CAPÍTULO CUATRO

Amanece y Loyola se aleja del monasterio.  Apenas ha caminado una legua cuando le alcanza un hombre que quiere saber si él había dado sus vestidos de caballero a un pobre.  Se le saltan las lágrimas porque comprenden que su gesto generoso ha provocado injurias y humillaciones al mendigo detenido por robo. Amanece cuando don Quijote sale de la venta y, apenas ha caminado un poco, escucha los lamentos de un joven que está siendo apaleado por su amo que le acusa de perderle el ganado.  Don Quijote libera al muchacho y le hace prometer al amo que le pagará los salarios que le debe.  Cuando se aleja ufano por su buena obra, el labrador incrementa su castigo sobre el muchacho.  Don Quijote conocerá más adelante (QI, 31) que su buena obra tuvo consecuencias nefastas para el pastor.

   Acto seguido don Quijote se topa con unos mercaderes a quienes exige confesar la hermosura de Dulcinea sin verla, parodia del episodio del Relato en el que Loyola se encoleriza con un moro, y está a punto de asestarle una cuchillada, porque pone en duda la virginidad de María después de haber sido madre.   


   Tras  ser armado caballero de Cristo y pasar toda la noche  en vela,  al amanecer Loyola abandona el monasterio de Montserrat  y comienza definitivamente su camino hacia Jerusalén

"se vestió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodilla delante el altar de nuestra Señora; y unas veces desta manera,  y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. Y  en amaneciendo se partió por no ser conocido" (R,18)

   Don  Quijote, una vez finalizadas las ceremonias y sucesos  de la venta, ansía enormemente ("no vio la hora") "verse a caballo y salir  buscando las aventuras", cosa que hace al amanecer

"La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta"

   Amaneciendo o al alba, Loyola y don Quijote se ponen en  camino a la misma hora.   Ambos  han velado armas y se han  vestido [1]  ceremoniosamente como corresponde a la nueva orden que cada uno profesa, Loyola ha renunciado a sus derechos y ha cambiado su indumentaria de caballero por el hábito de peregrino, don Quijote ha dejado su pasiva hidalguía y se ha vestido de caballero.  Los dos tienen un mismo objetivo: ayudar a los meneste­rosos  y desamparados, Loyola con el fin de imitar a los santos y ganar el cielo, don Quijote con el de hacerse caballero y ganar honra y fama.  La nueva personalidad de cada uno ya está definida y los dos van a demostrarlo comportándose ante la realidad no como hasta ahora lo han hecho, sino como los héroes a quienes han decidido imitar. 

   Nada más salir de la venta, y siguiendo los consejos del ventero, don Quijote decide volver a su casa  para proveerse de todo, especialmente de un escudero. En ese camino de vuelta van a sucederle los dos primeros episodios de su carrera como caballero andante, ambos parodia de dos sucesos ocurridos a Loyola tras abandonar su casa.   El primero es el encuentro con el moro, y el segundo el suceso con el pobre vejado, acaecido inmediatamente después de abandonar el monasterio donde ha pasado la noche en vela

"La víspera de nuestra Señora de Marzo en la noche, el año de 22, se  fue  lo más secretamente que pudo a  un  pobre,  y  des­pojándose de todos sus vestidos, los dio a un pobre, y se  vestió de  su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante  el altar  de nuestra Señora; y una veces desta manera, y  otras  en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche.  Y en  amane­ciendo  se partió por no ser conocido, y se fue,  no  el  camino derecho  de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen  y le  honrasen,  mas desvióse a un pueblo, que  se  dice  Manrresa, donde determinaba estar en un hospital algunos días,  y  también notar  algunas cosas en su libro, que llevaba él muy guardado,  y con que iba muy consolado. Y yendo ya una legua de Monserrate, le alcanzo  un hombre, que venía con mucha priesa en pos dél,  y  le preguntó si había él dado unos vestidos a un pobre, como el pobre decía;  y  respondiendo que sí, le saltaron las lágrimas  de  los ojos, de compasión del pobre a quien había dado los vestidos;  de compasión, porque entendió que lo vejaban, pensando que los había hurtado.  Mas por mucho que él huía la estimación, no pudo estar mucho  en  Manrresa  sin que las gentes  dijesen  grandes  cosas, naciendo la opinión de lo de Monserrate; y luego creció la fama a decir más de lo que era: que había dejado tanta renta, etcétera" (R,18)

  Amanece y Loyola se pone en camino, pero apenas ha avanzado una legua  le alcanza un hombre que quiere saber  "si había  él  dado unos  vestidos  a un pobre, como el pobre  decía", y de compasión se  "le  saltaron  las lágrimas de los ojos", porque comprende que su gesto generoso ha provocado  injurias  y humillaciones  al  mendigo [2] .

