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CAPÍTULO TRES La vela de armas de don Quijote en el patio de la venta parodia la vela de armas de Loyola en la capilla del monasterio de Montserrat. Uno ante el altar de la Virgen, el otro ante el pilar del patio. En ambos casos la ceremonia transcurre durante la noche. Las molestias que le causan los arrieros parodian las tentaciones que sufre Loyola en Manresa, donde el diablo, en varias ocasiones, le desasosiega su recogimiento. Finalizada la ceremonia de la vela, Loyola abandona Montserrat y don Quijote la venta. Casi al final del capítulo II del Relato aparece uno de sus fragmentos más llamativos
Este apartado 17 es sólo comprensible si se conoce la gran afición de Loyola a los libros de caballerías. Un caso claro de la innegable influencia de esos libros, del deseo de imitarlos en un acto donde las viejas raíces literarias se mezclan con los nuevos ideales. A través de un literario formalismo pretende dejar de ser militar y convertirse en un nuevo religioso. Su intención es, pues, confirmarse en sus propósitos, darles solemnidad, investirse en un acto que separe definitivamente pasado y futuro. Lógicamente esa transformación, a pesar de las intenciones, se realiza de forma progresiva a medida que los nuevos ideales van relegando a los antiguos, de ahí que en este párrafo todavía convivan, prácticamente por última vez, la parafernalia caballeresca con los propósitos religiosos. También se aprecia en este fragmento información sobre el estado anímico de Loyola y sobre su personalidad. Se insiste abundantemente en su costumbre de ir siempre pensando (“como siempre solía” “según su costumbre”) casi obsesionado por sus nuevas ideas religiosas. Es decir, la metamorfosis externa de vestidos y armas va a su vez acompañada de ese vertiginoso cambio en su cabeza: “tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas” En medio de esa efervescencia formal y sicológica están los libros, verdaderos motores de ese entusiasmo idealista que genera un afán de “hazañas” o aventuras. Los de caballerías representados por el Amadís y los aspectos externos (“exteriores”) del comportamiento, los religiosos como guía aleccionadora de su nuevo ideal: “Dada la gran importancia de la lectura en el mundo ignaciano, resulta paradigmático que el inicio de su <<mutación>> quede reflejado por libros representativos de sus dos etapas vitales. Los de caballería ejemplifican la vida mundana que se abandona, mientras que los de santos y la Vida de Cristo indican el nuevo camino. En ambos géneros la literatura proporciona modelos dignos de ser imitados [...] Los autores recalcan este valor ejemplar, mientras que algunos fieles lectores tratan de convertir la ficción en realidad, como auténticos Quijotes <<avant la lettre>>. Es posible que estos procesos de identificación se hayan intensificado con la difusión de los libros impresos que favorecían una lectura más íntima y <<privada>>. En el caso de Ignacio de Loyola, su sensibilidad y su gran capacidad de <<imaginar>> situaciones en la que volcaba su compasión, interpretando la palabra en su sentido etimológico, debieron de contribuir todavía más a una vivencia muy directa de la literatura” [1] En conjunto, puede decirse que ese significativo fragmento del Relato permite una lectura abierta del estado anímico de su protagonista y de su forma de ser y comportarse. Tal vez por eso Ribadeneyra infla su versión de esos mismo sucesos
Lo más destacable en un cotejo con el párrafo del Relato es, como siempre, la doble extensión necesitada para no aportar algo nuevo, con la probable intención de amortiguar, entre tanta palabrería, el hilo anacrónico y extravagante de la ceremonia. En ambos textos se dice lo mismo: que llegó a Montserrat, se confesó, dejó la mula, los vestidos y las armas y que, influenciado por los libros, veló toda la noche. El resto, prácticamente todo lo que no está en negritas, es prosa divinizante, humo de púlpito y propaganda. En ese sentido es muy reveladora la frase “por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación”, pues con ella se pretende desviar de nuestra atención cualquier posible relación entre la ceremonia realizada por Loyola y el ritual