo:

            “durmió hasta que le despertó el sol, y luego volvieron a proseguir su camino”             (1202, 71)

   Transcurre este día 20 prácticamente en un mesón (“Todo aquel día esperando la noche estuvieron en aquel lugar y mesón” (1204, 72), que abandonan por la tarde (“llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar” 1208, 72).  Pasan la noche entre unos árboles y llega el día 21:

            “había madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su camino”

    Nada digno de contarse les sucede ese día:

            “Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse”

y al amanecer del día siguiente llegan a la aldea:

            “y esperaba el día” (1209, 72)

   Es el 22 de julio, son recibidos por familiares y amigos y don Quijote acaba en la cama (“donde le dieron de comer y regalaron lo posible”) de la que ya no se levantará, pues:

            “se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama” (1215, 73)

   El transcurso de estos seis días nos sitúa en el 28 de julio, con don Quijote tan maldispuesto que se espera lo peor (“durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas: tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño”) (1216, 74)  De este sueño despierta Alonso Quijano con el juicio recuperado, y hace un largo testamento:

            “Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama.  Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo” (1221, 74)

    Si al 28 de julio, día de la realización del testamento, le añadimos los tres restantes que vive, resulta que la muerte de don Quijote se produce el 31 de julio.

   Coincido con Diego Perona en el recuento de los días llevado a cabo desde la llegada a Barcelona hasta el día de la vuelta a la aldea, donde don Quijote se mete casi directamente en la cama con unas calenturas que le duran seis días.  A partir de esos seis días Cervantes, como puede comprobarse,  sólo hace dos referencias cronológicas:  una totalmente indeterminada, “mas de seis horas”, y la final: “tres días que vivió después deste donde hizo el testamento”   Por deducción propia, tanto Vicente de los Ríos como Diego Perona añaden un día más de los específicamente señalados por Cervantes, pues ambos coinciden en que la visita del médico y la realización del testamento se producen en días diferentes, es decir, que el final de las mas de seis horas dormidas por don Quijote tras la visita del médico, marca el inicio del nuevo día en el que recobra la cordura y hace testamento.  En mi opinión ese día no existe en el texto y, entrando en ese tipo de absurdos juegos y razonamientos con los que se pretende aplicar la lógica a la ficción, puede argumentarse que el médico visita a don Quijote por la mañana, después duerme más de seis horas y por la tarde viene el escribano, es decir, que el día que don Quijote realiza testamento es el mismo que recibe la visita del médico, por lo que, insisto, su muerte ocurre el 31 de julio.

   ¿Tiene alguna significación esta fecha? ¿Existe alguna razón importante para que Cervantes haya realizado este encubierto y preciso trabajo de cronología?   Lógicamente sí, ya que el día 31 de julio se conmemora la muerte de Ignacio de Loyola, ocurrida ese mismo día del año 1556.

   Se trata sin lugar a dudas de uno de los recursos paródicos más bellos e ingeniosos creados por Cervantes para cerrar el inmenso trabajo de imitación que es el Quijote, algo que niega definitivamente cualquier atisbo de credibilidad a esas teorías sobre la relación entre los errores del libro y las prisas o la poca memoria de su autor, y que a su vez ratifica, con este definitivo dato, la antigua tesis de que la figura de don Quijote, desde el primer capítulo hasta el último, es una parodia del personaje literario Ignacio de Loyola.  

            XVIII. LA GALATEA

“y si otra cosa de mí deseas saber, el tiempo, que no encubre nada, te dirá más de lo que yo quisiera” [9]

   La Galatea parece ser el embrión de la obra críptica cervantina, la novela en la que pone por primera vez en marcha la idea de utilizar un género en boga como medio para burlar la censura  A partir de ella Cervantes concibe la idea de hacer una literatura ambigua, capaz de admitir una lectura acorde con las líneas generales del  género en que se desarrolla y, a su vez, una lectura interna y cifrada cuya conocimiento sólo sería accesible al limitado número de lectores que poseyeran las claves interpretativas.  De esa dualidad literaria ha surgido siempre la enorme atracción desprendida por la obra cervantina, donde se mezcla lo más comprensible y humano con un no se qué sutil e inaccesible que otorga a ese realismo un aura de permanente idealismo y liberalidad.  El resultado ha sido hasta ahora concebido como una especie de milagro artístico ajeno a las circunstancias de su autor, aunque, como se ha visto, no existe en nuestra literatura obra tan arraigada en su momento histórico como la de Cervantes. 

   Ya en el prólogo de la Galatea se avisaba de la naturaleza real de algunos de los personajes disfrazados de pastores: “Mas advirtiendo (como en el discurso de la obra alguna vez se hace) que muchos de los disfrazados pastores de ella lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objeción”, lo que ha provocado la búsqueda de alguna relación entre sus personajes y los supuestos amigos, aunque nunca sin darle la trascendencia requerida, pues se pensaba que dicha advertencia no pasaba más allá de un cortesano juego literario:  “Nuestro narrador en ciernes sabía que la bucólica también permitía, desde sus orígenes, la consideración de lo pastoril como un mero disfraz bajo el que ocultar personajes reales, seres de carne y hueso identificables en la realidad, que podían acceder a la bucólica con sus amores y sus problemas cotidianos velados por el hábito y el nombre pastoril.  Y esto era lo que le atraía, posiblemente más que cualquier otra cosa.  De hecho el prólogo advierte que “muchos de los disfrazados pastores” de su novela “lo eran sólo en el hábito”, para que a ningún lector le extrañe el interés central del texto por la relación entre vida y literatura, entre realidad y ficción, que era ya, y había de ser andando el tiempo, una clave medular en el discurrir de toda su obra escrita  [...]  De este modo, el espacio eclógico se veía invadido por la vida real, por las discusiones sobre el amor que auténticamente acaecían en su círculo de amigos” [10]

   Esa exposición representa, dado el desconocimiento del asunto de la Compañía, el sentir general de los estudios sobre Cervantes y su literatura, es decir, se presiente una intensa relación “entre realidad y ficción” aunque, al no poder comprobarse, se reduce a un simple juego que, inconscientemente, desplaza la obra hacia una bucólica literaria del siglo anterior.

   La Primera parte de La Galatea se publicó en 1585, a poco de haberse instalado Cervantes en Madrid.  “Algunos investigadores sostienen que La Galatea fue obra de juventud.  Rodríguez Marín (prólogo a su edición crítica de Rinconete y Cortadillo, Madrid, 1920, pág. 125) supone que estaba escrita antes de 1575, fecha del cautiverio de Cervantes, y Astrana Marín estima que parte al menos de la obra debió de escribirse en Argel (Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, Madrid, 1948-1958, vol. III, págs. 29, 35 y 74).  La mayoría de los estudiosos supone, en cambio, que Cervantes escribió la novela después de su regreso del cautiverio; [...] Agustín González de Amezúa ha dado a conocer una carta de Cervantes fechada en Madrid en febrero de 1582 (“Una carta inédita y desconocida de Cervantes”, en el Boletín de la Real Academia Española, XXXIV, 1954), en la que el novelista asegura que estaba por entonces escribiendo La Galatea, afirmación que debe resolver al fin la debatida cuestión” [11]

   Desde luego, ninguno de estos investigadores tuvo en cuenta el hecho de que La Galatea es la primera obra de Cervantes en la que aparece de forma rotunda el asunto de la Compañía y, especialmente, la burla paródica de la Vida de Ribadeneyra que, como en la historia de Marcela y Grisóstomo, parece ser el eje central de la obra, pues así como el personaje de Marcela y todos los pastores y demás personas que la rodean son  un símbolo de la Compañía de Jesús, La Galatea es igualmente una alegoría, un inexplorado trabajo de imitación y parodia, donde Galatea desempeña un papel simbólico muy semejante al de Marcela.

   No es mi intención hacer un comentario exhaustivo, eso requerirá libros aparte, sino sólo apuntar brevemente el parentesco de esta primera obra de Cervantes con la Vida, su naturaleza combativa y, por lo tanto, su enorme trascendencia, pues de entrada varía no sólo las perspectivas del libro en sí, sino también nuestro acercamiento a la personalidad y estilo de su autor que, como poco a poco se irá demostrando, tomó el asunto del secuestro del Relato y el giro ideológico de la Compañía como pretexto general para denunciar, durante toda su vida, el autoritarismo y el fraude que el poder, con todos sus estamentos, ejerció sobre su época.

   En mis primeras investigaciones creí que la historia entre Cervantes y la Compañía empezaba y finalizaba en el Quijote, pues tanto la extensión del libro como su singularidad hacían pensar que en él se habían agotado todas las intenciones de su autor.  Pero, tras analizar la segunda parte de 1605 y comprender la función de señal o símbolo desempeñada por la palabra “compañía”, comprobé que dicho vocablo y el tono de parodia encubierta que siempre lo rodea, eran una constante en la obra de Cervantes, desde La Galatea (donde aparece más de 60 veces) hasta el Persiles, o sea, desde prácticamente su nacimiento a la literatura hasta su muerte.

   En realidad, de la obra conocida de Cervantes, sólo la Numancia parece ajena al asunto de la Compañía, y no del todo, pues habrá también que hacer una relectura de esta tragedia cuyo eje central es la lucha por la libertad, entendida como un requisito imprescindible para vivir y por el que se debe combatir incluso hasta la autoaniquilación de todo un pueblo. Es decir, la Numancia es una obra militante en la que Cervantes, bajo el aspecto de una recreación histórica, analiza simbólicamente la situación política y social de opresión progresiva que encuentra al volver a España tras diez años de ausencia, cinco de ellos en un cautiverio en el que destacó como incansable perseguidor de su libertad.  A su vuelta se agrupó inmediatamente junto a quienes estaban dispuestos a luchar contra el poder,  porque se sentían, como los numantinos, prisioneros en su propia patria.  Ese simbolismo de la obra ya ha sido ampliamente comentado por parte de la crítica, al encontrar en la Numancia la misma división interna entre españoles que después aparecerá representada, también simbólicamente, en los bandos del Quijote:  “Cuando el personaje más impresionante de toda la obra, España, habla de los españoles como de personas en perpetuo estado de división, es inútil no querer abrir los ojos y rechazar la dolorida denuncia cervantina” [12] .  Una denuncia comprometida, pues ese personaje, España, que “a costa de su sangre ha mantenido / la amada libertad” [13] , no sólo denuncia, sino que también exhorta a su pueblo (“la guerra pediré o la muerte”) a sublevarse contra la opresión

“Ansí están escogidos y encerrados
los tristes numantinos en sus muros.
Ni ellos pueden salir ni ser entrados
y están de los asaltos bien seguros.
Pero en sólo mirar que están privados
de ejercitar sus fuertes brazos duros,
la guerra pediré o la muerte a voces,
con horrendos acentos y feroces.”  (Vv. 409-416)

      Esa misma actitud rebelde y sacrificada ante el avasallamiento la vuelve a pregonar un numantino

                              “cerco cruel, do estamos oprimidos,
                              saldremos vencedores o vencidos”   (Vv. 631-632)

   Incluso la idea de guerra total mantenida por Cervantes a lo largo de su vida, es decir, la utilización de su obra como arma de lucha, aparece en boca de Leonicio

                                  “¿No es ir contra la razón,
                                   siendo tú tan buen soldado,
                                   andar tan enamorado
                                   en tan extraña ocasión?
                                      Al tiempo que del dios Marte
                                   has de pedir el favor,
                                   ¿te entretienes con amor,
                                   quien mil blanduras reparte?
                                      ¿Ves la patria consumida
                                   y de enemigos cercada,
                                   y tu memoria, burlada
                                   por amor, de ella se olvida?   (Vv. 709-720)

   Leonicio reprocha a su compañero entretenerse en blanduras amorosas cuando la patria está cercada y consumida, y lo hace con un sentimiento, con un verismo nacido de una vivencia personal, la misma que explica el resto de la obra, su alejamiento de las blanduras amorosas y su compromiso y denuncia durante toda la vida.  Para Cervantes lo más importante es la libertad, tal como queda resumido en la voz exaltada de una de las mujeres de la obra

                                      “Hijos de estas tristes madres,
                                   ¿qué es esto?  ¿Cómo no habláis
                                   y con lágrimas rogáis
                                   que no os dejen vuestros padres?
                                      Basta que el hambre insana
                                   os acabe con dolor,
                                   sin esperar el rigor
                                   de la aspereza romana.
                                      Decildes que os engendraron
                                   libres y libres nacistes,
                                   y que vuestras madres tristes
                                   también libres os criaron.
                                      Decildes que, pues la suerte
                                   nuestra va tan decaída,
                                   que, como os dieron la vida,
                                   ansimismo os den la muerte.
                                      ¡Oh, muros, muros de esta ciudad!
                                   Si podéis hablar, decid
                                   y mil veces repitid:
                                   ¡Numantinos, libertad”  (Vv. 1338-1357)

   La intervención final de la Fama, dirigiéndose a los romanos moralmente vencidos y “haciendo un canto al heroísmo de la ciudad celtíbera”, contiene de nuevo unos versos donde se exalta el valor del pueblo y el cumplimiento implícito a que dicha herencia le obliga

                                      “Indicio ha dado esta no vista hazaña
                                   del valor que los siglos venideros
                                   tendrán los hijos de la fuerte España,
                                   hijos de tales padres herederos”  (Vv. 2433-2436)

    Versos válidos para arengar a los españoles en cualquiera de los muchos momentos de opresión sufridos a lo largo de su historia, y en los que Cervantes manifiesta su intención de hacer extensivo a sus contemporáneos la necesidad de luchar por la libertad. 

  Esta epopéyica obra,  que por sí sola coloca a Cervantes al frente de todos nuestros dramaturgos, aún mantiene un hondo y vibrante sentir, como queda demostrado por la larga influencia ejercida sobre la literatura española de todos los tiempos.

   En definitiva, la Numancia es una obra comprometida con su tiempo y en la que ya despuntan los temas esenciales del resto de la obra cervantina, especialmente el del sumo valor de la libertad, tan imprescindible que, cuando falta, ni siquiera debe haber tiempo para el amor, o sea, un ideario que nos devuelve al planteamiento inicial de La Galatea como obra seudopastoril, pues ese género blandengue sólo es un pretexto, un nuevo y fructífero procedimiento de lucha.

   Decía, pues,  que las sospechas de que La Galatea formaba también parte del conjunto de actuaciones organizadas por Cevantes en torno al asunto de la Compañía, me obligó a replantear parte de mis ideas sobre el Quijote y, especialmente, sobre el momento en que Cervantes toma contacto con dicho asunto, pues si la Vida de Ribadeneyra se publicó en castellano en 1583 y La Galatea debía estar prácticamente finalizada en ese mismo año [14] , ¿cómo pudo Cervantes disponer de tiempo para realizar una obra que, además de su evidente dificultad, oculta una parodia interna  tan compleja como la del Quijote y cuya fuente es, igualmente, la Vida?

   Recordemos que la edición latina de la Vida había sido impresa en Nápoles sobre marzo de 1572 y que, a pesar del secreto que rodeó a la edición, hubo bastante gente interesada en hacerse con el libro, pues el estampador se había reservado una cantidad considerable que, lógicamente, pensaría vender (“Yo creo que el estampador no queda con ninguno; que 25 que avía escondido, ya me los ha dado.  Grande diligencia he hecho para que no quede rastro por allá; no sé si bastará. Aquí tengo 500 libros, con mi llave guardados” [15] ). Junto al ocultismo, destaca en el fragmento la inseguridad, el temor de que, a pesar de tantas precauciones, el estampador se haya salido con las suyas. 

   ¿Estaban Cervantes y sus amigos entre el grupo de interesados en la compra clandestina de ese libro?  Se sabe que, desde 1570 hasta 1575, estaba en Italia, y que desde 1571 pasa prolongadas estancias en Nápoles, según acreditan algunos documentos y el hecho de que en algunas de sus obras,  incluida La Galatea, Nápoles aparezca bastantes veces citada.  Pero se da además la circunstancia de que La Galatea está dedicada a Ascannio Colonna, “a quien Cervantes debió conocer en Roma, cuando servía allí a monseñor Acquaviva, de quien Ascanio Colonna era amigo” [16]  

   Ambos personajes aparecen citados en la dedicatoria de La Galatea, probablemente con la intención de que estos datos sirvieran en el futuro como pistas, pues ya he comentado que Cervantes pudo conocer la historia y las vicisitudes del Relato en la casa de Acquaviva, también muy interesado en el asunto de la Compañía y cercano al pensamiento de Cervantes, según el buen recuerdo que dejó en su memoria. Allí en casa de Acquaviva debió hacerse Cervantes con una de las primeras copias de sólo ocho capítulos del Relato que circularon por Roma, e iniciarse en esta rocambolesca aventura para el resto de su vida.  ¿No sería lógico pensar que ese joven Cervantes, interesado en el asunto de la Compañía, del que probablemente tuviera algunas noticias ya desde Alcalá, intentara conseguir en Nápoles uno de los libros de la Vita? 

   A todo eso debe añadirse, como ya se sabe, que Ribadeneyra vivía en Toledo desde 1574 y que las prevenciones de la Compañía se vieron estorbadas por el desacuerdo de muchos e importantes miembros de la orden, convertidos en posibles difusores de informaciones, libros y documentos secretos.

   En general, todo esto son sólo conjeturas que, de un lado, vendrían a reforzar la teoría de Rodríguez Marín sobre la posibilidad de que La Galatea estuviera escrita antes de 1575, o la de Astrana Marín sobre la posibilidad de que parte al menos de la obra debió de escribirse en Argel.  Ambas posturas se sostendrían, como veremos, sobre la eventualidad de que Cervantes se hiciera en Nápoles con una edición latina de la Vida, que la tradujera y que, allí o en el cautiverio, escribiera una novela rematada en España tras su libertad.

   La otra posibilidad sería que, después de regresar del cautiverio, Cervantes se hiciera con una Vita latina y, tras traducirla, en poco más de tres años, escribiera La Galatea.  Esa sería la teoría confirmada por el propio Cervantes en el Quijote, cuando informa sobre la compra de manuscritos en el Alcaná de Toledo y la traducción del morisco, probablemente una información novelada partiendo de los hechos reales ocurridos a Cervantes, o una manera simbólica de aproximarnos al lugar donde Ribadeneyra residía en aquellos momentos y donde debieron ocurrir algunos de esos hechos.

    A favor de las teorías de Rodríguez y Astrana, y en contra de las restantes, podría argumentarse que si Cervantes tardó casi veinte años en escribir la primera parte del Quijote, es lógico pensar que no pudiera crear La Galatea en poco más de tres años, tiempo en el que además debió tener una intensa actividad extraliteraria, pues anduvo por Orán, Lisboa, Madrid y Esquivias.  Aunque esa argumentación puede, a su vez, desvanecerse añadiendo que en apenas doce años (1605 y 1616) escribió la segunda parte del Quijote, el Persiles y prácticamente el resto de su obra conocida.

   La estrecha relación existente entre La Galatea y la Vida es muy semejante a lo ya visto en el Quijote.  En ella Cervantes se inicia en los métodos crípticos que después desarrollará en sus restantes obras. 

   Encontramos en La Galatea los referentes externos más simples, las palabras y expresiones más representativas de la Vida.  Frente a las 61 veces que aparece el vocablo “compañía” en el Quijote, en La Galatea, a pesar de sus diferencias de extensión, lo hace 65, fundamentalmente porque la parodia se centra en la Compañía como institución, pues Galatea, como después lo será Marcela, es en ambos casos una pastora que enamora a un grupo de pastores que la siguen por los campos.

   A esa base paródica  Cervantes añadirá, como en el Quijote, un sin fin de referentes que sirven de pistas para seguir el hilo histórico de los acontecimientos y para confirmar el trabajo de imitación externo e interno.  Mi intención, sin ser exhaustivo, es sólo señalar superficialmente la parodia de los rasgos más destacables del estilo de Ribadeneyra y de sus expresiones más características. 

   La primera es la archirrepetida frase “nunca lo puedo acabar con él”, una muletilla presente en casi todos los primeros escritos de la Compañía, entre ellos el Relato, razón por la que a Ribadeneyra le gusta recurrir a ella

-“mas nunca lo pudieron acabar con él” (R, 72)
-“nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese” (Vida, A los hermanos”)
-“pero no lo pudo acabar con él, antes se fue adelante el moro” (Vida, I, III)
-“nunca había podido acabar con él que se emendase” (Vida II, III)
-“nunca lo pudo acabar con él” (Vida III, XIV)
-“no se pudo acabar con él que le diese” (Vida III, XV)
-“ni jamás se pudo acabar con él” (Vida IV, VI)
-“no pudieron acabar con él” (Vida IV, VII)

    Cervantes la repite unas cuantas veces con el mismo esquema (adverbio de tiempo + verbo poder + acabar con él), añadiéndole incluso el distintivo “compañía”  

-“jamás pudo acabar con él que en su compañía, siquiera algunos días, se quedase” (Galatea, I)
-“nunca he podido acabar con él que me descubra quién es” (Galatea, II)
-“jamás lo pudieron acabar con él” (Galatea,  IV)
-“no fue posible que con él esto se acabase [...] quiso compañía” (Galatea, V)

   No menos significativa en la historia escrita de la Compañía es la frase “A mayor gloria de Dios”, convertida en  lema de la Compañía y utilizada por todos sus miembros con profusión

“este fue como su blasón siempre, y como el ánima y vida de todas su obras: A mayor gloria divina” (Vida I, III)
“lo cual no deroga nada a la santa pobreza y ayuda mucho a alcanzar la dotrina que para mayor gloria de nuestro Señor se pretende” (Vida II, I)
“atento y puestos los ojos en procurar la mayor gloria divina” (Vida III, X)

   En una ocasión aparece en La Galatea, y va unida a la exhortación de la pastora como representante y líder del grupo de seguidores enamorados

“-¿Qué miras, pastor, si a Galatea no miras? Pero, ¿cómo podrás mirar el sol de sus cabellos, el cielo de su frente, las estrellas de sus ojos, la nieve de su rostro, la grana de sus mejillas, el color de sus labios, el marfil de sus dientes, el cristal de su cuello, el mármol de su pecho?
-Todo eso he podido ver, ­oh Erastro! -respondió Elicio-, y ninguna cosa de cuantas has dicho es causa de mi tormento, si no es la aspereza de su condición, que si no fuera tal como tú sabes, todas las gracias y bellezas que en Galatea conoces fueran ocasión de mayor gloria nuestra. (Galatea, III)

   De la misma manera que Ribadeneyra hace de la Compañía la culminación de todas las virtudes y perfecciones humanas y divinas, Cervantes concentra en Galatea todos los tópicos de la belleza femenina, cerrando la intervención de Elicio con esa expresión que otorga al texto paródico la calificación de  auténtica osadía.

