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CAPÍTULO
OCHO
Los
molinos de vientos transformados en gigantes de enormes brazos son
la respuesta paródica de Cervantes al inmenso poder de la Inquisición,
capaz de perseguir a Loyola desde Alcalá y Salamanca hasta París,
donde fue acusado de proselitismo, y amenazado de recibir una paliza
ejemplar. En ese punto, sin dar respuesta al desenlace de esa amenaza,
finaliza la parte castellana del Relato, de igual forma que el enfrentamiento
entre don Quijote y el vizcaíno finaliza sin respuesta porque, según
el narrador, carece de la fuente de información en que se basa. En
general, esta primera parte de 1605 concluye con la parodia de los
hechos más significativos de la vida ascética de Loyola, abriendo
en los dos últimos capítulos el camino para la creación y organización
de la Compañía, materia para la segunda parte.
"Ya,
ya, ya; ni temo a brujas, duendes, fantasmas, balentones, gigantes,
follones, malandrines, etc. ni ninguna clase de cuerpos temo,
sino a los humanos"
Si el capítulo 7 se cierra con don Quijote y Sancho iniciando la
segunda salida y, de forma simbólica, representando la huida de
Loyola desde Salamanca a París con la intención de reunirse allí
con sus compañeros, este octavo se abre con una recreación directa
en los nuevos acontecimientos ocurridos a Loyola en la capital francesa.
No obstante Cervantes, antes de meterse de lleno en dichos asuntos,
vuelve a recordar con pequeños matices el lugar donde se centra
la parodia. El mismo epígrafe contiene algunos detalles significativos
“Del
buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo
en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de
viento, con otros sucesos dignos de felice
recordación”
La expresión “buen suceso” abre una serie de referencias al ya conocido
fragmento de una de las dedicatorias de la Vida, de gran trascendencia
en los inicios de este capítulo octavo
“Destos originales se ordenó y sacó casi toda esta historia. Porque
no he querido poner otras cosas que se podrían decir con poco
fundamento, o sin autor grave y de peso, por parecerme que, aunque
cualquiera mentira es fea e indigna de hombre cristiano, pero
mucho más la que se compusiese y forjase relatando vidas de santos;
como si Dios tuviese necesidad della, o no fuese cosa ajena de
la piedad cristiana querer honrar y glorificar al Señor, que es
suma y eterna verdad, con cuentos y milagros fingidos. Y aun
esta verdad es la que me hace entrar en este piélago con mayor
esperanza de buen suceso y próspera navegación.
Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre
que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad,
podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese. Mas escribimos
de un hombre que fue en nuestros días, y que conocieron y trataron
muy particularmente muchos de los que hoy viven; para que los
que no le vieron ni conocieron, entiendan que lo que aquí se dijere,
estará comprobado con el testimonio de los que hoy son vivos y
presentes, y familiarmente le comunicaron y trataron [...] y otros
acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió
dignos de memoria. Entre los cuales habrá muchas de
las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido
y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones
que con su prudencia y valor se han evitado o resistido”
(Vida, A los hermanos)
Además del “buen suceso” como irónico referente a esa primera parte
del fragmento donde Ribadeneyra razona sobre la importancia de la
verdad y su compromiso, Cervantes resalta el final, donde se concentran
esa serie de términos militares y caballerescos que denotan la influencia
de las novelas de caballerías en la Vida. Casi todo el final del
epígrafe del Quijote (“con otros sucesos dignos
de felice recordación”) parece inspirado en el otro final donde
además del núcleo (“y otros acaecimientos que sucedieron
mientras que él vivió dignos de memoria”) Cervantes introduce
pequeñas variantes, como “recordación” por “memoria”, o “sucesos”
por “acaecimientos”. El resto del fragmento de la Vida está además
cargado de otros referentes quijotescos siempre repetidos con ambiguo
sentido, como empresa (“por poco le hiciera dejar la comenzada empresa”
QI, 2), acometido (“todas las hazañas que había acometido” QI, 22),
encuentros (“tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos
desaforados encuentros” QI, 49), etc.
Vida Quijote
buen suceso
buen suceso
con su prudencia
y valor
valeroso
otros
acaecimientos otros
sucesos
dignos de
memoria dignos
de felice recordación
Se aprecia también bastante paralelismo entre la referencia general
de Ribadeneyra a “las empresas señaladas, que siendo él capitán,
se han acometido y acabado” y la referencia concreta a la
aventura de los molinos de viento, también una empresa “señalada”,
según se deduce de su calificación de “espantable y jamás imaginada”
Una vez finalizado el epígrafe y sus ocultas referencias a la dedicatoria
“A los hermanos”, Cervantes vuelve inmediatamente al lugar donde
dejó la parodia al final del capítulo 7, o sea, al momento en que
Loyola camina desde Salamanca a París
“Muchas
personas principales le hicieron grandes instancias que no se
fuese, mas nunca lo pudieron acabar con él; antes 15 ó 20
días después de haber salido de la prisión, se partió
solo, llevando algunos libros en un asnillo: y llegado
a Barcelona, todos los que le conoscían le desuadieron
la pasada a Francia por las grandes guerras que había, contándole
ejemplos muy particulares, hasta decirle que en asadores
metían los hespañoles; mas nunca tuvo ningún modo
de temor. Y
así se partió para París solo y a pie, y llegó a París por
el mes de Hebrero” (R, 72-73)
Loyola se dirige a París desoyendo todos los consejos de sus amigos
y mostrando, como él mismo recuerda, un gran valor (“nunca tuvo
ningún modo de temor”), es decir, lo mismo que en el epígrafe se
ha resaltado de don Quijote (“Del buen suceso que el valeroso don
Quijote”), y que Ribadeneyra repite insistentemente
en los inicios de su libro, donde también se narra, con su correspondiente
hinchazón, la llegada de Loyola a París
“Tratada,
pues, y acordada la jornada con sus compañeros, se partió solo
camino de Barcelona a pie, llevando un asnillo delante cargado
de libros. Llegado a Barcelona y tratando su negocio y camino
con sus conocidos y devotos (que tenía allí muchos del tiempo
pasado), todos con grandes y eficaces razones lo desaconsejaron
la jornada de París. Poníanle delante el frío muy áspero que
hacía, por ser en medio del invierno, la guerra ya rompida y muy
sangrienta que había entre España y Francia, y los peligros y
trabajos de que por causa de la guerra estaba lleno el camino.
