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CAPÍTULO SEIS La llegada de Loyola a Alcalá, su aspecto de peregrino, su fama de erasmista y sus predicaciones en el pueblo, provocan la intervención de la Inquisición, su encarcelamiento y una sentencia que le obliga a vestir como estudiante y a no predicar hasta que obtenga un título para ello. Los mismos acontecimientos y resultados se repiten poco después en Salamanca. Cervantes parodia esas injustas persecuciones y sentencias con una jocosa farsa crematística donde un grupo de ignorantes, conducidos por un cura, arroja libros al fuego sin prácticamente conocer su contenido. Los libros de caballerías aparecen como representantes de los libros prohibidos y sus autores.
Los capítulos III, IV y V del Relato se centran fundamentalmente en la peregrinación hecha por Loyola desde Manresa a Jerusalén. En ellos se informa de sus primeras experiencias visionarias y de la sacrificada vida ascética que se impone. Después vuelve a España y, con su llegada a Barcelona, se inicia el capítulo VI. Aquí estudió durante dos años, hasta que sus propios maestros le recomendaron
Poco después
Nada más llegar, el grupo de Loyola sobresale del resto de los estudiantes, pues además de mal vestidos se dedican a mendigar
También estudia, predica y da ejercicios espirituales:
cristiana: y con esto se hacía fruto a gloria de Dios. Y muchas personas hubo, que vinieron en harta noticia y gusto de cosas espirituales; y otras tenían varias tentaciones: como era una que queriéndose disciplinar, no lo podía hacer, como que le tuviesen la mano, y otras cosas símiles, que hacían rumores en el pueblo, máxime por el mucho concurso que se hacía adonde quiera que él declaraba la doctrina (R, 57) Loyola, un seglar, predica y practica un cristianismo basado en el amor al prójimo, el sacrificio y la oración, con lo que, indirectamente, pone en entredicho el comportamiento adocenado de los demás eclesiásticos. Los problemas comienzan, entre otras cosas, por su popularidad ("mucho concurso que se hacía adonde quiera que él declaraba la doctrina") y las extravagancias del grupo, vestidos con sacos y descalzos. Todo esto provoca "rumores en el pueblo" Enseguida la Iglesia, atenta al más mínimo movimiento ideológico, interviene en el asunto iniciando unos injustos y manipulados procesos que ponen en evidencia su función represiva
Aunque en los primeros interrogatorios de Alcalá los inquisidores no encontraron motivos suficientes para condenar a Loyola y sus compañeros, sí les obligaron a vestir de forma distinta, pues no eran una orden religiosa y no debían llevar un hábito que los identificara como tal. Pocos meses después la Inquisición "tornó a hacer pesquisa sobre ellos"
Esta es la primera ocasión en que Loyola es encarcelado y, según se deduce de su información, sin base incriminatoria
Pero una vez iniciado, el proceso se alargó mientras los inquisidores analizaban los libros incautados
Pasados estos días los jueces se pronuncian y Loyola escucha la sentencia
Aunque la sentencia no es condenatoria y le excarcela, sí contiene una tajante prohibición de predicar, de ahí las dudas
Por consejo de Fonseca, Loyola se marcha a Salamanca, según se cuenta al inicio del capítulo VII. A los 10 ó 12 días de estar allí [3] le dijo un día su confesor dominico
Esta invitación de los dominicos, como sugiere el confesor, resultó una trampa pues, concluido el ágape, Loyola y su compañero Calixto son sometidos a un capcioso interrogatorio y a una ilegal detención en el convento, donde estuvieron varios días secuestrados y desde donde fueron conducidos directamente a la cárcel. Allí les interrogaron de nuevo y, tras tenerlos recluidos 22 días, conocieron la sentencia