pagano-caballeresco [2] . Hay además algunos detalles añadidos que ni siquiera se corresponden con la realidad histórica, sino con el deseo de Ribadeneyra de hacer un libro didáctico disfrazado de biográfico. El monasterio, por ejemplo, no es sólo un nombre como en el Relato, sino un lugar santo, concurrido y donde se producen “continuos milagros”. Un escenario digno y con la espiritualidad apropiada para encontrar un “escogido confesor”. Mientras en el Relato sólo se habla de un confesor, Ribadeneyra, como ya se comentó, añade ese “escogido” que lo modifica sustancialmente. En realidad, su intención es claramente manipular la historia y ofrecernos la imagen de un Loyola maduro y cuyas actuaciones están todas muy meditadas y organizadas dentro de la más estricta ortodoxia. De esas dos versiones del Relato y la Vida sobre los mismo acontecimientos se vale Cervantes para su parodia. Ya al final del capítulo segundo dejó a don Quijote intranquilo (“lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero”), tal como sigue al inicio de este tercero
No se resalta la fatiga física y el hambre que lógicamente debería sentir después de todo un día a caballo, sino la mental, pues está comiendo agobiado (“abrevió”) y obsesionado por sus pensamientos. Cervantes traslada de nuevo a don Quijote ese rasgo de la personalidad de Loyola que hemos visto en el fragmento 17. Es el pensamiento, la idea preconcebida, lo único que le preocupa, llevar a cabo sus propósitos, por eso la cena, a pesar de la necesidad, aparece como un trámite fastidioso. Está, pues, obsesionado y agotado, tal como Ribadeneyra presenta a Loyola
Cervantes repite las dos palabras claves (fatigado-pensamiento) más el verbo decir, insistiendo de ese modo en la caracterización del hombre de acción impulsado por sus ideas, paralela al Loyola que acaba de llegar a Montserrat y sólo le preocupa confirmar definitivamente el inicio de su nueva vida
Llega al monasterio, reza y concierta con el confesor. Don Quijote llega a la venta, cena y se encierra con el ventero. La cena, “venteril y limitada”, ya hemos visto que es un símbolo (curadilla y abadejo) de la oración hecha por Loyola antes de confesarse, de su alimento espiritual previo a la vela. Después llama al ventero, o sea, concierta con él y, tras encerrarse en un lugar apartado como la caballeriza, se hinca de rodillas, dos claros referente externos (intimidad y de rodillas) a la confesión de Loyola.
La confesión de Loyola duró tres días, por eso don Quijote, con un “jamás” que denota duración ilimitada, dice estar dispuesto a no levantarse hasta que se le otorgue un “don”, es decir, lo mismo obtenido por Loyola, pues perdonar los pecados es un “don” del confesor. También se deduce del Relato que Loyola debió obtener un permiso del confesor para poder velar sus armas en la capilla del monasterio, tal como hará don Quijote, aunque antes le augura al ventero grandes beneficios si cumple con sus deseos (“redundará en alabanza vuestra”), aludiendo claramente a las grandes alabanzas dedicadas por Ribadeneyra al confesor de Loyola, de quien dice que era “un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado” y además lo menciona por su nombre (“se llamaba fray Juan Chanones”). Cervantes vuelve a recordar burlonamente las manipulaciones de la Vida, y parodia los elogios de Ribadeneyra con esa promesa de don Quijote. Su segunda predicción (“en pro del género humano”) también parodia información de la Vida, pues de los sacrificios de Loyola, una vez iniciada esa carrera que acaba de propiciar el confesor, nos aprovechamos, según la Vida, todos
Ribadeneyra repite en diversas ocasiones que Dios envió a Loyola como un capitán contra la herejía, es decir, en beneficio o en pro “del género humano”
La escena continúa con don Quijote de rodillas ante el ventero, igual que Loyola ante su confesor, perplejo con el insólito peregrino cuya confesión dura tres días y, además, pretende hacer una ceremoniosa vela de armas. Cervantes ha utilizado la expresión estar confuso, tal vez recalcando esa idea del pensamiento con que se inicia el capítulo y que Ribadeneyra también explica con los mismos vocablos