   Amanece  y  don Quijote sale de la venta con la  intención  de seguir los consejos del ventero y volver a su aldea para proveer­se,  pero   aún  no "había  andado mucho", es decir, alrededor de una legua, cuando oyó unas voces delicadas

"No había  andado mucho cuando le pareció que  a  su  diestra mano,  de la espesura de un bosque que allí estaba,  salían  unas voces delicadas, como de persona que se quejaba"  

   Quien  se  queja  es un pastor de unos quince  años  que  está siendo  azotado por "un labrador de buen talle" que le acusa  de perder cada día una oveja

"y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios  y en mi ánima que miente"

   El  labrador  acusa sin dar posibilidades de  que  don  Quijote escuche al muchacho, que interviene casi al final no para defen­der sus intereses económicos -que son la causa de  la afrenta-, sino para evitar la segunda  injusticia  que, como teme, ocurrirá cuando don Quijote se marche

"Siguióle  el  labrador con los ojos y cuando vio  que  había traspuesto  del bosque y que ya no parecía, volvióse a su  criado Andrés [...] Y asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes que le dejó por muerto"

   Al igual que la intervención de Loyola se convirtió en algo perjudicial para el mendigo, la de don Quijote es fatal para Andrés, pues en cuanto el caballero desaparece, el amo  vuelve contra el muchacho con más furia que antes

"-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desface­dor de agravios, veréis cómo no desface aqueste. Aunque creo  que no  está  acabado de hacer, porque me viene  gana  de desollaros vivo, como vos temíades"

   Cervantes ha realizado una transposición simbólica del núcleo del asunto del Relato, una variación sobre un mismo tema: noche en vela, amanecer, camino, corta distancia, una persona que se queja, otra que le ayuda, y dos decepciones: la de Loyola,  ocurrida unas cuantas horas después de haberle entregado sus ropas al pobre, y la de don Quijote, de cuyo conocimiento no tendrá noticias hasta más adelante pues, según el narrador, se marchó “contentísimo de lo sucedido”,  aunque algunos capítulos más tarde, cuando se entera del auténtico final de su intervención, manifiesta su tremendo desengaño

"Quedó corridísimo  don Quijote del cuento de Andrés,  y  fue menester  que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse,  por no acaballe de correr del todo" (QI, 31)

   En ambos casos, como señala Américo Castro, "todo el asunto gira en torno a si el  caba­llero  puede o no, debe o no, meterse en asuntos ajenos  que  él juzga de su incumbencia"

   Ribadeneyra  versiona  este mismo episodio de forma parecida  en  lo esencial,  aunque aportando, como siempre, cantidad de detalles de su cosecha, e incluso inventando increíbles citas de los pensamien­tos de Loyola

“Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona , se fue con toda priesa a un pueblo que está hacia la montaña, llamado Manresa, tres leguas de Monserrate, cubiertas sus carnes con sólo aquel saco vil y grosero, con su soga ceñido y el bordón en la mano, la cabeza descubierta y el un pie descalzo, que el otro, por haberle aún quedado flaco y tierno de la herida, y hinchársele cada noche la pierna (que por esta causa traía fajada), le pareció necesario llevarle calzado. Apenas había andado una legua de Monserrate, yendo tan gozoso con su nueva librea, que no cabía en sí de placer; cuando a deshora se siente llamar de un hombre que a más andar le seguía. Este le preguntó si era verdad que él hubiese dado sus vestidos ricos a un pobre, que así lo juraba. Y la justicia, pensando que los había hurtado, le había echado en la cárcel. Lo cual, como nuestro Ignacio oyese, demudándose todo y perdiendo la voz, no se pudo contener de lágrimas, diciendo entre Sí: - Ay de ti, pecador, que aun no sabes ni puedes hacer bien a tu prójimo, sin hacerle daño y afrenta. Mas por librar deste peligro al que sin culpa y sin merecerlo estaba en él, en fin confesó que él le había dado aquellos vestidos. Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso para librar al inocente” (Vida I, IV)

  Además de anunciar, como en el Relato, la hora de salida, (“antes que amaneciese”), Ribadeneyra  añade que Loyola se fue “con toda priesa a un pueblo” (en el Relato el hombre “con mucha priesa” no es Loyola sino quien le alcanza) y que “traía fajada” la pierna.  Un detalle esencial que, además de resaltar la contradicción correr-cojera,  refuerza la tradicional teoría que asocia el nombre de don Quijote con los “quixotes”

