CAPÍTULO CINCO

El estado de quebrantamiento en el que queda don Quijote tras la paliza propinada por los mercaderes, parodia la situación de incapacidad de Loyola tras ser herido en Pamplona por los franceses, que no sólo le curan lo mejor posible sino que le tratan amigablemente y le envían a su casa.  Don Quijote, una vez reconocido por su vecino, es también tratado cortés y amigablemente, pues le auxilia, le ayuda a levantarse y  le conduce hasta su casa.


  Este capítulo permite una doble lectura desde su  epígrafe ("Donde se prosigue la  narración de la desgracia de nuestro caballero"),  pues mientras por un lado anuncia la continuación de los  sucesos del capítulo anterior, con don Quijote "molido y casi deshecho" a causa de la paliza propinada por el mozo de mulas de los mercaderes,  por otro sugiere el proceso de elaboración seguido por Cervantes,  que en el capítulo anterior ha estado parodiando hechos pertenecientes al segundo  del  Relato, y que ahora, para cumplir su  intención  de imitar las tres salidas de Loyola desde su casa, se ve obligado a retro­ceder  al principio, o sea, al momento en que éste, tras ser  herido, vuelve en una litera a su tierra, de ahí ese "Donde se prosigue", pues  Cervantes  retoma la parodia de los primeros fragmentos del Relato

"Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas  con un grande y vano deseo de ganar honra. Y así,  estando en  una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos  de parecer  que se diesen, salvas las vidas, por ver claramente  que no  se  podían defender, él dio tantas razones  al  alcaide,  que todavía lo persuadió a defenderse, aunque contra parecer de todos los  caballeros,  los  cuales  se  conhortaban  con  su  ánimo  y esfuerzo.   Y  venido el día que se esperaba la  batería,  él  se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas; y  después  de  durar  un buen rato la batería, le  acertó  a  él  una bombarda  en una pierna, quebrándosela toda; y porque la  pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fue mal herida.
   Y así, cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los  franceses, los cuales, después de se haber apoderado  della, trataron muy bien al herido, tratándolo cortés y amigablemente. Y después de haber estado 12 o 15 días en Pamplona, lo llevaron  en una litera a su tierra" (R, 1-2)

Con sólo esas fuentes, Ribadeneyra construye su ya conocida versión

    “El año, pues, de mil y quinientos y ventiuno, estando los franceses sobre el castillo de Pamplona, que es cabeza del reino de Navarra, y apretando el cerco cada día más, los capitanes que estaban  dentro, estando ya sin ninguna esperanza de socorro, trataron de rendirse, y pusiéranlo luego por obra, si Ignacio no se lo estorbara;  el cual pudo tanto con sus palabras, que los animó y puso coraje para resistir hasta la muerte al francés. Mas, como los enemigos no aflojasen punto de su cerco, y continuamente con cañones reforzados batiesen el castillo, sucedió que una bala de una pieza dio en aquella parte del muro donde Ignacio valerosamente peleaba, la cual le hirió en la pierna derecha, de manera que se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla. Y una piedra del mismo muro, que con la fuerza de la pelota resurtió, también le hirió malamente la pierna izquierda. Derribado por esta manera Ignacio, los demás que con su valor se esforzaban, luego desmayaron; y desconfiados de poderse defender, se dieron a los franceses; los cuales llevaron a Ignacio a sus reales, y sabiendo quién era y viéndole tan mal parado, movidos de compasión, le hicieron curar con mucho cuidado.
   Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera. Estando ya en su casa, comenzaron las heridas, especialmente la de la pierna derecha, a empeorar. Llamáronse nuevos médicos y cirujanos, los cuales fueron de parecer que la pierna se había otra vez de desencasar; porque los huesos (o por descuido de los primeros cirujanos, o por el movimiento y agitación del camino áspero) estaban  fuera de su juntura y lugar, y era necesario volverlos a él y concertarlos para que se soldasen. Hízose así, con grandísimos tormentos y dolores del enfermo. El cual pasó esta carnicería que en él se hizo y todos los demás trabajos que después le sucedieron, con un semblante y con un esfuerzo que ponía admiración. Porque ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo palabra que mostrase flaqueza. Crecía el mal más cada día y pasaba tan adelante, que ya poca esperanza se tenía de su vida, y avisáronle de su peligro.
  Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesu Cristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa. Ya parecía que se iba llegando la hora y el punto de su fin; y como los médicos le diesen por muerto si hasta la medianoche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese. La cual creemos que el bienaventurado apóstol san Pedro le alcanzó de nuestro Señor; porque en los tiempos atrás siempre Ignacio le había tenido por particular patrón y abogado, y como a tal le había reverenciado y servido; y así se entiende que le apareció este glorioso apóstol la noche misma de su mayor necesidad, como quien le venía a favorecer y le traía la salud.  Librado ya deste peligroso trance, se comenzaron a soldar los huesos y a fortificarse; mas quedábanle todavía dos deformidades en la pierna. La una era de un hueso que le salía debajo de la rodilla feamente. La otra nacía de la misma pierna, que por haberle sacado della veinte pedazos de huesos, quedaba corta y contrecha, de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado. Y como para lo uno y para lo otro le pareciese grande estorbo la fealdad y encogimiento de la pierna, queriendo remediar estos inconvenientes, preguntó primero a los cirujanos si se podía cortar sin peligro de la vida aquel hueso que salía con tanta deformidad. Y como le dijesen que sí, pero que sería muy a su costa, porque habiéndose de cortar por lo vivo, pasaría el mayor y más agudo dolor que había pasado en toda la cura, no haciendo caso de todo lo que para divertirle se le decía, quiso que le cortasen el hueso, por cumplir con su gusto y apetito. Y (como yo le oí decir) por poder traer una bota muy justa y muy polida, como en aquel tiempo se usaba; ni fue posible sacarle dello, ni persuadirle otra cosa. Quisiéronle atar para hacer este sacrificio y no lo consintió, pareciéndole cosa indigna de su ánimo generoso. Y estúvose con el mismo semblante y constancia, que arriba dijimos, así suelto y desatado, sin menearse, ni boquear, ni dar alguna muestra de flaqueza de corazón. Cortado el hueso, se quitó la fealdad. El encogimiento de la pierna se curó por espacio de muchos días, con muchos remedios de unciones y emplastos, y ciertas ruedas e instrumentos con que cada día le atormentaban, estiraron y estendiendo poco a poco la pierna y volviéndola a su lugar. Pero por mucho que la desencogieron y estiraron, nunca pudo ser tanto que llegase a ser igual, al justo con la otra” (Vida I, I)

