CAPÍTULO CATORCE

El juego paródico de esta Segunda parte de 1605 alcanza su máxima complejidad en este capítulo, donde la idea del Quijote como mosaico a base de detalles procedentes de la Vida, se plasma de forma patente en la Canción de Grisóstomo y en el discurso de Marcela, cuya aparición es una recreación en el momento en que la Compañía toma nombre y se deja ver por todos como una organización de origen divino.

 


   El juego paródico de esta Segunda parte de 1605 alcanza su máxima complejidad en el capítulo 14, donde la idea del Quijote como mosaico a base de detalles procedentes de la Vida, se plasma de forma patente en la Canción de Grisóstomo y en el discurso de Marcela.     Como en ocasiones anteriores, resulta imprescindible para aproximarse a su lectura profunda conocer los dos capítulos de Ribadeneyra en los que, por distintas razones, recae la parodia, y cuyos títulos son: “De la muerte del Padre Francisco Javier” (Vida IV, VII) y “Del instituto y manera de gobierno que dejó Ignacio a la Compañía de Jesús” (Vida III, XXI)

   En conjunto, todo este capítulo 14 es de difícil interpretación,  especialmente la Canción, cuya presencia vale por sí sola para justificar la idea de un Cervantes oscuro y enigmático y, por lo tanto, ajeno a esa sencillez y realismo que se pretende imponer como su única forma expresiva.

  Al margen de sus muchos detractores,  y a pesar de que prácticamente nadie ha realizado un análisis profundo y detallado,  “los máximos elogios a este poema son los que le ha prodigado Montero Díaz: <<La Canción desesperada es la obra maestra de la poesía cervantina.  Es también uno de los mejores poemas de todo el idioma castellano.  Pocas veces la pasión sin forma ni límite ha encontrado una expresión más enérgica, más arrolladora...Anticipando en siglos el romanticismo [Grisóstomo] canta sus propias penas.>>” [1] .

   Salvo ese tipo de valoraciones generales en pro o en contra, y algunos comentarios a versos aislados, poco se ha escrito sobre un poema para cuyo análisis resulta necesario conocer el capítulo dedicado a la muerte de Francisco Javier, en el que Ribadeneyra, empleando la misma técnica utilizada en el de Fabro, construye una estampa colorista y fantástica sobre la vida de su compañero con el objetivo de encumbrar su imagen, aunque de forma tan exagerada e irreal  que cualquier lectura medianamente objetiva se transforma inevitablemente en  crítica, pues todo el capítulo es una sinrazón y una tremenda injusticia contra quienes, para resaltar los valores del jesuita, sirven de contrapunto negativo.

   Se trata de una obra modélica de manipulación, donde Ribadeneyra muestra su falta de escrúpulos con tal de captar lectores y santificar a los miembros de la Compañía.     De ahí que Cervantes, para completar su creación de Grisóstomo y continuando su avance paródico hacia el final de la Vida, haya escogido esta falsa historia de Francisco Javier.

   Según Ribadeneyra, Francisco Javier (en adelante FJ) fue descendiente de una noble familia navarra  que, viendo sus grandes cualidades, lo envió a estudiar a París.  Allí se hizo amigo de Fabro y más tarde de Loyola: “y determinó de juntarse y hermanase con él, y vivir en su Compañía en una misma manera de vida”

   A lo largo de la Vida, Ribadeneyra ofrece algunos detalles sobre la trayectoria de FJ,  aunque la mayor parte de la información se concentra en ese capítulo VII, íntegramente dedicado a su vida y muerte.  En él se hace un resumen de sus actividades como misionero por la India y otros muchos lugares del mundo.    

   En 1552,

 “el padre Francisco Javier habiendo partido de la India a predicar el Evangelio a los Chinas, y a dar a aquellos pueblos ciegos los primeros resplandores de nuestra Fee, en la misma entrada de aquella Provincia falleció”

  Tras este inicio, Ribadeneyra cuenta en unas quince páginas las grandes conquistas espirituales logradas por este misionero cuyo comportamiento ejemplar desde Portugal a la India dejó un rastro imborrable de virtud y caridad cristiana.

 “Invernaron en Mozambique aquel año, antes de llegar a la India, y en seis meses que se detuvo el armada en aquellos ásperos y mal sanos lugares, sirvió con singular caridad y diligencia a los enfermos della, así soldados como marineros.  Dejó señales vivas de su virtud en Melinde, ciudad de moros y cabeza de aquel reino, y también en Zocotora, que es una isla de cristianos, pero muy estéril y fragosa.  Y finalmente, a los seis de mayo de mil y quinientos y cuarenta y dos, llegó a la ciudad de Goa.  Allí se fue a vivir al hospital de los pobres,  en el cual empleaba su tiempo en curar los cuerpos y las almas de los dolientes

   FJ siguió viajando y causando “grande maravilla de sí”, y en la India

convirtió grande número de infieles, sacándolos de las tinieblas de la infidelidad y trayéndolos a la luz del Evangelio, y enseñóles los principales misterios de la fe.  Habiendo fundado en aquella comarca mas de cuarenta iglesias y dejándoles maestros que los acabasen de enseñar e instruir, se pasó a Mazacar y allí trujó a la fe de Jesu Cristo dos reyes, y con ellos una gran multitud de sus pueblos

   Su intensa labor se hace cada vez más arriesgada, pues FJ se interna por lugares desconocidos y malditos, donde prosigue su labor apostólica, bautizando y evangelizando a “hombres y mujeres, niños y viejos”

“Oyó allí decir que estaba cerca de Maluco una isla llamada del Moro, donde había gran número de personas, cuyos antepasados habían sido bautizados, más, muriéndoseles los sacerdotes que los habían bautizado, se había ya casi perdido la memoria sin quedar en ellos rastro de fee.  Porque ninguno osaba ir a ellos ni tratarlos, por ser la gente tan bárbara y tan fiera y bestial, que no se podía tratar con ellos sin grandes trabajos y notable peligro de la vida.  Determinó el padre Francisco Javier de ir a esta isla, moviéndole no sólo el celo de la salud de aquellas almas,  pero también de la suya propia, porque juzgaba que la necesidad espiritual que tenían era extrema, a la cual él estaba obligado a socorrer, aunque fuese a costa de su propia vida.  Porque rumiaba con atención y pesaba aquellas palabras de nuestro Redentor: <<quien ama su vida la perderá y quien por mí la perdiere la ganará>>.  El cual lugar del Evangelio decía el que parecía claro a los que le leían y solamente miraban por de fuera las palabras, mas que era muy oscuro a los que le quisiesen poner por la obra y experimentar.
   Es aquella isla del Moro, muy áspera y fragosa, y tan desamparada de la naturaleza, que parece que de ninguna de las cosas necesarias para la vida humana la ha proveído;  óyense continuamente en ella horribles ruidos y espantosos como bramidos,  tiembla muchas veces la tierra con grandes y cotidianos terremotos, que asombran y espantan.  Los naturales no parece que tienen condición ni costumbres de hombres, sino de unos monstruos y crueles fieras,  porque su mayor pasatiempo es matar y degollar hombres y hacer carnicería dellos.  Cuando no pueden hartar con la sangre y muerte de hombres extraños su insaciable crueldad, sin respeto ninguno de la naturaleza se quitan la vida los hijos a los padres y los padres a los hijos y las mujeres a sus maridos, y cuando los hijos veen a sus padres viejos y cargados de edad, los matan y se los comen, convidándose unos a otros con las carnes de los que los engendraron