Contábanle muchos y frescos ejemplos de horribles crueldades que
en aquel camino de Francia los soldados habían ejecutado contra
los caminantes. Mas no bastaron todas estas cosas a detenerle,
porque se sentía llevar del favorable viento del Espíritu
Santo, y hallaba paz en la guerra, y en los peligros seguridad
y en los trabajos descanso. Y así se dio a caminar
por medio de Francia a pie, y con el favor de Dios
que le guiaba llegó a París, sano y sin pasar ningún
peligro, al principio de febrero de mil y quinientos y ventiocho
años” (Vida I, XVI)
Guiado por Dios con el “favorable viento del Espíritu Santo”, Loyola
llega sano y salvo a París. De nuevo Ribadeneyra, recurriendo a
lugares comunes de la literatura religiosa, se saca de la manga
esa protección divina inexistente en el Relato, ese simbólico viento
favorable que sugiere a Cervantes el inicio de su capítulo 8
“En
esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento
que hay en aquel campo, y así como don Quijote
los vio, dijo a su escudero:
-La
ventura va guiando nuestras cosas mejor de
lo que acertáramos a desear;
porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta
o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla
y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos
a enriquecer, que esta es buena guerra, y es
gran servicio de Dios quitar tan mala simiente
de sobre la faz de la tierra”
El favor divino que “guiaba” los pasos de Loyola se ha transformado
en la buena suerte “guiando” los de don Quijote, siendo el verbo
guiar el nexo con ese momento del peregrino camino de París, donde
poco después de llegar vuelve a sufrir, como en Alcalá o Salamanca,
el acoso de la Inquisición, otra experiencia más de las que constituyen
su largo camino ascético, tal como sutilmente (“comenzaremos a enriquecer”)
apunta don Quijote.
El viento es a su vez otro genial referente, motor de la máquina
espiritual de Loyola (“favorable viento del Espíritu Santo”)
y fuerza simbólica que mueve la enorme máquina (“treinta o cuarenta
molinos de viento”) de la Inquisición. Por eso don Quijote
habla de “buena guerra”, refiriéndose a la mantenida por Loyola
con la Inquisición, brazo armado de una Iglesia alejada del espíritu
cristiano, del “servicio de Dios”
Vida
Quijote
cosas
cosas
viento
viento
guerra
guerra
Y así
y así
favor... guiaba
ventura
va guiando
favor de Dios
servicio de Dios
El resto de la intervención de don Quijote está igualmente punteada
de otros referentes religiosos propios de la Vida, donde prácticamente
aparecen todos esos conceptos.
El primero es la satisfacción por la buena suerte, la “ventura”
que les favorece (“La ventura va guiando nuestras cosas mejor
de lo que acertáramos a desear”)
“Y
así, el escoger estado y tomar manera de vida habíase de hacer
con mucha oración consideración y deseo de agradar a Dios
y de acertar cada uno a tomar lo
que el Señor quiere que cada uno tome, y lo que mejor
le está para alcanzar su último fin” (Vida I, VIII)
Según Ribadeneyra hay que pensar y orar mucho antes de decidirse
a servir a Dios, y hacerlo con deseo de agradarle y de acertar
a tomar lo más conveniente, etc. Don Quijote ha dicho prácticamente
lo mismo y casi con las mismas expresiones y vocablos en negritas.
Igual ocurre con los conceptos de enriquecimiento (“con cuyos despojos
comenzaremos a enriquecer”) o servicio (“y es gran servicio de Dios”) Además, don Quijote manifiesta
su intención de luchar contra los gigantes, empleando también
terminología militarista de la Vida, como guerra (“esta es buena
guerra”)
o batalla (“pienso hacer batalla”)
“-¿Qué
gigantes? –dijo Sancho Panza.
-Aquellos
que allí ves –respondió su amo-, de los brazos largos, que los
suelen tener
algunos
de casi dos leguas”
Cervantes ha utilizado una medida itineraria, legua, equivalente
a poco más de cinco kilómetros y medio, para describirnos
sólo los enormes brazos del gigante, cuyas proporciones según ese
dato, lo identifican como a uno de esos seres fabulosos de la tradición
europea capaces de andar por el globo terráqueo dando zancadas entre
los distintos países; una especie de ese temible coloso pintado
más tarde por Goya con el mismo sentido simbólico, pues ¿quién sino
la Inquisición posee un "poder gigantesco"
capaz de llegar con sus brazos desde Salamanca a París?
“El
ejemplo más sensacional de su poder de desafío a Roma se pudo
ver en el caso del arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, primado
de España, quien, bastante irónicamente, se había ocupado en 1554-57,
mientras Felipe II se sentaba en el trono de Inglaterra como marido
de María Tudor, de perseguir la herejía en Inglaterra. Apenas
nombrado para la sede toledana en 1557 fue acusado de hereje por
el inquisidor general Valdés, un dominico gran enemigo del erasmismo
y del protestantismo. Valdés lanzó su ataque apoyándose en la
denuncia de otro dominico, Melchor Cano, a quien desagradaba Carranza,
acerca de su libro Comentarios sobre el catecismo cristiano,
publicado por el arzobispo en 1558. Las expresiones vagas usadas
por Carranza –él no era un gran erudito en teología-, ofrecieron
el pretexto para la acusación, así como el hecho de que anteriormente
hubiera sido sospechoso de erasmismo y que hubiera mostrado en
Trento tendencias reformistas. Lo que es más chocante, sin embargo,
es que, después de su arresto por la Inquisición en 1559, a pesar
de la aprobación formal de sus Comentarios por el concilio
de Trento y de las protestas y amenazas del papa Pío IV, hasta
1566 no consiguió Pío V que la Inquisición española soltara a
Carranza y lo enviara a Roma para que lo juzgara el papa. Pero
hasta allí le alcanzó el largo brazo de España. Hasta
1576 no fue dada la sentencia por Gregorio XIII, en la cual aunque
no se proclamaba al obispo hereje de un modo formal, se incluían
sus Comentarios en el Índice como libro peligroso, y se
desterraba a Carranza, quien había obedientemente abjurado de
todas sus afirmaciones juzgadas como erróneas, al convento de
los dominicos de Orvieto durante cinco años, pero murió en Roma
dieciocho días después de haber sido pronunciada la sentencia”
El inmenso poder de la Inquisición es, pues, la clave interna
de la parodia, pues del Relato se deduce que Loyola fue perseguido
en París debido a la información sobre su peligroso apostolado dada
por la Inquisición española a la francesa, también alerta contra
la herejía. Es decir, la Inquisición, como los molinos,
es un gigante capaz de llegar con sus brazos de un país a otro.
Volvamos a las fuentes de la parodia. El capítulo VIII del Relato
se inicia con la llegada de Loyola a la capital francesa.
Allí, llevando una vida de duras penitencias, pasó un tiempo
dedicado a estudiar, mendigar y relacionarse con otros
religiosos, pero como no recibía limosna suficiente para sustentarse
y perdía mendigando mucho del tiempo necesario para estudiar,
decidió, siguiendo los consejos de un fraile, ir a
Flandes para proveerse
"un
fraile español le dijo un día que sería mejor irse cada
año a Flandes, y perder dos meses,
y aun menos, para traer con qué pudiese estudiar todo
el año" (R, 76)
Tras obtener dinero suficiente, vuelve a París y reanuda su tarea
evangelizadora
"Venido
de Flandes la primera vez, empezó más intensamente que solía
a darse a conversaciones espirituales, y daba cuasi en un
mismo tiempo ejercicios a tres, es a saber:
a Peralta, y al bachiller Castro que
estaba en Sorbona, y a un viscaíno que estaba
en santa Bárbara, por nombre Amador.
