CAPÍTULO NUEVE

La imagen congelada de don Quijote y el vizcaíno con las espadas altas y desnudas vuelve a recordar el sentido simbólico de la narración, es decir, el momento de la amenaza de paliza con varas que pesa sobre Loyola, hecho histórico en torno al que gira la parodia.


   El capítulo 9 prosigue la información adelantada, en parte,  por el  narrador al final del octavo, volviéndose a  explicar  con más detalles  por qué se interrumpe la batalla de don Quijote con el vizcaíno  y el modo como se encontraron los  manuscritos donde se continúa.  En realidad, se trata de una información donde es difícil delimitar, por ahora, lo real de lo simbólico, pues todos los elementos aportados, lugar,  autores, traductor o manuscritos,  forman parte de la misma trama histórico-novelesca en la que quedan mezclados y confusos.

   "Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso  viz­caíno  y al famoso don Quijote con las espadas altas y  desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales, que si en lleno  se acertaban, por lo menos se dividirían y  fenderían  de arriba abajo y abrirían como una granada, y que en aquel  punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba"

   La imagen congelada de don Quijote y el vizcaíno con las espadas altas y desnudas vuelve a recordarnos el sentido simbólico de la narración y el momento representado, es decir, la amenaza de sala que pesa sobre Loyola durante su estancia en París.  Pero el narrador añade algunos detalles, aparentemente prolijos, aunque sustanciosos para el lenguaje profundo.  El primero es la reiteración del carácter histórico de los acontecimientos, utilizando la misma expresión (“desta historia”) empleada en varias ocasiones en la Vida

“como se escribe en el quinto libro desta historia” (Vida II, III)
“de la manera que en el capítulo nono del libro segundo desta historia habemos contado” (Vida IV, XVII)
“lo que en el primero y en el cuarto libro desta historia habemos escrito” (Vida V, I)

   También reaparece el calificativo “famoso”, y se añaden algunos temores sobre las posibles consecuencias del golpe con que se amenazan los contendientes, matizando que si ambos se aciertan “por lo menos se dividirían y  fenderían  de arriba  abajo y abrirían como una granada”,  excelente metáfora de la situación en que hubiese quedado el grupo de estudiantes y compañeros de Loyola que formaban el incipiente núcleo de la aún no nacida Compañía, ya que de producirse el castigo dicho grupo se hubiera dividido de arriba abajo, es decir, desde la cabeza (Loyola) hasta las extremidades (sus compañeros), provocando su desintegración, como muy precisamente sugiere la metáfora de los granos desparramados de la granada.  Un símbolo naturalista sugerido por Ribadeneyra en el capítulo central de la parodia de este noveno, donde le atribuye a Loyola una serie de pensamientos que le vienen a la cabeza en los momentos previos a recibir el castigo universitario

¿qué será de los que ahora comienzan a entrar por la estrecha senda de la virtud? ¿Cuántos con esta ocasión tornarán atrás del camino del cielo? ¿Cuántas plantas tiernas quedarán secas, sin jugo de devoción, o del todo arrancadas con este torbellino? (Vida II, III)

   Loyola teme que sus jóvenes seguidores (“plantas tiernas”), acobardados ante la paliza que van a presenciar, abandonen sus propósitos evangélicos (“sin jugo de devoción”) y, por lo tanto, la idea de seguirle.  Sin embargo la metáfora de la granada es todavía más concretamente una clara variación sobre otro fragmento también referido a la reunificación de los primeros compañeros

“Más, como aún no había echado raíces aquella compañía, con su partida para París luego se secó, deshaciéndose y acabándose fácilmente lo que fácilmente y sin fundamento se había comenzado. Porque, escribiéndoles él de París (cuando aún apenas se podía sustentar mendigando) cuán trabajosamente las cosas le sucedían y cuán flacas esperanzas tenía de poderlos él allí mantener, y encomendándoles a doña Leonor Mascareñas  (que por su respeto mucho los favoreció), se desparcieron, yéndose cada uno por su parte” (Vida II, IV)

   Hay una gran analogía entre el “se desparcieron” de la Vida  y el abrirse o desparrarmarse de la granada.  Incluso el golpe (“en guisa de descargar dos furibundos fendientes”) está también inspirado en la Vida, en un fragmento ya ampliamente manipulado por Cervantes

“le dijo a grandes voces: “Anda, desventurado, anda, vete a gozar de sus sucios deleites. ¿No ves el golpe que viene sobre ti de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte?¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre ti?” (Vida V, II)

   En ambos textos está presente la furia y el verbo descargar y, además, la misma idea del golpe iracundo.

   Igual ocurre con el calificativo sabrosa (“en aquel  punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia”), también aplicado por Ribadeneyra en el mismo fragmento donde se narran los momentos de la amenaza que pesa sobre Loyola

            “Con esta resolución se va al doctor Govea, que aún no había salido de su aposento, y declárale todo su ánimo y determinación, diciéndole que ninguna cosa en esta vida le podía venir a él más dulce y sabrosa que ser azotado y afrentado por Cristo” (Vida II, III)

   Si  en el capítulo octavo el narrador con cierta  inseguridad decía  "que  no halló más escrito destas hazañas",   ahora  matiza "que  en  aquel  punto tan dudoso paró y  quedó  destroncada  tan sabrosa  historia".   O sea,  sabe que la historia no  finaliza en  su manuscrito, sino que está "destroncada", arrancada  de  su cuerpo o inconclusa, como el Relato, donde su autor no da noticias de "dónde se podría hallar  lo que  della  faltaba"   

   "Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan  poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino  que  se ofrecía  para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de  tan sabroso cuento.  Parecióme cosa imposible y fuera de toda  buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no  faltó a ninguno de los caballeros andantes,
                de los que  dicen las gentes
                que van a sus aventuras,
porque cada uno dellos  tenía uno  o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino  que pintaban sus más mínimos  pensamientos  y  ni­ñerías,  por  más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que  sobró a  Platir  y a otros semejantes.  Y así, no  podía  inclinarme  a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropea­da,  y  echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador  y consumidor  de  todas las cosas, el cual, o la  tenía  oculta o consumida"

   El narrador está apesadumbrado no sólo por el disgusto de carecer de la continuación sino por conocer la dificultad (“mal camino”) para encontrar “lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento”.  Por un lado  se sugiere el secuestro del Relato y la casi imposibilidad de hallarlo, pues la orden de entrega que  pesaba  sobre los  jesuitas, obligados por voto de obediencia, le cerraba la posibilidad de adquirirlo a través, probablemente, de su anterior proveedor. Pero además, el narrador comenta su error de apreciación al pensar que al Relato le faltaban muchos capítulos (“lo mucho que a mi parecer faltaba”), algo lógico si se tiene en cuenta que el capítulo VIII se interrumpe en el momento donde se narran los acontecimientos de París,  cuando Loyola tiene menos  de cuarenta y cinco años y todavía no ha fundado la Compañía ni se había establecido en Roma, lo que hacía suponer un libro “mucho” más extenso.