   El asombro es inevitable, hemos visto al misionero recorriendo cientos de kilómetros y convirtiendo, en poco tiempo, a miles de infieles con costumbres y lenguas diferentes, ha sembrado sus pasos de virtudes y maravillas divinas, enseñando los “principales misterios de la Fee”, ha navegado, viajado por tierras estériles y fragosas, y ahora se encuentra frente a esta aterradora isla del Moro, de donde volverá victorioso tras amansar y domesticar a sus “moradores, o por mejor decir, a los salvajes y bestias fieras de aquella tierra” 

   No ha dudado en montar este temible decorado para resaltar al máximo la bondad, entrega y valor de su compañero, presentado como un superhombre con protección divina. Su objetivo no es contar la verdad, sino mitificar la historia de la nueva Compañía, dotarla de santos tan  grandes como las demás religiones y despertar el fervor hacia ellos.  Ribadeneyra no espera que sus lectores cuestionen la autenticidad de su información, pues escribe desde y para el fanatismo, y apoyándose en su condición de religioso y en una continua invocación a la verdad y a los valores sagrados.

    Especial atención merece  el fragmento dedicado a la isla del Moro, pues Cervantes va a convertirlo en uno de los núcleos esenciales de este capítulo 14, precisamente por ese sensacionalismo que lo caracteriza, por ese “inhumano narrar” [2] que delata la falta de escrúpulos de este religioso que en nuestro días sigue considerado como un escritor de prestigio.

   Esas opiniones sobre la Vida y su autor pueden parecer tendenciosas, pero coinciden con las de algunos jesuitas que anduvieron cerca de FJ y conocieron su tarea evangelizadora.  Cuando estos misioneros leyeron la Vida y su versión sobre FJ quedaron sorprendidos por sus irregularidades, y deseosos de contribuir a rectificar aquel cúmulo de errores, enviaron desde los distintos países en que se encontraban diferentes escritos conocidos como “censuras” a la Vida.

   Son textos dirigidos por estos religiosos a Roma una vez leída la edición de 1583, con la intención de que en sucesivas ediciones, y en honor a la verdad y la fama de la gente que en ella se menciona, se rectificaran.

    La más significativa es la valiente carta del portugués Manoel Teixeira, escrita desde Goa a Ribadeneyra con muchísima prudencia y diplomacia, pero de cuyo contenido se desprende una dura crítica a su falta de autenticidad y de escrúpulos.   