Estos hicieron grandes mutaciones, y
luego
dieron todo lo que tenían a pobres, etiam los libros, y
empezaron a pedir limosna por París,
y fuéronse a posar en el hospital de
S. Jaques, adonde de antes estaba el peregrino,
y de donde ya era salido por las causas arriba
dichas. Hizo esto grande alboroto
en la universidad, por ser los dos primero personas
señaladas y muy conoscidas. Y
luego los españoles comenzaron a dar batalla a los dos
maestros; y no los podiendo vencer
con muchas razones y persuasiones a que viniesen
a la universidad, se fueron un día
muchos con mano armada y los sacaron del hospital"
(R,77)
En cuanto reaviva su labor proselitista vuelven a repetirse los
mismos problemas de Alcalá y Salamanca. Las conversaciones espirituales
causan "grandes mutaciones" en algunos jóvenes
y provocan "grande alboroto en la universidad".
Es tal la influencia ejercida en sus
nuevos discípulos ("personas señaladas y muy conoscidas")
que entregan todas sus pertenencias a los pobres y, a imitación
de Loyola, se encierran en el mismo
hospital donde él había vivido antes. Entonces algunos
españoles comienzan a "dar batalla" y sacan "con
mano armada" a los encerrados del hospital.
El Relato especifica que la oposición a
Loyola está capitaneada por españoles, y utiliza, como Cervantes,
el término "batalla"
"Y
luego los hespañoles comenzaron a dar batalla
a los dos maestros" (R, 77)
"Levantáronse
en París grandes murmuraciones, máxime entre
hespañoles, contra el
peregrino"
(R, 78)
A don Quijote le corresponde ahora, en consonancia con la persecución
sufrida por Loyola, enfrentarse con esos treinta o más “desaforados
gigantes”, símbolos del inmenso poder de la Inquisición. Y justifica
su acción como "buena guerra" al "servicio
de Dios" para "quitar tan mala simiente de sobre la faz
de la tierra". La misma intención de Loyola que, en cuanto
inicia su ofensiva apostólica, se levantan grandes murmuraciones
que ponen en marcha la enorme máquina inquisitorial
“-Mire
vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen
no son gigantes,
sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos
son las aspas, que, volteadas
del viento, hacen andar la piedra del molino”
Es de nuevo Ribadeneyra quien favorece el juego simbólico atribuyendo
a la Inquisición la facultad de tener “brazos”
“También
debemos enmendar nuestras vidas porque no perdamos por nuestras
culpas el don inestimable de la fe, que otras naciones por las
suyas perdieron, y suplicar insistentemente de día y de noche
al Señor por la vida y felicidad de nuestro católico rey don Felipe,
que, conforme a su apellido y renombre, con su grandísima cristiandad,
celo, vigilancia y poder ampara y defiende la fe católica, oponiéndose
como muro fortísimo e inexpugnable al furor de los herejes, y
dando brazo, aliento y favor al santo Oficio de la Inquisición”
(Vida II, XVIII)
Sancho no ve brazos, sino aspas, aunque su culta respuesta tampoco
deja de ser metafórica (“que, volteadas del viento, hacen andar
la piedra del molino”), pues las piedras de molino forman parte
de la tradición simbólica cristiana y se asocian a la idea de tragar
o admitir lo inaceptable, que es lo que, en el lenguaje profundo,
el escudero está aconsejando a don Quijote, es decir, que no luche
contra la Inquisición y acate lo que se le manda. El matiz simbólico
lo subraya la enorme cantidad de molinos, treinta o cuarenta, que
hacen más descabellada la intención de don Quijote y más admisible
su identificación con un tribunal con jurisdicción en varios países
de Europa.
"Bien
parece -respondió don Quijote- que no estás cursado
en esto de las aventuras: ellos son
gigantes; y si tienes miedo quítate de
ahí, y ponte en oración
en el espacio que yo voy
a entrar con ellos en fiera y desigual batalla"
Don Quijote reprocha a su escudero falta de imaginación o incapacidad
para comprender el auténtico sentido de las aventuras, pues su propósito
no es triunfar sino enriquecerse en la ascética, en la “fiera y
desigual batalla”, como también afirma Ribadeneyra: “la fatiga
que daba a su alma la lucha de esta espiritual batalla”
Además Sancho tiene miedo (“y si tienes miedo
quítate de ahí“), como suele ocurrirle a los principiantes
“Aún no había descubierto Satanás sus entradas y salidas, sus
acometimientos y fingidas huidas, sus asechanzas y celadas; aún
no le había mostrado los dientes de sus tentaciones, ni le había
puesto los miedos y espantos que suele a los que de
veras entran por el camino de la virtud” (Vida I, VI)
Mientras Loyola estudia y se abstiene de predicar, nada le ocurre,
pero en cuanto vuelve a su tarea evangelizadora “se levantó una
tormenta grandísima”
“Y como en este tiempo tuviese mucha paz y ninguno le persiguiese,
díjole un amigo suyo: - ¿No veis Ignacio lo que pasa? ¿Qué mudanza
es esta? ¿Después de tan gran tormento tanta bonanza? Los que
poco ha os querían tragar vivo y os escupían en la cara, ahora
os alaban y os tienen por bueno; ¿qué novedad es esta? - Al cual
él respondió: - No os maravilléis deso; dejadme acabar el curso
y lo veréis todo al revés; ahora callan porque yo callo, y porque
yo estoy quedo están quedos; en queriendo hablar o hacer algo,
luego se levantará la mar hasta el cielo y bajará
hasta los abismos; y parecerá que nos ha de hundir y tragar.
Y así fue como él lo dijo, porque, acabado el curso de
la Filosofía, comenzó a tratar con más calor del aprovechamiento
de las ánimas, y luego se levantó una tormenta
grandísima, como en el capítulo siguiente se dirá” (Vida II,
I)
La “tormenta” de Ribadeneyra es tan metafórica como la “fiera y
desigual batalla” de don Quijote, los dos se encuentran ante una
fuerza sobrehumana, desigual.