De nuevo otra sentencia no condenatoria les prohibía ejercer la labor de expresarse libremente y ejercitar su apostolado. Ante tantas obstrucciones Loyola decide marcharse a París, donde le ocurren los acontecimientos desarrollados en el capítulo VIII. En estos capítulos VI y VII, donde prácticamente no se emiten juicios de valor, se aprecia un interés especial de Loyola por dar a conocer estos sucesos. Ninguna etapa de su vida está descrita con tanto lujo de detalles, especificando años, días, nombres e incluso frases concretas. Todo con el objetivo de poner en evidencia los injustos procedimientos inquisitoriales, pues la información se centra fundamentalmente en detalles que delatan las irregularidades de unos procesos donde religiosos, especialmente dominicos, y jueces actúan impunemente amparados en un poder omnímodo [4] . En función del tiempo narrado son con diferencia los capítulos más extensos y también los más importantes, casi el objetivo central del Relato. Loyola podía imaginar, en ese año 1555 en que se escribe el Relato, sus consecuencias pero, o bien por respeto a la verdad, -aunque silencia, por ejemplo, las posibles lecturas de Erasmo-, o tal vez por influencias del martirologio, hizo que estos capítulos fueran la parte más meticulosa de su biografía. Actitud, en parte, un poco contradictoria, pues los jesuitas en esa época, como se ha dicho, ya habían aceptado cargos inquisitoriales en algunas provincias, y el Memorial recoge cantidad de detalles que demuestran cómo poco a poco la Compañía, fundamentalmente a partir de la confirmación en 1540, va perdiendo sus aspectos revolucionarios [5] En resumen, en Alcalá se les acusa, aunque sin pruebas ("no se hallaba ningún error en su doctrina ni en su vida"), de ensalayados e iluminados y se les amenaza con hacer carnicería en ellos. Se hacen "pesquisa y proceso de su vida" y, aun sin condenarles, les obligan a vestir de otra forma. Los encarcelan sin acusación ni orden y están 17 días en prisión "sin que le examinasen ni él supiese la causa dello". Después, con falsas excusas, se les vuelve a encerrar otros 42 días en la cárcel y se les prohíbe predicar. En Salamanca se repiten las mismas irregularidades procesales. Son apresados por unos religiosos que los entregan a la justicia y los encarcelan sin acusación determinada. Pero además el Relato refleja las malas artes, la manipulación dialéctica que utilizan los dominicos en sus interrogatorios
Los dominicos, que tienen ya preparada su emboscada, probablemente a causa de la negligencia del propio confesor que también interviene como juez [6] , se dirigen a ellos hipócritamente, adulándoles con una fingida admiración que la concisa prosa de Gonçalves va convirtiendo en una burda farsa jurídica para procesarlos: "con buena afabilidad [...] cuán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres [...] holgarían de saber". El interrogatorio se convierte en una insidiosa estratagema, denunciada en el Relato como "aquella manera de argumentar". Hasta tal punto resulta indignante que Loyola, como ocurrió en la conversación con el moro, aunque casi por motivos opuestos, pierde por un momento los estribos: "Aquí estuvo el peregrino un poco sobre sí" En definitiva, estos dos capítulos reúnen cantidad de información reveladora de múltiples irregularidades jurídicas cometidas en nombre de la Iglesia y la Justicia. Se apunta, por ejemplo, una clara denuncia de cohecho, pues los dominicos, mientras los tuvieron detenidos ilícitamente en su convento y en la cárcel, "negociaron, según paresce, con los jueces" La versión hecha por Ribadeneyra sobre estos acontecimientos está regida por su deseo de congratularse con aquellos a los que el Relato denuncia. Y aunque no oculta en su libro los procesos seguidos a Loyola, uno de los objetivos esenciales de la Vida es descargar la narración de la fuerza reivindicativa del Relato, justificando las agresiones e injusticias de los dominicos e inquisidores como propias de nobles guardianes de la fe. La lectura comparada de estos capítulos del Relato y la Vida es absolutamente reveladora para comprender, de una vez por todas, los intereses y estrategias de ambos libros, así como los dos momentos históricos y filosóficos de la Compañía. Veamos la versión de Ribadeneyra sobre el encuentro en Salamanca con los dominicos