   La información, inexistente en el Relato, del estado gozoso de Loyola (“yendo  tan gozoso con su nueva librea que no cabía en sí de placer”) es jocosamente utilizada por Cervantes en la apertura del capítulo

“La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento,  tan gallardo, tan alborozado  por  verse  ya armado  caballero, que el gozo le reventaba por las  cinchas del caballo.  Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería"

   Loyola va tan gozoso que no cabe en sí de placer, don Quijote va tan contento que el gozo le reventaba.  Además del contenido, en ambos casos se repite el comparativo “tan” y el vocablo gozo, siendo sustituido el “no cabía en sí” de la Vida por el jocoso “reventaba”.  Y, además, se aclara, como en la Vida,  que  tanto placer se debía al "verse ya armado caballero", es decir "gozoso con su nueva librea" o con su nueva indumentaria y la profesión que simboliza.

   También se especifica que el apaleador era “un labrador de buen talle", probablemente para identificarlo con el alguacil o fuerza del orden que Ribadeneyra ha personalizado en “la justicia”  

   Cervantes se burla de los detalles que, a modo de biografía novelada, va inventando Ribadeneyra sobre los episodios objeto de su parodia, y una vez que nos tiene situados en el capítulo núcleo central de la parodia, acude a expresiones del resto de la Vida, o del Relato

“Y viniéndole a la  memoria de unos pocos de ducados que le debían en casa del duque, le pareció que  sería  bien cobrarlos, para lo cual escribió una  cédula  al tesorero” (R,13)
“Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio” (Vida I, III)

   Las dos expresiones subrayadas se repiten en ambos fragmentos, e incluso dentro de un contexto relacionado con la idea y el momento de prepararse para una nueva forma de vida.

       Don Quijote camina hablando consigo mismo

“-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos.  Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que han menester mi favor y ayuda

   Esta meditación en voz alta, tan del gusto de Ribadeneyra, es prácticamente un pastiche hecho a base de los vocablos y expresiones más abundantes y característicos de la Vida, donde aparecen constantemente agradecimientos a Dios o al cielo por las mercedes recibidas

dando infinitas gracias a la suma y eterna majestad de Dios” (Vida III, I)
“Y después que esto duró un buen rato, se  fue  a hincar  de  rodillas  a una cruz, que estaba allí  cerca,  a  dar gracias  a  Dios” (R, 31)
por la merced tan conocida que V. Señoría Ilustrísima siempre me hace” (Vida, A Quiroga)
las mercedes que nuestro Señor me ha hecho y hace” (Vida III, XI)

   Don Quijote también agradece la premura (“tan presto me pone”) con que el cielo le da oportunidad de cumplir sus deseos

“todo estaba embebido en la ida que pensaba  presto hacer” (R, 12)
“por ganar tiempo para más presto ayudar a las ánimas” (Vida II, I)

y realizarse en su “profesión

“De donde también tuvo origen el renovar de los votos que usa la Compañía antes de la profesión” (Vida II, IV)

     La metáfora del fruto (“coger el fruto de mis buenos deseos”) también se debe a su abundante presencia en la Vida

“Fue grande el fruto que se cogió destos sermones” (Vida II, XIII) 
“y el fruto tan sabroso y copioso que del árbol que él plantaba y regaba con el favor del mismo Señor se había de coger” (Vida V, XI)
“iba nuestro Señor sembrando estos buenos deseos en su ánima” (Vida I, II)

   Finalmente, junto al juego burlesco mantenido con la raíz “menester”, aparece la expresión “favor y ayuda”, otra de las frases que, con diversas variaciones, personificará el estilo del lenguaje de don Quijote, también procedente de la Vida

“les promete tanta gracia que esperen con su favor y ayuda llevar el peso desta vocación” (Vida III, XXI)

    Casi todo el lenguaje de la intervención está, pues, extraído de palabras y expresiones muy frecuentes en la Vida que, al concentrarse en una parrafada, producen esa insólita sensación de locura libresca.

   Por la sencillez del esquema paródico, queda muy claro en este episodio la labor imitativa y el proceso creativo de los distintos autores.  En primer lugar, como indica Leturia en la nota 1, Loyola imita a san Francisco, y se lo cuenta a Gonçalves;  después Ribadeneyra imita al portugués, aunque añadiendo datos de su cosecha;  por último, Cervantes parodia a ambos y acomoda los hechos a una ficción caballeresca.