“Y
diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender
a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que
sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos
que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes,
que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver,
aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo
en voces altas:
-Non
fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo
caballero es el que os acomete”
Sin escuchar los consejos de Sancho, don Quijote se lanza a la descabellada
aventura, tan seguro de su fracaso como Loyola en París, aunque
movido por una misma fe inquebrantable en su ideal. La acometida
la hace dando voces y empleando como Loyola el vocablo criatura
“se
puso en oración, con el fervor de la cual
comenzó a dar gritos a Dios vocalmente,
diciendo: << Socórreme, Señor, que no hallo ningún
remedio en los hombres, ni en ninguna criatura”
(R, 23)
“se
arrojó delante del divino acatamiento en oración, y encendido
allí con fervor de la fe,
comenzó
a dar voces y a decir en grito: - Socorredme, Señor,
socorredme, Dios mío; dadme desde
allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero,
que ni en los hombres
ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo” (Vida
I, VI)
Don Quijote “iba diciendo en voces altas” y Loyola daba voces y
gritaba (“dar voces y a decir en grito”). En ambos casos aparecen
la expresión decir en, más el vocablo voces, y la
intensidad (altas o a gritos)
"Levantóse
en esto un poco de viento, y las grandes
aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don
Quijote, dijo:
-Pues
aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis
de pagar"
Ya vimos cómo en cuanto Loyola comienza a predicar se levanta la
tormenta (“luego se levantó una tormenta grandísima”), es decir,
comienza su enfrentamiento con la Inquisición. También el viento
se levanta y mueve las aspas contra las que va a enfrentarse don
Quijote. En ambos casos se utiliza el verbo levantar, que vuelve
a repetirse en la Vida con el mismo sentido y en otro fragmento
de gran trascendencia para el resto de esta parodia.
“Y así se levantaron en París grandes borrascas contra
él; y la causa particular fue esta. Había en aquella Universidad
algunos mancebos españoles nobles los cuales por su comunicación
y movidos por su ejemplo vinieron a hacer tan gran mudanza
en su vida, que, habiendo dado todo cuanto tenían a los pobres,
andaban mendigando de puerta en puerta; y dejando las compañías
que primero tenían y las casas en que moraban se habían pasado
para vivir como pobres al hospital de Santiago. Comenzóse a divulgar
la fama deste negocio y a esparcirse poco a poco por toda la Universidad,
de manera que ya no se hablaba de otra cosa, interpretando cada
uno conforme a su gusto. Los que más se alborotaron y más sentimiento
hicieron deste negocio fueron ciertos caballeros españoles,
amigos y deudos de aquellos mancebos. Estos vinieron al hospital
de Santiago a buscar a sus amigos, y comenzaron con muy buenas
palabras a persuadirles que dejasen aquella vida, tomada por antojo
y persuasión de un hombre vano, y que se volviesen a sus casas.
Y como no lo pudiesen acabar con ellos, usaron de ruegos,
halagos, promesas y amenazas, valiéndose de las armas que les
daba su afecto y de todo el artificio que sabían. Pero, como todo
él no bastase, dejando las palabras vinieron a las manos, y con
grande ímpetu y enojo, por fuerza de armas, medio arrastrando
los sacaron de donde estaban y los llevaron a aquella parte de
la ciudad donde está la Universidad. Y tanto les supieron decir
y hacer, que al fin les hicieron prometer que acabarían sus estudios
primero, y después podrían poner por obra sus deseos.
Como destos consejos y nuevo modo de vida se supiese que Ignacio
era el autor, no podía dejar de desagradar a los que semejantes
obras no agradaban. Entre los otros fue uno el doctor Pedro Ortiz
, el cual ya en aquel tiempo florecía en aquella Universidad con
nombre de insigne letrado. El cual, movido con la novedad
de la cosa, quiso que se examinase muy de propósito la dotrina
y vida de nuestro Ignacio, de que tanto por una parte y otra se
decía. Denunciáronle delante del Inquisidor en este tiempo,
el cual era un docto y grave teólogo llamado el Maestro Ori,
fraile de la orden de Santo Domingo. A éste se fue nuestro padre,
en sabiendo lo que pasaba, sin ser llamado; y sin esperar más,
se presentó ante él y díjole que él había oído decir que en aquel
tribunal había cierta deposición contra sí y que, ahora fuese
verdad ahora no lo que le habían dicho, quería que supiese su
Paternidad que él estaba aparejado para dar razón de sí. Aseguróle
el Inquisidor contándole cómo era verdad que a él habían venido
a acusarle, mas que no había de qué tener recelo ninguno ni pena.
Otra vez, acabados ya sus estudios, queriendo hacer una jornada
que no podía excusar para España, le avisaron que había sido acusado
criminalmente ante el Inquisidor y, en sabiéndolo, tampoco
aguardó a que lo llamasen, sino luego se fue a hablar al juez
,y ruégale mucho que tenga por bien de examinar su causa y averiguar
la verdad, y pronunciar la sentencia conforme a ella. - Cuando
yo (dice) era solo no me curaba destas calumnias y murmuraciones;
mas ahora que tengo compañeros estimo en mucho su fama y buen
nombre por lo que toca a la honra de Dios. ¿Cómo puedo yo partirme
para España, dejando aquí esparcida tal fama, aunque vana y falsa
contra nuestra dotrina?
Dice
el Inquisidor que no hay contra él acusación ninguna criminal,
mas que algunas niñerías y vanidades le han venido a decir, que
nacían o de inorancia o de malicia de los acusadores y que, como
él supiese que eran relaciones falsas y chismerías, nunca había
querido ni aun hacerle llamar; mas que, ya que estaba allí, que
le rogaba que le mostrase su libro de los Ejercicios espirituales.
Diósele Ignacio y leyóle el buen Inquisidor y agradóle
tanto, que pidió licencia para trasladarle para sí, y así lo hizo.
Pero, como nuestro p. Ignacio viese que el juez andaba, o disimulando
o dilatando el publicar la sentencia sobre la causa de que era
acusado, porque la verdad no escureciese con la mentira, lleva
un escribano público y testigos ante el Inquisidor, y pídele que,
si no le quiere dar sentencia, a lo menos le dé fe y testimonio
de su inocencia y limpieza, si halla que la puede dar con justicia.
El juez se la dio luego, como se la pedía y desto dio fe el escribano,
de lo cual tomó el p. Ignacio un traslado auténtico para usar
dél, si en algún tiempo fuese menester, contra la infamia del
falso testimonio que se le había levantado” (Vida II, II)
La actividad de Loyola y su influencia en los estudiantes provoca
la intervención, el movimiento de los inquisidores (“Y así se
levantaron [...] movidos por su ejemplo”). Para mantener
el sentido profundo de su interpretación, Cervantes utiliza esos
mismo verbos (“Levantóse en esto un poco de viento,
y las grandes aspas comenzaron a moverse”)
que sirven como claros referentes del contenido interno.
En fin, empujados por el viento de las murmuraciones los brazos
de los molinos comienzan a moverse y don Quijote, en vez de
amedrentarse, se envalentona evocando al gigante Briareo
que, según la mitología, tenía más de cien brazos, o
sea, tantos como esa Inquisición capaz de actuar en Alcalá,
Salamanca o París.
