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CAPÍTULO CINCO El estado de quebrantamiento en el que queda don Quijote tras la paliza propinada por los mercaderes, parodia la situación de incapacidad de Loyola tras ser herido en Pamplona por los franceses, que no sólo le curan lo mejor posible sino que le tratan amigablemente y le envían a su casa. Don Quijote, una vez reconocido por su vecino, es también tratado cortés y amigablemente, pues le auxilia, le ayuda a levantarse y le conduce hasta su casa. Este capítulo permite una doble lectura desde su epígrafe ("Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero"), pues mientras por un lado anuncia la continuación de los sucesos del capítulo anterior, con don Quijote "molido y casi deshecho" a causa de la paliza propinada por el mozo de mulas de los mercaderes, por otro sugiere el proceso de elaboración seguido por Cervantes, que en el capítulo anterior ha estado parodiando hechos pertenecientes al segundo del Relato, y que ahora, para cumplir su intención de imitar las tres salidas de Loyola desde su casa, se ve obligado a retroceder al principio, o sea, al momento en que éste, tras ser herido, vuelve en una litera a su tierra, de ahí ese "Donde se prosigue", pues Cervantes retoma la parodia de los primeros fragmentos del Relato
Con sólo esas fuentes, Ribadeneyra construye su ya conocida versión
La nota introductoria a esos acontecimientos ya se ha dado al final del capítulo 4 con ese "molido y casi deshecho" que dejó a don Quijote tendido en el suelo, y que conecta con la versión de la batalla contra los franceses ofrecida en la Vida, donde se exageran tanto las heridas de Loyola en las piernas que se presentan como incurables, pues ese "quebrándosela toda" del Relato, ha sido transformado en “se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla". En su afán por resaltar los valores de su fundador, Ribadeneyra llega incluso a sostener imposibles, pues una pierna desjarretada significa que está cortada por el jarrete, o sea, por la corva, lo cual era prácticamente irrecuperable, aunque, para darle un toque aún más sensacionalista, añade que la bala "casi desmenuzó los huesos de la canilla", es decir, casi hizo trocitos "cualquiera de los huesos largos de la pierna...y especialmente la tibia" Ribadeneyra ha dejado al herido en una situación física tan imposible que sólo un milagro podrá hacer que ande. De ahí esa nota irónica dejada al final del capítulo 4, "molido y casi deshecho", parodia de ese hiperbólico "desjarretó, y casi desmenuzó", también funcionando como referente para hacer comprender que, el estado de don Quijote en los inicios de este capítulo 5, es paralelo a los primeros momentos del Relato pues, como Loyola, se encuentra tendido en el suelo sin poder moverse
Para salir del paso don Quijote se acoge a "su ordinario remedio", solucionar su situación pensando "en algún paso de sus libros". En este caso la locura le trae a la memoria un romance con cuya historia se identifica y que "le venía de molde para el paso en que se hallaba" pues, simbólicamente, se ajusta a los sucesos del Relato, ya que Loyola fue herido en la fortaleza de Pamplona, es decir, "en la montiña", por sus vecinos los franceses, personificados en Carloto, el hijo de Carlomagno. Hechos conocidos por toda la gente a través de un romance popular cuya verdad histórica es tan creíble como “los milagros de Mahoma”, o como los de Ribadeneyra, que en los inicios de la Vida se inventa este fantástico milagro inexistente en las primeras versiones de la obra
Es precisamente la expresión “con todo esto” la que antecede a “los milagros de Mahoma”, y sirve como referente para retornar a este increíble milagro al que Cervantes recurrirá en otras ocasiones, y cuyo complemento es otro fragmento ya conocido perteneciente también a los inicios de la Vida
