CAPÍTULO DOS

Loyola abandona su domicilio por la mañana y sin haber comunicado a nadie su intención de hacerse peregrino y viajar hasta Jerusalén.  Su primer destino es el monasterio de Montserrat, donde llega con la idea de velar sus armas ante el altar de la Virgen durante toda la noche y cambiar su vestido civil por el de peregrino. Don Quijote abandona su hogar muy de mañana y con el mismo secretismo.  Su idea es viajar por todo el mundo y su primera parada  una venta, que él imagina castillo, y en la que espera velar toda la noche sus armas para, después,  ser armado caballero.


  El capítulo I del Relato finaliza con Loyola decidido a poner en práctica sus nuevos propósitos religiosos

"hallándose ya con algunas fuerzas, le pareció que era  tiempo de partirse" (R, 12)

   Don Quijote, al inicio del capítulo segundo, tras poner nombre a todas sus cosas, tampoco "quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento"

   En ambos casos, la influencia de los libros ha producido un cambio que los dos anhelan llevar a cabo

"Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso  aguardar  más tiempo  a  poner en efeto su pensamiento, apretándole a  ello  la falta  que  él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer"

   La causa del impetuoso deseo de don Quijote es "la falta que él  pensaba  que hacía en el mundo su tardanza", es decir, actúa "no porque su destino lo fuerce sino porque él mismo se lo propone" [1] .  Su acción surge de una intención continuada ("él  pensaba") de imitar a Loyola, que durante su convalecencia piensa en imitar a los antiguos santos

"no se curando de nada, perseveraba en su lección y en sus buenos propósitos" (R, 11) "fuese, según  su costumbre, pensando en sus propósitos" (R, 17) 

   Igualmente, la idea de la imitación como fruto de un continuo pensamiento está, según vimos, muy clara al principio del capítulo II de la Vida, donde Ribadeneyra insiste machaconamente en la idea de imitar a Cristo como fruto de un proceso de meditación, para lo que repite hasta seis veces seguidas el vocablo “pensamiento”

   Tanto Loyola como don Quijote han meditado ampliamente su decisión, y ahora desean “poner en efeto su pensamiento”. De nuevo se repite la expresión de la Vida (“ponerse en efeto lo que él tanto deseaba”) ya utilizada en el capítulo 1. Tantas ganas tenía Loyola que, como más adelante se verá, salió sin haberse curado del todo, pues según el Relato

“Pensaba muchas veces en su propósito, deseando ya ser sano del todo para se poner en camino” (R,11)  

y según Ribadeneyra

“diose prisa y pasó adelante” (Vida I, II)

   Don Quijote está espoleado por esta prisa (“no quiso aguardar...apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza”) característica del ánimo de la Compañía y de su fundador

“E iremos sin tardanza (cuanto será de nuestra parte) a cualesquier provincias donde nos enviaren” (Vida III, XXI)

   Además de señalar la prisa, el narrador especifica los objetivos de la salida, los cuales coinciden claramente con los de Loyola

   -deshacer agravios

“y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio” (Vida I, III)
“las ofensas y agravios que se le hacían los pagaba con semejantes oficios de caridad” (Vida V, II)

   -tuertos que enderezar

“Y trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad, con particular aborrecimiento de sus pecados y deseo de satisfacer por ellos y tomar venganza de sí” (Vida I,  II)
“De suerte que de lo que él padeció y en lo que él fue tentado, aprendió por experiencia cómo había de enderezar y ayudar a otros cuando lo son” (Vida II, I)

   -sinrazones que emendar, y abusos que mejorar

“Porque la experiencia ha mostrado que muchos príncipes, así eclesiásticos como seglares, hombres principales y de baja suerte, sabios e inorantes, casados y continentes, consagrados a Dios y solteros, mozos y viejos, entrando a hacer los Ejercicios se han aprovechado, o para emendar la mala vida, o para mejorar la buena que tenían” (Vida I, VIII)
“Se esforzó también por suprimir algunos abusos,y con la ayuda de Dios se puso orden en alguno” (R, 88)
“Este sacrílego abuso procuró con todas sus fuerzas que se extirpase de aquella tierra” (Vida II, V)
“Si por ventura alguno de sus súbditos era más arrimado a su parecer y menos obediente de lo justo, y por alguna pasión torcía del camino de la razón, con éste peleaba tan diestramente, usando con él de las armas de la mansedumbre y de la paciencia, que al fin, o venía el súbdito a corregirse y rendirse a su caridad, o a ser tan notoria su sinrazón, que le hacía inexcusable” (Vida V, X)

   - deudas que satisfacer

“Porque, aunque era verdad que tenía grande aborrecimiento de sus pecados pasados, pero en las penitencias que hacía para satisfacer por ellos, estaba ya su corazón tan inflamado y abrasado de un vehementísimo deseo de agradar a Dios” (Vida I, III)

   Todos estos ejemplos podrían sustituirse por otros semejantes, pues Cervantes irá poco a poco atribuyéndole a su personaje casi todos los rasgos con que se caracteriza a Loyola en la Vida.

   El caso es que don Quijote desea poner en práctica todos esos propósitos y, en cuanto puede,  realiza su primera salida

     "Y  así sin dar parte a persona alguna de su intención  y  sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos  del  mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre  Rocinante,  puesta  su mal compuesta  celada,  embrazó  su adarga, tomó su lanza,  y por la puerta falsa de un corral  salió al  campo, con grandísimo contento y alborozo de ver  con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo"

   Destaca en este fragmento el secreteo (“sin dar parte a persona” “sin que nadie le viese” “por la puerta falsa”) en torno a la salida, de nuevo en paralelo a la de Loyola,  pues tanto en el Relato como en la Vida se menciona expresamente que la primera persona en conocer su determinación de irse fue el confesor de Montserrat

"fue el primer hombre a quien descubrió su determinación” (R,17)
“Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos” (Vida I, IV)

   Hasta varios días después de salir de su casa,  Loyola ha ocultado “sus propósitos y intentos”, pues al primero en comunicárselo es a ese confesor que poco después encontrará en Montserrat.  Don Quijote tampoco ha comunicado a nadie “su intención”  y, además, ha salido muy temprano y por la puerta falsa, o sea, furtivamente, temeroso de la oposición de su familia, como le ocurre a Loyola cuando deja su casa sin dineros y en contra de la voluntad de los suyos, que se habían dado cuenta del cambio radical ocurrido en su persona en apenas seis meses