   La nota introductoria a esos acontecimientos ya se ha dado al final del capítulo 4 con ese "molido y casi deshecho" que dejó  a  don Quijote tendido en el suelo, y que conecta con  la versión de la batalla contra los franceses ofrecida en la Vida, donde se exageran tanto las heridas de  Loyola en  las piernas que se presentan como incurables,  pues ese "quebrándosela toda" del Relato, ha sido transformado en  “se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla".  En su afán por resaltar los  valores  de  su fundador,  Ribadeneyra llega  incluso  a sostener imposibles, pues una  pierna desjarretada   significa que está cortada por el jarrete,  o  sea, por  la corva, lo cual era prácticamente  irrecuperable,  aunque, para  darle  un toque aún más sensacionalista,  añade  que  la  bala "casi  desmenuzó los huesos de la canilla", es decir, casi hizo trocitos "cualquiera de los huesos largos de la pierna...y espe­cialmente  la tibia" 

   Ribadeneyra ha dejado al herido  en  una situación  física tan imposible que sólo un milagro podrá  hacer que  ande.  De ahí esa nota  irónica dejada  al final  del capítulo 4, "molido y casi deshecho",  parodia de ese hiperbólico  "desjarretó, y casi desmenuzó",   también funcionando como referente para hacer comprender que, el estado de don Quijote en los inicios de este capítulo 5, es paralelo a los primeros momentos del Relato pues, como Loyola, se  encuentra tendido en el suelo sin poder moverse

"Viendo,  pues,  que, en efeto, no podía menearse,  acordó  de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso  de sus libros,  y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y  del  marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó  herido  en  la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los  mozos, celebrada  y aun creída de los viejos, y, con todo esto,  no  más verdadera  que los milagros de Mahoma.  Esta, pues, le pareció  a él  que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y  así, con  muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar  por  la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque:
        -¿Dónde estás, señora mía,
        que no te duele mi mal?
        O no lo sabes, señora,
        o eres falsa y desleal.
Y  desta  manera fue prosiguiendo el romance,  hasta  aquellos versos que dicen:
        -¡Oh noble marqués de Mantua,
        mi tío y señor carnal!"

   Para  salir  del paso don Quijote se acoge  a  "su  ordinario remedio", solucionar su situación pensando  "en  algún paso de sus libros".  En este caso la locura le trae a la memoria un romance con cuya historia se identifica y  que "le venía  de molde  para el paso en que se hallaba" pues, simbólicamente, se  ajusta  a  los sucesos del Relato, ya que Loyola fue herido en la fortaleza  de Pamplona, es decir, "en la montiña", por sus vecinos los france­ses,  personificados en  Carloto, el  hijo  de Carlomagno.  Hechos conocidos por toda la gente a través de un romance  popular cuya verdad histórica es tan creíble como “los milagros de Mahoma”, o como los de Ribadeneyra, que en los inicios de la Vida se inventa este fantástico milagro inexistente en las primeras versiones de la obra

“Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza, por medio de la gloriosa Madre, al piadoso y amoroso Hijo por soldado y siervo fiel, y prometiéndole de seguir su estandarte real y dar de coces al mundo, se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba tembló y parece que así como el Señor con el terremoto del lugar donde estaban juntos los sagrados Apóstoles, cuando hicieron oración, y con el temblor de la cárcel en que estaban aherrojados san Pablo y Silas , quiso dar a entender la fuerza y poder de sus siervos, y que había oído la oración dellos; así, con otro semejante estallido del aposento en que estaba su siervo Ignacio, manifestó cuán agradable y acepta le era aquella oración y ofrenda que hacía de sí. O, por ventura, el demonio ya vencido huyó, y dio señales de su enojo y crueldad, como leemos de otros santos.
    Pero, con todo esto, no se determinó de seguir particular manera de vida, sino de ir a Jerusalén después de bien convalecido  y, antes de ir, de mortificarse y perseguirse  con ayunos y diciplinas y todo género de penitencias y asperezas corporales, y con un enojo santo y generoso crucificarse y mortificarse y hacer anatomía de sí” (Vida I, II)

   Es precisamente la expresión “con todo esto” la que antecede a “los milagros de Mahoma”, y sirve como referente para retornar a este increíble milagro al que Cervantes recurrirá en otras ocasiones, y cuyo complemento es otro fragmento ya conocido perteneciente también a los inicios de la Vida

“Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella, ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí,  vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad” (Vida, A los hermanos)

   El referente es ahora una frase (“historia sabida de los niños”) donde coinciden tres de los vocablos existentes en el texto anterior, con la intención de conducirnos a esa reflexión sobre la verdad (“no diré aquí cosas inciertas y dudosas”) totalmente invalidada por el fantástico milagro, cuya veracidad, por muy sabida que sea de la gente, no tiene por qué ser verdadera.

   Lo sorprendente es la forma en que Cervantes nos va revelando las falsedades del libro, demostrando con pruebas que las aseveraciones (“no diré”) con las que Ribadeneyra intenta legitimar toda su obra, son fácilmente desmentidas.