El referente es ahora una frase (“historia sabida de los niños”) donde coinciden tres de los vocablos existentes en el texto anterior, con la intención de conducirnos a esa reflexión sobre la verdad (“no diré aquí cosas inciertas y dudosas”) totalmente invalidada por el fantástico milagro, cuya veracidad, por muy sabida que sea de la gente, no tiene por qué ser verdadera. Lo sorprendente es la forma en que Cervantes nos va revelando las falsedades del libro, demostrando con pruebas que las aseveraciones (“no diré”) con las que Ribadeneyra intenta legitimar toda su obra, son fácilmente desmentidas. Don Quijote, molido y sin poder moverse (se ha dicho al final del capítulo 4 que no le "era posible levantarse"), se encuentra pues en una situación semejante a la de Loyola, herido en ambas piernas y sin poder menearse (“sin menearse” /”no podía menearse”)
De nuevo Cervantes parodia astutamente la situación de Loyola en la guerra, pues ya hemos visto que, tras la rendición de la fortaleza, los franceses entran en la ciudad y encuentran a Loyola, según Ribadeneyra, inmóvil en el suelo
Ribadeneyra especifica que los franceses conocían a Loyola y que, gracias a eso, lo tratan con mucho cuidado y cortesía. Don Quijote ha corrido la misma suerte [1] , pues ha pasado por allí un labrador vecino suyo que, antes de reconocerlo, se acerca a preguntarle "quién era y qué mal sentía", o sea, un juego de palabras basado en la frase de la Vida (“quién era y ... mal”), con el objetivo de que funcione no sólo como referente paródico, sino para resaltar esa información inexistente en el Relato y con la que Ribadeneyra, una vez más, pretende acrecentar la importancia de Loyola. Por eso el vecino de don Quijote, restituyendo la verdad de la historia, se acerca a él sin todavía conocerlo, tal vez como probablemente hicieron los franceses.
Con mucho cuidado o lo mejor que pudo, el labrador, cumpliendo las mismas funciones de primeros auxilios realizadas por los franceses, comprueba que, aunque don Quijote no tiene heridas ni en el pecho ni en la espalda, su comportamiento es el de un inválido, pues no puede menearse, y "no con poco trabajo" se ve obligado a subirlo sobre su jumento "por parecerle caballería más sosegada". Da la sensación de que don Quijote está herido en las piernas, pues a pesar de no tener heridas o señales ni en la cabeza ni en el tronco, no puede menearse, de ahí que le convenga un transporte cómodo, también como alusión a la forma más adecuada, la litera, en que fue transportado Loyola. Hay, además, otra referencia al asunto de las piernas, pues don Quijote va "molido y quebrantado", un verbo similar al utilizado por Gonçalves ("quebrándosela") para explicar la lesión de Loyola en las piernas. La base paródica del episodio es, pues, la incapacitación de las extremidades inferiores y el buen trato recibido por Loyola de los franceses, que no sólo le curan lo mejor posible, sino que le tratan amigablemente y le envían a su casa. Don Quijote, una vez reconocido, es también tratado cortés y amigablemente, pues su vecino le auxilia y le ayuda a levantarse, recoge sus armas y le lleva a casa, lo más cómodamente posible, mientras conversan. ¿Se burla Cervantes de la frase de Ribadeneyra “casi desmenuzó los huesos de la canilla” cuando dice que el vecino de don Quijote recogió “hasta las astillas de la lanza”? ¿no son los suspiros de don Quijote (“de cuando en cuando daba unos suspiros”) una réplica irónica a ese inmutable superhombre (“ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay”) creado por Ribadeneyra? Don Quijote, entretanto, sigue disparatando
Quien realmente está acomodando los sucesos históricos a su novela es Cervantes, que, para completar las coincidencias de su cuento con la historia de Loyola, vuelve a emplear esta nueva estrategia de dar entrada no sólo al arcaísmo “alcaide” (“él dio tantas razones al alcaide" R,1) existente en el comienzo del Relato, sino a un nombre, Narváez, análogo al de Navarra. La frase hecha "no parece sino que el diablo", sugiere a su vez una doble lectura, aplicable tanto al torrente imaginativo de don Quijote como al de Cervantes, cuyo trabajo es ir acomodando, ensartando con muchísimo ingenio, el Relato y la Vida a su cuento de caballería.