Cervantes, que hasta el capítulo 5 ha ido siguiendo el orden cronológico del Relato, se salta prácticamente los números III, IV y V (en los que se narra la peregrinación de Loyola a Jerusalén) y continúa la parodia a partir de VI y VII. Su objetivo es hacer que este primer Quijote mantenga una estructura similar a la del Relato, con ocho capítulos en los que se incluyan fundamentalmente la parodia de las persecuciones sufridas por Loyola en Alcalá, Salamanca y París, precisamente la parte más manipulada por Ribadeneyra. La parodia recae, pues, sobre toda esa información de los injustos procesos seguidos a Loyola. Procesos reales, similares a otros muchos que finalizaron en la hoguera y que Cervantes transforma en una jocosa farsa crematística donde un grupo de ignorantes, conducidos por un cura, arroja libros al fuego sin prácticamente conocer su contenido. Todos coinciden en que los libros de caballerías son perjudiciales y causantes de la locura de don Quijote y, por tanto, merecedores del fuego, pero cuando les llega el turno a los libros de poesía hacen extensible el mismo criterio, convirtiéndose al final la ceremonia en un auto de fe contra la cultura, como ya había anunciado el cura al final del Capítulo 5
Los libros de caballerías, hasta aquí sustitutos paródicos de los libros piadosos, aparecen ahora como representantes de los libros prohibidos y de sus autores, en ocasiones también quemados como ellos. El título de este capítulo 6 apunta sus intenciones: "Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo". La librería de nuestro ingenioso hidalgo viene a significar la cultura, el conocimiento de nuestro famoso santo, muy influenciado por los libros durante gran parte de su vida, y acusado de iluminismo por la Inquisición en unos procesos donde autores y libros guardan un papel relevante. El epígrafe, como apuntan los referentes en negritas y el contenido general, parece inspirado en un fragmento de la Vida
El capítulo 6 del Quijote comienza así
Cervantes ha cambiado la escenificación y, en consonancia con la prisión de Loyola, sitúa estos hechos en interiores. Los actores han dejado sus primitivos papeles y, aunque siguen disfrazados de familiares y amigos, ahora van a actuar en representación de los distintos estamentos que sostienen la Inquisición, pues de la misma manera que los dominicos acusan y entregan a Loyola a los inquisidores, la sobrina suministra al cura, o sea a la Iglesia, las llaves de la biblioteca “de muy buena gana” [7] , una expresión procedente del fragmento de Ribadeneyra (“nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana”) y que funciona como referente formal indicador del lugar donde se centra la parodia, cuyo inicio, con la información del narrador sobre la llegada del cura y el barbero y la entrega de las llaves de la biblioteca, pone en evidencia el común acuerdo de todos desde el principio, y la relación de ese pensamiento común con el de Ribadeneyra
El protagonismo de los libros y la justificación de su censura por el daño que provocan, viene prácticamente a coincidir con ese primer fragmento de este capítulo donde se acusa a lo libros de ser los autores del daño o locura de don Quijote. A ello puede añadírsele otro detalle también sugerente del desarrollo paralelo entre los procesos y el escrutinio: la llegada de Loyola a Alcalá de Henares y la información sobre sus lecturas
y sobre su relación con reputados erasmistas
En definitiva, después de estudiar en Barcelona, Loyola llega a Alcalá con la intención de completar sus estudios, aunque con una personalidad ya muy definida y encaminada hacia una nueva idea de la práctica religiosa más próxima a las ideas de Erasmo, con cuyos discípulos se relaciona y con los que coincide en su crítica a la Iglesia tradicional. Pero pronto esta Iglesia va a reaccionar y a defenderse mezclando en un mismo saco a las teorías heréticas derivadas del protestantismo y a cualquier tipo de crítica o doctrina no ortodoxa [9] , persiguiendo no sólo a los libros, sino especialmente a sus autores y seguidores. Un claro ejemplo de este cambio de actitud es, precisamente, el caso de Loyola, llegado a Alcalá sobre julio de 1526 y perseguido por la Inquisición ya a principios de noviembre de ese mismo año. Esa escalada del ambiente totalitario ya fue evocada por Cervantes en el último párrafo del capítulo 5