   Don Quijote,  molido y sin poder moverse (se ha dicho  al final  del  capítulo  4 que no le "era  posible  levantarse"), se encuentra pues en una situación semejante a la de Loyola,  herido en ambas piernas y sin poder menearse (“sin menearse /”no podía menearse”)

"Y  quiso la suerte que, cuando llegó a este verso,  acertó  a pasar  por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo,  que venía  de  llevar una carga de trigo al molino; el cual,  viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que  quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba"

  De nuevo Cervantes  parodia astutamente la situación de Loyola en la guerra, pues ya hemos visto que, tras la rendición de la fortaleza, los franceses entran en la  ciudad y  encuentran a Loyola, según Ribadeneyra, inmóvil en el suelo

“los cuales llevaron a Ignacio a sus reales, y sabiendo quién era y viéndole tan mal parado, movidos de compasión, le hicieron curar con mucho cuidado.
Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera”

   Ribadeneyra especifica que los franceses conocían a Loyola y que, gracias a eso, lo tratan con mucho cuidado y cortesía.  

   Don Quijote ha corrido la misma suerte [1] , pues ha pasado por allí un labrador vecino suyo que, antes de reconocerlo, se acerca a preguntarle "quién era  y qué mal sentía", o sea, un juego de palabras basado en la frase de la Vida (“quién era y ... mal”), con el objetivo de que funcione no sólo como referente paródico, sino para resaltar esa información inexistente en el Relato y con la que Ribadeneyra, una vez más, pretende acrecentar la importancia de Loyola.  Por eso el vecino de don Quijote, restituyendo la verdad de la historia,  se acerca a él sin todavía conocerlo, tal vez como probablemente hicieron los franceses.

"el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y  espal­dar, para ver si tenía alguna herida,  pero no vio sangre ni señal alguna.   Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo  le subió  sobre  su jumento, por parecerle  caballería  más sosegada.  Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante,  al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno,  y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oir los disparates que  don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de  puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico"

   Con  mucho  cuidado  o lo mejor que pudo,  el  labrador,   cumpliendo  las  mismas funciones  de primeros auxilios realizadas por  los  franceses, comprueba que, aunque don Quijote no tiene heridas ni en el  pecho ni  en la espalda,  su comportamiento es el de un inválido,  pues no  puede menearse,  y "no con poco trabajo"  se ve obligado a subirlo sobre su jumento "por parecerle caballería más sosegada".  Da la sensación de que don Quijote está herido en las  piernas,  pues a pesar de no tener heridas o señales ni en la cabeza ni en el tronco, no puede menearse, de ahí  que  le convenga un transporte cómodo,  también  como alusión a la forma más adecuada, la litera, en que fue transpor­tado  Loyola. 

   Hay, además, otra referencia al asunto de las  pier­nas,  pues  don Quijote va "molido y quebrantado", un  verbo similar al utilizado por Gonçalves ("quebrándosela") para explicar la lesión de Loyola en las piernas.

  La base paródica del episodio es, pues, la incapacitación de las extremidades inferiores y  el buen trato recibido  por Loyola de los franceses, que no sólo le  curan lo mejor posible, sino que le tratan amigablemente  y  le  envían a su casa.  Don  Quijote,  una vez reconocido,  es también tratado  cortés y amigablemente, pues  su vecino le auxilia y le ayuda a levantarse, recoge sus armas y  le lleva  a casa, lo más cómodamente posible, mientras  conversan. 

   ¿Se burla Cervantes de la frase de Ribadeneyra “casi desmenuzó los huesos de la canilla” cuando dice que el vecino de don Quijote recogió “hasta las astillas de la lanza”?  ¿no son los suspiros de don Quijote (“de cuando en cuando daba unos suspiros”) una réplica irónica a ese inmutable superhombre (“ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay”) creado por Ribadeneyra?

   Don Quijote, entretanto, sigue disparatando

"y  no  parece sino que el diablo le traía a  la  memoria  los cuentos  acomodados a sus sucesos,  porque en aquel  punto,  ol­vidándose  de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,  cuando el  alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y  llevó cautivo a su alcaidía"

    Quien realmente está acomodando los sucesos históricos a su novela es Cervantes, que, para completar las coincidencias de su cuento con la historia de Loyola, vuelve a emplear esta nueva estrategia de dar entrada no sólo al arcaísmo “alcaide” (“él dio tantas razones al alcaide" R,1) existente en el comienzo del Relato, sino a un nombre, Narváez, análogo al de Navarra.

   La frase hecha "no parece sino que el diablo", sugiere a su vez una   doble  lectura, aplicable  tanto al   torrente imaginativo  de  don Quijote como al de Cervantes,  cuyo trabajo es ir acomodando,  ensartando  con muchísimo ingenio, el Relato  y  la Vida a su cuento de caballería.

"De  suerte que cuando el labrador le volvió a  preguntar  que cómo  estaba  y qué sentía, le respondió las  mesmas  palabras  y razones  que  el  cautivo abencerraje respondía  a  Rodrigo  de Narváez,  del  mesmo modo que él había leído la  historia  en la Diana de Jorge Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan  a propósito, que el labrador se iba dando al diablo, de oír tanta  máquina  de  necedades; por donde conoció  que  su  vecino estaba loco, y dábase priesa a llegar al pueblo"

   Otra expresión, “De suerte que”, también existente en el fragmento-núcleo de la Vida y relacionada con la imposibilidad de andar del protagonista, obliga a cuestionarse su contenido

“La otra nacía de la misma pierna, que por haberle sacado della veinte pedazos de huesos, quedaba corta y contrecha, de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado”

   ¿No son también una locura o “máquina de necedades” esos “veinte pedazos de huesos” que le han sacado a Loyola de la pierna?