“Y en diciendo esto, y encomendándose de todo
corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que
en tal trance
le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza
en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y
embistió con el primero molino que estaba
delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento
con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose
tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho
por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr
de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue
el golpe que dio con él Rocinante”
El acto de encomendarse a Dulcinea ya se ha visto como forma paralela
al socorro solicitado por Loyola a Dios o a la Virgen cuando se
encuentra en situaciones problemáticas. En este caso, casi toda
la intervención del narrador esta formada a base de fragmentos de
las diversas ocasiones donde se repite esa acción en la Vida
“estuvo
velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose
de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados”
(Vida I, IV)
“Pero
ya estaba tan quebrantado de los excesivos trabajos del cuerpo
y continuos combates del alma, que cayó en una grave enfermedad
[...] Llególe la enfermedad hasta el último trance de la
vida, y aparejándose ya para la muerte y encomendándose
a Dios de corazón, el demonio, que no dormía,
le representó un molestísimo pensamiento [...] la fatiga que daba
a su alma la lucha de esta espiritual batalla” (Vida
I, IX)
“poniéndose
todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reina
de los Angeles, virgen y madre de la puridad, hizo voto de castidad
en este camino y ofreció a Cristo nuestro Señor y a su
santísima Madre la limpieza de su cuerpo y ánima, con grande devoción
y deseo fervoroso de alcanzarla, y alcanzóla tan entera y cumplida,
como queda escrito en el segundo capítulo. Tan poderosa es la
mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu
se le encomiendan, tomando por abogada y medianera a su
benditísima Madre” (Vida I, III)
Don Quijote embiste al molino con el mismo ímpetu de Loyola (“con
tanta furia “), sin temor a las consecuencias y conociendo
la enorme fuerza de la Inquisición.
"¡Válame
Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase
bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no
lo podía ignorar sino quien llevase otros tales
en la cabeza?"
Durante el encontronazo Sancho ha permanecido alejado, y sólo al
final se acerca lentamente a su amo (“Acudió Sancho Panza a socorrerle,
a todo el correr de su asno”). Se trata de otra nueva alusión al
lenguaje profundo, otro paralelo con el Relato y la Vida, pues
los compañeros de Loyola, aunque están en París y sufren la pendencia,
no intervienen, sino que se alejan de él y quedan, como Sancho,
en oración. Cuando llega hasta donde don Quijote está tendido,
pronuncia esa compleja reprimenda, cuya significación
sólo se entiende aplicada al lenguaje profundo, es decir, si se
toman como referencia los enfrentamientos entre Loyola y
la Inquisición, y el temor de los seguidores frente al valor
del líder e ideólogo. De ahí que Sancho, aparentemente ajeno al
calado de la lucha, concluya sabiamente que tan locos están los
unos como los otros (“no lo podía ignorar sino quien
llevase otros tales en la cabeza "), expresión
claramente inspirada en otra, ya citada, de la Vida contra los luteranos
“Entre
esta gente hubo muchos oficiales y hombres viles y desorejados
y castigados por
ladrones
facinerosos e infames por justicia, en fin la escoria y horrura
de toda la república,
los
cuales se hicieron predicadores deste nuevo Evangelio, que siendo
tal no podía tener
otros
predicadores sino tales como ellos” (Vida II, XVIII)
La frase de Sancho, asociada a la de Ribadeneyra, viene a hacer
tabla rasa sobre la locura religiosa de la época.
“-Calla,
amigo Sancho –respondió don Quijote-, que las cosas de
la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza;
cuanto más, que yo pienso, y es así verdad,
que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros
ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de
su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo
al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de
mi espada”
En consonancia con la indiferencia y el agnosticismo sanchesco,
don Quijote trata de explicar las constantes variaciones y criterios
(“continua mudanza”) causantes de aquellas guerras religiosas, donde
lo que pocos años antes se consideraba bueno, por ejemplo los libros
de Erasmo, poco después es malo. Precisamente Ribadeneyra reniega
de Erasmo en un fragmento donde aparecen juntas cuatro de las palabras
empleadas por don Quijote
“Y así, tomando su consejo, comenzó con toda simplicidad a leer
en él con mucho cuidado,
y notar sus frases y modos de hablar. Pero advirtió una cosa
muy nueva y muy maravillosa, y es que, en tomando este libro
(que digo) de Erasmo en las manos, y comenzando a leer
en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su fervor y a enfriarse
la devoción. Y cuanto más iba leyendo, iba
más creciendo esta mudanza” (Vida I, XIII)
También “mudanza” aparece a su vez en el capítulo de la Vida que
sirve de núcleo para este octavo, informando de la “mudanza” que
algunos universitarios parisinos hicieron con las predicaciones
y vida de Loyola
“Había
en aquella Universidad algunos mancebos españoles nobles los
cuales por su comunicación y movidos por su ejemplo vinieron a
hacer tan gran mudanza en su vida, que, habiendo dado todo
cuanto tenían a los pobres, andaban mendigando de puerta en puerta”
(Vida II, II)
En definitiva, don Quijote viene a decir que las cosas del espíritu
están (“más que otras”) sujetas a la “continúa mudanza” de los intereses
personales y no a las justas causas (“la bondad de mi espada”)
Y a continuación culpa al “sabio Frestón” de haber transformado
en molinos los gigantes para quitarle la gloria. Ya vimos en el
capítulo 7 que, tras el nombre de Frestón, se oculta el del bachiller
Frías, celoso acusador de Loyola en Salamanca (“en estas cosas se
había mostrado siempre más que los otros”) y probablemente, según
lo dicho por don Quijote, el instigador de las persecuciones parisinas.
Don Quijote, simbólicamente, está recordando que la persecución
contra Loyola en París es fruto de la conexión entre la Inquisición
española y la francesa. Por eso acusa a Frestón de “enemistad” y
“malas artes”, expresión alusiva a las posibles irregularidades,
a la inquina del bachiller Frías. Si en el capítulo 7 Frestón
"sabe por sus artes y letras" que "andando
los tiempos" será derrotado por don Quijote, aquí el caballero
vuelve a pronosticar su futuro triunfo, “al cabo al cabo han de
poder poco sus malas artes”
El encontronazo finaliza con una de las primeras
sentencias religiosas de Sancho
"-Dios
lo haga como puede -respondió Sancho Panza.
Y,
ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante,
que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada
aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice,
porque allí decía don Quijote que no era posible dejar
de hallarse muchas y diversas aventuras, por
ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso, por haberle
faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo"
Además de la frase hecha que va sugiriendo el componente religioso
del personaje de Sancho, su acción de ayudar a don Quijote también
forma parte de esa iniciación paródica pues, según ya se ha visto,
en el Relato se explica que Loyola, al principio de su peregrinación,
no quería llevar compañeros por varias razones. Ahora que don Quijote va acompañado,
Sancho le ayuda a levantarse, cumpliendo esa función especificada
en el Relato y que, además, sirve de retornelo para el avance de
los acontecimientos parisinos, pues la intención de don Quijote
es seguir en "el camino del Puerto Lápice", en consonancia
con la permanencia de Loyola en París, donde se produjeron
otras nuevas persecuciones y amenazas, o sea, otras “muchas
y diversas aventuras”
Finalizado el episodio de los molinos y antes de iniciarse el segundo
de los tres episodios de que consta este capítulo 8, don Quijote
y Sancho comienzan un largo diálogo lleno de referencias a la Vida.