donde las “mil preguntas” se corresponden con los grandes interrogatorios seguidos a Loyola y con su posterior prisión, paralela al estado de inmovilidad de don Quijote en los inicios de este capítulo 6 (“El cual todavía dormía”), mientras los inquisidores analizan su libro de los Ejercicios
El número de censores, cuatro, coincide con los cuatro personajes (ama, sobrina, cura y barbero) encargados de realizar el escrutinio de la biblioteca. En los interrogatorios, según el Relato, se les pregunta de todo, entre otras cosas sobre los "Ejercicios", pero curiosamente -aquí la nota perspicaz Gonçalves-Loyola- de sólo un tema aparecido al principio. Es decir, Loyola tiene la sospecha de que no han leído el libro completo, que lo acusan sin fundamento
Este matiz, "que estaba en ellos al principio", también lo parodia Cervantes, pues aunque el propósito del cura es ir viendo uno a uno los libros "para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego", la fogosidad de la sobrina y del ama, ansiosas por quemarlos todos, reduce el escrutinio a la lectura de los títulos. A lo largo del capítulo Cervantes omite constantemente el sujeto "libros", dotando a casi todas las frases de doble sentido, de una referencia velada a las muchas personas condenadas por la Inquisición en base a un tipo de acusaciones similares a las aquí escuchadas: "algunos que no mereciesen castigo de fuego", "la muerte de aquellos inocentes", "dogmatizador", "esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba", "¿Quién es ese tonel?", "Ya conozco a su merced", "tenedle recluso en vuestra posada" [10] El ama [11] y la sobrina actúan durante todo el escrutinio como representantes [12] del pueblo supersticioso y tan manipulado por la Iglesia [13] que, aun sin entender de nada [14] , es quien aviva los procesos [15] Una vez que los cuatro están dentro de la biblioteca, el ama va enseguida a buscar agua bendita y un hisopo que entrega al licenciado
El tono seudo religioso lo introduce el ama llevando, por temor a los encantadores y actuando como acólito, agua bendita para que el cura exorcice los libros. La risa del cura (“Causó risa al licenciado la simplicidad del ama”) no deja tampoco de ser irónica, puesto que son ellos quienes, precisamente, transmiten a la sociedad esas supersticiones [16] y creencias sobre poderes milagrosos del agua [17] . Lógicamente el cura no parece reírse de la creencia del ama en el agua bendita, sino en los encantadores (“algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y no encanten”), que a fin de cuentas son también producto del miedo [18] inculcado al pueblo por la Iglesia. Nada dice el narrador sobre si el cura cumple o no los deseos purificadores del ama, aunque se supone que lo hace antes de pedirle al barbero que vaya pasándole los libros uno a uno
El cura es, por licenciado, el maestro de ceremonias que perdona o condena el futuro de cada libro, aunque ignore su contenido, pues desde el principio el propósito es quemarlos todos, salvo alguno “que no mereciese castigo” Después interviene exaltada la sobrina, que culpa a todos los libros de dañadores y por tanto merecedores del fuego [19] Se supone que se refiere a los libros, que son el sujeto omitido, pues separado de su contexto, el párrafo de la sobrina puede también leerse como alegato contra las personas: "no hay para qué perdonar a ninguno" Igual ocurre con la ambiguas palabras del ama: "Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes" Ama y sobrina están dispuestas a que ardan todos sin miramientos, con lo cual el escrutinio se inicia con un ambiente tan enrarecido que el primer libro, Los cuatro de Amadís de Gaula, es, en principio, condenado al fuego como "dogmatizador de una secta tan mala" "Dogmatizador" y "secta" debieron ser algunas de las acusaciones imputadas a Loyola y sus compañeros, cuyos procesos se iniciaron