![]() |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
![]() |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
CAPÍTULO CUATRO Amanece y Loyola se aleja del monasterio. Apenas ha caminado una legua cuando le alcanza un hombre que quiere saber si él había dado sus vestidos de caballero a un pobre. Se le saltan las lágrimas porque comprenden que su gesto generoso ha provocado injurias y humillaciones al mendigo detenido por robo. Amanece cuando don Quijote sale de la venta y, apenas ha caminado un poco, escucha los lamentos de un joven que está siendo apaleado por su amo que le acusa de perderle el ganado. Don Quijote libera al muchacho y le hace prometer al amo que le pagará los salarios que le debe. Cuando se aleja ufano por su buena obra, el labrador incrementa su castigo sobre el muchacho. Don Quijote conocerá más adelante (QI, 31) que su buena obra tuvo consecuencias nefastas para el pastor. Acto seguido don Quijote se topa con unos mercaderes a quienes exige confesar la hermosura de Dulcinea sin verla, parodia del episodio del Relato en el que Loyola se encoleriza con un moro, y está a punto de asestarle una cuchillada, porque pone en duda la virginidad de María después de haber sido madre. Tras ser armado caballero de Cristo y pasar toda la noche en vela, al amanecer Loyola abandona el monasterio de Montserrat y comienza definitivamente su camino hacia Jerusalén
Don Quijote, una vez finalizadas las ceremonias y sucesos de la venta, ansía enormemente ("no vio la hora") "verse a caballo y salir buscando las aventuras", cosa que hace al amanecer
Amaneciendo o al alba, Loyola y don Quijote se ponen en camino a la misma hora. Ambos han velado armas y se han vestido [1] ceremoniosamente como corresponde a la nueva orden que cada uno profesa, Loyola ha renunciado a sus derechos y ha cambiado su indumentaria de caballero por el hábito de peregrino, don Quijote ha dejado su pasiva hidalguía y se ha vestido de caballero. Los dos tienen un mismo objetivo: ayudar a los menesterosos y desamparados, Loyola con el fin de imitar a los santos y ganar el cielo, don Quijote con el de hacerse caballero y ganar honra y fama. La nueva personalidad de cada uno ya está definida y los dos van a demostrarlo comportándose ante la realidad no como hasta ahora lo han hecho, sino como los héroes a quienes han decidido imitar. Nada más salir de la venta, y siguiendo los consejos del ventero, don Quijote decide volver a su casa para proveerse de todo, especialmente de un escudero. En ese camino de vuelta van a sucederle los dos primeros episodios de su carrera como caballero andante, ambos parodia de dos sucesos ocurridos a Loyola tras abandonar su casa. El primero es el encuentro con el moro, y el segundo el suceso con el pobre vejado, acaecido inmediatamente después de abandonar el monasterio donde ha pasado la noche en vela
Amanece y Loyola se pone en camino, pero apenas ha avanzado una legua le alcanza un hombre que quiere saber "si había él dado unos vestidos a un pobre, como el pobre decía", y de compasión se "le saltaron las lágrimas de los ojos", porque comprende que su gesto generoso ha provocado injurias y humillaciones al mendigo [2] . Amanece y don Quijote sale de la venta con la intención de seguir los consejos del ventero y volver a su aldea para proveerse, pero aún no "había andado mucho", es decir, alrededor de una legua, cuando oyó unas voces delicadas
Quien se queja es un pastor de unos quince años que está siendo azotado por "un labrador de buen talle" que le acusa de perder cada día una oveja
El labrador acusa sin dar posibilidades de que don Quijote escuche al muchacho, que interviene casi al final no para defender sus intereses económicos -que son la causa de la afrenta-, sino para evitar la segunda injusticia que, como teme, ocurrirá cuando don Quijote se marche
Al igual que la intervención de Loyola se convirtió en algo perjudicial para el mendigo, la de don Quijote es fatal para Andrés, pues en cuanto el caballero desaparece, el amo vuelve contra el muchacho con más furia que antes
Cervantes ha realizado una transposición simbólica del núcleo del asunto del Relato, una variación sobre un mismo tema: noche en vela, amanecer, camino, corta distancia, una persona que se queja, otra que le ayuda, y dos decepciones: la de Loyola, ocurrida unas cuantas horas después de haberle entregado sus ropas al pobre, y la de don Quijote, de cuyo conocimiento no tendrá noticias hasta más adelante pues, según el narrador, se marchó “contentísimo de lo sucedido”, aunque algunos capítulos más tarde, cuando se entera del auténtico final de su intervención, manifiesta su tremendo desengaño
