CAPÍTULO TRES

La vela de armas de don Quijote en el patio de la venta parodia la vela de armas de Loyola en la capilla del monasterio de Montserrat.  Uno ante el altar de la Virgen, el otro ante el pilar del patio. En ambos casos la ceremonia transcurre durante la noche. Las molestias que le causan los arrieros parodian las tentaciones que sufre Loyola en Manresa, donde el diablo, en varias ocasiones, le desasosiega su recogimiento. Finalizada la ceremonia de la vela, Loyola abandona Montserrat y don Quijote la venta.


Casi al final del capítulo II del Relato aparece uno de sus fragmentos más llamativos

"Y  fuese  su camino de Montserrate,  pensando,  como  siempre solía,  en  las hazañas que había de hacer por amor de  Dios.   Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensa­miento  semejantes  a aquellas; y así se determinó de  velar  sus armas  toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos  en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora  de Montserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y  vestirse  las armas de Cristo.  Pues partido de este lugar,  fuese, según  su  costumbre,  pensando en sus propósitos;  y  llegado  a Montserrate, después de hecha oración y concertado con el confe­sor,  se  confesó por escrito generalmente, y duró  la confesión tres  días;  y concertó con el confesor que  mandase  recoger  la mula,  y  que la espada y el puñal colgase en la  iglesia  en  el altar  de nuestra Señora.  Y éste fue el primer hombre  a  quien descubrió  su determinación,  porque hasta  entonces  a ningún confesor lo había descubierto" (R, 17)

   Este apartado 17 es sólo comprensible si se conoce la gran afición de Loyola a los libros de caballerías.  Un caso claro de la innegable influencia de esos libros, del deseo de imitarlos en un acto donde las viejas raíces literarias se mezclan con los nuevos ideales. A través de un literario formalismo pretende dejar de ser  militar y convertirse en un nuevo religioso.  Su intención es, pues, confirmarse en sus propósitos, darles solemnidad, investirse en un acto que separe definitivamente pasado y  futuro. Lógicamente esa transformación, a pesar de las intenciones,  se realiza de forma progresiva a medida que los nuevos ideales van relegando a los antiguos, de ahí que en este párrafo todavía convivan, prácticamente por última vez, la parafernalia caballeresca con los propósitos religiosos.

   También se aprecia en este fragmento información sobre el estado anímico de Loyola y sobre su personalidad.  Se insiste abundantemente en su costumbre de ir siempre pensando (“como siempre solía” “según su costumbre”) casi obsesionado por sus nuevas ideas religiosas.  Es decir, la metamorfosis externa de vestidos y armas va a su vez acompañada de ese vertiginoso cambio en su cabeza: “tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas”

    En medio de esa efervescencia formal y sicológica están los libros,  verdaderos motores de ese entusiasmo idealista que genera un afán de “hazañas” o aventuras.   Los de caballerías representados por el Amadís y los aspectos externos (“exteriores”) del comportamiento, los religiosos como guía aleccionadora de su nuevo ideal:   “Dada la gran importancia de la lectura en el mundo ignaciano, resulta paradigmático que el inicio de su <<mutación>> quede reflejado por libros representativos de sus dos etapas vitales.  Los de caballería ejemplifican la vida mundana que se abandona, mientras que los de santos y la Vida de Cristo indican el nuevo camino.  En ambos géneros la literatura proporciona modelos dignos de ser imitados [...]  Los autores recalcan este valor ejemplar, mientras que algunos fieles lectores tratan de convertir la ficción en realidad, como auténticos Quijotes <<avant la lettre>>.  Es posible que estos procesos de identificación se hayan intensificado con la difusión de los libros impresos que favorecían una lectura más íntima y <<privada>>.  En el  caso de Ignacio de Loyola, su sensibilidad y su gran capacidad de <<imaginar>> situaciones en la que volcaba su compasión, interpretando la palabra en su sentido etimológico, debieron de contribuir todavía más a una vivencia muy directa de la literatura” [1]

   En conjunto, puede decirse que ese significativo fragmento del Relato permite una lectura abierta del estado anímico de su protagonista y de su forma de ser y comportarse.  Tal vez por eso Ribadeneyra infla su versión de esos mismo sucesos

    “Es Montserrate un monasterio de los religiosos de san Benito, una jornada  de Barcelona, lugar de grandísima devoción, dedicado a la Madre de Dios y celebrado en toda la cristiandad por los continuos milagros y por el gran concurso de gentes que de todas partes vienen a él a pedir favores, o hacer gracias de los recibidos, a la santísima Virgen nuestra Señora, que allí es tan señaladamente reverenciada. A este santo lugar llegó nuestro Ignacio, y lo primero que hizo fue buscar un escogido confesor, como enfermo que busca el mejor médico para curarse. Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos . Dejó al monasterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora.
       Corría el año mil quinientos y veintidós, y la víspera de aquel alegre y gloriosísimo día que fue principio de nuestro bien, en el cual el Verbo eterno se vistió de nuestra carne en las entrañas de su santísima madre; y ya de noche, con cuanto secreto pudo, se fue a un hombre pobrecito, andrajoso y remendado, y diole todos sus vestidos, hasta la camisa, y vistióse de aquel su deseado saco que tenía comprado y púsose con mucha devoción delante del altar de la Virgen. Y porque suele nuestro Señor traer los hombres a su conocimiento por las cosas que son semejantes a sus inclinaciones y costumbres, para que por ellas, como por cosas que mejor entienden y de que más gustan, vengan a entender y gustar las que antes no entendían; quiso también que fuese así en nuestro nuevo soldado. El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la enmienda de la vida para adelante” (Vida I, IV)

   Lo más destacable en un cotejo con el párrafo del Relato es, como siempre, la doble extensión necesitada para  no aportar algo nuevo,  con la probable intención de amortiguar, entre tanta palabrería, el hilo anacrónico y extravagante de la ceremonia.   En ambos textos  se dice lo mismo: que llegó a Montserrat, se confesó, dejó la mula,  los vestidos y las armas y que, influenciado por los libros, veló toda la noche.  El resto, prácticamente todo lo que no está en negritas, es prosa divinizante, humo de púlpito y propaganda.   En ese sentido es muy reveladora la frase “por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación”, pues con ella se pretende desviar de nuestra atención cualquier posible relación entre la ceremonia realizada por Loyola y el ritual pagano-caballeresco [2] .

    Hay además algunos detalles añadidos que ni siquiera se corresponden con la realidad histórica, sino con el deseo de Ribadeneyra de hacer un libro didáctico disfrazado de  biográfico. El monasterio, por ejemplo, no es sólo un nombre como en el Relato, sino un lugar santo, concurrido y donde se producen “continuos milagros”.  Un escenario digno y con la espiritualidad apropiada para encontrar un “escogido confesor”.  Mientras en el Relato sólo se habla de un confesor, Ribadeneyra,  como ya se comentó, añade ese “escogido” que lo modifica sustancialmente.  En realidad, su intención es claramente manipular la historia y ofrecernos la imagen de un Loyola maduro y cuyas actuaciones están todas muy meditadas y organizadas dentro de la más estricta ortodoxia.

   De esas dos versiones del Relato y la Vida sobre los mismo acontecimientos se vale Cervantes para su parodia.  Ya al final del capítulo segundo dejó a don Quijote intranquilo (“lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero”), tal como sigue al inicio de este tercero

“Y, así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena;  la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole

   No se resalta la fatiga física y el hambre que lógicamente debería sentir después de todo un día a caballo, sino la mental, pues está comiendo agobiado (“abrevió”) y obsesionado por sus pensamientos.  Cervantes traslada de nuevo a don Quijote ese rasgo de la personalidad de Loyola que hemos visto en el fragmento 17.  Es el pensamiento, la idea preconcebida, lo único que le preocupa, llevar a cabo sus propósitos, por eso la cena, a pesar de la necesidad, aparece como un trámite fastidioso.  Está, pues, obsesionado y agotado, tal como Ribadeneyra presenta a Loyola

    “Otro día, estando muy fatigado y cansado, fue acometido de otro molestísimo pensamiento, que parece que le decía”  (Vida I, VI)

   Cervantes repite las dos palabras claves (fatigado-pensamiento) más el verbo decir, insistiendo de ese modo en la caracterización del hombre de acción impulsado por sus ideas, paralela al Loyola que acaba de llegar a Montserrat y sólo le preocupa confirmar definitivamente el inicio de su nueva vida

“llegado  a Montserrat, después de hecha oración y concertado con el confe­sor,  se  confesó por escrito generalmente, y duró  la confesión tres  días”

      Llega al monasterio, reza y concierta con el confesor.  Don Quijote llega a la venta, cena y se encierra con el ventero.  La cena, “venteril y limitada”, ya hemos visto que es un símbolo (curadilla y abadejo) de la oración hecha por  Loyola antes de confesarse, de su alimento espiritual previo a la vela. 

       Después llama al ventero, o sea, concierta con él  y, tras encerrarse en un lugar apartado como la caballeriza, se hinca de rodillas, dos claros referente externos (intimidad y de rodillas) a la  confesión de Loyola.

   “-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano”

       La confesión de Loyola duró tres días, por eso don Quijote, con un “jamás” que denota duración ilimitada, dice estar dispuesto a no levantarse hasta que se le otorgue un “don”, es decir, lo mismo obtenido por Loyola, pues perdonar los pecados es un “don” del confesor.      

       También se deduce del Relato que Loyola debió obtener un permiso del confesor para poder velar sus armas en la capilla del monasterio, tal como hará don Quijote, aunque antes le augura al ventero grandes beneficios si cumple con sus deseos (“redundará en alabanza vuestra”), aludiendo claramente a las grandes alabanzas dedicadas por Ribadeneyra al confesor de Loyola, de quien dice que era “un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado” y además lo menciona por su nombre (“se llamaba fray Juan Chanones”). Cervantes vuelve a recordar burlonamente las manipulaciones de la Vida, y parodia los elogios de Ribadeneyra con esa promesa de don Quijote.  Su segunda predicción (“en pro del género humano”) también parodia información de la Vida, pues de los sacrificios  de Loyola, una vez iniciada esa carrera que acaba de propiciar el confesor, nos aprovechamos, según la Vida, todos

“Porque no probaba Dios a nuestro B. Padre para sí solamente, mas también para nuestro provecho se hacía aquella tan costosa prueba” (Vida I, VII).

    Ribadeneyra repite en diversas ocasiones que Dios envió a Loyola como un capitán contra la herejía, es decir, en beneficio o en pro “del género humano”

   “El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía”

   La escena continúa con don Quijote de rodillas ante el ventero, igual que Loyola ante su confesor, perplejo con el insólito peregrino cuya confesión dura tres días y, además, pretende hacer una ceremoniosa vela de armas.  Cervantes ha utilizado la expresión estar confuso, tal vez recalcando esa idea del pensamiento con que se inicia el capítulo y que Ribadeneyra también explica con los mismos vocablos

“ Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos” (Vida I, II).