  Con ese “a mi parecer” el narrador  está reconociendo su error de apreciación e, indirectamente, su conocimiento del verdadero volumen del Relato, es decir, que ya posee la copia completa y que el Relato es mucho más breve de lo imaginado. 

  Tampoco pierde la oportunidad de ensalzarlo literariamente, calificándolo como "sabroso cuento" de gustosa lectura (“el gusto [...] tan sabroso cuento”).  Una opinión inspirada en una de las muchas frases incoherentes de la Vida y relacionada con los libros

“Tampoco le era alivio lo que a otros les suele dar, que es el gusto que reciben de lo que van aprendiendo, el cual suele ser tan sabroso, que muchas veces, por no perderle, se pierde la salud y la vida, sin poder los hombres apartarse de sus libros” (Vida II, I)

   También vuelve a insistir en una idea ya expuesta al final de capítulo anterior, negándose a aceptar la posibilidad de que el Relato hubiera caído en el olvido, pues sería insólito ("cosa imposible  y  fuera de toda buena costumbre") que  le faltara continuidad y dejara incompleta la biografía ("nunca vistas hazañas")  de Loyola, es decir, las partes censuradas o manipuladas por sus posteriores biógrafos, cosa que nunca le había ocurrido a los demás “caballeros andantes”, es decir, a los demás santos o aventureros, cuyas vicisitudes habían sido siempre ensalzadas sin ningún tipo de censura.  Olvido, pues, inaceptable en una orden culta, donde sería ilógico carecer de  "uno o dos sabios, como de molde, que no solamente  escribían sus hechos,  sino que pintaban sus más mínimos  pensamientos  y niñerías [1] ,  por  más escondidas que fuesen".  Frase  de ambiguas lecturas y, probablemente alusiva a los distintos biógrafos de Loyola ya existentes en la época de Cervantes.

    El primero de estos escritores aludidos parece ser Gonçalves,  ya que entre los muchos nombres dados al Relato a lo largo de su historia, el original quizás fue “Hechos”, según figura en el prólogo escrito por el P.  Nadal hacia 1561 para la traducción latina del Relato

 "Estos  son  los  <<Hechos>> del P. Ignacio, tal  como  hoy  se hallan en circulación"

  Los jesuitas consideraban a su fundador un nuevo apóstol, por eso no es extraño que Nadal le diera al libro ese nombre que lo equiparaba con los “Hechos de los apóstoles”.   Tampoco sería extraño, dado el rechazo mostrado contra el libro por las demás órdenes,  que ese fuera precisamente uno de los primeros reproches contra él, entre otras cosas porque Loyola no sería canonizado hasta medio siglo después y, por lo tanto, a las demás congregaciones debería parecerles bastante prepotente, casi herético, que se equiparara con los apóstoles a un hombre que pocos años antes había sido acusado de iluminista. Tal vez por eso Cervantes haga esa sutil primera mención al Relato o libro de los hechos de Loyola, y después a Ribadeneyra, el autor capaz de pintar “sus más mínimos [2] pensamientos  y niñerías,  por  más escondidas que fuesen”,   frase con mucha más retranca de la aparentada, por un lado porque en ella coinciden varios vocablos (pintar, mínimos y niñerías)  ya utilizados irónicamente por el inapropiado y ridículo empleo que se hace de ellas en la Vida y, por otro, porque se alude también a una de las libertades retóricas más llamativas de Ribadeneyra, referida a la tranquilidad con que en una biografía, donde como insiste Cervantes se debe respetar escrupulosamente la historia, máxime si se trata de la vida de un santo, él introduce con absoluto descaro los pensamientos más recónditos de Loyola.  Ya se han visto ejemplos en los capítulos anteriores.  Escojo, además, otro donde queda patente la referencia a Ribadeneyra como autor que pinta los más recónditos pensamientos de su biografiado

“un día, estando en el hospital rodeado de pobres y lleno de suciedad y de mugre, le acometió el enemigo con estos pensamientos, diciendo: - Y ¿qué haces tú aquí en esta hediondez y bajeza? ¿Por qué andas tan pobre y tan aviltadamente vestido? ¿No ves que tratando con esta gente tan vil y andando como uno delIos escureces y apocas la nobleza de tu linaje?” (Vida I, VI)

   Además de los pensamientos, el narrador apunta que aquellos sabios pintaban también sus niñerías ( “tenía uno  o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos,  sino que pintaban sus más mínimos  pensamientos  y  ni­ñerías por  más escondidas que fuesen”), una nueva referencia al fragmento donde Ribadeneyra utiliza ese vocablo para disminuir la importancia de la denuncia del inquisidor contra Loyola en París

“Dice el Inquisidor que no hay contra él acusación ninguna criminal, mas que algunas niñerías y vanidades le han venido a decir, que nacían o de inorancia o de malicia de los acusadores y que, como él supiese que eran relaciones falsas y chismerías, nunca había querido ni aun hacerle llamar; mas que, ya que estaba allí, que le rogaba que le mostrase su libro de los Ejercicios espirituales” (Vida II, II)

   Para quitarle hierro a la acusación y para no profundizar en el asunto, Ribadeneyra adopta ese tono condescendiente con el inquisidor, y califica de “niñerías” las denuncias.  Por eso el narrador del Quijote espera que haya algún sabio que escriba sus niñerías “por  más escondidas que fuesen”, es decir, aquellas partes del Relato que habían sido censuradas en la Vida, algo que contradice sus primeras promesas

“Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella: ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad.  Pues el Padre de las misericordias fue servido de traerme el año de mil y quinientos y cuarenta (antes que yo tuviese catorce años cumplidos,  ni la Compañía fuese confirmada del Papa)  al conocimiento y conversación deste santo varón. La cual fue de manera, que dentro y fuera de casa, en la ciudad y fuera della, no me apartaba de su lado, acompañándole, escribiéndole y sirviéndole en todo lo que se ofrecía, notando sus meneos, dichos y hechos, con aprovechamiento de mi ánima y particular admiración. La cual crecía cada día tanto más, cuanto él iba descubriendo más de lo mucho que en su pecho tenía encerrado, y yo con la edad iba abriendo los ojos, para ver lo que antes por falta della no veía. Por esta tan íntima conversación, y familiaridad que yo tuve con nuestro Padre, pude ver y notar, no solamente las cosas exteriores y patentes que estaban expuestas a los ojos de muchos, pero también algunas de las secretas que a pocos se descubrían. También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía” (Vida, A los hermanos)

   En esta declaración de principios, Ribadeneyra promete abiertamente recoger no sólo los “hechos” de Loyola, sino sus más insignificantes o mínimos pensamientos (“algunas de las secretas que a pocos se descubrían”). Precisamente la última frase (También diré...) es una de las típicas verdades a medias de Ribadeneyra pues, evidentemente, con ella comunica solapadamente la utilización que hará del Relato como fuente esencial de su libro. 