   Igual ocurre con otra frase presente en el Relato y después absorbida por Ribadeneyra

de  manera  que  en todo el discurso de su  vida,  hasta  pasados sesenta  y dos años” (R, 30)
“De tal manera que él mismo dijo que en todo el discurso de su vida, hasta pasados los sesenta y dos años” (Vida I, VII)
“demás de todo lo que en el discurso de su vida queda dicho de la caridad  tan encendida que tuvo para con Dios” (Vida V, II)

y posteriormente por Cervantes

“cuyo retrato delante los ojos tenía, que nunca en todo el discuros de su vida había cometido cosa por donde públicamente meresciese rescebir tan ignominiosa muerte” (Galatea,  II)

   No menos representativa del lenguaje de la Compañía es la expresión “pasar en silencio”

No quiero pasar en silencio lo que acerca deste punto se me  ofrece” (Vida III, XV)
“No me parece que será razón pasar en silencio el testimonio” (Vida III, XVII)

también repetida en la Galatea

“las cuales vinieron tan a propósito que, aunque sea fuera dél decirlas ahora, no las quiero pasar en silencio” (Galatea, L, II)

   La insistencia de Ribadeneyra en proclamar la brevedad como una de las características esenciales de su libro

“He querido particularizar los originales que tengo desta visitación divina por ser tan señalada y de tan grande confianza para los hijos deste santo Padre, y lo mismo podría hacer en las demás que en esta historia se cuentan; pero déjolo por evitar prolijidad” (Vida II, XII)
“Y otros Príncipes dél han fundado otros que se dejan por evitar prolijidad” (Vida III, XXII)
“Y con esto tendremos cuenta en este postrer tratado, de aprovechar de tal manera a los que le leyeren, que no los cansemos con la prolijidad” (Vida V, I)

es igualmente parodiada por Cervantes

“en estos que he contado, ni en otros muchos que callo por no ser prolija” (Galatea, L. I)
“Otras algunas cosas me quedan por decir que me han sucedido en el discurso desta mi peregrinación; pero dejarlas he por agora, por no dar con la prolijidad dellas disgusto a estos pastores” (Galatea, L, V)

   También Ribadeneyra, a pesar de los resultados, persevera en su obsesión por convencernos  de la autenticidad de su Vida, incluso recurriendo a su relación con Loyola, siempre presentada como más profunda de lo que fue en realidad

-“Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro padre” (Vida, A Quiroga)
-“Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio,  a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad” (Vida, A los hermanos)

   Cervantes parodia esas pretensiones dentro de un contexto bastante atrevido

 “íOh celos, turbadores de la sosegada paz amorosa; celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mesmo caso dejara el amor de serlo si tales hijos engendrara. íOh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nascer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezclaros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene! Y de aquí nasce que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conoscer que no sois el mesmo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nascidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, criados a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras. Y, porque se vea la destruición que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene -con paz sea dicho de los celosos enamorados-, conviene, digo, que sea, como lo es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se estiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea” (Galatea, III)

   De la misma manera que Ribadeneyra se dedica a construir metáforas interesadas sobre la intensidad de su relación con Loyola, Cervantes sostiene un juego similar partiendo de la idea de los celos amorosos.  Ya en el capítulo 9 y 14 vimos cómo calificaba la relación de Ribadeneyra con el Relato como una cuestión de celos. Aquí ocurre lo mismo,  y existe el referente “criados a los pechos” para sugerir la ambigua lectura profunda.  Es decir, además de su significado de reflexión sobre los celos amorosos, el texto actúa como acusación contra Ribadeneyra y sus falsas imaginaciones (“criados a los pechos de falsas imaginaciones, crescidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras”) al pensar que iba a ser elegido por Loyola como confidente para su biografía.  Ese es el sentido de todos los reproches y el de la última línea, pues no es que se le acuse a Ribadeneyra de desear el mal a Loyola, sino de haber hecho una biografía tan falsa e inapropiada que es, en definitiva, un daño irreparable contra la persona a quien se pretende beneficiar. 

   Además de esos referentes, las actitudes de los protagonistas de la Vida también son imitadas, por ejemplo la tendencia al éxtasis y las alucinaciones

“y, sin ser parte a otra cosa, se levantó de do sentado estaba y se fue a abrazar del cuello de Timbrio, con muestras de tan estraño contento y sobresalto que, sin hablar palabra, se transpuso y estuvo un rato sin acuerdo, con tanto dolor de los presentes, temerosos de algún mal suceso” (Galatea, L, V)

   Timbrio se queda traspuesto y extasiado, tal como en varias ocasiones hemos visto quedar a Loyola y algunos de sus compañeros.

   Igualmente las lágrimas, suspiros,  sollozos y otras muestras de emoción características de los miembros de la Compañía

 “oíamosle henchir el cielo de sospiros y lágrimas; daba tales voces a Dios que nos parecía que desfallecía” (Vida III, I)
 “cuando él acababa su plática, muchos se iban gimiendo, y echándose a los pies del confesor no podían decir sus pecados; porque estaban sus corazones tan atravesados de dolor, y tan movidos, que de lágrimas y sollozos apenas podían hablar” (Vida III, II)
“allí se estaba la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo” (Vida V, I)
sospiraba su alma tanto por verse con su Dios, que pensando en su muerte no podía detener las lágrimas que de pura alegría sus ojos distilaban” (Vida V, I)
“y sospiraba su alma tanto por verse con su Dios, que pensando en su muerte no podía detener las lágrimas que de pura alegría sus ojos distilaban” (Vida, V, I)

se aprecian con profusión en los pastores cervantinos

“no hizo otra cosa sino abajar la cabeza, y, acrescentando lágrimas a lágrimas y sollozos a sollozos, se apartó de mí” (Galatea, I)
“Después que él hubo sabido de mí todo lo que quiso, con lágrimas en los ojos, me dijo tendido encima de su lecho boca abajo, derramando infinitas lágrimas, acompañadas de profundos sospiros” (Galatea, II)
“todos los pastores que las escuchaban tenían los ojos bañados en lágrimas de alegría” (Galatea, V)

   También encontramos en La Galatea la escena, ya comentada en el Quijote, de la encrucijada de caminos

“Y así, trocando el camino que de su cabaña llevaban, hacia el aldea se encaminaron; y, llegando a una encrucijada que junto a ella cuatro caminos dividía” (Galatea, V)

inspirada en la versión de la Vida  

al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino” (Vida I, III)
   Podrían añadirse otros muchos ejemplos de referentes formales, pues el tejido narrativo de La Galatea está, como el Quijote, impregnado de la Vida desde sus inicios hasta su final.   La Dedicatoria es un claro ejemplo de ello. La crítica ha comentado su falta de originalidad, su amalgama de frases comunes inspiradas en misivas semejantes de la época, aunque habría que añadir que esas influencias genéricas le llegan a Cervantes a través de su imitación de la Vida.   De sus tres dedicatorias, la más utilizada es la dirigida al inquisidor general Baltasar de Quiroga. Aunque ese texto se ha reproducido enparte con anterioridad, merece la pena volver a hacerlo para reseñar las múltiples concomitancias existentes entre él y la dedicatoria cervantina

   AL ILUSTRÍSIMO y Reverendísimo señor don Gaspar de Quiroga, Cardenal de la santa iglesia de Roma, Arzobispo de  Toledo, primado de las Españas, Chanciller mayor de Castilla, Inquisidor Apostólico general contra la herética pravedad y apostasía, en los Reinos de su Magestad, y de su consejo de Estado.

 

          Ilustrísimo y Reverendísimo Señor.
     Es tan grande y tan antigua la obligación, y conforme a ella el deseo que toda esta nuestra mínima Compañía de Jesús tiene, de servir a V. S. Ilustrísima, que tengo yo por muy grande merced de Dios N. S. ofrecérseme tan buena ocasión de mostrar este nuestro reconocimiento y deseo, con dirigir a V. S. Ilustrísima el libro de la vida de nuestro padre Ignacio, Padre y fundador desta nuestra Religión: y con publicarle debajo de su nombre y amparo. A lo cual también me ha movido, el parecerme, que habiendo V. S. Ilustrísima favorecido siempre esta nueva planta, y obra de Dios, desde que ella casi comenzó, no le será cosa nueva ni dificultosa llevarlo adelante (como lo hace obligándonos cada día más con nuevas mercedes y fundaciones de Colegios) ni dar con su autoridad fuerza a la verdad, que en esta historia se escribe: pues fue tan grande amigo de nuestro padre Ignacio, y tan familiarmente le comunicó y trató: y por lo que vio, y conoció en él, sacará, cuan fundado en verdad debe ser, todo lo que dél aquí se dice. Y por saber yo esto, he querido dirigir a V. S. Ilustrísima este libro: para que ninguno que le leyere pueda poner duda en la verdad de lo que se escribe, ni calumniar lo que ve confirmado con testigo de tanta autoridad, y defendido, y amparado con  la sombra y escudo de V. S. Ilustrísima. Aunque no creo yo que habrá ningún hombre Cristiano, y prudente, que tal haga. Porque aunque nuestra religión no fue en sus principios tan conocida de algunos, y les parecía  encubierta, como a las veces lo suele estar el sol cuando sale por la mañana, pero ya, con el favor de nuestro Señor, resplandece con tanta claridad, que por ninguna manera parece que se puede con razón negar ser esta obra de su poderosa diestra, ni haber sido el fundador della tal cual convenía que fuese el que Dios escogió para plantar y fundar en su Iglesia  obra tan  grande. Asimismo he querido renovar con este mi pequeño servicio la memoria de aquel sancto varón que tanto quiso a V. S. Ilustrísima, y a quien V. S. Ilustrísima tanto estimó y amó. Porque aunque tenga siempre muy fresca y presente esta memoria y hable dél a menudo con grandes muestras de ternura y amor, todavía pienso que se holgará V. S. Ilustrísima que por su medio se publiquen las heroicas y esclarecidas virtudes deste siervo del Señor, para que, siendo más sabidas, sean también más estimadas e imitadas de muchos. Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro padre, soy testigo de la amistad estrecha que entre vuestra Señoría llustrísima y él hubo, como por la merced tan conocida que V. Señoría Ilustrísima siempre me hace, como a hijo (aunque indigno) de tal padre. Y cierto que, considerando yo lo que nuestro bienaventurado padre Ignacio hizo en Roma con vuestra Señoría Ilustrísima, y cómo sin ser buscado le buscó, halló y ayudó, y la cuenta que después tuvo en conservar su amistad y en que los hijos que tenía en España le sirviesen, y que cuando el cardenal don Juan Siliceo, con buen celo (que así se ha de creer) nos desfavorecía, me dijo a mí que vendría otro arzobispo de Toledo que favoresciese y abrazase tanto a la Compañía, cuanto el arzobispo Siliceo la desfavorecía; no puedo creer sino que entendió nuestro bienaventurado padre cuán grande príncipe y  perlado había de ser vuestra Señoría Ilustrísima en la Iglesia de Dios, y que como a tal tanto antes le miraba y reverenciaba.
Suplico humildemente a V. S. Ilustrísima perdone este mi atrevimiento, pues se justifica por tantos y tan honestos títulos: y que reciba con esta historia mi voluntad, y las voluntades, y los corazones de todos estos sus siervos, que por desear ser en todo hijos de nuestro padre Ignacio, y servir y acatar a V. S. Ilustrísima con el amor que él le trató, le ofrecen los vivos ejemplos y gloriosas hazañas de su vida: para testificar con esto, lo que estiman y precian esta deuda, y la afición de servir a V. S. Ilustrísima que de su  padre heredaron.  Guarde nuestro Señor la persona de V. S. Ilustrísima muchos años como nosotros se lo suplicamos,  y la santa Iglesia Católica lo ha menester.
   De Madrid día de los gloriosos Príncipes de los Apóstoles  S. Pedro y  S. Paulo, de 1583.
                                        De V. S. Ilustrísima y Reverendísima
                                         Obediente y perpetuo siervo en Cristo
                                                                       Pedro de Ribadeneyra

  Cervantes debió escribir la dedicatoria de La Galatea cuando ya tenía finalizada la obra, o sea, alrededor de 1584, con la Vida ya publicada en castellano y, por lo tanto, con la posibilidad de utilizar esa dedicatoria a Quiroga, cuyos subrayados y negritas permiten comparar a simple vista la cantidad de referentes concretos  con la Dedicatoria de La Galatea

DEDICATORIA
Al Ilustrísimo señor Ascanio Colona,
abad de Sancta Sofía.

 

Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilustrísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener en osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio. Mas, considerando que el estremado de V. S. Ilustrísima no sólo vino a España para ilustrar las mejores universidades della, sino también para ser norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, especialmente los que en la de la poesía se ejercitan, no he querido perder la ocasión de seguir esta guía, pues sé que en ella y por ella todos hallan seguro puerto y favorable acogimiento. Hágale V. S. Ilustrísima bueno a mi deseo, el cual envío delante, para dar algún ser a este mi pequeño servicio. Y si por esto no lo meresciere, merézcalo, a lo menos, por haber seguido algunos años las vencedoras banderas de aquel sol de la milicia que ayer nos quitó el cielo delante de los ojos, pero no de la memoria de aquellos que procuran tenerla de cosas dignas della, que fue el Excelentísimo padre de V. S. Ilustrísima. Juntando a esto el efecto de reverencia que hacían en mi  ánimo las cosas que, como en profecía, oí muchas veces decir de V. S. Ilustrísima al cardenal de Aquaviva, siendo yo su camarero en Roma, las cuales ahora no sólo las veo cumplidas, sino todo el mundo que goza de la virtud, cristiandad, magnificiencia y bondad de V. S. Ilustrísima, con que da cada día señales de la clara y generosa estirpe do desciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana, y en las virtudes y heroicas obras con la mesma virtud y más encumbradas hazañas, como nos lo certifican mil verdaderas historias, llenas de los famosos hechos del tronco y ramos de la real casa Colona, debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmuradores que ninguna cosa perdonan; aunque si V. S. Ilustrísima perdona este mi atrevimiento, ni tendré qué temer, ni más que desear, sino que Nuestro Señor guarde la Ilustrísima persona de V. S. con el acrescentamiento de dignidad y estado que sus servidores deseamos.
Ilustrísimo Señor,
B. L. M. de V. S.
Su mayor servidor:
Miguel de Cervantes Saavedra.

   La primera frase de la dedicatoria ya rebosa ambigüedad pues, aunque la lectura externa es un claro ejemplo de tópica modestia frente al gran personaje (“Ha podido tanto conmigo el valor de V. S. Ilustrísima, que me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener”), hay un vocablo, “miedo”,  que sorprende por su  contundencia e incita a pensar en una posible lectura profunda, donde todos los tópicos al uso se convierten en referentes irónicos a la realidad histórica, pues el razonable miedo de Cervantes (“me ha quitado el miedo que, con razón, debiera tener”)  quizás se deba no a la falta de calidad de su primera novela (“osar ofrescerle estas primicias de mi corto ingenio”), sino al compromiso en que pone a Ascanio Colona al dedicarle un libro cuyo trasfondo político puede acarrearle consecuencias fatales.  Sólo así se entiende que Cervantes haya vencido su miedo gracias al reconocido valor de Colona, con lo que parece sugerir la firmeza de las convicciones ideológicas y la falta de temor de quien “no sólo vino a España para ilustrar las mejores universidades della, sino también para ser norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa sciencia profesan, especialmente los que en la de la poesía se ejercitan”.  ¿Se refieren esa virtuosa ciencia y el ejercicio de la poesía al compromiso ético que implica cualquier actividad intelectual? ¿es el valor de decir la verdad lo que convierte a Colona en guía de quienes están también comprometidos?. Casualmente casi todos los vocablos aparecidos en esa frase son comunes y muy representativos del estilo de la Vida (encaminar, virtud, profesar, ejercitar y guía), lo que hace pensar que Cervantes se burla de Ribadeneyra siguiendo su mismo juego aunque en sentido contrario, pues la frase termina con una metáfora marinera muy del gusto de Ribadeneyra: “seguro puerto y favorable acogimiento

“mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí” (Vida I, II)
“se acogieron al puerto seguro de la sagrada religión” (Vida II, II)

   A continuación Cervantes introduce una muletilla (“este mi pequeño servicio”) también muy propia de Ribadeneyra, que la utiliza exactamente igual en su dedicatoria a Quiroga

“Asimismo he querido renovar con este mi pequeño servicio la memoria de aquel sancto varón que tanto quiso a V. S. Ilustrísima, y a quien V. S. Ilustrísima tanto estimó y amó”

   Y en esa misma frase vemos en negritas y subrayada la expresión “la memoria de aquel”, también imitada por Cervantes: “la memoria de aquellos

   Junto a Ascanio Colona aparece mencionado Acquaviva y un grato recuerdo sobre ambos, reforzando la teoría de una amistad cómplice de los tres en torno al asunto de la Compañía, sobre el que gira La Galatea.

   El resto de la dedicatoria es un acarreo de expresiones y contenidos extraídos de la de Quiroga, aunque con el orden un poco trastocado.  Así cuando alaba a Colona por su bondad y estirpe (“la clara y generosa estirpe do desciende, la cual en antigüedad compite con el principio y príncipes de la grandeza romana”) está parodiando las excesivas alabanzas de Ribadeneyra al cardenal (“cuán grande príncipe y  perlado había de ser vuestra Señoría Ilustrísima en la Iglesia de Dios”).  O cuando Ribadeneyra, como acto fallido, solicita la autoridad de Quiroga para reforzar su verdad (“dar con su autoridad fuerza a la verdad, que en esta historia se escribe”), Cervantes acredita la suya con una cantidad (“como nos lo certifican mil verdaderas historias”)

   La protección solicitada por Cervantes (“debajo de cuya fuerza y sitio yo me pongo ahora, para hacer escudo a los murmuradores que ninguna cosa perdonan”) está igualmente inspirada en la que solicita Ribadeneyra de Quiroga (“ninguno que le leyere pueda poner duda en la verdad de lo que se escribe, ni calumniar lo que ve confirmado con testigo de tanta autoridad, y defendido, y amparado con  la sombra y escudo de V. S. Ilustrísima”). 

   La despedida, además de protocolaria y tópica, vuelve a coincidir en ambos casos, ya que Cervantes suele escudarse en estos lugares comunes para hacer más amplias sus aproximaciones a la Vida (“Guarde nuestro Señor la persona de V. S. Ilustrísima” / Nuestro Señor guarde la Ilustrísima persona de V. S.”).  En el cuadro siguiente quedan claros los múltiples referentes y paralelismos

         Vida                                                                           Galatea

con razón                                                                   con razón
ofrecen                                                                      ofrescerle
virtudes                                                                     virtuosa
ocasión de mostrar este nuestro reconocimiento         ocasión de seguir esta guía
debajo de su nombre y amparo                                  debajo de cuya fuerza y sitio
este mi pequeño servicio                                         este mi pequeño servicio
la memoria de aquel                                                 la memoria de aquellos
reverenciaba                                                             reverencia
cada día                                                                     cada día
antigua                                                                      antigüedad
principios                                                                  principio
príncipe                                                                     príncipes
grande                                                                       grandeza
las heroicas y esclarecidas virtudes                          las virtudes y heroicas obras           
gloriosas hazañas                                                       encumbradas hazañas
la verdad, que en esta historia                                   verdaderas historias
dar con su autoridad fuerza                                        debajo de cuya fuerza
escudo                                                                                   escudo
V. S. Ilustrísima perdone este mi atrevimientoV. S. Ilustrísima perdona
                                                                                  este mi atrevimiento
Guarde nuestro Señor la persona de V. S. Ilustrísima / Nuestro Señor guarde la  
                                                                                 Ilustrísima persona de V. S.

   A todas estas concomitancias con la dedicatoria a Quiroga, hay que añadir algunos ejemplos de paralelismos extraídos de la dedicatoria “A los hermanos en Cristo carísimos de la Compañía de Jesús”, también muy recargada de retórica y palabras vacías. Selecciono y subrayo aquellos fragmentos donde, por lo menos, coexisten varias coincidencias 

“Demás desto, porque confío en la misericordia de aquel Señor, que es maravilloso en sus santos  y fuente y autor de toda santidad, que le será acepto y agradable este mi pequeño servicio, y que dél se le seguirá alguna alabanza y gloria [...] Porque, así como los que vienen de ilustre linaje y de generosa y esclarecida sangre procuran saber las hazañas y gloriosos ejemplos de sus antepasados y de los que fundaron y ennoblecieron sus familias y casas, para tenerlos por dechado y hacer lo que ellos hicieron; así también nosotros, habiendo recebido de la mano de Dios nuestro Señor a nuestro bienaventurado padre Ignacio por guía y maestro y por caudillo y capitán desta milicia sagrada, debemos tomarle por espejo de nuestra vida, y procurar con todas nuestras fuerzas de seguirle, de suerte, que, si por nuestra imperfeción no pudiéramos sacar tan al vivo y tan al propio el retrato de sus muchas y excelentes virtudes, a lo menos imitemos la sombra y rastro dellas [...] y cómo de un granillo de mostaza creció un árbol tan grande, que sus ramas se extienden de oriente a poniente, y de septentrión al mediodía, y otros acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió dignos de memoria. Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado [...] debemos tener nosotros siempre delante, y poner los ojos en aquel lúcido escuadrón de heroicas y singulares virtudes que le acompañaban y hermoseaban; para que su vida nos sea dechado y como un verdadero y perfetísimo dibujo de nuestro instituto y vocación. A la cual nos llamó el Señor por su infinita bondad, por medio deste glorioso capitán y padre nuestro” (Vida, A los hermanos)

   En definitiva, puede decirse que el texto de Cervantes está íntegramente construido a base de retales de las dedicatorias de la Vida, y que su intención es, además de burlarse del estilo y los procedimientos de Ribadeneyra, obligarnos a realizar una lectura analítica y, por lo tanto, esclarecedora de la mentira, el fraude y el complot existente en torno al asunto del secuestro del Relato.

   En ese sentido, la importancia de Ascanio Colona y el cardenal Acquaviva en la historia de La Galatea debe ir mucho más allá (como en el caso de la Vida) de lo que en apariencias se deduce de esta dedicatoria, pues conociendo los métodos de Cervantes y su costumbre de escribir entre líneas e implicar a todo lo que aparece con la historia profunda, lo lógico es que estas menciones sean una llamada de atención sobre la trascendencia y el apoyo ideológico de estas dos personalidades. La amistad que une a Ascanio Colona con el cardenal y el atrevimiento de Cervantes al dedicarle su libro, permite imaginar la posibilidad de una amistad profunda, basada en la ideología y la literatura.