    El ventero, en correspondencia con la absolución del confesor, le otorga a don Quijote un bien espiritual, un “don” o requisito imprescindible para investirse como andante o peregrino

   “-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío –respondió don Quijote-, y así os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado”

   Don Quijote explica cuál ha sido el don  concedido: “mañana en aquel día me habéis de armar caballero”.  La expresión admite la lectura externa de premura, mañana sin falta, y la interna, evocadora de la imitación de “aquel día” en que Loyola cumplió con todos aquellos requisitos que don Quijote pretende repetir ahora. Sus pasos están, pues, determinados. En los tres libros se repiten casi las mismas expresiones

“determinó de  velar  sus armas  toda una noche” R.
“solían velar sus armas [...] toda aquella noche”  Vida.
esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas” Q.

   Don Quijote dice además que lo hará “en la capilla”, tal como implícitamente se deduce del Relato (“delante el altar de nuestra Señora  de Montserrate”) o de la Vida (“delante de la imagen de nuestra Señora”).  Su deseo es cumplir esos requisitos “para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo”, igual que Loyola desea salir del monasterio para iniciar su viaje hacia Jerusalén.  En la Vida se insiste muchas veces en esa labor de apostolado universal de la Compañía, incluso con esas mismas palabras

“Escrebíle en aquella lengua que es común, porque le dirigí a toda nuestra Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo” (Vida, Al cristiano lector)
“y tales son los milagros deste santo varón que son las mudanzas de corazones y vidas que él y sus hijos han hecho en todas las partes del mundo” (Vida, Granada 2)

   El objetivo de don Quijote es salir al mundo en busca de aventuras (en el Relato se dice pensando “en las hazañas”)  “en pro de los menesterosos”, algo por su puesto implícito en el Relato y la Vida, y que además forma parte de la esencia de la caballería [3] , tal como explica Ribadeneyra

“Las religiones de caballería y militares envió Dios nuestro Señor a su Iglesia al tiempo que, por estar ella oprimida de sus enemigos, era menester defenderla con las armas en las manos” (Vida II, XVIII)

   Don Quijote concluye con un arcaísmo (“cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado”) claramente referido a las “hazañas” que desea realizar Loyola: “pensando,  como  siempre solía,  en  las hazañas que había de hacer por amor de  Dios”

   Las reacciones de don Quijote y sus propósitos andantescos convencen por fin al ventero de su falta de juicio

“El ventero, que, como está  dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales [4] como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y finalmente dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo”

   El narrador, que en el capítulo anterior tildó al ventero de “no menos ladrón que Caco”, ahora dice que era “un poco socarrón”, calificativo [5] bastante despectivo en su época y que contribuye a forjarnos una imagen distinta a la que, poco a poco, iremos conociendo por sus obras.  Hasta ahora parece un hombre bastante simple y capaz de sentir temor ante “máquina de tantos pertrechos”,  con un punto de cultura que le permite continuar el romance iniciado por don Quijote y con un gran sentido de la profesionalidad en sus modales y saber estar.  Todo, según el narrador, puro teatro para pasar un buen rato a costa del caballero, a quien decide “seguirle el humor” y adularle (“muy acertado”, “natural de los caballeros tan principales” “gallarda presencia”), dándole confianza y mostrándose experto y amante de la caballería. 

   Un juego para no mosquear a don Quijote y que, de nuevo, evoca  la realidad soportada por el confesor de Loyola ante la incomoda situación planteada por ese impulsivo peregrino deseoso de imitar a los santos y dispuesto a viajar a Jerusalén sin ninguna provisión, proeza que, según puede leerse en el gran Viaje de Turquía, estaba ya bastante desprestigiada por sus peligros y la afluencia masiva de peregrinos pobres [6] .  Es, pues, normal que el confesor tratara de disuadirlo con razonamientos muy parecidos a los del ventero, es decir, acercándose a él con compresión, recordándole que él también fue joven y con ideas aventureras, etc. 

   El hábil ventero utiliza prácticamente el mismo lenguaje que don Quijote, pero con sentido peyorativo y mezclando expresiones que parecen referentes velados a la Iglesia, pues el ventero-confesor se ha “venido a recoger” al castillo-monasterio, donde vive, como los religiosos, “con su hacienda y con las ajenas” y donde recoge a cuantos peregrinos “de cualquiera calidad y condición” llegan dispuestos a compartir bienes. La función del confesor en el monasterio es perdonar a todos y compartir sus bienes, la gracia divina (e incluso los bienes materiales), en pago de su arrepentimiento o “buen deseo”

“Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo,  pero que en caso de necesidad él sabía que se podían velar dondequiera y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo, que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo”

   Vuelven a repetirse palabras propias del Relato y la Vida y también el mismo sentido metafórico de las frases, y la burla del narrador e incluso sus matices erasmistas, pues la capilla “estaba derribada para hacerla de nuevo”,  símbolo de la postración en que estaba la Iglesia y que se había propuesto reedificar Loyola.  El ventero concede, pues, a don Quijote las mismas peticiones que el confesor a Loyola, salvo ese detalle de la capilla que él mismo ha solucionado con el patio.

“Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba, que, puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles, y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia,  porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase”

   Asistidos por el narrador, seguimos escuchando la conversación entre el ventero y don Quijote, que confiesa no llevar “blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído”.  Y está en lo cierto, pues en los libros que él realmente imita (“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías”) los caballeros no llevan dineros

“No porque le pareciese que era pecado tomar o llevar dinero, sino porque no venía bien con la perfeción de su deseo, y desdecía de alguna manera del santo propósito que había hecho de seguir una estremada pobreza en todas las cosas” (Vida I, X).
“y a pie y solo y sin dineros, pidiendo limosna, se fue a Pamplona” (Vida II, V)

   Loyola prefiere ir siempre  sin dinero y pedir para su sustento, por eso don Quijote va sin “blanca”, una moneda de poquísimo valor y propia de quien, como Loyola, recibe limosna

“y como al tiempo de embarcarse le sobrasen algunas cinco o seis blancas, de las que le habían dado de limosna, que había pedido de puerta en puerta” (Vida I, X)
“Entrando deste manera en la ciudad y rodeándola toda pidiendo limosna, no halló quien le diese una blanca ni un bocado de pan” (Vida II, V)

   El confesor debió aconsejar a Loyola que se proveyera de dinero y ropa antes de emprender un viaje tan arriesgado, igual que hace el ventero con don Quijote, en cuya memoria caballeresca no recuerda casos de caballeros que vayan abastecidos.  Pero el ventero sí, pues como trasunto del confesor conoce otros muchos caballeros  que “llevaban bien herradas las bolsas”, como solía reprocharse a los religiosos. Por supuesto la referencia a los libros (“de que tantos libros están llenos y atestados”)  parece dirigida a la literatura hagiográfica. 

   La restante provisión aconsejada a don Quijote también encuentra paralelos en el Relato o la Vida, donde Loyola necesita para curarse unas “unciones y emplastos” similares a las “hilas y ungüentos para curarse” aconsejados a don Quijote

“El encogimiento de la pierna se curó por espacio de muchos días, con muchos remedios de unciones y emplastos” (Vida I, I)

   También se le aconseja llevar camisa

“y ya de noche, con cuanto secreto pudo, se fue a un hombre pobrecito, andrajoso y remendado, y diole todos sus vestidos, hasta la camisa” (Vida I, IV)

   Igualmente son alegóricas las heridas en combates de los caballeros (“para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían [7] y salían heridos había quien los curase”), símbolo de las metafóricas heridas de los santos en sus diversos combates contra el mal

“Estábase todavía nuestro Ignacio tendido en una cama, herido de Dios” (Vida I, II)
“De suerte que a los principios parecían blandos y  halagüeños  y regaladores del apetito sensual; mas sus fines y dejos eran dejar atravesadas y heridas las entrañas” (Vida I, II)

   El ventero especifica “en los campos y desiertos [8] ”,  lugares comunes a la literatura anacoreta, donde lo eremitas solitarios son ayudados en sus peligros por “algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido”.  ¿No es en el fondo la descripción paródica de un milagro? Los caballeros-religiosos en campos y desiertos  mantienen sus combates espirituales y son constantemente heridos y socorridos por el “amigo” divino (“por el aire”) o por la Virgen “alguna doncella”, tal como dice Ribadeneyra

“Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan, tomando por abogada y medianera a su benditísima Madre” (Vida I, III)

  También habla el ventero de un agua mágica o milagrosa (“de tal virtud”) que en el capítulo 10 se transformará en el famoso bálsamo de Fierabrás.  Baste por ahora  recurrir de nuevo a las metafóricas palabras de la Vida, donde también aparecen aguas virtuosas con efectos curativos para las heridas

“buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor” (Vida I, II)
“y que con la señal de la santa cruz y con el agua y cuentas benditas sanaron muchos enfermos” (Vida II, XIX)

   Son aguas milagrosas que curan de repente, tal como especifica (“al punto”) el ventero, “gustando alguna gota della luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas”. En la Vida encontramos diversos ejemplos de ese tipo de curaciones

“y aun el maestro Juan Coduri, que llevaba las piernas cubiertas de sarna, con el trabajo deste día quedó sano” (Vida II, VII)
“Como nuestro B. Padre estando enfermo sanó con su visita al Padre Maestro Simón” (Vida II, XI)

   El valor simbólico dado por Ribadeneyra a las heridas es extensivo a las llagas

“Y con grande desengaño y resolución determinó de sepultar la memoria de los pecados pasados y no tocar más a sus llagas viejas ni tratar dellas en la confesión” (Vida I, VI)

   Aguas milagrosas, ajenas a cualquier proceso lógico de curación (“como si mal alguno hubiese tenido”)  con efectos semejante al de esa mejoría repentina de Juan Coduri al quedar en un día sano de la sarna, enfermedad definida por Covarrubias como “Una especie de lepra” 

   El otro milagro de la visita curativa es también presentado por Ribadeneyra como un suceso súbito.  Según él, estando Loyola con calentura, se enteró de que el Maesto Simón se encontraba gravemente enfermo, e inmediatamente se fue a visitarlo a otra ciudad que estaba a una jornada y, en el camino, mientras oraba por la salud del enfermo “le fue certificado que Dios se la daría

“Como llegó adonde el padre Simón estaba en la cama, hallóle con la fuerza del mal muy consumido y flaco, y echándole los brazos: - No hay de qué temáis (dijo), hermano Simón, que sin duda sanaréis desta ; y así se levantó y estuvo bueno. Esto contó el padre Fabro al padre Laínez cuando tornaron a Vincencia, y el padre Laínez me lo contó a mí , de la manera que he dicho. Y el mismo padre maestro Simón conoció y agradeció y publicó este beneficio que de Dios nuestro Señor, por medio de su siervo Ignacio, había recibido” (Vida II, IX)

  Se han producido dos milagros, el primero una aparición o conversación de “nuestro Señor” con Loyola, al que mientras reza se le certifica que su petición le será otorgada.  Sin embargo Ribadeneyra no se atreve a hablar claramente de una aparición, sino que lo  deja caer, pues el sentido de “le fue certificado” es que de alguna manera la divinidad  le asegura la salud de su compañero.  Esta tibia alusión milagrosa queda sin embargo sólidamente ratificada

“por un rato estuvo puesto en oración, rogando a nuestro Señor por la salud del Maestro Simón; y en la oración fue certificado que Dios se la daría. Levantándose della, dijo al padre Fabro con mucha confianza y alegría: - No hay por qué nos congojemos, hermano Fabro, del mal de Simón, que no morirá desta dolencia que tanto le fatiga”

   Es el propio Loyola, gracias a ese estilo directo, quien confirma la naturaleza milagrosa del suceso.  Ribadeneyra no se ha atrevido a decir, por temor a la Inquisición, que sea un milagro, pero de las palabras atribuidas a Loyola no puede deducirse otra cosa sino que Dios se lo había comunicado y prometido.