MERCADERES TOLEDANOS

   Satisfecho de su primera intervención a favor de los menesterosos, don Quijote prosigue su camino de vuelta a casa

"En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y  luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los  caballe­ros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo  muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la  voluntad del  rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue  el irse camino de su caballeriza"

   Esta encrucijada sirve de referente para la aventura de  los mercaderes, inspirada en  un  episodio  del capítulo segundo del Relato

"Pues  yendo por su camino le alcanzó un moro, caballero en  un mulo;  y  yendo hablando los dos, vinieron a  hablar  en  nuestra Señora; y el moro decía, que bien le parecía a él la Virgen haber concebido sin hombre; mas el parir, quedando virgen, no lo  podía creer, dando  para  esto las  causas naturales que a  él  se  le ofrecían.  La  cual  opinión, por muchas razones que  le  dio  el peregrino, no pudo deshacer.  Y así el moro se adelantó con tanta priesa, que le perdió de vista, quedando pensando en lo que había pasado  con  el moro.  Y en esto le vinieron unas  mociones, que hacían  en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no  había hecho  su deber, y también le causan indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dijese tales  cosas de nuestra Señora, y que era obligado volver por  su honra.  Y así le venían deseos de ir a buscar el moro y darle  de puñaladas  por  lo que había dicho; y perseverando  mucho en  el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado  a  hacer.  El moro, que se había adelantado,  le  había dicho  que se iba a un lugar, que estaba un poco adelante en  su mismo  camino,  muy junto del camino real, mas no que  pasase  el camino real por el lugar.
   Y así después de cansado de examinar lo que sería bueno  hacer, no  hallando  cosa cierta a que se determinase, se  determinó  en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta  hasta al lugar donde se dividían los caminos; y que si la  mula  fuese por  el  camino de la villa, él buscaría el moro y  le  daría  de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar.  Y haciéndolo así como pensó, quiso nuestro Señor que, aunque la villa estaba poco más de treinta o cuarenta pasos, y  el  camino que a ella iba era muy ancho y muy bueno,  la  mula tomó el camino real, y dejó el de la villa" (R, 15-16).

   Vuelve a quedar patente la influencia que los libros de caballerías ejercían sobre Loyola,  no sólo por esa arrogante pretensión de imponer un dogma,  sino fundamental­mente  por  el gesto, tan literario, de dejar en  manos  de  la caballería la resolución del conflicto. Loyola atribuye la suerte de no encontrarse con el moro a un designio divino, a la protección que ya entonces le dispensaba "nuestro Señor", y Ribadeneyra lo mismo, aunque distorsionado

“Iba, pues, nuestro Ignacio su camino, como dijimos, hacia Monserrate, y topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España, en los reinos de Valencia y Aragón.  Comenzaron a andar juntos y a trabar plática, y de una en otra vinieron a tratar de la virginidad y pureza de la gloriosísima Virgen nuestra Señora. Concedía el moro que esta bienaventurada Señora había sido virgen antes del parto y en el parto, porque así convenía a la grandeza y majestad de su Hijo; pero decía que no había sido así después del parto, y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio, procurando con todas sus fuerzas desengañar al moro y traerle al conocimiento desta verdad; pero no lo pudo acabar con él, antes se fue adelante el moro, dejándole solo y muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer. Porque no sabía si la fe que profesaba y la piedad cristiana le obligaba a darse priesa tras el moro, y alcanzarle y darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla. Y no es maravilla que un hombre acostumbrado a las armas y a mirar en puntillos de honra, que pareciendo verdadera es falsa, y como tal engaña a muchos, tuviese por afrenta suya y caso de menos valer, que un enemigo de nuestra santa fe se atreviese a hablar en su presencia en deshonra de nuestra soberana Señora.
   Este pensamiento, al parecer piadoso, puso en grande aprieto a nuestro nuevo soldado; y después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la rienda a la cabalgadura en que iba, para que, si ella echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a puñaladas; pero si fuese por el otro camino, le dejase y no hiciese más caso dél. Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio. Y de aquí podemos sacar por qué caminos llevó nuestro Señor a este su siervo, y de qué principios y medios vino a subir a la cumbre de tan alta perfeción. Porque, como dice el bienaventurado san Agustín, las almas capaces de la virtud, como tierras fértiles y lozanas, suelen muchas veces brotar de sí vicios, que son como unas malas yerbas, que dan muestra de las virtudes y frutos que podrían llevar, si fuesen labradas y cultivadas. Como Moisés cuando mató al egipcio  como tierra inculta y por labrar, daba señales (aunque viciosas) de su mucha fertilidad y de la fortaleza natural que tenía para cosas grandes” (Vida I, III)

  Frente a esta amplificación de Ribadeneyra, Cervantes ha realizado una síntesis entre ambos textos

