CAPÍTULO SEIS

La llegada de Loyola a Alcalá, su aspecto de peregrino, su fama de erasmista y sus predicaciones en el pueblo, provocan la intervención de la Inquisición, su encarcelamiento y una sentencia que le obliga a vestir como estudiante y a no predicar hasta que obtenga un título para ello.   Los mismos acontecimientos y resultados se repiten poco después en Salamanca.  Cervantes parodia esas injustas persecuciones y sentencias  con una jocosa farsa crematística donde un grupo de ignorantes, conducidos por un cura, arroja libros al fuego sin prácticamente conocer su contenido.  Los libros de caballerías aparecen como representantes de los libros prohibidos y sus autores.

“Los efectos de la Inquisición más que en las biografías individuales se hicieron sentir en el estado general de ánimos, penetrando en lo más hondo del subsconciente colectivo” [1]

  Los capítulos III, IV y V del Relato se centran  fundamentalmente en la  peregrinación hecha por Loyola desde Manresa a Jerusalén.   En ellos se informa de sus primeras experiencias visionarias y de la sacrifi­cada vida ascética que se impone. Después vuelve a España  y, con su  llegada a Barcelona, se inicia el capítulo VI.   Aquí  estudió durante dos años, hasta que sus propios maestros le recomendaron

"que ya podía oír artes, y que se fuese a Alcalá" (R, 56)

   Poco después

"se partió solo para Alcalá, aunque ya tenía algunos compañeros, según creo"(R, 56)

   Nada  más llegar,  el grupo de Loyola sobresale del  resto  de los  estudiantes,  pues  además de mal vestidos  se  dedican  a mendigar

"Llegado  a  Alcalá  empezo a mendicar y  vivir  de  limosnas" (R, 56)

   También estudia, predica y  da ejercicios espirituales:

"Y estando en Alcalá se ejercitaba en dar ejercicios espiri­tuales, y en declarar la doctrina     

cristiana: y con esto se  hacía fruto a gloria de Dios.  Y muchas personas hubo, que vinieron            en harta  noticia  y  gusto de cosas espirituales;  y  otras  tenían varias tentaciones: como era   una que queriéndose disciplinar,  no lo  podía  hacer,  como que le tuviesen la mano,  y otras cosas símiles,  que hacían rumores en el pueblo, máxime por  el  mucho concurso que se hacía adonde quiera que él declaraba la doctrina (R, 57)

   Loyola,  un seglar, predica y practica un cristianismo  basado en  el amor al prójimo, el  sacrificio y la oración, con lo que, indirectamente, pone  en entredicho el comportamiento adocenado de los demás eclesiásticos. 

  Los problemas  comienzan,  entre  otras cosas,  por  su  popularidad ("mucho  concurso que se hacía adonde quiera que él  declaraba  la doctrina")  y las extravagancias del grupo, vestidos  con sacos y descalzos.  Todo esto  provoca "rumores  en  el pueblo"

   Enseguida  la  Iglesia, atenta al más mínimo movimiento ideológico, interviene en el  asunto  iniciando unos  injustos y manipulados procesos que ponen en  evidencia  su función represiva

"Como  arriba está dicho, había gran rumor por  toda  aquella tierra de las cosa que se hacían en Alcalá y quién decía de  una manera,  y  quién  de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo  a  los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el peregrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayala­dos,  y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería  en ellos" (R, 58)
    "Estudiante  en Alcalá, [Iñigo] preludia ya su actividad de fundador con  un  apostolado espontáneo y seglar que no tarda en atraer sobre él sospechas  de iluminismo.  Por los mismos día en que Juan López de Celaín y  el impresor Eguía tratan de reclutar apóstoles para los estados  del Almirante, Iñigo y unos cuantos estudiantes pobres se hacen a  su vez  apóstoles,  reparten limosnas gracias a  la  liberalidad  de Diego  de Eguía, hermano del impresor, y difunden  una  enseñanza religiosa  que es mucho más moral que dogmática.  Recomiendan  la confesión y la comunión semanal.  Pero habitúan a sus catecúmenos a  la práctica del examen de conciencia y a la disciplina de  los sentidos y de las "potencias" del alma; lo esencial de su  ense­ñanza  se  refiere  a los mandamientos de Dios y  a  los  pecados mortales.   En dos ocasiones, en 1526 y en 1527, son sometidos  a interrogatorio en Alcalá.  Quedan limpios de sospechas de ilumi­nismo,  pero se les prohíbe enseñar antes de haber  cursado tres años de estudio en la Universidad" [2]

   Aunque en los primeros interrogatorios de Alcalá los inquisi­dores  no encontraron motivos suficientes para condenar a  Loyola y  sus  compañeros, sí les obligaron a vestir de  forma  distinta, pues no eran una orden religiosa y no debían llevar  un hábito que los identificara como tal.  Pocos meses después la Inquisición "tornó a  hacer  pesquisa sobre ellos"

"De ahí a otros 4 meses que él estaba ya en una casilla, fuera del hospital, viene un día un  
alguacil a su puerta, y le llama  y dice: << Veníos un poco conmigo >>. Y dejándole en la 
cárcel, le dice: <<No salgáis de aquí hasta que os sea  ordenada  otra cosa>>" (R, 60)        

   Esta es la primera ocasión en que Loyola es  encarcelado y, según se deduce de su información, sin base incriminatoria

"Diecisiete día estuvo en la prisión, sin que le examinasen ni él supiese la causa dello(R, 61)

   Pero una vez iniciado, el proceso se alargó mientras los inquisidores analizaban los libros incautados

"Desde  el día que entró en la cárcel el peregrino, hasta  que le sacaron, se pasaron cuarenta y 2 días" (R, 61)

   Pasados estos días los jueces se pronuncian y Loyola  escucha la sentencia

"fue  el notario a la cárcel a leerle la sentencia, que  fuese libre,  y que se vistiesen como los otros estudiantes, y  que  no hablasen  de  cosas de la fe dentro de 4 años que hoviesen más estudiado, pues que no sabían letras"(R, 62)

   Aunque  la  sentencia no es condenatoria y  le  excarcela,  sí contiene una tajante prohibición de predicar, de ahí las dudas

"Con  esta  sentencia  estuvo un poco dubdoso  lo  que  haría, porque  parece  que le tapaban la puerta para  aprovechar  a  las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudia­do.  Y en fin él se terminó de ir al arzobispo de Toledo, Fonse­ca, y poner la cosa en sus manos" (R, 63)

   Por  consejo de Fonseca,  Loyola se marcha a Salamanca,  según se cuenta al inicio del capítulo  VII.  A  los  10 ó 12 días de estar allí [3]   le dijo un día  su confesor dominico

"<<Los Padres de la casa os querían hablar >>; y él dijo: <<En nombre  de Dios >>.  
<<Pues, dijo el confesor, será bueno que  os vengáis  acá  a comer el domingo; mas de una 
cosa os  aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >>"  (R, 64)

   Esta  invitación de los dominicos, como sugiere  el  confesor, resultó una trampa pues, concluido el ágape, Loyola y su compañero Calixto son sometidos a un capcioso interrogatorio y a una ilegal detención en el convento, donde estuvieron varios días secuestrados  y desde donde fueron conducidos directamente a  la cárcel. Allí les interrogaron de nuevo y, tras tenerlos recluidos 22 días, conocieron la sentencia

"la  cual era que no se hallaba ningún error ni en vida  ni  en doctrina; y que así podrían 
hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que 
nunca  difi­niesen:  esto  es pecado mortal, o esto es pecado venial,  si  no fuese pasados 4 
años, que huviesen más estudiado" (R, 70)

   De  nuevo otra sentencia no condenatoria les prohibía  ejercer la  labor  de expresarse libremente y  ejercitar  su  apostolado.  Ante tantas obstrucciones Loyola decide marcharse a París,  donde le ocurren los acontecimientos desarrollados en el  capítulo VIII.

    En estos capítulos VI y VII, donde prácticamente no se emiten juicios  de valor, se aprecia un interés especial de  Loyola  por dar a  conocer estos sucesos.  Ninguna etapa de su  vida  está descrita  con tanto lujo de detalles, especificando  años,  días, nombres  e incluso frases concretas. Todo con el objetivo de poner en evidencia los injustos procedimientos inquisi­toriales, pues  la información se  centra  fundamentalmente  en detalles  que delatan las irregularidades de unos procesos  donde religiosos, especialmente dominicos, y jueces actúan impune­mente amparados en un poder omnímodo [4] .   En función  del  tiempo narrado son con diferencia los capítulos más extensos y también los más importantes, casi el objetivo central del Relato.  Loyola podía imaginar, en ese año 1555 en que se escribe el Relato,  sus consecuencias pero, o bien por respeto a la verdad, -aunque silencia, por ejemplo, las posibles lecturas de Erasmo-, o tal vez por influencias del martirologio, hizo  que estos  capítulos fueran la parte más meticulosa de su  biografía.  Actitud, en parte, un poco contradictoria, pues los jesuitas  en esa época, como se ha dicho, ya habían  aceptado cargos inquisitoriales en algunas provincias,  y el Memorial recoge cantidad de detalles que demuestran cómo  poco a poco la Compañía, fundamentalmente a partir de la confirmación en 1540, va perdiendo sus aspectos revolucionarios [5]

   En resumen, en  Alcalá se les acusa, aunque sin pruebas ("no se hallaba ningún error en su doctrina ni en su vida"), de ensa­layados  e  iluminados  y se les amenaza con  hacer  carnicería  en ellos.   Se  hacen  "pesquisa y proceso de su vida"  y,  aun  sin condenarles, les obligan a vestir de otra forma.  Los  encarcelan sin  acusación  ni orden y están 17 días en prisión "sin  que  le examinasen  ni  él supiese la causa dello". Después, con falsas excusas, se les vuelve a encerrar otros  42 días  en  la  cárcel y se les prohíbe predicar.