   Si para la dedicatoria pudo Cervantes utilizar el texto castellano de la Vida, lo que supone la posibilidad de reforzar la parodia con los referentes concretos a que ya estamos acostumbrados, con el resto de La Galatea eso es prácticamente imposible, por lo que debió valerse de la traducción del latín atribuida en el Quijote al morisco aljamiado.  A pesar de eso, Cervantes maneja esa traducción de la Vida de manera semejante a como lo hará con la realizada por el propio Ribadeneyra, de forma que La Galatea está también cargada de paralelismos temáticos que, como los formales, evidencian la incuestionable relación.

   En el primer capítulo se encuentran, por ejemplo,  dos de los pastores protagonistas, Elicio y Erastro

   “Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose con ellos, y por sus nombres los llamaba, dando a cada uno el título que su condición y  ánimo merescía: a quién llamaba León, a quién Gavilán, a quién Robusto, a quién Manchado; y ellos, como si de entendimiento fueran dotados, con el mover las cabezas, viniéndose para él, daban a entender el gusto que de su gusto sentían. Desta manera llegó Erastro adonde de Elicio fue agradablemente rescibido, y aun rogado que, si en otra parte no había determinado de pasar el sol de la calurosa siesta, pues aquella en que estaban era tan aparejada para ello, no le fuese enojoso pasarla en su compañía.
   -Con nadie -respondió Erastro- la podría yo tener mejor que contigo, Elicio, si ya no fuese con aquélla que está  tan enrobrescida a mis demandas, cuan hecha encina a tus continuos quejidos.
Luego los dos se sentaron sobre la menuda yerba, dejando andar a sus anchuras el ganado despuntando con los rumiadores dientes las tiernas yerbezuelas del herboso llano. Y como Erastro, por muchas y descubiertas señales, conocía claramente que Elicio a Galatea amaba, y que el merescimiento de Elicio era de mayores quilates que el suyo, en señal de que reconoscía esta verdad, en medio de sus pláticas, entre otras razones, le dijo las siguientes”

    El abuso excesivo de adjetivos tópicos (fieles guardadores, simples ovejuelas, carniceros dientes, hambrientos lobos, rumiadores dientes, tiernas yerbezuelas, herboso llano, etc.) no puede tener, dado el estilo sobrio e impecable del verdadero Cervantes, sino un sentido irónico paródico, pues La Galatea es a lo pastoril lo mismo que el Quijote será a los libros de caballerías, de ahí que toda la obra haya que analizarla buscándole, como al Quijote, su lectura profunda. Así, la primera parte del fragmento seleccionado parece una clara parodia de la forma meliflua y seudo pastoril, ya tantas veces comentada, con que Ribadeneyra suele hablar de los suyos, y de la forma cruel que acostumbra  emplear contra los herejes: “Venía Erastro acompañado de sus mastines, fieles guardadores de las simples ovejuelas (que debajo de su amparo están seguras de los carniceros dientes de los hambrientos lobos), holgándose con ellos" [17] .

“El cual para mostrarse en la guarda deste rebaño del Señor (que es la Iglesia) ser uno de los canes della más cuidadosos y vigilantes, comenzó a ladrar muy reciamente contra los que tubo por lobos, y perseguir pesadamente nuestro instituto. Y como era varón de tanta autoridad, muchos cerrados los ojos le seguían” (Vida III, XV, 1583)
Llegó repentinamente esta nueva al padre Antonio, y luego se recogió a una iglesia donde aquel mismo día había dicho misa, para encomendar a Dios aquellas ovejuelas” (Vida III, XIX, 1583)
“Andaba buscando el rey de romanos y de Hungría, D. Fernando de Austria, personas de vida ejemplar y de excelente dotrina para darles las iglesias de sus reinos, inficionadas en gran parte de la pestilencia luterana, la cual cada día se iba entrando más, y cundiendo por sus estados; para que estos prelados santos y celosos, hiciesen rostro a los herejes, y como buenos pastores velasen sobre sus ovejas, y la defendiesen de los lobos carniceros” (Vida III, XIV, 1583)

   El abuso descarado del epíteto tiene una clara intención paródica de esos fragmentos, y de otros, que caracterizan el estilo sensacionalista de Ribadeneyra.

   También resulta incomprensible que los dos pastores cervantinos se sienten a platicar en un locus amoenus tan literario como los ya conocidos de la Vida, y que lo hagan amistosamente, a pesar de que los dos aspiran al amor de Galatea.   La conversación entre los pastores continúa, y, más adelante, Elicio dice a Erastro

“Anden nuestros ganados juntos, pues andan nuestros pensamientos apareados. Tú, al son de tu zampoña, publicarás el contento o pena que el alegre o triste rostro de Galatea te causare; yo, al de mi rabel, en el silencio de las sosegadas noches, o en el calor de las ardientes siestas, a la fresca sombra de los verdes árboles de que esta nuestra ribera está  tan adornada, te ayudaré a llevar la pesada carga de tus trabajos, dando noticia al cielo de los míos. Y, para señal de nuestro buen propósito y verdadera amistad, en tanto que se hacen mayores las sombras destos  árboles y el sol hacia el occidente se declina, acordemos nuestros instrumentos y demos principio al ejercicio que de aquí adelante hemos de tener.
No se hizo de rogar Erastro; antes, con muestras de estraño contento por verse en tanta amistad con Elicio, sacó su zampoña y Elicio su rabel; y, comenzando el uno y replicando el otro, cantaron lo que sigue”

   De nuevo el abuso de adjetivos no tiene otra explicación que la parodia burlesca, procedente de una mezcla de tópicos del género pastoril (sosegadas noches, ardientes siestas, fresca sombra, etc.) con otros divinizantes de la Vida (pesada carga, buenos propósitos, etc.) 

“Mas, para llevar con mis flacos hombros esta tan pesada carga tengo grandes alivios y consuelos” (Vida, A los hermanos)
“Porque con una determinación de ánimo infatigable y perseverante trabajaba de vencerse en todo y por todo, y tomaba carga sobre sí más pesada de la que sus fuerzas podían llevar” (Vida I, IX)
“Mas la divina misericordia, que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba, antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz,  y con la fresca lición refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos; y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos. Y esto de manera que poco a poco iba prevaleciendo en su ánima la verdad contra la mentira, y el espíritu contra la sensualidad, y el nuevo rayo y luz del cielo contra las tinieblas palpables de Egipto” (Vida I, II)

   Ribadeneyra abusa de lo superfluo y reiterativo (flacos hombros, alivios y consuelos, vanos y engañosos, etc.) tanto como de los tópicos religiosos (rayo y luz del cielo, tinieblas palpables, etc.), y Cervantes lo imita, abusando igualmente de lo superfluo y desviando la atención de la Vida, aunque sólo aparentemente, pues cuando Elicio, tras ese cúmulo de verborrea, invita a su compañero a tocar con él (“acordemos nuestros instrumentos y demos principio al ejercicio que de aquí adelante hemos de tener”), lo hace con la misma expresión con que Ribadeneyra indica el nacimiento de la unidad religiosa

“hombres nobles y de buena  vida, que dieron principio a la religión” (Vida II, VI)

   Elicio y Erastro acuerdan sus instrumentos y dan comienzo al ejercicio, a la música que los va a unir a lo largo de toda la obra, lo que simbólicamente significa el inicio de su vida en la Compañía, tal como ratifica el vocablo “ejercicio”, cuyo valor es el mismo ya visto en el Quijote. Incluso el contento de Erastro (“con muestras de estraño contento”) también nos recuerda a la alegría y regocijo con que los jesuitas solían recibirse unos a otros

 “y con esto sentían, en fin, un contento y gozo admirable” (Vida II, VII)

   Erastro pide a su compañero que no tome a mal su amor a Galatea, “porque jamás imaginé de enojarte, ni de Galatea quise otra cosa que servirla”.  Según López-López, “Entra aquí en el libro de pastores la mención del servicio de amor, procedente de los orígenes del amor cortés y que obtuvo su expresión poética en la lírica provenzal y de allí se difundió por toda Europa.  Como escribe Martín de Riquer, servir <<significaba [...] accomplir les services vassaliques, y era expresión usada por los trovadores para expresar la relación sentimental, que pasó a convertirse en sinónimo de amar” [18] .  Toda esa enjundia literaria es traducida socarronamente por Cervantes a lo divino, es decir, la entrega desinteresada en cuerpo y alma a una orden como si fuese una mujer. Y queda reforzado por los propios versos de los pastores, que van cantando un largo poema compuesto por ocho octavas donde se alaba sin freno a Galatea y se ensalza el milagro amoroso (“¿Con qué milagro, amor, abres el pecho”).  Las dos últimas estrofas finalizan con dos versos totalmente válidos para convertir toda la canción en símbolo del lenguaje profundo. Erastro dice

“ella debe de ser diosa,
 el alma querrá más que no otra cosa”. 

   Y Elicio

“yo imagino
 que no hay vida en el mundo más dichosa
 como el morir por causa tan honrosa”

   Según Erastro, Galatea, cuyas perfecciones extremas la hacen ser como una diosa, debe aspirar al espíritu de los pastores, a sus almas, pues ninguna diosa busca lo material.  Elicio responde en un tono semejante, y dice estar dispuesto incluso hasta morir felizmente por Galatea, cuyo nombre no menciona sino que lo sustituye por el de “causa tan honrosa”, lo que facilita de nuevo la identificación con la Compañía como  empresa común en que se toma partido. El amor compartido por los dos pastores está, pues, totalmente alejado de la idea del amor terrenal y muy próximo a la entrega en cuerpo y alma exigida a los religiosos de la Compañía, dispuestos a viajar a cualquier parte del mundo y a morir por ella.

   Que estamos ante una tremenda burla, y no ante el tributo al género pastoril de un primerizo escritor, lo prueba otro fragmento de este mismo libro primero, donde se dan cita todos los tópicos al uso y el lenguaje burlesco en torno al vocablo compañía, rodeado de la más melosa palabrería pastoril

Pero ya que la blanca Aurora dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del venidero día, levantándose Erastro, comenzó a poner en orden el ganado de Elicio y suyo, para sacarle al pasto acostumbrado. Elicio convidó a Lisandro a que con él se viniese, y así, viniendo los tres pastores con el manso rebaño de sus ovejas por una cañada abajo, al subir de una ladera oyeron el sonido de una suave zampoña, que luego por Elicio y Erastro fue conocido que era Galatea quien la sonaba. Y no tardó mucho que por la cumbre de la cuesta se comenzaron a descubrir algunas ovejas, y luego tras ellas Galatea, cuya hermosura era tanta que sería mejor dejarla en su punto, pues faltan palabras para encarecerla. Venía vestida a la serrana, con los luengos cabellos sueltos al viento, de quien el mesmo sol parescía tener envidia, porque, hiriéndoles con sus rayos, procuraba quitarles la luz si pudiera, mas la que la salía de la vislumbre dellos, otro nuevo sol semejaba. Estaba Erastro fuera de sí mirándola, y Elicio no podía apartar los ojos de verla. Cuando Galatea vio que el rebaño de Elicio y Erastro con el suyo se juntaba, mostrando no gustar de tenerles aquel día compañía, llamó a la borrega mansa de su manada”

   ¿Por qué se ha visto en la descripción del amanecer del QI, 2 una parodia burlesca sobre ese tipo de literatura y aquí (“ya que la blanca Aurora dejaba el lecho del celoso marido y comenzaba a dar muestras del venidero día”) un tributo de Cervantes al género pastoril?  ¿no sería más lógico creer que con dos fragmentos prácticamente iguales se pretende orientar sobre dos intenciones paralelas? 

   Vuelve a repetirse en ese fragmento el vocabulario típico del género, con vocablos como apacentar, ovejas, rebaño, etc., todos, como ya se ha visto, también presentes en la Vida donde, a veces, la simbología pastoril es algo más que manifiesta

“la necesidad que tenía aquella ciudad de pastor santo y  vigilante, que defendiese el rebaño del Señor, y resistiese a los herejes, que como lobos robadores y sangrientos hacían grande estrago en ella” (Vida III, XV).

   Tampoco la descripción de Galatea (“luengos cabellos sueltos al viento...”) deja de ser paródico-burlesca, igual que la actitud de los pastores, cercana al éxtasis, contemplándola. Después de un largo diálogo donde Galatea se muestra distante con ellos, Elicio le dice

­Ay, discreta Galatea! -dijo Elicio-, cómo te burlas con lo que de mi alma sientes, a la cual invisiblemente has llagado, y no con otras armas que con las de tu hermosura. Y no me quejo yo tanto del daño que me has hecho, como de que le tengas en poco.

   El absurdo lenguaje amoroso-pastoril está siempre sugiriendo el divino (alma, llagado) de la misma manera que en él se recurre al amoroso.  El resultado es esa mezcla que se repetirá en el Quijote y con la que Cervantes consigue mantener una constante ambigüedad que le exonera de culpas. Pero quizás donde más se manifiesta el tono especialmente burlesco y guasón de la parodia literaria sea en las distintas ocasiones en que, a lo largo de la obra, aparecen los “pajarillos” como el no va más de la ñoña cursilada

“Las selvas eran mis compañeras, en cuya soledad muchas veces, convidada de la suave armonía de los dulces pajarillos, despedía la voz a mil honestos cantares, sin que en ellos mezclase sospiros ni razones que de enamorado pecho diesen indicio alguno” (Galatea, I)
“todos los instrumentos de los pastores formaron tan agradable música, que causaba grande contento a quien la oía; y más, ayudándoles de entre las espesas ramas mil suertes de pintados pajarillos que, con divina armonía, parece que como a coros les iban respondiendo” (Galatea, II)
“Juntábase a esto la dulce armonía de los pintados y muchos pajarillos que por los aires cruzaban, y algunos sollozos que las pastoras, ya tiernas y movidas con el razonamiento de Telesio y con lo que los pastores hacían, de cuando en cuando, de sus hermosos pechos arrancaban; y era de suerte que, concordándose el son de la triste música y el de la alegre armonía de los jilguerillos, calandrias y ruiseñores” (Galatea, VI)
“-No me parece bien, pastores, que os mostréis tan avaros que no queráis corresponder y pagar lo que debéis a las calandrias y ruiseñoles y a los otros pintados pajarillos que por entre estos  árboles con su no aprendida y maravillosa armonía os van entretiniendo y regocijando” (Galatea, VI)

     El canto de los pajarillos, además de ser divino “(con divina armonía“) aparece mezclado con un tipo de amor tan recatado (“mil honestos cantares”) que es fácilmente equiparable al existente entre los religiosos.

-Tan malo es -dijo Elicio- ser pertinaz en el mal, como bueno perseverar en el bien, y siempre he oído decir a mis mayores que de sabios es mudar consejo.
-No niego yo eso -respondió Lenio-, cuando yo entendiese que mi parecer no es justo, pero en tanto que la esperiencia y la razón no me mostraren el contrario de lo que hasta aquí me han mostrado, yo creo que mi opinión es tan verdadera cuanto la tuya falsa.
-Si se castigasen los herejes de amor -dijo a esta sazón Erastro-, desde agora comenzara yo, amigo Lenio, a cortar leña con que te abrasaran, por el mayor hereje y enemigo que el amor tiene.
-Y aun si yo no viera otra cosa del amor sino que tú, Erastro, le sigues, y eres del bando de los enamorados -respondió Lenio-, sola ella me bastara a renegar dél con cien mil lenguas, si cien mil lenguas tuviera.
   -Pues, ¿parécete, Lenio -replicó Erastro-, que no soy bueno para enamorado?
   -Antes me parece -respondió Lenio- que los que fueren de tu condición y entendimiento son proprios para ser ministros suyos; porque quien es cojo, con el más mínimo traspié da de ojos, y el que tiene poco discurso, poco ha menester para que le pierda del todo. Y los que siguen la bandera deste vuestro valeroso capitán, yo tengo para mí que no son los más sabios del mundo, y si lo han sido, en el punto que se enamoraron dejaron de serlo.

   En esta conversación donde Elicio y Erastro se muestran unidos y en desacuerdo con los criterios amorosos de Lenio, indirectamente Erastro ha introducido el fantasma del miedo, recordándole a Lenio el tremendo castigo que recibiría si, en temas distintos al del amor, mostrara esa oposición contraria a ellos. Es una clara amenaza, pues con la expresión “cortar leña” Erastro está mostrando su disposición, caso que fuera necesario, a aportar pruebas para la apertura de un proceso “con que te abrasaran”.  Eso parece desprenderse de la construcción de esa compleja frase donde la acción de cortar  leña recae sobre un sujeto singular, Erastro, y la de abrasar, sobre un colectivo cuyo sujeto elíptico debería ser el tribunal que condena al brasero o la hoguera.   Una vez más, y como siempre de forma sutilísima, Cervantes ha introducido el tema de la censura existente en todo, salvo en el amor platónico, y la falta de libertad y del derecho a la discrepancia, denunciando “lo que pensaban y sentían muchos españoles de aquel siglo, sometidos a las rígidas presiones de una política filipina erigida en brazo ejecutor de los cánones tridentinos” [19]

   Esa lectura política está reforzada por la respuesta de Lenio y su mención al “bando de los enamorados”, pues dichos bandos, como en el caso del Quijote, suponen la existencia de grupos enfrentados, y con tanto encono como se desprende del radicalismo de la postura de Lenio, negándose al amor sólo porque Erastro forma parte de ese bando.  Incluso el último matiz, “cien mil lenguas”, también parece ambiguo, como alusión a la posible representatividad que ejerce Lenio de un bando (cien mil lenguas) radicalmente opuesto al de sus interlocutores.

   Dicha línea interpretativa alcanza su máxima tensión en la siguiente intervención de Lenio, totalmente insultante al negarle a Erastro mejores condiciones que las de un sirviente (ministro) del amor. Pero el nombre de ministro, también lo tomaron, por humildad y ejemplo, los prelados de algunas religiones, concretamente Ribadeneyra suele denominar así a Loyola, ya que según él, Dios hizo a Loyola “digno ministro de una obra tan señalada”.  La expresión se repite muchas veces y, en alguna ocasión, asociada al calificativo de “valeroso capitán” utilizado por Lenio (los que siguen la bandera deste vuestro valeroso capitán”)

“Pues habemos llegado a este punto y visto la institución y confirmación de la Compañía creo que será acertado que escudriñemos algo del acuerdo e intento que Dios nuestro Señor tuvo en esta fundación y confirmación, y el consejo y particular providencia con que envió al padre Ignacio al mundo para que, como ministro fiel, sirviese a su Iglesia y le diese hijos y soldados que la defendiesen y amparasen [...] con plazas inexpugnables y fuerzas, baluartes y reparos, que son las sagradas religiones, y de poner en ellas capitanes y soldados valerosos en presidio, para defensa y seguridad de todo el reino” (Vida II, XVIII)

   La expresión “valeroso capitán” es muy del gusto militarista de Ribadeneyra y, como ya se ha visto, suele aplicársela en otras ocasiones a Loyola.

   El otro término militarista empleado por Lenio es igualmente propio de la Vida

“Y después que con la divina inspiración hubieren asentado debajo desta bandera de Jesucristo, deben estar de día y de noche aparejados para cumplir con su obligación” (Vida III, XXI)

   En definitiva, en la zahiriente intervención de Lenio, se dan cita una serie de atributos muy utilizados por Ribadeneyra para definir a Loyola, a los que hay que añadir la expresión “quien es cojo, con el más mínimo traspié da de ojos”, también coincidente con la circunstancia de su cojera. Por eso, si al insulto generalizado latente en la respuesta de Lenio se le añade la burla irreverente del lenguaje profundo, parece lógica la indignación de Erastro

 “Grande fue el enojo que Erastro recibió de lo que Lenio le dijo, y así le respondió:
-Paréceme, Lenio, que tus desvariadas razones merescen otro castigo que palabras, mas yo espero que algún día pagarás lo que agora has dicho, sin que te valga lo que en tu defensa dijeres”

   Se vuelve a repetir la amenaza, casi el aviso de venganza, pues Erastro está negándole a Lenio el derecho a la defensa, algo muy común en los procesos inquisitoriales. Por eso un poco más adelante, y para quitar hierro al asunto, el narrador llamará a la discusión “graciosa pendencia de los pastores”,  añadiendo, con no menos sutileza, que fue el padre de Galatea quien restableció la amistad entre ellos.

   También en La Galatea, aunque astutamente presentados como amorosos, ocurren algunos milagros parecidos a los existentes en la Vida

“podré yo afirmar que ha hecho amor en estos días de los mayores milagros que en todos los de su vida ha hecho [...] el amor que reinaba y reina en el pecho de aquella a quien yo tan en estremo quería, como se encamina a diferente intento que el mío, puesto que todo es amor, el efecto que en mí ha hecho es ponerme en libertad, y a Lenio en servidumbre; y no me hagas, Orompo, que cuente con éstos otros milagros.
   Y, diciendo esto, volvió los ojos a mirar al anciano Arsindo, y con ellos dijo lo que con la lengua callaba, porque todos entendieron que el tercero milagro que pudiera contar fuera ver enamoradas las canas de Arsindo de los pocos y verdes años de Maurisa” (Galatea, L, V)

   Además de esos milagros, también suceden otros acontecimientos fantásticos, como los desarrollados en el valle de los cipreses, un paraje cuya descripción, entre burlas y veras, supone una de las más bellas y artificiosas páginas de nuestra literatura

“Juntáronse todos, y con sosegados pasos comenzaron a entrar por el sagrado valle, cuyo sitio era tan estraño y maravilloso que, aun a los mesmos que muchas veces le habían visto, causaba nueva admiración y gusto. Levántanse en una parte de la ribera del famoso Tajo, en cuatro diferentes y contrapuestas partes, cuatro verdes y apacibles collados, como por muros y defensores de un hermoso valle que en medio contienen, cuya entrada en él por otros cuatro lugares es concedida, los cuales mesmos collados estrechan de modo que vienen a formar cuatro largas y apacibles calles, a quien hacen pared de todos lados altos e infinitos cipreses, puestos por tal orden y concierto que hasta las mesmas ramas de los unos y de los otros paresce que igualmente van cresciendo, y que ninguna se atreve a pasar ni salir un punto más de la otra. Cierran y ocupan el espacio que entre ciprés y ciprés se hace, mil olorosos rosales y suaves jazmines, tan juntos y entretejidos como suelen estar en los vallados de las guardadas viñas las espinosas zarzas y puntosas cambroneras. De trecho en trecho destas apacibles entradas, se ven correr por entre la verde y menuda yerba claros y frescos arroyos de limpias y sabrosas aguas, que en las faldas de los mesmos collados tienen su nascimiento. Es el remate y fin destas calles una ancha y redonda plaza, que los recuestos y los cipreses forman, en medio de la cual está  puesta una artificiosa fuente de blanco y precioso mármol fabricada, con tanta industria y artificio hecha, que las vistosas del conoscido Tíbuli y las soberbias de la antigua Tinacria no le pueden ser comparadas. Con el agua desta maravillosa fuente se humedecen y sustentan las frescas yerbas de la deleitosa plaza; y lo que más hace a este agradable sitio digno de estimación y reverencia es ser previlegiado de las golosas bocas de los simples corderuelos y mansas ovejas, y de otra cualquier suerte de ganado: que sólo sirve de guardador y tesorero de los honrados huesos de algunos famosos pastores que, por general decreto de todos los que quedan vivos en el contorno de aquellas riberas, se determina y ordena ser digno y merescedor de tener sepultura en este famoso valle. Por esto se veían, entre los muchos y diversos  árboles que por las espaldas de los cipreses estaban, en el lugar y distancia que había dellos hasta las faldas de los collados, algunas sepulturas, cuál de jaspe y cuál de mármol fabricada, en cuyas blancas piedras se leían los nombres de los que en ellas estaban sepultados. Pero la que más sobre todas resplandecía, y la que más a los ojos de todos se mostraba, era la del famoso pastor Meliso, la cual, apartada de las otras, a un lado de la ancha plaza, de lisas y negras pizarras y de blanco y bien labrado alabastro hecha parecía. Y, en el mesmo punto que los ojos de Telesio la miraron, volviendo el rostro a toda aquella agradable compañía, con sosegada voz y lamentables acentos, les dijo”

   La sensación de lugar sagrado y solemnidad se percibe inmediatamente pues, como señala Cox, la  disposición del recinto “recuerda la imagen de una iglesia natural” [20] .  Todo está minuciosamente dispuesto para ir formando en nuestra imaginación, a base de múltiples detalles fraccionados, la idea de una majestuosa iglesia a la que, por sus distintas puertas, acuden respetuosos los feligreses (“sitio digno de estimación y reverencia es ser previlegiado de las golosas bocas de los simples corderuelos y mansas ovejas”), representados buñuelescamente por ese ganado bovino ansioso de pacer el mejor alimento de todos los contornos. 