Relato
“hasta al lugar donde se dividían los caminos
Vida
“seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino
Quijote
“llegó a un camino que en cuatro se dividía

    En los tres casos el paralelismo entre las frases se sostiene gracias al “camino” y al verbo dividir, del que Ribadeneyra ha preferido utilizar el sinónimo partir.  Una vez en ese punto, a don Quijote “se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los  caballe­ros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían”

   Cervantes recurre en primer lugar a la costumbre de Loyola de tomar decisiones imaginando [3] lo que harían en circunstancias similares sus santos preferidos, de ahí que don Quijote recuerde “las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar”, tal como vemos a Loyola en el Relato: “cansado de examinar”, es decir, parado y meditando largamente en el lugar donde se dividían los caminos

“Y así después de cansado de examinar lo que sería bueno  hacer, no  hallando  cosa cierta a que se determinase, se  determinó  en esto”  (R )

un lugar al que Ribadeneyra ha llamado encrucijada, y donde igualmente se dice que Loyola estuvo “buen rato pensando”

“después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada” (Vida)

    El narrador insiste en el hecho de la imitación y en el del pensamiento prologando, viniendo a ratificar que, el caballero imitado, es quien pensaba largo rato antes de tomar la decisión, es decir, Loyola: “y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo  muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante”, tal como ratifican de nuevo la utilización del vocablo “rato” y el verbo “pensar” existentes en la Vida.

    Don Quijote, por imitar a los caballeros, toma la misma decisión que Loyola: “soltó la rienda a Rocinante, dejando a la  voluntad del  rocín la suya”, según leemos en el Relato y la Vida

“se determinó en esto, scilicet, de dexar ir a la mula con la rienda suelta” (R )
“y allí soltar la rienda a la cabalgadura” (Vida)

   En los tres casos se utiliza el mismo verbo (soltar) y el mismo sustantivo (rienda), y en los tres se menciona el medio de locomoción: mula-cabalgadura-Rocinante o rocín.

   El narrador, por su cuenta, resalta ese abandono de voluntad (“dejando a la  voluntad del  rocín la suya”) existente, también, en los otros textos y, además, concluye con una irónica matización, pues Roci­nante "siguió su primer intento, que fue irse camino de su caballeriza", con lo que Cervantes devuelve al caballo el protagonismo que el Relato, muy  escuetamente y de forma casi coloquial, atribuye  a  "nuestro Señor", y que Ribadeneyra embarulla envolviéndolo todo en un halo de milagrosa protección.

   Es tal la cantidad de referentes y paralelismos entre los tres textos, que da la sensación de que Cervantes utilizó este episodio, junto a la vela de armas, como clave del nivel más asequible para iniciarse en la comprensión de sus métodos de imitación paródica.  De ahí que casi todos los estudiosos que han establecido relación entre Loyola y don Quijote se hayan apoyado en estas primeras aventuras.  El cuadro refleja el evidente trabajo de imitación.

 

RELATO

VIDA

QUIJOTE

en esto le vinieron

 

En esto […] le vino

camino

camino

Camino

donde se dividían los caminos

hasta una encrucijada, de donde se partía el camino

un camino que en cuatro se dividía

 

hasta una encrucijada, de donde se partía el camino

le vino a la imaginación las encrucijadas

quedando pensando en lo que había pasado  

dejándole solo y muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer

donde los  caballe­ros andantes se ponían a pensar

quedando pensando

 

estuvo un rato quedo

la  mula tomó el camino real

 

cuál camino de aquellos tomarían

cansado de examinar lo que sería bueno  hacer

después de haber buen rato pensado

al cabo de haberlo  muy bien pensado

dejar ir a la mula con la rienda suelta

soltar la rienda a la cabalgadura

soltó la rienda a Rocinante

quiso nuestro Señor… la mula tomó el camino real, y dejó el de la villa

Quiso la bondad divina… que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio

dejando a la  voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue  el irse camino de su caballeriza

 

   Tras esa introducción que sirve de referente para el episodio del moro, don  Quijote  continúa  su camino de vuelta a casa   

"Y  habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote  un grande  tropel  de gente, que, como después se  supo,  eran  unos mercaderes  toledanos  que iban a comprar seda  a Murcia.  Eran seis,  y  venían con sus quitasoles, con otros cuatro  criados  a caballo  y  tres mozos de mulas a pie.  Apenas  los  divisó  don Quijote,  cuando  se imaginó ser cosa de nueva aventura;  y,  por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído  en  sus  libros, le pareció venir allí de  molde  uno  que pensaba hacer.  Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien  en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al  pecho y,  puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que  aquellos caballeros andantes  llegasen, que ya él por tales los  tenía  y juzgaba;  y cuando llegaron a trecho que se pudieron ver  y  oír, levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo:
   -Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que   no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso"

   El  episodio no ocurre por casualidad, sino que es  fruto de la imaginación de don Quijote (“se imaginó”), de su deseo  de imitar, pues ya hemos visto cómo la anterior escena de la encrucijada es puro teatro, él se detuvo para imitar a los caballero (“por imitarlos”), para seguir, como ahora, emulando sus lecturas.