El ventero, en correspondencia con la absolución del confesor, le otorga a don Quijote un bien espiritual, un “don” o requisito imprescindible para investirse como andante o peregrino
Don Quijote explica cuál ha sido el don concedido: “mañana en aquel día me habéis de armar caballero”. La expresión admite la lectura externa de premura, mañana sin falta, y la interna, evocadora de la imitación de “aquel día” en que Loyola cumplió con todos aquellos requisitos que don Quijote pretende repetir ahora. Sus pasos están, pues, determinados. En los tres libros se repiten casi las mismas expresiones
Don Quijote dice además que lo hará “en la capilla”, tal como implícitamente se deduce del Relato (“delante el altar de nuestra Señora de Montserrate”) o de la Vida (“delante de la imagen de nuestra Señora”). Su deseo es cumplir esos requisitos “para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo”, igual que Loyola desea salir del monasterio para iniciar su viaje hacia Jerusalén. En la Vida se insiste muchas veces en esa labor de apostolado universal de la Compañía, incluso con esas mismas palabras
El objetivo de don Quijote es salir al mundo en busca de aventuras (en el Relato se dice pensando “en las hazañas”) “en pro de los menesterosos”, algo por su puesto implícito en el Relato y la Vida, y que además forma parte de la esencia de la caballería [3] , tal como explica Ribadeneyra
Don Quijote concluye con un arcaísmo (“cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado”) claramente referido a las “hazañas” que desea realizar Loyola: “pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios” Las reacciones de don Quijote y sus propósitos andantescos convencen por fin al ventero de su falta de juicio
El narrador, que en el capítulo anterior tildó al ventero de “no menos ladrón que Caco”, ahora dice que era “un poco socarrón”, calificativo [5] bastante despectivo en su época y que contribuye a forjarnos una imagen distinta a la que, poco a poco, iremos conociendo por sus obras. Hasta ahora parece un hombre bastante simple y capaz de sentir temor ante “máquina de tantos pertrechos”, con un punto de cultura que le permite continuar el romance iniciado por don Quijote y con un gran sentido de la profesionalidad en sus modales y saber estar. Todo, según el narrador, puro teatro para pasar un buen rato a costa del caballero, a quien decide “seguirle el humor” y adularle (“muy acertado”, “natural de los caballeros tan principales” “gallarda presencia”), dándole confianza y mostrándose experto y amante de la caballería. Un juego para no mosquear a don Quijote y que, de nuevo, evoca la realidad soportada por el confesor de Loyola ante la incomoda situación planteada por ese impulsivo peregrino deseoso de imitar a los santos y dispuesto a viajar a Jerusalén sin ninguna provisión, proeza que, según puede leerse en el gran Viaje de Turquía, estaba ya bastante desprestigiada por sus peligros y la afluencia masiva de peregrinos pobres [6] . Es, pues, normal que el confesor tratara de disuadirlo con razonamientos muy parecidos a los del ventero, es decir, acercándose a él con compresión, recordándole que él también fue joven y con ideas aventureras, etc. El hábil ventero utiliza prácticamente el mismo lenguaje que don Quijote, pero con sentido peyorativo y mezclando expresiones que parecen referentes velados a la Iglesia, pues el ventero-confesor se ha “venido a recoger” al castillo-monasterio, donde vive, como los religiosos, “con su hacienda y con las ajenas” y donde recoge a cuantos peregrinos “de cualquiera calidad y condición” llegan dispuestos a compartir bienes. La función del confesor en el monasterio es perdonar a todos y compartir sus bienes, la gracia divina (e incluso los bienes materiales), en pago de su arrepentimiento o “buen deseo”
Vuelven a repetirse palabras propias del Relato y la Vida y también el mismo sentido metafórico de las frases, y la burla del narrador e incluso sus matices erasmistas, pues la capilla “estaba derribada para hacerla de nuevo”, símbolo de la postración en que estaba la Iglesia y que se había propuesto reedificar Loyola. El ventero concede, pues, a don Quijote las mismas peticiones que el confesor a Loyola, salvo ese detalle de la capilla que él mismo ha solucionado con el patio.