En ambos casos, como señala Américo Castro, "todo el asunto gira en torno a si el caballero puede o no, debe o no, meterse en asuntos ajenos que él juzga de su incumbencia" Ribadeneyra versiona este mismo episodio de forma parecida en lo esencial, aunque aportando, como siempre, cantidad de detalles de su cosecha, e incluso inventando increíbles citas de los pensamientos de Loyola
Además de anunciar, como en el Relato, la hora de salida, (“antes que amaneciese”), Ribadeneyra añade que Loyola se fue “con toda priesa a un pueblo” (en el Relato el hombre “con mucha priesa” no es Loyola sino quien le alcanza) y que “traía fajada” la pierna. Un detalle esencial que, además de resaltar la contradicción correr-cojera, refuerza la tradicional teoría que asocia el nombre de don Quijote con los “quixotes” La información, inexistente en el Relato, del estado gozoso de Loyola (“yendo tan gozoso con su nueva librea que no cabía en sí de placer”) es jocosamente utilizada por Cervantes en la apertura del capítulo
Loyola va tan gozoso que no cabe en sí de placer, don Quijote va tan contento que el gozo le reventaba. Además del contenido, en ambos casos se repite el comparativo “tan” y el vocablo gozo, siendo sustituido el “no cabía en sí” de la Vida por el jocoso “reventaba”. Y, además, se aclara, como en la Vida, que tanto placer se debía al "verse ya armado caballero", es decir "gozoso con su nueva librea" o con su nueva indumentaria y la profesión que simboliza. También se especifica que el apaleador era “un labrador de buen talle", probablemente para identificarlo con el alguacil o fuerza del orden que Ribadeneyra ha personalizado en “la justicia” Cervantes se burla de los detalles que, a modo de biografía novelada, va inventando Ribadeneyra sobre los episodios objeto de su parodia, y una vez que nos tiene situados en el capítulo núcleo central de la parodia, acude a expresiones del resto de la Vida, o del Relato
Las dos expresiones subrayadas se repiten en ambos fragmentos, e incluso dentro de un contexto relacionado con la idea y el momento de prepararse para una nueva forma de vida. Don Quijote camina hablando consigo mismo
Esta meditación en voz alta, tan del gusto de Ribadeneyra, es prácticamente un pastiche hecho a base de los vocablos y expresiones más abundantes y característicos de la Vida, donde aparecen constantemente agradecimientos a Dios o al cielo por las mercedes recibidas
Don Quijote también agradece la premura (“tan presto me pone”) con que el cielo le da oportunidad de cumplir sus deseos
y realizarse en su “profesión”
La metáfora del fruto (“coger el fruto de mis buenos deseos”) también se debe a su abundante presencia en la Vida
Finalmente, junto al juego burlesco mantenido con la raíz “menester”, aparece la expresión “favor y ayuda”, otra de las frases que, con diversas variaciones, personificará el estilo del lenguaje de don Quijote, también procedente de la Vida
Casi todo el lenguaje de la intervención está, pues, extraído de palabras y expresiones muy frecuentes en la Vida que, al concentrarse en una parrafada, producen esa insólita sensación de locura libresca. Por la sencillez del esquema paródico, queda muy claro en este episodio la labor imitativa y el proceso creativo de los distintos autores. En primer lugar, como indica Leturia en la nota 1, Loyola imita a san Francisco, y se lo cuenta a Gonçalves; después Ribadeneyra imita al portugués, aunque añadiendo datos de su cosecha; por último, Cervantes parodia a ambos y acomoda los hechos a una ficción caballeresca. MERCADERES TOLEDANOS Satisfecho de su primera intervención a favor de los menesterosos, don Quijote prosigue su camino de vuelta a casa
Esta encrucijada sirve de referente para la aventura de los mercaderes, inspirada en un episodio del capítulo segundo del Relato
Vuelve a quedar patente la influencia que los libros de caballerías ejercían sobre Loyola, no sólo por esa arrogante pretensión de imponer un dogma, sino fundamentalmente por el gesto, tan literario, de dejar en manos de la caballería la resolución del conflicto. Loyola atribuye la suerte de no encontrarse con el moro a un designio divino, a la protección que ya entonces le dispensaba "nuestro Señor", y Ribadeneyra lo mismo, aunque distorsionado
Frente a esta amplificación de Ribadeneyra, Cervantes ha realizado una síntesis entre ambos textos
