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CONCLUSIÓN Del análisis de los catorce primeros capítulos del Quijote y de las ligeras incursiones en el resto de su obra, puede deducirse que estamos todavía muy lejos de poder extraer conclusiones definitivas sobre Cervantes, cuya obra y personalidad parecen mucho más inexploradas de lo que se piensa. Las nuevas fuentes invitan a otras lecturas que generarán una enorme cantidad de información y otras corrientes interpretativas, pues cuando Cervantes rechaza en el Prólogo del Quijote la paternidad de su obra (“Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote”) no está haciendo pinitos literarios, sino confirmando la intensa relación de los 52 capítulos ya escritos con la historia de Loyola e, indirectamente, invitándonos a indagar en el sentido bibliográfico y policiaco que oculta la novela. El resto de la obra cervantina también parece requerir una revisión a fondo y otras lecturas que vayan más allá de las hasta ahora realizadas. Desde luego mi intención en las páginas anteriores ha sido solamente iniciar ese cambio en la orientación de los estudios y proponer otros métodos de trabajo que, además, deberán acoplarse y relacionarse con la inmensa bibliografía existente. Quedan, por otra parte, muchas preguntas por resolver, fundamentalmente las relativas al resto de las fuentes esenciales del Quijote. ¿Son el Relato y la Vida la base de las dos partes restantes que forman el Quijote de 1605? ¿es posible que la división en cuatro partes sea una pista indicativa de la existencia de otros tantos historiadores en los que se basa el resto de la Primera Parte? ¿está escrita la Segunda Parte también en las mismas claves? Lo único claro hasta ahora es que la historia de don Quijote, desde el primer capítulo hasta su muerte, se basa en la historia de Loyola, y que su vida es el eje central del libro, construido a base de referentes paródicos a los diversos historiadores que escribieron, con más o menos veracidad, sobre el fundador de la Compañía. También queda claro el carácter cifrado de la obra cervantina [1] y su intencionalidad combativa contra la censura y falsedad impuesta desde el poder. Después de los significativos escarmientos que a lo largo del siglo XVI se realizaron sobre reconocidos humanistas (Nebrija, Arias Montano, El Brocense, etc.) los escritores, como después ocurrirá durante la dictadura de Franco, se vieron obligados a callar o a practicar una autocensura [2] cuyo objetivo era no sólo evitar el trabajo a los censores, sino no ser señalados o perseguidos. Ya en 1534 existía ese temor, como puede comprobarse en una carta de Vives a Erasmo
o en otra de Rodrigo Manrique, hijo de un inquisidor, al mismo Vives y sobre el mismo año
En 1534 todavía se encuentran noticias que informan subrepticiamente de la temible represión existente en la sociedad española, pero poco años después, y hasta prácticamente mediados del siglo XVIII, nadie se atrevería a poner por escrito pensamientos semejantes. Cervantes lo hizo gracias a su ingenioso y laborioso trabajo, y su lucha contra la censura sirve ahora para corroborar de forma definitiva la importancia de la represión [5] en nuestro Siglo de Oro. Deberá replantearse la lectura de ese Siglo en el que sólo los intelectuales sumisos al régimen se salvaron de la aniquilación y fueron presentados como testigos imparciales que acreditan la existencia de una libertad y una falta de tensión totalmente ajena a la verdad. En realidad el Siglo de Oro, tal como aparece en las enciclopedias, es el resultado de una rigurosa selección entre quienes con su silencio cooperaron con el régimen. Quizás sólo Cervantes, gracias a su calidad y a sus métodos, pudo salvarse de esa criba