siempre a causa de murmuraciones y campañas de intoxicación promovidas por determinados sectores eclesiásticos: "quién decía de una manera, y quién de otra" (R, 58). Pero ¿por qué al cura le "parece cosa de misterio" que el primer libro que analizan sea también el primero de caballería que se imprime en España? O es muy supersticioso y se asombra de cualquier casualidad, algo impropio de un religioso, o realmente está pensando en otro misterio sólo por él conocido, pues casualmente Amadís de Gaula es también el primer y único libro de caballerías citado en el Relato y, además, Cervantes asocia en varias ocasiones a Amadís con Loyola, que en Alcalá y Salamanca ha sido acusado de dogmatizador y primer representante de una nueva secta cuya intención era propagarse. En ese sentido, podría aplicarse a Loyola los acertados razonamientos de S. Gilman: "Lo que el Cura está comentando no es la mera rareza del libro, sino, más bien, su misterioso poder para engendrar: el hecho de que sea el "principio y origen" de un "género". Y ya que ésta es "cosa de misterio", despierta las sospechas por parte de la Iglesia, casi como si se tratase de una bruja o de un encantador. El Amadís tenía, en efecto, una capacidad tan extraña para propagarse en secuelas e imitaciones que el Cura lo compara con un "dogmatizador" de una secta herética. La conciencia que el Cura tiene acerca del "misterio" literario del texto justifica que acepte la anterior petición de la Sobrina de realizar un auto de fe entre las llamas. Habla como inquisidor y juzga con el carácter implacable que le es propio" [20] Sólo la intervención del barbero, que parece no haberlo leído [21] ("he oído decir"), salva al Amadís de la hoguera, en la que van cayendo los restantes con el acuerdo unánime de todos, "lo cual expresa Cervantes con una monotonía igual a la que resulta de la emisión de votos en un juicio" [22]
La frase del cura permite de nuevo la lectura profunda, pues si el "padre que me engendró" se lee en su sentido espiritual, lo que el cura esta diciendo es que cualquier religioso que aparezca "en figura de caballero andante", es decir, como heterodoxo, será condenado al fuego. ¿No es esa la actitud de Ribadeneyra y los jesuitas respecto a su padre-fundador? Precisamente la expresión está inspirada en otra semejante de la Vida referida a Loyola
El escrutinio continúa
El sentido de esa frase es muy semejante al del siguiente fragmento de la Vida
Loyola y sus compañeros fueron condenados de forma muy parecida a como, simbólicamente, se ha hecho con el libro del Caballero de la Cruz, pues de entrada, por sólo su título, iba a ser perdonado, aunque repentinamente, y también sólo por culpa de una nueva interpretación del título, ha sido definitivamente condenado al fuego. El referente formal es ese “se suele” existente de forma análoga en ambos textos. La postura dogmática y represora de la Iglesia se sugiere con la respuesta del cura sobre el libro “Espejo de caballerías”
El cura propone una nueva fórmula de condena (“destierro perpetuo”) y además muestra un temperamento caprichoso y dogmático con sus gustos. De nuevo las palabras en negrita vuelven a aparecer concentradas en un párrafo de la Vida
Además del contenido condenatorio y las coincidencias formales, vemos que el fragmento de la Vida está dirigido a los problemas de los reyes de Francia, también aludidos en la siguiente intervención del cura, donde introduce una nueva modalidad de condena
La intención del cura es que esos libros, así como las teorías protestantes, se oculten en un pozo seco donde ni se vean ni germinen sus doctrinas. Una condena que, en parte, coincide con la impuesta por la Inquisición a Loyola, según se lee en el capítulo de la Vida que está sirviendo de núcleo general para la parodia del escrutinio
Aunque hay cierto paralelismo entre el contenido de la frase cervantina y el de la Vida, quizás lo más destacado en este caso sea la forma en que Cervantes está trabajando, más alejada de la evidencia que en los capítulos anteriores y buscando sólo pequeños y sugerentes matices.