"Mas así su hermano como todos los demás de casa fueron cono­ciendo por lo exterior la mudanza que se había hecho en su  ánima interiormente" (R, 10)

y le manifiestan su oposición

"hallándose ya con algunas fuerzas,  le pareció que era  tiempo de  partirse, y dijo a su hermano: <<Señor, el duque  de  Nágera, como  sabéis,  ya sabe que estoy bueno.  Será bueno  que  vaya  a Navarrete>> (estaba entonces allí el duque).  El hermano le llevó a  una cámara  y después a otra, y con  muchas  admiraciones  le empieza a rogar que no se eche a perder; y que mire cuánta espe­ranza tiene dél la gente, y cuánto puede valer, y otras palabras semejantes,  todas  a  intento de apartarle del  buen  deseo  que tenía.  Mas la respuesta fue de manera que, sin apartarse  de  la verdad, porque dello tenía ya grande escrúpulo, se descabulló del hermano" (R, 12)

   Su hermano sospecha lo que pretende hacer y le ruega “que no se eche a perder”, la misma expresión empleada por el ama de don Quijote cuando, en el capítulo 5, recuerda precisamente estos prolegómenos de su locura

"que  ahora  me  acuerdo haberle  oído  decir  muchas  veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse  a buscar  las aventuras por esos mundos.  Encomendados sean a Sa­tanás  y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder  el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha" (QI,5)
   El ama sospechaba algo, pues le había escuchado hablando solo (“hablando entre sí”). Cosa que también se deduce del Relato pues, aunque Loyola sabemos que no se lo dijo a nadie, su hermano sin embargo se lo temía,  probablemente por esa costumbre de hablar consigo mismo. 

   El ama personaliza los temores del  hermano mayor e incluso la admiración femenina al heroico e imaginativo  hermano pequeño,  ya que ella califica a don Quijote como "el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha",  la  misma  opinión que según su hermano tiene la gente de Loyola:    "y  que  mire cuánta esperanza tiene dél la  gente,  y  cuánto puede valer, y otras palabras semejantes".  Frases paralelas, resaltando la buena reputación de ambos personajes.

   Ribadeneyra también ofrece su versión de estos hechos

“Olió el negocio Martín García de Loyola, su hermano mayor, y dióle mala espina; y llamando aparte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, mas que considerase cuán bien entablado tenía su negocio y cuánto camino tenía andado para alcanzar honra y provecho, y que sobre tales principios y. tales cimientos podría edificar cualquiera grande obra que las esperanzas ciertas de su valor y industria a todos prometía: - Todas las cosas (dice) en vos, hermano mío, son grandes, el ingenio, el juicio, el ánimo, la nobleza y favor y cabida con los príncipes, la buena voluntad que os tiene toda esta comarca, el uso y experiencia de las cosas de la guerra, el aviso y prudencia, vuestra edad que está ahora en la flor de la juventud, y una expectación increíble fundada en estas cosas que he dicho, que todos tienen de vos. Pues ¿cómo queréis vos, por un antojo vuestro, engañar nuestras esperanzas tan macizas y verdaderas, y dejarnos burlados a todos; despojar y desposeer nuestra casa de los trofeos de vuestras vitorias y de los ornamentos y premios que de vuestros trabajos se han de seguir? Yo en una cosa os hago ventaja, que  es en haber nacido primero que vos y ser vuestro hermano mayor, pero en todo lo demás, yo reconozco que vais adelante. Mirad (yo os ruego, hermano mío más querido que mi vida) lo que hacéis, y no os arrojéis a cosa que, no sólo nos quite lo que de vos esperamos, sino también amancille nuestro linaje con perpetua infamia y deshonra. Oyó su razonamiento Ignacio, y como había otro que le hablaba con más fuerza y eficacia al corazón, respondió a su hermano con pocas palabras diciendo que él miraría por sí y se acordaría que había nacido de buenos, y que le prometía de no hacer cosa que fuese en deshonra de su casa. Y con estas pocas palabras, aunque no satisfizo al hermano, apartóle y sacudióle de sí, y púsose en camino, acompañado de dos criados; los cuales poco después despidió, dándoles de lo que llevaba” (Vida I, III).

   Ribadeneyra ha despojando la información del Relato de toda la tensión existente entre los hermanos, y ha convertido al mayor (gracias a ese párrafo novelado en estilo directo) en un hombre compresivo, preocupado y, sobre todo, gran admirador del pequeño, algo que, históricamente, parece absolutamente incierto. 

   La comparación de ese texto con la breve información del Relato nos va desvelando poco a poco la tarea maquilladora y amplificadora de Ribadeneyra, obsesionado por crear una biografía de su fundador al estilo de las más modélicas existentes, aun faltando en muchos momentos a la verdad, pues es imposible aceptar esa parrafada entrecomillas que le atribuye al hermano, no sólo por el tiempo transcurrido, sino porque su estilo delata la autoría de Ribadeneyra, cuyo objetivo es edulcorar todas las escenas, novelando a su antojo el mundo familiar que él considera adecuado para un santo. 

   La triple versión de estos acontecimientos ofrecida por los tres autores, Gonçalves, Ribadeneyra y Cervantes, resulta muy esclarecedora respecto a las tres formas distintas de trabajo.  El primero se dedica a escribir lo que escucha con estilo preciso y sin añadir ni quitar, el segundo novela a su antojo, y según sus intereses, lo del primero más otras nuevas informaciones, y Cervantes, a modo de rapsodia, los maneja juntos, haciendo por un lado lo que el primero, es decir, tratando de transmitir a través de su personaje el espíritu del Loyola peregrino, y burlándose del segundo al novelar irónicamente a la manera caballeresca-realista lo que Ribadeneyra ha hecho a lo divino-caballeresco.  La frase central de los tres autores es una muestra efectiva

-le empieza a rogar que no se eche a perder, (R)
-comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahinca-damente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, (Vida)
-que así han echado a perder  el más delicado entendimiento, (Q)

   En definitiva, Loyola  salió de  su casa en contra de la voluntad de  los suyos, pues "se descabulló", y más adelante, cuando por fin se pone en camino, nos dice el Relato que lo hace muy de mañana

"en amaneciendo se partió por no ser  conocido" (R,18)

   Lo mismo dice Ribadeneyra

“Y por no ser conocido, antes que amaneciese

   Por eso don Quijote sale "una mañana, antes del día"

"Y  así sin dar parte a persona alguna de su intención  y  sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos  del  mes de julio, se armó de todas sus  armas, subió sobre  Rocinante,  puesta  su mal compuesta  celada,  embrazó  su adarga, tomó su lanza,  y por la puerta falsa de un corral  salió al  campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo"

   La expresión  “se armó de todas sus armas” vuelve a estar inspirada en el capítulo primero de la Vida, es decir, en los prolegómenos a la salida de Loyola

“Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesu Cristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa” (Vida I, I)

   Ya hemos visto cómo las armas de don Quijote (celada, adarga y lanza) son el símbolo empleado por Cervantes para representar la defensa espiritual de Loyola, cosa ratificada por Ribadeneyra al calificar metafóricamente a los “santos sacramentos” de “verdaderas armas” 

   Muy sutil resulta ese matiz sobre la celada (“su mal compuesta  celada”), con el que de nuevo nos vuelve a insinuar la relación existente entre la celada y la todavía frágil formación espiritual de Loyola.