y, camuflado entre ellos, sobrevivir en el tiempo. Será pues preciso modificar algunos conceptos históricos, por lo menos aquellos en los que se pretende aliviar de culpas al Estado-Inquisición [6] , y estudiar sin prejuicios [7] una historia cuyo trasfondo, aunque se viene removiendo hace tiempo, no ha sido suficientemente analizado. El hallazgo de las fuentes definitivas amplía, pues, de forma insospechada no sólo las lecturas del Quijote [8] , sino que propicia al fin un acercamiento a la misteriosa y compleja personalidad de Cervantes, definitivamente un humanista comprometido con su época y un defensor de la verdad, capaz de crear un nuevo género de entretenimiento que es a su vez otro caballo de Troya, una ingeniosa estrategia en defensa de las libertades. Su agudeza es casi visionaria, pues siendo consciente del oscuro camino que tomaba la historia, confió en su arte como único medio de transmisión de una verdad histórica que, sin predecir en qué siglo, tarde o temprano se restablecería. Toda la obra de Cervantes se revela, pues, como un extraordinario combate cultural, como “una operación crítica sin paralelo para salvar lo mejor de España [...] respuesta al monolitismo de la España mutilada, encerrada, vertical y dogmática que sucede a la derrota de la rebelión comunera y al Concilio de Trento” [9] Entre sus múltiples lecturas la obra cervantina encierra, en definitiva, una auténtica trama histórica cuyo desciframiento sólo es posible a través de una serie de claves contenidas en la historia del Relato, que es de alguna manera su piedra Rosetta, la base que proporciona el entendimiento de esa lectura más recóndita y primitiva que conduce a una realidad histórica. Por eso Wardropper [10] señala que Cervantes prefiere “llamar a su obra <<historia>>, en el sentido, no de invención ficticia, sino de historia verdadera”, ya que el análisis del Quijote, su comento [11] , revela la compleja y verdadera historia que lo sustenta. No obstante Cervantes siempre deberá mantener la ambigüedad, la duda entre realidad y ficción, pues su trabajo es una empresa quijotesca, un atrevimiento ante las mismas barbas de la Inquisición, cuyo éxito depende de la sutileza y de la astucia. Por un lado debía mantener viva la llama de la duda y por otro ser lo suficientemente cauto como para que la Inquisición, a pesar de conocer la provocación, optara por no remover un asunto que evidentemente salpicaba de indignidad a la Iglesia católica. Cervantes acertó en sus previsiones, pues la Iglesia, temerosa de llamar la atención sobre el Quijote [12] , cuya difusión cuando pudieron darse cuenta de su oculto contenido ya había sido enorme, prefirió optar por el silencio y retirar no la novela sino las pistas que encaminaban a su interpretación. Aunque ignorando que esa solución iba a mantener en jaque durante varios siglos a todo un ejército silencioso y organizado cuyo trabajo ha consistido en borrar sistemáticamente [13] cualquier tipo de huella que pudiera relacionar la historia de la Compañía con Cervantes.
AGRADECIMIENTOS Quiero, por último, expresar mi agradecimiento a: Alejandro Mateos Ortés, Ana Muñoz, Antonio Fernández-Aliseda, Choni Martínez, Daniel Fonseca, David Simino, Dionisio Martín Ortés, Encina Blanco, Ernesto García Monge y Mercedes, Esteban Moreno, Felipe Ruiz de Huidobro, Ignacio Sánchez Amor, Javier Fernández de Molina, José Antonio Vázquez, Juan Bosco Muñoz, Julio Martín S.J., Manolo del Pozo, Marino González, Martín Delgado, Miguel Pérez Aguilera, Paqui y Pepe Guerrero, Rafael Becerra, y Salud Montoto, así como al Gabinete de Iniciativas Transfronterizas de la Junta de Extremadura y a la Editora Regional de Extremadura. De todos, cada cual a su manera, he recibido una generosa ayuda.