   En Salamanca se repiten las mismas irregularidades procesales. Son apresados por unos religiosos que los entregan a la  justicia y  los  encarcelan  sin acusación determinada.   Pero  además  el Relato refleja las malas artes, la manipulación  dialéctica  que utilizan los dominicos en sus interrogatorios

“se  fueron  con ellos en una capilla, y el soprior  con buena afabilidad empezó a decir 
cuán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la postólica; y que hol­garían de saber destas cosas más particularmente. Y así  comenzó a preguntar qué es lo que habían estudiado. Y el peregrino res­pondió: <<Entre todos nosotros el que más ha estudiado soy yo >>, y le dio claramente cuenta de lo poco que había estudiado, y  con cuán poco fundamento.
Pues  luego ¿qué es lo que predicáis?  Nosotros, dice el  pere­grino,  no  predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman. Mas, dice el fraile,  <<¿de qué cosas de Dios  habláis? que eso es lo que queríamos saber >>.  <<Hablamos, dice el pere­grino,  cuándo  de una virtud, cuándo de otra, y  esto alabando; cuándo  de  un vicio,  cuándo de otro, y reprehendiendo >>  <<Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtu­des y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de  dos maneras:  o por letras, o por el Espíritu santo.  No  por  letras; ergo  por  Espíritu santo>>.  Aquí estuvo el peregrino   un  poco sobre  sí no le pareciendo bien aquella manera de argumentar;  y después de haber callado un poco, dijo que no era menester hablar más  destas materias.  Instando el fraile: <<Pues agora  que  hay tantos  errores de Erasmo y de tantos otros, que han engañado  al mundo ¿no queréis declarar lo que decís?>>" (R, 64-65)

   Los dominicos, que tienen ya preparada su emboscada, probable­mente  a causa de la negligencia del propio confesor que también interviene como juez [6] , se dirigen a ellos  hipócrita­mente, adulándoles con una fingida admiración  que  la concisa prosa de Gonçalves va convirtiendo en una burda farsa  jurídica para  procesarlos: "con buena  afabilidad  [...]   cuán buenas  nuevas tenían de su vida y costumbres [...] holgarían  de saber". El interrogatorio se convierte en una insidiosa estra­tagema, denunciada en el Relato como "aquella manera de argumen­tar".  Hasta tal punto resulta indignante que Loyola,  como  ocu­rrió  en  la conversación con el moro, aunque  casi  por  motivos opuestos,  pierde por un momento los estribos:  "Aquí estuvo  el peregrino  un poco sobre sí"

  En definitiva, estos  dos  capítulos  reúnen  cantidad   de información reveladora de múltiples irregularidades jurídicas cometidas  en nombre de la Iglesia y la Justicia.  Se apunta, por ejemplo, una clara  denuncia  de  cohecho, pues los  dominicos,  mientras  los tuvieron  detenidos ilícitamente en su convento y en  la  cárcel, "negociaron, según paresce, con los jueces"

   La versión hecha por Ribadeneyra sobre estos  acontecimien­tos está regida por su deseo de congratularse con aquellos a  los que  el  Relato  denuncia.  Y aunque no oculta en su libro los procesos seguidos  a Loyola,  uno de los objetivos esenciales de la Vida es descargar la narración de la fuerza reivindicativa  del Relato,  justificando las agresiones e injusticias de los  dominicos e inquisidores como propias de nobles guardianes de la fe.  La lectura comparada de estos capítulos del Relato y la Vida es absolutamente reveladora para comprender, de una vez por todas, los intereses y estrategias de ambos libros, así como los dos momentos históricos y filosóficos de la Compañía.  Veamos la versión de Ribadeneyra sobre el encuentro en Salamanca con los dominicos

     “Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios. Íbase a confesar a menudo con un padre religioso de Santo Domingo de aquel insigne monesterio de San Esteban , y a pocos días díjole una vez su confesor que le hacía saber que los frailes de aquella casa tenían gran deseo de oírle y hablarle; al cual nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana, cada y cuando que se lo mandase.  Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas. Fue el día señalado con un  compañero, y después de haber comido los llevaron a una capilla, donde se hallaron con ellos el confesor y otros dos frailes, de los cuales uno era el vicario que gobernaba el  monesterio en ausencia del prior. El cual, mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves: Mucho consuelo me da cuando oigo decir del ejemplo grande que dais con vuestra santa vida, y que no solamente os preciáis de ser bueno para vos, sino también procuráis que lo sean los demás, y  que a imitación de los apóstoles andáis por todas partes enseñando a los hombres el camino del cielo. Y no soy yo solo el que desto me gozo, que también les cabe parte desta alegría a nuestros frailes; mas, para que ella sea mayor y más cumplida, deseamos oír de vos mismo algunas destas cosas que se dicen. Y  lo primero que nos digáis qué facultad es la vuestra, y en qué estudios os habéis criado, y qué género de letras son las que habéis profesado? El padre con simplicidad y llaneza dijo la verdad de sus pocos estudios.  Pues ¿por qué (dijo él) con tan poco estudio y con solas las primeras letras de gramática os ponéis a predicar?  Mis compañeros y yo (dijo Ignacio) no predicamos, padre, sino, cuando se ofrece alguna buena ocasión, hablamos familiarmente lo que alcanzamos de las cosas de Dios.  Y ¿qué cosas de Dios son esas que decís? que eso es lo que sumamente deseamos saber.  Nosotros (dice) algunas veces hablamos de la dignidad y excelencia de la virtud, y otras de la fealdad y torpeza de los vicios, procurando traer a los que nos oyen a lo bueno, y apartarlos cuanto podemos de lo malo.  Vosotros (dijo el vicario) sois unos simples idiotas y hombres sin letras (como vos mismo confesáis); pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios?  De las cuales cosas nadie puede tratar con seguridad si no es con teología y dotrina, o alcanzada por estudio, o revelada por Dios. De manera que, pues no la habéis alcanzado por estudio, señales que os la ha infundido inmediatamente el Espíritu Santo. Y esto es lo que deseamos saber cómo ha sido, y que nos digáis qué revelaciones son estas del Espíritu Santo.
   Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante. Y aunque el vicario todavía le quiso concluir con la pregunta del Espíritu Santo, y le apretó con vehemencia que le diese respuesta, no le dio otra sino esta: - Yo, padre, no diré más, si no fuere por mandado de superior a quien tenga obligación de obedecer.
   - Buenos estamos (dice el padre); tenemos el mundo lleno de errores y brotan cada día nuevas herejías y dotrinas ponzoñosas, ¿y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando?; pues aguardadme aquí un poco, que presto os haremos decir la verdad. Quédanse él y su compañero en la capilla, y vanse los frailes y mandan  cerrar las puertas del monesterio; y de ahí a un poco, los pasaron a una celda. Tres días estuvo en aquel sagrado convento con grandísimo consuelo de su ánima. Comía en refitorio con los frailes, y muchos dellos venían a visitarle y a oírle a su celda, que casi estaba llena de frailes; a los cuales él hablaba con mucha libertad y eficacia de las cosas divinas como era su costumbre; y muchos dellos aprobaban y defendían su manera de vivir y enseñar. Y así el monesterio se partió como en bandos, aprobando unos y reprobando otros lo que oían de su dotrina.
   En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo. El cual, al cabo de los tres días, envió al monesterio su alguacil, y él llevó nuestro Ignacio a la cárcel con su compañero; mas no los pusieron abajo, adonde estaban  los otros presos por comunes delitos, sino en lo más alto de un aposento, apartado, viejo, medio caído, muy sucio y de mal olor. Allí ataron a una gruesa cadena, larga de doce o trece palmos, a los dos presos, metiéndoles un pie a cada uno en ella tan estrechamente, que no podía apartarse el uno del otro para ninguna cosa. Y desta suerte pasaron toda aquella noche, velando y haciendo oración.” (Vida I, XV)

   Cervantes,  que  hasta el capítulo 5 ha  ido siguiendo  el orden cronológico del Relato, se salta prácticamente los  números III,  IV  y  V (en los que se narra la peregrinación de Loyola a Jerusalén) y continúa la parodia a partir de VI  y  VII.  Su objetivo es hacer que este primer Quijote mantenga una estructura similar a la del Relato, con ocho capítulos en los que se incluyan fundamentalmente la parodia de las persecuciones  sufridas  por Loyola  en Alcalá, Salamanca y París, precisamente la  parte  más manipulada por Ribadeneyra.