  Además de salir por la puerta falsa, a hurtadillas, tanto Loyola como don Quijote se alegran de la facilidad con que  han  dado comienzo a sus deseos de aventuras

"Y  así discurría por muchas cosas que hallaba buenas,  propo­niéndose  siempre  a  sí mismo cosas dificultosas  y  graves,  las cuales  cuando  proponía, le parecía hallar en sí  facilidad de ponerlas en obra" (R,7)

y don Quijote

“salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuanta facilidad había dado principio a su buen deseo"

frase donde aparecen otros dos vocablos que nos remiten a otro fragmento especialmente artificioso y absurdo, también en el capítulo primero de la Vida

    “Y por ventura para esto os será mi trabajo provechoso y también gustoso y agradable, pues el deseo de imitar hace que dé contento el oír contar lo que imitar se desea, y que sea tan gustoso el saberlo, como es el obrarlo provechoso” (Vida I, I)

   Don Quijote sale  al campo ornado de todos los elementos (celada, adarga, lanza) que lo definen como un caballero andante y, simbólicamente, como un peregrino, pues Loyola, al quitarse sus ropas de caballero, se viste o arma de las que le identifican con el nuevo caballero de Cristo

"y despojándose  de todos sus vestidos, los dio a un pobre " (R,18)

   Mientras Loyola se despoja de sus ropas de caballero, don Quijote se viste con ellas

"se  armó de todas sus armas"

   El referente común es “de todos sus”, al que se añaden otros elementos aparentemente contradictorios pero realmente paralelos, pues Loyola para ser peregrino se despoja de sus vestidos, mientras don Quijote para ser caballero se arma.    Algo que también Ribadeneyra ha expresado utilizando la misma simbología caballeresca a lo divino, o sea que, metafóricamente, lo ha vestido, como don Quijote, de caballero andante

“Y aunque entre estos propósitos y deseos se le ofrecían trabajos y dificultades, no por eso desmayaba ni se entibiaba punto su fervor, antes armado de la confianza en Dios, como con un arnés tranzado de pies a cabeza” (Vida I, II)

   Volvamos al principio, al momento en que Loyola sale de su casa ricamente ataviado, como corresponde a su rango de caballero, y camina hasta su primer destino, el monasterio de Montserrat. Allí dejó sus ropas, se vistió una nueva indumentaria y veló las armas ante “el altar de nuestra Señora”.  Es decir, el momento de la investidura como peregrino coincide prácticamente con el de la vela de armas, una forma oficiosa de hacerse religioso.  Sin embargo, don Quijote ya sale vestido de su casa como caballero, aunque él sabe que aún no lo es, pues no ha cumplido con los requisitos previos hechos por Loyola, de ahí que le venga a la memoria un pensamiento terrible

"Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un  pensa­miento terrible, y tal,  que por poco le hiciera dejar la  comen­zada  empresa; y fue que le vino a la memoria que no  era armado caballero  y  que, conforme a la ley de caballería, ni  podía  ni debía  tomar armas con ningún caballero; y puesto que  lo  fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin  empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.  Estos  pensa­mientos  le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo  más su  locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar  caba­llero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tení­an. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera,  en teniendo  lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con  esto  se quietó  y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel  que  su caballo  quería, creyendo que en aquello consistía la  fuerza  de las aventuras"

   El pensamiento que acucia a  don  Quijote procede sin lugar a dudas de esa falta de sincronía respecto al Relato.  El adjetivo “terrible” sostiene el tono de  parodia, la confabulación lector-escritor en torno a la locura caballeres­ca  de  don Quijote y su ansiedad.   También Loyola, camino de Montserrat y  en  el  mismo apartado  donde se arma caballero, va espoleado  por  sus pensamientos

"Y  fuese  su camino de Monserrate,   pensando,  como  siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía  todo el entendimiento lleno de aquellas cosas,  Amadís  de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al   pensa­miento semejantes  a aquellas; y así se determinó de  velar  sus armas" (R,17)

  Si  se  prescinde del "terrible", los paralelismos  entre  este párrafo del Relato y su correspondiente del Quijote son casi tota­les, pues es el pensamiento continuado en los libros ("pensamiento...memoria...pensamientos...pensaba") el que traza tanto su camino como el de Loyola ("pensando...entendimiento...pensamiento")

   A pesar de estas analogías formales y de contenido, de nuevo es la versión de Ribadeneyra la que nos acerca a Cervantes con su simbolismo sobre la caballería

“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la enmienda de la vida para adelante. Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona, se fue con toda prisa a un pueblo que está hacia la montaña, llamado Manresa” (Vida I, IV)

   Cervantes abusa, se arriesga con este párrafo a la evidencia, pues no sólo toma de él, distribuyéndolo en el suyo, todas esas palabras que aparecen en el cuadro siguiente, sino que además, en la vela de armas del próximo capítulo, utilizará otras partes muy llamativas de este mismo fragmento

      Vida                                                                            Quijote
libros de caballerías                                       conforme a la ley de caballería
armas blancas                                                flacas armas
caballeros noveles                                        como novel caballero
por imitar él                                                   a imitación de otros muchos
como hubiese leído                                       según él había leído en los libros que tal le tení­an

   Don Quijote se "propuso  de hacerse armar caballero del primero que  topase,  a imitación  de  otros muchos que así lo hicieron, según  él  había leído en los libros que tal le tenían".  Con  ese "primero que topase"  Cervantes vuelve  a  ironizar sobre los textos de Gonçalves y Ribadeneyra.  El primero informa de que Loyola llega a Montserrat y en apenas tiempo se confiesa

"y llegado a Montserrat, después de hecha oración y concertado con  el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró  la confesión  tres  días;  y concertó con el  confesor  que mandase recoger la mula, y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en  el  altar de Nuestra Señora.  Y éste fue  el primer  hombre  a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a  ningún confesor lo había descubierto" (R,17)

   La indeterminación del texto hace suponer que Loyola se  ha confesado  con el primer sacerdote que encuentra, pues  acaba de  llegar y, lógicamente, no ha tenido  tiempo  de congeniar con alguno. Sin embargo, Ribadeneyra ofrece otra versión

“A este santo lugar llegó nuestro Ignacio, y lo primero que hizo fue buscar un escogido confesor, como enfermo que busca el mejor médico para curarse. Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos” (Vida I, IV)

   Hay un evidente deseo de resaltar la elección del confesor, al que llama “escogido confesor” y “religioso principal”, tal vez con la intención no sólo de alabar la madurez de Loyola, sino con el objetivo didáctico de que se le imite a la hora de buscar un buen confesor. Por eso Cervantes vuelve a restablecer irónicamente la verdad de la historia, diciendo que don Quijote pensaba armarse caballero del primero que topase, tal como realmente hizo Loyola.