Asistidos por el narrador, seguimos escuchando la conversación entre el ventero y don Quijote, que confiesa no llevar “blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído”. Y está en lo cierto, pues en los libros que él realmente imita (“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías”) los caballeros no llevan dineros
Loyola prefiere ir siempre sin dinero y pedir para su sustento, por eso don Quijote va sin “blanca”, una moneda de poquísimo valor y propia de quien, como Loyola, recibe limosna
El confesor debió aconsejar a Loyola que se proveyera de dinero y ropa antes de emprender un viaje tan arriesgado, igual que hace el ventero con don Quijote, en cuya memoria caballeresca no recuerda casos de caballeros que vayan abastecidos. Pero el ventero sí, pues como trasunto del confesor conoce otros muchos caballeros que “llevaban bien herradas las bolsas”, como solía reprocharse a los religiosos. Por supuesto la referencia a los libros (“de que tantos libros están llenos y atestados”) parece dirigida a la literatura hagiográfica. La restante provisión aconsejada a don Quijote también encuentra paralelos en el Relato o la Vida, donde Loyola necesita para curarse unas “unciones y emplastos” similares a las “hilas y ungüentos para curarse” aconsejados a don Quijote
También se le aconseja llevar camisa
Igualmente son alegóricas las heridas en combates de los caballeros (“para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían [7] y salían heridos había quien los curase”), símbolo de las metafóricas heridas de los santos en sus diversos combates contra el mal
El ventero especifica “en los campos y desiertos [8] ”, lugares comunes a la literatura anacoreta, donde lo eremitas solitarios son ayudados en sus peligros por “algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido”. ¿No es en el fondo la descripción paródica de un milagro? Los caballeros-religiosos en campos y desiertos mantienen sus combates espirituales y son constantemente heridos y socorridos por el “amigo” divino (“por el aire”) o por la Virgen “alguna doncella”, tal como dice Ribadeneyra
También habla el ventero de un agua mágica o milagrosa (“de tal virtud”) que en el capítulo 10 se transformará en el famoso bálsamo de Fierabrás. Baste por ahora recurrir de nuevo a las metafóricas palabras de la Vida, donde también aparecen aguas virtuosas con efectos curativos para las heridas
Son aguas milagrosas que curan de repente, tal como especifica (“al punto”) el ventero, “gustando alguna gota della luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas”. En la Vida encontramos diversos ejemplos de ese tipo de curaciones
El valor simbólico dado por Ribadeneyra a las heridas es extensivo a las llagas
Aguas milagrosas, ajenas a cualquier proceso lógico de curación (“como si mal alguno hubiese tenido”) con efectos semejante al de esa mejoría repentina de Juan Coduri al quedar en un día sano de la sarna, enfermedad definida por Covarrubias como “Una especie de lepra” El otro milagro de la visita curativa es también presentado por Ribadeneyra como un suceso súbito. Según él, estando Loyola con calentura, se enteró de que el Maesto Simón se encontraba gravemente enfermo, e inmediatamente se fue a visitarlo a otra ciudad que estaba a una jornada y, en el camino, mientras oraba por la salud del enfermo “le fue certificado que Dios se la daría”
Se han producido dos milagros, el primero una aparición o conversación de “nuestro Señor” con Loyola, al que mientras reza se le certifica que su petición le será otorgada. Sin embargo Ribadeneyra no se atreve a hablar claramente de una aparición, sino que lo deja caer, pues el sentido de “le fue certificado” es que de alguna manera la divinidad le asegura la salud de su compañero. Esta tibia alusión milagrosa queda sin embargo sólidamente ratificada