            “Jesús María
            Reverendísimo en Cristo Padre
            Pax Christi
Nuestro Señor, por su infinita misericordia, pague a V.R. la consolación y alegría que a toda esta provincia de la India otorgó, o, mejor dicho, a toda nuestra Compañía con la Vida que de nuestro bendito P. Ignacio escribió, de santa memoria, así  con la que hará 15 años que en latín escribió, como con la que en este año de 84, en lengua, nos mandó, que con certeza fue de gran consolación y alegría y enseñanza para todos los de nuestra Compañía. Y es esta caridad ahora mayor, pues ella viene más aumentada y corregida y universal en esta lengua para todos nosotros Padres y Hermanos, incluso los que no saben latín, que tanto la deseaban; por lo que creo  tendrá V. R. gran premio ante Nuestro Señor, pues por él hemos sabido todos la vida y virtudes de nuestro bienaventurado P. Ignacio [3] , y nos ha propuesto a todos tantos y tan grandes ejemplos suyos que imitásemos. Nuestro Señor, por su bondad, se lo pague, como creo que así lo hará.
Yo, siguiendo el ejemplo de V.R, aunque tan diferente, escribí también por estos lugares de la India, algunas cosas acerca de nuestro bendito P. Francisco Javier, que está en la gloria, de las cuales tenía conocimiento por en él haberlas visto, o por  haberme llegado por escrito y por parecerme que en ello tenía alguna obligación, para que no se perdiera del todo la memoria de ellas y de tan virtuosa y santo varón como él fue, las cuales creo que V. R. ya habrá podido ver, pues hace cuatro o cinco años que las envié a nuestro P. General Everardo, de santa memoria. Y el Reverendo P. General actual me escribió el año pasado diciendo que ya las había visto y que le habían parecido bien [4] (parece que por ser de quien son), y que ya las había mandado traducir e revisar para mandarlas imprimir.
   Yo, en las cosas que Nuestro Señor obró por mediación del Padre Maestro Francisco por esa Europa, sigo en todo lo que V. R. de ellas escribió [5] en la Vida de nuestro bienaventurado P. Maestro Ignacio, como V. R. en ellas verá, así por no tener otra autoridad a quien mejor seguir en esta parte, como porque me parecen ser las más verdaderas, pues V. R. las  escribía, que tenía tanta razón de saberlas. Y así, la caridad que a V. R. ahora en esta pido, es que, si todavía no han sido impresas, V. R., por amor de Dios las revise e corrija como en el Señor mejor le parezca y más verdadero.
Y para alcanzar de V. R. esta caridad, he querido hacerle en esta también algún pequeño servicio: apuntar  aquí en esta a V. R. las cosas que del mismo P. Maestro Francisco, en la Vida de nuestro bendito P. Ignacio, escribe V. R. que aquí en la India le acontecieron, en que se ve que hay alguna variación, que creo que V. R. se alegrará de conocer, ya que desde aquí se ven mejor, por el hombre estar al pie de la obra y porque hace 43 años que en estas partes se encuentra; y ha andado por algunos lugares por donde el bendido P. Maestro Francisco andó, y por haberlo visto y conversado con él y con algunas de las personas que lo vieron y con él hablaron, y con quien le acontecieron algunas cosas de las que V. R. allí escribe; todo ello creo que V. R.  se alegrará de saber, como dije, para que cuando esta su Vida del P. Maestro Ignacio se vuelva a imprimir puedan ser corrigidas [6] , si a V. R. le parece.
Ya cuando aquí llegó la misma Vida en latín hubiera querido señalárselas a V. R., pero, como entonces se mandó recoger hasta que fuera traducida o aumentada, me pareció que entretanto las vería V. R. allá y las corregiría [7] como en el Señor le pareciera. Pero como aún ahora muchas de ellas aparecen en la traducción en lengua, me pareció adecuado avisar a V. R. de ellas para que sobre esto hiciera lo que en el Señor mejor le pareciese y más en su servicio.
En el 3º libro, en el cap. 19, donde se habla de la muerte del P. Antonio Creminal, y se dice que se encontraba entonces en la provincia del Rey de Manancor, aquello no es propiamente provincia, sino un lugar o isla que está cerca de otro lugar al que llaman Ramanancor, y no Rey de Manancor; pero parece ser que de una palabra hicieron dos.
Lo que dice que las gentes armadas de aquellos lugares llaman Badegás, Badegá no es nombre propio de gente armada, sino nación de gente que vive en el interior de aquella tierra; y tienen ocupadas aquellas costas y a sus nativos, como los portugueses tiene  la India e a sus moradores.
Donde se dice que los badagás enemigos pusieron la cabeza del P. Antonio Creminal en una almena, allí no había almenas ni ciudad o fortaleza de piedra en que se encontrasen, sino una estacada de madera, que los portugueses habían construido y los badagás tomaron por traición de algunos de los naturales; y esto todo según me contó el Padre Amrrique Amrriquez de la Compañía, que ya entonces en aquellas partes de la Pescaria se encontraba y que sucedió en el cargo al P. Antonio Creminal; y, el mismo mozo que iba entonces con el P. Antonio Criminal me lo contó en la misma Pescaria delante del propio P. Amrriquez. Las muchedumbres badagás no mataron al Padre, sino los moros que con ellos traían in odium fidey, según el mismo mozo o intérprete me decía.
En el libro 4º, cap. 7º, que trata de la muerte del P. Maestro Francisco, y dice que fundó en la Pescaria más de 40 iglesias en ambas costas, la de Pescaria y la de  Travancor, no habrá [ahora] más iglesias, fundándose después muchas [8] . Y en la de Travancor no fundó él iglesia alguna, sino que fue el P. Amriquez el que en aquella costa fundó iglesias, según él mismo me dijo, porque hasta entonces cuando decía misa en algún lugar, era debajo de los árboles,  preparando primero decentemente algún altar. En la costa de la Pescaria mandaría el P. Maestro Francisco hacer algunas iglesias de ramas y paja o barro, como aún ahora son algunas o las más de ellas.
Donde dice que, llegando el P. Maestro Francisco a Goa se recogió en el hospital de los pobres [9] , se puede decir del Rey, porque hay dos hospitales en Goa, uno se llama de los Pobres, en que se recoge a la gente de la tierra, del que se encarga la hermandad de la Misericordia y la cual lo sustenta; y el otro se llama del Rey, por haber sido fundado por el Rey de Portugal y porque él lo sustenta para la gente portuguesa que manda  a la India.  Y en este se recogió el P. Maestro Francisco cuando nuevamente llegó a Goa, y no en el de los Pobres. Y el gobernador, con el que a ella vino el P. Maestro Francisco, se llamaba Martim Afonso de Sousa y no Dom Martim Afonso; y tampoco era virrey, sino solamente gobernador [10] , porque en esto hay diferencia.
En el mismo cap. 7º, donde dice que el P. Maestro Francisco pasó de la India a los Macaçares, y después a Malaca, primero está Malaca que los Macaçares a los que van de la India a ellos, y esto muchas leguas antes. Tampoco se sabe aquí en la India que el P. Maestro Francisco hubiera ido nunca a los Macaçares, sino que yendo hacia ellos, y encontrando primero la isla de Amboino, y sabiendo en ella de la necesidad espiritual en que se hallaban los cristianos de la isla del Moro, se pasó de Amboino a ella. Y este viaje consta por cartas suyas que de Amboino entonces escribió. Y los reyes y gente de los macaçares que allí dice que vieron la fe por él, fue por otro sacerdote secular y portugueses que a aquellas islas habían ido a dar, los cuales cristianos se iban ya extinguiendo, y después los Padres de la Compañía de Maluco los fueron a visitar, como consta en sus cartas.
Lo que se dice en este mismo capítulo acerca de la ferocidad de la gente de la isla del Moro, y que comían carne humana, no sabemos aquí en la India que en el Moro se comiera carne humana, ni que sea la gente de aquella isla más bárbara y feroz que la gente de las otras islas de Maluco, sino semejante a ella, según nos cuentan nuestros Padres de la Compañía que de ella vinieron, y otras personas portuguesas que allí estuvieron. En algunas otras islas de aquel archipiélago, lejos de estas, se dice que se come carne humana, pero no sabemos que el P. Maestro Francisco fuese a ellas. Por lo que se infiere que lo que se dice de estas islas se atribuyó a las del Moro, y así parece que se puede excusar lo que allí se dice de esta ferocidad de la isla del Moro, pues es doméstica como las demás. Y en especial parece que se puede excusar lo que  allí se dice, que los padres matan y comen a los hijos, y los hijos a los padres, y las mujeres a los maridos, y que los hijos, viendo a sus padres viejos, los matan y comen, y se invitan los unos a los otros con las carnes de sus padres, etc.:  porque ni esto se sabe aquí en la India de nación alguna, ni será cosa de creer a quien no lo vea, por ser cosa tan contraria a la naturaleza humana. [11]