   Todo esos trucos y artificios dedicados a embaucar a sus lectores, son reciclados por Cervantes con el objetivo de aprovechar esos mismos materiales para reírse del engañador y, a su vez, avisar y educar sobre los procedimientos y objetivos del complot eclesiástico. Algo de lo que culpa a los tiempos que corren  

“Y así, no  podía  inclinarme  a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropea­da,  y  echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador  y consumidor  de todas las cosas, el cual, o la  tenía  oculta o consumida"

    Son los tiempos, los malos momentos históricos, los culpables de que una historia tan valiente como el Relato permanezca desaparecida probablemente para siempre, al menos en esa parte aún no encontrada por el narrador y que deja la obra "manca y estropeada", expresión con la que Cervantes,  ironizando sobre su brazo, identifica su situación perso­nal  con  la del libro.

  En resumen, el narrador, a pesar de que ya ha conseguido su objetivo, está haciendo una narración retrospectiva de sus pensamientos y vicisitudes antes de lograrlo, o sea, un pretexto para comunicarnos la impotencia y decepción sufrida ante la difícil posibilidad de encontrar la continuación del manuscrito, del que se negaba a aceptar su desaparición, pues sería la primera vez que le ocurriera a un caballero andante “de los que dicen las gentes, / que van a sus aventuras”, es decir, de los pertenecientes al bando de los aventureros, cuya simbología ya se vio en el capítulo 7. 

"Por  otra  parte, me parecía que, pues entre  sus  libros  se habían  hallado tan modernos como Desengaño de celos y  Ninfas  y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna y que,  ya  que no estuviese escrita, estaría en la memoria  de  la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas.  Esta  imagina­ción  me traía confuso y deseoso de saber real  y  verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote  de la  Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo  y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer  agra­vios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes y con toda su virginidad a  cuestas, de  monte en monte y de valle en valle; que si no era  que  algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día  debajo de tejado,  y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido.  Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es  digno  nuestro  gallardo Quijote de  continuas  y  memorables alabanzas,  y  aun a mí no se me deben negar, por  el  trabajo  y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable  historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me  ayu­dan,  el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y  gusto  que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere"

   La historia de don Quijote debía ser moderna pues, aunque no estuviera escrita, la gente todavía la tendría en su memoria.  Es de nuevo otra coincidencia con la vida de Loyola y su fama, y la frase está inspirada en un fragmento de Ribadeneyra donde además de decir algo muy parecido sobre la modernidad de Loyola (“un hombre que fue en nuestros días”), trata de garantizar la autenticidad de su escritura con la existencia de esas personas

 “Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad, podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese. Más escribimos de un hombre que fue en nuestros días, y que conocieron y trataron muy particularmente muchos de los que hoy viven; para que los que no le vieron ni conocieron, entiendan que lo que aquí se dijere, estará comprobado con el testimonio de los que hoy son vivos y presentes, y familiarmente le comunicaron y trataron” (Vida, A los hermanos)

   Según el narrador, don Quijote nació en una aldea (“la gente de su aldea”), otra coincidencia con Loyola, también nacido en una aldea, el caserío de Loyola, un conjunto de casas que no llegaban a constituir un pueblo.

   Se debe tener en cuenta el revuelo levantado en torno a la figura de Loyola a partir de 1595,  cuando empiezan a tomarse en Madrid los testimonios ordinarios para el proceso de canonización.  Eso supuso la revisión y reconstrucción de cuantos informes y noticias se tenían de todo lo referente a su vida antes y después de la conversión. Suponía también hablar mucho, recordar detalles y acontecimientos ahora envueltos en el halo de un futuro santo.  Todo eso debió despertar la curiosidad y admiración hacia ese español que, partiendo de la nada y luchando contra todos, había logrado fundar una orden, asentarla en Roma y lograr fama de santidad.

   Si las declaraciones de testigos se inician en 1595, quiere decir que algunos años antes ya habían comenzado las investigaciones sobre el asunto, pero no sólo en Azpeitia, sino en todas las ciudades donde Loyola había residido, como Alcalá, Toledo, Salamanca, Barcelona o Manresa, probablemente lo que el narrador ha denominado aldeas circunvecinas.

    También conviene saber que Ribadeneyra fue designado en 1595 promotor  del proceso de canonización, para lo que  envió cartas a los distintos colegios requiriendo informaciones y testigos, con el consiguiente reflorecimiento de la figura de Loyola y la desconfianza y oposición de quienes discrepaban de los métodos utilizados por Ribadeneyra en su Vida. 

   En definitiva, todo ello supuso un rescate de la figura de Loyola (“estaría en la memoria  de  la gente”) y una recreación en su vida y milagros, tal como indica el narrador: “Esta  imagina­ción  me traía confuso y deseoso de saber real  y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote  de la  Mancha”.  La expresión subrayada es un claro referente a ese prólogo donde Ribadeneyra, de forma muy parecida a como en este capítulo 9 está haciendo el narrador, explica parte de su trabajo y se refiere a los principios de la Compañía

      “Ahora le he traducido y añadido en nuestra lengua castellana, para que nuestros hermanos legos de España, y otras personas devotas, y deseosas de saber los principios de nuestra Religión, que no saben la lengua Latina, puedan gozar, y aprovecharse dél en la suya” (Vida, Al cristiano lector)

   El narrador, usando la misma expresión, participa de ese deseo colectivo de conocer los orígenes de la Compañía, cuya primera piedra es Loyola, a quien también sutilmente se alude con el doble sentido de la  expresión coloquial “toda la vida y milagros” [3] , pues ya hemos visto que Ribadeneyra le atribuye desde el principio todo tipo de milagros, y otros muchos que irán después apareciendo de este “nuestro famoso español”, calificativo especialmente adecuado para Loyola, a quien no sólo determina el posesivo “nuestro” que familiarmente  gusta emplear  Ribadeneyra, sino por ser famoso y “español” , matización apropiada sólo cuando se habla de alguien cuya fama ha trascendido nuestra fronteras.    La ironía de Cervantes se manifiesta en esos dos adverbios “real y verdaderamente”, con los que vuelve a marcar sus diferencias con Ribadeneyra.

   Sobre la fama de Loyola (“nuestro famoso español”) hay múltiples referencias en la Vida

“era tanto el concurso de la gente que de muchos pueblos de toda aquella provincia acudía a oírle, movida de la fama de sus cosas” (Vida II, V)

    Los siguientes atributos (“luz y espejo de la caballería manchega”) parecen tópicos de los libros de caballerías, sin embargo ambos piropos los encontramos en la Vida, concretamente en esos prólogos iniciales que están sirviendo de núcleo paródico de estos principios del capítulo 9, aunque Cervantes al juntarlos y unirlos a “caballería manchega” les otorga una dimensión irreconocible.