     La  parodia recae, pues, sobre toda esa información de  los  injustos procesos  seguidos a Loyola.  Procesos reales, similares a  otros muchos que finalizaron en la hoguera y que Cervantes transforma en  una  jocosa farsa crematística donde un grupo  de  ignorantes, conducidos  por un cura, arroja libros al fuego sin  prácticamente conocer su contenido. Todos coinciden en que los libros de caba­llerías son perjudiciales y causantes de la locura de don Quijo­te y, por  tanto, merecedores del fuego, pero cuando les llega  el turno a los libros de poesía hacen extensible el mismo  criterio, convirtiéndose al final la ceremonia  en un auto de fe contra  la cultura, como ya había anunciado el cura al final del Capítulo 5

"Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fe que no se pase el día de mañana sin que dellos 
no se haga acto público"

   Los libros de caballerías, hasta aquí sustitutos paródicos de los libros piadosos, aparecen ahora como represen­tantes  de los libros prohibidos y de sus autores,  en  ocasiones también quemados como ellos. El título de este capítulo 6  apunta sus intenciones: "Del donoso y grande escrutinio que el cura  y  el  barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo". La librería de nuestro ingenioso hidalgo viene a significar  la cultura,  el  conocimiento de nuestro famoso  santo, muy influenciado por los libros durante gran parte de su vida, y acusado  de iluminismo por la Inquisición  en  unos procesos donde autores y libros guardan un papel relevante. El epígrafe, como apuntan los referentes en negritas y el contenido general, parece inspirado en un fragmento de la Vida

“los cuales hicieron con gran cuidado y diligencia escrutinio e inquisición de todo lo que se había dicho y publicado. Y finalmente, el año de 1546 a 11 de Agosto, pronunciaron la sentencia; por la cual  habiendo declarado que los nuestros eran inocentes y libres de toda infamia, y honrándolos con muchas alabanzas, ponen silencio perpetuo al acusador y tramador de aquellas calunias, amonestándole so graves penas, que mirase de allí adelante por sí, y se guardase de semejantes insultos” (Vida III, XIII)

   El capítulo 6 del Quijote comienza así

“El cual todavía dormía.  Pidió las llaves, a la sobrina,  del aposento donde estaban los 
libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana"

   Cervantes ha cambiado la escenificación y, en consonancia  con la  prisión  de Loyola, sitúa estos hechos  en  interiores. Los actores han dejado sus primitivos papeles y, aunque siguen disfrazados  de familiares y amigos, ahora van a actuar en representación  de los distintos estamentos que sostienen la Inquisición,  pues de la misma manera que los dominicos acusan y entregan a Loyola a los  inquisidores, la sobrina suministra al cura, o  sea a la Iglesia, las llaves de la biblioteca “de muy buena gana” [7] , una expresión procedente del fragmento de Ribadeneyra (“nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana”) y que funciona como referente formal indicador del lugar donde se centra la parodia, cuyo inicio, con la información del narrador sobre la llegada del cura y el barbero y la entrega de las llaves de la biblioteca, pone en evidencia el común acuerdo de todos desde el principio, y la relación de ese pensamiento común con el de Ribadeneyra

“El no leer libro ninguno por elegante y docto que sea, que trate de amores deshonestos, ni de liviandades, ni que tenga cosa que pueda inficionar la puridad de los niños, ni quitalles la flor y hermosura de sus limpias ánimas.  Que de leerse estos libros, se engendran en los ánimos tiernos y blandos vanas y torpes aficiones, y heridos dellas, vienen a desear y buscar lo que antes no sabían.  Y por esto todos los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud.  Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar” (Vida III, XXIV)

   El protagonismo de los libros y la justificación de su censura por el daño que provocan, viene prácticamente a coincidir con ese primer fragmento de este capítulo donde se acusa a lo libros de ser los autores del daño o locura de don Quijote.

   A ello puede añadírsele otro detalle también sugerente del desarrollo paralelo entre los proce­sos  y  el escrutinio:  la llegada de Loyola a Alcalá de Henares y la información sobre sus lecturas

"el año de  26  llegó Alcalá, y estudió términos de  Soto,  y  phísica  de Alberto, y el Maestro de las Sentencias" (R, 57)

y sobre su relación con reputados  erasmistas

“Luego como allegó a Alcalá, tomó conoscimiento con D. Diego de Guía, el cual estaba en casa de su hermano [8] que hacía emprempta en Alcalá” (R, 57)

   En definitiva, después de estudiar en Barcelona, Loyola llega a Alcalá con la intención de completar sus estudios, aunque con una personalidad ya muy definida y encaminada hacia una nueva idea de la práctica religiosa más próxima a las ideas de Erasmo, con cuyos discípulos se relaciona y con los que coincide en su crítica a la Iglesia tradicional.  Pero pronto esta Iglesia va a reaccionar y a defenderse mezclando en un mismo saco a las teorías heréticas derivadas del protestantismo y a cualquier tipo de crítica o doctrina no ortodoxa [9] ,  persiguiendo no sólo a los libros, sino especialmente a sus autores y seguidores. Un claro ejemplo de este cambio de actitud es, precisamente, el caso de Loyola, llegado a Alcalá sobre julio de 1526 y perseguido por la Inquisición ya a principios de noviembre de ese mismo año.

   Esa escalada del ambiente totalitario ya fue evocada por Cervantes en el último párrafo del capítulo 5   

"Hiciéronle  a  don Quijote mil preguntas, y a  ninguna  quiso responder  otra  cosa sino que 
le diesen de comer  y  le  dejasen dormir" (QI,5)

donde las “mil preguntas” se corresponden  con los grandes interrogatorios  seguidos  a Loyola y con su posterior prisión, paralela al estado de inmovilidad de don Quijote en los inicios de este capítulo 6 (“El cual todavía dormía”), mientras los inquisidores analizan su libro de los Ejercicios

"Y algunos días después fue llamado delante de cuatro  jueces los tres doctores,   
Sanctisidoro, Paravinhas y Frías, y el  cuarto el  bachiller  Frías, que ya todos habían visto  
los  Ejercicios" (R, 68)

   El número de censores, cuatro, coincide con los cuatro personajes (ama, sobrina, cura y barbero) encargados de realizar el escrutinio de la biblioteca.

   En  los interrogatorios, según el Relato, se les  pregunta  de todo,  entre otras cosas sobre los  "Ejercicios", pero  curiosamente -aquí  la nota perspicaz Gonçalves-Loyola-  de sólo  un tema  aparecido al principio. Es decir, Loyola tiene la sospecha de que no han leído el libro completo, que lo acusan sin fundamento

"Antes  desto, cuando hablaban de los  Ejercicios,  insistieron mucho en un solo punto, que 
estaba en ellos al principio"

   Este  matiz,  "que estaba en ellos al principio",  también  lo parodia Cervantes, pues aunque el propósito del cura es ir viendo uno  a uno los libros  "para  ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos  que no mereciesen castigo de fuego",  la fogosidad de la sobrina y del ama, ansiosas por quemarlos todos, reduce el escrutinio a la lectura de los títulos.

   A  lo largo del capítulo Cervantes omite  constantemente  el sujeto  "libros",  dotando a casi todas las frases  de  doble sentido, de una referencia velada  a  las muchas  personas condenadas por la Inquisición en base a un  tipo de  acusaciones similares a las aquí escuchadas:  "algunos que no mereciesen  castigo de fuego", "la  muerte  de  aquellos inocentes",  "dogmatizador", "esperando con  toda  paciencia  el fuego que le amenazaba", "¿Quién es ese tonel?", "Ya conozco a su merced", "tenedle recluso en vuestra posada" [10]

   El  ama [11]   y la sobrina actúan durante todo el  escrutinio  como representantes [12]  del pueblo supersticioso y tan manipulado por  la Iglesia [13] que, aun sin entender de nada [14] , es quien aviva los proce­sos [15]  

   Una vez que los cuatro están dentro de la biblioteca, el ama va  enseguida  a buscar agua bendita y un hisopo que entrega  al licenciado

“volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
   -Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que  les queremos dar echándolos del mundo.
    Causó risa al licenciado la simplicidad del ama  y  mandó al barbero que le fuese dando de  aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
    -No -dijo la sobrina- no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojallos por las  ventanas al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
     Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de  aquellos inocentes;  mas el cura no vino en  ello  sin primero leer siquiera los títulos.Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo  el cura:
     -Parece cosa de misterio esta,  porque, según he oído  decir, este  libro  fue  el primero de caballerías que  se  imprimió  en España, y todos los demás han tomado principio y origen de éste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego"

   El  tono seudo religioso lo introduce el ama llevando, por temor  a los encantadores  y actuando como acólito, agua bendita para  que el cura exorcice los libros. La risa del cura (“Causó  risa al licenciado la simplicidad del ama”) no deja tampoco de ser irónica, puesto que son ellos quienes, precisamente,  transmiten a la sociedad esas supersticiones [16] y creencias sobre poderes milagrosos del agua [17] .  Lógicamente el cura no parece reírse de la creencia del ama en el agua bendita, sino en los encantadores (“algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y no encanten”), que a fin de cuentas son también producto del miedo [18] inculcado al pueblo por la Iglesia.