Acerca de lo que en este capítulo se dice del primer hombre japonés que fue a dar a Malaca con el P. Maestro Francisco, servirá saber que, por causa de otro hombre japonés que en su tierra mató, por lo que lo querían matar a él, se acogió a un navío de portugueses que en el puerto de su tierra estaba, y se vino con ellos hacia China y Malaca, donde el P. Maestro Francisco lo encontró viniendo de Maluco, y lo trajo consigo a la India y bautizó en Goa. Y lo demás que allí se dice después de que el P. Maestro Francisco volviera del Japón, Anger, o Paulo de Santa Fe, volvió al suyo y, viniendo una vez a China a realizar robos y asaltos, como acostumbran los japoneses, allí lo mataron los chinos, según se sabe en la China y por los propios japoneses. Conforme a esto, se puede corregir lo que allí de él se dice, siendo verdad que, con todo esto, Nuestro Señor lo tomó por medio de la conversión de Japón como allí se dice.
En el mismo capítulo, donde se dice que el P. Maestro Francisco, cuando se fue para la China, no llevó a ninguno de la Compañía consigo [12] , sino a sus dos mozos naturales de la China, servirá saber que, cuando partió de Goa para China, llevó consigo tres de la Compañía y un mozo chino para intérprete, scilicet, al P. Baltezar Gago y al Hermano Pedro d´Alcaceva, que de Malaca mandó para el Japón, y a un Hermano portugués que consigo llevó hasta la China; pero habiendo enfermado allá y mostrándose un poco enfermizo y débil, lo volvió a mandar de ahí para la India y de allá se fue para Portugal; y el mozo chino, el intérprete, que se llamaba Antonio de Santa Fe, que después se encontró con él a su muerte. Y a estas 4 personas vimos ir con él todos los que entonces en este colegio de Goa nos encontrábamos.
La isla a la que el Padre llegó en la China, que allí se dice que se llama Cantão, es llamada en realidad, comunmente, Sanchoam, por todos los que por aquellas partes navegan, según allá en la China y aquí en la India vimos.
Lo que en el mismo capítulo se dice, que el p. Maestro Francisco enfermó el último día de Noviembre [13] de enfermedad de la cual falleció el dos de diciembre, no nos lo dijo así el mozo intérprete chino que con él se encontraba en el momento de su muerte, sino que había enfermado el día 21 de noviembre, y que había estado enfermo de fiebres hasta el 2 de diciembre en que falleció. No sabemos de él que el Padre denunciase su muerte antes de morir, sino de tener mucha paciencia en su enfermedad [14] .
Lo que allí se dice, de que el P. Maestro Francisco, antes de fallecer, se hizo llevar a una peña o roca muy  áspera, donde hablando dulcemente con Dios, puso su alma en sus manos, no se sabe aquí en la India que tal aconteciera; sino que, lo que nos dijo el mozo chino, que con él se encontró a su muerte, fue que, un portugués honrado, al que llamaban Diego Vaz d´Aragão, lo llevó enfermo para su casa, y que allí estuvo hasta que falleció; con el dicho Diego Vaz también hablé yo, y pasé por la isla de Sanchão, donde el Padre falleció y fue sepultado, y no me acuerdo de haber visto tal roca, ni sé si en aquella isla existirá. Puede ser que se escribiera que el Padre Maestro Francisco falleció en una choza, como entonces eran casi todas las casas en las que los portugueses en aquella época vivían, de ramas y de paja, porque no habían sido hechas todavía las paces de la China, y porque quemaban las casas cuando se alejaban totalmente del puerto, y que por choza tomaran roca; pero lo que queda dicho es lo que verdaderamente pasó.
Lo que allí se dice, que el P. Maestro Francisco comía una vez al día, y que no comía carne, ni bebía vino [15] , y que lo que le enviaban de comer lo daba en secreto a los pobres: era el P. Maestro Francisco, según en él observamos, muy templado en todo, pero en el comer no tenía extremo o particularidad alguna, sino que seguía el consejo del Señor: «Manducate quae aponuntur vobis». Y así le vimos muchas veces comer carne, si la había, y beber vino si se lo daban, y andar con el común de los otros Padres y Hermanos o personas con quienes comía, según vi en él todo el tiempo que en este colegio de Goa estuvo cuando regresó al Japón, y del que yo tuve cuidado; pero todo con mucha templanza y modestia.
No sabemos aquí en la India que por 3 veces padeciera el P. Maestro Francisco naufragio, ni que andase 3 días en el mar sobre una tabla [16] , como allí se dice: puede ser que así fuera. [17]
Lo que en el mismo capítulo se dice del P. Maestro Francisco, que Nuestro Señor resucitó por él muertos, aunque su santidad y virtud era tanta que lo podía Nuestro Señor hacer por él por su infinita bondad y poder, no obstante, inquiriendo, no se encontró certeza alguna de ello [18] , más que la opinión común de que Nuestro Señor lo hacía por él. Lo más que en esta materia se dijo fue, que en el Cabo de Comorim había resucitado Nuestro Señor a través de él a un muerto, pero queriendo apurar el hecho no se encontró a nadie que lo hubiera visto. Y el P. Amrriquez de la Compañía, que hace 40 y tantos años que está en la Pescaria, me dijo que de propósito se lo había preguntado por orden de la santa obediencia, y que no había encontrado nada que con certeza pudiera confirmar esto. No se dice esto porque no hubiese virtud y santidad en este bendito Padre para todo lo del Señor [hacer], como se dijo, sino porque, para dar forma a cosa de tanta importancia, parece necesario la certeza, o al menos evidente probabilidad, pues como V. R. bien dice en el prólogo de su libro, de la Vida de nuestro P. Ignacio, si toda mentira en cualquier materia es indigna del hombre cristiano, mucho más en las vidas de los santos. [19] Non  indiget Deus Nostris mendaciis, etc.
Lo que se dice en este capítulo, que el P. Maestro Francisco, antes de su muerte, pidió que después de muestro llevaran su cuerpo a la India, no se sabe en la India nada de ello [20] , ni el mozo chino que con él estuvo el tiempo de su enfermedad dijo nada, sino que los portugueses de la nave en que  había ido el Padre lo quisieron traer por su devoción, y teniendo también respeto a Diego Pereira, a quien pertenecía la nave, y a quien ellos tenían obligación, porque sabían que era un gran devoto y amigo del P. Maestro Francisco; e parece que lo ordenó el Señor de este modo, para manifestar y honrar la santidad de su gran siervo.
Lo que aquí se dice, que en el recibimiento solemne que en Goa se hizo al cuerpo del P. Maestro Francisco fue concurso de todas las religiones [21] , yo me encontré en este recibimiento y procesión, y no recuerdo que en él se encontrasen las religiones de Goa, sino la clerecía de esta ciudad y el cabildo de su catedral, la hermandad de la Misericordia con su bandera y dos tumbas, los Padres y Hermanos de la Compañía, los niños huérfanos de la tierra y portugueses que ella tiene a su cargo, el señor Virrey con los hidalhos y la nobleza de su corte, y grandísima concurrencia de gente de esta ciudad, que es verdad, bien parecía recibimiento de hombre santo. Y después al colegio vinieron religiosos de las religiones a ver su santo cuerpo.
En el capítulo 17º de este mismo libro 4º, donde se trata del gran concepto y opinión de la santidad que el P. Maestro Francisco tenía de nuestro bendito Padre Ignacio, y lo que de él sentía y decía, se puede añadir, si a V. R. le parece, que cuando el Padre Maestro Francisco nombraba al P. Ignacio, estando aún vivo, ordinariamente decía: «Nuestro bendito P. Ignacio, el bienaventurado P. Ignacio, el santo P. Ignacio», como muchas veces se lo oímos decir. Y con prácticas generales y particulares nos decía: «Si ahora, hermanos, cada uno de nosotros estuviera delante de nuestro bendito P. Ignacio, cuan diferentemente conocería a cada uno de lo que nosotros mismos nos conoceríamos a nosotros!» porque en esta cuenta y crédito lo tenía. Y cuando quería mandar o encomendar alguna cosa muy encarecidamente a alguno de la Compañía, de palabra o por escrito, acostumbraba a decir: «Esto os pido,  encomiendo o mando por el amor, reverencia u obediencia que todos debemos a nuestro bienaventurado P. Ignacio», como algunas veces le oimos decir y escribir. Porque tanto era el respeto y reverencia, estando aún vivo nuestro bendito P. Ignacio, que el P. Maestro Francisco le tenía, como santo que era.
Esto es, reverendísimo en Cristo Padre, lo que estimamos necesario advertir a V. R. acerca de las cosas del Padre Maestro Francisco, que en gloria esté, que V. R. en la Vida de nuestro bienaventurado P. Ignacio escribe, que se podrán ver casi todas en la Vida del P. Maestro Francisco que de aquí fue escrita, para que, si V. R.  vuelve a imprimir la suya, y le parece, se enmienden, se ignoren o se cambien, como a V. R. le parezca que puede ser hecho: no ya porque estas cosas y muchas más no pudiera Nuestro Señor obrar por tan virtuoso o santo varón, como el P. Maestro Francisco era, como ya se dijo, sino por cuan amante V. R. es de la verdad en sus cosas, en especial en estas de vidas de santos. [22] Y esto todo a cambio de que V. R. me haga la misma caridad, como ya le pedí de ver y corregir allá lo que escribí de la vida del P. Maestro Francisco. Esto por amor de Nuestro Señor, que sea siempre con V. R., para muchos y grandes servicios suyos. Amén.
    De esta Casa Profesa de Goa, en la India, a 8 de diciembre de 1584.
    [...]
    Indigno siervo de V. R. en el Señor,
    Manoel Teixeira. [23]