   Cualquiera que se hubiese cruzado con don Quijote tendría  que haber soportado su intromisión, ya que los mercaderes son un simple pretexto para poner en práctica sus pensamientos, pues apenas los divisó “se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros”. Lo mismo que explica Ribadeneyra cuando dice que  a Loyola

“Trujéronle dos libros, uno de la vida de Cristo nuestro Señor  y otro de vidas de Santos, que comúnmente llaman Flos Sanctorum. Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto. Porque esto tienen las cosas buenas, que cuanto más se tratan, más sabrosas son. Y no solamente comenzó a gustar, mas también a trocársele el corazón, y a querer imitar y obrar lo que leía [...]Y juntamente iba cobrando fuerzas y aliento para pelear y luchar de veras, y para imitar al buen Jesús, nuestro Capitán y Señor y a los otros sanctos que, por haberle imitado, merecen ser imitados de nosotros” (Vida I, II)

   La presencia  de los mercaderes toledanos, probablemente  de  dudoso linaje según la mezcla de culturas existentes en esa ciudad, le viene a don Quijote de molde para lo que "pensaba hacer", es decir, rememorar el encuentro de Loyola con el moro. Por eso se coloca ante ellos  exigiéndoles   aceptar una verdad no palpable ni verificable, un dogma de  fe,  como sugiere  esa  insistencia en repetir, hasta  tres  veces,  el inabarcable "todo el mundo"

   La ignorancia y el desinterés de los mercaderes a cerca de Dulcinea es paralela a la del moro respecto al dogma de la virginidad, y su repuesta a Loyola, temeroso de su desfavorable situación histórica [4] , debió ser tan prudente como la de los comerciantes

"-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa  buena señora  que decís; mostrádnosla: que si ella fuere  de  tanta hermosura  como significáis, de buena gana y sin apremio  alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
   -  Si  os la mostrara -replicó don Quijote-,  ¿qué  hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia  está en  que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar  y defender"

 Cervantes transforma la indignación de Loyola contra el moro y su decisión de acuchillarlo por negarse a aceptar el dogma  de la Inmaculada concepción ("mas el parir, quedando virgen, no  lo podía creer") en esa iracunda figura de don Quijote (“las cuales deshacía nuestro Ignacio, procurando con todas sus fuerzas desengañar al moro”) exigiendo "creer, confesar, afirmar, jurar y defender", cinco contundentes infinitivos  que resumen la actitud de Loyola frente al dogma de “nuestra Señora (R)” o “esta bienaventurada Señora (Vida)”, muy sutilmente aludida por los mercaderes (“esa buena señora”).  A la contundencia de don Quijote responden condescendientes los mercaderes (“de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad”), en correspondencia con la actitud del moro (“Concedía el moro”)  dispuesto a admitirlo todo, salvo lo racionalmente inaceptable.

    Por eso don Quijote matiza:  "La importancia está en que sin verla lo habéis de creer", es decir,   lo importante para lograr la igualdad entre el suceso de don Quijote y el de  Loyola es aceptar  sin ver, pues, en definitiva, ese es el meollo dogmático de la aventura.

   En ese sentido, resulta bastante enigmática la respuesta del mercader que, para conformar  a don Quijote, está dispuesto a creer en la beldad de Dulcinea “aunque  su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre”, dos componentes venenosos que, junto al ojo tuerto, sugieren más brujería que belleza,  induciendo a pensar que esos mercaderes están dispuestos a creer  en lo que se les eche, pues en el fondo están comunicándole a don Quijote su buena disposición a aceptar cualquier cosa,  tal como hizo el moro cuando humildemente calla y se adelanta.

   Burlado a continuación por los mercaderes, don Quijote monta en cólera, y en sus  palabras, aparece de nuevo la ambigüedad, pues al  acusarlos de  blasfemos,  les habla como si  hubieran cometido un  sacrilegio contra la religión  y no contra la orden de caballería

"Pero ¡vosotros pagaréis la grande blasfemia que  habéis  dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora!
   Y en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el  que lo había dicho, con tanta furia y enojo,  que si la buena  suerte no  hiciera  que  en  la mitad del  camino  tropezara  y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader.  Cayó  Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y  queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas  y celada, con el peso de las antiguas armas. Y  entre­ tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
   -Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido"

    Según el narrador, el éxito de la aventura se debe al tropie­zo  del caballo,  a la buena suerte, al impedir que la furia de don Quijote caiga sobre el mercader,  de la misma manera que la caballería de  Loyola, al tomar otro camino (por designio divino),  evita las consecuencias del enfrentamiento con el moro. 