“Estos  pensa­mientos  le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo  más su  locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar  caba­llero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tení­an".

    Ya se ha visto que Cervantes suele utilizar el vocablo empresa (“Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un  pensa­miento terrible, y tal,  que por poco le hiciera dejar la  comen­zada  empresa”) para definir los objetivos de don Quijote, también parodiando las múltiples ocasiones en que lo hace Ribadeneyra

“Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado”  (Vida I, II)
“¿Qué quiere decir esto? ¿Qué camino es éste por donde entramos? ¿Qué nueva empresa es ésta que acometemos? ¿Qué manera de guerra es ésta en que andamos? (Vida I, VII)

   Lo mismo ocurre con el concepto de imitación, tan presente en la Vida como en el Quijote, pues Ribadeneyra insiste en la imitación de los santos hecha por Loyola, y en la que todos debemos hacer de él como persona a imitar por sus virtudes.

   En un fragmento anterior de la Vida ya se ha comentado no sólo el concepto de lectura e imitación (“imitar y obrar lo que leía”) utilizado por Cervantes (“imitación... según él había leído”), sino la constante presencia del pensamiento que los dirige, los propósitos, en la Vida mencionados como “buenos propósitos”.  Tanto Loyola como don Quijote han llenado su imaginación con historias de libros y salen al mundo llenos de buenos propósitos, pensando en imitar a Cristo y a los santos más famosos, o a los más famosos caballeros andantes.

“Otra  hay, que es más doméstica y propia nuestra, que es de seguir e imitar a aquél que tenemos por capitán. Porque, así como los que vienen de ilustre linaje y de generosa y esclarecida sangre procuran saber las hazañas y gloriosos ejemplos de sus antepasados y de los que fundaron y ennoblecieron sus familias y casas, para tenerlos por dechado y hacer lo que ellos hicieron; así también nosotros, habiendo recibido de la mano de Dios nuestro Señor a nuestro bienaventurado padre Ignacio por guía y maestro y por caudillo y capitán desta milicia sagrada, debemos tomarle por espejo de nuestra vida, y procurar con todas nuestras fuerzas de seguirle, de suerte, que, si por nuestra imperfección no pudiéramos sacar tan al vivo y tan al propio el retrato de sus muchas y excelentes virtudes, a lo menos imitemos la sombra y rastro dellas. Y por ventura para esto os será mi trabajo provechoso y también gustoso y agradable, pues el deseo de imitar hace que dé contento el oír contar lo que imitar se desea, y que sea tan gustoso el saberlo, como es el obrarlo provechoso” (Vida, A los hermanos)
“Y también imitar como buenos hijos al que el mismo Señor nos había dado por padre, dechado y maestro, y que no se podía bien imitar lo que no se sabía bien de su raíz y principio” (Vida, A los hermanos)
“A ninguna destas cosas paraba mientes, sino que abrazado y aferrado con lo que entonces le parecía mejor y más a propósito de su estado presente, ponía todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas para afligir su cuerpo con asperezas y castigos; y esto no por otra razón, sino porque los santos que él había tomado por su dechado y ejemplo habían echado por este camino” (Vida I, III)
 “Dando, pues, a Dios estas amorosas quejas y estos penosos gemidos, vínole al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse hasta alcanzarla. A cuya imitación propuso él también de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma, si ya no se viese por ello a peligro de morir” (Vida I, VI)

   El concepto de imitación se extiende, pues, por toda la Vida, mezclado con un conjunto de metáforas militaristas en torno a milicias, capitanes, armaduras y batallas. 

   Don Quijote pretende realizar una imitación tan exhaustiva que cuando se desvía un poco de sus intenciones (en este caso la de no ser nombrado todavía caballero) llega a “titubear en su propósito”, aunque su decisión es tan firme que, como a Loyola, nada le detiene

“Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía, queriendo continuar la posesión que tenía de su antiguo soldado, y con que por otra el Señor de la vida le llamaba y convidaba a ella, para hacerle caudillo de su sagrada milicia” (Vida I, II)

   El desarrollo paralelo de cada uno de los gestos y  sugerencias del  Relato, continúa haciendo ahora referencia  a  las armas blancas de los caballeros

"En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera,  en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño"

   Loyola ha entregado a su confesor “la espada y el puñal”, es decir, armas  blancas, por eso don Quijote piensa que, hasta no ser armado caballero,  deberá  llevar armas blancas, "como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase".  Pero esa limpieza o blancura es de nuevo simbólica, pues en Montserrat Loyola "se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días".   O sea, limpió su alma, y según Ribadeneyra, para toda la vida, como vimos en el fragmento donde se le aparece la “Reina de los Ángeles”

   La intención de Loyola a partir de la aparición, su pensamiento, fue guardar una “limpieza y castidad sin mancilla”, similar al metafórico propósito de don Quijote, pues su idea es limpiar las armas para dejarlas más blancas “que un arminio”, símbolo de la máxima blancura y, por tanto, del concepto religioso de pureza y castidad. Toda la frase del Quijote es bastante enigmática y podría decirse que está fuera de lugar si no se complementara con su valor interno, pues a don Quijote no se le verá ni realizar esa limpieza de la armas ni tampoco usarlas, de ahí ese incierto “en teniendo lugar” que nunca va a suceder en el libro, pues don Quijote ya limpió todos sus aperos, aunque sabe que para imitar a Loyola necesita llegar a la venta y, previa confesión, armarse caballero, quedando limpio de todos sus pecados.  Por eso, una vez decidido, se tranquiliza y prosigue su camino

"y  con esto se quietó y prosiguió su camino, sin  llevar  otro que   aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello  con­sistía la fuerza de las aventuras"

   Esa falta de objetivo concreto mostrada por don Quijote dejando la elección del camino a su caballo, podría contradecir su determinación de velar armas cuanto antes, aunque en realidad vuelve a ser otra evidente parodia del Relato y la Vida.  Se trata de un episodio que tomará toda su importancia más adelante, y del que ahora sólo interesa el origen de ese gesto de dar rienda suelta al caballo.