   En realidad todo el encuentro con Pedro Alonso tiene un  tras­fondo  religioso,  pues su noble comportamiento,  además  de  un reflejo  del  buen trato que los franceses dispensan  a  Loyola, también  evoca  el pasaje evangélico del buen samaritano,  de  la misma  forma  que,  más adelante, los  "doce  Pares  de  Francia"  actúan como sutil referencia a los doce apóstoles evangélicos.

" -Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo  de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro  Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez,  sino el honrado hidalgo del señor Quijana"

   Menéndez  Pidal  achaca  esta falta de  personalidad  de  don Quijote, "figurándose una vez ser Valdovinos herido,  creyéndose en  seguida Albindarráez prisionero, y siendo  después  Reinaldos indignado  contra  don  Roldán", a que Cervantes no  "ideó a su protagonista  dentro de un plan bien definido desde el comienzo, sino  en  una visión sintética algo confusa.   Sólo  durante  el desarrollo de la obra va, con lentos tanteos a veces,  desentra­ñando  y llamando a vida toda la compleja grandeza".  Y  concluye, que hasta  el  capitulo 7, cuando entra  en  escena  Sancho,  no "acaban estas alucinaciones de impersonalismo" [2]  

      Más que de dudas, habría que hablar de los increíbles recursos de Cervantes en su trabajo  de imitación,  pues es capaz de transmitir a su personaje las mismas   inseguridades que, según el Relato, muestra Loyola en sus balbuceos religiosos, los cuales cesarán precisamente con su llegada a Alcalá, donde iniciará su labor de apostolado y aparecerán por fin sus primeros compañeros.

   Según Raymond R. MacCurdy y Alfred Rodríguez, don Quijote sufre dos locuras distintas en los primeros siete capítulos: “La locura primaria del hidalgo manchego, descrita al comenzar la obra, establece que un tal Quijada, Quesada o Quejana se transforma en don Quijote; es decir, crea de sí mismo –como la primera y más importante de toda una larga serie de transformaciones volitivas de la realidad- un flamante caballero andante.  Esta será, propiamente, la locura quijotesca, que acompañará al hidalgo autotransformado hasta el lecho de su muerte; pero hay un período de tiempo, todavía en los comienzos del Quijote, en lo que ha venido a llamarse el proto-Quijote, en que Cervantes interpola, dentro de la que hemos designado locura primaria, otra locura distinta.

   Como consecuencia de los muchos palos que recibe el recién armado caballero a manos del sádico mozo de mulas de su segunda aventura, Don Quijote pierde momentáneamente (aunque es un momento que dura desde el capítulo cinco hasta el capítulo siete) la identidad que resulta de su locura primaria y se identifica sucesivamente con una serie de figuras procedentes de la tradición literaria, empezando por Valdovinos y acabando, sobre todo, por Reinaldos de Montalbán:

<<Ferido no –dijo don Quijote-; pero molido y quebrantado, no hay duda en ello; porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías.  Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si en levantándome deste lecho no me lo pagare, a pesar de sus encantamientos; y, por agora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo>> (I,VII).

   Esta segunda manera de locura, expresada en la identificación del sujeto con otro ser determinado, se parece mucho a lo que vulgarmente se concibe, desde siempre probablemente, como locura.  Es la demencia, de más popular y general reconocimiento, que en nuestros días se representa, casi gráficamente, en la identificación napoleónica; y que en la época cervantina se representaría, quizá, mediante una identificación cidiana o, entre los más sofisticados, jupiteriana o neptuniana” [3]

   La cita demuestra cómo del análisis profundo del Quijote se desprende la agudeza, casi el milagro, de la parodia cervantina, capaz de transmitir, sin que se conozca su referente, el estado de doble locura que la ambigüedad del Relato permite imaginar de un Loyola herido que, a través de los libros de santos, transmuta sus ideales caballerescos en religiosos, y empieza a soñar con ser un peregrino andante y un imitador de los santos mas famosos de esos libros, es decir, en su imaginación Loyola se identifica con santo Domingo o san Francisco de la misma manera que don Quijote lo hace con Valdovinos o R. De Montalbán, “la función de la doble locura, o la locura dentro de la locura que se inserta al comienzo mismo de la obra, parece que pudiera muy bien ser la de definir, de delimitar con mayor concreción, esa locura primaria que mueve –y ha de mover hasta el último capítulo de la novela- la exaltada vida del hidalgo transformado en caballero andante” [4]

   Sin  embargo, esas  aparentes  dudas de personalidad, quedan totalmente anuladas por la rotunda respuesta de don Quijote al bueno de su vecino

"Yo sé quien soy -respondió don Quijote-,  y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun  todos  los nueve de la Fama, pues a todas las  hazañas  que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán  las mías"

   Don Quijote conoce su verdadera personalidad y su misión, pues sabe que es  trasunto de alguien a quien imita,  por eso no es ahora "el honrado  hidalgo del señor Quijana", sino don Quijote, el seguidor de los pasos  del libro donde están escritos los acontecimientos que debe encar­nar. De ahí su rotunda afirmación sobre quién es y quién puede  ser, es decir, un  santo  capaz  de igualar por sus hechos a los más famosos, pues esa idea de aventajarlos a todos con sus hazañas está también muy presente en la Vida

“Pasados, pues, los primeros años de su niñez, fue enviado de sus padres Ignacio a la corte de los Reyes Católicos. Y comenzando ya a ser mozo y a hervirle la sangre, movido del ejemplo de sus hermanos, que eran varones enforzados, y él, que de suyo era brioso y de grande ánimo, diose mucho a todos los ejercicios de armas, procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I)

   Don Quijote sabe que llegará a aventajarse sobre todos sus iguales no sólo en lo militar, sino también en lo espiritual.