| PRÓLOGO
| INTRODUCCIÓN | PRIMERA
PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo
I | Cápitulo II | Cápitulo
III | Cápitulo IV | Cápitulo
V | Cápitulo VI | Cápitulo
VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA
PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo
IX | Cápitulo X | Cápitulo
XI | Cápitulo XII | Cápitulo
XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES
| CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS
| [1] “El empleo de este lenguaje cifrado [...] le permitió a Cervantes insinuar su intención de manera muy sutil a un público selecto, destinado a captar todo el valor expresivo de las imágenes allí veladas. Esta técnica de declararse a medias es típica de la emblemática y apta para el escritor satírico, que debe dirigirse a dos tipos de lectores: los que comparten sensibilidad y se hallan destinados a comprender el sentido que subyace bajo el texto, y los que leerán la obra de forma más superficial” El lenguaje emblemático en el Viaje del Parnaso, Ellen Lokos, Bulletin of the Cervantes Society of America 9.1 (1989): p. 63. http://www.ipfw.edu/cm1/jehle/web/cervantes/csa/artics89/lokos.htm [2] “De todas las características reprobables de la Inquisición la más reprobable, sin embargo, era quizá su tendencia natural a engendrar un clima de desconfianza y de sospechas mutuas, especialmente propicio a los delatores y espías. Existían unos 20.000 familiares del Santo Oficio, repartidos por todo el país, siempre atentos a las manifestaciones de heterodoxia, y sus actividades se veían completadas por el desagradable expediente conocido con el nombre de Edicto de la Fe, por lo cual los inquisidores podían visitar un distrito a intervalos regulares y poseían una lista de las prácticas reprobables y heréticas que leían ante la población congregada. La lectura era seguida por una exhortación a los oyentes para que denunciasen tales prácticas en cuanto llegasen a sus oídos y se amenazaban con penas severas a los que guardasen silencio. Como las víctimas de la Inquisición no llegaban a conocer la identidad de sus acusadores, el Edicto de la Fe presentaba una oportunidad ideal para el arreglo de cuentas pendientes y animaba a la confidencia y a la delación como cosas naturales. [...] Los autores, incluso los de obras no teológicas, tendían de modo natural a realizar una especie de autocensura, aunque sólo fuese para mantener sus escritos limpios de todo lo que pudiera inducir a error a los ignorantes y a los incultos y proporcionar así un arma más a los enemigos de la Fe. Por consiguiente, existía un nuevo espíritu de cautela ante el exterior que, inevitablemente, impedía el amplio debate y la investigación que habían caracterizado el reinado de los Reyes Católicos” La España imperial, J.H. Elliott, Ed. vicens-vives, Barcelona 1986, p. 235. [3] Citado por Bataillon en Erasmo y España, o.c., p. 490. [4] Panorama social, o.c., p. 457. [5] Según el historiador francés Jean-Pierre Dedieu, Carlos V “utilizó la Inquisición no tanto como un medio de control de las creencias religiosas, sino como un instrumento de censura de las opiniones políticas. [...] Al emperador le interesaba la homogeneidad política, igual que a Roma la homogeneidad religiosa, y usó la Inquisición contra los que disentían de su política de Estado. Los más perjudicados por esta estrategia del emperador fueron los judíos y moriscos y, tras el comienzo de la reforma de Lutero, los protestantes españoles que también eran disidentes políticos” El País, 3-5-2000, p. 47. [6] “Para justificar y valorar adecuadamente la significación de la Inquisición española hay que tener en cuenta, ante todo, las notas específicas de su carácter nacional. Iglesia y Estado están de tal modo unidas en la España de los siglos XVI y XVII, que el Estado se apropia y ejercita las funciones autoritarias de la Iglesia, y el uno prospera y se nutre a la sombra benéfica de la otra, y viceversa. El principio de Religión del Estado se convierte en principio de Estado teocrático. La ortodoxia es ley y deber de todo ciudadano, lo mismo que el respeto y acatamiento a todas las prescripciones civiles” Introducción al siglo de oro, Ludwig Pfandl, Ed. Visor libros, Madrid 1994, p. 92-95. [7] “Hasta la saciedad se nos han pintado, con los más negros y hórridos colores, las consecuencias de la Inquisición española en el desenvolvimiento económico y espiritual de la nación [...] El eterno reproche que se ha hecho a la Inquisición de que impedía toda expansión de vida espiritual y económica, pierde todo su valor y sentido, si se tiene presente, que el comercio y la circulación en los siglos XVI y XVII continúan con regularidad