   Nada dice el narrador sobre si el cura cumple o no los deseos purificadores del ama, aunque se supone que lo hace antes de pedirle al barbero que vaya pasándole los libros uno a uno

"pues  podía ser hallar algunos que no mereciesen  castigo  de fuego"

   El  cura  es, por licenciado, el maestro  de  ceremonias  que perdona o condena el futuro de cada libro,  aunque ignore su contenido, pues desde el principio el propósito es quemarlos todos, salvo alguno “que no mereciese castigo”

  Después  interviene exaltada la sobrina, que culpa a todos los libros de dañadores  y por tanto merecedores del fuego [19] Se supone que se refiere a los libros, que son el sujeto omitido, pues separado de su  contexto, el párrafo de la sobrina puede también leerse como alegato contra las personas:  "no hay para qué perdonar a  ninguno"  

   Igual ocurre con la ambiguas palabras del ama: "Lo  mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían  de la muerte de aquellos inocentes"

  Ama y sobrina están dispuestas a que ardan todos sin  miramien­tos,  con  lo cual el escrutinio se inicia con  un  ambiente  tan enrarecido que el primer libro, Los cuatro de Amadís de Gaula, es, en principio, condenado al fuego como "dogmatizador de una secta tan mala" 

    "Dogmatizador"  y "secta" debieron ser algunas de las  acusa­ciones  imputadas  a Loyola y sus compañeros, cuyos  procesos  se iniciaron siempre a causa de murmuraciones y campañas de intoxi­cación   promovidas  por  determinados  sectores   eclesiásticos:  "quién  decía de una manera, y quién de otra" (R, 58).   Pero  ¿por qué al cura le "parece cosa de misterio" que el primer libro que analizan  sea también el primero de caballería que se imprime  en España? O es muy supersticioso y se asombra de cualquier casuali­dad,  algo impropio de un religioso, o realmente está pensando en otro misterio sólo por él conocido, pues  casualmente Amadís de Gaula es también el primer y único libro de caballerías citado en el Relato y, además, Cervantes asocia en varias ocasiones a Amadís con Loyola,  que en Alcalá y Salamanca ha sido acusado de dogmatizador y primer representante de una nueva secta  cuya  intención  era propagarse.  En ese sentido, podría aplicarse a Loyola los acertados razonamientos de S. Gilman: "Lo  que  el  Cura está comentando no es la  mera  rareza del libro, sino,  más bien, su misterioso poder para  engendrar: el hecho  de que sea el "principio y origen" de un "género".   Y  ya que ésta es "cosa de misterio", despierta las sospechas por parte de  la  Iglesia, casi como si se tratase de una bruja  o  de  un encantador.  El Amadís tenía, en efecto, una capacidad tan extra­ña  para propagarse  en secuelas e imitaciones que el  Cura  lo compara con un "dogmatizador" de una secta herética.  La concien­cia que el Cura tiene acerca del "misterio" literario del  texto justifica que acepte la anterior petición de la Sobrina de reali­zar  un  auto de fe entre las llamas.  Habla  como inquisidor  y juzga con el carácter implacable que le es propio" [20]

    Sólo  la  intervención  del barbero, que  parece  no  haberlo leído [21] ("he oído decir"), salva al Amadís de la hoguera, en la que van  cayendo los restantes con el acuerdo unánime de  todos,  "lo cual  expresa Cervantes con una monotonía igual  a la que  resulta de la emisión de votos en un juicio" [22]

"-Pues  vayan todos al corral -dijo el cura-, que a trueco  de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.
  -De ese parecer soy yo -dijo el barbero.
  -Y aun yo -añadió la sobrina.
  -Pues así es -dijo el ama-, vengan, y al corral con ellos"

   La  frase del cura permite de nuevo la lectura profunda,  pues si el "padre que me engendró" se lee en su sentido espiritual, lo que el cura esta diciendo es que cualquier religioso que aparezca "en figura de caballero andante", es decir, como heterodoxo, será condenado  al fuego. ¿No es esa la actitud de Ribadeneyra  y  los jesuitas respecto a su padre-fundador?  Precisamente la expresión está inspirada en otra semejante de la Vida referida a Loyola

“Pero ¿qué diré de otra razón, que aunque la pongo a la postre, para mí no es la postrera? Esta es un piadoso y debido agradecimiento y una sabrosa memoria y dulce recordación de aquel bienaventurado varón y padre mío que me engendró en Cristo, que me crió y sustentó, por cuyas piadosas lágrimas y abrasadas oraciones confieso yo ser eso poco que soy” (Vida, A los hermanos)

   El escrutinio continúa

             "Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El Caballero de la Cruz.
             -Por nombre tan santo como este libro tiene se podía  perdonar  su ignorancia; mas también se suele decir <<tras la cruz está  el diablo>>.  Vaya al fuego"

   El sentido de esa frase es muy semejante al del siguiente fragmento de la Vida

“Eran muy diferentes y aun contrarios los pareceres de las gentes que tomaban materia de hablar, así por ver estos hombres en compañía, como por el concurso grande de gente que se les llegaba a oír a Ignacio, y no menos viendo el fruto claro que se cogía del ejemplo de su vida y de su dotrina. Y así se hablaba deste negocio en el pueblo (como se suele) según que cada uno sentía, quién defendiendo, quién acusando, y en lo uno y en lo otro había exceso, así de los que decían bien, como de los que decían mal” (Vida I, XIV)

   Loyola y sus compañeros fueron condenados de forma muy parecida a como, simbólicamente, se ha hecho con el libro del Caballero de la Cruz, pues de entrada, por sólo su título, iba a ser perdonado, aunque repentinamente, y también sólo por culpa de una nueva interpretación del título, ha sido definitivamente condenado al fuego.  El referente formal es ese “se suele” existente de forma análoga en ambos textos.

  La  postura dogmática y represora de la Iglesia se sugiere con la respuesta del cura sobre el libro “Espejo de caballerías”

               “-Ya conozco a su merced –dijo el cura-.  Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín, y en verdad que estoy por condenarlos no más que a  destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano  poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno, pero si  habla en su idioma, le  pondré sobre mi cabeza.
             -Pues  yo  le tengo en italiano -dijo el barbero-, mas  no  le entiendo.
             -Ni  aun  fuera bien que vos le  entendiérades  -respondió  el cura"

   El cura propone una nueva fórmula de condena (“destierro perpetuo”) y además muestra un temperamento caprichoso y dogmático con sus gustos.  De nuevo las palabras en negrita vuelven a aparecer concentradas en un párrafo de la Vida

“En el florentísimo reino de Francia, demás de la sangre que se ha derramado en tantas batallas, siendo vencedora la parte de los católicos, muchas veces han conjurado los herejes contra los reyes cristianísimos Francisco II y Carlo IX, y urdido tales traiciones y tejido tales telas y engaños, que sin duda no se pudieran destejer, ni ellos escapar con la vida, si nuestro Señor, con ojos de piedad, no hubiera mirado por aquel poderoso, nobilísimo y cristianísimo reino, e inclinádose a las lágrimas, sospiros y plegarias de tantas ánimas santas que en él hay. Y pasó tan adelante la desvergüeza y rebelión, que los hugonotes coronaron por rey a Ludovico Borbón, príncipe de Conde, su caudillo, el cual batió moneda de oro con esta letra: « Ludovicus XIII, Dei gratia Francorum Rex primus Christianus » . Que es título arrogantísimo e injuriosísimo a toda la corona de los cristianísimo reyes de Francia, pues da a entender que todos ellos han sido infieles y que él es el primero rey cristiano de Francia” (Vida II, XVIII)

    Además del contenido condenatorio y las coincidencias formales, vemos que el fragmento de la Vida está dirigido a los problemas de los reyes de Francia, también aludidos en la siguiente intervención del cura, donde introduce una nueva modalidad de condena

 “Digo, en efeto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos

   La intención del cura es que esos libros, así como las teorías protestantes, se oculten en un pozo seco donde ni se vean ni germinen sus doctrinas.  Una condena que, en parte, coincide con la impuesta por la Inquisición a Loyola, según se lee en el capítulo de la Vida que está sirviendo de núcleo general para la parodia del escrutinio

“que, pues no habían estudiado teología (cual siempre nuestro padre claramente confesaba), en los cuatro años siguientes no tratasen de enseñar al pueblo los misterios de nuestra santa fe católica, hasta que con el estudio tuviesen más conocimiento y noticia dellos” (Vida I, XIV)

   Aunque hay cierto paralelismo entre el contenido de la frase cervantina y el de la Vida, quizás lo más destacado en este caso sea la forma en que Cervantes está trabajando, más alejada de la evidencia que en los capítulos anteriores y buscando sólo pequeños y sugerentes matices.

“Todo lo confirmó el barbero y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo”

   El narrador no sólo apunta la ignorancia del barbero aprobándolo todo, sino su buena fe y  confianza en la Iglesia.  Es simplemente un ejemplo de esos lectores de vidas de santos dispuesto a creer todo cuanto leen por el solo hecho de estar escrito por quienes, según su religión, no deben mentir. En ellos se depositó esa confianza, perfectamente reflejada por Cervantes en la absoluta autoridad puesta en manos del cura para absolver o condenar a cada libro.  Un poder que, como todos los totalitarismos, pierde sus escrúpulos a medida que se afianza, como simbólicamente queda reflejado en ese giro del cura cuando abandona su análisis minucioso y particularizado para dar paso a una condena generalizada

            "Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese  Nicolás, que  éste y Amadís de Gaula  
queden libres del fuego, y todos  los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.
    -No,  señor compadre -replicó el barbero-, que este  que  aquí tengo es el afamado Don  Belianís.