Otra expresión, “De suerte que”, también existente en el fragmento-núcleo de la Vida y relacionada con la imposibilidad de andar del protagonista, obliga a cuestionarse su contenido
¿No son también una locura o “máquina de necedades” esos “veinte pedazos de huesos” que le han sacado a Loyola de la pierna? En realidad todo el encuentro con Pedro Alonso tiene un trasfondo religioso, pues su noble comportamiento, además de un reflejo del buen trato que los franceses dispensan a Loyola, también evoca el pasaje evangélico del buen samaritano, de la misma forma que, más adelante, los "doce Pares de Francia" actúan como sutil referencia a los doce apóstoles evangélicos.
Menéndez Pidal achaca esta falta de personalidad de don Quijote, "figurándose una vez ser Valdovinos herido, creyéndose en seguida Albindarráez prisionero, y siendo después Reinaldos indignado contra don Roldán", a que Cervantes no "ideó a su protagonista dentro de un plan bien definido desde el comienzo, sino en una visión sintética algo confusa. Sólo durante el desarrollo de la obra va, con lentos tanteos a veces, desentrañando y llamando a vida toda la compleja grandeza". Y concluye, que hasta el capitulo 7, cuando entra en escena Sancho, no "acaban estas alucinaciones de impersonalismo" [2] Más que de dudas, habría que hablar de los increíbles recursos de Cervantes en su trabajo de imitación, pues es capaz de transmitir a su personaje las mismas inseguridades que, según el Relato, muestra Loyola en sus balbuceos religiosos, los cuales cesarán precisamente con su llegada a Alcalá, donde iniciará su labor de apostolado y aparecerán por fin sus primeros compañeros. Según Raymond R. MacCurdy y Alfred Rodríguez, don Quijote sufre dos locuras distintas en los primeros siete capítulos: “La locura primaria del hidalgo manchego, descrita al comenzar la obra, establece que un tal Quijada, Quesada o Quejana se transforma en don Quijote; es decir, crea de sí mismo –como la primera y más importante de toda una larga serie de transformaciones volitivas de la realidad- un flamante caballero andante. Esta será, propiamente, la locura quijotesca, que acompañará al hidalgo autotransformado hasta el lecho de su muerte; pero hay un período de tiempo, todavía en los comienzos del Quijote, en lo que ha venido a llamarse el proto-Quijote, en que Cervantes interpola, dentro de la que hemos designado locura primaria, otra locura distinta. Como consecuencia de los muchos palos que recibe el recién armado caballero a manos del sádico mozo de mulas de su segunda aventura, Don Quijote pierde momentáneamente (aunque es un momento que dura desde el capítulo cinco hasta el capítulo siete) la identidad que resulta de su locura primaria y se identifica sucesivamente con una serie de figuras procedentes de la tradición literaria, empezando por Valdovinos y acabando, sobre todo, por Reinaldos de Montalbán:
Esta segunda manera de locura, expresada en la identificación del sujeto con otro ser determinado, se parece mucho a lo que vulgarmente se concibe, desde siempre probablemente, como locura. Es la demencia, de más popular y general reconocimiento, que en nuestros días se representa, casi gráficamente, en la identificación napoleónica; y que en la época cervantina se representaría, quizá, mediante una identificación cidiana o, entre los más sofisticados, jupiteriana o neptuniana” [3] La cita demuestra cómo del análisis profundo del Quijote se desprende la agudeza, casi el milagro, de la parodia cervantina, capaz de transmitir, sin que se conozca su referente, el estado de doble locura que la ambigüedad del Relato permite imaginar de un Loyola herido que, a través de los libros de santos, transmuta sus ideales caballerescos en religiosos, y empieza a soñar con ser un peregrino andante y un imitador de los santos mas famosos de esos libros, es decir, en su imaginación Loyola se identifica con santo Domingo o san Francisco de la misma manera que don Quijote lo hace con Valdovinos o R. De Montalbán, “la función de la doble locura, o la locura dentro de la locura que se inserta al comienzo mismo de la obra, parece que pudiera muy bien ser la de definir, de delimitar con mayor concreción, esa locura primaria que mueve –y ha de mover hasta el último capítulo de la novela- la exaltada vida del hidalgo transformado en caballero andante” [4] Sin embargo, esas aparentes dudas de personalidad, quedan totalmente anuladas por la rotunda respuesta de don Quijote al bueno de su vecino
Don Quijote conoce su verdadera personalidad y su misión, pues sabe que es trasunto de alguien a quien imita, por eso no es ahora "el honrado hidalgo del señor Quijana", sino don Quijote, el seguidor de los pasos del libro donde están escritos los acontecimientos que debe encarnar. De ahí su rotunda afirmación sobre quién es y quién puede ser, es decir, un santo capaz de igualar por sus hechos a los más famosos, pues esa idea de aventajarlos a todos con sus hazañas está también muy presente en la Vida
Don Quijote sabe que llegará a aventajarse sobre todos sus iguales no sólo en lo militar, sino también en lo espiritual.