    Frente a la idea de la verdad de Teixeira, en desacuerdo con unos hechos conocidos por la gente de otra manera (“lo que queda dicho es lo que verdaderamente pasó”), está la de Ribadeneyra que, amparado en la distancia y movido por otros intereses, ha dado prioridad a sus intenciones didácticas y moralizantes,  no dudando para ello en desvirtuar la historia y en faltar a los principios de objetividad y verdad prometidos en los prolegómenos de su libro. 

   Ribadeneyra estaba seguro de que nadie se atrevería a  desmentirle ni a criticar sus procedimientos (recordemos que la Vida es algo más que un libro, pues nació como un pacto entre órdenes religiosas, etc.), y de que contaría, sin embargo, con el apoyo incondicional de todos los estamentos que colaboraron en dicho acuerdo. Por eso, cuando en 1584 recibió las censuras de Teixeira a su Vida, en vez de corregir en sucesivas ediciones lo mucho que se le sugería, no borró ni una sola palabra, simplemente añadió a su fantasiosa descripción de la muerte de Francisco Javier en aquella pintoresca  “peña muy áspera y alta roca”,  esta imprecisa y confusa aclaración

    “Esto como aquí queda referido de la muerte del padre Francisco se escribió de la India Oriental a nuestro B. P. Ignacio cuando el mismo padre Francisco murió;  mas después algunas personas de las que se hallaron a su dichoso tránsito y le enterraron, contaron que, a los veinte de noviembre, acabando de decir misa, cayó malo de una tan grande enfermedad, que le acabó a los dos de diciembre, estando en la isla y puerto de Sangián en una pobre choza pajiza, invocando el santísimo nombre de su dulce Jesú, como se ha dicho.  Y no es maravilla que en tanta distancia de tierras y diversidad de naciones no se haya sabido a los principios tan por entero la verdad”

   Satisfecho con la muerte inventada para su compañero, no quiso suprimirla del libro, justificándose con el pretexto de que su información le había sido enviada a Loyola por testigos presenciales, con lo que refuerza doblemente sus fuentes,  pues tácitamente nos hace suponer que Loyola leyó y admitió sin reparos todo lo que él simplemente ha copiado. 

   En definitiva, a pesar de que a partir de 1584 pudo corregir esos errores en las sucesivas ediciones,  Ribadeneyra y sus superiores prefirieron dejar las cosas como estaban, pues a fin de cuentas sólo era un libro más entre las innumerables hagiografías de la época, pura y fantástica literatura presentada bajo el marchamo de auténtica historia.

   Este capítulo 14 implica una reflexión en ese sentido pues, a través de su enigmático lenguaje, Cervantes pretende obligarnos a realizar un análisis exhaustivo de ese texto de la Vida que, al igual que indignó a Teixeira  provocando su comedida denuncia privada, movió a Cervantes a imaginar  este enrevesado método de comunicar públicamente su  pensamiento.

CANCIÓN DE GRISÓSTOMO

UNO

Ya que quieres, cruel, que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente
del  áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá  el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.
Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al rüido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.

   Sólo del contexto del capítulo 13 se deduce que  estos versos están dirigidos  a Marcela, pues tanto en esta primera estrofa como en las cuatro siguientes, el destinatario permanece elíptico, e incluso manteniendo una ambigüedad constante respecto a la designación del sexo de esa persona a la que por ahora sólo se le llama “cruel”

   En lo tres primeros versos aparece una evidente contradicción, pues se deduce que es supuestamente Marcela quien desea (“Ya que quieres”) dar publicidad, según el capítulo anterior, al desengaño amoroso padecido por Grisóstomo ante su indiferencia y que, como también se sabrá después, no es culpa suya, pues nunca le había dado esperanzas.  De donde “ya que quieres” aparece como expresión retórica extensiva al contenido de los siguientes versos, pues ni Marcela lo desea ni la forma elegida por Grisóstomo, este poema, se corresponde con el boca a boca anunciado por él mismo como manera de  publicitar su “áspero rigor”, o sea, la frialdad con que cumple sus propósitos de no hacer caso a sus pretendientes

Ya que quieres, cruel, que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente
del  áspero rigor tuyo la fuerza

    Sin embargo, da la sensación de que estos versos ocultan una amenaza velada pues, en el segundo, se habla de una transmisión, primero boca a boca y después de persona a persona, es decir, se insiste en una garantía de comunicación muy selectiva, con lo que el campo de acción del verbo publicar del primer verso queda reducido al boca a boca entre un grupo de personas escogidas, de forma que “Ya que quieres” viene a significar algo así como ya que me obligas a publicar secretamente la fuerza de tu áspero rigor [24] . Por otro lado, el verbo publicar implica todo lo contrario de secreto, salvo que, por ejemplo, se estuviera haciendo en clave, una forma de publicar sólo válida para quien posee el código de signos.

  La sensación de extraña complicidad o clandestinidad se mantiene igualmente en los tres versos siguientes

haré que el mesmo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente,
con que el uso común de mi voz tuerza.
donde se sugiere, de forma enrevesada, un claro procedimiento de distorsión o camuflaje, pues se avisa de que, recurriendo al infierno (lo prohibido, condenado, oscuro o profundo), la voz utilizada en este poema  no será la común, sino una torcida, en el sentido dado por Covarrubias  al verbo torcer (“Es rebolver una cuerda o muchos hilos juntos”),  con lo que se está advirtiendo de la particularidad de este discurso inusual, impropio, en el sentido de no expresado corrientemente y, además, dolorido, pues no es la voz propia de su autor, sino una impostada, triste y contraria al concepto poético de Cervantes, según se deduce de sus opiniones poéticas en el Viaje del Parnaso, donde se muestra contrario a recrearse en detalles disparatados e indignos del hombre. [25]

   Una nueva explicación aclaratoria se inicia en el verso 7

Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus hazañas,
de la espantable voz irá  el acento,
y en él mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las míseras entrañas.

   Otra vez insiste en su contrariedad, la obligatoriedad ética que le fuerza a mostrar en el poema un dolor que, como ya ha dicho, le produce tristeza,  y las hazañas, en sentido despectivo, de esa persona a quien se dirige, o sea, en el caso de Marcela se refiere a su deseo de no hablar de celos etc., aunque en el lenguaje profundo, esas hazañas sugieren otra lectura, pues la canción de Grisóstomo es un mensaje en el que Cervantes comunica su intención de denunciar la escritura fraudulenta (“hazañas”) de Ribadeneyra.  Y al par de ese deseo, irá el acento “de la espantable voz”, es decir, el tono atemorizante y falso utilizado por Ribadeneyra en el capítulo dedicado a FJ, pues de las míseras entrañas de ese capítulo, creado para horrorizar-engañar a los lectores, se nutre el poema, compuesto precisamente  de  pedazos del capítulo VII, para mayor tormento de su destinatario.

   Los últimos cinco versos contienen una nueva y definitiva tarea recolectora abierta con esa reiterativa llamada de atención, “escucha, pues,  y presta atento oído”, y un importante aviso aclaratorio,  “no al concertado son, sino al rüido 

Escucha, pues, y presta atento oído,
no al concertado son, sino al rüido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvarío,
por gusto mío sale y tu despecho.

  Una advertencia de enorme repercusión para toda la Canción, ya que informa sobre su dualidad: una parte mecánica, formal o externa, (necesariamente ajustada a las reglas, el “concertado son”), y otra abstracta, informal o interna, el “rüido” de lo “hondo”, que aunque normalmente suele interpretarse como expresión tópica de los sentimientos profundos, también apunta, según el sentido de secretismo latente en el poema, hacia el ruido con que expresa su amarga denuncia.  Se insiste en la obligatoriedad de lo oculto (“forzoso desvarío”), en la voluntariedad de hacerlo (“por gusto mío) y en el disgusto o rabia (“despecho”) que causará en su destinatario, con lo cual esos últimos versos resultan esenciales para la comprensión general del poema, con una parte externa o concertada a la que no se debe prestar demasiada atención, y un ruido interno, obligatoriamente desconcertado o torcido, al que sí  debe hacerse caso.