Primero don Quijote cuenta la historia del caballero “Diego Pérez
de Vargas” que, habiendo roto su espada en una batalla, “desgajó
de una encina un pesado ramo o tronco” con el que machacó a tantos
moros que le quedó el sobrenombre de “Vargas y Machuca”
“Hete
dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare
pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que me
imagino, y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas
por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo
de cosas que apenas podrán ser creídas”
Mientras Machuca creó con su hazañas una gloriosa genealogía, don
Quijote quiere hacer algo semejante (“otro tronco, tal y tan bueno”),
su intención es parodiar el momento de los orígenes de la Compañía,
el gran tronco del que surgirá la nueva orden.
“-A
la mano de Dios –dijo Sancho-. Yo lo creo todo así como vuestra
merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que
va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída”
Sancho, tras usar otra
expresión religiosa abundante en la Vida, piensa que don Quijote
cabalga ladeado a causa del dolor que le ha producido el encontronazo
con el molino de viento, y se lo comunica utilizando el mismo verbo
empleado en el capítulo núcleo de los sucesos de París
“Fue en aquella hora combatido
el ánimo de nuestro B. Padre de dos espíritus que, aunque parecían
contrarios, ambos se enderezaban a un mismo fin. El amor
de Dios, junto con un encendido deseo de padecer por Jesu Cristo
y de sufrir por su nombre dolores y afrentas,
le llevaba para que se ofreciese alegremente a la infamia y a
los azotes que a punto estaban” (Vida II, III)
Aparecen asociados el
verbo enderezar con el vocablo dolor, de la misma manera que Sancho
ha relacionado el torcimiento de don Quijote con su molimiento
“-Así es la verdad –respondió
don Quijote-, y si no me quejo del dolor, es porque no
es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna,
aunque se le salgan las tripas por ella”
La entereza de don Quijote se corresponde con la ya conocida de
Loyola, imperturbable ante los sufrimientos
“Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía
y liberalidad a su casa, donde fue llevado
en hombros de hombres, en una litera. Estando ya en su casa, comenzaron
las heridas, especialmente la de la pierna derecha, a empeorar.
Llamáronse nuevos médicos y cirujanos, los cuales fueron de parecer
que la pierna se había otra vez de desencasar; porque los huesos
(o por descuido de los primeros cirujanos, o por el movimiento
y agitación del camino áspero) estaban fuera de su juntura y
lugar, y era necesario volverlos a él y concertarlos para que
se soldasen. Hízose así, con grandísimos tormentos y dolores
del enfermo. El cual pasó esta carnicería que en él se
hizo y todos los demás trabajos que después le sucedieron, con
un semblante y con un esfuerzo que ponía admiración. Porque ni
mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo
palabra que mostrase flaqueza” (Vida I, I)
Para imitar la abnegación de Loyola, don Quijote no debe quejarse
aunque le salgan las tripas, expresión similar a la “carnicería”
con que resume Ribadeneyra las operaciones de Loyola.
“-Si
eso es así, no tengo yo que replicar –respondió Sancho-; pero
sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando
alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del
más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con
los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse”
Sancho va representando con su sencillez y simpleza la cara humana
de la militancia, ajena a heroicidades y obediente a las reglas.
“No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero;
y así, le declaró que podía
muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella,
que hasta entonces no había
leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho
que mirase que era hora
de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester,
que comiese él cuando
se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor
que pudo sobre su jumento,
y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando
y comiendo detrás
de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la
bota, con tanto gusto
que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga.
Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no
se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho,
ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando
las aventuras, por peligrosas que fuesen”
Don Quijote está de acuerdo con que Sancho se queje porque “hasta
entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería”.
Es un claro ejemplo del riguroso sometimiento de amo y criado a
las reglas que se mantendrá a lo largo del libro, sugiriendo el
constante paralelismo con las órdenes religiosas.
Según el Relato, durante su estancia en París
Loyola había mejorado sus frecuentes dolores de estómago, por lo
que aprovechó para endurecer otra vez sus penitencias y abstinencias
“Y fue recogido en el hospital de sant Jaques, ultra los
Innocentes. Tenía grande incomodidad para el estudio, porque
el hospital estaba del colesio de Monteagudo un buen
trecho, y era menester, para hallar la
puerta abierta, venir al toque del Avemaría,
y salir de día; y así no podía tan bien atender a sus
lecciones. Era también otro impedimento el pedir limosna para
se mantener. Ya había cuasi 5 años que no le tomaba dolor de estómago,
y así el empezó a darse a mayores penitencias y abstinencias.
Pasando algún tiempo es esta vida del hospital
y de mendicar, y viendo que aprovechaba poco
en las letras, empezó a pensar qué haría; y viendo que había
algunos, que sirvían en los colegios a algunos regentes
y tenían tiempo de estudiar, se determinó de buscar un amo”
(R, 74)
La falta de apetito de don Quijote (“por entonces no le hacía menester”)
responde, pues, al propósito de no comer mostrado por Loyola en
ese momento histórico de la parodia
“En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles,
y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le
podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de
la que se le había quebrado. Toda aquella noche
no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse
a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros
pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados,
entretenidos con las memorias de sus señoras.
No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno,
y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran
parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del
sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas
y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse
dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche
antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban
camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse
don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse
de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado
camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres
del día le descubrieron”
Este fragmento es una recreación en algunos aspectos del capítulo
VI del libro I de la Vida, uno de los más destacados por la cantidad
de paja divinizante con que Ribadeneyra adorna el camino ascético
de Loyola, acosado de tentaciones y escrúpulos relacionados con
su pasado. Vivía entonces como anacoreta en una cueva de Manresa
”Pero
entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue
comenzarle a acosar los escrúpulos y la conciencia de
sus pecados, de manera que se le pasaban las noches
y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto;
porque aunque era verdad que con toda diligencia y cuidado se
había confesado generalmente de sus pecados, pero nuestro Señor,
que por esta vía le quería labrar, permitía que muchas veces le
remordiese la conciencia y le escarbase el gusano, y dudase: si
confesé bien aquello; si declaré bien este; si dije, como se habían
de decir, todas las circunstancias; si por dejarme algo de lo
que hice, no dije toda la verdad, o si por añadir lo que no hice
mentí en la confesión. Con los estímulos destos pensamientos andaba
tan afligido, que ni en la oración hallaba descanso, ni
con los ayunos y vigilias alivio, ni con las diciplinas y otras
penitencias remedio”
Loyola pasa las noches en el campo y sin dormir, angustiado por
sus escrúpulos y pensamientos. Don Quijote también está en el campo
(“aquella noche la pasaron entre unos árboles”) y
tampoco duerme (“Toda aquella noche no durmió don Quijote,
pensando”)
Al final de ese mismo fragmento de la Vida aparecen otros dos vocablos
(“afligido” y “remedio”) también utilizados por el
narrador para comunicarnos la angustiosa situación de Sancho, afligido
porque no hallará remedio para suplir la falta de vino (“afligiósele
el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar
tan presto su falta”). Según el narrador, Sancho también está haciendo
su penitencia, y sufre las mismas consecuencias que su señor, aunque
a otros niveles.