    La  intervención  del  barbero ("un oficio  de  dignidad  casi profesional -ya que es, por decirlo así, el médico de la  aldea") consigue el perdón de Don Belianís, aunque no "se siente bastante seguro de  sí.   Si se atreviera, y supiera,  se  encargaría  de defender  a los culpables ante el fiero inquisidor.  Pero  no  se atreve, y así va entregando los libros al brazo clerical pasiva­mente, acompañados  de la mera mención de sus nombre,  sin  otra observación ni crítica” [23] .     Aunque no lo dice abiertamente, Madariaga apunta el  doble sentido  procesal del escrutinio e, indirectamente, menciona el complot de la Iglesia  y el carácter simbólico del texto, donde  Cervantes parodia hasta los injustos  detalles de compadreo  entre dominicos e inquisidores que se deducen del Relato

             "tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no lo dejéis leer a ninguno"

 Curiosamente, hasta el mismo Loyola se verá después obligado a realizar una labor semejante

“no fue hasta 1555 cuando se dieron instrucciones a los colegios de la Compañía para hacer escrutinio de los libros: y los de Erasmo y Vives no se condenaron en esa ocasión al fuego, sino que se pusieron aparte en espera de que el General tomara una decisión al respecto” [24]
“Nadal a San Ignacio, Padua, 19 de julio de 1555:  <<Veo todos los libros, y aparto los que se han de apartar;  y si no fuesen heréticos no les cremaré, sino se ternán aparte hasta que V.P. mande qué se hará de ellos;  como de Erasmo, Vives, etc.>>” [25]

   Cada gesto del escrutinio parece remitir a cualquiera de aquellas múltiples formas de censura o al comportamiento de los censores, de forma que, tras ese aparente humor cervantino, se oculta la cruel realidad [26] , como ese amiguismo o falta de interés y profesionalidad de quienes "sin querer cansarse más" incumplen sus labores indagatorias

            "Y  sin  querer cansarse más en leer  libros  de  caballerías, mandó al ama que tomase todos 
los grandes y diese con ellos en el corral"

   El  cura,  por pereza, condena en este caso a los  libros  por tamaño, y el ama ejecuta dichosa la orden

            "No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una 
tela, por grande y delgada que  fuera; y  asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar  muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero,  que le  tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia  del famoso caballero Tirante el Blanco"

   Sutilmente simbólica parece esa actitud del ama arrojando libros a mogollón (“Por tomar  muchos juntos”), en referencia a la censura generalizada sobre cualquier tipo de libros, como representantes de la cultura.   Cuando  ya todos  han sido condenados, la casualidad hace  que caiga ante el barbero la Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, al que el cura, poco a poco revelado como un lector empedernido, en paralelo con la labor de los censores,  define como "un tesoro de contento y una mina  de pasatiempos"  y al que, por su estilo, considera "el mejor  libro del  mundo".   Es decir,  en cuanto reparan  en  alguno  de  los reprobados, o en cuanto alguien cae suplicante a los pies de uno de  los jueces, aparece por lo menos la opinión, el juicio  sobre él,  aunque en este caso, tras múltiples elogios al  Tirante,  el cura condena a su autor y salva al libro. 

      La destacada presencia en el escrutinio, tanto del Tirante como del Amadís, quizás se deba a la enorme repercusión de estos dos libros en la vida de Loyola.  Ya en el primer capítulo del Relato vimos esa  gran influencia que los libros de caballería ejercieron en él, fomentando su espíritu altruista y aventurero y el cambio del caballero idealista hacia el religioso.  A esta transformación debió contribuir notablemente, además de Amadís [27] , con quien en parte se identifica, el conde Guillén de Varoyque,  personaje central de los primeros capítulos del Tirante el Blanco.  Este conde le anuncia inesperadamente a su mujer que ha tomado la decisión de dejar su casa y viajar en peregrinación hasta Jerusalén.  Convoca a sus sirvientes para  comunicarles la noticia, agradecerles sus servicios  y repartir generosamente  entre ellos una buena cantidad de dinero.  Parte sólo con un escudero y, pasado un tiempo, llegan a Jerusalén, donde  permanecen hasta cumplir sus promesas y  visitar los santos lugares.  Después vuelven y, en Venecia, el conde entrega a su escudero los dineros sobrantes y se despide de él, pidiéndole que vuelva a su tierra y anuncie su muerte.  Pasado un tiempo el conde vuelve a su tierra “con los cabellos largos hasta las espaldas e la barba hasta la cinta, toda blanca, y vestido del hábito del glorioso San Francisco”.  Estos sucesos están brevemente narrados en las primeras páginas de la obra, donde se cuenta también cómo estando el rey de Inglaterra cercado por un ejército árabe y sin posibilidades de salvarse, se encontraba tan afligido y lamentoso que “puso la cabeça  sobre la cama y parecióle que vía entrar por la puerta de la recámara una donzella de grandíssima hermosura, vestida de damasco blanco, con un niño pequeño en los braços, y otras muchas donzellas que venían tras ella cantando: Magnificat anima mea, etc” [28] .  Una visión de la Virgen con el niño muy parecida a la que también tuvo Loyola, de forma que, en los prolegómenos del Tirante, puede decirse que se encuentran concentrados una serie de hechos que recuerdan totalmente los inicios del Relato y, en general, una gran influencia en el comportamiento y en las decisiones tomadas por Loyola tras ser herido en la pierna.   ¿Tienen los elogios realizados por el cura al Tirante, “es éste el mejor libro del mundo”, algo que ver con esa influencia [29] que, seguramente, no pasó inadvertida a Cervantes?

  Una  vez acabados los libros de caballerías, el  escrutinio prosigue con los de poesía, de los que también demuestra el cura bastante conocimiento y a los que piensa librar de la hoguera

"Estos  no  merecen ser quemados, como los  demás,  porque  no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho; que  son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero"

   Pero este sólido criterio se ve modificado enseguida  después de  la espoleante arenga de la sobrina

            "¡Ay, señor! -dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar  quemar  como  a los 
demás, porque no  sería  mucho  que, habiendo  sanado  mi señor tío de  la  enfermedad 
caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor y andarse por  los bosques  y 
prados cantando y tañendo, y, lo  que  sería  peor, hacerse poeta, que según dicen es 
enfermedad incurable y  pega­diza"

   Tras el estímulo de la sobrina, el cura cambia rápidamente  de parecer y se reencuentra con su labor censora

            "-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y será bien  qui­tarle a nuestro amigo este tropiezo 
y ocasión de delante"

   Este mala opinión de la sobrina contra los poetas tampoco parece propia de ella, sino inspirada en la tradición de la Iglesia contra todo lo profano, como demuestra Ribadeneyra

“Porque, habiendo el miserable y desventurado Martín Lutero (siendo fraile) dejado los hábitos de su religión  y con ellos la vergüenza y temor de Dios, y casádose incestuosa y sacrílegamente con una monja, y hecho dello pública fiesta y regocijo, comenzó a alzar bandera, tocar cajas y hacer gente contra la Iglesia Católica. Acudieron luego a él los hombres profanos, desalmados y perdidos amigos de sí mismos, soberbios, altivos y deseosos de novedades, y entre ellos un buen número de poetas livianos, de oradores maldicientes, de gramáticos presumptuosos y temerarios, los cuales dieron en escribir canciones, versos, rimas y comedias, alabando lo que decía y hacía su maestro y capitán Lutero, y burlándose de las tradiciones apostólicas y ritos, cerimonias y personas eclesiásticas” (Vida II, XVIII)
“Lo mismo han hecho los Luteranos en Alemania, y los Hugonotes en Francia en nuestro tiempo, para dilatar sus errores y herejías, haciendo componer  muchos versos y oraciones elegantes, a Poetas y oradores doctos, contra el Papa, y contra los eclesiásticos, y contra las verdades Católicas, para que aprendiéndolas, y decorándolas los niños, bebiesen dulcemente la ponzoña, y sin sentir se criasen con ella y con el aborrecimiento de la verdad, y teñidos en lana, no pudiesen perder la color” (Vida III, XXIV)

   Al  primer  libro de poesía escrutado,  La  Diana  de Montemayor, el cura  le  aplica una nueva fórmula de censura. A los de caballerías se les condenaba al fuego o se les recluía, a estos de entretenimiento se les limpia o expurga [30]

"se le quite todo aquello que trata de"
"menester es que este libro se escarde y limpie"

   Un procedimiento, según Ribadeneyra, utilizado por la Compañía en sus colegios

“Y por esto todos los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud.  Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar” (Vida III, XXIV)

   Da la sensación de que el cura tiene un lío mental parecido al de  don Quijote, pues no es sólo un lector furibundo sino que  a veces no sabemos si él mismo distingue entre realidad y ficción

            "-Por  las órdenes que recibí -dijo el cura-, que desde  que Apolo  fue  Apolo, y las musas 
musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo, y el que no le  ha  leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si  me  dieran una sotana de raja de Florencia"

   Es  curioso  que  en este párrafo  y  sin  ninguna  necesidad, simplemente  estimulado por su entusiasmo, el cura llega  a  jurar "Por  las  órdenes  que recebí", aportando un rasgo más a esa personalidad  exaltada de hombre muy temperamental y con tendencia a juzgar  todos sus criterios como infalibles: Tirante el Blanco es "el mejor  libro del mundo",  Los diez libros de Fortuna de Amor son  "el mejor  y el  más  único de cuantos deste género han salido a la  luz  del mundo"  ,  El Pastor de Fílida  "guárdese  como  joya  preciosa".     Sin  olvidar  ese cortesano detalle de codiciar una  "sotana  de raja",  o la tendencia a  llevarse cualquier cosa  gratis, "Dádmele acá, compadre", en este caso un libro  que "Púsole aparte con grandísimo gusto".  En general, casi todos los detalles aislados sobre el cura a lo largo del capítulo nos lo representan como una persona muy ajena a la humildad y comprensión propias de un eclesiástico cristiano, y cercana a la idea del poderoso inquisidor.