   Esta primera estancia invita, pues, a una lectura cuyas claves son olvidar el discurso racional y acorde con la historia pastoril de Grisóstomo, y prestar atención al ruido forzosamente desconcertado y procedente de la Vida, de donde extrae Cervantes gran cantidad de palabras que, a modo de teselas, dibujan el sustrato interno de la Canción, constituida a base de saqueos, con especial predilección a las muchas palabras altisonantes o impropias que recuerdan el injusto proceder de Ribadeneyra, contra quien Cervantes vuelve las mismas palabras que él, injustamente, ha utilizado contra la gente:  fuerza, rigor, crueldad, tormento, etc. 

   Todas las palabras en negrita aparecen, directa o indirectamente, en el capítulo citado y, fundamentalmente, en el párrafo de la isla del Moro, convertido, por su especial utilización, en núcleo del poema, precisamente por ser en él donde se concentran de forma despiadada los mayores disparates de Ribadeneyra. 

   En cada una de las ocho estrofas (más coda)  de que consta la Canción, aparece una media de 25  palabras (directas o del mismo campo semántico) también existentes en el capítulo de FJ y que confirman un claro propósito traslaticio. Todas podrían identificarse, pues, como el ruido al que debe estarse atento, los “pedazos de las míseras entrañas”

DOS

   En la misma línea anterior y valiéndose incluso de vocablos ya utilizados, continúa la segunda estrofa, con una parte externa mantenida sobre el concertado son,  o la apariencia de un poema fantástico o fantasioso en la línea del lenguaje literario pastoril, y una interna donde de nuevo vuelven a trasvasarse los ruidos y el ambiente fantasmagórico de la isla del Moro.

El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado búho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente  ánima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en mí se halla
para contalla pide nuevos modos.

    La estrofa puede dividirse en dos partes: de un lado los once primeros versos, cuyo contenido lo forman una acumulación de ruidos pertenecientes a distintos aspectos expresivos de la naturaleza, y de otro, los cinco últimos, donde de forma sutil reaparece el discurso profundo.   

    La primera parte es una larga, enfática y burlona invocación paródica de los temores naturales propios de la época,  la mayoría (según negritas) presentes en el capítulo de FJ: fiereza, espanto, monstruosidad, bramido, etc.  Todas utilizadas por Ribadeneyra con el fin de atemorizar a sus lectores y conseguir sus objetivos sensacionalistas. En la isla del Moro aparecerán casi todos esos ruidos, pero también a lo largo de la Vida se encuentran fragmentos donde Ribadeneyra maneja literariamente el terror

“Estando allí una vez a boca de noche, parece que todo se estremeció, y que se le espeluzaron los cabellos, como que viese alguna espantable y temerosa figura; mas luego tornó en sí, y viendo que no había que temer, hincóse de rodillas, y con grande ánimo comenzó a voces a llamar, y como a desafiar los demonios, diciendo: “Si Dios os ha dado algún poder sobre mí, infernales espíritus, heme aquí ejecutadle en mí, que yo, ni quiero resistir, ni rehuso cualquiera cosa que por este camino me venga; mas si no os ha dado poder ninguno, ¿qué sirven, desventurados y condenados espíritus, estos miedos que me ponéis? ¿Para qué andais espantando con vuestros cocos y vanos temores, los ánimos de los niños y hombres medrosos tan vanamente? Bien os entiendo; porque no podéis dañarnos con las obras, nos queréis atemorizar con esas falsas representaciones.” Con este acto tan valeroso, no sólo venció el miedo presente, mas quedó para adelante muy osado contra todas las opresiones diabólicas y espantos de Satanás” (Vida V, IX)

   Una vez más se saca de la manga y atribuye a Loyola una invención propia, cuyo objetivo él mismo parece resumir claramente: “atemorizar con esas falsas representaciones”. En ese sentido, ya hemos visto también llamar a los herejes lobos carniceros, horribles monstruos ( “con ser su maestro Lutero tan horrible monstruo”) o alguna forma muy parecida a infernal y negra cuadrilla (“cuando salió del abismo Martín Lutero como un monstruo infernal, acompañado de un escuadrón de abominables y diabólicos ministros”).  Es decir, la primera parte del poema está compuesta a base de referencias a los demagógicos temores de la Vida.

   Los cinco últimos versos, a partir de “salgan”,  explican el porqué de esa temible invocación, y  en ellos se pide que todos esos ruidos salgan a la luz y se escuchen mezclados con las propias penas (doliente ánima) del autor, tan grandes, que su canto exige “nuevos modos”, o sea, desconocidas técnicas  expresivas. Precisamente  “los sentidos” están tan perfectamente incrustados en los versos, que su significación se multiplica, sugiriendo lo mismo confusión de percepciones anímicas,  es decir, un caos de sensaciones provocado por la mezcla de temores y dolores, o multiplicidad de interpretaciones, que la mezcla produzca una confusión en el significado de las palabras. Lo esencial es que esos “nuevos modos” de cantar en otro tono, se refieren a la necesidad de inventar una nueva forma de escribir capaz de contener la denuncia cifrada bajo la apariencia de una confusa e inocente ficción, tretas inusuales para crear un lenguaje ambivalente,  múltiple,  con diferentes estratos significativos.

   También se deja entrever la tristeza de Cervantes (“doliente ánima”) que da significado a la “pena cruel”  pues, de un lado, es una crueldad recrearse de forma tan sarcástica y permanente en la historia de Ribadeneyra y, por otro, es la única forma posible de cumplir con su compromiso ético. 

   En definitiva, esta segunda estrofa, con cantidad de palabras trasvasadas de la Vida, insiste en advertirnos sobre la conveniencia de no leer normalmente lo que, por necesidad, está expresado anormalmente, y sobre la invención de formas capaces de burlar los ataques a la libertad de expresión.

   A la comprensión de esta segunda estrofa puede ayudar el diálogo en el que Sancho explica a su mujer Teresa Panza los riesgos de su aventura

“porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo y a tener dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros” (QII, 5) [26]

      Existe una igualdad entre los peligros que, según Sancho, acechan al caballero andante y su escudero, y los que, según Ribadeneyra, sufrió FJ

“Es aquella isla del Moro, muy áspera y fragosa, y tan desamparada de la naturaleza, que parece que de ninguna de las cosas necesarias para la vida humana la ha proveído;  óyense continuamente en ella horribles ruidos y espantosos como bramidos,  tiembla muchas veces la tierra con grandes y cotidianos terremotos, que asombran y espantan.  Los naturales no parece que tienen condición ni costumbres de hombres, sino de unos monstruos y crueles fieras” (Vida IV, VII)

   Sancho habla de “rodear el mundo”, en correspondencia con el lugar extremo donde se encuentra la isla del Moro, y además añade toda esa fantasiosa relación de peligros fácilmente asociables a los señalados por Ribadeneyra, pues ¿no son los gigantes, endriagos [27] y vestiglos [28] sino una evidente parodia de los monstruos y crueles fieras que pueblan la isla del Moro? ¿no es ese “oír silbos, rugidos, bramidos y baladros” otra parodia auditiva de los terribles sonidos de la isla “óyense continuamente en ella horribles ruidos, y espantosos, como bramidos”? 