   Los cuatro collados que rodean el valle son los muros externos de ese gran templo en cruz griega al que se accede por las cuatro hipotéticas puertas existentes en cada uno de los extremos de las dos grandes naves, encauzadas por simétricos cipreses que hacen las veces de columnas (“ninguna se atreve a pasar ni salir un punto más de la otra”) sobre las que se eleva la gran bóveda (“mil olorosos rosales y suaves jazmines, tan juntos y entretejidos”) cuyo colorido sugiere adornos de pinturas.  Las dos naves forman en el crucero una plaza “ancha y redonda [...] en medio de la cual está  puesta una artificiosa fuente de blanco y precioso mármol fabricada”, cuyo valor simbólico es el del altar mayor, como resaltan la industria y lujo de su ejecución, comparable a las más bellas y famosas del mundo.  Dicha fuente humedece y sustenta la yerba de esa plaza a la que acuden “las golososas bocas de los simples corderuelos”, ya que el altar es la mesa a donde los feligreses acuden a recoger el alimento divino.

   Precisamente la función de ese ganado es guardar los huesos de los escogidos que allí yacen enterrados, pues en ese sagrado lugar la comunidad pastoril entierra sólo a sus más ilustres miembros (“por general decreto de todos los que quedan vivos en el contorno de aquellas riberas”) o sea, una clara referencia a las losas que en el suelo o las paredes (“cuál de jaspe y cuál de mármol fabricada”) sepultan en las iglesias a sus más distinguidos representantes.

   Por último el narrador, antes de dar la palabra a los personajes, vuelve a pronunciar la clave, “aquella agradable compañía”, que una vez más confirma el sentido paródico en torno a la orden de Loyola.

      A partir de ahí se inician unas ceremonias de marcado carácter religioso [21] , según se deduce del comportamiento de los pastores y especialmente del lenguaje, con profusión de alusiones a los rituales de los entierros católicos.

   Tras varias intervenciones en torno a la sepultura de Meliso, se produce una representación o milagro de cuyas consecuencias depende prácticamente el resto del libro

“Y, en diciendo esto, dio orden como todas las pastoras estuviesen a una parte del valle, junto a la sepultura de Meliso, dejando con ellas seis de los más ancianos pastores que allí había, y los demás, poco desviados dellas, en otra parte se estuvieron. Y luego, con lo que en los zurrones traían, y con el agua de la clara fuente, satisficieron a la común necesidad de la hambre, acabando a tiempo que ya la noche vestía de una mesma color todas las cosas debajo de nuestro horizonte contenidas, y la luciente luna mostraba su rostro hermoso y claro en toda la entereza que tiene cuando más el rubio hermano sus rayos le comunica. Pero, de allí a poco rato, levantándose un alterado viento, se comenzaron a ver algunas negras nubes, que algún tanto la luz de la casta diosa encubrían, haciendo sombras en la tierra, señales por donde algunos pastores que allí estaban, en la rústica astrología maestros, algún venidero turbión y borrasca esperaban. Mas todo paró en no más de quedar la noche parda y serena, y en acomodarse ellos a descansar sobre la fresca yerba, entregando los ojos al dulce y reposado sueño, como lo hicieron todos, si no algunos que repartieron como en centinelas la guarda de las pastoras, y la de algunas antorchas que alrededor de la sepultura de Meliso ardiendo quedaban. Pero, ya que el sosegado silencio se estendió por todo aquel sagrado valle, y ya que el perezoso Morfeo había con el bañado ramo tocado las sienes y párpados de todos los presentes, a tiempo que a la redonda de nuestro polo buena parte las errantes estrellas andado habían, señalando los puntuales cursos de la noche, en aquel instante, de la mesma sepultura de Meliso se levantó un grande y maravilloso fuego, tan luciente y claro que en un momento todo el escuro valle quedó con tanta claridad como si el mesmo sol le alumbrara; por la cual improvisa maravilla, los pastores que despiertos junto a la sepultura estaban, cayeron atónitos en el suelo, deslumbrados y ciegos con la luz del transparente fuego, el cual hizo contrario efecto en los demás que durmiendo estaban, porque, heridos de sus rayos, huyó dellos el pesado sueño, y, aunque con dificultad alguna, abrieron los dormidos ojos, y, viendo la estrañeza de la luz que se les mostraba, confusos y admirados quedaron. Y así, cuál en pie, cuál recostado, y cuál sobre las rodillas puesto, cada uno, con admiración y espanto, el claro fuego miraba

    Los subrayados vuelve a ser un claro aviso del sentido paródico de esta nueva intervención del narrador, atiborrada de los absurdos y repetidos tópicos de la literatura del momento (la noche vestía, luciente luna, rubio hermano, dulce y reposado sueño, perezoso Morfeo, errantes estrellas, etc.), tal vez con la intención de envolver y disimular la irreverente parodia centrada en un conocido milagro existente, en esta ocasión, en un texto evangélico sobre la resurrección de Jesucristo.  Personalmente fue el tono general de ese fragmento anterior el que me condujo a comprobar su posible relación con el conocido texto de Mateos

“Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de la semana, vino María Magdalena con la otra María a ver el sepulcro.  Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.  Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve.  De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos.” (Mateos 28, 1-4)

   Aunque con mucha sutileza, hay entre este fragmento y el cervantino más concomitancias de las apreciables a simple vista. En primer lugar la hora, en ambos casos poco antes del amanecer

“Pasado el sábado, ya para amanecer el día” / “a tiempo que a la redonda de nuestro polo buena parte las errantes estrellas andado habían, señalando los puntuales cursos de la noche”

   Cervantes ha utilizado una gran perífrasis para venir a decir, como Mateos, que la hora era poco antes del amanecer, pues ya las estrellas habían marcado los distintos momentos culminantes de la noche, es decir, estaba a punto de amanecer, tal como señala ese “para” de Mateos (“ya para amanecer”), indicativo de inmediación. 

   En ese tiempo previo al amanecer o, como dice Cervantes, “en aquel instante”, ocurre el maravilloso suceso narrado en cada texto.  En el evangélico: “sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.  Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve”.  En La Galatea:  “de la mesma sepultura de Meliso se levantó un grande y maravilloso fuego, tan luciente y claro que en un momento todo el escuro valle quedó con tanta claridad como si el mesmo sol le alumbrara”

   En ambos casos, un fenómeno sobrenatural asociado a un sepulcro, produce una prodigiosa e intensa iluminación sólo comparable al relámpago o a la luz del día, es decir, capaces en los dos casos, como añade Cervantes, de iluminar como el sol.   Según Mateos, la vestidura del ángel era “blanca como la nieve”, por lo que Cervantes menciona dos veces el término claridad y, un poco más adelante, matiza: “la luz del transparente fuego”.  Incluso después vuelve a insistir en las características de la luz y la compara, como Mateos, con el rayo: “heridos de sus rayos, huyó dellos el pesado sueño”

   Ante la aparición del ángel, los soldados que custodiaban el sepulcro se desmayaron, “De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron como muertos”, prácticamente como quedan los pastores que estaban “despiertos junto a la sepultura”, otra perífrasis para decir que la estaban guardando o velando, ya que los restantes dormían:  “los pastores que despiertos junto a la sepultura estaban, cayeron atónitos en el suelo”.  En las dos ocasiones caen al suelo junto al sepulcro. 

   En el texto de Mateos, quien aparece es un ángel, mientras que en La Galatea, como se verá enseguida, es la “hermosa y agraciada ninfa” Calíope.

   ¿Qué sentido puede tener este osado juego en el que Cervantes se atreve a parodiar un texto sagrado de la Iglesia católica?  Su intrepidez sólo puede basarse en la certeza de que la ignorancia de los eclesiásticos e inquisidores, y el interés de la Compañía en no remover su historia, impediría descubrir su enmascaramiento. 

   Pero ¿cuál es su intención?  Probablemente,  como siempre, remover cualquier principio, por muy sagrado y aceptado que sea, donde  haya algún atisbo de irracionalidad o falta de veracidad.  Da la sensación de que Cervantes no cree en ese ángel evangélico, que cuestiona la verdad de esos datos maravillosos e irracionales existentes tanto en el evangelio de Mateos como en el de Marcos o Lucas, pero, curiosamente, ausentes en el de Juan

“El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del monumento.  Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba, y les dijo:  Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto” (Juan 20, 1-2)

   ¿Creía Cervantes en la autenticidad de los textos sagrados?, lo único claro es que su intención es invitarnos a meditar sobre la veracidad de su contenido.  Precisamente parece ser que el apóstol Juan, que mencionará después la presencia de dos ángeles sólo vistos por María Magdalena, era el más indicado para narrar con exactitud esos hechos, pues se dice que él  “fue testigo del suceso y había conservado la memoria de todos los detalles de aquella histórica mañana” [22]

   ¿Son, pues, los textos sagrados totalmente auténticos? ¿deben creerse y aceptarse al pie de la letra?.  Desde luego entre los siglos XVI-XVIII no sólo se exigía creer en la totalidad, sino que cualquier duda o interpretación podía ser castigada con la muerte.  A pesar de eso Cervantes se atreve con la parodia  y, además, continúa la narración manteniendo una importante tensión con el lenguaje profundo, pues cada pastor, tras ver la extraña luz, “con admiración y espanto, el claro fuego miraba”

“Todo lo cual visto por Telesio, adornándose en un punto de las sacras vestiduras, acompañado de Elicio, Tirsi, Damón, Lauso y otros animosos pastores, poco a poco se comenzó a llegar al fuego, con intención de, con algunos lícitos y acomodados exorcismos, procurar deshacer o entender de dó procedía la estraña visión que se les mostraba. Pero, ya que llegaban cerca de las encendidas llamas, vieron que, dividiéndose en dos partes, en medio dellas parecía una tan hermosa y agraciada ninfa, que en mayor admiración les puso que la vista del ardiente fuego. Mostraba estar vestida de una rica y sotil tela de plata, recogida y retirada a la cintura, de modo que la mitad de las piernas se descubrían, adornadas con unos coturnos, o calzado justo, dorados, llenos de infinitos lazos de listones de diferentes colores; sobre la tela de plata traía otra vestidura de verde y delicado cendal, que, llevado a una y a otra parte por un ventecillo que mansamente soplaba, estremadamente parecía; por las espaldas traía esparcidos los más luengos y rubios cabellos que jamás ojos humanos vieron, y sobre ellos una guirnalda sólo de verde laurel compuesta; la mano derecha ocupaba con un alto ramo de amarilla y vencedora palma, y la izquierda con otro de verde y pacífica oliva, con los cuales ornamentos tan hermosa y admirable se mostraba, que a todos los que la miraban tenía colgados de su vista; de tal manera que, desechando de sí el temor primero, con seguros pasos alrededor del fuego se llegaron, persuadiándose que, de tan hermosa visión, ningún daño podía sucederles. Y estando, como se ha dicho, todos transportados en mirarla, la bella ninfa abrió los brazos a una y a otra parte, y hizo que las apartadas llamas más se apartasen y dividiesen, para dar lugar a que mejor pudiese ser mirada; y luego, levantando el sereno rostro, con gracia y gravedad estraña, a semejantes razones dio principio:
-Por los efectos que mi improvisa vista ha causado en vuestros corazones, discreta y agradable compañía, podéis considerar que no en virtud de malignos espíritus ha sido formada esta figura mía que aquí se os representa; porque una de las razones por do se conosce ser una visión buena o mala es por los efectos que hace en el  ánimo de quien la mira; porque la buena, aunque cause en él admiración y sobresalto, el tal sobresalto y admiración viene mezclado con un gustoso alboroto, que a poco rato le sosiega y satisface; al revés de lo que causa la visión perversa, la cual sobresalta, descontenta, atemoriza y jamás asegura. Esta verdad os aclarará  la experiencia cuando me conozcáis y yo os diga quién soy y la ocasión que me ha movido a venir de mis remotas moradas a visitaros. Y, porque no quiero teneros colgados del deseo que tenéis de saber quién yo sea, sabed, discretos pastores y bellas pastoras, que yo soy una de las nueve doncellas que en las altas y sagradas cumbres de Parnaso tienen su propria y conoscida morada. Mi nombre es Calíope; mi oficio y condición es favorescer y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable ejercicio es ocuparse en la maravillosa y jamás como debe alabada sciencia de la poesía” (p. 369)

   Vestido como un sacerdote (“sacras vestiduras”) Telesio, junto a otros pastores, avanza hacia la “estraña visión” con la intención de conocer su procedencia, para lo que va preparado “con algunos lícitos y acomodados exorcismos”.  De nuevo aparece la sutileza religiosa, la diferenciación entre exorcismos lícitos e ilícitos, algo que puede relacionarse con la parodia más arriba comentada sobre el milagro del ángel en el sepulcro.  Cabría preguntarse si Cervantes pretende cuestionarnos la facilidad con que la Iglesia acepta e impone la autenticidad  de las visiones de sus miembros y, al mismo tiempo, castiga con el máximo rigor y crueldad cualquier otro tipo de experiencia sobrenatural.  Ese sentido parece deducirse de las palabras que un poco después va a pronunciar Calíope pues, según el narrador, todos los que iban hacia ella estaban convencidos “que, de tan hermosa visión, ningún daño podía sucederles”, y ella misma explica el porqué

“Por los efectos que mi improvisa vista ha causado en vuestros corazones, discreta y agradable compañía, podéis considerar que no en virtud de malignos espíritus ha sido formada esta figura mía que aquí se os representa; porque una de las razones por do se conosce ser una visión buena o mala es por los efectos que hace en el  ánimo de quien la mira; porque la buena, aunque cause en él admiración y sobresalto, el tal sobresalto y admiración viene mezclado con un gustoso alboroto, que a poco rato le sosiega y satisface; al revés de lo que causa la visión perversa, la cual sobresalta, descontenta, atemoriza y jamás asegura”

   Su primer razonamiento, evocando otra vez a la “compañía”, está dirigido a defender la calidad espiritual de su presencia, o su legítima procedencia, volviendo de nuevo a aparecer, como problema de fondo, un asunto religioso: la existencia de espíritus buenos o malos, tal como suele plantearse en la Vida, donde Loyola tiene múltiples visiones sobrenaturales [23] , unas consideradas buenas y otras no.

   Según Calíope, su figura es buena porque su representación causa buen efecto en los pastores, tal como le ocurría a Loyola, que se llenaba de consuelo cuando se le representaba  la Trinidad

“un día estando en las gradas de la Iglesia de Santo Domingo rezando con mucha devoción las lloras de nuestra Señora, se comenzó a levantar en espíritu su entendimiento, y representósele, como si la viera con los ojos, una como figura de la santísima Trinidad , que exteriormente le sinificaba lo que él interiormente sentía. Fue esto con tanta grandeza y abundancia de consuelo” (Vida I, VII)

y de desconsuelo cuando lo hacía el demonio.

 “Antes que fuese visitado del Señor con  estos regalos y favores divinos, estando aún en el hospital y otras muchas veces se le había puesto delante una hermosa y resplandeciente figura la cual no podía distinguir como quisiera, ni que cosa fuese ni de que materia compuesta, sino que le parecía tener forma como de culebra que son muchos a manera de ojos resplandecía. La cual cuando estaba presente le causaban mucho contento y consuelo, y por el contrario mucho descontento y pena cuando desaparecía. Esta visión se le representó aquí, estando prostrado delante de la cruz. Pero, como ya tenía más abundancia de la divina luz, y en virtud de la santa cruz ante la cual estaba ahinojado, fácilmente entendió que aquella cosa no era tan linda ni tan resplandeciente como antes se le ofrecía, y manifiestamente conoció que era el demonio que le quería engañar. Y de ahí adelante por mucho tiempo le apareció muchas veces, no sólo en Manresa y en los caminos, sino en París y también  en Roma  pero su semblante y aspecto no daba ya resplandor y claridad, mas era tan apocado y feo, que no haciendo caso dél, con el báculo que traía en la mano fácilmente le echaba de sí” (Vida I, VII)

   Según Calíope, las buenas representaciones causan “un gustoso alboroto, que a poco rato le sosiega y satisface”, prácticamente lo mismo que, según Ribadeneyra, siente Loyola: “grandeza y abundancia de consuelo”.  Sin embargo, las malas, provocan, dice Calíope, descontento, temor e inseguridad (“descontenta, atemoriza y jamás asegura”), y según Ribadeneyra, “mucho descontento y pena”

   Pero ¿cómo distinguir unas visiones de las otras? Calíope ofrece un método, la experiencia: “Esta verdad os aclarará  la experiencia cuando me conozcáis y yo os diga quién soy y la ocasión que me ha movido a venir de mis remotas moradas a visitaros”.  También Loyola, gracias a la experiencia, distinguió la procedencia buena o mala de sus representaciones, pues él reconoció al demonio gracias a que “ya tenía más abundancia de la divina luz”, es decir, más experiencia mística.

   Una vez que la ninfa se ha presentado y anunciado su procedencia celestial (“las altas y sagradas cumbres de Parnaso”), comunica su objetivo:  “mi oficio y condición es favorescer y ayudar a los divinos espíritus, cuyo loable ejercicio es ocuparse en la maravillosa y jamás como debe alabada sciencia de la poesía”

   Calíope habla con  un estilo semejante al del futuro don Quijote, y su objetivo también  coincide con el del caballero andante, aunque con matices, pues la ninfa pretende “favorescer y ayudar a los divinos espíritus” y el caballero favorecer y ayudar a los menesterosos.

   Tras unas cuantas observaciones, aparecen unas nuevas burlas al lenguaje divinizante:  “y luego tomó un arpa que junto a sí tenía, que hasta entonces de ninguno había sido vista; y, en comenzándola a tocar, parece que comenzó a esclarecerse el cielo, y que la luna, con su nuevo y no usado resplandor, alumbraba la tierra;  los árboles, a despecho de un blando céfiro que soplaba, tuvieron quedas las ramas;  y los ojos de todos los que allí estaban no se atrevían a abajar los párpados, porque aquel breve punto que se tardaban en alzarlos, no se privasen de la gloria que en mirar la hermosura de la ninfa gozaban”.  Esta descripción del grupo vuelve a ser una recreación en los tópicos pastoriles y religiosos, según se desprende de esa atmósfera misteriosa y sobrenatural donde los protagonistas, como en trance, miran al cielo extasiados.

   Por fin, la celestial figura de Calíope, comienza el largo poema sobre la poesía de su época.  De las 111 octavas que lo componen, en mi opinión una relación entre burlas y veras de poetas y escritores religiosos a lo divino, llama la atención la estrofa número 11

“Del claro Tajo la ribera hermosa
adornan mil espíritus divinos,
que hacen nuestra edad más venturosa
que aquélla de los griegos y latinos.
Dellos pienso decir sola una cosa:
que son de vuestro valle y honra dignos
tanto cuanto sus obras nos lo muestran,
que al camino del cielo nos adiestran” (p. 378)

   Esos “mil espíritus divinos” de las riberas del Tajo parecen una clara alusión a la moda religioso-literaria de la época, con probable alusión a Toledo y al enorme poderío socio económico de su sede eclesiástica.  Toda la estrofa rezuma ironía, pues esa “edad más venturosa”, superior a griegos y latinos, sólo puede entenderse como una burlona referencia a los escritores, religiosos o no, del sistema, cuya función era adiestrar a la gente hacia el camino del cielo, o sea, servir a la Iglesia.

   También es significativa la octava número 34

                           “Pues sabéis cuánto adorna y enriquece
                        vuestras riberas PEDRO DE RIBERA
                        dalde el honor, pastores, que meresce,
                        que yo seré en honrarle la primera.
                        Su dulce musa, su virtud, ofresce
                        un subjeto cabal donde pudiera
                        la fama y cien mil famas ocuparse,
                        y en solos sus loores estremarse” (Galatea, L, VI)

   Una vez más, la burla y la ironía parecen ser el objetivo central de esta estrofa dedicada a un poeta, desconocido, del que se dice que adorna y enriquece las riberas, y cuyo elogio se complementa con la mención a su dulzura y virtud.  En mi opinión es una nueva alusión a Pedro de Ribadeneyra, residente en Toledo –ribera del Tajo- y famoso (“la fama y cien mil famas”) escritor divinizante (dulce) y virtuoso.  El llamarle Pedro de Ribera es, a su vez, una burla añadida pues, como ya se comentó, Ribadeneyra – cuyo verdadero nombre era Pedro Ortiz de Cisneros- formó tan artificioso nombre basándose en la procedencia de su abuela materna, oriunda de la gallega riba de Neyra, de ahí que la musa burlona lo haya simplificado con Ribera.