    Con el segundo milagro se utiliza el mismo procedimiento, dar todos los datos imprescindibles para que la única conclusión posible, aunque él no la certifique plenamente, sea la milagrosa.  Loyola llega y encuentra a su compañero muy enfermo en la cama, le echa los brazos, le dice que no debe temer y, tras cerrar comillas, introduce la conclusión: “y así se levantó y estuvo bueno”. No queda claro si sanó de inmediato o se levantó algún tiempo después o si estaba en trance de muerte, ya que todo está escrito con la suficiente ambigüedad para que sin decirse, la única conclusión posible sea la de milagro tipo resurrección de Lázaro. 

   En definitiva, estos caballeros religiosos, además del agua bendita, tienen, como dice el ventero, “algún sabio encantador por amigo” que “al punto” les cura.

    Que toda la parrafada del ventero está encaminada a esa interpretación lo ratifica otra sutilísima frase: “mas que, en tanto que esto no hubiese”, cuyo significado viene a acomodarse a la realidad de la historia, es decir, nos encontramos en los prolegómenos de la vida peregrina de Loyola y hemos mencionado milagros que no ocurrirán hasta un tiempo después, por eso el ventero le dice que, mientras no lleguen los milagros, será conveniente proveerse de lo necesario para su peregrinación, es decir, dinero y las otras cosas necesarias que llevan los escuderos que acompañan a los caballeros andantes  (“proveídos de dineros y de otras cosas necesarias”)

    Con la misma simbología utiliza Ribadeneyra el verbo proveerse

“y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” (Vida I, II)

   Encontramos incluso la misma expresión asociada al acto de confesarse

“Que la limosna y caridad que le pedía era solamente que tomase cargo de su conciencia, para regirla y para oír sus pecados y confesarle; que en lo demás él tendría cargo de proveerse de lo necesario, sin darles pesadumbre” (Vida I, XI)
“los proveyeron abundantemente de cama y comida y de las otras cosas necesarias” (Vida I, XV).

   Igual ocurre con otra frase del mismo fragmento (“tuviese por cierto y averiguado que”)

“Y para que no se cansen ni desmayen en esta sagrada y gloriosa milicia, tengan por cierto y averiguado que su capitán está con ellos” (Vida II, XI)

   El narrador sigue cargando su información de referentes pertenecientes a la Vida, y continúa

“y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia,  porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes”

   En este párrafo se encuentra el embrión de lo que después será Sancho, cuya aparición se debe a este consejo del ventero inspirado claramente en la futura vida comunitaria de Loyola y sus primeros compañeros

“Salían dos veces al día a pedir limosna a la ciudad, pero era tan poco el socorro que hallaban, que apenas tornaban a su pobre ermita con tanto pan que les bastase a sustentar la vida. Y cuando hallaban un poquito de aceite o manteca (que era muy raras veces), lo tenían  por muy gran regalo. Quedábase el uno de los compañeros en la ermitilla para mojar los mendrugos de pan duros y mohosos que se traían y para cocerlos en un poco de agua, de  manera que se pudiesen comer” (Vida II, VIII)

   En el capítulo 7 veremos que la aparición de Sancho está ligada a la aparición de esos primeros compañeros-seguidores, tal como aquí sugiere la frase “que era muy rara veces”, dentro de un contexto donde se resalta la importancia del trabajo de grupo, pues el ventero está haciéndole ver a don Quijote la necesidad de que alguien le acompañe, tal vez porque Cervantes piensa que el confesor de Loyola debió decirle algo parecido.  En la Vida, relativo también a la fundación de las órdenes religiosas, aparece a su vez otra expresión existente en ese mismo fragmento del Quijote

“bien se deja entender que en las cosas mayores y de más importancia, como son las fundaciones de las religiones” (Vida II, XVIII)

   Las provisiones sugeridas por el ventero son, pues, paralelas a las ya mencionadas en la Vida (“proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos”), es decir, provisiones y armas simbólicas y, por lo tanto, transportables en las sutiles alforjas de la memoria. No obstante, las alforjas forman parte de la iconografía cristiana y representan  la religiosidad mendicante [9] , que es el sentido que en varias ocasiones parecen tener en el Quijote.

   Toda la frase del ventero está impregnada de esa dualidad con el lenguaje profundo, pues a lo largo de la Vida vamos viendo que Loyola era enemigo de llevar dineros o cualquier tipo de objetos impropios de un auténtico peregrino, de ahí que el ventero diga que

“llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase”

    El ventero, tal como debió hacer el confesor,  está aconsejando a don Quijote sobre lo que debe hacer  un buen caballero, justificando como legítimas y necesarias esas humildes pretensiones, y lo hace utilizando otra referencia donde a Loyola se le impone ser menos auténtico de lo que pretendía

“Desde a pocos días el vicario mandó a Ignacio que no anduviese los pies descalzos, y así como en todo era obedientísimo a quien lo podía mandar, lo fue en esto, y púsose luego zapatos” (Vida I, XIV)

   Este fragmento pertenece a uno de los capítulos dedicados a los problemas de Loyola en Alcalá con la Inquisición, que le prohibió, entre otras cosas, ir descalzo. De ahí que la utilización del ventero de esa expresión, arrogándose un derecho sobre don Quijote a cuenta de su futuro padrinazgo, sea totalmente cáustica, pues oculta no un consejo, sino el mandamiento imperativo de un sacerdote que pretende imponerse.

   No obstante, el objetivo de buscar el  bienestar espiritual de su ahijado, también se deduce de otra frase de la Vida, donde, además del verbo mandar, se repite la sensación de estar bien (“se sintió libre “) pronosticada por el ventero (“cuán bien”)

“Obedeció, pues, llanamente a lo que el confesor le mandó, porque no pareciese que quería tentar a Dios, y aquel día y el siguiente se sintió libre de los escrúpulos” (Vida I, VI)

   Una vez finalizados los consejos, prosigue el narrador desarrollando el concepto de obediencia contenido en esa frase anterior

“Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche

   En Montserrat también se debió de dar orden para que el peregrino pudiese velar sus armas ante el altar.  Recordemos la información del Relato

   “Y  fuese  su camino de Montserrate,  pensando,  como  siempre solía,  en  las hazañas que había de hacer por amor de  Dios.   Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensa­miento  semejantes  a aquellas; y así se determinó de  velar  sus armas  toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos  en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora  de Montserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y  vestirse  las armas de Cristo.  Pues partido de este lugar,  fuese, según  su  costumbre,  pensando en sus propósitos;  y  llegado  a Montserrate, después de hecha oración y concertado con el confe­sor,  se  confesó por escrito generalmente, y duró  la confesión tres  días;  y concertó con el confesor que mandase  recoger  la mula,  y  que la espada y el puñal colgase en la  iglesia  en  el altar  de nuestra Señora.  Y éste fue el primer hombre  a  quien descubrió  su determinación,  porque hasta  entonces  a  ningún confesor lo había descubierto. La víspera de nuestra Señora de Marzo en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dio a un pobre, y se vistió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de nuestra Señora;  y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche.  Y en amaneciendo se partió” (R, 17,18).

   Las mismas acciones y circunstancias se repiten en ambos párrafos, desde el propósito o idea preconcebida de velar las armas, hasta la mayoría de los detalles de la ceremonia, consistente en  recoger y colocar las pertenencias delante del altar o pila (también de piedra) para velarlas durante toda la noche, Loyola de rodillas o en pie y con su bordón en la mano, don Quijote paseando con su adarga y lanza.

   Volvamos ahora a la versión amplificada de Ribadeneyra

      “Dejó al monasterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora [...] El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la enmienda de la vida para adelante” (Vida I, IV)

   Tanto el Relato (“toda una noche”) como la Vida (“toda aquella noche”) especifican que Loyola estuvo velando toda la noche delante del altar. La intención de don Quijote parece ser la misma, pues comienza la ceremonia cuando “comenzaba a cerrar la noche”

   El cuadro comparativo de coincidencias  muestra la intensa relación entre los tres textos

RELATO

VIDA

QUIJOTE

y así se

 

y así, se

velar  sus armas

velar sus armas

velase las armas

toda una noche

toda aquella noche

comenzaba a cerrar la noche

sin sentarse ni acostarse, mas a ratos  en pie y a ratos de rodillas

parte en pie y parte de rodillas

se comenzó a pasear

delante el altar

delante del altar / delante de la imagen

delante de la pila

recoger  la mula

 

recogiéndolas

que la espada y el puñal colgase en la  iglesia  en  el altar  de nuestra Señora

 

las puso sobre una pila

con su bordón en la mano

 

embrazando su adarga, asió de su lanza

   El narrador continúa con la descripción de la vela

   “Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”.

   Siguiendo el hilo de la parodia, debemos ahora imaginar que a través del confesor debieron saber “todos cuantos estaban” en el monasterio el extraño deseo de Loyola de velar sus armas en la capilla  y, lógicamente, la gente acudió a contemplarlo, burlándose a escondidas “de  tan estraño género de locura”.  Se matiza que a pesar de ser ya noche cerrada había “tanta claridad de luna, que podía competir con el que se la prestaba”. ¿Una referencia al monasterio iluminado con antorchas y velas? o ¿una nueva referencia al resplandeciente  párrafo de la Vida?

“Y fue así, que estando él velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Ángeles, que traía en brazos a su preciosísimo Hijo, y con el resplandor de su claridad le alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión” (Vida I, II)

    Como el patio de la venta parodia la capilla del monasterio, la claridad de la luna se corresponde con esa insistente acumulación de vocablos luminosos en torno a la noche de vela.  La clave para esta asociación de ideas no sólo la proporciona el contenido paralelo sino especialmente el referente común “buen espacio”, alusivo, por otra parte, al estado de enajenación en que ambos personajes se encuentra, pues don Quijote “ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”, es decir, se encontraba tan arrobado como Loyola ante la luminosa aparición.