   Sin entrar a considerar la nueva perspectiva que supone el discurso de Sancho en la Segunda Parte, baste por ahora apreciar cómo todas las amenazas auditivas señaladas por él (“silbos, rugido, bramidos y baladros”) están contenidas en esta segunda estrofa de la Canción (rugir del león / silbo horrendo / espantable baladro / implacable bramido) y cómo ésas y otras muchas de las existentes en la segunda estrofa de la Canción, se encuentran en ese breve fragmento de la isla del Moro: horribles, espantosos, bramidos, espantan, monstruos,  crueles, fieras. 

   Tanto la primera como la segunda estrofa están, pues, siendo construidas a base de restos o detalles de la Vida que resaltan su crueldad, especialmente del capítulo dedicado a FJ, aunque también recurriendo a otros donde Ribadeneyra hace gala de su sensacionalismo o manipulación.  En general puede decirse que esta concentración de horrores animales y espirituales es una burla a los temores con que Ribadeneyra amenaza en su libro, por un lado los miedos humanos a la naturaleza (león, lobo, serpiente, etc.) y por otro, los temores supersticiosos (el agorero graznar, el triste canto) y religiosos (la infernal negra cuadrilla)

TRES

De tanta confusión no las arenas
del padre Tajo oirán los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que allí se esparcirán mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas,  
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jamás mostró su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los páramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
serán llevados por el ancho mundo.

   La mezcla y confusión anunciada en la estrofa segunda no será escuchada en las riberas del Tajo ni del Guadalquivir, pues “allí se esparcirán mis duras penas en altos riscos y en profundos huecos”, es decir, en lugares donde, por inaccesibles, no se escuchen.  Vuelve a sugerirse un problema de temor, de censura, aunque ahora localizado en dos lugares concretos donde no deben sonar los tristes ecos: ni por “las arenas del padre Tajo”, con lo que probablemente se alude a Toledo, donde desde 1574 se encuentra Ribadeneyra,  ni   por las riberas del Guadalquivir, quizás refiriéndose a Córdoba o Sevilla, lugares con los que Cervantes tuvo una intensa relación, especialmente con Sevilla, mencionada expresamente al final de este mismo capítulo y donde, como se sabe, estuvo encarcelado. En realidad, mencionar Tajo y Betis sería innecesario sino se pretendiera decir algo más. Sí parece clara la existencia de un fuerte  temor, pues ni siquiera las cosas (arenas, olivas) deben escuchar “los triste ecos”,  que además se esparcirán o distribuirán “con muerta lengua y con palabras vivas”, o sea, con un discurso muerto, o incomprensible, por carecer del sentido propio de la lengua, pero con palabras vivas, pues van cargadas de un contenido por desvelar.  Es decir, el lenguaje en conjunto está muerto, pero cada palabra, individualmente, puede tomar vida.

   Mientras hay lugares donde no deben escucharse estas penas (Tajo y Betis), hay otros donde sí puede hacerse (altos riscos y profundos huecos) y cuyo factor común es su inaccesibilidad: oscuros valles, playas impenetrables o en el desierto, sitios remotos e imposibles para la civilización.

   En definitiva, las penas sólo se oirán en partes donde no exista la civilización, donde no existan  leyes (desnudas de contrato) y censuras que impidan expresarse,  tan lejos que el poeta piensa en un lugar tan remoto como las llanuras de Libia.

   Los cinco últimos versos realizan una recolección-conclusión, insistiendo en la oscuridad y secretismo de la comunicación, pues los versos serán “ecos roncos”, poco claros o inteligibles, “inciertos” por sus múltiples dudas o dificultades interpretativas.  No obstante, esos ecos siempre sonarán acompañados del rigor de Ribadeneyra y, además, “por  privilegio de mis cortos hados”, es decir gracias a la escritura-fama, “serán llevados por el ancho mundo”.   Una esperanza y casi amenaza final de Cervantes nacida de la fe en su escritura y donde aparece otra burla irónica contra la protección que, según Ribadeneyra, Dios le otorga a sus privilegiados (“Porque sabía bien el cuidado que Dios tenía dél, y que sin su voluntad no cae un cabello de la cabeza, porque él los tiene todos contados a sus escogidos”).  Los hados de Cervantes son menos poderosos, pero confía en que su escritura llevará su mensaje a todo el mundo.

   En resumen,  mientras no sería aconsejable publicar a voces en Toledo o Sevilla algo que sólo se puede decir en lugares donde no exista la ley que los persigue, a pesar de eso y gracias a la oscuridad con que se dice y al lugar donde se hace,  este eco o poema de contenido incierto llegará a todas partes.

CUATRO

Mata un desdén, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor más fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desdeñado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto,
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.

   Desdén, sospechas, celos, ausencia, olvido,  todos son términos que expresan la desazón del amante. Cualquiera de esas dolencias deja sin vida al enamorado.  Es una reflexión impersonal que pretende crear el ambiente alusivo al lenguaje externo sobre Grisóstomo y Marcela como protagonistas de una trama del género amoroso-pastoril, aunque también la lectura interna permite dirigir todos esos males a Ribadeneyra y su situación de semidesterrado en Toledo pues, cuando él esperaba ocupar cargos importantes, la cúpula de la Compañía lo envía a España para que se dedique a la escritura. ¿Se lo quitaron de encima o lo enviaron a Toledo por otras razones? ¿no era lógico que quien más necesitaba estar al lado de la biblioteca central se quedara en Roma, donde se encontraban todos los documentos importantes?

 Se utilizan dos vocablos identificados, en cierta medida, con Ribadeneyra, “rigor”, en el sentido dado en la primera estrofa de un cumplimiento más allá de lo requerido y en perjuicio de los demás, y  “celos”,  algo que ya apareció en el capítulo 9, y siempre muy pegado a alusiones a Ribadeneyra,  celoso cuando Loyola, en contra de todo lo previsto, le rechazó y escogió a Gonçalves como confidente para sus memorias.  Ribadeneyra podía, pues, sentirse como desterrado y olvidado en Toledo, a pesar de que por fin se dedicaba a lo que siempre había aspirado, escribir, según él mismo dice en varias ocasiones.

   En general, los siete primeros versos se plantean como una reflexión sobre las causas de los celos y sus consecuencias, son como meditaciones filosóficas cuya conclusión es una máxima estoica, “En todo hay cierta, inevitable muerte”, que da paso a una segunda parte personalizada por ese “yo” presente hasta el final de la estrofa y que, sorprendentemente, afirma sufrir todos esos males antes definidos (celos, ausencia, desdén y sospechas)  y, ¡milagrosamente!, estar vivo.   La expresión “¡milagro nunca visto!”, a parte de su tono coloquial, viene a completar el propósito de Cervantes de construir su poema a base de retazos de las entrañas del capítulo de FJ, donde también se encuentran un par de milagros sorprendentes

“Pasados tres meses después que le enterraron, quisieron volverse los mercaderes a la India,  y pareciéndoles que ya estaría gastado el cuerpo, tornan a cavar la sepultura y hallan las vestiduras tan sanas y enteras como se las vistieron, y el cuerpo tan incorrupto y sólido como cuando le pusieron, con su color natural, como cuando era vivo, y la carne tan jugosa y fresca, sin ningún género de mal olor.  Movidos con tan grande milagro, los mercaderes ponen el cuerpo así como estaba en el navío, y llegan a Malaca, escapando de gravísimos peligros, con increíble presteza y brevedad.  Allí enterraron otra vez el cuerpo y le detuvieron otros doce meses y se conservó con la misma entereza e incorrupción”

   También Grisóstomo considera su vida un milagro, pues vive “celoso, ausente, desdeñado y cierto de las sospechas”, en su vida concurren todas las desdichas que por sí solas son, según los primeros versos, causantes de muerte.  Tal vez por eso confirma que vive muerto (“las sospechas que me tienen muerto”), es decir, ausente y entregado a un recuerdo que permanentemente le atormenta y del que no tiene esperanzas de librarse, pues es tal su actual desesperación que jura vivir eternamente desesperado, sin voluntad ni propósito de acabar con su estado.