"En estas pláticas y en otras semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero.  Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo,  y en  la  casa  de don Quijote, la cual halló  toda alborotada;  y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran  grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero  Pérez -que  así se llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor?  Tres días  ha  que  no parecen él, ni el rocín, ni la adarga,  ni  la lanza, ni las armas.  ¡Desventurada de mí! que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos  malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de  ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído  decir muchas  veces, hablando entre sí, que quería   hacerse  caballero  andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomen­dados  sean  a  Satanás y a Barrabás tales libros,  que  así  han echado  a perder el más delicado entendimiento que había en  toda la Mancha"

  Mientras este alboroto en casa de don Quijote  parodia el  existente en casa de los familiares de Loyola aguardando su vuelta de la guerra, el discurso del ama sintetiza el pensamiento de esos mismos familiares respecto a la evolución de su  vida, es decir, el desconcierto ante el cambio  ideológico, ante la metamorfosis del militar en místico.  La conexión está sugerida por ese “echado a perder”, ya comentado, y utilizado por el ama en recuerdo de la expresión del Relato [5] y la Vida [6]

   Ese consejo del hermano es ya una realidad para el ama, pues don Quijote ha salido, se ha marchado para imitar a sus héroes, y se ha echado a perder.  En correspondencia con esa buena fama de Loyola (“cuánta esperanza tiene dél la gente,  y cuánto  puede valer, y otras palabras semejantes”), el ama llama a don Quijote “el más delicado entendimiento que había en  toda la Mancha”, un piropo inspirado en el Relato y, formalmente, en la Vida, donde puede leerse que el libro de los Ejercicios espirituales está lleno de delicadezas

“El cual está tan lleno de documentos y delicadezas en materia de espíritu” (Vida I, VIII)

    También en la Vida abundan las alusiones al entendimiento de Loyola

“de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento” (Vida I, II)

   El ama recuerda además, como reproche,  que  ella conocía las intenciones de don Quijote (“ahora me acuerdo haberle oído  decir muchas  veces, hablando entre sí, que quería   hacerse  caballero  andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos”) pues lo había oído “hablando entre sí”,  costumbre ya conocida de Loyola

“no se pudo contener de lágrimas, diciendo entre sí” (Vida I, IV)
“comenzó a examinarla y a pensar y a decir entre sí” (Vida I, XIII)

   Las dos familias se han enterado de la misma forma pues, como ya sabemos, ninguno de los dos les ha puesto al corriente sobre sus intenciones, en ambos casos lo han intuido

"Mas así su hermano como todos los demás de casa fueron cono­ciendo por lo exterior la mudanza que se había hecho en su  ánima interiormente" (R,10)
“su hermano mayor y la gente de su casa fácilmente vinieron a entender que estaba tocado de Dios  y que no era el que solía ser” (Vida I, II)

   Cuando el ama matiza “por esos mundos”, no sólo está utilizando una frase hecha referida a lo indeterminado, sino que a la vez está sutilmente aludiendo a los viajes de Loyola por el llamado viejo mundo.

   Antes de pasar al interior de la casa de don Quijote, el narrador también nos informa de que en ella se encontraban “el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote” Una expresión (“grandes amigos”) abundante en la Vida, y que aparece por primera vez recordando la supuesta amistad existente entre Loyola y el Inquisidor General Gaspar de Quiroga, a quien está dedicado el libro

“fue tan grande amigo de nuestro padre Ignacio” (Vida, A Quiroga).

   Sin entrar en valoraciones sobre esa grande amistad que, en opinión de Ribadeneyra, existió entre Loyola y Quiroga, y volviendo a observar el interés de aquel (“cuan fundado en verdad”) en recordarnos la veracidad de su escritura, quizás lo más interesante de la expresión “grande amigo” es la posibilidad de asociar al Quiroga de la Vida con el cura del Quijote pues, como por sus obras se irá viendo, son vidas paralelas, ya que, además de ser religiosos importantes, ambos desempeñan, en la realidad y en la ficción, el trabajo de máximos representantes de la censura y la Inquisición.

   En  general,  el  rechazo de la familia de don  Quijote  a  sus intenciones  caballerescas es paralelo al que muestra la  familia de Loyola a sus propósitos religiosos.  Ama y sobrina, trasunto de los familiares de Loyola,  culpan a los libros de todas las veleidades de don Quijote, e inician en estos  párrafos, junto al cura y al barbero, una persecución que finalizará  en los próximos capítulos con el expurgo y quema  de la biblioteca como símbolo de la represión ideológica.

       Cervantes acaba de dar un nuevo salto en sus objetivos paródicos al finalizar con la imitación de la primera salida y, a través del ambiente familiar y con la presencia de los restantes estamentos sociales representados por el cura y el barbero, vuelve ahora a proseguir con su objetivo de parodiar de forma paralela los contenidos del capítulo sexto del Relato.  De  forma  que estos últimos párrafos del 5 son una especie de recomposición, un reengache a los momentos previos al ambiente preprocesal que Loyola vivirá en Alcalá pues, al poco tiempo de estar en esa ciudad, comienza su labor apostólica e, inmediatamente, encuentra la oposición de la Iglesia, dispuesta a reprimir cualquier movimiento ajeno a la más pura ortodoxia, y especialmente sensible a todo lo relacionado con Lutero y  Erasmo, cuyos libros pasaron de ser muy recomendados a considerarse heréticos.