El narrador no sólo apunta la ignorancia del barbero aprobándolo todo, sino su buena fe y confianza en la Iglesia. Es simplemente un ejemplo de esos lectores de vidas de santos dispuesto a creer todo cuanto leen por el solo hecho de estar escrito por quienes, según su religión, no deben mentir. En ellos se depositó esa confianza, perfectamente reflejada por Cervantes en la absoluta autoridad puesta en manos del cura para absolver o condenar a cada libro. Un poder que, como todos los totalitarismos, pierde sus escrúpulos a medida que se afianza, como simbólicamente queda reflejado en ese giro del cura cuando abandona su análisis minucioso y particularizado para dar paso a una condena generalizada
La intervención del barbero ("un oficio de dignidad casi profesional -ya que es, por decirlo así, el médico de la aldea") consigue el perdón de Don Belianís, aunque no "se siente bastante seguro de sí. Si se atreviera, y supiera, se encargaría de defender a los culpables ante el fiero inquisidor. Pero no se atreve, y así va entregando los libros al brazo clerical pasivamente, acompañados de la mera mención de sus nombre, sin otra observación ni crítica” [23] . Aunque no lo dice abiertamente, Madariaga apunta el doble sentido procesal del escrutinio e, indirectamente, menciona el complot de la Iglesia y el carácter simbólico del texto, donde Cervantes parodia hasta los injustos detalles de compadreo entre dominicos e inquisidores que se deducen del Relato
Curiosamente, hasta el mismo Loyola se verá después obligado a realizar una labor semejante
Cada gesto del escrutinio parece remitir a cualquiera de aquellas múltiples formas de censura o al comportamiento de los censores, de forma que, tras ese aparente humor cervantino, se oculta la cruel realidad [26] , como ese amiguismo o falta de interés y profesionalidad de quienes "sin querer cansarse más" incumplen sus labores indagatorias
El cura, por pereza, condena en este caso a los libros por tamaño, y el ama ejecuta dichosa la orden
Sutilmente simbólica parece esa actitud del ama arrojando libros a mogollón (“Por tomar muchos juntos”), en referencia a la censura generalizada sobre cualquier tipo de libros, como representantes de la cultura. Cuando ya todos han sido condenados, la casualidad hace que caiga ante el barbero la Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, al que el cura, poco a poco revelado como un lector empedernido, en paralelo con la labor de los censores, define como "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos" y al que, por su estilo, considera "el mejor libro del mundo". Es decir, en cuanto reparan en alguno de los reprobados, o en cuanto alguien cae suplicante a los pies de uno de los jueces, aparece por lo menos la opinión, el juicio sobre él, aunque en este caso, tras múltiples elogios al Tirante, el cura condena a su autor y salva al libro. La destacada presencia en el escrutinio, tanto del Tirante como del Amadís, quizás se deba a la enorme repercusión de estos dos libros en la vida de Loyola. Ya en el primer capítulo del Relato vimos esa gran influencia que los libros de caballería ejercieron en él, fomentando su espíritu altruista y aventurero y el cambio del caballero idealista hacia el religioso. A esta transformación debió contribuir notablemente, además de Amadís [27] , con quien en parte se identifica, el conde Guillén de Varoyque, personaje central de los primeros capítulos del Tirante el Blanco. Este conde le anuncia inesperadamente a su mujer que ha tomado la decisión de dejar su casa y viajar en peregrinación hasta Jerusalén. Convoca a sus sirvientes para comunicarles la