  El concepto de “luz” aparece de muchas formas, sirvan de ejemplo las dos siguientes

“y vestida su ánima y alumbrada de nueva luz del cielo” (Vida I, VI)
“Esta tan soberana prudencia que tenía en todas las cosas, le nacía de la abundante luz y resplandor del cielo con que su ánima era ilustrada” (Vida V, XI)

   Casi lo mismo pasa con espejo

    “maravillado de la vida y heroicas y admirables virtudes de aquel nuevo espejo de virtud y prudencia, que en nuestros tiempos envió Dios al mundo para salud de infinitas almas” (Vida, Granada I)
“así también nosotros, habiendo recebido de la mano de Dios nuestro Señor a nuestro bienaventurado padre Ignacio por guía y maestro y por caudillo y capitán desta milicia sagrada, debemos tomarle por espejo de nuestra vida” (Vida, A los hermanos)

   Don Quijote fue “el primero que en nuestra edad y en estos calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas”.   Otra frase construida a base de distintos conceptos también sacados de la Vida, pues ya sabemos que Loyola se propuso revivir el evangelio apostólico en aquellos tiempos en que la Iglesia estaba asolada por la herejía, según suele decir Ribadeneyra con esas mismas expresiones

“Y ha sido invención de Dios el hacerse este voto en la Compañía, en tiempos tan miserables y de tanta calamidad” (Vida III, XXI)
“Hallaremos, pues, que en este tiempo la Santa Iglesia padecía gravísimas e irreparables calamidades” (Vida II, XVIII)
“De lo cual hay aún más necesidad en estos tiempos que en otros, por haber en ellos mayores peligros, y mayores males, y calamidades de herejías, y errores, y depravadas costumbres” (Vida III, XXII)
“¿Fueron por ventura aquellos tiempos más calamitosos y miserables que los nuestros? o hubo en ellos mayor necesidad deste ejercicio, que agora que se abraza el mundo?  Cierto no, ni tampoco se puede decir, que dice mejor con la soledad y contemplación que profesaban los Monjes, el tener escuelas y criar niños, que con el instituto desta Compañía:  la cual envió Dios a su Iglesia para que la sirviese, y se ejercitase en todos los ministerios de caridad, y entre ellos el de enseñar a los niños.  Concluyamos pues que no es cosa ajena del Religioso el enseñar, aunque sean cosas menudas, y menos lo es de la Compañía:  pues Dios nuestro Señor la ha llamado en tiempo tan necesitado, para este y otros ejercicios de servicio suyo, y bien de su Iglesia” (Vida III, XXII)

   Es evidente que el tono general empleado por el narrador irónicamente procede de ese apocalíptico estilo que tanto iba a proliferar entre católicos. De esos fragmento se extrae, además, el sentido de ejercitarse, que abundará en la novela, el tono militarista, la crítica a la depravación de los tiempos y la necesaria ayuda enviada por Dios para combatirlos.  No menos abundante en la Vida es el concepto simbólico de armas, o sea, los medios espirituales de los cristianos para luchar contra el mal (“los armaba Ignacio”). Don Quijote, como Loyola, “se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas y amparar doncellas” ocupaciones, según ya se ha visto, propias de Loyola, siempre favorecido por Dios.

   La frase “si no era  que  algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba” es una referencia al fragmento también ya comentado del Relato, donde Loyola impide que los soldados fuercen a unas mujeres

"De aquellos que venían en la nave se le juntaron en  compañía una  madre, con una hija que traía en hábitos de muchacho,  y  un otro mozo.  Estos le seguían, porque también mendicaban.  Llega­dos a una casería, hallaron un grande fuego, y muchos soldados  a él,  los  cuales  les dieron de comer, y les  daban  mucho  vino, invitándolos,  de  manera  que parecía que  tuviesen  intento  de escallentalles.  Después los apartaron; poniendo la  madre y la hija arriba en una cámara, y el pelegrino  con  el mozo en un establo.  Mas cuando vino la media noche, oyó que allá arriba  se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era,  halló  la madre y la hija abajo en el patio  muy  llorosas, lamentándose  que las querían forzar.  A él le vino con  esto  un ímpeto tan grande, que empezó a gritar, diciendo: <<¿Esto se  ha de  sufrir?>>  y semejantes quejas; las cuales  decía  con  tanta eficacia,  que quedaron espantados todos los de la casa, sin  que ninguno le hiciese mal ninguno" (R,38)

   ¿No es el ejército ese “descomunal gigante” contra el que se enfrenta un solo caballero en defensa de unas mujeres?, ¿no es este caballero, todavía seglar, luz y espejo de esta nueva Iglesia que en "tan calamitosos  tiempos  se puso al trabajo  y  ejercicio"  de resucitar  el  espíritu  del cristianismo apostólico? 

   Las empresas  acometidas por don Quijote ("desfacer agravios,  socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y  palafrenes") son, pues, similares a las emprendidas por Loyola. A él pertenecen y en él se inspira el valor y la entrega altruista que aparecerá una y otra vez en don Quijote: “Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno  nuestro  gallardo Quijote de  continuas  y  memorables alabanzas”, una especie de recolección-conclusión del narrador también inspirada en otras alabanzas sobre Loyola

“y por darles contento quise yo tocarlo aquí, y declarar con brevedad cómo sembró esta semilla este labrador y obrero fiel del Señor por todo el mundo, y cómo de un granillo de mostaza creció un árbol tan grande, que sus ramas se extienden de oriente a poniente, y de septentrión al mediodía, y otros acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió dignos de memoria. Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido y otras cosas que siendo prepósito general se ordenaron y establecieron y  por estos respetos parece que están tan trabadas y encadenadas con su vida, que apenas se pueden apartar della” (Vida, A los hermanos)

   Hay un claro paralelismo entre los elogios del narrador a don Quijote en esa especie de preámbulo explicativo que constituye el capítulo 9 y los de Ribadeneyra a Loyola en la introducción dedicada “A los hermanos”

   La conclusión del narrador es que don Quijote merece continuas alabanzas, que es, en definitiva, lo insistentemente hecho por Ribadeneyra.

  Se le aplica ahora a don Quijote-Loyola el calificativo “gallardo”, antes atribuido al libro (“gallarda historia”), con lo que Cervantes demuestra su admiración hacia los gestos valerosos, hacia quien lucha, con fuerza o con inteligencia, por defender sus ideales, pues el Relato es, como los hechos narrados en él, un acto de valentía en defensa de la verdad. 

   También el Quijote es una burla alegórica con la que su autor arriesga la vida, razón por la que pide estimar su trabajo (“y  aun a mí no se me deben negar, por  el  trabajo  y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia”), y aunque resalta el tremendo esfuerzo realizado en su exhaustiva parodia total, quizás lo que solapadamente sugiere es que se aprecie el grave riesgo asumido para conseguir el resto de los documentos secuestrados y el atrevimiento de la imitación.

   Vuelve a calificarse elogiosamente al Relato como “agradable historia” y, a continuación, se  añade un nuevo detalle para su identificación y recuperación: “aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me  ayu­dan,  el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto  que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere" 

   La adquisición del libro ha sido posible gracias a la ayuda del "cielo,  el caso y la fortuna".  Tres felices coincidencias donde "cielo",  ya citado con el mismo sentido al final del capítulo 8, además del significado de ayuda celestial o milagrosa, puede funcionar con el  ambivalente  de ayuda eclesiástica.  

   ¿Cómo consiguió Cervantes los manuscritos?  Por dos veces parece sugerir que fue  algún religioso (“cielo”) de quien, por agradecimiento,  no quiere dejar pistas  comprometidas.  Y otra vez se repite la admiración  hacia el libro ("pasatiempo  y gusto") y finaliza con las discutidas "casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere".  Tiempo que, lejos de acomodarse al Quijote completo de 1605, se ajusta perfectamente al que puede utilizarse en  la lectura del Relato.