El narrador incluso especifica que la intención de don Quijote es
“acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando
los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en
las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus
señoras”. Eso es también lo que, según el Relato, hace Loyola,
meditar sobre lo leído, perdiendo el poco tiempo que tenía para
dormir
“todo
lo más del día que le vacaba, daba a pensar en cosas de
Dios, de lo que había aquel día meditado o leído.
Mas cuando se iba acostar, muchas veces le venían grandes noticias,
grandes consolaciones espirituales, de modo que le hacían
perder mucho del tiempo que él tenía destinado para dormir,
que no era mucho” (R, 26)
Ribadeneyra incluso especifica la costumbre de Loyola de dormir
en el campo “donde le tomaba la noche”, tal como ha hecho don Quijote
“Porque
muchas veces no le dejaban entrar en los pueblos, y algunas era
tanta la hambre y flaqueza que padecía, que sin poder dar un paso
más adelante le era forzado quedarse donde le tomaba la noche,
hasta que de lo alto le viniese el remedio” (Vida I, X)
Don Quijote, por imitar a sus héroes, ni come ni duerme, haciendo,
en definitiva, una vida ascética similar a la de Loyola que, al
llegar a París y encontrarse mejor de sus dolores de estómago, decide
incrementar sus abstinencias y velas. Tanto el Relato como la Vida
están llenos de referencias al camino de sacrificio en estos primeros
años de aprendizaje. En cualquiera de esos fragmentos puede encontrarse
la idea de no dormir asociada a la de pensar en “Nuestra Señora”
“Con
esta resolución y determinada voluntad se levantó una noche
de la cama (como muchas veces solía) a hacer oración y ofrecerle
al señor en suave y perpetuo sacrificio, acabadas ya las luchas
y dudas congojosas de su corazón. Y estando puesto de rodillas
delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose
con humilde y fervorosa confianza” (Vida I, II)
“velando
una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina
de los Angeles” (Vida I, II)
El narrador, aún siendo de noche, dice que don Quijote desgajó de
un árbol “un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso
en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado”
Sutilísima alusión al giro que en la vida de Loyola supuso la herida
de su pierna
“Y
venido el día que se esperaba la batería, él se confesó con
uno de aquellos sus compañeros en las armas; y después de durar
un buen rato la batería, le acertó a él una bombarda en una
pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por
entrambas las piernas, también la otra fue mal herida” (R, 1)
La forma elíptica empleada por el narrador (“la que se le había
quebrado”) se refiere obviamente a la lanza anterior de don Quijote,
pero la utilización del verbo quebrar y el sentido simbólico ya
visto en la comparación con Machuca, parece una fina precisión sicológica
de Cervantes, cuya idea sería que Loyola, impedido para la vida
militar por el quebranto de la pierna, había puesto el hierro, es
decir, todo su ímpetu y energía, en esta nueva idea de fundar una
Compañía que en los días de París se estaba fraguando.
El último tramo de la intervención del narrador (“No
quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho,
dio en sustentarse de sabrosas memorias”) vuelve
a ser un cúmulo de referentes a la Vida, también imitada en el ayuno
de don Quijote
“Dando,
pues, a Dios estas amorosas quejas y estos penosos gemidos, vínole
al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de
Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse
hasta alcanzarla. A cuya imitación propuso él también
de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma,
si ya no se viese por ello a peligro de morir” (Vida I, VI)
El riguroso ayuno de Loyola, imitando a un santo, es también repetido
por don Quijote, cuyo único sustento son las “sabrosas memorias”
“Esta
es un piadoso y debido agradecimiento y una sabrosa memoria
y dulce recordación de aquel bienaventurado varón y padre mío”
(Vida, A los hermanos)
Aunque la expresión “sabrosas memorias” se inspira en esa de Ribadeneyra,
la idea parece referida a otra información del capítulo núcleo,
donde Loyola sigue acosado por sus escrúpulos pasados
“Y con grande desengaño y resolución determinó de sepultar la
memoria de los pecados pasados y no tocar más a sus llagas
viejas ni tratar dellas en la confesión”
Esa memoria o recreación en las viejas llagas es lo que jocosamente
ha traducido el narrador como “sabrosas memorias”
La frase final (“Tornaron a su comenzado camino
del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día
le descubrieron”) tiene un sentido de inicio y continuidad
similar al existente en el capítulo núcleo, un ejemplo modélico
del estilo hinchado de la Vida, donde encontramos esos mismos vocablos
señalados más el verbo tornar
“Estos
dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto
para volver atrás del camino comenzado,
y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan sembrado
de espinas y abrojos, como muestra todo lo que hizo y padeció,
es señal de la particular misericordia con que el Señor le previno
en las bendiciones de su dulcedumbre. Mas, de ahí adelante hubo
una gran mudanza en su ánima y comenzó a sentir grandes
alteraciones y como contrarios movimientos en ella. Porque, estando
en oración y continuando sus devociones, se le secaba súbitamente
algunas veces el corazón, y hallábase tan angustiado y tan enredado,
que no se podía valer ni desmarañar, desagradándose de sí mismo
y desabriéndose por verse sin ningún gusto espiritual. Mas tras
esto venía luego con tanta fuerza una como corriente del divino
consuelo y tan impetuosa, que le arrebataba y llevaba en pos de
sí. Y así con esta luz desaparecían los nublados de la tristeza
pasada, y sin dejar rastro de sí; la cual diferencia y mudanza
como él echase de ver, movido con la novedad y admirado, decía:
- ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué camino es éste por donde
entramos? ¿Qué nueva empresa es ésta que acometemos? ¿Qué manera
de guerra es ésta en que andamos? [...] Pero al tercero día
tornó a ser dellos combatido como de antes” (Vida I, VI)
El punto de partida de don Quijote y Sancho es el mismo camino de
antes, igual que Loyola debe continuar en el camino de la virtud
ya emprendido, seguir en el mismo camino ascético. Eso parece sugerir
la utilización, en ese mismo capítulo, del verbo “tornar”
“Pero
al tercero día tornó a ser dellos combatido
como de antes”
Don Quijote y Sancho “Tornaron a su comenzado camino del
Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron”,
otra matización temporal (“las tres del día”) cuyo
objetivo parece ser la analogía con la de la Vida (“al tercero
día”)
Como puede verse en los subrayados, las expresiones más afectadas
de don Quijote están siempre construidas con retazos de la Vida,
muy próxima a la irracionalidad de los libros pastoriles o de caballerías.
“-Aquí
–dijo en viéndole don Quijote- podemos, hermano Sancho
Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras.
Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo,
no has de poner mano a tu espada para defenderme,
si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja,
que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros,
en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería
que me ayudes, hasta que seas armado caballero”
Por primera vez le ha llamado “hermano”, y no precisamente porque
la convivencia haya propiciado ya esa expresión de cariño, sino
por afinidad con el lenguaje interno, pues los compañeros de Loyola
en esos momentos de París han sido considerados hermanos de una
misma idea religiosa, según se aprecia en la Vida
“Dé,
pues, ahora la ventaja mi aprovechamiento al de mis hermanos;
sirvamos ahora a Dios con la voluntad y con el deseo de padecer,
que, cuando sin detrimento y sin daño de tercero se pueda hacer,
lo serviremos poniendo por obra el mismo padecer” (Vida II, III)
Don Quijote también advierte a Sancho de que no debe intervenir
en su defensa, salvo cuando sea atacado por “canalla y gente baja”.
En general el fragmento se inspira en otro de la Vida donde no sólo
aparecen conceptos similares, sino la idea de guerra total contra
el común enemigo, la herejía
“Y
porque una de las cosas que más había de perseguir este dragón
y en que más se había de encarnizar y escupir la ponzoña de su
pestífera dotrina son las sagradas religiones, y en derribar y
extinguir los varones apostólicos que en ellas viven, para que,
faltando ellos como pastores y perros veladores, él, como lobo
matador y carnicero, más a su salvo hiciese estrago en el rebaño
de la santa Iglesia católica, con grandísima sabiduría ordenó
la divina providencia que se instituyese una nueva orden para
defender principalmente nuestra santísima fe, cuyo instituto
es socorrer y ayudar a los soldados valerosos de las otras
santas religiones, que de día y de noche, con tanto esfuerzo y
fruto pelean donde los hay, y donde no, salir ella con las
armas en las manos al encuentro del común enemigo”
(Vida II, XVIII)
Don Quijote ha dicho “poner mano a tu espada para
defenderme” y un poco más adelante añade “ayudarme”,
completando prácticamente el contenido paródico del fragmento anterior.
-Por cierto, señor –respondió Sancho-, que vuestra merced será
muy bien obedecido en esto, y más, que yo
de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias.
Bien es verdad es verdad que en lo que tocare a defender mi persona
no tendré mucha cuenta con esas leyes,
pues las divinas y humanas permiten que cada
uno se defienda de quien quisiere agraviarle”
El compromiso de obediencia de Sancho (“será muy bien obedecido
en esto”) es también paralelo al de los jesuitas
“Finalmente, para mejor resolver esta tan importante dificultad,
se concertaron en estos puntos. El primero, que
en ninguna manera aflojasen en el cuidado que se tenía aquellos
días de acudir a Dios en la oración, sino antes se acrecentase,
y que todas sus oraciones y sacrificios se enderezasen a pedir
intensamente a nuestro Señor que les diese en la virtud de la
obediencia gozo y paz, que es don del Espíritu Santo; y
que, cuanto era de su parte, cada uno desease más
el obedecer que el mandar” (Vida II, XIII)
Además de la expresión “no tendré mucha cuenta con”,
frecuente en la Vida con diversas variantes, Sancho utiliza con mucha sutileza ese “cada
uno” que posibilita el juego con el lenguaje profundo, con la colectividad
de la Compañía, tal como ha hecho Ribadeneyra al emplear la expresión
“leyes ...divinas y humanas”
“Infaman,
pues, malamente a los nuestros y principalmente al Padre Ignacio,
publicando que en España y en París y al fin en Venecia había
sido condenado por hereje. Dicen que es hombre perdido y facineroso,
que no sabe sino pervertir todas las leyes divinas
y humanas, y juntamente calumnian los Ejercicios espirituales
y ponen mácula en los compañeros, infamándolos de muchas cosas
perniciosas” (Vida II, XIV)
Esta información avala el sentido profundo de la frase de Sancho,
pues cada uno de los jesuitas infamados tiene, como Sancho, derecho
humano y divino a defenderse.
Puede observarse que, en general, casi todas las expresiones de
la Vida aparecidas en este diálogo entre don Quijote y Sancho proceden
del capítulo señalado como núcleo, y del Libro II, base genérica
del resto de los acontecimientos objetos de la parodia, continuada
por Cervantes con la aventura de los frailes de san Benito, segundo
episodio de este capítulo 8.
“Estando
en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden
de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más
pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino
y sus quitasoles. Detrás dellos venía un coche, con cuatro o
cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas
a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína
que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias
con muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque
iban el mesmo camino; mas apenas los divisó don Quijote, cuando
dijo a su escudero”
Tanto este episodio de los frailes como el siguiente del vizcaíno
son un trasunto del final de los acontecimientos de Loyola
en París, y guardan una estructura paralela. Su base es
la acusación de "seductor de los escolares" recaída
sobre Loyola y la decisión oficial de darle un escarmiento
público, dos episodios separados pero directamente relacionados
entre sí en cuanto el segundo es consecuencia del primero.
El narrador nos ofrece en primer lugar una panorámica de dos frailes
montados sobre dos mulas. Detrás de ellos aparece un coche y gente
a pie y a caballo. Matiza además que se trata del coche de una
señora vizcaína camino de Sevilla con su séquito, y también que
los frailes no van con ella, sino que llevan el mismo camino.
En cuanto don Quijote divisa a los que vienen expone su punto de
vista
“-O
yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que
se haya visto, porque aquellos bultos negros que
allí parecen deben de ser y son sin duda algunos
encantadores que llevan hurtada alguna princesa en
aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo
mi poderío.
-Peor
será esto que los molinos de viento -dijo
Sancho-. Mire, señor, que aquellos son frailes de
San Benito, y el coche debe de ser de alguna
gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que
hace, no sea el diablo que le engañe.
-Ya
te he dicho, Sancho –respondió don Quijote-, que sabes poco de
achaque de aventuras; lo que yo
digo es verdad, y ahora lo verás”
Don Quijote ve la realidad de forma totalmente distinta a Sancho.
Igual que en el caso de los mercaderes toledanos, aquí necesita
un nuevo pretexto para imitar el comportamiento de Loyola en París,
su enfrentamiento con la universidad y, por lo tanto, con la Iglesia.
Por eso los amorfos bultos negros no le parecen frailes, aunque
su color lo sugiere, sino encantadores que han raptado a una princesa
que, por lo tanto, necesita ayuda.
Sancho acierta en su papel de hombre prudente, y avisa a su señor
de que con quien realmente va a enfrentarse es con la Iglesia (“aquellos
son frailes”), de ahí esa sutil matización de “no sea el diablo
que le engañe”, con la que sugiere la posible procedencia diabólica
de la visión, es decir, lo mismo que opinan quienes persiguen a
Loyola por su labor proselitista y le temen por miedo a la herejía.
En ese sentido, la expresión “mire bien lo que hace” vuelve a ser
un referente a la ya comentada intervención del hermano mayor haciendo,
como Sancho, de consejero, tal como certifica esa otra coincidencia
burlesca (“achaque”) existente también en la inmediata respuesta
de don Quijote
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