noticia, agradecerles sus servicios y repartir generosamente entre ellos una buena cantidad de dinero. Parte sólo con un escudero y, pasado un tiempo, llegan a Jerusalén, donde permanecen hasta cumplir sus promesas y visitar los santos lugares. Después vuelven y, en Venecia, el conde entrega a su escudero los dineros sobrantes y se despide de él, pidiéndole que vuelva a su tierra y anuncie su muerte. Pasado un tiempo el conde vuelve a su tierra “con los cabellos largos hasta las espaldas e la barba hasta la cinta, toda blanca, y vestido del hábito del glorioso San Francisco”. Estos sucesos están brevemente narrados en las primeras páginas de la obra, donde se cuenta también cómo estando el rey de Inglaterra cercado por un ejército árabe y sin posibilidades de salvarse, se encontraba tan afligido y lamentoso que “puso la cabeça sobre la cama y parecióle que vía entrar por la puerta de la recámara una donzella de grandíssima hermosura, vestida de damasco blanco, con un niño pequeño en los braços, y otras muchas donzellas que venían tras ella cantando: Magnificat anima mea, etc” [28] . Una visión de la Virgen con el niño muy parecida a la que también tuvo Loyola, de forma que, en los prolegómenos del Tirante, puede decirse que se encuentran concentrados una serie de hechos que recuerdan totalmente los inicios del Relato y, en general, una gran influencia en el comportamiento y en las decisiones tomadas por Loyola tras ser herido en la pierna. ¿Tienen los elogios realizados por el cura al Tirante, “es éste el mejor libro del mundo”, algo que ver con esa influencia [29] que, seguramente, no pasó inadvertida a Cervantes? Una vez acabados los libros de caballerías, el escrutinio prosigue con los de poesía, de los que también demuestra el cura bastante conocimiento y a los que piensa librar de la hoguera
Pero este sólido criterio se ve modificado enseguida después de la espoleante arenga de la sobrina
Tras el estímulo de la sobrina, el cura cambia rápidamente de parecer y se reencuentra con su labor censora
Este mala opinión de la sobrina contra los poetas tampoco parece propia de ella, sino inspirada en la tradición de la Iglesia contra todo lo profano, como demuestra Ribadeneyra
Al primer libro de poesía escrutado, La Diana de Montemayor, el cura le aplica una nueva fórmula de censura. A los de caballerías se les condenaba al fuego o se les recluía, a estos de entretenimiento se les limpia o expurga [30]
Un procedimiento, según Ribadeneyra, utilizado por la Compañía en sus colegios
Da la sensación de que el cura tiene un lío mental parecido al de don Quijote, pues no es sólo un lector furibundo sino que a veces no sabemos si él mismo distingue entre realidad y ficción
Es curioso que en este párrafo y sin ninguna necesidad, simplemente estimulado por su entusiasmo, el cura llega a jurar "Por las órdenes que recebí", aportando un rasgo más a esa personalidad exaltada de hombre muy temperamental y con tendencia a juzgar todos sus criterios como infalibles: Tirante el Blanco es "el mejor libro del mundo", Los diez libros de Fortuna de Amor son "el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo" , El Pastor de Fílida "guárdese como joya preciosa". Sin olvidar ese cortesano detalle de codiciar una "sotana de raja", o la tendencia a llevarse cualquier cosa gratis, "Dádmele acá, compadre", en este caso un libro que "Púsole aparte con grandísimo gusto". En general, casi todos los detalles aislados sobre el cura a lo largo del capítulo nos lo representan como una persona muy ajena a la humildad y comprensión propias de un eclesiástico cristiano, y cercana a la idea del poderoso inquisidor.