   Tras el largo “Canto de Calíope”, del que a pesar de su extensa bibliografía sigue sabiéndose muy poco, de nuevo toma la palabra el narrador

   “No había aún bien acabado la hermosa ninfa los últimos acentos de su sabroso canto, cuando, tornándose a juntar las llamas, que divididas estaban, la cerraron en medio, y luego poco a poco consumiéndose, en breve espacio desapareció el ardiente fuego y la discreta musa delante de los ojos de todos, a tiempo que ya la clara aurora comenzaba a descubrir sus frescas y rosadas mejillas por el espacioso cielo, dando alegres muestras del venidero día. Y luego el venerable Telesio, puniéndose encima de la sepultura de Meliso, y rodeado de toda la agradable compañía que allí estaba, prestándole todos una agradable atención y estraño silencio, desta manera comenzó a decirles:
-Lo que esta pasada noche en este mesmo lugar y por vuestros mesmos ojos habéis visto, discretos y gallardos pastores y hermosas pastoras, os habrá  dado a entender cuán acepta es al cielo la loable costumbre que tenemos de hacer estos anales sacrificios y honrosas obsequias por las felices almas de los cuerpos que por decreto vuestro en este famoso valle tener sepultura merescieron. Dígoos esto, amigos míos, porque de aquí adelante con más fervor y diligencia acudáis a poner en efecto tan sancta y famosa obra, pues ya veis de cuán raros y altos espíritus nos ha dado noticia la bella Calíope, que todos son dignos, no sólo de las vuestras, pero de todas las posibles alabanzas. Y no penséis que es pequeño el gusto que he rescibido en saber por tan verdadera relación cuán grande es el número de los divinos ingenios que en nuestra España hoy viven, porque siempre ha estado y está  en opinión de todas las naciones estranjeras que no son muchos, sino pocos, los espíritus que en la sciencia de la poesía en ella muestran que le tienen levantado, siendo tan al revés como se parece, pues cada uno de los que la ninfa ha nombrado al más agudo estranjero se aventaja, y darían claras muestras dello, si en esta nuestra España se estimase en tanto la poesía como en otras provincias se estima. Y así, por esta causa, los insignes y claros ingenios que en ella se aventajan, con la poca estimación que dellos los príncipes y el vulgo hacen, con solos sus entendimientos comunican sus altos y estraños conceptos, sin osar publicarlos al mundo; y tengo para mí que el cielo debe de ordenarlo desta manera, porque no meresce el mundo ni el mal considerado siglo nuestro gozar de manjares al alma tan gustosos. Mas, porque me parece, pastores, que el poco sueño desta pasada noche y las largas ceremonias nuestras os tendrán algún tanto fatigados y deseosos de reposo, ser  bien que, haciendo lo poco que nos falta para cumplir nuestro intento, cada uno se vuelva a su cabaña o al aldea, llevando en la memoria lo que la musa nos deja encomendado.
Y, en diciendo esto, se abajó de la sepultura; y, tornándose a coronar de nuevas y funestas ramas, tornó a rodear la pira tres veces, siguiéndole todos y acompañándole en algunas devotas oraciones que decía. Esto acabado, teniéndole todos en medio, volvió el grave rostro a una y otra parte, y, bajando la cabeza y mostrando agradescido semblante y amorosos ojos, se despidió de toda la compañía, la cual, yéndose quién por una y quién por otra parte de las cuatro salidas que aquel sitio tenía, en poco espacio se deshizo y dividió toda” (p. 409)

   Si la ninfa apareció mágica o milagrosamente, su desaparición ocurre de la misma manera, de forma sobrenatural, tal como aparecen muchos de los sucesos narrados en este libro sexto de La Galatea, donde, como en toda la obra, la intervención del narrador vuelve a llenarse de todo tipo de burlescos tópicos pastoriles sobre la aurora y sus rosadas mejillas, el “estraño silencio” y el referente constante a la “compañía”

   La intervención de Telesio está igualmente impregnada de ese tono santificante de la Vida, a la que nos remite directamente la expresión “cuán acepta es al cielo”, empleada por Ribadeneyra cuando, por intereses personales, pone al cielo a su favor valiéndose de invenciones propias o de otros 

“Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza, por medio de la gloriosa Madre, al piadoso y amoroso Hijo por soldado y siervo fiel, y prometiéndole de seguir su estandarte real y dar de coces al mundo, se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba tembló y parece que así como el Señor con el terremoto del lugar donde estaban juntos los sagrados Apóstoles, cuando hicieron oración, y con el temblor de la cárcel en que estaban aherrojados san Pablo y Silas , quiso dar a entender la fuerza y poder de sus siervos, y que había oído la oración dellos; así, con otro semejante estallido del aposento en que estaba su siervo Ignacio, manifestó cuán agradable y acepta le era aquella oración y ofrenda que hacía de sí. O, por ventura, el demonio ya vencido huyó, y dio señales de su enojo y crueldad, como leemos de otros santos” (Vida I, II)

   Al ambiente fantástico, con terremoto y estallido, hay que añadirle la interpretación del propio Ribadeneyra, definiendo esos suceso sobrenaturales como una confirmación de la satisfacción del cielo.  Eso mismo deduce Telesio de los acontecimientos que han presenciado en el valle de los cipreses,  elogiando, no sin ironía, la información “de cuán raros y altos espíritus nos ha dado noticia la bella Calíope, que todos son dignos, no sólo de las vuestras, pero de todas las posibles alabanzas. Y no penséis que es pequeño el gusto que he rescibido en saber por tan verdadera relación cuán grande es el número de los divinos ingenios que en nuestra España hoy viven”. El ambiguo lenguaje  admite la doble referencia a poetas  o  religiosos, igual que la sustitución de naciones por provincias (“si en esta nuestra España se estimase en tanto la poesía como en otras provincias se estima”), como suele hacer la Compañía.  También la última frase del fragmento (“se despidió de toda la compañía, la cual, yéndose quién por una y quién por otra parte de las cuatro salidas que aquel sitio tenía, en poco espacio se deshizo y dividió toda”) es una clara alusión a otra de la Vida, ya comentada en el Quijote:  “Más, como aún no había echado raíces aquella compañía, con su partida para París luego se secó, deshaciéndose y acabándose fácilmente lo que fácilmente y sin fundamento se había comenzado” (Vida, II, IV)

   A todos estos referentes formales y de contenido escogidos prácticamente al azar, debe añadirse el que quizás sea el ejemplo más bello e ingenioso entre tantos referentes cifrados.  Me refiero a una fantástica pista existente en el libro quinto. 

   A lo largo de la novela el pastor Elicio, a pesar del silencio y la indiferencia mostrada por la honestísima Galatea a todos sus seguidores, ha sido considerado por sus compañeros  como el más firme candidato a alcanzar su mano. Es decir, aunque Galatea no manifiesta intenciones de casarse con ninguno de sus seguidores, todos, incluso su padre, admiten como pretendiente oficial a Elicio. Pero ya casi al final de la obra, el padre de Galatea da un giro inesperado a sus intenciones y, ante la sorpresa de todos los pastores, decide casar a su hija con un pastor portugués nunca hasta entonces mencionado en la novela

“Porque sabrás, Damón, que esta mañana, viniendo con Aurelio, padre de Galatea, a buscaros a la ermita de Silerio, en el camino me dijo cómo tenía concertado de casar a Galatea con un pastor lusitano que en las riberas del blando Lima gran número de ganado apacienta”

   Si se tiene en cuenta que Galatea, rompecorazones de todos los pastores, es, como Marcela, un trasunto de la Compañía, ¿qué sentido puede tener esa repentina decisión de su padre de casarla con un personaje inexistente en toda la obra?  ¿qué suceso real podría asociarse con ese acto simbólico de la decisión paterna? ¿por qué escoge Cervantes  ese insignificante río del norte de Portugal como referente geográfico para determinar el lugar de procedencia del desconocido pretendiente?

   Se trata, como siempre, de un sutilísimo juego de alusiones ya visto en el Quijote y previamente ensayado aquí por Cervantes.  Recordemos que Ribadeneyra, nacido en Toledo, tuvo siempre la intención de ser el biógrafo de Loyola, y que éste, como nunca se lo había prometido, cuando llegó el momento escogió inesperadamente como confidente al portugués Luis Gonçalves de Camara.

   Elicio, pastor nacido, como Ribadeneyra, en las riberas del Tajo,  está preparándose durante toda la novela para ser el escogido de Galatea, aunque ella nunca le ha dado esperanzas ni le ha mostrado deferencias especiales respecto a los restantes pastores-seguidores, ya que su proceder ha sido siempre igual de recatado y correcto con todos ellos.  Pero Elicio, sin tener en cuenta esa realidad, engorda sus esperanzas y las publica entre sus compañeros, de ahí que, cuando se le comunica la decisión del padre de Galatea, quede totalmente destrozado.

   Los paralelismos existentes entre los personajes ficticios y reales van tomando consistencia, pues si Elicio es trasunto de Ribadeneyra y Galatea de la Compañía, ¿quién, sino Loyola, puede ser el padre de Galatea?, y ¿quién, sino Gonçalves, el simbólico pastor elegido repentinamente para casarse con ella?   

   Para hacer creíble esta  enrevesada trama sería imprescindible, al menos, una prueba contundente, algo que solidifique todo lo deducido anteriormente por intuición.  Esa pista inequívoca es “las riberas del blando Lima”, con quien Gonçalves guarda una profunda relación.

   Aquí vuelve a resurgir la insólita estrategia de la Compañía de seguir manteniendo un silencio total en torno a la figura de Gonçalves, pues mientras las pautas de la orden desde su nacimiento es, como demuestra la amplísima bibliografía al respecto, escribir semblanzas y memorias de cualquiera de sus miembros destacados, sorprendentemente ese criterio sólo se ha roto con Gonçalves, de quien en la actualidad sigue siendo imposible encontrar en los fondos bibliográficos públicos de la Compañía algún detalle más de los escasamente conocidos. Incluso mis pesquisas directas a distintos lugares de la Compañía en Portugal interesándome por los orígenes de Gonçalves, sólo han recibido el silencio como repuesta. La postura oficial de la Compañía es ignorar el lugar de nacimiento de Gonçalves (“fue hijo del gobernador de la isla Madeira.  Se ignora con exactitud si nació en aquella isla o en Portugal”), cosa bastante extraña teniendo en cuenta que sobrevivió a Loyola 19 años.  Incluso conviene saber que un familiar de Gonçalves fue “el primer padre que en Portugal vistió el hábito de la Compañía de Jesús” [24]

   Ese silencio afecta, por supuesto, a la información sobre su familia y al lugar de su nacimiento, y no por desconocimiento, pues la familia de Gonçalves estuvo muy unida a la Compañía desde su asentamiento en Portugal, sino porque siempre han procurado borrar cualquier indicio que pudiera servir de hilo conductor del ovillo cervantino.  Y ese río Lima es una gran pista, ya que, según las investigaciones de Ignacio Sánchez Amor, la familia de Luis Gonçalves de Camara es oriunda de Ponte de Lima, localidad muy cercana a Viana do Castelo, donde desemboca el río Lima a pocos kilómetros de la frontera portuguesa con Galicia.

   No es, pues, una casualidad la aparición en La Galatea de ese río Lima [25] , sino el referente más claro, la alusión más evidente a Luis Gonçalves.

   En definitiva, da la sensación de que Cervantes usa el molde de un género y una novela exitosa como La Diana de Jorge de Montemayor, para ocultar su primera variación críptica sobre la historia de la Compañía.  Se trataba de que la popularidad del género impidiera ver su verdadero objetivo, el procedimiento de camuflaje que después volverá a utilizar en el Quijote, pero empleando en esta ocasión los libros de caballerías, igualmente muy populares y tan llenos de fantasías como los religiosos.

   Tampoco deja de ser sorprendente que el marco geográfico de La Galatea  se desarrolle, fundamentalmente, en torno al triángulo Alcalá-Nápoles-Toledo,  las tres ciudades claves en la creación, desarrollo y problemática del libro de Ribadeneyra. Toda la acción está prácticamente situada en torno a Toledo y Alcalá, entre las riberas del Tajo y el Henares, sustitutas del modelo convencional de la mítica y fabulosa Arcadia y escenario real de los acontecimientos profundos: “La mitificación bucólica del Tajo-Henares, perfectamente enraizada en la tradición eclógica, es, asimismo, completamente coherente con el espacio de la realidad española que utiliza, dado que Alcalá formaba parte del patrimonio del arzobispado toledano, por lo que existía una relación muy directa entre la ciudad imperial y la urbe universitaria” [26]

   La Galatea no es, pues, la contribución de Cervantes a un género de moda, sino su primera colaboración en prosa a la lucha contra la opresión y la mentira, por eso, reducir esta obra a un mero juego literario de seudo enamorados pastores, es negarle su fuerza expresiva y su propia espiritualidad, nacida tanto del valor literario de la parodia en sí como del valor  implícito que conlleva.  Si no, ¿cómo podría convivir el autor de fragmentos tan extremadamente melifluos y criticados por Cervantes en el resto de su obra con el escritor sobrio y sereno del Quijote de 1615?  ¿cómo podría explicarse el rechazo en la Numancia a quien en tiempos de guerra se dedica al amor, si La Galatea sólo fuera un tributo a la literatura?

   La emoción de La Galatea descansa en su constante invitación a la doble lectura y en el riesgo e ingenio de la burla, de lo contrario, tanto en su época (salvo para recalcitrantes aficionados) como ahora, resultaría bastante aburrida por la abundancia de tópicos e innumerables poemas y textos de imposible comprensión.  Pero su doble sentido y su tremenda ironía suponen un juego y una alerta permanente que provoca una sonrisa constante de complicidad.  El mismo Cervantes nos lo advierte en el Viaje del Parnaso

               “Yo corté con ingenio aquel vestido
            con que al mundo la hermosa Galatea
            salió para librarse del olvido”  (L, IV, vv. 13-15)

   La Galatea, si no encerrara un doble sentido, si se limitara a ser una contribución al género, no se libraría del olvido. Cervantes utilizó el género pastoril con la misma astucia que los de caballería o la novela bizantina, como un simple pretexto, como un soporte donde reflejar con ingenio una realidad histórica que entonces debía pasar desapercibida. 

            XIX. HABLAN AMIGOS

“Cuando los jesuitas de Salamanca en 1610 (o sus escolares o el pueblo) tomaban al Quijote como <<cosa de burla y risa>>, no se elevaban ciertamente sobre el nivel de aquella sociedad;  pero ¿alguien vio más?” [27]

   Casi todas las obras de Cervantes van precedidas, según costumbre de la época, por poemas elogiosos de sus amigos.  Son homenajes al autor o al libro que encabezan, y sus contenidos suelen versar sobre esos mismos temas.

   Sin embargo, hay en algunas de esas colaboraciones con Cervantes cierta oscuridad y ambigüedad semejante a la ya conocida en sus obras y que, como se verá, parece conectar con su lenguaje cifrado.  No se trata de versos oscurecidos por razones estéticas, sino de poemas donde se repiten las claves esenciales del lenguaje críptico cervantino y otros detalles alusivos a su filosofía y su secreto.  Fundamentalmente es el conjunto lo que deja esa sensación de confabulación y camaradería.  Son poemas que acrecientan la sospecha de que Cervantes no estuvo solo y que su empresa fue admirada por un grupo de intelectuales [28] , casi todos mencionados en el Viaje del Parnaso, cuya obra, en muchas ocasiones, ha desaparecido, quizás debido al barrido silencioso realizado durante siglos por las imperecederas órdenes censoras.

   Mi intención es hacer un somero recorrido por esos escritos y señalar otro posible e  inmenso campo de trabajo. 

            1. GALATEA

   La Galatea está precedida por tres sonetos de tres autores diferentes.  Son los primeros elogios y referencias conocidos sobre Cervantes, si se exceptúa la emotiva expresión  (“amado discípulo”) de su maestro López de Hoyos.

   En el primero de estos sonetos, Luis Gálvez de Montalvo festeja la vuelta de Cervantes del cautiverio argelino y alaba “la firmeza con que mantuvo su fe entre las <<fuerzas bárbaras>> y conservó el <<alma sana>> como rasgo más destacado de la experiencia africana” [29]  

Mientra del yugo sarracino anduvo
tu cuello preso y tu cerviz domada,
y allí tu alma, al de la fe amarrada,
a más rigor, mayor firmeza tuvo,
gozóse el cielo; mas la tierra estuvo
casi viuda sin ti, y, desamparada
de nuestras musas, la real morada
tristeza, llanto, soledad mantuvo.
Pero después que diste al patrio suelo             
tu alma sana y tu garganta suelta
dentre las fuerzas bárbaras confusas,
descubre claro tu valor el cielo,
gózase el mundo en tu felice vuelta
y cobra España las perdidas musas.

      Junto al elogio del valeroso cristiano, que en sí funciona como escudo protector contra cualquier acusación herética, el soneto permite otra lectura menos evidente y cuya primera premisa aparece en el primer verso del segundo cuarteto: “gozóse el cielo”. En la lectura externa ese gozo está lógicamente referido a una supuesta satisfacción celestial por la valerosa actitud del cristiano que, aun a riesgo de su vida, no reniega de su fe.  Dicha satisfacción duró más de cuatro años, todo el tiempo que Cervantes permaneció cautivo (Mientra... anduvo... preso).

   Pero si se le otorga a “cielo” el mismo valor simbólico que Cervantes le dará algunos años después en el Quijote, el de símbolo de todo lo referido a la Iglesia, entonces la lectura sería otra, pues quien se alegra del cautiverio es esa Iglesia-Inquisición con la que Cervantes ya anteriormente debió tener problemas y que, gracias a su alejamiento de España, se había quitado de encima a un brillante opositor.  Ese sentido viene apoyado por los siguientes versos, donde se aprecia, además de la tristeza de quienes en la tierra se quedaron sin él y sin sus trabajos, una nueva y confusa alusión al cielo que en el lenguaje externo carece de sentido, pues una vez que Cervantes volvió “al patrio suelo”, ¿para qué hubo de redescubrir al cielo su valor? ¿acaso podía mostrar más del ya manifestado en el cautiverio?

   Pero en el lenguaje profundo, y reforzado por esa significativa “garganta suelta", el sentido final vuelve a conectar con los problemas eclesiásticos de Cervantes, pues la Iglesia va a descubrir con La Galatea (“descubre claro tu valor el cielo”) hasta dónde es capaz de atreverse con su escritura (“garganta suelta”) este valeroso genio que, como escritor y persona, resalta “dentre las fuerzas bárbaras confusas”, o sea, de entre la inculta y temerosa literatura oficial. 

   Evidentemente, esa lectura parece un poco forzada, y sería disparatada si el mismo Cervantes no nos hubiera ejercitado a leer entre líneas y si sus demás amigos no hubieran mantenido el mismo tono ambivalente en todas las colaboraciones.

      El segundo soneto, de Luis de Vargas Manrique, aunque es mucho más convencional y menos sugerente que el primero, da también pie a una lectura profunda, pues entre los distintos elementos que elogia de La Galatea, destaca “las historias marañadas”

Hicieron muestra en vos de su grandeza,
gran Cervantes, los dioses celestiales,
y, cual primera, dones inmortales
sin tasa os repartió naturaleza.
Jove su rayo os dio, que es la viveza
de palabras que mueven pedernales;
Dïana, en exceder a los mortales
en castidad de estilo con pureza;
Mercurio, las historias marañadas;
Marte, el fuerte vigor que el brazo os mueve;
Cupido y Venus, todos sus amores;
Apolo, las canciones concertadas;
su ciencia, las hermanas todas nueve;
y, al fin, el dios silvestre, sus pastores.

   En su contexto,  por “historias marañadas” se entiende “la organización hábil del argumento” [30] , pero el significado que da Covarrubias al vocablo “maraña” enlaza con el lenguaje profundo: “Es propiamente la seda, cuyos hilos están tan rebueltos unos con otros, que no se puede devanar. Está cifrado el nombre, porque la M sinifica la mistión y confusión, y la araña nos sinifica la mistión y confusión”

   La Galatea es una auténtica maraña donde se entrecruzan, sin posibilidad de separación, cuentos e “historias”, es decir, hechos ficticios y hechos reales, en los que se han identificado a muchos personajes de la época y tras quienes, a su vez, Cervantes ha ocultado hábilmente, ha enmarañado, el asunto de la Compañía. Vargas Manrique elogia la habilidad de Cervantes para lograr una amalgama tan compleja  sin que prácticamente  se note.

    El tercer poema, de López Maldonado, también añade en su último terceto un toque de oscuridad que permite la conexión con el lenguaje profundo

Salen del mar, y vuelven a sus senos
después de una veloz, larga carrera,
como a su madre universal primera,
los hijos della largo tiempo ajenos.
Con su partida no la hacen menos,
ni con su vuelta más soberbia y fiera,
porque tiene, quedándose ella entera,
de su humor siempre sus estanques llenos.
La mar sois vos, ¡oh Galatea estremada!,
los ríos, los loores, premio y fruto
con que ensalzáis la más ilustre vida.
Por más que deis, jamás seréis menguada,
y menos cuando os den todos tributo,
con él vendréis a veros más crescida.

   ¿Se refiere ese “den todos tributo” al momento en que la obra será leída con libertad, es decir, al momento de su publicación o a cuando sea generalmente entendida?  El último verso parece inclinarse hacia la segunda suposición, pues La Galatea crecerá enormemente en su significado cuando se comprenda realmente su ambiguo y rico contenido.