Es el propio Loyola, gracias a ese estilo directo, quien confirma la naturaleza milagrosa del suceso. Ribadeneyra no se ha atrevido a decir, por temor a la Inquisición, que sea un milagro, pero de las palabras atribuidas a Loyola no puede deducirse otra cosa sino que Dios se lo había comunicado y prometido. Con el segundo milagro se utiliza el mismo procedimiento, dar todos los datos imprescindibles para que la única conclusión posible, aunque él no la certifique plenamente, sea la milagrosa. Loyola llega y encuentra a su compañero muy enfermo en la cama, le echa los brazos, le dice que no debe temer y, tras cerrar comillas, introduce la conclusión: “y así se levantó y estuvo bueno”. No queda claro si sanó de inmediato o se levantó algún tiempo después o si estaba en trance de muerte, ya que todo está escrito con la suficiente ambigüedad para que sin decirse, la única conclusión posible sea la de milagro tipo resurrección de Lázaro. En definitiva, estos caballeros religiosos, además del agua bendita, tienen, como dice el ventero, “algún sabio encantador por amigo” que “al punto” les cura. Que toda la parrafada del ventero está encaminada a esa interpretación lo ratifica otra sutilísima frase: “mas que, en tanto que esto no hubiese”, cuyo significado viene a acomodarse a la realidad de la historia, es decir, nos encontramos en los prolegómenos de la vida peregrina de Loyola y hemos mencionado milagros que no ocurrirán hasta un tiempo después, por eso el ventero le dice que, mientras no lleguen los milagros, será conveniente proveerse de lo necesario para su peregrinación, es decir, dinero y las otras cosas necesarias que llevan los escuderos que acompañan a los caballeros andantes (“proveídos de dineros y de otras cosas necesarias”) Con la misma simbología utiliza Ribadeneyra el verbo proveerse
Encontramos incluso la misma expresión asociada al acto de confesarse
Igual ocurre con otra frase del mismo fragmento (“tuviese por cierto y averiguado que”)
El narrador sigue cargando su información de referentes pertenecientes a la Vida, y continúa
En este párrafo se encuentra el embrión de lo que después será Sancho, cuya aparición se debe a este consejo del ventero inspirado claramente en la futura vida comunitaria de Loyola y sus primeros compañeros
En el capítulo 7 veremos que la aparición de Sancho está ligada a la aparición de esos primeros compañeros-seguidores, tal como aquí sugiere la frase “que era muy rara veces”, dentro de un contexto donde se resalta la importancia del trabajo de grupo, pues el ventero está haciéndole ver a don Quijote la necesidad de que alguien le acompañe, tal vez porque Cervantes piensa que el confesor de Loyola debió decirle algo parecido. En la Vida, relativo también a la fundación de las órdenes religiosas, aparece a su vez otra expresión existente en ese mismo fragmento del Quijote
Las provisiones sugeridas por el ventero son, pues, paralelas a las ya mencionadas en la Vida (“proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos”), es decir, provisiones y armas simbólicas y, por lo tanto, transportables en las sutiles alforjas de la memoria. No obstante, las alforjas forman parte de la iconografía cristiana y representan la religiosidad mendicante [9] , que es el sentido que en varias ocasiones parecen tener en el Quijote. Toda la frase del ventero está impregnada de esa dualidad con el lenguaje profundo, pues a lo largo de la Vida vamos viendo que Loyola era enemigo de llevar dineros o cualquier tipo de objetos impropios de un auténtico peregrino, de ahí que el ventero diga que
El ventero, tal como debió hacer el confesor, está aconsejando a don Quijote sobre lo que debe hacer un buen caballero, justificando como legítimas y necesarias esas humildes pretensiones, y lo hace utilizando otra referencia donde a Loyola se le impone ser menos auténtico de lo que pretendía
Este fragmento pertenece a uno de los capítulos dedicados a los problemas de Loyola en Alcalá con la Inquisición, que le prohibió, entre otras cosas, ir descalzo. De ahí que la utilización del ventero de esa expresión, arrogándose un derecho sobre don Quijote a cuenta de su futuro padrinazgo, sea totalmente cáustica, pues oculta no un consejo, sino el mandamiento imperativo de un sacerdote que pretende imponerse. No obstante, el objetivo de buscar el bienestar espiritual de su ahijado, también se deduce de otra frase de la Vida, donde, además del verbo mandar, se repite la sensación de estar bien (“se sintió libre “) pronosticada por el ventero (“cuán bien”)