Mientras este alboroto en casa de don Quijote parodia el existente en casa de los familiares de Loyola aguardando su vuelta de la guerra, el discurso del ama sintetiza el pensamiento de esos mismos familiares respecto a la evolución de su vida, es decir, el desconcierto ante el cambio ideológico, ante la metamorfosis del militar en místico. La conexión está sugerida por ese “echado a perder”, ya comentado, y utilizado por el ama en recuerdo de la expresión del Relato [5] y la Vida [6] Ese consejo del hermano es ya una realidad para el ama, pues don Quijote ha salido, se ha marchado para imitar a sus héroes, y se ha echado a perder. En correspondencia con esa buena fama de Loyola (“cuánta esperanza tiene dél la gente, y cuánto puede valer, y otras palabras semejantes”), el ama llama a don Quijote “el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha”, un piropo inspirado en el Relato y, formalmente, en la Vida, donde puede leerse que el libro de los Ejercicios espirituales está lleno de delicadezas
También en la Vida abundan las alusiones al entendimiento de Loyola
El ama recuerda además, como reproche, que ella conocía las intenciones de don Quijote (“ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos”) pues lo había oído “hablando entre sí”, costumbre ya conocida de Loyola
Las dos familias se han enterado de la misma forma pues, como ya sabemos, ninguno de los dos les ha puesto al corriente sobre sus intenciones, en ambos casos lo han intuido
Cuando el ama matiza “por esos mundos”, no sólo está utilizando una frase hecha referida a lo indeterminado, sino que a la vez está sutilmente aludiendo a los viajes de Loyola por el llamado viejo mundo. Antes de pasar al interior de la casa de don Quijote, el narrador también nos informa de que en ella se encontraban “el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote” Una expresión (“grandes amigos”) abundante en la Vida, y que aparece por primera vez recordando la supuesta amistad existente entre Loyola y el Inquisidor General Gaspar de Quiroga, a quien está dedicado el libro
Sin entrar en valoraciones sobre esa grande amistad que, en opinión de Ribadeneyra, existió entre Loyola y Quiroga, y volviendo a observar el interés de aquel (“cuan fundado en verdad”) en recordarnos la veracidad de su escritura, quizás lo más interesante de la expresión “grande amigo” es la posibilidad de asociar al Quiroga de la Vida con el cura del Quijote pues, como por sus obras se irá viendo, son vidas paralelas, ya que, además de ser religiosos importantes, ambos desempeñan, en la realidad y en la ficción, el trabajo de máximos representantes de la censura y la Inquisición. En general, el rechazo de la familia de don Quijote a sus intenciones caballerescas es paralelo al que muestra la familia de Loyola a sus propósitos religiosos. Ama y sobrina, trasunto de los familiares de Loyola, culpan a los libros de todas las veleidades de don Quijote, e inician en estos párrafos, junto al cura y al barbero, una persecución que finalizará en los próximos capítulos con el expurgo y quema de la biblioteca como símbolo de la represión ideológica. Cervantes acaba de dar un nuevo salto en sus objetivos paródicos al finalizar con la imitación de la primera salida y, a través del ambiente familiar y con la presencia de los restantes estamentos sociales representados por el cura y el barbero, vuelve ahora a proseguir con su objetivo de parodiar de forma paralela los contenidos del capítulo sexto del Relato. De forma que estos últimos párrafos del 5 son una especie de recomposición, un reengache a los momentos previos al ambiente preprocesal que Loyola vivirá en Alcalá pues, al poco tiempo de estar en esa ciudad, comienza su labor apostólica e, inmediatamente, encuentra la oposición de la Iglesia, dispuesta a reprimir cualquier movimiento ajeno a la más pura ortodoxia, y especialmente sensible a todo lo relacionado con Lutero y Erasmo, cuyos libros pasaron de ser muy recomendados a considerarse heréticos. Desde ahora los libros van a ocupar, en cierta medida, el lugar de las personas, y su destino será un símbolo de la trayectoria vivida por los humanistas españoles desde mediados del siglo XVI, es decir, una persecución en toda regla. Por eso el ataque iniciado por el ama (“estos malditos libros”) es continuado inmediatamente y con mayor intensidad (“y aún decía más”) por la sobrina