 

 

            2. CÉSAR OUDIN

    En la misma línea de escritor confabulado con Cervantes y sus códigos cifrados se encuentra César Oudin (nacido, según Sánchez Regueira, en Bassigny,  y muerto en 1625) [31] , autor, entre otras obras, de una célebre “Gramaire espagnolle”, de otro libro también de éxito titulado “Refranes o proverbios Españoles traduzidos en lengua Francesa” y de la traducción francesa del Quijote de 1605.  Fue además un prestigioso políglota que ocupó el cargo de “secretaire interprete de Sa Majesté és langues Germanique, Italienne et Espagnole et secretaire ordinaire de Monseigneur le Prince de Condé”.  Merece la pena comentar sus preliminares a la edición francesa de La Galatea

“PRELIMINARES DE LA EDICIÓN DE OUDIN DE <<LA GALATEA>>,  (PARÍS, 1611)

1

A los estudiosos y amadores de las lenguas extranjeras

Llevóme la curiosidad a España el año pasado, y movióme la misma, estando allí, a que yo buscase libros de gusto y entretenimiento, y que fuesen de mayor provecho y conformes a lo que es de mi profesión, y también para poder contentar a otros curiosos.  Ya yo sabía de algunos que otras veces habían sido traídos por acá, pero como tuviese principalmente en mi memoria a éste de La Galatea, libro ciertamente digno, en su género, de ser acogido y leído de los estudiosos de la lengua que habla, tanto por su elocuente y claro estilo como por la sutil invención y lindo entretejimiento de entrincadas aventuras y apacibles historias que contiene.  Demás de esto, por ser del autor que inventó y escribió aquel libro, no sin razón intitulado El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.  Busquélo casi por toda Castilla y aun por otras partes, sin poderlo hallar, hasta que, pasando a Portugal y llegando a una ciudad fuera de camino, llamada Évora, topé con algunos pocos ejemplares;  compré uno de ellos, más leyéndole vi que la impresión, que era de Lisboa, tenía muchas erratas, no sólo en los caracteres, pero aun faltaban algunos versos y renglones de prosa enteros.  Corregílo y remendélo lo mejor que supe;  también lo he visto en la presente impresión para que saliese un poco más limpio y correcto que antes.  Ruégoos, pues, lo recibáis con tan buena voluntad, como es la que tuve siempre de serviros hasta que y donde yo pueda.  C. Oudin”

     La lectura de esta breve introducción de Oudin provoca cierta confusión, ya que desde el principio nos muestra su gran interés por conseguir en España una obra que él debía poseer, pues la conocía bastante bien y la estimaba incluso más que sus contemporáneos españoles.  Pero además, y dada la imposibilidad de adquirirla en Castilla, dice que extendió su búsqueda hasta Portugal, donde tuvo la suerte de encontrarla, aunque con algunos defectos: “vi que la impresión, que era de Lisboa, tenía muchas erratas, no sólo en los caracteres, pero aun faltaban algunos versos y renglones de prosa enteros.  Corregílo y remendélo lo mejor que supe”

   ¿Cómo puede un admirador de obra tan compleja como La Galatea apreciar la existencia de erratas y la falta de versos y renglones enteros sin poseer  otra edición con la que compararla? ¿cuáles son esas faltas?.  Sin lugar a dudas Oudin se está refiriendo eufemísticamente a las censuras que, como después le ocurrirá al Quijote, realizó la Inquisición portuguesa sobre La Galatea, casi todas ellas, como señala López Estrada, sobre versos y fragmentos con matices religiosos. En la edición de Lisboa de 1590 se “reducen algunas partes, suprimen adjetivos, cambian palabras de sentido religioso por otras profanas, evitan los términos de hados, suerte, signo, fatalidad, hay censuras de orden moral, etc.  A este censor la obra le pareció ligeramente peligrosa, pero que, convenientemente aderezada, merecía seguir publicándose” [32]

   Parece claro que quien corrige erratas y añade “algunos versos y renglones de prosa enteros” tiene en sus manos otra edición en la que basarse, y que Oudin, para denunciar la censura sobre el libro, inventa ese subterfugio de los errores.

   Por otra parte,  esa censura minuciosa de la Galatea y el Quijote en Portugal sólo se entiende conociendo la importancia de la Compañía en ese país y la estrecha relación que mantenían con sus compañeros de España.  Si a ello se une que los jesuitas ocupaban cargos inquisitoriales en Portugal desde antes de la muerte de Loyola, puede comprenderse que la Inquisición portuguesa buscara irreligiosidad en los libros de Cervantes.

   Además de esa primera introducción, Oudin escribió para su edición francesa una segunda parte

2

Galatea a las damas francesas

Nunca me atreviera a salir de España, mi tierra para venir a este tan favorecido del cielo y tan regalado reino de Francia, porque yo sabía muy bien que entre tantas y tan hermosas damas, de las cuales él está así ricamente dotado  y adornado, no podía sino parecer algún tanto fea y de mala gracia la poca que tengo.  Ni tampoco emprendiera esta jornada por ser llena de muchas dificultades, habiendo de atravesar por tan ásperas y fragosas montañas como son las que dividen estos dos reinos, si a ello no me animara el deseo que tuve siempre de gozar algún día de la vista y presencia de tan raras y extremadas bellezas como entendí (y es la misma verdad) que las había por todas las parte de Francia.  Demás de esto, hice esta brava resolución, incitada por el consejo de un estudiante muy aficionado a mi lengua por haber gastado una buena parte de sus días en el estudio y ejercicio de ella y de otras en la real y suntuosísima ciudad, que con mucha razón se puede decir sin par, sabe y conoce por larga experiencia y por el favor que cada día recibe de infinitas y diferentes personas, y de mucha cuenta, que sin duda alguna no me había de faltar un rinconcillo desocupado adonde poderme acoger, caso que algunas mis predecesoras, quizá más claras o resplandecientes (pero no más blancas ni limpias que yo), me hubiesen ganado por la mano en haber tomado el mejor lugar y asiento en los corazones nobles;  que aunque ello sea así, yo quedaré muy contenta de estarme allí arrinconada y a un lado, como en acecho aguardando tiempo y ocasiones para acudir a las cosas que yo conoceré ser de su servicio y gusto, pasando yo y ellos algunos ratillos en buena y dulce conversación con mi compañía de gallardos pastores y hermosas pastoras;  y si acaso yo no fuera admitida en la de alguna que por ventura tuviese los gustos algo estragados, o porque fuesen cansados y hartos de tratar con las otras que me precedieron, segura estoy que no han de faltar apetitos nuevos para probar si queda algún rastro de buen sabor en mí.  Mas si en esto también fuese desgraciada, yo tengo que echar la culpa del todo al que fue causa que yo emprendiese tal viaje, pero confiada estoy que él, según entiendo, sabrá volver por mi honra por haberme él acompañado desde el reino de Portugal, adonde él me halló, hasta estas partes, pasando no sin mucho trabajo y dificultad por la mayor parte de los reinos y provincias de España.  Recíbanme, pues, las damas tal cual yo fuere, con protestación que si ellas me dieren de mano, de acogerme a sus galanes y acariciarlos de manera que a ellas les pese en el alma, el haberme denegado su acostumbrada cortesía.  Pero sosiéguense, que no haré tal, porque a esto no vine;  antes fue mi venida para servir a todas, y a los caballeros, por su amor de ellas;  y demás, para suplicarlas me tengan en su buena gracia.”

   Oudin continúa la ficción cervantina creando esta misiva de la pastora Galatea a las damas francesas, en la que les comunica su llegada a Francia, invitada por “un estudiante muy aficionado a mi lengua”, y su intención de quedarse en algún lugar donde sea acogida;  pero si no tuviera suerte y no fuera bien recibida, Galatea le echará la culpa “al que fue causa que yo emprendiese tal viaje”, es decir, al estudiante que la acompañó “desde el reino de Portugal”.  La carta, tras una velada amenaza –“acogerme a sus galanes y acariciarlos”-, termina con los acostumbrados cumplidos de cortesía.

    Parece claro que Oudin, en esa mezcla de realidad y ficción que se entrecruza entre las dos partes de la introducción, desea que se le identifique no sólo como al viajero de la primera parte, sino también como al estudiante de la segunda, pues a él se le achaca la invitación a Galatea y el haberla acompañado a Francia desde Portugal, donde Oudin había encontrado el libro. 

   En realidad esta Galatea utiliza un lenguaje tan ambiguo como la de Cervantes, llenando de dudas e incomprensión a sus lectores, que tienen también la sensación de no entender algo escrito para todos, aunque dirigido realmente a unos pocos.  Lo más sorprendente, y lo que sirve de contraseña para comprender que Oudin está al tanto del doble lenguaje del libro de Cervantes, es la aparición del vocablo “compañía” envuelto en un contexto simbólico semejante al cervantino.  

   Tras explicar que su visita a Francia se debe a la invitación de un estudiante, Galatea expresa su intención de ser acogida en Francia “con mi compañía de gallardos pastores y hermosas pastoras”.  En el lenguaje externo se está refiriendo a su deseo de que el libro sea bien recibido entre escritores y lectores, pero en el profundo está completando y dándole sentido definitivo a todo lo expuesto con anterioridad: “sin duda alguna no me había de faltar un rinconcillo desocupado adonde poderme acoger, caso que algunas mis predecesoras, quizá más claras o resplandecientes (pero no más blancas ni limpias que yo), me hubiesen ganado por la mano en haber tomado el mejor lugar y asiento en los corazones nobles”. Galatea se refiere al lugar ocupado por otras novelas pastoriles anteriores a ella (“mis predecesoras”), posibles competidoras que, al haber ganado el gusto de los lectores, difícilmente le dejarán un hueco.  Pero además de esa interpretación lógica, el paréntesis innecesario “(pero no más blancas ni limpias que yo)” inicia una serie de sugerencias dirigidas al lenguaje profundo, pues tras esa blancura y limpieza asociable al nacimiento de la Compañía como nueva orden inspirada en la pureza evangélica, aparece una expresión (“me hubiesen ganado por la mano”) muy significativa de la Vida (“Vuestra Paternidad me ha ganado por la mano”), pues recordemos que procede de la primera carta de fray Luis de Granada, con la que dominicos y jesuitas pactaban en silencio el fin de las hostilidades y el acuerdo tácito sobre el secuestro del Relato, es decir, Oudin ha señalado muy sutilmente el motivo central de la obra cervantina, y para reforzarlo añade inmediatamente el vocablo “compañía”  

   En realidad todo ese fragmento de Oudin gira en torno al asunto de la órdenes, pues la petición de Galatea para que se le abra un lugar en Francia (“no me había de faltar un rinconcillo desocupado adonde poderme acoger”) es extrapolable al deseo de la Compañía, que compite con todas las restantes órdenes en resplandor y limpieza y en su intención de asentarse en los corazones nobles (“haber tomado el mejor lugar y asiento en los corazones nobles”).  Y a continuación Oudin añade una nueva expresión (“si acaso yo no fuera admitida en la de alguna que por ventura tuviese los gustos algo estragados”) sutilmente  relacionada con el lenguaje profundo, pues nos viene a recordar el deseo de Loyola, en los primeros momento de su peregrinación, de ingresar en la orden religiosa más sufrida

“Y  cuando le  venían  pensamientos de entrar en religión,  luego  le venía deseo  de entrar en una estragada y poco reformada,  habiendo  de entrar  en religión, para poder más padescer en ella” (R, 71)

   Hay un sentido profundo muy semejante entre las palabras de Galatea y las del Relato, pues Loyola, aunque no llegó a profesar en una orden estragada, sí fundó otra cuya intención era ser tan sacrificada como la que más, de ahí ese “buen sabor” referido por Galatea.

    La complicidad de Oudin queda además ratificada por la imitación de otros detalles del vocabulario cervantino en relación con la Compañía, como “profesión”, “ejercicio”, “provincias”, “dar de mano” o “ásperas y fragosas montañas” [33] , una expresión muy especial y que nos recuerda la famosa isla del Moro en el capítulo de la Vida dedicado a FJ, y a su vez nos informa del grado de conocimiento sobre la obra y las claves cervantinas que poseía Oudin, precisamente traductor de la Primera Parte del Quijote.

   La oscuridad del lenguaje de Oudin, bastante influenciado por el de Cervantes,   está claro que es intencionada ya que, como en España, tampoco en Francia se podía hablar libremente por temor a la misma Inquisición. Por eso Oudin se toma la libertad de recrearse en el personaje de Galatea, para demostrar que estaba al tanto de la historia profunda y conchabado con Cervantes y con su oposición al totalitarismo eclesiástico. 

   La influencia del lenguaje cervantino en Oudin es patente, y también su dominio del castellano, lo que hace comprensible que pudiera conocer los entresijos de La Galatea y el Quijote, pues sus elogiosas palabras (“libro ciertamente digno, en su género, de ser acogido y leído de los estudiosos de la lengua que habla, tanto por su elocuente y claro estilo como por la sutil invención y lindo entretejimiento de entrincadas aventuras y apacibles historias”) son las de un hombre culto que está alabando no el gusto pastoril que, sin trasfondo, convertiría la novela en una bostezante obra de estilo, sino la gracia e inteligencia que transmite el continuo trasvase a los diversos estratos compositivos, desde la provocación reivindicativa hasta la burla indignante con el estilo ñoño y melifluo del amoroso pastoreo. Se nota la intencionalidad de Oudin cuando dice “no sin razón intitulado El ingenioso”, pues está resaltando el ingenio de Cervantes  a la hora de construir una historia de tanta dificultad y tan bien trenzada en su doble lectura. 

   En definitiva, César Oudin [34] , se revela con esa pequeña introducción a la Galatea como  un profundo conocedor y admirador de la obra de Cervantes, al que considera un hombre enormemente “ingenioso” y al que debió dedicar, como traductor del Quijote y estudioso de su obra, gran parte de su vida.  Es incluso probable que llegara a conocerlo y formara parte de ese grupo de admiradores franceses de los que el Licenciado Márquez Torres hablaba en su aprobación del Quijote de 1615

“Certifico con verdad que en veinte y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y tocando acaso en este que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que así en Francia como en los reinos sus confinantes se tenían sus obras: La Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria, la primera parte desta y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: ''¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?''.  Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento, y con mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo''

   Al margen de que esta aprobación sea o no del propio Cervantes [35] , su autoría corresponde a quien la firma, lógicamente acorde con todo cuanto se dice.  ¿No es probablemente Oudin  uno de esos admiradores franceses que tiene La Galatea “casi de memoria”?

            3. NOVELAS EJEMPLARES

    Una de las cuatro aprobaciones de las Novelas ejemplares está escrita por Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo, “escritor madrileño (1581-1635) de apicarada vida, entremesista, comediógrafo y novelista, siendo su obra capital la novela La hija de Celestina (1612).  Fue muy amigo de Cervantes, quien dice de él en el Viaje del Parnaso, cap. II, vv. 97-99:  <<Este sí que podrás tener en aprecio, / que es Alonso de Salas Barbadillo, / a quien me inclino y sin medida aprecio>>” [36] .  En dicha aprobación, Salas Barbadillo no sólo cumple con su obligación burocrática, sino que además deja entrever su conocimiento del lenguaje críptico cervantino y la sospecha de una sutil colaboración.

APROBACIÓN

Por comisión de los señores del Supremo Consejo de Aragón, vi un libro intitulado Novelas ejemplares, de honestísimo entretenimiento, su autor Miguel de Cervantes Saavedra, y no sólo no hallo en él cosa escrita en ofensa de la religión cristiana y perjuicio de las buenas costumbres, antes bien confirma el dueño desta obra la justa estimación que en España y fuera della se hace de su claro ingenio, singular en la invención y copioso en el lenguaje, que con lo uno y lo otro enseña y admira, dejando desta vez concluidos con la abundancia de sus palabras a los que, siendo émulos de la lengua española, la culpan de corta y niegan su fertilidad; y así, se debe imprimir: tal es mi parecer. En Madrid, a treinta y uno de julio de mil y seiscientos y trece.
Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo.

    Además de calificar la obra como respetuosa con la religión cristiana y las buenas costumbres, como corresponde a cualquier censura eclesiástica, Salas Barbadillo introduce al final de su aprobación unas opiniones sobre la obra cervantina totalmente ajenas a su cometido, defendiendo la calidad literaria de esas obras y la validez del castellano como instrumento perfecto para quien posee ingenio al utilizarlo,  a la vez que ataca a quienes culpan a nuestra lengua de corta y estéril.  Una acusación claramente asociable con la opinión, ya conocida [37] , de Ribadeneyra, que acusa al castellano de poco fértil, y por tanto corto, pues necesita de muchas palabras para decir lo mismo que el latín con pocas. 

   Encontramos, pues, en la aprobación un claro elogio a Cervantes y un posible reproche a Ribadeneyra, según queda ratificado por otra señal que al final del texto  nos comunica que Salas Barbadillo estaba al tanto de la relación entre las Novelas ejemplares y la Compañía.  Me refiero a la fecha (“En Madrid, a treinta y uno de julio de mil y seiscientos y trece”) de la aprobación, a su coincidencia con el día de la muerte de Loyola.

   Pero ¿podría deberse todo  a una casualidad? Difícilmente, pues resulta que entre las otras tres aprobaciones con las que apareció el libro y la de Salas Barbadillo existe prácticamente un año completo

-Fr. Juan Bautista: 9 de julio de 1612.
-Doctor Cetina:  9 de julio de 1612
-Fray Diego de Hortigosa:  8 de agosto de 1612
-Salas Barbadillo: 31 de julio de 1613

   Suponiendo que a los cuatro autores se les entregaran las Novelas ejemplares en la misma fecha, ¿es lógico ese año de diferencia?  ¿no es sorprendente que Salas Barbadillo, literato de fama poco ortodoxa y declarado amigo de Cervantes, haya tardado un año más y que, además, haya escogido la fecha en la que se celebra la onomástica de Loyola y que, como ya se ha visto, Cervantes eligió para la muerte de don Quijote?   

   En mi opinión, nos encontramos de nuevo con el gesto del amigo que demuestra su apoyo a Cervantes con una sutileza semejante a las  utilizadas por él en el lenguaje profundo.

   También algunos poemas de los amigos de Cervantes, colocados en los preliminares de las Novelas ejemplares, se caracterizan por su ambigüedad y por recurrir a las claves esenciales (peregrino y compañía) del lenguaje profundo. 

   El primero es el soneto “Del Marqués de Alcañices [38] a Miguel de Cervantes”

Si en el moral ejemplo y dulce aviso,
Cervantes, de la diestra grave lira,
en docta frasis el concepto mira
el lector retratado un paraíso;
   mira mejor que con el arte quiso
vuestro ingenio sacar de la mentira
la verdad, cuya llama sólo aspira
a lo que es voluntario hacer preciso.
   Al asunto ofrecidas las memorias
dedica el tiempo, que en tan breve suma
caben todos sucintos los estremos;
   y es noble calidad de vuestras glorias,
que el uno se le deba a vuestra pluma,
y el otro a las grandezas del de Lemos.

   En el primer cuarteto, Alcañices, de forma confusa y enrevesada, según exige la ocasión, advierte que el lector encontrará en las Novelas ejemplares “retratado un paraíso”.  Para ello será necesario mirar, escrutar el “concepto” o contenido de la “docta frasis”, o sea, de la compleja escritura.

   En el segundo cuarteto, y dado el cariz ensayístico y combativo que aparentemente no tienen las novelas, sobresale la expresión “sacar de la mentira la verdad”, algo inexplicable dentro de las novelas si no se las relaciona con el asunto de la Compañía, pues parodiando las “mentiras” de la Vida, Cervantes reconstruye la verdad.

   Esa misma idea sobre la verdad como objetivo esencial de las novelas predomina en el primer terceto, pues en ellas todo está dirigido hacia el “asunto” y podrá encontrarse respuesta a los extremos de esta historia.

   El último terceto concluye que esta compleja, noble y culta empresa ha sido posible gracias no sólo al ingenio de Cervantes (“vuestra pluma”) sino “a las grandezas del de Lemos”, verso ambiguo de donde puede deducirse que la vida de Cervantes, y por lo tanto su obra, ha sido posible gracias a la protección económica, y sobre todo física, proporcionada por el conde ante el acoso de la Compañía-Inquisición.

   El segundo poema preliminar es “De Fernando Bermúdez y Carvajal [39] camarero del duque de Sessa, a Miguel de Cervantes”, y se inicia con una exaltación del laberinto de Creta

            Hizo la memoria clara
de aquel Dédalo ingenioso,
el laberinto famoso,
obra peregrina y rara;
mas si tu nombre alcanzara
Creta en su monstro cruel,
le diera al bronce y pincel,
cuando, en términos distintos,
viera en doce laberintos
mayor ingenio que en él;
   y si la naturaleza,
en la mucha variedad
enseña mayor beldad,
más artificio y belleza,
celebre con más presteza,
Cervantes, raro y sutil,
aqueste florido abril,
cuya variedad admira
la fama veloz, que mira
en él variedades mil.

   ¿Qué sentido, sino el referido a la complejidad del lenguaje profundo, puede tener comparar a Cervantes con el “ingenioso” Dédalo y a cada una de las Novelas ejemplares (“doce laberintos”) con su famoso laberinto?  Hay una clara alusión al Quijote (“ingenioso”) y otra a las novelas, y en ambos casos porque, como dice Covarrubias, “Qualquiera cosa que en sí es proliza, intrincada y de muchas entradas y salidas, solemos dezir que es un laborintio”.  Esa casi evidente relación con el lenguaje profundo está, además, corroborada por la calificación de “obra peregrina y rara”, con lo que Bermúdez y Carvajal recurre a la clave más reveladora, junto a compañía, del lenguaje cifrado.  En el resto del poema se compara el arte de Cervantes con la naturaleza, capaz de mostrarnos un máximo de artificio y belleza comparable al logrado por el ingenio “raro y sutil” de Cervantes, desconocido y de una agudeza extraordinaria, con lo que de nuevo viene a referirse a la capacidad cervantina para dotar al lenguaje de una variedad de recursos fascinantes.  Raro es, pues, por desconocido, y sutil por esa capacidad de ocultar su juego, creado de forma tan inteligente y encubierta.  El poema concluye con la admiración hacia el talento de Cervantes para hacer variaciones sobre un mismo tema, o sea, para crear su variada y genial obra partiendo siempre de un mismo punto de apoyo.

   El otro es un soneto “De Juan de Solís Mejía [40] Gentilhombre cortesano, a los lectores”

¡Oh tú, que aquestas fábulas leíste:
si lo secreto dellas contemplaste,
verás que son de la verdad engaste,
que por tu gusto tal disfraz se viste!
   Bien, Cervantes insigne, conociste
la humana inclinación, cuando mezclaste
lo dulce con lo honesto, y lo templaste
tan bien que plato al cuerpo y alma hiciste.
   Rica y pomposa vas, filosofía;
ya, dotrina moral, con este traje
no habrá quien de ti burle o te desprecie.
   Si agora te faltare compañía,
jamás esperes del mortal linaje
que tu virtud y tus grandezas precie.

   Es quizás el más revelador, el más descarado en su forma de intrigar y sugerir sobre la ambigüedad de la escritura cervantina.

   En el primer cuarteto se dirige al lector, como ya conocedor de las novelas (“¡Oh tú, que aquestas fábulas leíste”), para advertirle sobre la necesidad de comprender “lo secreto” que encierran, definido en los dos versos siguientes como una verdad disfrazada.  Para ello utiliza el verbo engastar que, de forma generalizada, es muy preciso a la hora de definir todo el conjunto de la obra cervantina, dentro de la cual se haya encajada una verdad o denuncia oculta que, como piedra preciosa, brilla o resalta sobre la totalidad, por eso dice que ese disfraz es, a fin de cuentas, un placer para quienes disfrutan de la última lectura o de la piedra preciosa engastada en cada bella novela.