En los tres casos el paralelismo entre las frases se sostiene gracias al “camino” y al verbo dividir, del que Ribadeneyra ha preferido utilizar el sinónimo partir. Una vez en ese punto, a don Quijote “se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían” Cervantes recurre en primer lugar a la costumbre de Loyola de tomar decisiones imaginando [3] lo que harían en circunstancias similares sus santos preferidos, de ahí que don Quijote recuerde “las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar”, tal como vemos a Loyola en el Relato: “cansado de examinar”, es decir, parado y meditando largamente en el lugar donde se dividían los caminos
un lugar al que Ribadeneyra ha llamado encrucijada, y donde igualmente se dice que Loyola estuvo “buen rato pensando”
El narrador insiste en el hecho de la imitación y en el del pensamiento prologando, viniendo a ratificar que, el caballero imitado, es quien pensaba largo rato antes de tomar la decisión, es decir, Loyola: “y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante”, tal como ratifican de nuevo la utilización del vocablo “rato” y el verbo “pensar” existentes en la Vida. Don Quijote, por imitar a los caballeros, toma la misma decisión que Loyola: “soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya”, según leemos en el Relato y la Vida
En los tres casos se utiliza el mismo verbo (soltar) y el mismo sustantivo (rienda), y en los tres se menciona el medio de locomoción: mula-cabalgadura-Rocinante o rocín. El narrador, por su cuenta, resalta ese abandono de voluntad (“dejando a la voluntad del rocín la suya”) existente, también, en los otros textos y, además, concluye con una irónica matización, pues Rocinante "siguió su primer intento, que fue irse camino de su caballeriza", con lo que Cervantes devuelve al caballo el protagonismo que el Relato, muy escuetamente y de forma casi coloquial, atribuye a "nuestro Señor", y que Ribadeneyra embarulla envolviéndolo todo en un halo de milagrosa protección. Es tal la cantidad de referentes y paralelismos entre los tres textos, que da la sensación de que Cervantes utilizó este episodio, junto a la vela de armas, como clave del nivel más asequible para iniciarse en la comprensión de sus métodos de imitación paródica. De ahí que casi todos los estudiosos que han establecido relación entre Loyola y don Quijote se hayan apoyado en estas primeras aventuras. El cuadro refleja el evidente trabajo de imitación.
Tras esa introducción que sirve de referente para el episodio del moro, don Quijote continúa su camino de vuelta a casa
El episodio no ocurre por casualidad, sino que es fruto de la imaginación de don Quijote (“se imaginó”), de su deseo de imitar, pues ya hemos visto cómo la anterior escena de la encrucijada es puro teatro, él se detuvo para imitar a los caballero (“por imitarlos”), para seguir, como ahora, emulando sus lecturas. Cualquiera que se hubiese cruzado con don Quijote tendría que haber soportado su intromisión, ya que los mercaderes son un simple pretexto para poner en práctica sus pensamientos, pues apenas los divisó “se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros”. Lo mismo que explica Ribadeneyra cuando dice que a Loyola
La presencia de los mercaderes toledanos, probablemente de dudoso linaje según la mezcla de culturas existentes en esa ciudad, le viene a don Quijote de molde para lo que "pensaba hacer", es decir, rememorar el encuentro de Loyola con el moro. Por eso se coloca ante ellos exigiéndoles aceptar una verdad no palpable ni verificable, un dogma de fe, como sugiere esa insistencia en repetir, hasta tres veces, el inabarcable "todo el mundo" La ignorancia y el desinterés de los mercaderes a cerca de Dulcinea es paralela a la del moro respecto al dogma de la virginidad, y su repuesta a Loyola, temeroso de su desfavorable situación histórica [4] , debió ser tan prudente como la de los comerciantes
Cervantes transforma la indignación de Loyola contra el moro y su decisión de acuchillarlo por negarse a aceptar el dogma de la Inmaculada concepción ("mas el parir, quedando virgen, no lo podía creer") en esa iracunda figura de don Quijote (“las cuales deshacía nuestro Ignacio, procurando con todas sus fuerzas desengañar al moro”) exigiendo "creer, confesar, afirmar, jurar y defender", cinco contundentes infinitivos que resumen la actitud de Loyola frente al dogma de “nuestra Señora (R)” o “esta bienaventurada Señora (Vida)”, muy sutilmente aludida por los mercaderes (“esa buena señora”). A la contundencia de don Quijote responden condescendientes los mercaderes (“de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad”), en