                   Vida                                                                   Quijote

estando él velando                                                       la vela de las armas
una noche                                                                    Acabó de cerrar la noche
con el resplandor de su claridad le alumbraba                con tanta claridad de la luna
duró buen espacio de tiempo                                        sin quitarlos por un buen espacio

   Hay además otros detalles tan definitivos como  “novel caballero” (“cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”),  repetido por Ribadeneyra en varias ocasiones (“los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo”, etc.) o la constante admiración que causa entre la gente el comportamiento de don Quijote. 

   Mientras él vela las armas, a un arriero “Antojósele” dar de beber a sus bestias

Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
     -¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más     
     valeroso andante que jamás se ciñó espada!   Mira lo que haces, y no las toques, si no  
     quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
     No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en 
     salud), antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí.  Lo cual visto por don
     Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento –a lo que pareció- en su señora 
     Dulcinea, dijo:
          -Acorredme,  señora  mía, en esta primera afrenta  que  a  este vuestro avasallado pecho [10] se le ofrece: no me desfallezca [11] en  este primero trance [12] vuestro favor y amparo

   Se trata de una interrupción anómala, de un percance que rompe el recogimiento en que se haya el novel caballero y que,  de nuevo,  vuelve a ser parodia de lo ocurrido a Loyola en Manresa, donde hacía vida de anacoreta e imitaba las penitencias de sus santos más admirados.  Mantenía tremendos ayunos y se pasaba casi todo el día en oración. Es la época de las primeras visiones y tentaciones, y también  de dos enfermedades que le ponen a punto de muerte. Sin embargo, todavía es un hombre sin “ningún conocimiento  de  cosas interiores espirituales”, sus deseos de imitación siguen inclinados hacia lo externo, ignorando la auténtica espiritualidad.  De ahí que su objetivo ahora sea desterrar la vanidad y los muchos escrúpulos de su pasado que aún le siguen acosando

“Hasta este tiempo siempre había perseverado cuasi en  un mesmo  estado  interior con una igualdad grande de  alegría,  sin tener  ningún  conocimiento  de  cosas  interiores espirituales.  Aquestos  días que duraba aquella visión, o algún poco antes  que comenzase (porque ella duró muchos días), le vino un  pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como  si le dijeran dentro del ánima: << ¿Y cómo podrás tu  sufrir esta  vida 70 años que has de vivir? >>  Mas a esto le  respondió también  interiormente con grande fuerza (sintiendo que  era del enemigo):   << ¡O miserable! ¿puédesme tú prometer una  hora  de vida? >>  Y ansí venció la tentación y quedó quieto.  Y esta  fue la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho. [...] A este tiempo estaba el dicho en una cama­rilla,  que  le habían dado los dominicanos en su monasterio,  y perseveraba en sus siete horas de oración de rodillas, levantán­dose  a media noche continuamente, y en todos los más  ejercicios ya dichos; mas en todos ellos no hallaba ningún remedio para  sus escrúpulos,  siendo pasados muchos meses que le atormentaban;  y una  vez,  de muy atribulado dellos, se puso en oración,  con  el fervor  de la  cual comenzó a dar  gritos  a  Dios  vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres,  ni  en ninguna criatura; que si yo pensase  de poderlo hallar,  ningún  trabajo me sería grande.  Muéstrame tú, Señor, dónde lo halle; que aunque sea menester ir en pos de un  perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré >>. (R,20-23).

   En medio de esas visiones, cuando se encuentra con los ojos puestos en Dios, a Loyola le viene un “pensamiento recio que le molestó”, un escrúpulo o remordimiento que lo saca de su concentración. Inmediatamente se explica que era el “enemigo” y que lo venció en esta “primera tentación” y después “quedó quieto”.  Más adelante los escrúpulos vuelven a aparecer, y para defenderse de ellos pronuncia una segunda invocación a Dios, pidiéndole socorro para encontrar remedio a sus tormentos.

   Cervantes ha seguido un esquema semejante: don Quijote  extasiado en el patio de la venta (“ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”) es de pronto molestado por el antojo del primer arriero que lo saca de su concentración. En ambos casos se rompe el recogimiento con la presencia antojadiza de la tentación o el arriero, y en ambos los protagonistas reaccionan dando voces, Loyola “le  respondió también  interiormente con grande fuerza” y don Quijote “en voz alta le dijo”.  Además, los dos monólogos comienzan con una invocación, en el Relato “¡O miserable!”, y en el Quijote “¡Oh tú!”

   El núcleo de la parodia es, pues, la primera tentación de Loyola, el pensamiento recio que él achaca a la presencia “del enemigo” y que Cervantes traduce en el chocante antojo.  Hay dos claros referentes en  ambos  párrafos

               Relato                                                                         Quijote

pensamiento...vida                                                          vida...pensamiento
primera tentación                                                            primero trance        
Veamos la versión de Ribadeneyra   
“Pero entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle a acosar  los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera que se le pasaban las noches y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto; porque aunque era verdad que con toda diligencia y cuidado se había confesado generalmente de sus pecados, pero nuestro Señor, que por esta vía le quería labrar, permitía que muchas veces le remordiese la conciencia y le escarbase el gusano, y dudase: si confesé bien aquello; si declaré bien este; si dije, como se habían de decir, todas las circunstancias; si por dejarme algo de lo que hice, no dije toda la verdad, o si por añadir lo que no hice mentí en la confesión. Con los estímulos destos pensamientos andaba tan afligido, que ni en la oración hallaba descanso, ni con los ayunos y vigilias alivio, ni con las diciplinas y otras penitencias remedio. Antes, derribado con el ímpetu de la tristeza, y desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor, se postraba en el suelo, como sumido y ahogado con las olas y tormentas de la mar, entre las cuales no tenía otra áncora ni otro refugio sino allegarse, como solía, a recibir el santísimo sacramento del altar. Pero algunas veces, cuando quería llegar la boca para tomar el pan de vida, tornaban súbitamente las olas de los escrúpulos con más fuerza, y poderosamente le arrebataban y desviaban de delante del altar donde estaba puesto de rodillas, y entregado del todo a los dolorosos gemidos, soltaba las riendas a las lágrimas copiosas que le venían. Daba voces a Dios y decía: - Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas -. Y otras veces con el apóstol decía: - Triste de mí y desventurado ¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo? - Ofrecíasele a él un remedio, y parecíale que sería el mejor de todos para librarse destos escrúpulos. Este era que su confesor, a quien él tenía por padre y a quien él descubría enteramente todos los secretos y movimientos de su alma, le sosegase y en nombre de Jesu Cristo le mandase no confesase de ahí adelante cosa de su vida pasada. Mas, porque por haber salido dél este remedio temía le hiciese más daño que provecho, no osaba decirle al confesor.
   Habiendo, pues, pasado este trabajo tan cruel algunos días, fue tan grande y recia la tormenta que un día pasó con estos escrúpulos que, como perdido el gobernalle y destituido y desamparado de todo consuelo, se arrojó delante del divino acatamiento en oración, y encendido allí con fervor de la fe, comenzó a dar voces y a decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío; dadme desde allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero, que ni en los hombres ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo. Estadme atento, Señor, y remediadme.  Descubrid, Señor, ese vuestro alegre rostro sobre mi. Y pues sois mi Dios,  mostradme el camino por donde vaya a Vos. Sed Vos, Señor, el que me le déis para que me guíe, que aunque sea un perrillo el que me diéredes por maestro para que pacifique mi desconsolada y afligida alma, yo desde ahora le aceto por mi preceptor y mi guía” (Vida I, VI)

   La conclusión entre tanta palabrería es, como ya hemos visto en el Relato, que Loyola estaba atormentado por sus escrúpulos y que, en una primera ocasión, pide ayuda al Señor (“Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas”) y, en una segunda, socorro, (“Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío”).  El resto es, como siempre, humo y efectos especiales, palabras vacías puestas incluso en boca de Loyola (“¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo?”), una clara dramatización de lugares comunes de la literatura mística y, por supuesto, pura invención suya, ya que lo único recogido con un poco de fidelidad es la invocación divina para salvar la tentación y  la petición de socorro, en definitiva los dos elementos presentes en los tres textos.

    La indiferencia del arriero (“No se curó el arriero”) y su acción de arrojar las correas se corresponde con la intención de Loyola de exponer al confesor “sus dudas y congojas”

“como no se supiese desenvolver por sí mismo ni desmarañar destos enredos y pensamientos tan dudosos, determinóse (como solía hacer en las demás cosas) de proponer sus dudas y congojas al confesor, y decirle las razones que se le ofrecían por la una parte y por la otra, y el deseo tan encendido, que nuestro Señor le daba, de abrazarse con la perfección de la pobreza por su amor, y de hacer en todo lo que fuese más agradable a los ojos de su divina Majestad, y ponerlo todo en sus manos y hacer lo que él le dijese” (Vida I, X).

   Loyola quería confesar las “razones” de sus dudosos pensamientos, de sus tentaciones,  porque no era capaz de “desmarañar destos enredos”, el mismo contenido semántico de lío o embrollo existente en la acción del arriero de trabar las correas y arrojarlas lejos de sí

                        Vida                                                                            Quijote

                        pensamientos                                                           pensamiento

                        razones                                                                     razones

                        se le ofrecían                                                           se le ofrece

                        los ojos                                                                     los ojos

   Don Quijote “alzó los ojos al cielo”, un gesto de invocación del socorro divino muy propio de Loyola a lo largo de la Vida [13] .  Precisamente, el sutil narrador cuestiona, con un paréntesis explicativo, la incertidumbre de su aseveración, pues él cree que don Quijote dirige su invocación a su dama o señora (“a lo que pareció- en su señora Dulcinea”).  No olvidar que, durante la vela de armas en Montserrat, Loyola se encuentra todo el tiempo delante del altar de la Virgen, y que a ella, “nuestra Señora”, encomienda y dirige todas sus miradas (“toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella” (Vida I, IV)

   Don Quijote, con los ojos al cielo, está pidiendo socorro con una teatralidad similar a la de Loyola, constantemente arrobado,  suspenso, mirando al cielo y dirigiéndose a la Virgen como mediadora de sus ruegos. Las tres invocaciones son prácticamente iguales

 “dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor” (R)
decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío” (V)
dijo: -Acorredme,  señora  mía” (Q)

   En los tres caso se habla a voces (“en voz alta le dijo”) y se repite el verbo decir más la invocación de auxilio en estilo directo.  Don Quijote utiliza un verbo distinto (“acorredme”) aunque de idéntico contenido y en la misma forma que Ribadeneyra, de quien también imita el posesivo final.  La  diferencia esencial es el destinatario masculino de los dos primeros y el femenino de don Quijote, de ahí la aclaración del narrador (“a lo que pareció”) justificando esa pequeña diferencia.