Con todo su furor la sobrina declara abiertamente la guerra a los libros, equiparados al final con los herejes, para los que se pide la excomunión y la hoguera. Pero en medio de su intervención, ha recordado alguna escena de los prolegómenos de la locura de don Quijote que, como ya sabemos, dormía muy poco y tenía visiones e imaginarias batallas, tras las que “bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo” Prácticamente sin venir a cuento, la sobrina ha introducido este asunto del agua milagrosa que nos remite a otro fragmento de la Vida
Demonios hablando a los indios y aguas sanadoras, ¿no hay ahí tanta fantasía como en las veleidades de don Quijote? Hay tres claros referentes repetidos en los dos textos: sanar, agua y herejes, además del mismo ambiente de imaginación disparatada en torno a este agua milagrosa, claro preludio del famoso bálsamo de Fierabrás, también inspirado, como se verá más adelante, en otro licor de la Vida, donde aparecen curaciones tan fantásticas como las referidas por don Quijote
La sobrina, en la última parte de su intervención, muestra un gran complejo de culpabilidad (“yo me tengo la culpa de todo”) por no haber avisado “a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío”, es decir, se arrepiente de no haber cumplido con esa obligación de delatar ante los inquisidores a cualquier sospechoso de herejía, aunque ella apunta otra intención: “para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado”, precisamente la misma apuntada por Ribadeneyra en su deseo de disculpar y justificar la labor de los inquisidores en su primera e injusta intervención contra Loyola
El paralelismo entre lo dicho por la sobrina y por Ribadneyra es total, gracias no sólo a la utilización del mismo verbo, sino a la ambigüedad del lenguaje cervantino que, aunque parece referido a la locura caballeresca, también permite la lectura profunda, ahora centrada en la situación preprocesal de Loyola en Alcalá, tal como apunta la profusión de palabras de la sobrina en torno a la herejía: “quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes” En definitiva, la sobrina, utilizando jerga eclesiástica y sin saber de libros, opina sobre su influencia y contenido y, al igual que el ama, los cree culpables de la locura de don Quijote, y propone su quema.
El cura acepta el plan e indirectamente se compromete a iniciarlo y dirigirlo, convirtiéndose a partir de estos momentos, y como trasunto de los inquisidores, en protagonista de la mayoría de los acontecimientos de los siguientes capítulos. Su intención es quemarlos para que no “den ocasión” a que otros hagan lo que su buen amigo “debe de haber hecho” ¿Qué ha hecho don Quijote? ¿no es esa imprecisa frase del cura una clara alusión a la incertidumbre con que se iniciaban los procesos? Ha utilizado la palabra “ocasión”, aparecida en el fragmento anterior de la Vida (“con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá”), y con la que Ribadeneyra pretende crearnos la duda sobre si los inquisidores vinieron a Alcalá con ocasión expresa del proceso a Loyola (lo que supondría ser un asunto importante) o lo hicieron aprovechando el viaje. Una clarísima falta a la verdad, pues del Relato se deduce que vinieron a por él
En torno a esta acusación de “alumbrados” o iluminados [7] , muy castigada por la Inquisición, gira la parodia del final de este capítulo y los tres restantes, de ahí que don Quijote y su vecino estén todavía fuera, oyendo lo que se trama dentro de su casa, pues a partir de ahora, ese recinto cerrado va a servir de escenario para rememorar los procesos inquisitoriales.