   En el segundo cuarteto, evocando a Cervantes, se exalta su habilidad para mezclar “lo dulce con lo honesto”, o sea, su capacidad para aunar  las lecturas agradables y sabrosas de cada una de las novelas con la honestidad de quien, a riesgo de su vida, se atreve a cumplir con su obligación de denunciar la mentira, dando una lección de ética y honestidad, definida como un plato o manjar para el cuerpo (novelas) y para el alma (ética).

   En esa misma línea de exaltación de los valores filosóficos y morales de las novelas se desarrolla el primer terceto, donde se pondera su riqueza interna y su elegancia externa, es decir, su belleza y compromiso. ¿Quién se burlará de esas novelas impecables por dentro y por fuera?

   Si a tanta perfección le falta apoyo (“compañía”), concluye el segundo terceto, nunca lo esperes de la especie humana.  Es una última forma de exaltación de la calidad de las novelas y del posible rechazo público, pero todo con el propósito fundamental de incluir el referente clave, el guiño con el que Juan de Solís viene a confirmarnos su conocimiento del lenguaje profundo y también, como  se dijo anteriormente, el aviso de que las Novelas ejemplares siguen en la misma línea paródica ya conocida, pues cada una de ellas es una variación, una parodia sobre algún asunto de la Compañía, desde La Gitanilla, con su grupo de gitanos totalmente unidos y organizados como una perfecta Compañía, con su iniciación, noviciado, etc., hasta el Coloquio de los perros, quizás la más abundante en referentes directos a la Vida y en alusiones a la Compañía, mencionada directa e indirectamente en una clara referencia a Loyola, y donde Cervantes, a pesar de su crítica exacerbada contra la orden, deja claro su respeto hacia el fundador

CIPIÓN.-  Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le perdones, pues te he perdonado tantos;  echemos pelillos a la mar, como dicen los muchachos, y no murmuremos de aquí adelante;  y sigue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesús.
BERGANZA.- A Él me encomiendo en todo acontecimiento;  y aunque el dejar de murmurar”...

   La crítica ha eludido comentar esa última frase a pesar de la clara problemática que presenta, pues Berganza,  aunque con ese pronombre personal en mayúsculas “Ël” parece referirse a Jesús, a quien realmente evoca es a  Ignacio de Loyola como máximo representante de la Compañía de Jesús que Cipión acaba de mencionar previamente.  Berganza lo ha dicho casi como una invocación, pero con ella parece matizar la buena opinión de Cervantes respecto a la persona de Loyola y su rechazo a la evolución de la Compañía, reprobada durante toda la novela y, especialmente, a partir de esa invocación, pues toda la irónica conversación entre los dos perros es una pura chanza a los métodos educativos y a la aireada cultura de los miembros de la orden.

   Si Cervantes, valiéndose del género pastoril o caballeresco parodiaba la Vida en La Galatea o en el Quijote, en el Coloquio sigue con el mismo propósito, pero recurriendo al género tradicional del diálogo y al artificio de los perros.

   Un par de fragmentos más adelante del reproducido con anterioridad, Berganza cuenta a su compañero cómo, gracias a su habilidad para llevar libros en la boca, se hizo estudiante

   BERGANZA.- [...] mis amos, que me vieron venir con el vademecum en la boca, asido sutilmente de las cintas, mandaro a un paje me le quitase;  mas yo no lo consentí ni le solté hasta que entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los estudiantes.  Lleguéme al mayor de mis amos, y, a mi parecer, con mucha crianza se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas a la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra leía.  No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tampoco, o nada, de ella, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que justamente con las letras le mostraban.  Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados.
   CIPIÓN.- Muy bien dice, Berganza;  porque yo he oído decir de esa bendita gente que para repúblicos del mundo no los hay tan prudente en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan.  Son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia, y, finalmente, la humildad profunda, basa sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.”

   La gracia de la escena, inspirada en la destreza de los perros para transportar objetos en la boca, tiene como objetivo ocultar o desdibujar la tremenda burla que, sobre los métodos propagandísticos de la Vida, aparece a continuación.  Es tal la picardía y la mofa de Cervantes en estos fragmentos claramente referidos a la Compañía, que sorprende el silencio existente en torno a ellos, pues son una prueba irrefutable, en contra de lo que suele argumentarse,  de la nefasta opinión de Cervantes respecto a los colegios de la orden, también claramente aludidos en la dedicatoria al conde Lemos del Quijote de 1615 [41] .

      En primer lugar, el perro entra en el aula con su libro en la boca, tan amedrantado y cohibido como suele entrar por primera vez un niño en un aula llena de estudiantes desconocidos que se burlan de él (“entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los estudiantes”).  Y, a partir de ahí, entre zalamero y socarrón, el perro va describiendo las virtudes que, según Ribadeneyra, poseen los maestros-jesuitas de los colegios de la Compañía.  Todo en respuesta paródica a los últimos capítulos del libro tercero de la Vida, dedicado a la propaganda sobre la enseñanza en dichos colegios.  La mayor parte de esa parodia se concentra en el siguiente fragmento (Vida III, XXIV), donde se encuentran prácticamente (como puede verse por el contenido y las negritas) todos los conceptos expuestos por Berganza

“Y siendo esto (como es) verdad, juzgó Ignacio, que para atajar este fuego, y tener la casa que no se nos caiga encima, es necesario reformar las vidas, y enmendar las costumbres, y que para esto no hay ningún medio, ni más fácil, ni más eficaz, que criar los niños en el temor santo de Dios, y enseñarlos a ser Cristianos desde su tierna edad, para que mamando con la leche la virtud, crezcan con ella, y siendo ya hombres y grandes, ejerciten lo que siendo niños y pequeños aprendieron.  [...] Preguntará por ventura alguno, ¿qué es la causa que en los Colegios de la Compañía se hace este fruto tan grande que hemos dicho, y más aventajado que en los otros Colegios y escuelas de los seglares, pues hay también entre ellos muchos virtuosos, doctos, cuidadosos y diligentes en su oficio?  A esto respondo, que la causa principal es la asistencia y favor de Dios, por quien la Compañía lo hace, y después los buenos medios que para ello se toman.  Porque para que crezcan los discípulos en la virtud, se usa de los medios con que la misma virtud se engendra, acrecienta, y se conserva.  Estos son, procurar que se muestren los niños a hacer oración por la mañana, para pedir a Dios gracia de no ofenderle, y por la noche, para examinar la propia conciencia, y pedir perdón de las culpas en que hubiesen caído en aquel día;  que oigan Misa cada día con atención y devoción,  que se confiesen a menudo, y comulguen si tienen edad y disposición para ello, más o menos, según su devoción, y el parecer de su Confesor.  El enseñarles la doctrina Cristiana, y hacerles pláticas sobre ella, declarándoles los misterios de nuestra santa Fee, y moviéndolos y exhortándolos a todo lo bueno.  El tener gran cuenta con saber los siniestros que tienen, y amonestarlos, y castigar los vicios y travesuras que hacen, y más las que son propias y casi connaturales a aquella edad,  poniendo para esto sus Síndicos, y Decuriones, que tengan particular cuenta con los de su Decuría.  El honrar y adelantar más los que se esmeran más en la virtud, poniéndolos por ejemplo y dechado de los otros,  haciendo para ello congregaciones y cofradías, en las cuales no se reciben sino los más virtuosos, y esto con mucho examen, y en ellas se trate de todo recogimiento, y se animen los unos a los otros, con el ejemplo, a todas las cosas de virtud.  Y con los oficios y cargos que se les dan, y con las leyes y reglas que se les ponen, se ensayan para lo que después han de hacer, y comienzan desde luego a ser como hombres de República.  El no leer libro ninguno por elegante y docto que sea, que trate de amores deshonestos, ni de liviandades, ni que tenga cosa que pueda inficionar la puridad de los niños, ni quitalles la flor y hermosura de sus limpias ánimas.  Que de leerse estos libros, se engendran en los ánimos tiernos y blandos vanas y torpes aficiones, y heridos dellas, vienen a desear y buscar lo que antes no sabían.  Y por esto todos los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud.  Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar.  Con estos medios, y con el buen ejemplo que dan los maestros, que por ser Religiosos están más obligados a ello, se sigue tanto fruto en las costumbres.  Y no es menor el de las letras, y así se vee que verdaderamente se aprende y aprovecha más en estos Colegios en breve tiempo, que en otros en mucho, y esto, por la manera, y por el cuidado que se tiene de enseñar.  Porque en otras escuelas un mismo maestro tiene diferentes órdenes de discípulos, menores, medianos, y mayores,  y queriendo acudir a todos, no puede bien cumplir con lo que cada orden por sí ha menester.  Mas la Compañía tiene los discípulos distintos, y apartados en sus clases, y para cada una dellas su particular y señalado Maestro.  Porque aunque es verdad que en unos Colegios hay más maestros que en otros, y que en unos se leen las ciencias mayores, y en otros no, y en algunos todas, y en otros algunas, conforme a la posibilidad de cada Colegio (como queda dicho) pero comúnmente hay tres maestros de Gramática por lo menos, y otro sobresaliente que los relieve, y en otros se ponen cinco, y en otros más.   Y porque lo que se hace, se hace por puro amor de Dios, y dél se espera el galardón, se busca con toda diligencia varios modos de despertar y animar los estudiantes al estudio, y se usan nuevos ejercicios de letras, y nuevas maneras de conferencias y disputas, y de premios que se dan a sus tiempos a los que se aventajan y hacen raya entre los demás.  Los cuales, y el puntillo de la honra, y la competencia que se pone entre los iguales, y la preeminencia de los asientos y títulos que les dan cuando los merecen, son grande espuela y motivo para incitar e inflamar a los estudiantes, y hacerles correr en la carrera de la virtud.  Porque así como la pena y afrenta son freno para detener al hombre en el mal, así la honra y el premio da grandes alientos para cualquiera obra virtuosa.  Y no sin razón dijo el otro, que la virtud alabada crece, y la gloria es espuela que hace aguijar.  Y Quintiliano enseña de cuanto provecho sea esto, y más en los niños que se mueven por el afecto natural, que en ellos es poderoso y los señorea, más que no por la razón que aún está flaca y sin fuerzas.  Y aunque la ambición y el apetito desordenado de honra en sí es vicio, pero muchas veces (como dice el mismo autor) es medio para alcanzar la virtud. [...] Plutarco Filósofo prudentísimo y maestro de Trajano Emperador, dice otro tanto, y escribió un libro entero de la manera con que se han de criar los hijos.  En el cual es cosa de ver, cuánto encarece este negocio, y dice que es la fuente y la raíz de todos lo bienes, y que en él consiste el principio, medio, y fin del buen gobierno:  y que ninguna de las cosas humanas, como son riquezas, nobleza, honra, hermosura, salud y fuerzas, deberían los hombres estimar en tanto, como la buena crianza de sus hijos.  Y dice más, que no merecen el nombre de Padres, los que ponen más cuidado en ganar y allegar hacienda, que en hacer buenos a sus hijos:  a los cuales le han de dejar.  Y que esto es tener mucho cuidado del calzado, y no tener ninguno del pie que le ha de calzar.  Y que es cosa de risa, ver lo que se reprehende el hijo, cuando come con la mano izquierda, y la poca cuenta que se tiene, que no sea siniestro y torcido en sus costumbres.  Y añade que lo que más hace al caso, y lo que es más principal en este negocio, es que se busquen para los hijos maestros, cuya vida no esté amancillada con vicios, cuyas costumbres sean irreprehensibles, y de cuya aprobada virtud, se tenga mucha noticia y experiencia” (Vida III, XXIV)

   Bajo la apariencia de ese perro filósofo y humilde (“No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tampoco, o nada, de ella”), Berganza esconde al irónico Cervantes burlándose de la falsa humildad y dulzura de quienes pretenden hacerse pasar  por buenos educadores y defensores de unos niños, enderezados a base de riñas y castigos, que, satíricamente, aparecen mencionados con los calificativos edulcorantes usados por Ribadeneyra en sus propagandísticos capítulos.  En ambos casos se alaba la enseñanza de los niños, la virtud de sus maestros, el esfuerzo para bien encaminarlos (“que no sea siniestro y torcido en sus costumbres” / “no torciesen ni tomasen mal siniestro”) o las formas de estímulo (“se busca con toda diligencia varios modos de despertar y animar los estudiantes al estudio, y se usan nuevos ejercicios de letras, y nuevas maneras de conferencias y disputas, y de premios que se dan a sus tiempos a los que se aventajan y hacen raya entre los demás” / “los animaban con ejemplos, los incitaban con premios”)

   Pero donde la parodia se hace totalmente evidente es en las últimas apreciaciones de Berganza: “finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados”, prácticamente las mismas repetidas en la Vida en varias ocasiones

Nosotros (dice) algunas veces hablamos de la dignidad y excelencia de la virtud, y otras de la fealdad y torpeza de los vicios, procurando traer a los que nos oyen a lo bueno, y apartarlos cuanto podemos de lo malo. [...] Allí donde estaba preso no dejaba sus ejercicios acostumbrados, ni de hablar con libertad, ensalzando la virtud y reprehendiendo los vicios y despertando los corazones de los hombres al menosprecio del mundo.” (Vida I, XV)
“Y habiéndose congregado gran muchedumbre de gente, les predican de la fealdad de los vicios, de la hermosura de las virtudes, del aborrecimierito del pecado, del menosprecio del mundo, de la inmensa grandeza de aquel amor inestimable con que Dios nos ama, y de las demás cosas que se les ofrecían, a fin de sacar a los hombres del cautiverio de Satanás” (Vida II, X)

   La respuesta de Cipión a su compañero no parece menos satírica, pues Cervantes se burla de las promesas celestiales y de todas las afectadas gentilezas con  que Ribadeneyra trata de convencer a los padres para que depositen en ellos la confianza para educar a sus hijos. 

   En general todo este fragmento, como el resto de la obra, es pura mojiganga, pues los sarcásticos perros lo único que hacen es imitar, con sus mismas palabras, lo que Ribadeneyra dice de su propia orden.

   Hay, por último, en esos fragmentos otra expresión (“mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra leía”) ya jocosamente imitada por Cervantes

“No dejaré de decir cómo el mismo día que salieron de París, maravillados algunos de ver el nuevo traje, el número y el modo de caminar de estos nuestros primeros padres, preguntaron a un labrador (que de hito en hito los estaba mirando), si sabía qué gente era aquella y el rústico, movido no sé con qué espíritu, respondió en francés: Monsieurs réformateurs, ils vont réformer quelque pais ». Que es como decir: « Son los señores reformadores, que van a reformar  algún país »” (Vida, II, VII)

   La anécdota deja entrever que el campesino tuvo una especie de revelación (“movido no sé con qué espíritu”), una clarividencia que le hizo comprender la capacidad de ese grupo para reformar todo un país.  Pero Cervantes lo ve de otra manera, y lo pone en boca de Berganza con la misma malicia o cachondeo con que tal vez lo dijera el campesino, sorprendido ante ese grupo de jóvenes rigurosamente vestidos de negro y predicando por los campos.

    Las Novelas ejemplares parecen, pues, cortadas del mismo paño que el Quijote, y el mismo Cervantes lo advierte en el prólogo

“será  forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será  
  para decir verdades, que, dichas por señas, suelen ser entendidas” 
                                                  (Novelas ejemplares, Prólogo al lector)
“Sólo esto quiero que consideres, que, pues yo he tenido osadía de dirigir estas novelas al gran Conde de Lemos, algún misterio tienen escondido que las levanta.
   No más, sino que Dios te guarde y a mí me dé paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados. Vale. (Novelas ejemplares, Prólogo al lector)

   Además de esa advertencia sobre la necesidad de decir la verdad por señas, lo más llamativo es la referencia a los eclesiásticos y adyacentes como “sotiles y almidonados”, calificativos muy parecidos a los que vuelven a repetirse en el Viaje del Parnaso.

   Los mismos jesuitas han reconocido la posibilidad irónica o burlesca [42] del famoso fragmento del Coloquio, e incluso la relación existente con otros textos importantes de la Compañía

“La primera parte del elogio, puesto en boca de Berganza, concluye con esta frase:  consiguiesen el fin para que fueron criados.  La expresión no pasará inadvertida para cualquier familiarizado con los escritos ignacianos.  Efectivamente, en sus Ejercicios espirituales y como pieza característica y en cierto modo emblemática –aunque en realidad sólo sea el pórtico del librito-, destaca la titulada <<Principio y fundamento>>, que comienza:  <<El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios...>>, y concluye precisamente con este epifonema:  <<solamente deseando y eligiendo lo que más conduce para el fin que somos criados>>.  La coincidencia no parece casual, aunque la idea pertenezca evidentemente al fondo común cristiano;  y la posición conclusiva del epifonema hace más evidente la dependencia literaria” [43]

 

 

            4. PERSILES

   También la obra póstuma de Cervantes está encabezada por dos poemas de supuestos amigos.  El primero pertenece a  Francisco de Urbina [44]

A MIGUEL DE CERVANTES, INSIGNE Y CRISTIANO INGENIO DE NUESTROS TIEMPOS, A QUIEN LLEVARON LOS TERCEROS DE SAN FRANCISCO A ENTERRAR CON LA CARA DESCUBIERTA, COMO A TERCERO QUE ERA

EPITAFIO

                                                  Caminante, el peregrino
                                               Cervantes aquí se encierra;
                                               su cuerpo cubre la tierra,
                                               no su nombre, que es divino.
                                               En fin, hizo su camino;
                                               pero su fama no es muerta,
                                               ni sus obras, prenda cierta
                                               de que pudo a la partida,
                                               desde ésta a la eterna vida,
                                               ir la cara descubierta.

    Este epitafio abre el emocionante bloque de sentimientos que precede al Persiles.  Su autor nos sitúa figuradamente ante la misma tumba de Cervantes (“aquí se encierra”), pero también ante el inicio de la obra, testamento y última presencia de su autor, para anunciarnos que está vivo entre esas páginas que lo harán eterno.

   El quinto verso, tras una estoica reflexión sobre la muerte, da paso a una nueva y sutil valoración de la vida y obra cervantina pues, en primer lugar, se refiere a su fama como persona y, a continuación, a su obra, prenda o testigo que avala el meritorio privilegio de pasar de la vida a la muerte con la cara descubierta,  una clara referencia a la tradición de la orden de los Terceros, en la que Cervantes había profesado pocos días antes de su muerte, de enterrar a sus miembros con la cara descubierta, según se indica en el epígrafe de este epitafio.

   Pero Francisco de Urbina mantiene un doble juego con ese privilegio, pues en los últimos cuatro versos da a entender que son la obras de Cervantes las que justifican esa singular forma de enterramiento, y que ir con “la cara descubierta”  es privilegio de quien en vida actuó siempre conforme a sus principios, sin claudicaciones, dando la cara, como lo demuestran sus obras.

   No sólo se está ponderando el valor artístico, sino el coraje de Cervantes, denominado el peregrino por similitud con el peregrino protagonista del Persiles y, a su vez, con la vida ejemplar del primer Loyola, de ahí que ese “divino” no sea un tópico literario, sino una palabra cargada de todo su contenido de culto al luchador infatigable, al defensor de los valores del cristianismo apostólico, al humanista que predica la igualdad y la libertad de los hombres tal como hiciera Cristo.  Por eso en el epígrafe del epitafio, y en el del siguiente poema, se le llama “cristiano de nuestros tiempos”, dándole a la palabra el sentido apostólico del evangelio primitivo traducido a nuestros días, es decir, quien como Cristo arriesga su vida por la verdad.

    El segundo poema es un soneto de Luis Francisco Calderón [45] , en el que ya en el epígrafe, también se señala la condición de cristiano ingenioso de Cervantes

AL SEPULCRO DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA,

INGENIOSO CRISTIANO.

            En este, ¡oh caminante!, mármol breve,
urna funesta, si no excelsa pira,
cenizas de un ingenio santas mira,
que olvido y tiempo a despreciar se atreve.
   No tantas en su orilla arenas mueve
glorioso el Tajo, cuantas hoy admira
lenguas la suya, por quien grata aspira
a el lauro España que a su nombre debe.
   Lucientes de sus libros gracias fueron,
con dulce suspensión, su estilo grave,
religiosa invención, moral decoro.
   A cuyo ingenio los de España dieron
la sólida opinión que el mundo sabe,
y a el cuerpo, ofrenda de perpetuo lloro.

   Menos emotivo que el epitafio, en este poema se deja constancia, de forma más ocasional y tópica, de admiración por la vida y la obra cervantina.  No obstante, sorprende que este Luis Francisco, siendo clérigo presbítero, llame santas a las cenizas de Cervantes, y a su obra “religiosa invención”, pues con lo primero se viene a decir algo muy semejante a lo ya visto en el epitafio, o sea,  que se santifican las cenizas porque su vida debió ser un ejemplo de honestidad, ética y valentía, una nueva forma de santidad muy acorde con la idealizada por el erasmismo.  Igual de sorprendente es llamar a la obra “religiosa invención”, salvo que de nuevo se esté refiriendo al lenguaje profundo y al compromiso ético que encierra.  También es significativo que en su tópica referencia a las arenas haya recurrido al Tajo, cuyo valor simbólico como referente a la obra de Ribadeneyra ya ha sido ampliamente comentado.

   Es igualmente significativo que en los dos poemas se especifique el cristianismo y no el catolicismo de Cervantes, tal vez para desmarcarse de quienes desde la ortodoxia católica se pretenden los únicos cristianos. 

   En general esta profunda admiración hacia el valor y la obra de Cervantes son el pago y reconocimiento a su infatigable lucha por la libertad, pues también el Persiles es tan combativo como el resto de su obra.  Pondré como ejemplo de esa constancia la referencia a Ribadeneyra, símbolo de la represión, hecha en el prólogo, probablemente uno de los últimos escritos de Cervantes, donde vuelve a  repetir su esperanza de poder comunicar en el futuro lo que ahora calla por conveniencia 

“Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que se convenía.  ¡Adiós, gracias;  adiós, donaires;  adiós, regocijados amigos;  que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”

   En tan visionaria y cálida despedida, Cervantes, sin bajar la guardia, sigue esperanzado, y vaticina un tiempo donde podrá decir lo que le falta.  ¿Se refiere a nuevos escritos?  Evidentemente no, pues inmediatamente se despide de la vida y, por  tanto, de la escritura.  ¿Dónde se apoya, pues, su esperanza?  En lo ya escrito, y en la posibilidad de que algún día pueda desvelarse su contenido total, es decir, la denuncia de la mentira que hubiera sido conveniente escribir en su momento y que deberá esperar hasta tiempos mejores.  El tono de esperanza, de victoria final contra la censura y la opresión sólo se ve nublado por ese incierto “quizá” que lo pone levemente en duda.