su época de florecimiento, a pesar de las hogueras inquisitoriales [...] Es cierto que la censura de los libros de amena y vaga literatura se ejerció mucho menos severamente que con los demás, quizá porque muchos de los que intervenían en la censura de los mismos eran parte interesada, por tener intervención en organismos subordinados. También es cierto además que, desde el 1550, poco más o menos, se aplicó la censura de una manera implacable a las obras de Erasmo, referentes a lugares teológicos o dogmáticos; que se trató de reprimir su circulación en lo posible, y, más aun, que cuando llegó la ocasión, se colocó en el mismo plano el erasmismo religioso que el luteranismo, como lo demuestran algunos procesos; pero de esto no se sigue, ni puede aducirse en buena lógica, la afirmación de que se frustrara o se anulara el movimiento renaciente del erasmismo en España [...] el hecho cierto e indiscutible, la gran realidad incontrastable y evidente, al lado de estas minucias y detalles insignificantes, es que la Inquisición española no malogró el desarrollo de profundos talentos, ni segó en flor ninguna vocación filosófica, ni opuso la menor resistencia, sino más bien protegió e impulsó el florecimiento espléndido de aquel incomparable teatro nacional [...] habrá que reconocer que eso de la intolerancia española es un mito y que las soñadas consecuencias catastróficas y los horrores de la Inquisición no son más que consejas” Ib, p. 92-95 [8] Lógicamente, además de todo el Quijote, resulta también imprescindible una revisión analítica del resto de la obra de Cervantes pues, por sorprendente que parezca, apenas se ha comentado el fondo de obras tan fascinantes e inexploradas como el Viaje del Parnaso, las Novelas ejemplares, las Comedias y Entremeses o el Persiles. [9] Carlos Fuentes, Rev. Anthropos nº. 98/99, p. 8. [10] El Quijote, edición George Haley, o.c., p. 238. [11] “Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla” QII, III. [12] “el pensamiento de Cervantes es embozado y la gran mayoría de los lectores no lo comprendía, la obra, por una parte, no constituía un peligro inmediato para el régimen existente y, por la otra, no se prestaba a un ataque directo. Al ver el enorme éxito del libro –en un lustro se publicaron 9 ediciones de la primera parte, éxito que no alcanzaron con sus obras Milton, Racine, Molière, ni siquiera Shakespeare-, y que el pueblo reía a mandíbula batiente los graciosos disparates del héroe manchego, las clases dominantes y sus lacayos, ateniéndose a lo de “mejor no meneallo”, optaron por hacerse el tonto riéndose con el vulgo, para así no llamar la atención sobre su verdadero sentido. En tanto, el grupo más reaccionario del clero, furioso porque la genial novela no le daba asidero para acusar a su autor de hereje, procedió a la acometida indirecta. De ahí la aparición del Quijote apócrifo. Este es, en nuestra opinión, el verdadero motivo de su salida a luz, y no la presunta continuación a la primera parte de la obra auténtica, por mucho que lo reitere el propio Avellaneda. Indícanlo el seudónimo bajo el cual se ocultaba su autor, la refundición obscena de la primera parte de la novela cervantina, y su orientación contrarreformista. En efecto, hoy por hoy, para la mayoría de los críticos –inclusive los conservadores- que se han ocupado de la identidad del autor del falso Quijote, ése era, si no dominico, a buen seguro eclesiástico y representante activo de la Contrarreforma. [...] A consecuencia del fracaso sufrido por el Anti-Quijote de Avellaneda arreció la guerra sorda contra Cervantes y su obra, guerra iniciada por aquel malo eclesiástico. Primero, aislarlo en medio del descrédito y del ridículo, después negarle cargos dignos de su talla y honradez, reduciéndolo a una existencia precaria llena de penurias y contrariedades, para así hacerle la vida imposible y acallar su ingeniosa pluma. Y, una vez muerto, a sepultarle en el más profundo olvido, lo que se hizo tan bien, que hasta fines del siglo pasado o principios del en curso, se ignoró dónde había nacido, como también el lugar donde descansaban sus restos mortales. [...] fue necesario que los ingleses, que estudiaron bien el Quijote, reivindicasen a Cervantes, llamando la atención, tanto de los españoles como del mundo entero, sobre su grandeza. Efectivamente, a estas alturas históricas constituye un dato comprobado e incontrovertible el hecho de que los dos primeros comentadores del Quijote fueron ingleses: Edmond Gayton, con sus notas intituladas Pleasent notes upon don Quixote de 1674, y John Bowle, quien elaboró sus Anotaciones a la historia de don Quijote de la Mancha, de 1781. De tal