Una vez finalizados los consejos, prosigue el narrador desarrollando el concepto de obediencia contenido en esa frase anterior
En Montserrat también se debió de dar orden para que el peregrino pudiese velar sus armas ante el altar. Recordemos la información del Relato
Las mismas acciones y circunstancias se repiten en ambos párrafos, desde el propósito o idea preconcebida de velar las armas, hasta la mayoría de los detalles de la ceremonia, consistente en recoger y colocar las pertenencias delante del altar o pila (también de piedra) para velarlas durante toda la noche, Loyola de rodillas o en pie y con su bordón en la mano, don Quijote paseando con su adarga y lanza. Volvamos ahora a la versión amplificada de Ribadeneyra
Tanto el Relato (“toda una noche”) como la Vida (“toda aquella noche”) especifican que Loyola estuvo velando toda la noche delante del altar. La intención de don Quijote parece ser la misma, pues comienza la ceremonia cuando “comenzaba a cerrar la noche” El cuadro comparativo de coincidencias muestra la intensa relación entre los tres textos
El narrador continúa con la descripción de la vela
Siguiendo el hilo de la parodia, debemos ahora imaginar que a través del confesor debieron saber “todos cuantos estaban” en el monasterio el extraño deseo de Loyola de velar sus armas en la capilla y, lógicamente, la gente acudió a contemplarlo, burlándose a escondidas “de tan estraño género de locura”. Se matiza que a pesar de ser ya noche cerrada había “tanta claridad de luna, que podía competir con el que se la prestaba”. ¿Una referencia al monasterio iluminado con antorchas y velas? o ¿una nueva referencia al resplandeciente párrafo de la Vida?
Como el patio de la venta parodia la capilla del monasterio, la claridad de la luna se corresponde con esa insistente acumulación de vocablos luminosos en torno a la noche de vela. La clave para esta asociación de ideas no sólo la proporciona el contenido paralelo sino especialmente el referente común “buen espacio”, alusivo, por otra parte, al estado de enajenación en que ambos personajes se encuentra, pues don Quijote “ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”, es decir, se encontraba tan arrobado como Loyola ante la luminosa aparición. Vida Quijote
Hay además otros detalles tan definitivos como “novel caballero” (“cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”), repetido por Ribadeneyra en varias ocasiones (“los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo”, etc.) o la constante admiración que causa entre la gente el comportamiento de don Quijote. Mientras él vela las armas, a un arriero “Antojósele” dar de beber a sus bestias
Se trata de una interrupción anómala, de un percance que rompe el recogimiento en que se haya el novel caballero y que, de nuevo, vuelve a ser parodia de lo ocurrido a Loyola en Manresa, donde hacía vida de anacoreta e imitaba las penitencias de sus santos más admirados. Mantenía tremendos ayunos y se pasaba casi todo el día en oración. Es la época de las primeras visiones y tentaciones, y también de dos enfermedades que le ponen a punto de muerte. Sin embargo, todavía es un hombre sin “ningún conocimiento de cosas interiores espirituales”, sus deseos de imitación siguen inclinados hacia lo externo, ignorando la auténtica espiritualidad. De ahí que su objetivo ahora sea desterrar la vanidad y los muchos escrúpulos de su pasado que aún le siguen acosando