El lenguaje procesal utilizado durante todo el escrutinio ("condenar al fuego", "perdonar", "se le otorga la vida por ahora", "ejecutaba lo que le era mandado", "no hallo en él cosa que merezca venia", "condenarlos no más que a destierro perpetuo", "perezcan", "tenedle recluso") se ve complementado con este "brazo seglar" que refuerza de nuevo la intención simbólica del texto, donde ama y sobrina, con su apoyo y entusiasmo, han desempeñado realmente el papel de verdugo, ejecutor de los dictámenes eclesiásticos [31] . La expresión se encuentra también en la Vida
La frase contiene además otra fina matización con la que Cervantes prosigue su juego de doble lectura, pues ese "no se me pregunte el por qué" esconde una alusión muy sagaz al deseo de la Iglesia católica de ejercer justicia sin cortapisas. Es decir, el barbero le entrega al cura unos libros para que los examine, pero él pretende que sin dudar de su criterio y sin siquiera comentarlo, se ejecute su sentencia. La Iglesia, como ocurre en los procesos a Loyola, se permite acusar, encarcelar y juzgar, y exige libertad absoluta para sus actuaciones. En ese sentido se entiende la reflexión del narrador ya comentada
Ya casi finalizando el expurgo, Cervantes introduce otra solapada crítica al favoritismo, pues el cura, a pesar de que piensa lo contrario, salva del fuego algunos libros, como Tesoro de varias poesías, simplemente porque "su autor es amigo mío", igual que hace con El Cancionero de López Maldonado, "También el autor de ese libro -replicó el cura- es grande amigo mío"
Sólo comentar de tan estudiado párrafo el nuevo matiz jurídico-procesal que introduce el cura, "tenedle recluso en vuestra posada", y que recuerda lo sucedido a Loyola durante sus procesos en Alcalá y Salamanca, donde estuvo recluido en el convento sin estar acusado de nada. No obstante, esa mención a La Galatea tal vez oculte algunos problemas por ahora desconocidos pues, como se verá más adelante, es la obra con la que Cervantes inicia su guerra particular contra los jesuitas. Tal vez por eso sugiera el cura, solapadamente, la necesidad de enmienda.
Con estos párrafos del narrador y el cura finaliza el capítulo 6, dejando, además de la divertida escena, una sensación de abuso de poder. Han entrado en la biblioteca de don Quijote y, sin autoridad para disponer de sus bienes, le han despojado de lo que, según ellos, es la causa de su locura. El narrador introduce también un término militar, "carga cerrada", que además de reforzar la improcedencia del escrutinio, complementa un cuadro de poderes fácticos sometidos al criterio único del clero. La farsa se inspira, pues, en los juicios manipulados que Loyola y sus compañeros, acusados por otros religiosos, padecen en Alcalá y Salamanca. En ellos la Iglesia católica jugó el mismo papel representado por el cura en la novela, con el apoyo incondicional de los distintos estamentos que, debido a su ignorancia y buena fe, estimulan la función represora de un cura caracterizado como supersticioso, apasionado, déspota, mundano y muy perezoso, y también como responsable, en última instancia, de unas ejecuciones contrarias a la religión y al derecho. "En fin, en este capítulo, mostrándose Cervantes discreto censor, aparece el sacerdocio como juez arbitrario y sañudo, cuyos mandatos ejecutan sumisos el ama, la sobrina y el barbero, cuando no gozosos; lo cual tiene cuidado el autor de puntualizar varias veces. Se ve aquí la Inquisición enemiga del pensamiento, empeñada en comprimirlo y destrozarlo: la soberbia Iglesia docente, que toma la dirección de las almas, y en vez de apoyarse en el libro y la verdad, se apoya en la mentira y el verdugo" [32] En general este capítulo 6 gira en torno a los libros como esencia de lo que fue la gran guerra de la Iglesia contra el humanismo y sus autores más representativo, fundamentalmente Erasmo, cuya obra pasó de ser muy admirada a ser especialmente perseguida por la Inquisición, que consideraba su lectura como una sombra o sospecha de herejía sobre quien en cualquier momento de su vida lo hubiera leído. Temor claramente apreciado en la biografía de Loyola, íntimo amigo en su juventud del editor [33] de Erasmo y negador más tarde de cualquier relación con el humanista. Ribadeneyra sintetiza muy bien esos temores y la astucia para salir airoso del problema
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