manera, estos dos anotadores pueden considerarse como los fundadores del cervantismo, o bien, de la erudición cervantina. Otro inglés, lord Carteret, se adelantó a España en glorificar a Cervantes, dando al mundo a sus expensas la primera biografía del autor –la de Mayans y Siscar- y la primera edición monumental del Quijote de 1738. Con razón escribe este último, el más distinguido erudito español de aquella época y el primer biógrafo de Cervantes: “Lo cierto es que Cervantes, mientras vivió, debió mucho a los extranjeros y muy poco a los españoles; aquéllos le alabaron y honraron sin tasa ni medida, éstos le despreciaron y aun le ajaron con sátiras privadas y públicas” [...] Lo mismo que ocurría con Cervantes, sucedía con su novela inmortal. Primero trataron de anularla con otra, la falsa, y una vez frustrada la treta, la ignoraron e inclusive intentaron hacerla desaparecer. Así, su coetáneo, ex-eclesiático Diego Saavedra de Fajardo (1584-1648), diplomático de ascendencia aristocrática, no la menciona para nada en su obra de erudición La república literaria, y tampoco a Cervantes. El sabio crítico fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), monje benedictino, en su vastísima obra consistente en más de 14 volúmenes que constituyen su Teatro crítico y sus Cartas eruditas, donde se nombran centenares de autores y libros, no halló un modesto lugar para citar una sola vez a Cervantes y su gran libro, ni tan siquiera para recordar una frase o un pensamiento de él. Los jesuitas en sus escuelas tronaban contra Cervantes tildándole de hereje. El padre Miguel Mir, quien abandonó la Compañía de Jesús en 1891, pero conservó su calidad de sacerdote, refiere en su libro Los jesuitas de puertas adentro o un barrido hacia fuera en la Compañía de Jesús que, en cierto colegio, se celebró un auto de fe o quema de libros heréticos. Uno de los arrojados a las llamas fue el Quijote, y al lanzarlo se pronunció el anatema: ¡Por hereje, por impío, por...liberal! Más o menos al mismo tiempo que la Compañía de Jesús arremetía contra la obra señera de la literatura española, el ala radical de los liberales, representada por los así llamados esoteristas, como Polinous, Baldomero Villegas y el patriarca de ellos, Nicolás Díaz de Benjumea, reaccionaron vehementemente contra ella, iniciando una nueva corriente interpretativa de la novela. Ellos prestaron más atención al espíritu que a la letra de la misma. La labor que emprendieron era muy loable, pero los métodos usados por ellos eran del todo acientíficos y la mayor parte de sus conclusiones desaforadas y arbitrarias. Para ellos, todas las aventuras eran, o alusiones a la vida del autor o entapujaban un simbolismo social y político. En la obra veían, además, un sinfín de misterios, claves y anagramas que había que descifrar como un enigma. Sin embargo, los esoteristas y, en primer lugar, el más inteligente entre ellos, Díaz de Benjumea, tienen el mérito de haber vislumbrado y llamado la atención sobre el verdadero sentido del Quijote, localizado algunas alusiones a los sucesos de la vida de su autor que hay en aquél, alusiones comprobadas más tardes por la investigación, y, por fin, son ellos los que han destruido la absurda tesis de un Quijote como mera y pobre sátira de los libros de caballerías. Con todo, sus exageraciones simbolísticas y cabalísticas eran tantas y tan grandes, que el mismo nombre de esoterista llegó a ser, con el tiempo, el sinónimo de fantasías cervantófilas. Esta circunstancia fue aprovechada por la crítica conservadora, que a partir de entonces procuró desprestigiar todo intento de interpretar la obra de una manera más realista, sobre todo en sus aspectos político y social, colgando a sus autores el sambenito de esoteristas. De tal modo, se urdió una verdadera conspiración en torno al pensamiento trascendental de la obra. Tocó en suerte descubrir este complot al docto español Américo Castro que, en el curso de la tercera década del siglo en curso, cuando durante el auge relativo de la cultura, surgido hacia los años 30 y 40 a raíz del cambio de régimen político, se inició un proceso de revisión de los estudios cervantinos, en su penetrante monografía, desentrañó las huellas renacentistas y humanistas en la obra del genial escritor complutense. Con ella sentó sólidas bases para una investigación científica de la misma” El Quijote, la Iglesia y la Inquisición, Ludovik Osterc Berlan, Universidad Nacional Autónoma de México, 1972, p. 41. [13] “como [los jesuitas] nunca mueren, reviven sus pensamientos cuando les parece conveniente”. Epistolario de G. Mayans, t. VII, o.c., p. 48.
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