En medio de esas visiones, cuando se encuentra con los ojos puestos en Dios, a Loyola le viene un “pensamiento recio que le molestó”, un escrúpulo o remordimiento que lo saca de su concentración. Inmediatamente se explica que era el “enemigo” y que lo venció en esta “primera tentación” y después “quedó quieto”. Más adelante los escrúpulos vuelven a aparecer, y para defenderse de ellos pronuncia una segunda invocación a Dios, pidiéndole socorro para encontrar remedio a sus tormentos. Cervantes ha seguido un esquema semejante: don Quijote extasiado en el patio de la venta (“ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”) es de pronto molestado por el antojo del primer arriero que lo saca de su concentración. En ambos casos se rompe el recogimiento con la presencia antojadiza de la tentación o el arriero, y en ambos los protagonistas reaccionan dando voces, Loyola “le respondió también interiormente con grande fuerza” y don Quijote “en voz alta le dijo”. Además, los dos monólogos comienzan con una invocación, en el Relato “¡O miserable!”, y en el Quijote “¡Oh tú!” El núcleo de la parodia es, pues, la primera tentación de Loyola, el pensamiento recio que él achaca a la presencia “del enemigo” y que Cervantes traduce en el chocante antojo. Hay dos claros referentes en ambos párrafos Relato Quijote
La conclusión entre tanta palabrería es, como ya hemos visto en el Relato, que Loyola estaba atormentado por sus escrúpulos y que, en una primera ocasión, pide ayuda al Señor (“Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas”) y, en una segunda, socorro, (“Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío”). El resto es, como siempre, humo y efectos especiales, palabras vacías puestas incluso en boca de Loyola (“¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo?”), una clara dramatización de lugares comunes de la literatura mística y, por supuesto, pura invención suya, ya que lo único recogido con un poco de fidelidad es la invocación divina para salvar la tentación y la petición de socorro, en definitiva los dos elementos presentes en los tres textos. La indiferencia del arriero (“No se curó el arriero”) y su acción de arrojar las correas se corresponde con la intención de Loyola de exponer al confesor “sus dudas y congojas”
Loyola quería confesar las “razones” de sus dudosos pensamientos, de sus tentaciones, porque no era capaz de “desmarañar destos enredos”, el mismo contenido semántico de lío o embrollo existente en la acción del arriero de trabar las correas y arrojarlas lejos de sí Vida Quijote pensamientos pensamiento razones razones se le ofrecían se le ofrece los ojos los ojos Don Quijote “alzó los ojos al cielo”, un gesto de invocación del socorro divino muy propio de Loyola a lo largo de la Vida [13] . Precisamente, el sutil narrador cuestiona, con un paréntesis explicativo, la incertidumbre de su aseveración, pues él cree que don Quijote dirige su invocación a su dama o señora (“a lo que pareció- en su señora Dulcinea”). No olvidar que, durante la vela de armas en Montserrat, Loyola se encuentra todo el tiempo delante del altar de la Virgen, y que a ella, “nuestra Señora”, encomienda y dirige todas sus miradas (“toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella” (Vida I, IV) Don Quijote, con los ojos al cielo, está pidiendo socorro con una teatralidad similar a la de Loyola, constantemente arrobado, suspenso, mirando al cielo y dirigiéndose a la Virgen como mediadora de sus ruegos. Las tres invocaciones son prácticamente iguales
En los tres caso se habla a voces (“en voz alta le dijo”) y se repite el verbo decir más la invocación de auxilio en estilo directo. Don Quijote utiliza un verbo distinto (“acorredme”) aunque de idéntico contenido y en la misma forma que Ribadeneyra, de quien también imita el posesivo final. La diferencia esencial es el destinatario masculino de los dos primeros y el femenino de don Quijote, de ahí la aclaración del narrador (“a lo que pareció”) justificando esa pequeña diferencia. Acto seguido don Quijote califica el suceso como la “primera afrenta” que se le ofrece, otra apreciación acorde con la aparecida en el Relato (“esta fue la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho”). En general casi toda la palabrería pedante y literaria de don Quijote está extraída de varios fragmentos de la Vida Vida Quijote
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