   Cervantes matiza "con  aten­ción",  advirtiendo,  como  uno de los pioneros  estudiosos  del Relato, de la complejidad y riqueza de su sobria y efectiva prosa.  Y acto seguido explica  cómo  encontró las fuentes

"Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender  unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy  aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un  cartapacio de  los que el muchacho vendía y vile con caracteres que  conocí ser arábigos.  Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve  mirando si parecía por allí algún morisco  aljamiado  que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues  aunque  le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara.   En  fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo  y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio,  y leyendo un poco en él, se comenzó a reír"

   Con una expresión abundante en la Vida (“estando un día”) comienza este fragmento que nos sitúa al narrador en Toledo, ciudad bastante presente en la obra de Cervantes y posiblemente visitada por él en varias ocasiones, por lo que el episodio de la compra de los manuscritos podría responder a una realidad o, de nuevo, a un dato simbólico para situarnos en la ciudad donde había nacido Ribadeneyra y donde residió algunos años tras su vuelta a España en 1574.  Por su correspondencia sabemos que el jesuita se dedicó a escribir en esos años la versión castellana de la Vida, y que allí reunió toda la información entonces existente sobre Loyola, según se deduce de numerosas cartas dirigidas a Roma requiriendo algunos textos que necesitaba.

   La elección de Toledo como lugar donde se adquieren los manuscritos que permiten la continuación de la historia parece, pues, estar relacionada con la presencia y el trabajo de Ribadeneyra en dicha ciudad.   No obstante, todo lo relativo a los orígenes y proveedores  de los manuscritos está envuelto en un ambiente alegórico y despistan­te,  ya que el temor a represalias obliga a la máxima precaución para proteger a los colaboradores.  Por lo tanto, el lugar lo mismo pudo ser Toledo, Madrid  o  Alcalá,  donde  la reacción de los propios jesuitas contra la decisión de secuestrar los  escritos de Gonçalves fue bastante virulenta.

   Pero además esta historia del hallazgo de los manuscritos no está, en mi opinión, relacionada con el momento del nacimiento del Quijote, sino algunos años antes, probablemente poco después de la vuelta de Cervantes del cautiverio, lo cual no es óbice para que, algunos años después, introduzca en su novela, mezcla de historia y ficción, el relato de aquellos acontecimientos. 

    El hallazgo  de los manuscritos se  hizo, pues,  según  informa el narrador, tras una hábil maniobra donde, al margen  del dinero, jugaba un papel importante la astucia, pues el éxito del negocio  está en adelantarse al sedero a quien  iban  dirigidos.  ¿Sólo  por  el ahorro de evitar  a  ese intermediario o porque ese profesional de la seda es  un  fino trasunto de los hábiles jesuitas que andaban tras todos los  manuscri­tos de Gonçalves? El trabajo y diligencia que, según el narrador, costó conseguirlos, apunta a complicados  trapicheos y a una especial dedicación e interés.

   Una vez el narrador tiene en sus manos "un cartapacio" descu­bre que está escrito en arábigo, lengua que dice no saber "leer", pero en el sentido de traducir, pues según el contexto siguiente, el trabajo del "morisco aljamiado que los leyese" consistirá en traducirlos.   Fue fácil en Toledo encontrar  tra­ductor  "pues aunque le buscara de otra mejor y más  antigua lengua,  le hallara".  Aclaración superflua con toda  la pinta de ser una nueva pista sobre la verdadera naturaleza de  los manuscritos, posiblemente escritos en latín, por ser la lengua común usada por los jesuitas, y “mejor y más antigua” que la árabe por la rica cultura  que  representa. 

    Otro golpe de suerte (“En  fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo  y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio,  y leyendo un poco en él, se comenzó a reír") le proporciona un “morisco aljamiado” que hace de traductor simultáneo, un caso también excepcional en la época, pues como dice Murillo “Dar de esta manera en Toledo con un morisco que leyera árabe (y se supone castellano) no habría sido fácil a principios del siglo XVII.  Imagina Cervantes una circunstancia que habría sido mucho más probable años antes” [4] .  Sin embargo sí hubiera sido fácil hallar rápidamente en Toledo alguien capaz de traducir del latín al castellano. 

   En resumen, es muy probable que Toledo aparezca como lugar del hallazgo por la vinculación de Ribadeneyra con esa ciudad, y que toda la información restante sean aditamentos desorientadores de la verdadera identidad del documento encontrado, ahora definido no como papeles o cartapacios, sino como un libro (“poniéndole el libro en las manos” y más abajo “aquel libro”) que debemos suponer escrito en latín dadas las muchas circunstancias que lo sugieren y el tono burlón generalizado, pues mientras se espera que la burla nazca de “la asociación que en la opinión popular tenía la Mancha con moriscos” mentirosos, la auténtica mofa surge con la relación de toda la verdadera historia con los católicos, desenmascarados en la Vida como sutiles embusteros.

"Preguntéle  yo que de qué se reía, y respondióme que  de  una cosa  que tenía aquel libro escrita en el margen  por anotación.  Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
   -Está,  como he dicho, aquí en el margen escrito  esto:  <<Esta Dulcinea  del  Toboso, tantas veces en  esta  historia  referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha"

  La risa del morisco y el tono burlón  del narrador con el verbo decir otorga a todo el párrafo una compli­cidad nacida de varias asociaciones, pues en el lenguaje externo se entiende que la nota sobre Dulcinea no es informativa sino satírica,  ya que en ella se mezcla lo árabe de la escritura con la prohibición religiosa de la carne de cerdo.  Sin embargo, si buscamos una relación formal entre la aparición de esa nota adicional, que según especifica el morisco se encuentra en el margen de la página a mitad del libro, con algún detalle similar en el Relato, aparece una coincidencia extraordinaria, pues no más tarde de 1562 Gonçalves de Camara añadió al Relato “trece adiciones marginales: doce a la parte española, y una a la italiana” [5] .  Precisamente la nota número trece, es decir, la única inserta en la parte del Relato desconocida hasta ahora por el narrador, se encuentra en el capítulo X, y dice

“Había deliberado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a Nuestra Señora le quisiese poner con su hijo.  Y estando un día, algunas millas antes que llegase a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintió tal mudanza en su alma, y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su hijo, que no tendría ánimo para dudar esto, sino que Dios Padre le ponía con su hijo.  *Y  yo, que esto escribo, dije al peregrino, cuando me narraba estas cosas, que Laínez contaba esto con otros pormenores, según tenía entendido.  Y él me dijo, que todo cuanto decía Laínez  era cierto porque él no se acordaba con tantas particularidades;  mas que  entonces cuando lo refería sabe cierto que no dijo sino la verdad.  Y esto me dijo en otras cosas"* (R,96)