  También parece irónica la información del narrador sobre los mercaderes, “que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”, pues con ella  Cervantes introduce una información que se carga de sutileza dentro del lenguaje profundo, ya que ese  “como después se supo” no se refiere a este capítulo del Quijote, donde nada se dice sobre el origen de los mercaderes, sino al libro de Ribadeneyra que, al margen del Relato, añadirá después esa gratuita información (“topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España, en los reinos de Valencia y Aragón”)

      Como siempre, Ribadeneyra carga su información  de moralina dogmática, refiriéndose  al moro como "enemigo de nuestra santa fe",  y defiende su verdad como única: "nuestro Ignacio [procuraba] con todas  sus fuerzas desengañar al moro y traerle al conocimiento desta  ver­dad", por eso don Quijote exige a los toledanos que acaten “una verdad tan notoria” [5]

   Además de estos juegos formales y temáticos, Cervantes demuestra un profundo conocimiento del Relato y la Vida, con aportaciones sicológicas tan extraordinarias como ese ademán “arrogante” con que presenta a don Quijote frente a los mercaderes, en correspondencia al no menos altanero Loyola en su encuentro con el moro.  Arrogancia subrayada y perpetuada por Ribadeneyra en su forma de contar la historia: “que un enemigo de nuestra santa fe se atreviese a hablar en su presencia en deshonra de nuestra soberana Señora”, a lo que burlescamente responden esas exageraciones encomiásticas de don Quijote a Dulcinea: “no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso” 

   La idea de Dulcinea como “Emperatriz de la Mancha” o mujer del Emperador de la Mancha, una irrealidad existente en la imaginación de don Quijote, sólo puede ser admisible desde un punto simbólico-espiritual  dentro del lenguaje profundo, siendo una representación de la Virgen transformada en soberana de Loyola.  A esa lectura colabora el que don Quijote la llame “doncella [6] ”, es decir, virgen, y “sin par”, también intrínseco a la Virgen [7]

   Esas mismas  sensaciones religiosas latentes en todo este capítulo, vuelven a aflorar con la burlona respuesta de uno de los mercaderes

“-Señor caballero –replicó el mercader-, suplico a vuestra merced en nombre de todos  estos príncipes que aquí estamos que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída [...]  que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora”

   Esta respuesta en tono de chacota plantea muy sutilmente el derecho a la libertad religiosa, el problema de conciencia que significa para un árabe aceptar un dogma ajeno.  La mentira también es un cargo de conciencia para ellos, por eso no sólo piden, sino que suplican una mínima justificación, “algún retrato”, algo que les permita aceptarlo.

    Unamuno, en su “Vida de Don Quijote y Sancho”,  se basa fundamentalmente en estos dos episodios del pobre y el moro para relacionar la figura de Loyola con la de don Quijote, precisamente porque son los dos únicos acontecimientos del Relato respetados íntegramente en la Vida.  A través de esos episodios, Unamuno estableció una clarísima relación entre Loyola y don Quijote, aunque no llegó a convencer porque, al desconocer el Relato, careció de  claves esenciales para completar la parodia.

 

 

CAPÍTULO CUATRO

 

RELATO

VIDA

QUIJOTE

“Y en amaneciendo se partió por no ser conocido”

“Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona, se fue con toda priesa”

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta”

 

“yendo ya una legua de Montserrat, le alcanzó un hombre, que venía con mucha priesa en pos de él, y le preguntó si había él dado unos vestidos a un pobre, como el pobre decía; y respondiendo él que sí, le saltaron las lágrimas de los ojos, de compasión del pobre a quien había dado los vestido; de compasión, porque entendió que lo vejaban, pensando que los había hurtado”

Apenas había andado una legua de Monserrat, yendo tan gozoso con su nueva librea, que no cabía en sí de placer; cuando a deshora se siente llamar de un hombre que a más andar le seguía. Este le preguntó si era verdad que él hubiese dado sus vestidos ricos a un pobre, que así lo juraba. la justicia, pensando que los había hurtado, le había echado en la cárcel

 No había  andado mucho", es decir, alrededor de una legua, cuando oyó “unas voces delicadas, como de persona que quejaba