Sorprendentemente, don Quijote y su acompañante, en vez de entrar rápidamente a casa (en vista del estado del herido), se quedan en el corral escuchando la conversación de los de dentro y, sólo cuando termina de hablar el cura, los dos empiezan a dar voces para que acudan. La explicación de esa ilógica situación vuelve a ser su simbolismo, pues don Quijote y su vecino lo que están realmente escuchando son las murmuraciones y acusaciones de iluminados que en Alcalá pesan sobre Loyola y sus compañeros, lectores de libros prohibidos y provocadores, con su predicación evangélica, de la furia eclesiástica. A eso se refiere el ama (“¡Mirá, en hora maza –dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor!”) con su ambigua fraseología popular, doblemente intencionada si se tiene en cuenta, como ya se comentó, la utilización de la cojera como referente al estado físico de Loyola. El trasfondo es siempre la heterodoxia, el rumor de fondo que poco a poco va expandiéndose e inculpando a cualquiera que muestre criterios o inteligencia. Por eso el labrador vecino de don Quijote no había comprendido hasta ahora el problema (“acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino”), algo, en el lenguaje externo, totalmente improbable, pues tras haberlo acompañado y escuchado largo rato, muy corto debía ser el labrador (con sus obras ha demostrado lo contrario) para no comprender desde el principio la locura de su vecino. La realidad es que, tras escuchar las murmuraciones del cura y su familia, el labrador entiende que todas la irregularidades vistas e incomprendidas por él forman parte del comportamiento propio de un herético. Es decir, todo sigue siendo una continuación del juego simbólico sobre los momentos preprocesales de Loyola
Por fin don Quijote comienza a dar voces, en paralelo a la predicación del evangelio que, hasta el momento de procesarlo, sigue haciendo Loyola en Alcalá. Entonces le escuchan los de dentro de casa, y ama y sobrina “corrieron a abrazarle”, un gesto cariñoso que, en el lenguaje profundo, mantiene un simbolismo parecido al beso de Judas, pues a partir de ahí don Quijote queda prendido, en paralelo a la detención de Loyola. Acto seguido el ama maldice de nuevo los libros de caballerías, trasunto, obviamente, de los religiosos, acusados entonces de ser propagadores de herejía. En ese sentido veremos más adelante cómo Ribadeneyra encubre el interés de Loyola, en estas fechas, por los libros de Erasmo. Don Quijote culpa de su molimiento a diez jayanes, y el cura responde
La hábil respuesta del cura, que nosotros, gracias a la información anterior, entendemos referida a los libros y no a los jayanes, introduce otra nueva sospecha, pues su supersticiosa "santiguada", también gracias a las anteriores alusiones heréticas, complementa el ambiente de sospecha en torno a Loyola, de ahí que el cura, ante un posible hereje, haga esa promesa de quemar los libros santiguándose, como conjurando la protección divina frente al enemigo satánico.
Estas "mil preguntas" sirven igualmente de nexo con el capítulo siguiente, y se corresponden con el interrogatorio a que fue sometido Loyola tras su primera detención en Alcalá
Se trata de un asunto que se verá ampliamente en los capítulos siguientes, baste por ahora constatar las coincidencias verbales y de contenido de los tres textos.
El contenido es prácticamente el mismo en los tres fragmentos, pues el deseo de don Quijote es comer para cumplir con el requisito de la comida previa a los interrogatorios de Loyola, al que después hicieron muchas preguntas, tal como primero se dice en el Relato, después en la Vida y por último en el Quijote. El análisis comparativo sirve una vez más para apreciar las diferencias de estilo entre los tres autores y cómo la prosa de Cervantes está siempre mucho más próxima a Gonçalves que a Ribadeneyra.