correspondencia con la actitud del moro (“Concedía el moro”) dispuesto a admitirlo todo, salvo lo racionalmente inaceptable. Por eso don Quijote matiza: "La importancia está en que sin verla lo habéis de creer", es decir, lo importante para lograr la igualdad entre el suceso de don Quijote y el de Loyola es aceptar sin ver, pues, en definitiva, ese es el meollo dogmático de la aventura. En ese sentido, resulta bastante enigmática la respuesta del mercader que, para conformar a don Quijote, está dispuesto a creer en la beldad de Dulcinea “aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre”, dos componentes venenosos que, junto al ojo tuerto, sugieren más brujería que belleza, induciendo a pensar que esos mercaderes están dispuestos a creer en lo que se les eche, pues en el fondo están comunicándole a don Quijote su buena disposición a aceptar cualquier cosa, tal como hizo el moro cuando humildemente calla y se adelanta. Burlado a continuación por los mercaderes, don Quijote monta en cólera, y en sus palabras, aparece de nuevo la ambigüedad, pues al acusarlos de blasfemos, les habla como si hubieran cometido un sacrilegio contra la religión y no contra la orden de caballería
Según el narrador, el éxito de la aventura se debe al tropiezo del caballo, a la buena suerte, al impedir que la furia de don Quijote caiga sobre el mercader, de la misma manera que la caballería de Loyola, al tomar otro camino (por designio divino), evita las consecuencias del enfrentamiento con el moro. También parece irónica la información del narrador sobre los mercaderes, “que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”, pues con ella Cervantes introduce una información que se carga de sutileza dentro del lenguaje profundo, ya que ese “como después se supo” no se refiere a este capítulo del Quijote, donde nada se dice sobre el origen de los mercaderes, sino al libro de Ribadeneyra que, al margen del Relato, añadirá después esa gratuita información (“topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España, en los reinos de Valencia y Aragón”) Como siempre, Ribadeneyra carga su información de moralina dogmática, refiriéndose al moro como "enemigo de nuestra santa fe", y defiende su verdad como única: "nuestro Ignacio [procuraba] con todas sus fuerzas desengañar al moro y traerle al conocimiento desta verdad", por eso don Quijote exige a los toledanos que acaten “una verdad tan notoria” [5] Además de estos juegos formales y temáticos, Cervantes demuestra un profundo conocimiento del Relato y la Vida, con aportaciones sicológicas tan extraordinarias como ese ademán “arrogante” con que presenta a don Quijote frente a los mercaderes, en correspondencia al no menos altanero Loyola en su encuentro con el moro. Arrogancia subrayada y perpetuada por Ribadeneyra en su forma de contar la historia: “que un enemigo de nuestra santa fe se atreviese a hablar en su presencia en deshonra de nuestra soberana Señora”, a lo que burlescamente responden esas exageraciones encomiásticas de don Quijote a Dulcinea: “no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso” La idea de Dulcinea como “Emperatriz de la Mancha” o mujer del Emperador de la Mancha, una irrealidad existente en la imaginación de don Quijote, sólo puede ser admisible desde un punto simbólico-espiritual dentro del lenguaje profundo, siendo una representación de la Virgen transformada en soberana de Loyola. A esa lectura colabora el que don Quijote la llame “doncella [6] ”, es decir, virgen, y “sin par”, también intrínseco a la Virgen [7] Esas mismas sensaciones religiosas latentes en todo este capítulo, vuelven a aflorar con la burlona respuesta de uno de los mercaderes
Esta respuesta en tono de chacota plantea muy sutilmente el derecho a la libertad religiosa, el problema de conciencia que significa para un árabe aceptar un dogma ajeno. La mentira también es un cargo de conciencia para ellos, por eso no sólo piden, sino que suplican una mínima justificación, “algún retrato”, algo que les permita aceptarlo. Unamuno, en su “Vida de Don Quijote y Sancho”, se basa fundamentalmente en estos dos episodios del pobre y el moro para relacionar la figura de Loyola con la de don Quijote, precisamente porque son los dos únicos acontecimientos del Relato respetados íntegramente en la Vida. A través de esos episodios, Unamuno estableció una clarísima relación entre Loyola y don Quijote, aunque no llegó a convencer porque, al desconocer el Relato, careció de claves esenciales para completar la parodia.