   Desde ahora los libros van a ocupar, en cierta medida,  el lugar de las personas, y su destino será un símbolo de la trayectoria vivida por los humanistas españoles desde mediados del siglo XVI, es decir, una persecución en toda regla.  Por eso el ataque iniciado por el ama (“estos malditos libros”) es continuado inmediatamente y con mayor intensidad (“y aún decía más”) por la sobrina

“La sobrina decía lo mesmo, y aún decía más:
   -Sepa, señor maese Nicolás (que este era el nombre del barbero), que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes;  y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo.
Mas  yo  me tengo la culpa de todo, que no  avisé  a  vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remedia­ran  antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos  estos descomulgados  libros,  que  tiene muchos que bien  merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes"

   Con todo su furor la sobrina declara abiertamente la guerra a los libros, equiparados al final con los herejes, para los que se pide la excomunión y la hoguera. 

   Pero en medio de su intervención, ha recordado alguna escena de los prolegómenos de la locura de don Quijote que, como ya sabemos, dormía muy poco y tenía visiones e imaginarias batallas, tras las que “bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo” 

   Prácticamente sin venir a cuento, la sobrina ha introducido este asunto del agua milagrosa que nos remite a otro fragmento de la Vida

“Y es cierto que el mismo Señor, que con tanta paciencia en Europa sufría y disimulaba los desacatos y oprobios de los herejes que habemos contado, en el mismo tiempo obraba en las Indias maravillas por medio de las cruces e imágenes y sacramentos que los herejes acá perseguían y que puesto el santísimo cuerpo de Jesu Cristo, nuestro Redentor, en los templos, enmudecía a los demonios, los cuales desaparecían y no hablaban de allí adelante (como antes solían) a los Indios, y que con la señal de la santa cruz y con el agua y cuentas benditas sanaron muchos enfermos” (Vida II, XIX)

   Demonios hablando a los indios y aguas sanadoras, ¿no hay ahí tanta fantasía como en las veleidades de don Quijote?  Hay tres claros referentes repetidos en los dos textos: sanar, agua y herejes, además del mismo ambiente de imaginación disparatada en torno a este agua milagrosa,  claro preludio del famoso bálsamo de Fierabrás, también inspirado, como se verá más adelante, en otro licor de la Vida, donde aparecen curaciones tan fantásticas como las referidas por don Quijote

“él vio por sus ojos traer al padre Francisco muchos enfermos de varias enfermedades y que, en haciendo sobre ellos la señal de la cruz, o echándoles un poco de agua bendita, a la hora quedaban todos sanos;  y así decía que los japoneses le tenían por más que hombre y como cosa enviada del cielo” (Vida IV, VII)

   La sobrina, en la última parte de su intervención, muestra un gran complejo de culpabilidad (“yo me tengo la culpa de todo”) por no haber avisado “a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío”, es decir, se arrepiente de no haber cumplido con esa obligación de delatar ante los inquisidores a cualquier sospechoso de herejía, aunque ella apunta otra intención: “para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado”, precisamente la misma apuntada por Ribadeneyra en su deseo de disculpar y justificar la labor de los inquisidores en su primera e injusta intervención contra Loyola

“Llegó la fama desto a los Inquisidores de Toledo, los cuales, como prudentes, temiendo desta novedad en tiempo tan sospechoso, y queriendo, como cuidadosos, remediar el mal, si alguno hubiese, con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá, y hicieron diligentísima pesquisa de la dotrina, vida y ocupaciones de nuestro Ignacio, y formaron el proceso” (Vida I, XIV)

   El paralelismo entre lo dicho por la sobrina y por Ribadneyra es total, gracias no sólo a la utilización del mismo verbo, sino a la ambigüedad del lenguaje cervantino que, aunque parece referido a la locura caballeresca, también permite la lectura profunda, ahora centrada en la situación preprocesal de Loyola en Alcalá, tal como apunta la profusión de palabras de la sobrina en torno a la herejía: “quemaran todos  estos descomulgados  libros,  que  tiene muchos que bien  merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes

   En definitiva, la  sobrina, utilizando jerga eclesiástica y sin saber de  li­bros,  opina sobre su influencia y contenido y, al igual  que  el ama, los cree culpables de la locura de don Quijote,  y propone su quema.

"Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día  de  mañana sin que dellos no se haga acto  público  y  sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho"

   El  cura  acepta  el plan e indirectamente se compromete a iniciarlo y dirigirlo, convirtiéndose a partir de estos momentos, y como trasunto de los inquisidores, en protagonista de la mayoría de los acontecimientos de los siguientes capítulos. Su intención es quemarlos para que no “den ocasión” a que otros hagan lo que su buen amigo “debe de haber hecho”  ¿Qué ha hecho don Quijote? ¿no es esa imprecisa frase del cura una clara alusión a la incertidumbre con que se iniciaban los procesos?  Ha utilizado la palabra “ocasión”, aparecida en el fragmento anterior de la Vida (“con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá”), y con la que Ribadeneyra pretende crearnos la duda sobre si los inquisidores vinieron a Alcalá con ocasión expresa del proceso a Loyola (lo que supondría ser un asunto importante) o lo hicieron aprovechando el viaje. Una clarísima falta a la verdad, pues del Relato se deduce que vinieron a por él

“Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el peregrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos” (R, 58)

   En torno a esta acusación de “alumbrados” o iluminados [7] , muy castigada por la Inquisición, gira la parodia del final de este capítulo y los tres restantes, de ahí que don Quijote y su vecino estén todavía fuera, oyendo lo que se trama dentro de su casa, pues a partir de ahora, ese recinto cerrado va a servir de escenario para rememorar los procesos inquisitoriales. 

“Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino y, así, comenzó a decir a voces:
  -Abran vuestras mercedes al señor al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro de Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle.  Él dijo:
-Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo.  Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuera posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.
-¡Mirá, en hora maza –dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor!  Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa hurgada, le sabremos aquí curar.  ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuesta merced!
   Lleváronle  luego a la cama, y, catándole las feridas, no  le hallaron  ninguna; y él dijo que todo era molimiento,  por  haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose  con diez  jayanes,  los más desaforados y atrevidos que  se  pudieran fallar en gran parte de la tierra.
-¡Ta,  ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza?  Para  mi santiguada que yo los queme mañana antes que llegue la noche.
 Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba.  Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del modo que había hallado a don Quijote.  Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote”

   Sorprendentemente, don Quijote y su acompañante, en vez de entrar rápidamente a casa (en vista del estado del herido), se quedan en el corral escuchando la conversación de los de dentro y, sólo cuando termina de hablar el cura, los dos empiezan a dar voces para que acudan. 

    La explicación de esa ilógica situación vuelve a ser su simbolismo, pues don Quijote y su vecino lo que están realmente escuchando  son las murmuraciones y acusaciones de iluminados que en Alcalá pesan sobre Loyola y sus compañeros, lectores de libros prohibidos y  provocadores, con su predicación evangélica, de la furia eclesiástica.  A eso se refiere el ama (“¡Mirá, en hora maza –dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor!”)  con su ambigua fraseología popular, doblemente intencionada si se tiene en cuenta, como ya se comentó, la utilización de la cojera como referente al estado físico de Loyola. 

   El trasfondo es siempre la heterodoxia, el rumor de fondo que poco a poco va expandiéndose e inculpando a cualquiera que muestre criterios o inteligencia. Por eso el labrador vecino de don Quijote no había comprendido hasta ahora el problema (“acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino”), algo, en el lenguaje externo, totalmente improbable, pues tras haberlo acompañado y escuchado largo rato, muy corto debía ser el labrador (con sus obras ha demostrado lo contrario) para no comprender desde el principio la locura de su vecino.

   La realidad es que, tras escuchar las murmuraciones del cura y su familia, el labrador entiende que todas la irregularidades vistas e incomprendidas por él forman parte del comportamiento propio de un herético.  Es decir, todo sigue siendo una continuación del juego simbólico sobre los momentos preprocesales de Loyola  

“Como arriba está dicho, había grande rumor por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá, y quién decía de una manera, y quién de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el peregrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos” (R, 58)

      Por fin don Quijote comienza a dar voces, en paralelo a la predicación del evangelio que, hasta el momento de procesarlo, sigue haciendo Loyola en Alcalá.  Entonces le escuchan los de dentro de casa, y ama y sobrina “corrieron a abrazarle”, un gesto cariñoso que, en el lenguaje profundo, mantiene un simbolismo parecido al beso de Judas, pues a partir de ahí don Quijote queda prendido, en paralelo a la detención de Loyola.

  Acto seguido el ama maldice de nuevo los libros de caballerías,  trasunto, obviamente, de los religiosos, acusados entonces de ser propagadores de herejía.  En ese sentido veremos más adelante cómo Ribadeneyra encubre el interés de Loyola, en estas fechas, por los libros de Erasmo. 

   Don Quijote culpa de su molimiento a diez jayanes, y el cura responde

-¡Ta,  ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza?  Para  mi santiguada que yo los queme mañana antes que llegue la noche.

   La  hábil  respuesta  del cura, que nosotros,  gracias  a  la información  anterior, entendemos referida a los libros y no a  los jayanes,  introduce  otra nueva sospecha, pues  su supersticiosa "santiguada", también gracias a las anteriores alusiones heréti­cas, complementa el  ambiente  de sospecha  en torno a Loyola, de ahí que el cura, ante un posible hereje, haga esa promesa de quemar los libros santiguándose, como conjurando la protección divina frente al enemigo satánico.

"Hiciéronle  a  don Quijote mil preguntas, y  a  ninguna  quiso responder  otra  cosa sino que le diesen de comer  y  le  dejasen dormir, que era lo que más le importaba"

  Estas "mil preguntas" sirven igualmente de nexo con el capítulo siguien­te,  y  se corresponden con el interrogatorio a que fue sometido  Loyola tras  su primera detención en Alcalá

“Pues, dijo  el confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >> (R, 64).
“Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas” (Vida I, XV).

   Se trata de un asunto que se verá ampliamente en los capítulos siguientes, baste por ahora constatar las coincidencias verbales y de contenido de los tres textos. 

        Relato                                    Vida                        Quijote
comer                                     comer                          comer
cosa                                       cosas                          cosa
R: querrán saber de vos muchas cosas
V: querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas
Q: Hiciéronle  a  don Quijote mil preguntas

   El contenido es prácticamente el mismo en los tres fragmentos, pues el deseo de don Quijote es comer para cumplir con el requisito de la comida previa a los interrogatorios de Loyola, al que después hicieron muchas preguntas, tal como primero se dice en el Relato, después en la Vida y por último en el Quijote. El análisis comparativo sirve una vez más para apreciar las diferencias de estilo entre los tres autores y cómo la prosa de Cervantes está siempre mucho más próxima  a Gonçalves que a Ribadeneyra.

“Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote.  Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote”

   El interés del cura se extiende ahora al vecino de don Quijote, según sugieren esos datos sobre lo exhaustivo de las preguntas (“el cura se informó muy a la larga” “se lo contó todo”), más propias de  un interrogatorio que de una conversación amistosa. 

   Una vez que el labrador ha informado al cura sobre el contenido de las alucinaciones de don Quijote (“se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho “), es decir, una vez analizada la acusación de iluminista que pesa sobre Loyola, el cura decide “hacer lo que otro día hizo”, el expurgo de la biblioteca o, alegóricamente, la persecución y encarcelamiento de Loyola por sus ideas.