El interés del cura se extiende ahora al vecino de don Quijote, según sugieren esos datos sobre lo exhaustivo de las preguntas (“el cura se informó muy a la larga” “se lo contó todo”), más propias de un interrogatorio que de una conversación amistosa. Una vez que el labrador ha informado al cura sobre el contenido de las alucinaciones de don Quijote (“se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho “), es decir, una vez analizada la acusación de iluminista que pesa sobre Loyola, el cura decide “hacer lo que otro día hizo”, el expurgo de la biblioteca o, alegóricamente, la persecución y encarcelamiento de Loyola por sus ideas. Recordemos, por último, el error de cálculo del ama, cuando dice al cura que don Quijote no aparece por casa desde hace tres días (“Tres días ha que no parecen él, ni el rocín”). Se trata, lógicamente, de un equívoco de la señora, pues don Quijote salió por primera vez de su casa al amanecer, y al anochecer llegó a la venta, donde veló sus armas, fue armado caballero y, de nuevo muy temprano, salió de ella. Pocas horas después se suceden los episodios de Andrés el apaleado y el de los mercaderes toledanos, del cual fue él quien salió apaleado y luego socorrido por el labrador vecino que lo trajo a casa. Es decir, desde que salió de su casa sólo ha pasado una noche fuera. ¿Por qué entonces el ama ha dicho tres días? En mi opinión, se trata de unos de esos hermosos juegos literarios (semejante al de la llegada a Barcelona que veremos con posterioridad) urdidos por Cervantes para conectar, de forma cifrada, el lenguaje externo con el profundo, pues don Quijote salió de su casa una mañana del mes de julio, concretamente un viernes, según se apunta en la venta (“acertó a ser viernes aquel día”), o sea que, para ser cierta la apreciación de los tres días del ama, don Quijote tendría que volver a casa un domingo, precisamente el día específicamente señalado en el Relato y la Vida como el de la invitación a Loyola para comer con los dominicos: “que os vengáis acá a comer el domingo” / “venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros” Esa comida señala el inicio de la prisión de Loyola en Salamanca, el momento histórico que ahora está parodiando Cervantes al poner en boca del narrador el interés de don Quijote por comer (“lo que más le importaba”), de forma que los tres días contados por el ama no se refieren al tiempo transcurrido en el lenguaje externo, sino a otro hipotético nacido de la relación entre ese lenguaje y las fuentes internas de la parodia, pues el tiempo en el Quijote es una abstracción formal sincronizada por Cervantes en función de los momentos de la historia y la novela.
| PRÓLOGO
| INTRODUCCIÓN | PRIMERA
PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo
I | Cápitulo II | Cápitulo
III | Cápitulo IV | Cápitulo
V | Cápitulo VI | Cápitulo
VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA
PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo
IX | Cápitulo X | Cápitulo
XI | Cápitulo XII | Cápitulo
XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES
| CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS
| [1] “A causa de los golpes recibidos y del peso de las armas que soporta, el hidalgo permanece abatido en tierra sin lograr levantarse, hasta que se tropieza casualmente con él un vecino de su pueblo; que reconociéndolo, lo asiste, ayuda, lo levanta, lo hace montar en su burro y lo acompaña a casa, cumpliendo así la misma función de los soldados franceses en la historia de Ignacio” El santo..., Corradini, o.c. [2] De Cervantes y Lope de Vega, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1973, p. 29 [3] Anales Cervantinos, XVII, Ed. C.S.I.C, Madrid 1978, p. 3 [4] Ib., p.5 [5] "El hermano le llevó a una cámara y después a otra, y con muchas admiraciones le empieça a rogar que no se eche a perder; y que mire quánta esperança tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de apartarle del buen deseo que tenía" (R,12) [6] “y llamando a parte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, mas que considerase cuán bien entablado tenía su negocio y cuánto camino tenía andado para alcanzar honra y provecho” (Vida I, III) [7] El iluminismo español “es una doctrina distinta e independiente del protestantismo. [...] en sentido amplio es un cristianismo interiorizado, un sentimiento vivo de la gracia” Erasmo y España, Marcel Bataillon, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid 1979, p. 167
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