   Por una parte está el texto, donde se cita, como tantas veces en el Relato, a “Nuestra Señora”, y por otra, entre asteriscos, la nota adicional añadida con posterioridad. ¿No es “Esta Dulcinea  del Toboso, tantas veces en esta historia  referida” una clara referencia a esa “Nuestra Señora” tantas veces mencionada en el Relato?  El morisco está hablando “sin dejar la risa”, manteniendo ese tono burlón cuyo verdadero significado parece encontrarse en la relación mantenida con el lenguaje profundo, cuya continuidad también se extiende a la nota adicional, aludida a través de la insistente utilización  del verbo decir, precisamente repetido cinco veces (Díjele...dijese...dijo...dicho... dicen), el mismo número  que en la nota de Gonçalves (dije...dijo...decía...dijo...dijo)

   Se trata de otro increíble referente, de un nuevo recurso en este variado repertorio de juegos ingeniosos utilizados por Cervantes para informar de que, además de tener el Relato primitivo e incompleto, ahora posee otro manuscrito con todos los capítulos restantes, pues está parodiando la única nota adicional existente en la parte del Relato escrita en italiano.  Y para no dejar lugar a dudas (y aunque abuse de la reproducción del fragmento) merece la pena comprobar cómo sin apenas notarse y en tan poco espacio, Cervantes imita sorprendentemente la nota del Relato

*”Y  yo, que esto escribo, dije al peregrino, cuando me narraba estas cosas, que Laínez contaba esto con otros pormenores, según tenía entendido.  Y él me dijo, que todo cuanto decía Laínez  era cierto porque él no se acordaba con tantas particularidades;  mas que entonces cuando lo refería sabe cierto que no dijo sino la verdad.  Y esto me dijo en otras cosas"*
"Preguntéle  yo que de qué se reía, y respondióme que  de  una cosa  que tenía aquel libro escrita en el margen  por anotación.  Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
   -Está,  como he dicho, aquí en el margen escrito  esto:  <<Esta Dulcinea  del  Toboso, tantas veces en  esta  historia  referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha"

   La ingeniosa parodia morfológica consta, pues, de la repetición cinco veces del verbo decir, más un número de vocablos superiores a diez, añadiéndole a todo ello la cercana presencia de “Nuestra Señora”, de quien, como ya sabemos, Dulcinea es un trasunto novelesco.  Incluso puede hablarse de cierta disposición paralela en la colocación de los vocablos repetidos: yo, escribo, cosas, y él...dijo, refería, otras / yo, cosa, escrita, y él...dijo, referida, otra.

                                Relato                                                                                   Quijote

                        yo, que                                                                                  yo que
                        esto escribo                                                                          escrito esto    
                        dije...dijo                                                                              Díjele...dijo
                        cosas                                                                                    cosa
                        tenía                                                                                     tenía
                        Y él                                                                                       y él
                        todo                                                                                      toda
                        refería                                                                                   referida

   Ese mismo juego en torno al verbo decir lo repite Cervantes en el Viaje del Parnaso, precisamente en un lugar donde el lenguaje medio en broma está también cargado de matices religiosos y temores a hablar

    -Por Dios, dijo Mercurio, y a fee mía,
que no puedo decirlo, y si lo digo,
tengo de dar la culpa a tu porfía.
    -Dilo, señor, que desde aquí me obligo
de no decir que tú me lo dijiste,
le dije, por la fe de buen amigo.-
   Él dijo: -No nos cayan en el chiste,
llégate a mí, dirételo al oído,
pero creo que hay más de los que viste” [6]

   La evidente chacota en torno al verbo decir (9 veces) difumina un poco la crítica a la censura (no puedo decirlo / me obligo de no decir / No nos cayan / dirételo al oído), y exalta el ingenio para burlarla, “No nos cayan en el chiste”

"Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso",  quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote.  Con esta imaginación,  le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía:   Historia de  don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete  Benengeli, historiador arábigo.  Mucha discreción fue menester para disimu­lar el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro,  y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos  los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera  discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer  y llevar más de seis reales de la compra.  Apartéme luego  con  el morisco por el claustro de la Iglesia mayor, y roguéle me  vol­viese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijo­te, en lengua castellana,  sin quitarles ni añadirles nada, ofre­ciéndole la paga que él quisiese.  Contentóse con dos arrobas  de pasas  y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos  bien y fielmente  y con mucha brevedad.  Pero yo, por facilitar  más el negocio  y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje  a mi  casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda,  del mesmo modo que aquí se refiere"

  El estado del narrador (“atónito y suspenso”) suele encontrarse combinado de muchas formas en la Vida, siempre con dobles adjetivos cuyo propósito es provocar esa efectista impresión tan graciosamente parodiada por Cervantes 

“La cual, si paramos mientes, quedaremos como atónitos y pasmados” (Vida II, XIX)
“y al cabo de rato que había estado como hombre arrobado y  suspenso” (Vida I, II)
“El cual misterio explicaba con tanta abundancia de razones, semejanzas y ejemplos, que todos los que le oían se quedaban admirados y suspensos” (Vida I, VII)

   La historia de Loyola se le "representó" (ya se ha visto a Ribadeneyra utilizar ese mismo verbo y con el mismo sentido) como la de don Quijote, y “Con esta imaginación,  le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía:  Historia de  don Quijote de la Mancha, escrita por  Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo"  

   De nuevo el tono  burlón con  el verbo decir vuelve a ser parodia del juego ya iniciado por Ribadeneyra cuando al poner título a su libro imita al de Gonçalves, en cuya edición latina del manuscrito Ve dice

<<Exemplar originalis vitae B. Ignatii scriptae a P. Ludovico Consalvio, narrante ipso B. Patre>>

   Las semejanzas entre este título y  el de la Vida son abundantes, pues está claro que Ribadeneyra se inspira en los tres cuerpos de que consta el de Gonçalves

Vida del P. Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de la Compañía de Iesus.  Escrita en Latín por el padre Pedro de Ribadeneyra de la misma Compañía, y ahora nuevamente traducida en Romance, y añadida por el mismo Autor”

   Aunque este título de Ribadeneyra está inflado, en lo esencial es prácticamente igual al del Relato

                        Relato                                                        Vida

vitae B. Ignatii                                    Vida del P. Ignacio de Loyola
scriptae a P. Ludovico Consalvio          Escrita... por el padre Pedro de Ribadeneyra
narrante ipso B. Patre>>                    añadida por el mismo Autor

   En su afán por hacer un título lo más parecido al de Gonçalves, ha imitado hasta la última coletilla, aunque salvando las distancias, pues donde el Relato dice narrado por el mismo B. Padre, él se ha visto obligado a colocar esa filigrana en la que se conserva como referente la expresión “por el mismo”

   Cervantes actúa de forma semejante, haciendo que la traducción del título hecha por el morisco mantenga un juego paralelo con el de la Vida 

Historia de  don Quijote de la Mancha, escrita por  Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”

   Aunque a primera vista parecen muy diferentes, en ambos casos se repiten los tres elementos fundamentales

                        Vida                                                                           Quijote

Vida del P. Ignacio de Loyola                                Historia de don Quijote de la Mancha
Escrita ... por el padre Pedro de Ribadeneyra         escrita por Cide Hamete Benengeli
en latín                                                                historiador arábigo

   Salvo esa diferencia formal (Vida / Historia), el resto del núcleo de ambos títulos está formado por el nombre de pila evolucionado de sus protagonistas, Ignacio / Quijote, más el sobrenombre de sus respectivas tierras, de Loyola / de la Mancha.  Seguidos del nombre de cada uno de los autores, precedidos por la expresión “escrita por”, que en la Vida lleva la aclaración “en latín”, parodiada por Cervantes con la frase “historiador arábigo”, pues ya hemos visto que al latín, como forma protectora y burlesca, se le refiere como “arábigo”, sin olvidar que Ribadeneyra había sido enviado a Toledo como historiador de la Compañía, o sea que historiador arábigo quiere decir en el lenguaje profundo historiador latino.