| PRÓLOGO
| INTRODUCCIÓN | PRIMERA
PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo
I | Cápitulo II | Cápitulo
III | Cápitulo IV | Cápitulo
V | Cápitulo VI | Cápitulo
VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA
PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo
IX | Cápitulo X | Cápitulo
XI | Cápitulo XII | Cápitulo
XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES
| CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS
| [1] “Después del momento de la marcha, Ribadeneyra y Cervantes introducen la descripción de los hábitos de los personajes, enumerando los elementos que se confían a sus nuevos estatos: túnica de tela de saco, cinturón de cuerda, bordón como sinónimo de humildad y la voluntad de mortificación de Ignacio, celada construida en casa en el peor de los casos, escudo, lanza que representa la veleidad guerrera de Don Quijote; a pieza descubierta y descalzo uno (pero de un solo pie, por cuidado de la pierna herida), a caballo de Rocinante el otro. Y la simetría entre los dos pasos prosigue, en cuanto, conclusa la descripción externa, los autores sacan a la luz una idéntica condición interior, la felicidad, que evidentemente consiste en la satisfacción de una necesidad íntima y profunda: Ignacio “tan gozoso” (...) que no cabía en sí de plazer”, y Don Quijote que muestra ”grandísimo contento y alborozo”. El santo y el caballero, Corradini, o.c. [2] Según Leturia, ese comportamiento de Loyola respondía a su deseo de imitar a san Francisco, del que había leído en el Flos Sanctorum una historia semejante: “<<Una vez yendo a Roma en romería, dejó sus vestiduras y tomó otras de un hombre pobre, y estuvo ante la Iglesia de San Pedro entre los pobres, y demandaba y comía como ellos de muy buen corazón así como ellos>> El paralelismo con el cambio de vestidos de Montserrat y con la vida en el hospital de Santa Lucía en Manresa es tan llamativo, que no puede dudarse se refería a él” [2] Leturia, o.c., p. 164. [3] “imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora” (R, 6) “hallaba consolación, imaginando que el maestro sería Cristo, y a uno de los escolares pornía nombre.S. Pedro, y a otro S. Juan” (R, 75) “Y esta imaginación era tan vehemente, que no la podía vencer” (R, 83) [4] “Toledo, que había sido ejemplo de convivencia y colaboración entre cristianos, musulmanes y judíos, entró en el siglo XV en una época de intolerancia” José Calvo Poyato, El País de Andalucía, 20-6-2000. [5] “Pero, con ser así todo lo que aquí habemos dicho, y tan universal y notorio el provecho de los ejercicios, no ha faltado quien ha querido oscurecer esta verdad” (Vida I, VIII) [6] “Donzella. La muger moça y por casar [...] y en sinificación rigurosa la que no ha conocido varón” Covarrubias, o.c. [7] “La expresión sin par aplicada a la mujer procede de la exaltación de la hermosura femenina, propia de la lengua de los cancioneros medievales y libros de caballerías. [...] La expresión se relaciona con el uso religioso, aplicada a la Virgen María” La Galatea, Miguel de Cervantes, Edición de F. López Estrada y M.T. López García-Berdoy, Ed. Cátedra, 1995, n. 10. P. 167.
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||