   Acto seguido don Quijote califica el suceso como la “primera afrenta”  que se le ofrece, otra apreciación acorde con la aparecida en el Relato (“esta  fue la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho”).  En general casi toda la palabrería pedante y literaria de don Quijote está extraída de varios fragmentos de la Vida

            Vida                                                                                   Quijote                        

sin hacerle daño y afrenta                                              primera afrenta
se le ofrecían                                                               se le ofrece
Librado ya deste peligroso trance (Vida I, I)                     en este primero trance   
fue particular el regalo que su ánima en este trance sintió                              
le ofreció todo favor y amparo (Vida I, XIV)                     favor y amparo

    La imitación exhaustiva es bastante evidente, de un lado el eje paralelo con el Relato, de otro el relleno burlesco a costa de todo el libro de Ribadeneyra, de donde Cervantes realiza una labor constante de acarreo, pues además de esas incrustaciones de vocablos, giros o expresiones, de él también procede parte de ese lenguaje seudo literario utilizado en los monólogos de don Quijote, autodenominándose “vuestro avasallado pecho” en clara referencia a la no menos pedante “desconsolada y afligida alma” o “perdido el gobernalle y destituido y desamparado de todo consuelo, se arrojó delante del divino acatamiento”.  ¿Quién podría pensar que estas frases aisladas pertenecen a una biografía religiosa?  En el Quijote resaltan más porque Cervantes va concentrando en un solo párrafo algunos de los abundantes ripios distribuidos a lo largo de toda la Vida, que a fin de cuentas resulta prácticamente absorbida casi en su totalidad en los muchos capítulos aún por comentar del Quijote.

       Es, pues, patente que casi todos los vocablos arcaicos o empleados con cursilería por don Quijote e incluso por el narrador (atrevimiento, gran trecho, avasallado pecho, desfallezca, trance, favor y amparo) están presentes en la Vida, y no de una forma paródica, sino tratando en vano de mostrar, gracias a ellos, refinamiento expresivo o sentimientos elevados.

   El favor de Dulcinea es igualmente uno de los temas generales del Quijote cuya raíz está no sólo en las varias ocasiones en que Loyola lo solicita de Dios o de la Virgen en el Relato, sino de la forma divinizante con que muchísimas veces aparece en la Vida, sirva de muestra un fragmento (con perdón varias veces repetido) donde aparecen reunidos muchos de los vocablos pronunciados por don Quijote:

“con aquel favor celestial que tuvo (de que arriba dijimos) y con los vivos deseos de agradar a Dios, que el mismo Señor le daba, se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar, poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reyna de los Angeles, virgen y madre de la puridad, hizo voto de castidad en este camino  y ofreció a Cristo nuestro Señor y a su santísima Madre la limpieza de su cuerpo y ánima, con grande devoción y deseo fervoroso de alcanzarla, y alcanzóla tan entera y cumplida, como queda escrito en el segundo capítulo. Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan” (Vida I, III).

   Socorro, favor y amparo, las tres peticiones de don Quijote a Dulcinea, acumuladas y dichas con no menos prosaísmo por Ribadeneyra.

   Tras la invocación de don Quijote vuelve a intervenir el narrador

 “Y diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro [14] que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero”

   La primera afrenta ha sido resuelta con facilidad por don Quijote, que no ha encontrado la más mínima oposición ni respuesta del arriero.  El detalle de alzar la lanza a dos manos también permite asociar la postura de don Quijote con la de Loyola suplicante, con las manos juntas pidiendo a Dios o a la Virgen socorro para vencer su primera tentación.  Lo mismo ocurre con la expresión “le derribó en el suelo”

“Antes, derribado con el ímpetu de la tristeza, y desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor, se postraba en el suelo

   El arriero recibió un golpe tan fuerte en la cabeza, es decir, con tanto ímpetu, “que le derribó en el suelo”, dejándole “desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor”, tal como queda Loyola después de los ataques del enemigo.  El paralelismo semántico y formal se haya además entre “tan grave dolor” y “tan maltrecho”. Lo mismo ocurre con la siguiente frase: “no tuviera necesidad de maestro que le curara”, una clara referencia a las funciones simbólicamente curativas de los  maestros espirituales o confesores  de Loyola.  

“Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío; dadme desde allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero, que ni en los hombres ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo. Estadme atento, Señor, y remediadme.  Descubrid, Señor, ese vuestro alegre rostro sobre mi. Y pues sois mi Dios,  mostradme el camino por donde vaya a Vos. Sed Vos, Señor, el que me le déis para que me guíe, que aunque sea un perrillo el que me diéredes por maestro para que pacifique mi desconsolada y afligida alma, yo desde ahora le aceto por mi preceptor y mi guía”

   Además de repetirse los dos vocablos (“reposo” y “maestro”), se da también un paralelismo de contenido, pues el maestro pacifica, o sea, cura el alma “desconsolada y afligida”, comportándose como el mejor médico para el enfermo. La conexión con el lenguaje profundo se mantiene  gracias al  signo externo (“derribó en el suelo”) y al interno, la indefensión del arriero, que lejos de comportarse como hombre fuerte y pendenciero, parece sólo un espectro turbador de la paz del caballero,  que inmediatamente vuelve a su tarea.

 “Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero”     

   El vocablo reposo nos conduce de nuevo al mismo párrafo donde Loyola desea obtener ayuda divina para poder tranquilizar su espíritu escrupuloso y lleno de dudas, por eso pide “reposo”, lo mismo logrado por don Quijote tras vencer al primer arriero, cuyo cuerpo yacente, en una noche de tanta claridad, pasa inadvertido a un segundo y trasnochado arriero que aparece con la misma intención

“Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado -porque aún estaba aturdido el arriero-, llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro

   Manteniendo  el  paralelismo  con  las  distintas tentaciones de Loyola, Cervantes repite el mismo esquema,  dando entrada ahora a  este segundo arriero  cuyo encontronazo  finaliza con idéntica indefensión y contundencia, aunque con otras dos claras referencias al difícil momento espiritual de Loyola

“En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro  de escuela a un niño, enseñándole; y ora esto fuese  por su rudeza y grueso ingenio, o porque no tenía quien le enseñase, o  por  la firme voluntad que el mismo Dios le  había  dado  para servirle, claramente el juzgaba y siempre ha juzgado que Dios  le trataba desta manera; antes si dudase en esto, pensaría ofender a su  divina  majestad:  y algo desto se puede ver  por  los cinco puntos siguientes.
   Primero. Tenía mucha devoción a la santísima Trinidad, y así hacía cada día oración a las tres personas distintamente.   Y haciendo también a la santísima Trinidad, le venía un pensamien­to,  que cómo hacía 4 oraciones a la Trinidad?  Mas este  pensa­miento, le daba poco o ningún trabajo, como cosa de poca  impor­tancia” (R, 27-28)

   La exagerada apreciación del narrador, “sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro”, toma sentido como alusión a ese intrincado problema de la Trinidad que Loyola tiene en su cabeza y resuelve con “poco o ningún trabajo”.  Como referentes claros están los mismo número en los dos textos (tres y 4) y el mismo pensamiento agobiante y molesto de las tentaciones anteriores, aunque ahora  resuelto fácilmente con “poco o ningún trabajo”, o sea, con la misma facilidad con que don Quijote solventa su encuentro con el segundo arriero, “sin pedir favor a nadie”.  Este sutil juego numérico no es excepcional, como se verá más adelante.

 “Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo:
              -¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está  atendiendo”

   La sucesión de  arrieros que rompen  el recogimiento espiritual de don Quijote parodia, pues, esa misma situación de angustia vivida por Loyola con sus tentaciones.  Cervantes las ha concentrado en ese tiempo de recogimiento durante la vela de armas en el patio, símbolo de Montserrat, donde toda la gente de la venta se asoma, igual que muchos curiosos debieron asomarse a ver al anacrónico peregrino velando armas ante el altar.  La concurrencia de gente es precisamente el retornelo que nos devuelve a la parodia en torno a los sucesos del monasterio

 “Es Montserrate un monasterio de los religiosos de san Benito, una jornada  de Barcelona, lugar de grandísima devoción, dedicado a la Madre de Dios y celebrado en toda la cristiandad por los continuos milagros y por el gran concurso de gentes que de todas partes vienen a él a pedir favores” (Vida I, IV)

   La gente de la venta acudió “Al ruido”, otro matiz sutilísimo de ambiguas interpretaciones,  pues en el lenguaje profundo ese ruido puede entenderse como la admiración causada por la espiritualidad de Loyola o como el temor a su reputación herética.

   Recordemos el ambiente del monasterio, repleto de gente curiosa e interesada en todo lo religioso, un mundillo donde la presencia del rico caballero que cambia sus ropas por las del más humilde peregrino debió servir de comidilla, pues se sabía quién era y probablemente parte de su historia militar, sus hechos heroicos, sus amores por una princesa y el resto de sus renuncias materiales.  Su confesión duró además tres días, en los que comería muy poco.  Lógicamente no pasó desapercibido, y la gente, al ruido, debió sentir curiosidad y asomarse a su vela de armas.

   Lo mismo ocurre en el patio de la venta, con don Quijote puesto en guardia (“embrazó su adarga”) y haciendo otra invocación inspirada en el vocabulario de la Vida, pues de nuevo se dirige a una indefinida “señora”, supuestamente Dulcinea (“¡Oh señora de la fermosura”),  aunque al estar elíptica viene a coincidir con la forma del Relato

“Dejó al monesterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora”.

   Don Quijote está también delante de la pila-altar y se dirige a su “señora” de forma muy religiosa y formal, llamándola “esfuerzo y vigor [15] del debilitado corazón mío”, frase con evidentes resonancias de la Vida y sus afectadas delicadezas, pues Loyola, durante sus primera tentaciones, siente un vigor sobrenatural que le infunde, como a don Quijote, valor y fortaleza para renunciar al mundo

“Y así, aunque era hombre robusto y de grandes fuerzas, a pocos días se enflaqueció y marchitó la fuerza de su antiguo vigor y valentía, y quedó muy debilitado con el rigor de tan áspera penitencia.  Vino con esto a traer a sí los ojos de las gentes, y tras ellos los corazones” (Vida I, V)

   Cervantes ha concentrado en una sola frase cuatro de los vocablos dispersos en Ribadeneyra, dándole a la expresión un tono arcaizante y, evidentemente, paródico.  El resto del párrafo (“Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero”) encuentra su inspiración también en la misma fuente

“Concedía el moro que esta bienaventurada Señora había sido virgen antes del parto y en el parto, porque así convenía a la grandeza y majestad de su Hijo” (Vida I, III)
“herido de la mano de Dios, volvió atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa  
 amistad de que primero estaba cautivo” (Vida V, II)

    Aparecen agrupados todos esos rasgos de la personalidad de Loyola dispersos en la Vida, consiguiendo el efecto de personalidad excéntrica de don Quijote, caracterizada, pues, de retazos formales y de estilo

“¿cómo un hombre sin letras, soldado y metido hasta los ojos en la vanidad del mundo, pudiera juntar gente y hacer compañía y fundar religión y estenderla en tan breve tiempo por todo el mundo con tanto espíritu, y gobernarla con tan grande prudencia y defenderla de tantos encuentros con tanto valor y con tanto fruto de la santa Iglesia y gloria de Dios, si el mismo Dios, no le hubiera trocado y dádole el espíritu, prudencia y esfuerzo que para ello era menester?” (Vida I, VII)

   La frase subrayada resume perfectamente el gusto de Ribadeneyra por simbolizar la lucha religiosa con la militar,  la idea del encuentro, del choque simbólico entre combatientes que tantas veces va a repetir don Quijote.