   Queda por último la parodia del nombre, pues según se va viendo, el famoso Cide Hamete Benengeli debe corresponderse con el padre Pedro de Ribadeneyra. 

   Se ha escrito tanto sobre dicho nombre que es fácil encontrar apoyos para cualquier teoría.

   Para el nombre completo, según Geoffrey Stagg, es muy probable que Cervantes se inspire en el de “Cid Amet Alubedi, considerado notable sabio en torno al año 1579.  Obsérvese la proximidad en la estructura silábica de ambos nombres” [7]  

   Stagg llega a la conclusión de que el nombre de Cide Hamete está “asentado sobre una estructura de tres partes” susceptibles de estudio particular. 

   Cide quiere decir <mi señor> y “corresponde al tratamiento del sector social de los morabitos, según la información que transmite Haedo en su Topografía e historia general de Argel escrita entre 1527 y 1529.  Los morabitos eran, por lo común, ministros de la religión, docentes u hombres de letras”

    Probablemente Cervantes conoció durante su cautiverio en Argel ese sentido honorífico, entre lo religioso y docente, de la palabra Cide (mi señor),  y le pareció apropiada como parodia del título honorífico “Padre” que le corresponde a Ribadeneyra.  Tal como apunta Stagg, se trata de un “recurso humorístico” dirigido “contra los prejuicios antiárabes tradicionales” 

    “Cide” puede incluso apuntar a su vez en otra dirección, pues ya sabemos que el verdadero nombre de Ribadeneyra era Pedro Ortiz de Cisneros,  siendo Cide un anagrama extraído de ese apellido (de Ci) y a la vez el tratamiento de honor paralelo al de “Padre” que se le otorga a los religiosos católicos.

    Hamete procede, según Murillo, del nombre propio Hámed, <el que alaba, el que glorifica>, y su relación con Ribadeneyra casi no necesita comentario, pues según se va viendo, la Vida más que una verdadera biografía es un auténtico panegírico.

    Para que esa serie de dudosas coincidencias ganen credibilidad se necesitaría un dato más contundente, algo que reforzase la identificación con Ribadeneyra, y eso lo aporta el apellido Benengeli que, puesto en boca de Sancho, Cervantes convierte en “Berenjena” (QII, 2), fruto con el que jocosamente se alude a los toledanos:  “Benengeli es una cómica deformación y tiene sentido de <aberenjenado> o <berenjenero>  Covarrubias registra el refrán que alude al gran gusto que tenían los Toledanos a la berenjenas:  <<Toledano, ajo, berenjena>> [8] .  El hecho de que Ribadeneyra fuera toledano y de que pasara, además, gran parte de los últimos años de su vida en dicha ciudad, concretamente mientras Cervantes escribe el Quijote de 1605, hace de ese apellido un dato decisivo en la búsqueda de matices, pues no olvidemos que la prudencia obligaba a Cervantes sólo a sugerir.

   En definitiva, el nombre de Cide Hamente Benengeli es una especie de compendio de pequeños detalles tras el que se oculta el nombre del toledano religioso adulador de Loyola, o del Padre adulador berenjenero.  Entre las más de treinta veces que aparece Cide Hamete entre la Primera y Segunda parte del Quijote, hay algunas donde se aprecia especialmente esta cualidad de adulador característica del nombre de Hamete

“<<¡Bendito sea el poderoso Alá!>>, dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo.  <<¡Bendito sea Alá!>>, repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho” (QII, 8)

   Esta fórmula de alabanza tan propia de la literatura religiosa árabe, no es ajena a la literatura religiosa católica, ni mucho menos a Ribadeneyra, de quien encontramos en su Vida algunas exhortaciones muy próximas a las de Cervantes

  Bendito sea, alabado y glorificado, ensalzado y sobreensalzado en todos los siglos de los siglos de todos los ángeles y santos del cielo el santísimo y amabilísimo nombre del  Señor, que así ennoblece y enriquece esta su mínima Compañía [...] Alabado asimismo y glorificado sea el Señor” (Vida II, XIX)

   Además de ese “Bendito sea” y el tono general de alabanza deísta, en el siguiente fragmento se repite, tal como ha dicho el narrador (“repite tres veces”), tres veces la bendición

“El sea bendito por todo y de todas las criaturas por ello, amén.  El sea siempre honrado en sí y en su Madre y en sus ángeles y en sus santos y santas, amén.  El sea magnificado y sobre todo ensalzado por vía de todas sus criaturas, amén.  Yo digo amén de mi parte, y os ruego que le alabéis sobre este vuestro hermano, que yo así lo hago sobre toda la Compañía >>” (Vida III, XI)

   La relación entre el estilo de Cide Hamete y la de Ribadeneyra parece bastante clara, pero hay además otras informaciones a lo largo del Quijote que prueban sobradamente su identidad.

“Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes” (QII, 3)

   Hay en general un aire socarrón cuyo verdadero sentido se aprecia fundamentalmente una vez conocido el fragmento que lo inspira  

“Este Libro de la vida de nuestro padre Ignacio algunos años ha que le escribí yo y le publiqué en Latín. Escribíle en aquella lengua que es común, porque le dirigí a toda nuestra Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo. Agora le he traducido y añadido en nuestra lengua castellana, para que nuestros hermanos legos de España, y otras personas devotas, y deseosas de saber los principios de nuestra Religión, que no saben la lengua Latina, puedan gozar, y aprovecharse dél en la suya. En lo cual no he usado de oficio de intérprete, que va atado a las palabras y sentencias ajenas, sino de autor que dice las suyas” (Vida, Al cristiano lector)

   Ribadeneyra explica cómo escribió su libro en latín y él mismo lo tradujo después al castellano.  Y con esa información juega el bachiller Sansón Carrasco en ese fragmento de la Segunda Parte donde, además de Cide Hamete como autor original, se menciona al “curioso” traductor encargado de verterlo, tal como, no sin cierta petulancia, el mismo Ribadeneyra dice haber hecho con su libro. Cervantes añade además el irónico “nuestro vulgar castellano” como referencia a la menor categoría que, frente al latín, otorga Ribadeneyra a nuestra lengua.  Igual sentido se aprecia en la  alusión al intérprete (“y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante”) y en lo referente al carácter universalista.  Según Ribadeneyra su libro se ha traducido para que puedan gozar en todo el mundo quienes no saben latín, por eso en el Quijote se añade que el objetivo de la traducción es el “universal entretenimiento de las gentes”

                        Vida                                                                        Quijote

            escribí-Escribíle                                                       escritas
            traducido                                                                 traducir
            en nuestra lengua castellana, para                          en nuestro vulgar castellano, para
            intérprete                                                                intérprete
            todas las naciones del mundo                                    universal entretenimiento

    En otras ocasiones la presencia de Cide Hamete sigue igualmente asociada a la personalidad de Ribadeneyra emanada desde su Vida

  “Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina, pero que divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase” (QII, 62)

   Todo el fragmento está construido a base de distintas referencias pertenecientes a diversos fragmentos de la Vida.    