-Pues no hay más que hacer -dijo el cura- sino entregarlos  al brazo  seglar del ama; y no se me pregunte el por qué, que  sería nunca acabar”

   El  lenguaje  procesal utilizado durante todo  el  escrutinio ("condenar  al  fuego",  "perdonar", "se le  otorga  la  vida  por ahora",  "ejecutaba lo que le era mandado", "no hallo en él  cosa que merezca  venia",  "condenarlos  no  más  que  a   destierro perpetuo",  "perezcan", "tenedle recluso")  se  ve  complementado con este "brazo seglar" que refuerza de nuevo la intención simbólica del texto, donde ama y sobrina, con su apoyo y  entusiasmo,  han  desempeñado realmente el papel de verdugo, ejecutor  de  los dictámenes  eclesiásticos [31] .   La expresión se encuentra también en la Vida

pongan silencio a cualesquier contrarios y rebeldes con censuras eclesiásticas y con otros oportunos remedios del derecho, sin que les valga apelación y agravien las dichas censuras, guardando los términos debidos, e invoquen también para este efecto, si fuere necesario, el auxilio del brazo seglar, no obstante las constituciones y ordenaciones apostólicas, y todas las cosas que nuestro predecesor quiso en sus letras que no obstasen, y todas las otras cosas contrarias, cualesquiera que sean” (Vida III, XXI)

   La frase  contiene  además otra  fina matización con la que Cervantes prosigue su juego de doble lectu­ra,  pues ese "no se me pregunte el por qué" esconde una  alusión muy sagaz al deseo de la Iglesia católica de ejercer justicia sin cortapisas.  Es decir, el barbero le entrega al cura unos  libros para que los examine, pero él pretende que sin dudar de su criterio y sin siquiera comentarlo, se ejecute su sentencia.  La  Iglesia, como ocurre en los procesos a Loyola, se permite acusar, encarcelar y juzgar, y exige libertad absoluta para sus  actuaciones. En ese sentido se entiende la reflexión del narrador ya comentada

“Todo lo confirmó el barbero y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo”

   Ya  casi  finalizando  el expurgo,  Cervantes  introduce  otra solapada  crítica  al favoritismo, pues el cura, a pesar  de  que piensa lo contrario, salva del fuego algunos libros, como  Tesoro de  varias poesías, simplemente porque "su autor es  amigo  mío", igual que hace con El Cancionero de López Maldonado, "También  el autor de ese libro -replicó el cura- es grande amigo mío"

“Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
-La Galatea de Miguel de Cervantes –dijo el barbero
-Muchos  años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y  sé que  es más versado en 
desdichas que en versos.  Su  libro  tiene algo  de  buena invención:  propone algo, y no 
concluye nada;  es menester  esperar  la  segunda parte que promete:  quizá  con  la emienda 
alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle 
recluso en vuestra posada"

    Sólo comentar de tan estudiado párrafo el nuevo matiz jurídi­co-procesal  que introduce el cura, "tenedle recluso  en  vuestra posada",  y que recuerda lo sucedido a Loyola durante sus procesos en Alcalá y Salamanca,  donde  estuvo recluido en el convento sin estar acusado de nada.

   No obstante, esa  mención a La Galatea tal vez oculte algunos problemas por ahora desconocidos pues, como se verá más adelante, es la obra con la que Cervantes inicia su guerra particular contra los jesuitas.  Tal vez por eso sugiera el cura, solapadamente, la necesidad de enmienda.

             "Cansóse  el cura de ver más libros, y así, a  carga  cerrada, quiso que todos los demás se 
quemasen; pero ya tenía abierto  uno el barbero, que se llamaba  Las lágrimas de Angélica.
 -Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera  mandado quemar; porque su autor fue uno de  los  famosos poetas  del  mundo,  no sólo de España, y fue felicísimo  en  la tradución de algunas fábulas de Ovidio"

  Con  estos párrafos del narrador y el cura finaliza el  capítulo 6, dejando, además de la divertida escena, una sensación  de abuso de poder.  Han entrado en la biblioteca  de don Quijote y, sin autoridad para disponer de sus bienes, le  han despojado  de lo que, según ellos, es la causa de su locura.  El narrador  introduce también un término militar, "carga  cerrada", que además de reforzar la improcedencia del escrutinio,  comple­menta un cuadro de  poderes fácticos sometidos al criterio único del clero.  

   La farsa se inspira, pues, en los juicios  manipulados que  Loyola  y  sus compañeros, acusados por  otros  religiosos, padecen en Alcalá y Salamanca. En ellos la Iglesia católica  jugó el mismo papel representado por el cura en la novela, con el  apoyo incondicional  de  los  distintos estamentos que,  debido  a  su ignorancia y buena fe, estimulan la función represora de un cura caracterizado como supersticioso,  apasiona­do,  déspota, mundano y muy perezoso, y también como  responsable, en última instancia, de unas ejecuciones contrarias a la religión y al derecho.   "En  fin,  en este capítulo,  mostrándose  Cervantes  discreto censor,  aparece  el sacerdocio como juez  arbitrario  y  sañudo, cuyos mandatos ejecutan sumisos el ama, la sobrina y el  barbero, cuando no gozosos; lo cual tiene cuidado el autor de  puntualizar varias  veces.   Se  ve  aquí   la Inquisición  enemiga   del pensamiento, empeñada en comprimirlo y destrozarlo: la  sober­bia Iglesia docente, que toma la dirección de las almas, y en vez de apoyarse en el libro y la verdad, se apoya en la mentira y  el verdugo" [32]

   En general este capítulo 6 gira en torno a los libros como esencia de lo que fue la gran guerra de la Iglesia contra el humanismo y sus autores más representativo, fundamentalmente Erasmo,  cuya obra pasó de ser muy admirada a ser especialmente perseguida por la Inquisición,  que consideraba su lectura como una sombra o sospecha de herejía sobre quien en cualquier momento de su vida lo hubiera leído.  Temor claramente apreciado en la biografía de Loyola, íntimo amigo en su juventud del editor [33] de Erasmo y negador más tarde de cualquier relación con el humanista.  Ribadeneyra sintetiza muy bien esos temores y la astucia para salir airoso del problema

 “Prosiguiendo, pues, en los ejercicios de sus letras, aconsejáronle algunos hombres letrados y píos que, para aprender bien la lengua latina y juntamente tratar de cosas devotas y espirituales, leyese el libro De milite christiano (que quiere decir de un caballero cristiano) que compuso en latín Erasmo Roterodano, el cual en aquel tiempo tenía grande fama de hombre docto y elegante en el decir . Y entre los otros que fueron deste parecer también lo fue su confesor. Y así, tomando su consejo, comenzó con toda simplicidad a leer en él con mucho cuidado, y notar sus frases y modos de hablar. Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa, y es que, en tomando este libro (que digo) de Erasmo en las manos, y comenzando a leer en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su fervor y a enfriarse la devoción. Y cuanto más iba leyendo, iba más creciendo esta mudanza. De suerte que cuando acababa la lición, le parecía que se le había acabado y helado todo el fervor que antes tenía, y apagado su espíritu y trocado su corazón y que no era el mismo después de la lición que antes della. Y como echase de ver esto algunas veces, a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras deste autor tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen sino con mucho delecto y mucha cautela. El libro espiritual que más traía en las manos y cuya lición siempre  aconsejaba, era el Contemptus mundi, que  se intitula De Imitatione Christi, que compuso Tomás de Kempis cuyo espíritu se le embebió y pegó a las entrañas. De manera que la vida de nuestro santo padre (como me decía un siervo de Dios) no era sino un perfetísimo dibujo de todo lo que aquel librito contiene” (Vida I, XIII)

   Esta dudosa e increíble explicación sobre el rechazo natural de Loyola a los libros de Erasmo, fue duramente criticada por Bataillon:  “Creo que aquí sorprendemos a Ribadeneira en flagrante delito de deformación hagiográfica de los datos tomados de Gonçalves, ya que es muy probable que él mismo sea el “siervo de Dios” al que se refiere.  No sólo traslada el hecho al período de Barcelona y de los estudios de humanidades, porque de este modo embellece este período con una emotiva imagen de Ignacio como buen alumno, digno de servir de modelo a los pupilos de los colegios de la Compañía.  Sino que además, según Gonçalves, Ignacio rechaza esta lectura a pesar de la autoridad de su confesor, en virtud de una simple prudencia humana, alarmada por las polémicas suscitadas por Erasmo, mientras que según Ribadeneira lo lee dócilmente, sin recelos, del modo más concienzudo como corresponde a un aprendiz de latinista;  y sólo por una especie de milagro del instinto ortodoxo desecha el libro, pues el enfriamiento en su devoción producido por esta lectura es lo suficientemente claro y repetido como para hacerle adoptar respecto a Erasmo la actitud hostil que serás la de la Compañía” [34]

   Bataillon parece haber calado a la perfección el estilo y los métodos de Ribadeneyra, pues no sólo analiza acertadamente todo el fragmento, sino que añade esos dos detalles sobre la posible autocita (“siervo de Dios”) y su capacidad para manipular los tiempos históricos con  fines embellecedores o propagandísticos.