   Recordemos, por último, el error de cálculo del ama, cuando dice al cura que don Quijote no aparece por casa desde hace tres días (“Tres días ha que no parecen él, ni el rocín”).  Se trata, lógicamente, de un equívoco de la señora, pues don Quijote salió por primera vez de su casa al amanecer, y al anochecer llegó a la venta, donde veló sus armas, fue armado caballero y, de nuevo muy temprano, salió de ella.  Pocas horas después se suceden los episodios de Andrés el apaleado y el de los mercaderes toledanos, del cual fue él quien salió apaleado y luego socorrido por el labrador vecino que lo trajo a casa. Es decir, desde que salió de su casa sólo ha pasado una noche  fuera.  ¿Por qué entonces el ama ha dicho tres días?

   En mi opinión, se trata de unos de esos hermosos juegos literarios (semejante al de la llegada a Barcelona que veremos con posterioridad) urdidos por Cervantes para conectar, de forma cifrada, el lenguaje externo con el profundo, pues don Quijote salió de su casa una mañana del mes de julio, concretamente un viernes, según se apunta en la venta (“acertó a ser viernes aquel día”), o sea que, para ser cierta la apreciación de los tres días del ama, don Quijote tendría que volver a casa un domingo, precisamente el día específicamente señalado en el Relato y la Vida como el de la invitación a Loyola para comer con los dominicos: “que os vengáis acá a comer el domingo” / “venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros”  Esa comida señala el inicio de la prisión de Loyola en Salamanca, el momento histórico que ahora está parodiando Cervantes al poner en boca del narrador el interés de don Quijote por comer (“lo que más le importaba”), de forma que los tres días contados por el ama no se refieren al tiempo transcurrido en el lenguaje externo, sino a otro hipotético nacido de la relación entre ese lenguaje y las fuentes internas de la parodia, pues el tiempo en el  Quijote es una abstracción formal sincronizada por Cervantes en función de los momentos de la historia y la novela.

 

 

CAPÍTULO CINCO

 

RELATO

VIDA

QUIJOTE

     
 

le hirió en la pierna derecha, de manera que se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla

“molido y casi deshecho

 

“los cuales llevaron a Ignacio a sus reales, y sabiendo quién era y viéndole tan mal parado, movidos de compasión, le hicieron curar con mucho cuidado”

“viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que  quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba”

 

“ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo palabra que mostrase flaqueza

“de cuando en cuando daba unos suspiros

 

“como los médicos le diesen por muerto si hasta la medianoche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese”

“el diablo le traía a  la memoria  los cuentos acomodados a sus sucesos,  porque en aquel  punto

 

“estúvose con el mismo semblante y constancia, que arriba dijimos, así suelto y desatado, sin menearse, ni boquear, ni dar alguna muestra de flaqueza de corazón”

“Viendo,  pues,  que, en efeto, no podía menearse, acordó  de acogerse a su ordinario remedio”

“él dio tantas razones al alcalde

 

“cuando el  alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y  llevó cautivo a su alcaidía”

 

de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado”

De  suerte que cuando el labrador le volvió a  preguntar que cómo  estaba  y qué sentía, le respondió las mesmas  palabras  y razones que  el  cautivo abencerraje respondía  a  Rodrigo  de Narváez,  del  mesmo modo que él había leído la  historia  en la Diana de Jorge Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan  a propósito

 

procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar

“a todas las  hazañas  que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías”

“le empieza a rogar que no se eche a perder; y que  mire cuánta esperanza tiene dél la gente”

“que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos”

“Encomen­dados  sean  a Satanás y a Barrabás tales libros,  que  así  han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha”

 

“fue tan grande amigo de nuestro padre Ignacio”

“el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote”

 

“no se pudo contener de lágrimas, diciendo entre sí /

comenzó a examinarla y a pensar y a decir entre sí

“ahora me acuerdo haberle oído  decir muchas  veces, hablando entre sí

 

“con la señal de la santa cruz y con el agua y cuentas benditas sanaron muchos enfermos”

“bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un gran encantador y amigo suyo”

 

“como prudentes, temiendo desta novedad en tiempo tan sospechoso, y queriendo, como cuidadosos, remediar el mal, si alguno hubiese, con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá, y hicieron diligentísima pesquisa de la dotrina, vida y ocupaciones de nuestro Ignacio, y formaron el proceso”

“para que los remedia­ran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados  libros, que  tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes”

“Pues, dijo  el confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas

el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas

Hiciéronle  a  don Quijote mil preguntas, y  a  ninguna quiso responder  otra  cosa sino que le diesen de comer y le  dejasen dormir, que era lo que más le importaba”


[1] “A causa de los golpes recibidos y del peso de las armas que soporta, el hidalgo permanece  abatido en tierra sin lograr levantarse, hasta que se tropieza casualmente con él un vecino de su pueblo; que reconociéndolo, lo asiste, ayuda, lo levanta, lo hace montar en su burro y lo acompaña a casa, cumpliendo así la misma función de los soldados franceses en la historia de Ignacio”  El santo..., Corradini, o.c.

[2] De Cervantes y Lope de Vega, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1973, p. 29

[3] Anales Cervantinos, XVII, Ed. C.S.I.C, Madrid 1978, p. 3

[4] Ib., p.5

[5] "El  hermano  le llevó a una cámara y después a  otra,  y  con muchas admiraciones le empieça a rogar que no se eche a perder; y que  mire  quánta esperança tiene dél la gente,  y  quánto  puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de  apartarle del buen deseo que tenía" (R,12)

[6] “y llamando a parte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, mas que considerase cuán bien entablado tenía su negocio y cuánto camino tenía andado para alcanzar honra y provecho” (Vida I, III)

[7] El iluminismo español “es una doctrina distinta e independiente del protestantismo. [...] en sentido amplio es un cristianismo interiorizado, un sentimiento vivo de la gracia” Erasmo y España, Marcel Bataillon, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid 1979, p. 167


El triunfo de don Quijote. Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado, Federico Ortés. Copyright © 2002.