   El resto de la despedida es también optimista e irónico, pues en ella vuelve a utilizar la Vida como contrapunto de su concepto sobre la existencia

 “Pues, estando ya con estos propósitos y deseos, y andando como con dolores de su gozoso parto su hermano mayor y la gente de su casa fácilmente vinieron a entender que estaba tocado de Dios  y que no era el que solía ser, porque, aunque él descubría a nadie el secreto de su corazón ni hablaba con la lengua, pero hablaba con su rostro, y con el semblante demudado y muy ajeno del que solía. Especialmente viéndole en continua oración y lección, y en diferentes ejercicios que los pasados, porque no le gustaba ya de gracias ni donaires, sino que sus palabras eran graves y medidas, y de cosas espirituales y de mucho peso, y se ocupaba buenos ratos en escribir” (Vida I, II).

   El contraste entre los dos fragmentos podría servir como resumen final de las posturas mantenidas por Ribadeneyra y Cervantes durante tantos años de enfrentamiento.  Mientras uno moraliza fríamente sobre la gravedad de la vida, comentando como un logro las renuncias del todavía joven Loyola a gracias y donaires, Cervantes, sereno ante la muerte inminente, sólo renuncia a ellas, y con humor, porque la vida se le acaba. A la triste seriedad de los religiosos impuesta como signo de vida se opone  la dulce alegría de vivir, según él mismo sintetiza en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “no siempre se está en los templos;  no siempre se ocupan los oratorios;  no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean.  Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse”

 

 

            5.  OTROS

   Entre las muchas sorpresas que depara el estudio del Quijote, una de las más llamativas es el silencio y la falta de estudio de tres libros citados en él, alguno incluso en dos ocasiones.  Me refiero a “Desengaño de celos” (Madrid 1586), de Bartolomé López de Enciso, “Ninfas y pastores del Henares” (Alcalá 1587), de Bernardo González de Bobadilla, y “El Pastor de Iberia” (Sevilla 1591), de Bernardo de la Vega.  Ninguno ha sido editado desde entonces, y el tercero es, por ahora, inencontrable.  Existe la creencia generalizada de que fueron citados por Cervantes sin ninguna intencionalidad, o simplemente como referencia cronológica.   La mayoría de los comentaristas de la obra cervantina se limitan a informar sobre el autor de cada una y la fecha y lugar de impresión del mismo.

   No pretendo comentar ninguno de esos libros, sólo señalar que los dos primeros merecen un análisis detenido y en relación con las claves cervantinas en torno a la Compañía, pues sus autores conocían a fondo La Galatea y, en cierta medida, siguieron el juego oculto propuesto por Cervantes.

   Lo curioso es que él, inventor, por ahora, de gran parte del alfabeto secreto utilizado por este reducido grupo de escritores y lectores, va a su vez a influenciarse de ellos, volviendo a utilizar en muchas ocasiones expresiones existentes en sus libros, y creando una especie de familia expresiva cuyos rasgos más característicos se aprecian en todos.  Es decir, Cervantes influye primero en ellos a través de La Galatea y él responde después introduciendo en su prosa referentes a las obras de todos esos autores.

   Aunque sólo sea por esas influencias, bastante abundantes en el Quijote, se hace necesario el estudio de esos libros [46] , de los cuales el más relacionado con las propuestas cervantinas es el de López de Enciso, con un argumento paralelo al de La Galatea y cuajado, como ésta, de referencias a la Vida.  Concretamente el vocablo “compañía” aparece más de 80 veces, casi siempre con el mismo sentido ambiguo dado por Cervantes.

            6. BANDO CONTRARIO

   Conviene señalar también en este apresurado repaso a los amigos, dos poemas que podrían considerarse como pertenecientes al bando de los enemigos, pues ambos, aunque muy sutilmente, parecen dirigidos contra Cervantes.

   Francisco de Quevedo y Villegas escribió un romance satírico-burlesco, titulado Testamento de don Quijote, donde se recrea en los últimos momentos de vida del personaje cervantino, aunque pintándolo, con escarnio, de manera muy distinta a como nos lo presenta Cervantes,  para quien don Quijote murió como un “cristiano”, rodeado de amigos y familiares y “después de recebidos todos los sacramentos” [47] .  El final de ese extenso romance dice

                        “En esto la Extremaunción
                        asomó ya por la puerta;
                        pero él, que vio al sacerdote
                        con sobrepelliz y vela,
                        dijo que era el sabio proprio
                        del encanto de Niquea;
                        y levantó el buen hidalgo,
                        por hablarle, la cabeza.
                        Mas, viendo que ya le faltan
                        juicio, vida, vista y lengua,
                        el escribano se fue
                        y el cura se salió afuera.” [48]
                

    Además del tono despreciativo que domina todo el poema, lo más trascendente es la sutilísima forma empleada por Quevedo para negarle la extremaunción a don Quijote.  No se dice explícitamente, pero se ofrecen una serie de datos que lo ratifican, pues don Quijote, que según el texto cervantino ya había recobrado el juicio en esos últimos momentos, sigue viendo al sacerdote como un encantador y, aparentemente, muere cuando va a hablarle, circunstancia aprovechada por el escribano y el sacerdote para marcharse. 

   El escribano ha cumplido previamente con su trabajo, que es el poema en sí, donde se recogen las últimas voluntades de don Quijote, pero el sacerdote ha salido sin hacer nada, como si hubiera llegado tarde.  Algo desmentido por el propio poema, pues el moribundo ha visto al sacerdote y, ante él, ha levantado la cabeza, lo que quiere decir que todavía estaba vivo o no lo suficientemente muerto como para no administrarle el sacramento. Quevedo está dando datos suficientes como para hacer imposible conjeturar que el no darle la extremaunción ha sido por cuestiones de tiempo, sino por otras no precisadas. 

   El poema está lleno de detalles cáusticos y de incorrecciones malintencionadas.  Desde el principio se falta a la verdad narrativa de la novela, pues se plantea la muerte del caballero como consecuencia de una paliza y apedreamiento

                           “De un molimiento de güesos,
                        a puros palos y piedras,
                        Don Quijote de la Mancha,
                        yace doliente y sin fuerzas.
                        Tendido sobre un pavés,
                        cubierto con su rodela,
                        sacando como tortuga
                        de entre conchas la cabeza;
                        con voz roída y chillando,
                        viendo el escribano cerca,
                        ansí por falta de dientes,
                        habló con él entre muelas”

   Quevedo condena a don Quijote a morir no en su cama y “tan sosegadamente y tan cristiano” como lo hizo Cervantes, sino apedreado y aprisionado entre sus armas defensivas, como emparedado o víctima de una condena. Y añade esos zahirientes comentarios a la voz, donde lo que más destaca es el juego de palabras basado en la expresión “hablar entre dientes”, y con el que se pretende desprestigiar la astucia de Cervantes para hablar entre líneas, para dotar a su personaje del lenguaje ambivalente que lo caracteriza.   

   En definitiva, Quevedo muestra una enorme antipatía por don Quijote, al que le niega la extremaunción como forma de acusar a Cervantes, por lo menos, de heterodoxo, probablemente porque conocía el trasfondo de la obra cervantina o, simplemente, porque era su opuesto en temperamento, ideología, estilo y puntos de vista.

   Algo muy similar se aprecia en un soneto atribuido a Góngora [49]

A LAS FIESTAS DEL NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE DON FELIPE DOMÍNICO VICTOR, Y A LOS OBSEQUIOS HECHOS AL EMBAJADOR DE INGLATERRA
                        Parió la Reina;  el Luterano vino
                        con seiscientos herejes y herejías;
                        gastamos un millón en quince días
                        en darles joyas, hospedaje y vino.
                        Hicimos un alarde o desatino,
                        y unas fiestas que fueron tropelías,
                        al ánglico Legado y sus espías
                        del que juró la paz sobre Calvino.
                        Bautizamos al niño Dominico,
                        que nació para serlo en las Españas;
                        hicimos un sarao de encantamento;
                        quedamos pobres, fue Lutero rico;
                        mandáronse escribir estas hazañas
                        a don Quijote, a Sancho, y su jumento.

   La esencia del soneto es el odio a los protestantes y el rechazo del autor a que el estado español, baluarte del catolicismo, se gaste en ellos una fortuna encargando, para colmo, la relación de esas fiestas a Cervantes, burlador del catolicismo a través de sus famosos personajes. 

   De nuevo el dedo acusador apunta hacia Cervantes, apareciendo en este caso nada menos que asociado a Lutero y Calvino, con todos los enormes riegos que implicaba. La máxima ironía se concentra en el terceto final, donde todo el peso de la acusación del soneto cae sobre Cervantes, responsable de esos personajes portadores del mensaje herético contenido en el Quijote.


[1] Antología, Edición Amalia Rodríguez Monroy, Alianza Editorial, Madrid 2001, p. 267

[2] Reflexiones y aforismos.  Traducción Lluís María Todó, Edhasa, Barcelona 1997, p. 25

[3] Itinerario y cronología en la Segunda Parte del Quijote, José María Casasayas, Anales cervantinos, tomo XXXV, madrid, 1999, págs. 85-102

[4] “Ya en sus logros más tempranos la poesía caballeresca utilizó el ciclo anual de las fiestas cristianas como esquema temporal de la acción, y mostrando marcada preferencia por la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, 24 de junio.  Pero tanto esta tradición poética (difusa en versiones prosificadas que imitaron la forma de una crónica feudal), como también muchos regocijos y tradiciones populares con que se celebró el solsticio vernal en la Europa medieval, surgen de remotas fuentes mitológicas (V. James Frazer, The Golden Bough; CyE, ed. S-B, v. 3, nota bibliográfica, p. 247).  Las notas de Clemencín y de Givanel Mas a este pasaje proporcionan citas de libros caballerescos en que esta fiesta solar es escenario de ceremonias y solemnidades.  Cervantes, pues, parodia una vez más la literatura caballeresca.  Fue “la mañana de San Juan” tópico profusamente tratado en la poesía del Medioevo y del Siglo de Oro” Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II, Edición de Luis Andrés Murillo, Ed. Castalia, 1991, pág. 506, n. 3.

[5] Dice, por ejemplo, M. de Riquer: “Ya don Quijote y Sancho en Barcelona una nueva incongruencia cronológica aparece en la segunda parte del Quijote, pues amo y criado llegan a la ciudad <<la víspera de San Juan>> (II, cap. 61) y al día siguiente quedan inmersos en los grandes festejos y regocijos públicos con que siempre en Barcelona se ha celebrado este día, que es el 24 de junio, es decir casi un mes antes de la fecha      de la carta de Sancho, lo que supone el absurdo de que lo narrado en el capítulo XXXVI es, en cuanto al tiempo, posterior a lo narrado en el LXI, contra lo que tan claramente indica la progresión del relato, en el cual Sancho firma su carta unos diecisiete días antes de la entrada en Barcelona.  Hartzenbusch buscó una solución desesperada y engañosa, en la que algunos caímos, al postular que don Quijote y Sancho no entraron en Barcelona el 24 de junio, festividad del natalicio de San Juan, sino el 29 de agosto, día de su Degollación (<<In Decollatione S. Ioannis Baptistae>>).  Esto en modo alguno puede defenderse, porque no hay noticia alguna que suponga que el día de la Degollación de San Juan se celebrara en Barcelona, donde tan lucidos eran, y siguen siéndolo, los   festejos cívicos y populares del 24 de junio, festividad del Natalicio […] Cervantes [que] residió en Barcelona un mes de junio y siguió con interés los festejos ciudadanos del día de San Juan (24 de junio), no quiso desperdiciar la oportunidad de recoger en el Quijote sus recuerdos barceloneses, y ello le obligó, consciente o inconscientemente, a caer en el desajuste de situar el mes de   julio antes del mes de junio, lo que es, confesémoslo sin reparos, un dislate                 mínimo e insignificante y en el que no reparan la mayoría de los lectores” Martín de Riquer, Cervantes en Barcelona, Ed. Sirmio, 1989, pág. 36-41.

[6] Geografía  Cervantina, Diego  Perona  Villarreal,    Ed.  Albia-Espasa, Madrid 1988.

[7] Los números indican la página y capítulo según la edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico, Editorial Crítica, Barcelona, 1998.

[8] “y aquel mismo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras” (p. 1146, cap. 63)

[9] La Galatea, L, II.

[10] La Galatea, Miguel de Cervantes, Edición de Florencio Sevilla y Antonio Rey, Alianza editorial, 1996, p. X

[11] Historia de la literatura española, II, Juan Luis Alborg, Ed. Gredos, Madrid, p. 80

[12] La destruición de Numancia, Miguel de Cervantes, Edición de Alfredo Hermenegildo, Ed. Clásicos Castalia, Madrid 1994, p. 38. (Todos los versos y referencias pertenecen a esta edición)

[13] Junto a la libertad, ya desde el principio de la obra aparece uno de los temas constantes en Cervantes, la verdad y su antónimo, la falsedad

                “Jamás la falsedad vino cubierta
tanto con la verdad, que no mostrase
algún pequeño indicio, alguna puerta
por donde su maldad se atestiguase.”   (Vv. 217-218)

[14] Hacia finales de 1584 la Galatea “ya estaba concluída hacía casi un año, a juzgar por la aprobación y el privilegio que figuran en sus preliminares, fechados ambos en febrero de 1584” La Galatea, Ed. Sevilla- Rey, o.c., p. III.

[15] FN, IV, p. 15.

[16] La Galatea, Ed. Sevilla- Rey, o.c., p. III.

[17] La Galatea, Ed. Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, Ed. Cátedra, Madrid 1995, p. 172. (En adelante, edición López-López)

[18] Ib., Nota, 31, p. 174.

[19] Viaje de Turquía, Edición de Fernando García Salinero, Editorial Cátedra, Madrid 1986, p. 17.

[20] La Galatea, López-López, o.c., p. 543.

[21]     “La religiosidad se manifiesta en La Galatea, por una parte, <<traduciendo>> al sistema pastoril, cuando conviene, cuanto a ella se refiera;  y, por otra, estableciendo una serie de menciones terminales que definen la obra como claramente cristiana [...]   Esta <<traducción>> afecta, sobre todo, a las ceremonias más aparatosas.  El caso más claro es el de las exequias del pastor Meliso (B. M. Damiani, 1986-1987):  el anciano y venerable Telesio es un antiguo sacerdote que pide que todos entonen santos himnos y devotas oraciones para rogar al Cielo que reciba su bendita alma.  El patrón de fondo es la Arcadia de Sannazaro, y Cervantes evita las palabras específicas que pudieran relacionar el acto con el ritual católico de una misa de aniversario, y escoge las de un dominio religioso universal, válidas a un tiempo para el fondo arcádico y para la realidad católica del homenajeado.  Por eso Telesio quema sacro y oloroso incienso, reza alguna breve y devora oración, a la que los presentes contestan amen tres veces.  En el elogio de Meliso destaca su inculpada vida y su solicitud en guardar y cumplir la santa religión que profesado había.  No hay referencias a un cementerio, sino a su sepultura en un valle que es como un jardín italiano, que transparenta la disposición de una iglesia.  Los pastores, acabadas las ceremonias, tocan una triste y agradable música que conviene al lugar;  entonces, precedido de un maravilloso y sosegado silencio, se entona el elogio de Meliso”.  Ib., p. 55.   

[22] Sagrada Biblia, Edición Eloíno Nácar y Alberto Colunga, B.A.C, Madrid 1972, p. 1300.

[23] “acrecentado con el continuo uso y con nuevos resplandores y visitaciones del cielo” (Vida I, II) / “duró buen espacio de tiempo esta visión” (Vida I, II)  /  “Esta visión se le representó aquí, estando prostrado delante de la cruz” (Vida I, VII)

[24] Medeiros y Gonçalves en las riberas del Lima, Ignacio Sánchez Amor, trabajo en preparación  que el prestigioso columnista extremeño ha tenido la amabilidad de adelantarme.

[25] Tradicionalmente se explica esa mención al Lima como alusión al “escritor lusitano Miguel Sánchez de Lima, natural de Viana de Lima” [25] y autor, según C.B. Johnson, de un Arte poética impresa en Alcalá en 1580. La Galatea, López-López, p. 62.

[26] Ib., p. XXXII.

[27] Martínez-Escalera S.J., o.c., p. 305.

[28] “la erudición humanista había llegado a ser sospechosa, cosa que no había causado la Inquisición, sino la Reforma.  [...]  Eso creó un tipo de presión indirecta y fomentó la autocensura, una <<ley del silencio>> contra la cual se rebelaron muchos.”.  España, 1469-1714, Henry Kamen, Ed. Alianza, Madrid, 1995, p. 304.

[29] La Galatea, Ed. Cátedra, o.c., p. 159.

[30] Ib., p. 161.

[31] Toda la información en torno a Oudin me ha sido proporcionada por Manolo Bruña, profesor de la Universidad de Sevilla.  Mi más sincero agradecimiento.

[32] La Galatea, Ed. Cátedra, o.c., p. 96.

[33] “Es aquella Isla del Moro muy áspera y fragosa

[34] Ludwig Pfandl lamenta que la obras de Oudin “no sean siempre recomendables por su decoro y limpieza”. Introducción al siglo de oro, o.c., p. 286.

[35] Según Mayans no es obra del licenciado, sino del propio Cervantes:  “Pensará el lector que quien dijo esto fue el licenciado Francisco Márquez Torres;  no fue sino el mismo Miguel de Cervantes Saavedra, porque el estilo de licenciado Márquez Torres es metafórico, afectadillo y pedantesco, [...] i, al contrario, el estilo de la aprovación es puro, natural i cortesano, i tan parecido en todo al de Cervantes que no ai cosa en él que le distinga.  El licenciado Márquez era capellán i maestro de pages de don Bernardo Sandoval i Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, inquisidor general, i Cervantes era muy favorecido del mismo (Véase el Prólogo del segundo tomo de Don Quijote).  Con que ciertamente eran entrambos amigos. [...]  I veamos qué movió a Cervantes a querer hablar, como dicen, por boca de ganso.  No fue otro su designio, sino manifestar la idea de su obra, la estimación de ella i de su autor en las naciones estrañas i su desvalimiento en la propia” Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, G. Mayans, o.c., p. 241.

[36] Novelas Ejemplares, Miguel de Cervantes Saavedra, Edición de Juan Bautista Avalle-Arce, Ed. Castalia, Madrid 1992, p. 57.

[37] “Y como tuve tanta cuenta con la brevedad, algunas veces en el libro de Latín se apuntan más las cosas, que se explican. Y estas también he querido yo agora explicar más, para cumplir con el deseo de muchos, y  para que escribiéndose por menudo mejor se entiendan, y sean de mayor fruto y provecho a los hermanos de la Compañía,  para los cuales especialmente esto se escribe. Y allende desto, porque algunas cosas se pueden decir en Latín con más brevedad que en Romance, así porque la lengua latina lo lleva mejor, como porque los que leen aquella lengua comúnmente son más exercitados, y perciben mejor en pocas palabras lo que se dice”  (Vida, al cristiano lector)

[38] “don Álvaro Antonio Enriquez de Almansa, elevado a la Grandeza de España en 1626.  En el Viaje del Parnaso, cap. V, vv. 313-314, Cervantes declaró reconocer a <<cinco poetas titulados>> en  Castilla, y los había nombrado con anticipación, cap. II, vv. 247-249, en este orden:  el conde de Salinas, el prícipe de Esquilache, el conde de Saldaña, el conde de Villamediana y el marqués de Alcañices”.  Novelas Ejemplares, Ed. Castalia, o.c., p. 67.

[39] “elogiado también en el Viaje del Parnaso, cap. II, vv. 202-204, y asimismo le elogia Lope de Vega en su Laurel de Apolo (1630), silva III”. Ib. P. 68.

[40] “le elogia Cervantes en el Viaje del Parnaso, cap. V, vv. 283-85.  Hay versos suyos en El Monte Vesuvio del doctor Juan de Quiñones (Madrid, 1632) y en los Elogios al Palacio Real  del Buen Retiro de Don diego de Covarrubias y Leiva (Madrid, 1635).  Ib., p. 69.

[41] El jesuita Martínez-Escalera aporta una significativa pista para comprender el mecenazgo y las buenas relaciones de Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, con Cervantes: “Recordemos por fin que Cervantes dedicó sus Novelas Ejemplares al <<gran conde de Lemos>>, su verdadero mecenas, al que también dedicará las Ocho comedias y ocho entremeses (1615), la segunda parte del Quijote (1615) y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, cuatro días antes de morir.  Como sabemos, D. Pedro de Castro había sido, junto con sus dos hermanos, alumno del colegio  de Monforte.  Es muy posible que esta dedicatoria tenga algo que ver con lo dilatado y hasta redundante del elogio a los jesuitas”

[42] “<<A él (Jesús) me encomiendo en todo acontecimiento>>.  (¿una reminiscencia, en clave humorística, de la educación recibida?)”.  Martínez-Escalera S.J., o.c., p. 299.

[43] Ib. p. 300.

[44] “De familia madrileña, era sobrino de la primera mujer de Lope de Vega” Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Ed. Castalia, o.c., p. 43.

[45] “Clérigo presbítero, poco se sabe de él, quizás era toledano, vivía aún en 1625, v. Astrana, Vida, VII, 466-67.  Es interesante y digno de meditación el hecho de que dos desconocidos fueron los que lloraron en metro la muerte de Cervantes, mientras que la de Lope de Vega provocó un volumen de versos de ingenios españoles (Fama póstuma, 1636), y otro de ingenios italianos (Essequie poetiche, 1636). Ib., p. 44.

[46] No he podido leer “El Pastor de Iberia”, cuyo título me sugiere de entrada una probable referencia a Loyola.

[47] QII, 54.

[48] Obra poética, Francisco de Quevedo, Edición de José Manuel Blecua, t. II. Ed. Castalia, Madrid 1970, p. 459 y sgtes.

[49] “La atribución de este soneto a Góngora deja dudas, sobre todo por el tono de ataque violento contra los protestantes, que no es común en Góngora.  Alude a la llegada del Almirante de Inglaterra, Carlos Howard, Conde de Nottingham, que coincidió con las fiestas celebradas al nacer el príncipe, las cuales costaron al erario incluso más de un millón”.  Sonetos completos, Luis de Góngora, Edición de Biruté Ciplijauskaité, Ed. Castalia, Madrid 1978, p. 267.


El triunfo de don Quijote. Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado, Federico Ortés. Copyright © 2002.