“Con esto cobró, a su parecer, tanto  ánimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual lo mejor que podía se reparaba con su adarga y no se osaba [16] apartar de la pila por no desamparar [17] las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía”

      El narrador resalta el ánimo, el valor de don Quijote  ante el combate, y lo hace inspirándose en otro fragmento de la Vida

“Pero algunas veces, cuando quería llegar la boca para tomar el pan de vida, tornaban súbitamente las olas de los escrúpulos con más fuerza, y poderosamente le arrebataban y desviaban de delante del altar donde estaba puesto de rodillas, y entregado del todo a los dolorosos gemidos, soltaba las riendas a las lágrimas copiosas que le venían. Daba voces a Dios y decía: - Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas -. Y otras veces con el apóstol decía: - Triste de mí y desventurado ¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo? - Ofrecíasele a él un remedio, y parecíale que sería el mejor de todos para librarse destos escrúpulos. Este era que su confesor, a quien él tenía por padre y a quien él descubría enteramente todos los secretos y movimientos de su alma, le sosegase y en nombre de Jesu Cristo le mandase no confesase de ahí adelante cosa de su vida pasada. Mas, porque por haber salido dél este remedio temía le hiciese más daño que provecho, no osaba decirle al confesor”  (Vida I, VI)

  Las múltiples concomitancias vuelven a ser evidentes

                 Vida                                                                Quijote

            parecíale                                                             a su parecer

            Daba voces                                                          daba voces... las daba

            librarse                                                                se libraría

            todos los                                                              todos los

            no osaba decirle                                                   no se osaba apartar                         

    Además de todas esas coincidencias y los subrayados seudoreligiosos, del fragmento se deduce la confianza en sí mismo ganada por Loyola al ir encontrando “remedio” a sus males, también parodiado por Cervantes con ese “ánimo” insuflado a don Quijote.  No obstante es en el siguiente párrafo, ya bastante comentado, donde se encuentran concentradas varias de las palabras escogidas por Cervantes, junto a un ambiente parecido de lucha contra esa especie de enemigos insustanciales

“Entrando pues, en este palenque nuestro soldado, luchando consigo mismo y combatiendo valerosamente contra el demonio, pasó los cuatro primeros meses con gran paz y sosiego de conciencia y con un mismo tenor de vida y sin entender los engaños y ardides que suele usar el enemigo con quien lidiaba. Aún no había descubierto Satanás sus entradas y salidas, sus acometimientos y fingidas huidas, sus asechanzas y celadas; aún no le había mostrado los dientes de sus tentaciones, ni le había puesto los miedos y espantos que suele a los que de veras entran por el camino de la virtud. Aún no sabía nuestro Ignacio qué cosa era gozar de la luz del consuelo después de haber pasado las horribles tinieblas del desconsuelo y tentación, ni había experimentado la diferencia que hay entre el ánimo alegre y afligido, levantado y abatido, caído y que está en pie, porque no había su corazón pasado por la mudanzas que el hombre espiritual suele pasar y experimentar; cuando un día, estando en el hospital rodeado de pobres y lleno de suciedad y de mugre, le acometió el enemigo con estos pensamientos, diciendo: - Y ¿qué haces tú aquí en esta hediondez y bajeza? ¿Por qué andas tan pobre y tan aviltadamente vestido? ¿No ves que tratando con esta gente tan vil y andando como uno dellos escureces y apocas la nobleza de tu linaje? - Entonces Ignacio llegóse más cerca de los pobres, y comenzó a tratar más amigablemente con ellos, haciendo todo lo contrario de lo que el enemigo le persuadía. El cual desta manera fue vencido.
Otro día, estando muy fatigado y cansado, fue acometido de otro molestísimo pensamiento, que parece que le decía: Y ¿cómo es posible que tú puedas sufrir una vida tan áspera como esta y tan miserable, y peor que de salvajes, setenta años que aún te quedan de vida? - A lo cual respondió: - ¿Por ventura tú, que eso dices, puédesme asegurar sola una hora de vida? ¿No es Dios el que tiene en su mano los momentos y todo el tiempo de nuestra vida? Y setenta años de penitencia ¿qué son, comparados con la eternidad?  Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado, y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan sembrado de espinas y abrojos, como muestra todo lo que hizo y padeció, es señal de la particular misericordia con que el Señor le previno en las bendiciones de su dulcedumbre” (Vida I, VI)

       La metáfora del combate es casi tan constante como en el Quijote, dando además la sensación de que Loyola está tan lunático como él, pues conversa constantemente con el demonio, o consigo mismo, respondiéndole a él o a sus propios pensamientos (“molestísimo pensamiento... respondió”) con unos monólogos en voz alta muy semejantes a los de don Quijote, que vence a los arrieros con la misma facilidad con que, poco a poco, va haciéndolo el ánimo fuerte y generoso de Loyola (“luchando consigo mismo y combatiendo valerosamente”).  Tal es su seguridad que el narrador afirma que “si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás”, frase paralela a la última en negrita del fragmento anterior, donde, además del común “volver atrás”, se imita el sentido de lucha infatigable mantenida en ambos casos.

   ¿No hay en el apedreamiento de don Quijote una probable referencia a castigos de la Iglesia contra sospechosos de herejía? Quizás por eso, él imagina que detrás de todas esas afrentas está el ventero-confesor, a quien identifica como “señor del castillo” y contra quien no puede vengarse por no haber “recebido la orden de caballería”

“-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía [18] .
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían;   y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero”.

   Casi todos esos arcaísmos y la retórica caballeresca son, como siempre, alusiones a la Vida.  Sin embargo, la información sobre el ímpetu de don Quijote, procede del Relato

Llegados a una casería hallaron un grande fuego, y muchos soldados a él, los quales les dieron de comer, y les daban  mucho vino, invitándolos, de manera que parecía que tuviesen intento de escallentalles.  Después los apartaron; poniendo la madre  y  la hija  arriba  en una cámara, y el peregrino con el mozo  en un establo.  Mas cuando vino la media noche, oyó que allá arriba  se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era, halló la  madre y la hija abajo en el patio muy llorosas,  lamentándose que  las querían forzar; A él le vino con esto  un  ímpetu  tan grande, que empezó a gritar, diciendo: << ¿Esto se ha de sufrir?>> y semejantes quejas; las cuales decía  con tanta eficacia,  que quedaron  espantados  todos los de la casa, sin que ninguno  le hiciese mal ninguno"  (R, 38)
    Estos enormes gritos y el "ímpetu tan grande" que enciende  de valor  a  Loyola y que espanta a "todos los de la casa"   se  los atribuye Cervantes a don Quijote durante la afrenta de su vela de armas,  donde  también da gritos "con tanto brío  y  denuedo,  que infundió un terrible temor".  Toda la frase es un claro ejemplo del procedimiento imitativo de Cervantes que, en primer lugar, ha trasvasado al caballero el brío impetuoso de Loyola ante los soldados, una fuerza inmensamente mayor a la suya, y a continuación, para hacerlo identificable, esos claros referentes formales: “decía con tanta eficacia” / “Decía esto con tanto brío y denuedo”, donde además de la expresión “con tanto” más el verbo decir, Cervantes, imitando a Ribadeneyra, añade un doble sinónimo (“brío y denuedo”).  Los paralelismos no finalizan ahí, pues a continuación Cervantes traduce el espanto infundido en “todos los de la casa”, en el “terrible temor” de los que le acometían, es decir, todos los de la venta, pues recordemos que, un poco más arriba, el narrador señaló que “Al ruido acudió toda la gente de la venta”

   Tras el apedreamiento, don Quijote vuelve a su vela “con la misma quietud y sosiego que primero”, de nuevo en paralelo con la calma reinante (“sin que ninguno  le hiciese mal ninguno")  en la “casería” o venta donde ha transcurrido el suceso de Loyola.

   Una vez todo en calma, el ventero acelera la ceremonia

“No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese”

   El tono despectivo atribuido por el ventero a la orden de caballería toma especial relevancia en el lenguaje profundo, donde su opinión sobre la “negra orden” sugiere la asociación de esos dos vocablos con la Compañía, como orden recién fundada

“Para que los que por vocación divina entraren en esta religión entiendan que no son llamados a la orden de Ignacio, sino a la Compañía y sueldo del hijo de Dios” (Vida II, XI)

y tradicionalmente identificada por su indumentaria negra, color que en muchas ocasiones se les atribuye con matiz peyorativo.

“Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna,  pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento.  Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria,  que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote,  que él estaba allí pronto para obedecerle y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese,  porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejaría”

   El narrador vuelve a dar una doble información, por un lado la externa y propia de la parodia caballeresca, y por otro una serie de detalles que permiten la lectura sesgada de dicha información, pues cuando el ventero menciona el “ceremonial de la orden” parece hacer alusión al ceremonial seguido por Loyola, que después de la vela de armas en Montserrat se retiró a una cueva de Manresa para hacer penitencia y vivir en  soledad como un auténtico anacoreta, por eso el ventero piensa que “lo que restaba de hacer “ podía realizarse “en mitad de un campo”.  También los primeros miembros de la Compañía tras jurar sus votos, como se verá en su momento,  se retiraron al campo. El resto de la intervención gira en torno al tiempo transcurrido, si ha sido o no suficiente, pues su intención es abreviar  la ceremonia (“determinó abreviar”)

“ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro”

   Esta aclaración sobre el cumplimiento del tiempo, y la más irónica “Todo se lo creyó don Quijote”,  provoca la sospecha de que  está siendo engañado respecto al número de horas, aunque un análisis  de los acontecimientos demuestra que no existe tal engaño, precisamente  el texto contiene datos suficientes para afirmar que don Quijote sí ha cumplido con el requisito de velar toda la noche, siempre con la intención de hacer coincidir el tiempo de Loyola con el de la parodia.

   La vela se inicia cuando la noche “comenzaba a cerrar”, es decir, cuando estaba llegando a su plenitud, aproximadamente, al final de julio, entre las doce y la una de la madrugada.  Después se añade que don Quijote era observado por la gente de la venta cuando “Acabó de cerrar la noche”.  Y aproximadamente a esa hora (“en esto”) llega el primer arriero, poco después el siguiente, y acto seguido el ventero agobiado y dispuesto a abreviar la ceremonia que, según dice, ya dura cuatro horas, o sea que si empezó sobre la una  ahora deberían ser cerca de las cinco. 