   Los dos últimos versos (“antes, por estremarme en mi querella, estar sin ella eternamente juro”) contienen una promesa sacrílega, pues aluden a la desesperanza eterna del suicida.

   ¿Nos encontramos ante un verdadero poema de amor o estos versos son realmente un medio de Cervantes para expresar sus profundos sentimientos respecto a su dura relación con la Compañía y las circunstancias derivadas?

   Realmente el yo parece reflejar de nuevo la situación desesperada de Cervantes que, irónicamente, introduce el milagro, como hace Ribadeneyra en FJ, para lamentarse de la situación de su denuncia, de una querella  con la Compañía que a través de su libro durará eternamente.

CINCO

Puédese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor más ciertas?
 ¿Tengo, si el duro celo está  delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
 ¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desdén, y las sospechas,
 ¡oh amarga conversión!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
 ¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desdén, una torcida soga.
Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

    ¿La esperanza y el temor pueden convivir cuando sólo existen razones para temer? ¿de qué sirve cerrar los ojos para ignorar lo que obligatoriamente se verá a través de las miles  heridas-rendijas abiertas en el alma? ¿cómo no desconfiar cuando se corroboran las sospechas y la mentira ocupa el lugar de la verdad?  Preguntas en torno a los celos que, como después dirá Marcela, no se ajustan a ninguna realidad, sino que son pura invención de Grisóstomo, al que nunca le dio esperanzas de amor, ni tampoco razones para estar celoso (en la estrofa cuarta dice “cierto de las sospechas”), de forma que el poema, y los celos, parecen un pretexto para configurar la lectura profunda, de donde se deduce un temor que inevitablemente acecha a quien se ha metido en este asunto de denunciar una falsedad histórica.  ¿Qué hacer, cerrar los ojos? ¿es eso suficiente para no ver?  ¿cómo aceptar las muchas mentiras de Ribadeneyra? ¿cómo no desconfiar de quien se inventa multitudinarias conversiones, fundaciones de iglesias, tablas de náufragos y otros muchos milagros tan inverosímiles como el de la carne jugosa?

¿Quién no abrirá de par en par las puertas
a la desconfianza

   Inevitablemente da la sensación de que es Cervantes el sufrido pastor protagonista de esta Canción de la que a pellizcos van extrayéndose sus sentimientos y temores respecto a la manipulación del Relato, el fraude de la Vida  y el desinterés de la Compañía por rectificar asuntos tan escandalosos como los denunciados por Teixeira. ¿Quién conociendo esas mentiras en vidas de santos  no abrirá las puertas a la desconfianza?  Si Teixeira envió a Roma su censura, ¿cómo no hicieron algo por cambiarlo? ¿cómo no desconfiar de una organización que, en asunto tan trascendental, sostiene la mentira en contra de verdad tan evidente?

   De nuevo la verdad ocupa el centro de atención de Cervantes en su lucha contra la filosofía del engaño aupada por la Compañía, y de nuevo parece salvar de esta estrategia a Loyola, pues a él parecen dirigirse las únicas palabras de consuelo en esta estrofa acusatoria, “vuestra memoria el sufrimiento ahoga”, donde a su vez vuelve a sugerirse la idea de la horca.

   Así como en la estrofa anterior se llamaba la atención sobre la credibilidad de los milagros (“¡milagro nunca visto!”), ahora se insta a reflexionar sobre otro  punto no menos reprobable, la conversión (“¡oh amarga conversión!”), pues para un cristiano,  para un erasmista, qué tipo de conversiones son esas realizadas sobre miles de personas ignorantes que ni siquiera entienden la lengua?  ¿puede en esos casos hablarse de evangelización, de conquistas espirituales?

   Ribadeneyra fantasea en las tres ocasiones en que, prácticamente seguidas, cita la palabra conversión en el capítulo de FJ

- Pusiéronle por nombre Paulo,  como primicias de la conversión de la gran isla del Japón, descubierta pocos años antes por los portugueses.
-Y como con esta información viniese bien lo que los portugueses y otros amigos suyos le decían, determinó de embarcarse para el Japón, y tomando consigo algunos padres y al mismo Pablo y a dos criados suyos (que también los había convertido y bautizado) se puso en camino.
-Y habiendo convertido a la fe de Jesu Cristo en Cagaxima, Bungo y Amanguche obra de mil y quinientas almas, dejó en Japón a sus compañeros para que cultivasen aquellas nuevas plantas y tuviesen cargo de las iglesias que él ya dejaba fundadas, y se volvió a la India para enviarles más padres y hermanos de la Compañía, que los ayudasen a trabajar y llevasen adelante la labor que se había comenzado en aquella gran viña del Japón. 

   No es extraño que a Cervantes le parezcan amargas esas ficticias conversiones propiciadas por la bondad e inocencia de esos pueblos denominados “el reino del amor”, sobre quienes los conquistadores de la fe cayeron, obsesionados por cambiarles sus vidas y costumbres, como “fieros tiranos”, una expresión que nos remite a otro fragmento de la Vida

“No se han contentado con enseñar sus diabólicos errores y desvaríos y con la ponzoña de su dotrina inficionar y matar las ánimas, sino que también, con su crueldad y violencia, han quitado la vida corporal a muchos, a quien no podían quitar la eterna. A perlados santos, a frailes perfetísimos, a sacerdotes sagrados, a monjas religiosísimas, a doncellas honestas y delicadas, a niños inocentes, a viejos por su edad y canas venerables han perseguido, despedazado y muerto con extraña crudeza y con tan espantosos y nuevos géneros de tormentos, que los que usaron Diocleciano y Maximiano y otros sangrientos y fieros tiranos para coronar nuestros santísimos y constantísimos mártires, apenas llegan a ellos. Lea quien quisiere las historias de nuestros tiempos, y hallarálas, en lo que toca a lo que vamos tratando, llenas de lastimeros sucesos y de crueldades increíbles” (Vida II, XVIII)

   ¿No es aplicable a la Iglesia-Inquisición esta última reflexión sobre la historia de su tiempo? ¿no fue la Iglesia, en el reino del amor, fiero tirano?  Cervantes no escogió  la historia del Relato como eje de toda su obra por capricho, pues en realidad es sólo el pretexto para su constante apología de la verdad y el humanismo, y su rechazo a la tiranía. 

SEIS

Yo muero, en fin; y porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere,
y que es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Diré que la enemiga siempre mía
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.

      De la desesperación total (“Yo muero”) sin perspectivas (“nunca espere buen suceso”) surge una nueva forma de reacción, un atrincheramiento en sus posturas, “pertinaz estaré en mi fantasía”.  Los versos parecen inspirados en un fragmento de la Vida ya bastante conocido por su repercusión