   Ya se ha visto a Loyola, antes de llegar al monasterio de Montserrat, discutiendo con un moro sobre la  virginidad  de  María, y el acaloramiento de la charla por las opiniones poco ortodoxas del moro, el cual, temiendo alguna reacción violenta, prudentemente decidió adelantarse.  Loyola quedó pensativo, dudan­do entre ir a buscarlo para acuchillarle o desentenderse del asunto.   Al final dejó la solución en manos de la mula

"se determinó en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con  la rienda suelta hasta al lugar donde se dividían los caminos" (R,16) 

   La versión de Ribadeneyra es semejante

“Este pensamiento, al parecer piadoso, puso en grande aprieto a nuestro nuevo soldado; y después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la rienda a la cabalgadura en que iba, para que, si ella echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a puñaladas; pero si fuese por el otro camino, le dejase y no hiciese más caso dél. Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio” (Vida I, III)

   Cervantes no sólo imita el gesto de abandono de la voluntad y su entrega a la caballería, sino que, irónicamente, añade esa reflexión del narrador (“creyendo que en aquello  con­sistía la fuerza de las aventuras”) cuyo sentido profundo es una reflexión sobre la ingenuidad religiosa de Loyola, al pensar que Dios, a través de la mula, iba a decidir su futuro y el del moro, tal como deduce Ribadeneyra, (“Quiso la bondad divina”), al que claramente nos remite la expresión “prosiguió su camino”, paralela a la empleada en la Vida.

    En definitiva, el novel religioso desconoce todavía el auténtico camino hacia la santidad y se dedica a imitar a los santos en sus gestos externos [2] , por eso, en su encuentro con el moro, soluciona el problema dejando la responsabilidad en manos del caballo, suponiendo que Dios haría lo adecuado e ignorando la falta que implica acuchillar a un hombre por cuestiones de fe.  Don Quijote también piensa que lo importante son esos gestos externos, esos “grandes exteriores” que él imita.

   El caballero, igual que Loyola, continúa "caminando" y "hablando consigo mesmo"

"Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo

   Ya hemos visto que el narrador suele referirse a don Quijote con el mismo afectivo “nuestro” que suele emplear Ribadeneyra, pero también en estos dos primeros capítulos encontramos otras formas, como “nuestro hidalgo”, “el pobre caballero”, “nuestro buen caballero” o “novel caballero”, todas con su propio sentido respecto a la historia profunda, es decir, la primera (“nuestro hidalgo”) para situar al caballero en el mismo estatus social del hidalgo Loyola.  La segunda refiriéndose solapadamente al triste estado (“pobre caballero”) en que se halla el militar lisiado para siempre.  La tercera (“nuestro buen caballero”) alusiva al hombre bondadoso en metamorfosis hacia la religión,  la cuarta (“novel caballero”) relativa a su nueva situación tras confirmarse como peregrino, y esta última (“nuestro flamante aventurero”) para resaltar la parodia sobre la nueva situación de Loyola, alejado de la milicia y recién convertido en peregrino hacia Jerusalén, una arriesgada empresa que lo convierte en un flamante aventurero.  Más adelante veremos cómo este sentido de aventurero se amplía  de acuerdo con las distintas vicisitudes o aventuras vividas por el peregrino.

   La misma ambigüedad se aprecia también cuando se utiliza el verbo caminar.  Al decir que nuestro flamante aventurero va “caminando”, aparentemente sólo se está ampliando el sentido del verbo caminar al de cabalgar, aunque en el lenguaje profundo, la acepción primera de caminar es la correcta, pues Loyola va a pie.  Este juego entre cabalgar-caminar se mantiene prácticamente en toda la novela.

   La costumbre de don Quijote de hablar consigo mismo ya se ha visto que procede de Loyola, aunque es Ribadeneyra, con el objetivo de moralizar, quien abusa tremendamente de ese técnica, poniendo en boca de Loyola todo cuanto le interesa

“Y con amargura de su corazón, hablando consigo mismo, decía” (Vida I, X)
“mas él, hablando consigo mismo, le decía” (Vida II, III)

   Don Quijote acaba, pues, de salir de su casa vestido de caballero, aunque todavía no lo es,  ya que ni ha velado armas ni ha sido armado, es decir, ha roto el hilo de los acontecimientos parodiados, se ha adelantado, por eso esta irregularidad en su proceso de imitación le provocó un “pensamiento terrible” que llega incluso  a hacerle “titubear en su propósito”

"Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
   -¿Quién duda sino que  en  los venideros  tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis  famosos  hechos, que el sabio que los escribiere  no  ponga, cuando  llegue  a contar esta mi primera salida  tan  de  mañana, desta  manera?  "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por  la faz  de  la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras  de  sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y  pintados  pajarillos con  sus harpadas lenguas habían saludado con dulce  y  meliflua armonía  la venida de la rosada aurora, que, dejando  la   blanda cama  del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel." 

   Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:

   -Dichosa  edad y  siglo dichoso  aquel  donde saldrán  a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse  en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en  lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas,  a quien  ha  de tocar el ser coronista desta  peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero  eterno mío en todos mis caminos y carreras"

  Los dos discursos, separados por una breve intervención  del narrador (“Y era la verdad que por él caminaba”), aunque parecen complementarse, en realidad se yuxtapo­nen. 

   En el primero don Quijote vaticina que en el futuro, bajo el título de historia verdadera (no olvidar que Ribadeneyra define su obra como historia verdadera “Diré ahora lo que pretendo hacer en esta historia [3] ”) de sus famosos hechos, se publicará su vida de una forma literaria totalmente sublimada y falsa, y él mismo nos pone un ejemplo de lo que dicho historiador hará cuando llegue a narrar esta primera salida ya conocida por nosotros.  Evidentemente se trata de una versión novelada y cargada de tópicos innecesarios e incluso ajenos a la verdad histórica, pues don Quijote acaba de dejar su solitaria cama y ha salido a escondidas por la puerta falsa.  Sin embargo, el supuesto autor, con la intención de sublimar esa salida, falta a la verdad al referirse a “la blanda cama del celoso marido” o a “las ociosas plumas”

   Se trata de un procedimiento genial de Cervantes para hacer a sus anchas una burla literaria [4] con los mismos ingredientes de la prosa burlada, por supuesto, la Vida, de cuya descripción de la primera salida de Loyola desde el monasterio, toma Cervantes el  referente “Apenas había

“Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona [...]  Apenas había andado una legua de Montserrat” (Vida I, IV)

    El resto de la descripción de don Quijote resulta una parodia general sobre el estilo narrativo de la Vida, del que puede servir de muestra un fragmento del segundo capítulo

 “Y fue tanta la costumbre que hizo en esto, que aun le duró después por toda la vida; porque muchos años después, siendo ya viejo, le vi yo estando en alguna azotea, o en algún lugar eminente y alto de donde se descubría nuestro hemisferio y buena parte del cielo, enclavar los ojos en él; y a cabo de rato que había estado como hombre arrobado y  suspenso y que volvía en sí, se enternecía y saltándosele las lágrimas de los ojos (por el deleite grande que tenía su corazón), le oía decir: <<¡Ay, cuán vil y baja me parece la tierra, cuando miro al cielo; estiércol y basura es.>>  Trató también lo que había de hacer a la vuelta Jerusalén ; pero no se determinó en cosa ninguna, sino que, como venado sediento y tocado ya de la yerba, buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor. Y así de día y de noche se desvelaba en buscar un estado y manera de vida, en el cual, puestas debajo de sus pies todas las cosas mundanas y la rueda de la vanidad pudiese él castigarse y macerarse con extremado rigor y aspereza, y agradar más a su Señor” (Vida I, II)

   Ribadeneyra ha colocado a Loyola ante un paisaje espectacular (“en algún lugar eminente y alto de donde se descubría nuestro hemisferio y buena parte del cielo”) y desde ahí le atribuye la autoría de un párrafo que él afirma haberle escuchado y que, por lo tanto, resulta indiscutible, adornando el resto con cazador y saeta seudo literaria y divinizante, y totalmente ajena al gusto y lenguaje propio de Loyola, según se deduce del Relato y del resto de sus escritos. 

   La descripción atribuida por don Quijote al futuro escritor se caracteriza, pues, por los rasgos más sobresaliente de la Vida, como puede verse en la siguiente comparación

-Reiteración: ancha y espaciosa, pequeños y pintados, dulce y meliflua, puertas y balcones,  

antiguo y conocido. // eminente y alto, hemisferio y buena parte del cielo, arrobado y suspenso, estado y manera, castigarse y macerarse, rigor y aspereza.

-Tópicos: rubicundo Apolo, doradas hebras de sus hermosos cabellos, harpadas lenguas, rosada 

aurora, blanda cama, celoso marido, ociosas plumas. //  lágrimas de los ojos, venado sediento, aguas vivas, saetas de su amor, rueda de la vanidad.

   En realidad, toda la parte final del fragmento de la Vida es tan meliflua como insinúan las palabras burlonas de don Quijote.  Los mismos jesuitas deberían considerar ultrajante atribuir a su fundador un tipo de prosa tan alejada de su verdadera personalidad. 

   En muchas ocasiones se burlará Cervantes de ese tipo de escritura, ya sea valiéndose de la parodia caballeresca, pastoril o poética, como puede verse, por ejemplo, en los siguientes versos del Viaje del Parnaso

“Otros alfeñicados y deshechos en puro azúcar, con la voz süave, de su melifluidaz muy satisfechos, en tono blando, sosegado y grave, églogas pastorales recitaban, en quien la gala y la agudeza cabe” [5]

   Ya sea en prosa o en verso, Cervantes se burla de esa “melifluidaz” característica de la falsa literatura. 

   Acto seguido, don Quijote “añadió diciendo

"Dichosa  edad y  siglo dichoso  aquel  donde saldrán  a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse  en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en  lo futuro”

    Con un tono nostálgico y esperanzado, don Quijote evoca un futuro donde se publicarán sus famosas hazañas, las verdaderas del Relato (recordar el “post tenebras spero lucem” de la portada).  La frase es claramente esperanzadora, pues no parece dudar de que sucederá, y sin embargo, los amplios márgenes fijados (“edad y siglo”) transmiten cierto pesimismo respecto a un futuro inmediato.  Comparado con la primera parte del discurso, la diferencia resulta evidente, pues allí no duda de que aquel conjunto de tópicos y falsedades llamado historia verdadera se publicará en los “tiempos venideros”, o sea, próximamente, mientras que ahora la esperanza, aunque cierta, se asienta en unos márgenes (“edad y siglo”) demasiado amplios.  Para la primera utilizó el subjuntivo, para la segunda el futuro.

   Sin ninguna modestia don Quijote opina además sobre sus propias hazañas, aunque de nuevo se trata de otra estrategia de Cervantes para hacer la crítica literaria del Relato, obra digna “de entallarse  en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en  lo futuro”.  La alabanza se encuentra no sólo en los elogios específicos a una obra digna de perdurar en el tiempo, sino también en la misma prosa, cuya sobriedad y belleza contribuye a resaltar el valor de la de Gonçalves, en contraposición con las fatuas maneras, evocadoras de la Vida, de la primera parte del discurso. 

   Don Quijote completa su intervención con un ruego a través de los tiempos, dirigido a quien haga  el “comento” del libro

“¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas,  a quien  ha  de tocar el ser coronista  desta  peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero  eterno mío en todos mis caminos y carreras"

solicitando especial atención para Rocinante (“compañero eterno”), en cuanto ambos son tan inseparables como Loyola y Gonçalves, sin cuyos escritos sería imposible conocer los verdaderos “caminos y carreras” del peregrino. Cervantes exalta varias veces en su novela el Relato y a Gonçalves, en reconocimiento al extraordinario valor de  su escritura y a su calidad humana como humilde y, prácticamente, ausente autor de la obra. Parece estar fascinado por la breve, atrevida y compleja narración  de esa obra llena de vida,  donde  los avatares de Loyola sirven de  eje  para  la reconstrucción de  toda una época de Europa: guerras,  tempestades, peste, naufragios, visiones, procesos, vida social, ideología, sicología, etc.,  un  mundo en sus mínimos detalles recogido en apenas  setenta páginas  "dignas de entallarse en bronces"

   Generoso y al tanto de todos los pormenores, tampoco olvida Cervantes agradecer el trabajo de quien descifre el suyo y, hablando como en profecía (“quienquiera que seas”), surge desde el pasado demandando atención (“Ruégote”) al Relato.

   La certificación de que todo el monólogo está referido al Relato y a su autor, lo confirma el calificativo "peregrina” historia, pues en estos ocho capítulos de la Primera parte, donde se parodian los años del Loyola peregrino, dicho vocablo será su clave identificativa y, como se verá en su momento, un símbolo permanente en toda la obra de Cervantes. 