   ¿Ha mentido el ventero?  Parece que no, pues desde la interrupción de la vela todo sucede con extraordinaria celeridad, tanto por voluntad de don Quijote, que desea concluir “con la mayor brevedad”, como por la del ventero, que realiza las ceremonias “de galope y aprisa”.  Por tanto, desde que el ventero le comunica las cuatro horas de vela, todo se precipita para que abandone la venta cuanto antes, cosa ocurrida al amanecer, según se especifica en la primera frase del capítulo siguiente, “La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta”, información que, junto a la del inicio (“comenzaba a cerrar”), sirve por sí sola para acreditar la noche íntegra de duración de la vela, es decir, la coincidencia con el tiempo transcurrido en la ceremonia de Loyola,  que “en amaneciendo” también abandonó el monasterio.

   Don Quijote acepta pues, convencido, la información del ventero (“Todo se lo creyó”), especialmente porque se corresponde con la misma que él tiene y desea imitar, de ahí que inmediatamente se mencione su disposición a obedecer (“él estaba allí pronto para obedecerle”), tal como hace Loyola tras escuchar los consejos de su confesor

“y aunque él se hallaba con fuerzas todavía obedesció al confesor” (R,25)
Obedeció, pues, llanamente a lo que el confesor le mandó, porque no pareciese que quería tentar a Dios” (Vida I, VI)

   Temeroso de que la pelea se reanude, el ventero se apresura  a finalizar la ceremonia

"Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un  libro donde  asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y  con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas,  se  vino adonde don Quijote estaba,  al  cual  mandó hincar  de rodillas;  y, leyendo en su manual, como  que  decía alguna  devota  oración, en mitad de la leyenda alzó la  mano  y diole  sobre  el cuello un buen golpe, y tras él,  con  su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre  dientes, como que rezaba.  Hecho esto, mandó a una de aquellas damas  que le  ciñese  la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura  y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de  risa a  cada punto de las ceremonias; pero las proezas que  ya  habían visto del novel caballero les tenían la risa a raya.  Al ceñirle la espada dijo la buena señora:   -Dios  haga  a vuestra merced muy venturoso caballero y  le  dé ventura en lides"

   El posible temor del confesor a que Loyola creara problemas en el monasterio es interpretado por Cervantes como el miedo del ventero a nuevos estropicios. Es decir, el confesor, conocedor de las habladurías provocadas por este caballero tan principal y destaca­do, desea que desaparezca lo antes posible, y se apresura a que Loyola cumpla cuanto antes con su vela de armas. Por eso el ventero se inventa rápidamente una ceremonia con la  que Cervantes parodia la liturgia eclesiástica ("siempre  murmurando  entre dientes") de una Iglesia que basa su espiritualidad en miméticas oraciones ("como  que rezaba") y que asienta la doctrina dada  a sus feligreses  sobre libros con mucha paja y poco contenido (“un  libro donde  asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros”)

   La risa disimulada con  que se ejecuta la ceremonia no es menor que la provocada  por la astucia de Cervantes, que cierra la  frase  con otra ingeniosa alusión

“pero las proezas que  ya  habían visto del novel caballero les tenían la risa a raya.  Al ceñirle la espada dijo la buena señora: 
               -Dios  haga  a vuestra merced muy venturoso caballero y  le  dé ventura en lides".

parodia del deseo de otra señora que, según el Relato, espera que a Loyola se  le aparezca Cristo

"Había  en Manresa en aquel tiempo una mujer de muchos días  y muy antigua también en ser sierva de Dios, y conocida por tal  en muchas  partes  de España; tanto, que el Rey católico  la  había llamado  una vez para comunicalle algunas  cosas.   Esta mujer, tratando un  día con el nuevo soldado de Cristo, le  dijo:  <<O! plega a mi Señor Jesu Cristo que os quiera aparecer un día>>"  (R,21)

   La referencia temática es el común deseo de las señoras de  que ambos caballeros alcancen la máxima ventura en sus empresas, y la formal,  la  manera  como se les menciona,  "novel caballero"  y "nuevo soldado de Cristo", además del tratamiento de vos, también muy empleado por Ribadeneyra, al que ya hemos visto referirse a Loyola como “caballero novel”

   Más curiosa es la referencia “con mucha desenvoltura  y discreción”, procedente de otro fragmento de la Vida

“Y  como  algunos soldados y centinela le vieron en aquel traje y figura, creyendo que fuese espía de los enemigos, echaron mano dél y lleváronle a una casilla cerca de la puerta del pueblo, y allí con palabras blandas y halagüeñas quisieron sacar dél quien era. Después, como no hallaron lo que querían, comenzáronle a escudriñar y a tentar con mucha desenvoltura y poca vergüenza, hasta desnudarle y quitarle los zapatos y ropilla que traía, por ver si hallarían alguna carta o rastro de lo que sospechaban; pero en fin quedaron burlados, y amenazándole le dijeron que fuese delante del capitán, que a puros tormentos le harían confesar la verdad; y así, desnudo, con sólo el jubón y zaragüelles, le llevaron por tres grandes calles delante del capitán, con mucha alegría y regocijo de su ánima” (Vida I, XII)

    Loyola es toqueteado por los soldados “con mucha desenvoltura y poca vergüenza”, y a don Quijote “una de aquellas damas” de la venta le ciñe la espada “con mucha desenvoltura y discreción”.  En ambos casos se trata de acercamientos corporales que permiten la burla obscena, pero mientras, según Ribadeneyra, los soldados estuvieron bordeándole a Loyola, según Cervantes, las rameras no se propasaron con don Quijote.    Sin lugar a dudas se trata de una nueva manera de llamar la atención sobre lo que hoy llamaríamos la mente calenturienta de Ribadeneyra, pues en el Relato, su única fuente al respecto, no existe desenvoltura ni sinvergonzonería, sino simplemente el trabajo celoso de unos soldados desconfiados

“Mas cuando fue a puesta de sol, llegó a un pueblo cercado, y las guardas le cogieron luego, pensando que fuese espía; y metiéndole en una casilla junto a la puerta, le empezaron a examinar, como se suele hacer cuando hay sospecha; y respondiendo a todas las preguntas que no sabía nada. Y le desnudaron, y hasta los zapatos le escudriñaron, y todas las partes del cuerpo, para ver si llevaba alguna letra. Y no pudiendo saber nada por ninguna vía, trabaron dél para que viniese al capitán; que él le haría decir. Y diciendo él que le llevasen cubierto con su ropilla, no quisieron dársela, y lleváronle así con los zaragüelles y jubón arriba dichos” (R, 51). 

   El registro exhaustivo y humillante (“todas las partes del cuerpo”) del Relato, adquiere un matiz licencioso en la Vida gracias a la segunda apreciación (“poca vergüenza”). Por eso Cervantes, siguiendo un juego paródico parecido, ironiza con la desenvoltura de la ramera, aunque al añadirle “discreción”, despoja a la frase del lógico sentido sexual que deberíamos intuir en la burlesca ceremonia.

“Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida,  porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor”.

    El tono inquisitivo existente en el párrafo anterior de la Vida (“quisieron sacar dél quien era”) resulta paralelo al interés que muestra ahora don Quijote por el nombre de las mujeres de la venta, y existe a su vez un paralelismo entre la alegría (“con mucha alegría y regocijo”) de Loyola  prisionero de los soldados y la mucha humildad con que responde la Tolosa. El resto parece claramente inspirado en otro párrafo de la Vida

“Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso para librar al innocente” (Vida I, IV)

   ¿Será ese “remendón natural de Toledo” una burlesca alusión al trabajo de Ribadeneyra?  No olvidemos que su labor en la Vida ha consistido en mal coser o remendar los textos viejos que poseía sobre Loyola.

“Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa.  Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada.  Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera;  a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes”.

   Don Quijote otorga a las mujeres de la venta el tratamiento de “doña” porque también, según Ribadeneyra, las que ayudaron a Loyola  poseían dicho tratamiento

“Supieron su prisión algunas personas principales, y entendiendo su innocencia, le enviaron a ofrecer su favor y a decirle que, si quisiese, le harían sacar de la cárcel. Entre estas fueron dos más señaladas. La una fue doña Teresa Enríquez  madre del duque de Maqueda, señora devotísima y bien conocida en España. La otra fue doña Leonor Mascareñas, dama que entonces era de la emperatriz, y después fue aya del rey don Felipe N. S., siendo príncipe de España; la cual murió en recogimiento religioso, y fue siempre una de las más devotas y bienhechoras de nuestra Compañía” (Vida I, XIV).

   ¿No es esa tendencia del narrador Ribadeneyra a mencionar el ilustre linaje de las protectoras de Loyola lo que parodia Cervantes con esos nombres burlescos? ¿son casualidad la similitud entre los nombre Teresa/Tolosa y  Mascareñas/Molinera?. Loyola estaba tan agradecido a sus protectoras como don Quijote a las mujeres de la venta, de ahí que le ofrezca “nuevos servicios y mercedes”

"Hechas, pues, de galope y apriesa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras, y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas, agrade­ciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar  a  referirlas.   El ventero, por verle ya fuera de  la venta,  con no menos retóricas, aunque con más  breves  palabras, respondió a las suyas y, sin pedirle la costa de la  posada,  le dejó ir a la buena hora"

   La ansiedad por salir en busca de aventuras que siente don Quijote parodia también la que, según el estilo pastoril de Ribadeneyra, experimenta Loyola

“como venado sediento y tocado ya de la yerba, buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor” (Vida I, II)

   Don Quijote “no vio la hora” y Loyola “buscaba con ansia” o sea, los dos tienen prisa por salir, y también el ventero, con cuya liberalidad pone fin el narrador a este capítulo donde don Quijote queda armado caballero y dispuesto para iniciar sus aventuras.

   Este capítulo tercero es, pues, una recreación en la doble información del Relato y la Vida sobre la vela de armas de Loyola en el monasterio de Montserrat y las tentaciones y escrúpulos que a partir de esa fecha padece en los alrededores de Manresa.  Cervantes deja traslucir además las posibles tensiones generadas por ese anacrónico peregrino en un monasterio donde el temor a la herejía debía estar a flor de piel.  Especialmente significativa resulta la figura del ventero, símbolo del confesor de Loyola y convertido en maestro de todas las ceremonias que en la venta-monasterio se realizan. Por un lado el ventero ha sido calificado como “no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje” y “un poco socarrón”.  Y además, burlescamente, se sugiere que su labor con la clientela está inclinada más a robar que a servirles.