   Conviene, por último, conocer otra de las opiniones de Ribadeneyra a favor de la censura a determinados autores y libros

“Puso increíble diligencia en que no entrasen en ninguna parte de la Compañía nuevas o peregrinas opiniones, o cosa que pudiese amancillar la sinceridad de la fe católica, o desdorar y deslustrar el buen crédito de nuestra religión. Y así porque del estudio de la lengua hebrea no se les pegase algo con que se fuesen aficionando a buscar en la sagrada Escritura nuevas interpretaciones o sentidos exquisitos, ordenó que los nuestros conservasen y defendiesen la edición vulgata, que por tantos siglos ha sido aprobada en la Iglesia de Dios. Lo cual después el santo Concilio de Trento en sus decretos también determinó y estableció, mandando a todos los católicos que la defiendan en todo y la tengan por auténtica. Por esta misma razón no quería que en la Compañía se leyese libro alguno, aunque el libro fuese bueno, si era de autor malo ó sospechoso. Porque decía él que cuando se lee un libro bueno de mal autor, al principio agrada el libro y después poco a poco el que le escribió; y que sin sentirse va entrando en los corazones blandos y toma la posesión de los que le leen la afición del autor; y que es muy fácil ganado el corazón, persuadirle la dotrina, y hacerle creer que todo lo que el autor ha escrito es verdad. Y que si a los principios no se resiste, con mucha dificultad se pueden remediar los fines. Esto sentía particularmente de Erasmo Roteradano y otros autores semejantes, aún mucho antes que la Iglesia católica hubiese contra sus obras dado la gran censura que después habemos visto. Porque como muy bien dice san Basilio: “conviene que el religioso huya de los herejes y los tenga grande aversión, y que los libros que leyere sean aprobados y legítimos, y que no vea de los ojos los apócrifos y reprobados, porque sus palabras, como dice el Apóstol, <<cunden como cáncer>>.” (Vida V, X)

   De nuevo Ribadeneyra vuelve a utilizar a Loyola para defender sus ideas y la nueva filosofía de la Compañía, muy interesada en dar, especialmente en España, una nueva imagen de ortodoxia y antierasmismo que le aproxime al poder eclesiástico.

   Gran parte de la crítica ha visto claramente que, tras este capítulo 6 del Quijote, aparentemente gracioso, se oculta una triste alegoría sobre el momento cultural de la España del XVI.  Sirva de ejemplo la  opinión de M. Moner, para quien el escrutinio está “irónicamente presentado como renovación de la masacre de los Santos Inocentes [más adelante se insiste en la idea de que <<pagan a las veces justos por pecadores>>].  De hecho, las más de las veces, el libro se confunde pura y simplemente con el protagonista de la obra y se le trata como a una persona. Así es cómo desfilan, ante el tribunal formado por el cura y el barbero, encantadores, caballeros y pastores, considerados, los más, como maléficos o dañinos y hasta capaces de tener descendencia engendrándose unos a otros.

   Por supuesto, semejante auto de fe, con juez eclesiástico y colaboración del <<brazo seglar del ama>>, no contribuye poco a forjar en el texto la imagen de un libro asimilado a un sujeto heterodoxo y, por lo tanto, pernicioso” [35]  

 

 

CAPÍTULO SEIS

 

RELATO

VIDA

QUIJOTE

 

“los cuales hicieron con gran cuidado y diligencia escrutinio e inquisición de todo lo que se había dicho y publicado”

“Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”

 

“nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana [...] los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud. Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar”

“Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana

 

“aquel bienaventurado varón y padre mío que me engendró en Cristo, que me crió y sustentó”

“quemaré con ellos  al padre que me engendró,  si anduviera  en figura de caballero andante”

 

tejido tales telas y engaños [...]coronaron por rey a Ludovico [...]cristiano de Francia [...]en los cuatro años siguientes no tratasen de enseñar al pueblo los misterios de nuestra santa fe católica, hasta que con el estudio tuviesen más conocimiento y noticia dellos

“de donde también  tejió su

tela el cristiano  poeta Ludovico Ariosto [...]este libro y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos”

 

“El no leer libro ninguno por elegante y docto que sea, que trate de amores deshonestos, ni de liviandades, ni que tenga cosa que pueda inficionar la puridad de los niños, ni quitalles la flor y hermosura de sus limpias ánimas”

“se le quite todo aquello que trata de”

 

“los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud.  Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar”

“menester es que este libro se escarde y limpie

 

“Pongan silencio a cualesquier contrarios y rebeldes con censuras eclesiásticas y con otros oportunos remedios del derecho, sin que les valga apelación y agravien las dichas censuras, guardando los términos debidos, e invoquen también para este efecto, si fuere necesario, el auxilio del brazo seglar

“no hay más que hacer -dijo el cura- sino entregarlos  al brazo  seglar del ama; y no se me pregunte el por qué, que  sería nunca acabar”

 


[1] Panorama social del humanismo español (1500-1800), Luis Gil Fernández, Ed. Tecnos, Madrid 1997, p. 439.

[2] Erasmo y España, Marcel Bataillon, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid 1979, p. 214

[3] "Apenas  llega,  junto  con su fiel  compañero Calixto, ambos llaman de nuevo la atención por sus extrañas ropas de  peregrinos astrosos y por el carácter inspirado de su apostolado"  Ib., p. 214

[4] “Lo peculiar y nuevo de la Inquisición yacía en la sutil perversidad de sus procedimientos, en el misterio de sus pesquisas, en tener como base de sus juicios la delación y el chisme, y en combinar la rapiña y despojo de las víctimas con un pretendido celo por la pureza de la creencia” España en su historia, Américo Castro, Ed. Crítica, Barcelona 1984, p. 159.

[5]     "El  Padre  mandó que se llevase de casa los  Savonarolas  que habían traído los novicios; no porque sea malo el autor, sino por ser cosa en que se pone duda, según me dixo Polanco" "San Igna­cio ya había prohibido a sus súbditos la lectura de las obras  de Savonarola,  al  menos desde el año 1550; incluso en  1553  mandó quemar  los  libros  de  Savonarola  que  se  hallaban  en   casa (Cf.Chron.III,24).  Tal actitud contraria a este autor  la  man­tendrá hasta su muerte"   Memorial, o.c., p.173

[6] “El  Padre propuso a Laynes, Salmerón, Madrid, si podía por  un pecado mortal sabido en confesión despedir a uno en la Compañía, y respondieron que sí, si el despedir no muestra pecado mortal en la  Compañía, pues hay muchas cosa que no lo son, por las  quales se  despide;  y  el Padre mostró primero  haberlo hecho  algunas veces". Ib.,  o.c., 396, día 3 de  julio  de 1555, p. 243

[7]     “Muy raramente los inquisidores iban en busca de los libros para censurarlos.  Contaban con largas listas que los guiaban y eran los lectores, movidos por el celo religioso, quienes llamaban su atención sobre otros títulos.  Para su censura se apoyaban en los calificadores o expertos, que usualmente eran teólogos pertenecientes a órdenes religiosas.  En el período más temprano tendían a ser en su mayoría dominicos;  hacia el siglo XVII, muchos eran frasciscanos y jesuitas.  El sistema, si es que se le puede denominar así, era, como ocurre con todos los sistemas de censura, caprichoso.  Se tomaban decisiones completamente arbitrarias y los censores se contradecían a menudo unos a otros” La Inquisición española, H. Kamen, Ed. Crítica, Barcelona 1999, p. 116.

[8] Miguel de Eguía, editor en Alcalá de las obras de Erasmo.

[9] “Los santos y sabio Prelados de los primeros siglos nunca se entrometieron sino en censurar los libros dogmáticos, nunca auxiliaron la censura, ni aun con penas Eclesiásticas;  y menos se entrometieron en censurar libros, que nada tenían con el dogma, ni en fulminar penas temporales contra los que despreciasen la censura de los dogmáticos. Los actos de prohibir la retención de libros, el comercio de ellos, condenarlos al fuego, imponer penas pecuniarias, de degradación, confiscación, infamia, y otras temporales, que posteriormente se inventaron contra los Autores, Lectores, Impresores, y sus cómplices, nunca correspondieron al Sacerdocio, mientras que los siglos de la ignorancia no le confundieron con el Imperio, ni lo serán mientras prevalezca la verdad contra la impostura”.  Deducción cronológica, Joseph Seabra de Silva, Madrid 1768, tomo III, p. 3.