    Don Quijote prosigue sus evocaciones dirigiéndose ahora a Dulcinea, a la que llama princesa y señora de su corazón

“-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!  Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura,  Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece”

   Este tono arcaizante vuelve a ser parodia de la Vida, donde aparecen por separado, aunque con el mismo tono blandengue, muchos de esos vocablos agrupados por don Quijote.  Por ejemplo

“paró, y herido de la mano de Dios, volvió atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo” (Vida V, II)
“sacando del corazón continuos gemidos, y amorosos suspiros” (Vida IV, VII)
“Y con esto, échase a los pies del maestro y ruégale una y muchas veces muy ahincadamente que muy particularmente le tome a su cargo, y le trate como al menor muchacho de sus discípulos, y que le castigue y azote rigurosamente como a tal” (Vida I, XIII)

   El lenguaje de don Quijote es parodia concentrada de este tipo de absurdos fragmentos donde Ribadeneyra da alas a sus delirantes disparates, según los califica el narrador

“Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje.  Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera”.

    Cervantes va ensartando, uniendo los muchos  arcaísmos o memeces sugeridas por el estilo y lenguaje de la Vida, por eso especifica el narrador que son “al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje”, una frase donde, sutilmente, se informa no sólo del proceso de imitación, sino también de la cautela (“en cuanto podía”) con la que ha de realizarse dicho trabajo, evitando una evidencia comprometida.

   Es un proceso lento, pues supone un análisis exhaustivo del Relato y la Vida, más una versión lo suficientemente interesante y disfrazada para sobrevivir en el tiempo, sin que el olvido la sepulte ni los interesados en su desaparición puedan lograrlo.  De ahí que don Quijote camine “tan despacio”  y con riesgo de que el sol le derrita los sesos.  Una frase que de nuevo remite a otra de Ribadeneyra

“Porque, como ya su corazón estaba mudado y como una cera blanda dispuesto para que en él se imprimiesen las cosas divinas, las voces y alabanzas del Señor que entraban por sus oídos, penetraban hasta lo interior de sus entrañas; y con el calor de la devoción derretíase en ellas, contemplando su verdad” (Vida I, V)

   Cervantes ha repetido los verbos entrar y derretirse,   ha sustituido “calor” por “ardor”, y la profundidad de la penetración, que en la Vida llega desde los oídos hasta el “interior de sus entrañas”, alcanza hasta los sesos, o sea, también hasta el interior de las entrañas.  Como coletilla desorientadora añade “si algunos tuviera”, completando así el tono jocoso que da respuesta al despropósito lógico-religioso de Ribadeneyra.

 Don Quijote continuó su camino

“Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo” 

   En el inicio del fragmento Cervantes sigue realizando  una crítica implacable a Ribadeneyra, cuyas dedicatorias y primeros capítulos están siendo objeto de una dura burla, especialmente en sus aspectos más reprobables.  Tal es el caso de la primera frase, donde según el narrador don Quijote caminó todo el día “sin acontecerle cosa que de contar fuese”, expresión utilizada por Ribadeneyra en un párrafo de dudosa comprensión, teniendo en cuenta que, antes y después, insiste en su intención de contar la verdad sobre la historia de Loyola

“Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido y otras cosas que siendo prepósito general se ordenaron y establecieron y  por estos respetos parece que están tan trabadas y encadenadas con su vida, que apenas se pueden apartar della. Pero no por esto me tengo por obligado de contarlo todo, sin dejar nada que de contar sea; que no es esta mi intención, sino de coger algunas cosas y entresacar las que me parecerán más notables o más a mi propósito, que es dar a entender el discurso de la Compañía; las cuales, si ahora que está fresca su memoria no se escribiesen, por ventura se olvidarían con el tiempo” (Vida, A los hermanos)

   Ribadeneyra  se está defendiendo ante sus compañeros del posible rechazo que provocará su libro cuando se comprueben sus manipulaciones y verdades a medias, de ahí que especifique su intención de seleccionar las cosa más notables o “más a mi propósito”, algo que inmediatamente aclara (“dar a entender el discurso de la Compañía”), aunque de forma totalmente imprecisa.  Es decir, el libro sobre la biografía de Loyola se ha transformado ahora en un libro sobre “el discurso de la Compañía”, aunque su título precise otra cosa.

   Cervantes, muy atento a la prosa, casi le copia la expresión con la que intenta justificarse: “sin dejar nada que de contar sea” / “sin acontecerle cosa que de contar fuese”, incluyendo en su frase, además del verbo  (“sea” / “fuese”), el vocablo “cosa”, con el que Ribadeneyra se ha referido de forma general a sus objetivos (“coger algunas cosas”)

   En el fragmento de la Vida, aparecen también otros dos vocablos (“empresas” y “acometido”) muy peculiares del Quijote, y un tercero (“valor”) repetido en ambos fragmentos (“prudencia y valor” / “experiencia del valor”) y que actúa, según se aprecia en la nota, como referencia a las reiterativas alusiones al valor físico-espiritual de Loyola.

Autores  hay que dicen que la primera aventura que  le  avino fue  la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los  molinos  de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he  hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo  aquel día,  y, al anochecer, su rocín y  él  se  hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes  por ver  si descubriría algún castillo o alguna majada de  pastores donde  recogerse  y  adonde pudiese remediar su  mucha  hambre  y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminabaDiose priesa a  cami­nar, y llegó a ella a tiempo que anochecía"

         El narrador informa ahora de la existencia de dos tipos de fuentes (“lo que yo he podido averiguar en este caso” y “lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha”), o sea, fuentes orales difundidas por personas que poseen datos sobre la vida de don Quijote, y fuentes escritas, agrupadas bajo el título general de “anales de la Mancha”

       De las primeras puede decirse, si identificamos al narrador con Cervantes y a don Quijote con Loyola, que muy probablemente, entre 1580 y 1600, fuera fácil escuchar en España datos referentes a la vida de Loyola, pues durante esas fechas se iniciaron los trámites para su beatificación y posterior canonización, lo que supone una investigación y una expectación general que lleva implícita un gran revuelo en torno a datos, anécdotas y leyendas desfiguradas por el tiempo.  De ahí que el narrador, tácitamente,  considere estas informaciones de autores desconocidos como poco fiables, y sólo tome en cuenta la de “los anales de la Mancha”, a los que, por ahora, identificaré como el conjunto de información escrita existente entonces sobre Loyola.