   En primer lugar esa irónica alusión a los “centinelas de nuestra fe”

 “Llegó la fama desto a los Inquisidores de Toledo, los cuales, como prudentes, temiendo desta novedad en tiempo tan sospechoso, y queriendo, como cuidadosos, remediar el mal, si alguno hubiese, con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá, y hicieron diligentísima pesquisa de la dotrina, vida y ocupaciones de nuestro Ignacio, y formaron el proceso” (Vida I, XIV)

   A los tres referentes en negritas debe añadirse el claro paralelismo de tono comprensivo hacia la Inquisición existente en ambos textos, reforzados con analogías como “despiertas centinelas” e “Inquisidores...prudentes...cuidadosos”

   La misma actitud compresiva y edulcorante del anterior fragmento se encuentra en otro donde Ribadeneyra vuelve a justificar la intervención de la Inquisición contra Loyola

“En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo” (Vida I, XV)

   Se repite la presencia del verbo temer y el tono exculpatorio con los inquisidores, justificados como “prudentes” “cuidadosos” y “con buen celo”

“Diósele Ignacio y leyóle el buen Inquisidor y agradóle tanto, que pidió licencia para trasladarle para sí, y así lo hizo” (Vida II, II)
“Hallóse de Francia el Maestro Fray Mateo Ori, de la Orden de Santo Domingo, ante quien, siendo Inquisidor de la fe, fue en París acusado Ignacio” (Vida II, XIV)
“También debemos enmendar nuestras vidas porque no perdamos por nuestras culpas el don inestimable de la fe, que otras naciones por las suyas perdieron, y suplicar instantemente de día y de noche al Señor por la vida y felicidad de nuestro católico rey don Felipe, que, conforme a su apellido y renombre, con su grandísima cristiandad, celo, vigilancia y poder ampara y defiende la fe católica, oponiéndose como muro fortísimo e inexpugnable al furor de los herejes, y dando brazo, aliento y favor al santo Oficio de la Inquisición. El cual, para conservación y defensa de la misma fe, la divina bondad con increíble misericordia y providencia instituyó en los reinos de Castilla y de León el año de mil y cuatrocientos y ochenta y uno, y en los de Aragón, Valencia y Cataluña el de mil y cuatrocientos y ochenta y tres, que fue el año mismo que nació Lutero” (Vida II, XVIII)

   En general, de estos textos se desprende esa ambigua sensación de comprensión y temor a la Inquisición burlescamente parodiada por Cervantes con el asunto de la cabeza parlante, un fragmento en cuya última frase aparecen otros referentes relativos a la prisión de Loyola en Salmanca (“no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase”)

“Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante” (Vida I, XV)

  Es como si pretendiera que volviéramos a relacionar de nuevo el interés de Ribadeneyra por congratularse con quienes abusaron injustamente de Loyola, para que de ninguna manera se nos pase la estrategia seguida. 

   Igual ocurre con ese despectivo “el vulgo ignorante”, repetido en varias ocasiones en la Vida

el vulgo inorante puso a los nuestros el nombre que no era nuestro” (Vida II, VI)
“no dejándose llevar  de la apariencia y vana opinión del vulgo ignorante” (Vida III, XXII)
“no era culpa suya el alboroto pasado, sino del vulgo ignorante” (Vida IV, XIV)

   En general, la intención de Cervantes es transmitir sutilmente la falta de credibilidad que ofrece cualquier texto de Ribadeneyra.  Lo explica muy bien Gerhardt cuando dice que Cide Hamete Benengeli “pertenece a un pueblo de proverbial carácter embustero, y la insistencia constante del narrador en su también proverbial fidelidad histórica no resulta suficiente para borrar del lector, y muy especial del lector contemporáneo de Cervantes, la primera imagen sospechosa” [9]

   Parece clara la relación existente entre Ribadeneyra y Cide Hamete gracias, sobre todo, a esos ejemplos del Quijote de 1615, escritos cuando Cervantes ya había comprobado la reacción de la Compañía y la Inquisición tras la publicación de la Primera Parte de 1605.  El que no se hubiesen metido con él durante todos esos años, le permitió confiar en su estrategia y seguir trabajando con mayor libertad y atrevimiento, pues los jesuitas habían decidido, además de no editar más la Vida, no remover el asunto. “Una de las características particulares apreciadas por Marthe Robert en Cide Hamete Benengeli es que, contrariamente a los autores ficticios que desaparecen ocasionalmente, extiende su actividad y su influencia hasta el mismo final de la obra.  Benengeli no es totalmente el primer autor, pues ha sido precedido por otros, entre los que está el autor anónimo gracias al cual Cervantes ha conocido los primeros capítulos de la obra.  De esta forma, son tres al menos los autores del Quijote: este autor anónimo de una parte, Benengeli de otra, y Cervantes en fin, por su papel de compilador y ordenador de los textos” [10]  

   Las conclusiones de M. Robert cuadran exactamente con la historia de la Compañía pues, en efecto, Cide Hamete no desaparece durante toda la novela, ya que la presencia de la Vida en el Quijote es permanente hasta su punto y final.  Igual concuerda la diferencia y distancia existente entre  Hamete y el primer autor, es decir, el padre de don Quijote, sin lugar a dudas Gonçalves (“gracias al cual Cervantes ha conocido los primeros capítulos de la obra”)

   En definitiva, hay un primer autor que es Gonçalves, fuente esencial y fidedigna de todas las informaciones, y eje general de la estructura de la obra [11] .  Hay también que recordar que el mismo Gonçalves se vale a su vez de los pequeños trabajos hechos con anterioridad por los primeros compañeros de Loyola, como Polanco, Laínez, etc (de ahí la precisión de Robert: “ha sido precedido por otros”).  Un segundo autor, Ribadeneyra, que absorbe a Gonçalves y a todos los anteriores, incluidos los informes de viva voz recogidos con posterioridad, y cuyo trabajo se va ampliando o, mejor dicho, inflando en las sucesivas ediciones de su libro [12] , donde se incluye todo cuanto van publicando otros nuevos historiadores de Loyola.  Y un tercer autor, Cervantes, cuya labor consiste en parodiar todos los trabajos, aunque con distintos criterios, pues el objetivo esencial es burlarse de las manipulaciones del segundo autor y restaurar la personalidad y prestigio del primero e, indirectamente,  la verdadera imagen de Loyola, unificador de todos los trabajos.

“Mucha discreción fue menester para disimu­lar el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro,  y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos  los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera  discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer  y llevar