[10]     "Al hablar de algunos libros parece que el autor les da alma  y vida como si fueran personas; así dice: <<...el bueno de Esplan­dián fué volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba;>> cuya acción retrata muy al vivo á los márti­res de la intolerancia sacerdotal que iban impávidos á la hogue­ra", Polinous, o.c., p.90.

[11] "En  el ama vemos á la supersticiosa sociedad del  siglo  XVII, que  acude llena de espanto con el hisopo y el agua bendita  para ahuyentar á los malos espíritus; y de cuya simplicidad se rie  el sacerdocio engañador", Ib., p. 88.

[12] "Hacia mediados del siglo XVI se inicia el gran repliegue defensivo de la Iglesia católica, cuyos efectos aún se notan un siglo más tarde.  En España la reacción fue violenta, y la persecución del ideal erasmista, su más dramático episodio; en los demás países católicos la Iglesia fue tan lejos como se lo permitió la resistencia con que tropezó.  En España no encontró Roma prácticamente el menor obstáculo, por ser escasos y débiles los núcleos de pensamiento antipopular; y así pudo constituirse la <<democracia frailuna>> de que habló Menéndez Pelayo". El pensamiento de Cervantes, Américo Castro, Ed. Noguer, Barce­lona 1980, p. 248

[13] “el Auto de Fe se anunciaba el domingo precedente al de su celebración, anuncio que se hacía en las iglesias, con el encarecimiento de la asistencia general.  En este sentido, la presencia del pueblo era multitudinaria para evitar la sospecha de herejía que podía recaer sobre el ausente por el simple hecho de faltar”  El Auto de Fe, Consuelo Maqueda Abreu, Istmo/Madrid, 1992, p. 20.

[14] “Uno de los fines primordiales de la Inquisición era la vigilancia de la impresión e introducción de libros.  En el año 1551 aparece por primera vez el Index expurgatorius, y en 1558 se precisa por un decreto la fuerza efectiva del mismo;  es decir, que todo el que compre, venda o retenga un libro prohibido, incurre en pena de muerte.  Con la creciente difusión del libro, creció naturalmente, de un modo enorme, la labor censoria de la Inquisición y como consecuencia se siguió que, para el examen y aprobación de los manuscritos presentados, eran encargados en muchos casos organismos subordinados y, consecuentemente, personas, que, en parte no estaban capacitadas precisamente para ser censores de libros y que, en parte, procedían ateniéndose a normas muy distintas de las que requería su misión.  Así se explica el para muchos enigmático fenómeno, de que, frecuentemente, las cosasa más groseras y absurdas pasaban sin impedimento alguno, mientras, al mismo tiempo, la severa férula de otro censor condenaba insignificantes e inofensivas nimiedades” Introducción al siglo de oro, Ludwig Pfandl, Visor libros, Madrid 1994, p. 82.

[15] “Tras de la Inquisición no había plan doctrinal de ninguna clase, sino el estallido furioso de la grey popular, al que sirvió de explosivo el alma envenenada de muchos conversos”  España en su historia, o.c., p. 519.

[16] A mediados del siglo XVI y, prácticamente, hasta el XX, “se impuso una progresiva desvalorización del elemento intelectual a favor de factores puramente afectivos:  moralidad ñoña y asustadiza, supervaloración de los milagros, las reliquias y otros fenómenos externos, propios de una religiosidad superficial” Historia de España Alfaguara, o.c., p. 239

[17]  “el vio por sus ojos traer al padre Francisco muchos enfermos de varias enfermedades, y que en haciendo sobre ellos la señal de la Cruz, o echándoles un poco de agua bendita, a la hora quedaban todos sanos;  y así decía que los Japoneses le tenían por más que hombre, y como cosa enviada del cielo” (Vida IV, VII)

[18] “Ningún paso del Auto de Fe deja de estar calculado y medido hasta su más mínimo detalle para lograr doble efecto:  miedo/dolor y exaltación religiosa.  Los sentidos juegan un enorme papel en la contemplación de la imagen, con un fin primordial que repiten hasta la saciedad los inquisidores:  prestar reverencia a la divinidad, glorificar a Dios, en el que encuentran la justificación que hace válido el espectáculo cotidiano de la ciudad hasta convertirla en un espacio teatralizado”  El Auto de Fe, o.c., p. 206.

[19] "Cuando  la Sobrina sugiere que el fuego se haga en  el  corral para  que no ofenda el humo, hasta puede interpretarse  como  una alusión  amarga a la costumbre de situar los  quemaderos  humanos fuera  de la ciudad para evitar la contaminación de la  atmósfera urbana". El Quijote de  Cervantes,   (Stephen  Gilman),  o.c., p.128.

[20] La novela según Cervantes, Stephen Gilman, Ed. Fondo de Cultura Económica, México 1993, p.146.

[21] "Se nos dice, por ejemplo, con toda claridad que ni el Cura  ni el  Barbero  saben realmente de qué están hablando.   Imitando  a ciertos  inquisidores, ambos juzgan sobre la base del <<según  he oído decir>>.  Y cuando el acusado es perdonado no se levanta  la sentencia,  sino simplemente se suspende: <<se le otorga la vida por ahora>>.  Cervantes aquí emplea la temible fraseología  ofi­cial para hacernos intuir el estado de continua zozobra en que el libro-persona  (igual  que las víctimas de carne y hueso)  ha de seguir viviendo”

[22] Polinous, o.c., p. 89.

[23] Guía del lector del Quijote, Salvador de Madariaga, Ed. Sudame­ricana, Buenos Aires 1967, p.37.

[24] Erasmo y España, M. Bataillon, o.c., p. 548.

[25] Epistolae Nadal, Madrid, 1898, t.I, p.317, citado por Bataillon, p. 548.

[26] “escudriñaron en todas las Librerías cuantos libros hallaron en ellas de loable, y sana doctrina, para secuestrarlos, y consumirlos;  y fueron introduciendo luego en lugar de ellos todos los otros libros corrompidos, y sediciosos, que habían abortado, y fueron abortando sus pestilenciales, y mortíferas Escuelas: de suerte, que después de aquel fatal año de 1624 quedaron los Portugueses igualados con los Malabares, Chinos, Japoneses, Negros de África, e Indios de la América, como llevo dicho;  esto es, leyendo solamente lo que los mismos Jesuitas les permitieron que leyesen;  y por necesaria consecuencia creyendo solamente lo que servía a los Jesuitas que creyesen, so pena de ser notados de herejía;  o a lo menos, de mal afectos a la Santa Madre Iglesia”. Deducción cronológica y analítica, o.c., p. XXI.

[27] “Loyola y sus compañeros enfrentándose a un ejército mucho más númeroso gracias al ánimo que él les infunde, recuerda totalmente a Amadís, seguido por sus compañeros acobardados ante el ejército (capítulo VIII, donde además llora durmiendo) Amadís de Gaula I, Garci Rodríguez de Montalvo, Edición J.M. Cacho, Ed. Cátedra, Madrid 1987, p. 312 y s.

[28] Tirante el Blanco, J. Martorell, Edición M. de Riquer, Ed. Planeta, Barcelona 1990, p. 20 y sgts.

[29] “Como muchos hombres de su época, vivió intensamente lo leído, de la misma manera que los ideales caballerescos juveniles arraigaron de tal modo en su personalidad, que persisten de una manera u otra a lo largo de su existencia, como reflejan sus escritos. La literatura de la época no explica totalmente la <<mutación>> y la evolución posterior del fundador de la Compañía, pero tampoco sería comprensible sin unos modelos literarios, a veces claramente imitados.” Cacho, o.c., p.157.

[30]   "el  Index librorum prohibitorum, llamado de Quiroga, que apareció en 1583-84.  A diferencia de otros índices, los españo­les  contienen  dos listas de libros: los prohibidos y  los  que, para  poder ser leídos, debían ser previamente  expurgados"  La­rousse.

[31]   "El expurgo de libros parece un auto de fe, y más si tenemos en cuenta que el cura representa la Iglesia -o la Inquisición- y  el Barbero,  el Ama y la Sobrina el pueblo acusador". Los encantadores de don Quijote y su crítica literaria, Ricardo  López Landeira, Anales cervantinos XII, CSIC, 1973, p.118.

[32] Polinous, o.c., p. 92.

[33] Don Diego de Eguía entró después en la Compañía de Jesús, y fue durante algún tiempo confesor de san Ignacio.  Su hermano, al que se menciona más adelante, fue el conocido impresor Miguel de Eguía, editor, entre otras obras importantes de aquel floreciente período, del Enchiridion militis christiani de Erasmo”.  Artal, o.c., p.61.

[34] Erasmo y el erasmismo, o.c. p. 207.

[35] La problemática del libro en el Quijote, Michel Moner, Rev. Anthropos nº. 98/99, p. 90.


El triunfo de don Quijote. Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado, Federico Ortés. Copyright © 2002.