         Con la mención de los autores, Cervantes también introduce  una aclaración sobre algunas licencias tomadas respecto a los dos libros parodiados, pues tanto  en el Relato como en la Vida se narra el encuentro de Loyola con el moro antes de que él haya velado sus armas en Montserrat. Pero Cervantes, tal vez para evidenciar que está siguiendo las reglas de los libros de caballerías, hace que don Quijote no emprenda ninguna aventura antes de haber sido armado caballero, por lo que se produce aquí una irregularidad en la parodia paralela de los acontecimientos, tal como nos sugiere el narrador con esa advertencia de los distintos criterios de autores.  Para ratificar esa estrategia, el narrador ha dejado la sutilísima pista aclaratoria del verbo topar: “quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo”, porque precisamente ese verbo aparece al inicio del encuentro de Loyola con el moro

“Iba, pues, nuestro Ignacio su camino, como dijimos, hacia Montserrate, y topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España” (Vida I, III)

   Don Quijote “se desperaba, porque quisiera topar luego”,  es decir, su deseo inmediato, tras haber salido, es imitar el encuentro con el moro, seguir correctamente el hilo de los acontecimientos históricos.  Pero Cervantes ha decidido armarle antes caballero, por lo que vuelve a situar a don Quijote en un lugar paralelo al de Loyola en los momentos anteriores a su llegada a Montserrat.  Ha salido de Navarrete, cerca de Pamplona, y se dirige a Montserrat, un largo trayecto del que, a excepción del episodio del moro, apenas se dice algo en el Relato.  Debemos imaginar cansancio (todavía cojeaba) y hambre

“Porque muchas veces no le dejaban entrar en los pueblos, y algunas era tanta la hambre y flaqueza que padecía, que sin poder dar un paso más adelante le era forzado quedarse donde le tomaba la noche, hasta que de lo alto le viniese el remedio” (Vida I, X)

y un gran deseo de llegar al monasterio donde, además de descansar, pensaba poner en práctica su determina­ción  de velar armas e iniciar la búsqueda que le encaminaba al inicio de  su peregrinación-redención. Una situación muy similar a la que, según el narrador, se encuentra don Quijote camino de la venta

“al anochecer, su rocín y  él  se  hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes  por ver  si descubriría algún castillo o alguna majada de  pastores donde recogerse  y  adonde pudiese remediar su  mucha  hambre  y necesidad”

   Hay un claro paralelismo con el fragmento anterior de la Vida, donde se repite el momento temporal (“la noche” / “al anochecer”), más el vocablo “hambre” asociado a otro sinónimo de debilidad (“hambre y flaqueza” / “hambre y necesidad”), y un sustantivo y un verbo con la misma raíz (“remedio” / “remediar”)

   También don Quijote camina imbuido de esa idea de llegar a un punto donde va a poner en práctica sus deseos, por eso cuando el narrador señala que don Quijote al ver la venta “fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba”, subrepticiamente está otorgándole las misma sensaciones deducidas del  Relato, pues Loyola debió ver el monasterio desde lejos y sentir la alegría de quien alcanza su primera meta.  Igualmente para don Quijote la venta-castillo no sólo supone la esperanza de comer y descansar, sino, fundamentalmente, la posibilidad de conseguir armarse caballero,  o sea, formalizar, como Loyola, su nueva personalidad.

   La expresión “fue como si viera una estrella” obliga, a su vez, a elevar  la mirada, tal como debió hacer el peregrino al ver a lo lejos el monasterio de Montserrat, enclavado en lo alto de un “impresionante macizo rocoso” [6] y  rodeado de formas puntiagudas que desde lejos dan la sensación de una gran fortaleza o alcázar (“a los alcázares de su redención le encaminaba”)

   Loyola desea llegar al monasterio que marcará el inicio de una nueva vida hacia la santidad, o sea, hacia su redención. En la Vida encontramos el verbo encaminar con ese mismo sentido de búsqueda de la salvación espiritual

 “En esta empresa, demás del principal cuidado que cada uno tenía de su propia conciencia y de perfeccionarse en las virtudes, trabajaban cuanto podían de encaminar los prójimos al camino de su salvación” (Vida II, X)

   En definitiva, Cervantes ha novelado las sensaciones captadas en el Relato, transmitiendo a don Quijote no sólo el agotamiento de esa intensa jornada, sino también la emoción del inexperto principiante, influenciado por las lecturas religiosas y en busca de su propia santidad.    La crítica cervantina ha resaltado siempre el sentido religioso apreciado en ese párrafo

"La  estrella  [...] tiene un valor metafórico.   No  sirve  de punto  de referencia para indicarnos una dada dimensión;  lo  que hace es lanzarnos a la lejanía, abrir una perspectiva que, diri­giéndonos  al  infinito,  nos entregue de una vez y  en  toda  su intensidad el significado de la venta: como la estrella para  los Reyes Magos, así la venta para don Quijote" [7]
“la venta, vista a lo lejos, es imaginada como una promesa de hallarse cerca de los <<alcázares>> en donde habrá redención para don Quijote, para que su ser él se realice plenamente.  Como en otros casos, el lenguaje religioso se combina con el profano en modo extraño” [8]

   El episodio concluye con la llegada de don Quijote a la venta

Diose priesa a  cami­nar, y llegó a ella a tiempo que anochecía"

también imitando otra expresión del capítulo II de Ribadeneyra

diose priesa y pasó adelante” (Vida I, II)

  La venta será, pues, trasunto del monasterio donde Loyola velará sus armas siguiendo los pasos que ha leído en los libros, y en ella don Quijote imitará paródicamente los actos esenciales realizados por Loyola en Montserrat.

“Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada;  y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.  Fuese llegando a la venta que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo.  Pero como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando”

      Cualquier sugerencia le sirve a Cervantes de punto de apoyo para iniciar su parodia, en este caso es probable que la idea de las mujeres en la puerta de la venta proceda del importante papel jugado en el Relato y la Vida por otras dos mujeres peregrinas de las que, por su trascendencia, se hablará más adelante.  

“Entre las personas que le oían y se aprovechaban de sus consejos, hubo dos mujeres, madre y hija, nobles y viudas honradas, y la hija moza y de muy buen parecer” (Vida I, XIV)

    Cervantes ha suplantado el ambiente religioso de Montserrat por el de esta venta castellana con rameras en la puerta, volviendo a mencionar la influencia de los libros sobre don Quijote y cómo la vida real se le representa según sus necesidades o su deseos, pues un poco más adelante se vuelve a decir que “se le representó a don Quijote lo que deseaba”.  Nada más apropiado para explicar ese sentido dado por Cervantes a las representaciones, que las palabras de Ribadeneyra, unidas también a la expresa mención de la influencia que los libros ejercían en Loyola