“se  vistió de  su deseado vestido”

“Yendo  tan gozoso con su nueva librea que no cabía en sí de placer

“tan contento,  tan gallardo, tan alborozado  por  verse ya armado  caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo”

“entendió que lo vejaban”

“no sabes ni puedes hacer bien a tu prójimo, sin hacerle daño y afrenta”

“como de persona que se quejaba”

“le saltaron las lágrimas  de  los ojos, de compasión”

“Demudándose todo y perdiendo la voz, no se pudo contener de lágrimas

Quedó corridísimo  don Quijote del cuento de Andrés” (QI, 31)

“Y viniéndole a la  memoria de unos pocos de ducados que le debían en casa del duque, le pareció que  sería  bien cobrarlos”

 

“Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo,

Especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa

     
 

MERCADERES TOLEDANOS

 

cansado de examinar lo que sería bueno  hacer, no  hallando  cosa cierta a que se determinase, se  determinó  en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta  hasta al lugar donde se dividían los caminos

“Después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la rienda a la cabalgadura”

“llegó a un camino que en cuatro se dividía, y  luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los  caballe­ros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo  muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la  voluntad del  rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue  el irse camino de su caballeriza”

 

Querer imitar y obrar lo que leía [...] para imitar al buen Jesús, nuestro Capitán y Señor y a los otros santos que, por haberle imitado, merecen ser imitados de nosotros

“por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros”

“nuestra Señora

esta bienaventurada Señora

esa buena señora”

 

Concedía el moro”

de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad”

 

“Traerle al conocimiento desta ver­dad

“una verdad tan notoria”

 


[1] “Después del momento de la marcha, Ribadeneyra y Cervantes introducen la descripción de los hábitos de los personajes, enumerando los elementos que se confían a sus nuevos estatos: túnica de tela de saco, cinturón de cuerda, bordón como sinónimo de humildad y la voluntad de mortificación de Ignacio, celada construida en casa en el peor de los casos, escudo, lanza que representa la veleidad guerrera de Don Quijote; a pieza descubierta y descalzo uno (pero de un solo pie, por cuidado de la pierna herida), a caballo de Rocinante el otro. Y la simetría entre los dos pasos prosigue, en cuanto, conclusa la descripción externa, los autores sacan a la luz una idéntica condición interior, la felicidad, que evidentemente consiste en la satisfacción de una necesidad íntima y profunda: Ignacio “tan gozoso” (...) que no cabía en sí de plazer”, y Don Quijote que muestra ”grandísimo contento y alborozo”. El santo y el caballero, Corradini, o.c.

[2] Según Leturia, ese comportamiento de Loyola respondía a su deseo de imitar a san Francisco, del que había leído en el Flos Sanctorum una historia semejante: “<<Una vez yendo a Roma en romería, dejó sus vestiduras y tomó otras de un hombre pobre, y estuvo ante la Iglesia de San Pedro entre los pobres, y demandaba y comía como ellos de muy buen corazón así como ellos>> El paralelismo con el cambio de vestidos de Montserrat y con la vida en el hospital de Santa Lucía en Manresa es tan llamativo, que no puede dudarse se refería a él” [2] Leturia, o.c., p. 164.

[3] imaginando lo que  había de  hacer en servicio de una señora” (R, 6) “hallaba consolación, imaginando que el maestro sería Cristo, y  a  uno de los escolares pornía nombre.S. Pedro, y  a  otro  S. Juan” (R, 75) “Y esta imaginación era tan vehemente, que no la podía vencer” (R, 83)

[4] “Toledo, que había sido ejemplo de convivencia y colaboración entre cristianos, musulmanes y judíos, entró en el siglo XV en una época de intolerancia”  José Calvo Poyato, El País de Andalucía, 20-6-2000.

[5] “Pero, con ser así todo lo que aquí habemos dicho, y tan universal y notorio el provecho de los ejercicios, no ha faltado quien ha querido oscurecer esta verdad” (Vida I, VIII)

[6] “Donzella.  La muger moça y por casar [...] y en sinificación rigurosa la que no ha conocido varón” Covarrubias, o.c.

[7] “La expresión sin par aplicada a la mujer procede de la exaltación de la hermosura femenina, propia de la lengua de los cancioneros medievales y libros de caballerías. [...]  La expresión se relaciona con el uso religioso, aplicada a la Virgen María” La Galatea, Miguel de Cervantes, Edición de F. López Estrada y M.T. López García-Berdoy,  Ed. Cátedra, 1995, n. 10. P. 167.


El triunfo de don Quijote. Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado, Federico Ortés. Copyright © 2002.