   Sin embargo, el mismo narrador ha ido intercalando otro tipo de información sobre la personalidad de este hombre al que define como pacífico (“hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico”)  prudente (“no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento”) y temeroso (“temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente” / “medroso”).  En ninguna de sus acciones se comporta con maldad, sino todo lo contrario, pues ayuda a beber a don Quijote (“Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino”)  e incluso se turba cuando éste se le pone de rodillas (“El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía”).  También, aunque sea para divertirse, ordena que se cumplan los deseos de don Quijote, y cuando toda la venta se vuelve contra él, lo defiende como loco, e incluso le pide disculpas por las interrupciones y agravios recibidos.  Y para colmo lo deja marcharse “sin pedirle la costa de la posada”

   ¿No hay pues una falta de coordinación entre lo que dice el narrador y lo que hace el ventero?  ¿se puede acusar de prototipo de todos los ladrones a quien, además de dar de comer y beber a un loco, lo  ha alojado, le ha seguido el juego y le ha aconsejado y defendido a sabiendas de que no recibiría nada a cambio?. En realidad, el comportamiento del ventero está dentro de  lo que hoy definiríamos como el de un perfecto asistente social, casi un sicólogo que, con paciente comprensión, ha logrado convencerlo de que debe volver a casa, etc., consiguiendo lo que nadie por otros métodos hubiera logrado. Además, ante un erudito como don Quijote, el ventero se ha mostrado  experto en temas de caballería, tanto que es capaz de convencerle de cuantos consejos le da sobre provisiones y escudero.   ¿Por qué, pues, el narrador se ceba con su pasado?  Probablemente para alejar su figura de la que simbólicamente representa, e incluso para forzarnos a una lectura profunda del texto.  Es en ese sentido  muy significativa la frase “El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón”, pues en ningún momento se ha dicho, aunque sí se ha sugerido, con lo que el narrador está invitándonos a una lectura crítica de la que obtendremos la conclusión de que todo lo dicho sobre este buen hombre se corresponde más con la labor del confesor de Loyola que con la mala fama atribuida al ventero,  pues ¿qué debió pensar el confesor cuando escuchó las intenciones de Loyola de velar armas aquella noche en el monasterio para después salir en peregrinación a Jerusalén sólo con lo puesto?  ¿no diría, como el ventero, que lo dejasen por loco?  Por último el confesor, igual que hará el ventero, le dio la absolución y el permiso para la vela, y también, lógicamente, algunos consejos sobre un viaje tan largo, todo, por supuesto, “sin pedirle la costa”

 

 

CAPÍTULO TRES

 

RELATO

VIDA

QUIJOTE

“Otro día, estando muy fatigado y cansado, fue acometido de otro modestísimo pensamiento, que parece que le decía

 

 

“Y, así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole

 

“Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos

“El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso

“Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís

de  Gaula  y  de semejantes libros, veníanle  algunas  cosas al pensamiento  semejantes a aquellas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a  ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra  Señora de Montserrate”

“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora”

“mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas

 

“está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo

“él y sus hijos han hecho en todas las partes del mundo

“para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras"

 

“Que la limosna y caridad que le pedía era solamente que tomase cargo de su conciencia, para regirla y para oír sus pecados y confesarle; que en lo demás él tendría cargo de proveerse de lo necesario

“no faltaron  hombres devotos (de los muchos que le solían oír) que los proveyeron abundantemente de cama y comida y de las otras cosas necesarias

“tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias

 

“Y para que no se cansen ni desmayen en esta sagrada y gloriosa milicia, tengan por cierto y averiguado que su capitán está con ellos”

tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas”

 

cuando hallaban un poquito de aceite o manteca (que era muy raras veces), lo tenían  por muy gran regalo”

cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles”

y así se determinó de  velar sus armas  toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos  en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora  de Montserrat, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y  vestirse  las armas de Cristo[...]  y concertó con el confesor que mandase recoger  la mula, […] en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dio a un pobre, y se vistió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de nuestra Señora;  y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano

“como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora”

y, así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche

 

“estando él velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Ángeles, que traía en brazos a su preciosísimo Hijo, y con el resplandor de su claridad le alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión”

“ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”

“dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor

decir en grito: Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío

dijo: -Acorredme,  señora  mía

 

“sin hacerle daño y afrenta

“primera afrenta

 

“deste peligroso trance

en este primero trance

 

“le ofreció todo favor y amparo

favor y amparo

 

derribado [...] en el suelo

“le derribó en el suelo

decía  con tanta eficacia, que quedaron  espantados todos los de la casa, sin que ninguno  le hiciese mal ninguno

 

Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían;   y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar

 

todos los de la casa”

toda la gente de la venta”

 

“para su sosiego y quietud

“la misma quietud y sosiego

 

con mucha desenvoltura y poca vergüenza

con mucha desenvoltura  y discreción

 

le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió

le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida,  porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad

 

| PRÓLOGO | INTRODUCCIÓN | PRIMERA PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo I | Cápitulo II | Cápitulo III | Cápitulo IV | Cápitulo V | Cápitulo VI | Cápitulo VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo IX | Cápitulo X | Cápitulo XI | Cápitulo XII | Cápitulo XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES | CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS |


 

[1] Del gentilhombre mundano..., o.c, p.144.

[2] “El desarrollo de la caballería desde una perspectiva social e ideológica transformará la primitiva investidura utilitaria en una fiesta cada vez más fastuosa y honorífica [...] la Iglesia ha influido en la ceremonia, a la que le ha intentado dar un significado religioso.  [...]  Ignacio no ha sido nunca caballero en el estricto sentido de la palabra, por lo que su investidura quizás podría explicarse no sólo como mera imitación de unos modelos literarios, sino como satisfacción de unos anhelos profanos anteriormente no satisfechos, ahora transformados espiritualmente.  Pero si esto no deja de ser una hipótesis que no está avalada por ninguna documentación, el sentido del acto se percibe con claridad desde una perspectiva antropológica.  En otras ocasiones he analizado la investidura de armas como una iniciación en la que se produce una especie de muerte ritual;  el iniciado deja a un lado su mundo anterior, para <<renacer>> en un <<mundo nuevo>> mucho más pleno, lo que suele corresponder también al cambio de vestimentas y en ocasiones también de nombre.  Si alguien quiere llegar a caballero, recomienda Geoffroi de Charny, conviene que confiese todos sus pecados y que reciba la eucaristía;  la entra en la caballería comienza así por un acto religioso.  Parece significativo que Ignacio haya concertado con el confesor que mandase recoger la mula <<y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de Nuestra Señora>>.  Son signos externos de una vida anterior, modificada también por un cambio de vestidos*, y por el bordón que le podrá identificar en su nuevo estado.  La transformación es religiosa y radical, con unas nuevas armas (<<las de Cristo>>), un nombre nuevo y una dama bien diferente” (*Nota: Todos estos aspectos iniciáticos del cambio de nombres y vestidos y el abandono de las armas coinciden con los de Amadís, quien, desdeñado por Oriana, se retira con un ermitaño en la Peña Pobre a hacer penitencia, convirtiéndose en casi un <<salvaje>>.  También Ignacio sigue una trayectoria similar, pero los modelos hagiográficos son evidentes, como el de San Francisco en la entrega de los vestidos a un pobre, según se cuenta en la Legenda aurea.  En su penitencia, seguirá el ejemplo de San Onofre, como expone P. de Leturia”  Ib., p. 151.

[3] “Históricamente, la Iglesia se atribuyó el papel de protectora de los débiles, tarea asumida por la realeza y posteriormente por la caballería.  A la vez que asistimos a este movimiento ascendente, surge otro de naturaleza contraria y de carácter ideológico que hace descender de los reyes hasta los caballeros la ética de la protección de los débiles.  <<El Iñigo convertido en <<peregrino>>, que se pone camino de Jerusalén para <<ayudar a la ánimas>>, tiene rasgos comunes con el caballero andante Amadís, cuyas acciones no buscan solamente la honra y la fama, sino también la ayuda de los menesterosos, de los pobres y desvalidos>>  Ib., p.154.

[4] “Son estas dos casas, de Loyola y Halda, de parientes que llaman mayores, y de las más principales en la provincia de Guipúzcoa” (Vida I, I).

[5] “El bellaco dissimulado, que sólo pretende su interés, y quando habla con vos os está secretamente abrasando” Covarrubias, o.c.

[6] “las peregrinaciones conocieron una polarización social, quedando reservadas a los miembros de los estamentos privilegiados, pues como lamenta el autor anónimo del Viaje a Turquía, ya ni <<el camino de Hierusalem ningún pobre le puede ir, porque al menos gasta quarenta escudos y más, y por allá maldita la cosa les aprovecha pedir ni importunar>>” La cruzada pacífica, Pedro García Martín, Ediciones del Serbal, Barcelona 1997,  p. 151.

[7] “Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía” (Vida I, II).

[8] “¿Por ventura Él no podrá darte pan y poner la mesa en el desierto a su peregrino?” (Vida I, X).

[9] Las alforjas “son propias de los frailes mendicantes, encargados de aprovisionar a su convento con limosnas en especie recogidas en las alforjas”, Iconografía del Cristianismo, Luis Monreal y Tejada, Ed. El Acantilado, Barcelona 2000, p. 438.

[10]   “La cual crecía cada día tanto más, cuanto él iba descubriendo más de lo mucho que en su pecho tenía encerrado” (Vida, A los hermanos)

[11] “Aquí se agota el entendimiento y enmudece la lengua y desfallece y se acaba el sentido de cualquiera persona que tiene una pequeña centella de fe” (Vida II, XVIII)

[12] “mas, al fin, el remate desta dura pelea (que le había puesto en tan peligroso trance) fue que, desvaneciéndose como humo las tinieblas que a cosas tan claras el demonio le ponía” (Vida I, VI)

[13] “Es evidente que las palabras de Don Quijote deben ser vistas a la luz de un enésimo topos del género, la solicitud de protección que el caballero errante pide a su dama para que lo ayude en la empresa; pero de otra parte se puede observar cómo esta invocación constituye el equivalente profano del rezo realizado por Ignacio a la Virgen de Montserrat: Dulcinea de hecho, como sabemos, viene divinizada, como demuestra el acto de Don Quijote, que para dirigirse a ella alza los ojos al cielo” El santo y el caballero, o.c.

[14] “y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual” (Vida I, IV)

[15] “y de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento, para discernir y conocer la diferencia destos espíritus, y una fuerza y vigor sobrenatural en su voluntad para aborrecer todo lo que el mundo le representaba, y para apetecer y desear y proseguir todo lo que el espíritu de Dios le ofrecía y proponía” (Vida I, II)

[16] “Y la causa por que él no osó decir que iba a Hierusalem fué por temor de la vanagloria; el  qual  temor tanto le afligía, que nunca osaba  decir  de  qué tierra  ni de qué casa era” (R,36)

[17]   “Mas la divina misericordia, que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba,  antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz,  y con la fresca lición refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos; y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” (Vida I, II)

[18] “Mas, porque en peinar y curar el cabello  y ataviar su persona había sido en el siglo muy curioso, para que el desprecio desto igualase a la demasía que en preciarse dello había tenido” (Vida I, V)


El triunfo de don Quijote. Cervantes y la Compañía de Jesús: un mensaje cifrado, Federico Ortés. Copyright © 2002.