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CAPÍTULO TRECE El
encuentro entre don Quijote y Vivaldo es una larga recreación paródica,
paralela a los encuentros mantenidos entre Loyola y el Nuncio Apostólico
Jerónimo Veralo. También se revela en este capítulo el origen del
nombre de Dulcinea.
Con esta tópica descripción del amanecer, evocadora de la ya realizada en el capítulo 2, se repite la burla sobre el artificioso estilo de la Vida, en cuyo Libro II, VII se continúa la historia de los orígenes de la Compañía, núcleo paródico central de este capítulo 13. Recordemos que el capítulo 12 ha finalizado en el momento que don Quijote se ha separado de Sancho y los cabreros para acostarse “en la choza de Pedro”, o sea, que transcurre un tiempo durante el cual no está junto al resto de sus compañeros, en consonancia con el tiempo que Loyola pasa en Venecia separado de todos los suyos, pues ese es el episodio que se está parodiando. El mismo juego numérico [1] de los capítulos anteriores prosigue ahora, especificándose el número de cabreros (“cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a don Quijote”) con la intención de hacerlo coincidir con el número de jesuitas que vuelven a reagruparse con Loyola en Venecia. Es decir, la noche pasada por don Quijote en la choza de Pedro es, como se ha dicho, el tiempo simbólico transcurrido entre la separación de Loyola y sus compañeros, por eso, al amanecer, don Quijote es despertado por los cinco cabreros: “se levantaron y fueron a despertar”, o sea, hicieron el viaje de París a Venecia y fueron a reunirse con Loyola.
Los jesuitas llegaron a Venecia y encontraron “a su padre y maestro Ignacio que los aguardaba”. También don Quijote debía estar esperando la llegada de los cabreros, pues al final del capítulo anterior se ha dicho que “todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora”, es decir, no durmió, y aguardaba la llegada de los cabreros para levantarse. Por eso, una vez que están juntos, Cervantes recurre al número cinco (“cinco de los seis cabreros”) tal como hace Ribadeneyra (cinco dellos...otros cinco), y añade el vocablo “compañía” (“ellos le harían compañía”) como referente general a la nueva reagrupación de todos los miembros de la orden. Incluso el verbo despertar parece tener un sentido profundo pues, como se ha visto, don Quijote no estaba dormido, y se levanta en cuanto llegan los cabreros, en consonancia con el objetivo de despertar [2] los corazones (ese es el sentido de dicho verbo en las muchas ocasiones en que aparece en la Vida) que tienen los jesuitas al reunirse en Venecia.
Esta orden de ensillar y enalbardar especificada por el narrador, llama la atención por su excesiva precisión y, también, por hacerse con el orden alterado, pues lo lógico es [3] colocar primero la albarda, o aparejo protector, y después la silla de montar. Su explicación parece ser la siguiente. En el fragmento anterior de la Vida se informa de que nada más llegar a Venecia y recibirse los unos a los otros, lo primero que hacen todos los jesuitas, dado que todavía no era momento de “ir a Roma a pedir la bendición del Papa”, es repartirse por los hospitales. O sea, su primera intención era ir a pedir la bendición del Papa, cuyo símbolo, la silla (“ensillase”) es precisamente lo que provoca esa anticipación en el orden del proceso de aparejar al caballo. Pero además, ese fragmento está íntimamente relacionado con otro del Relato
El cuadro comparativo revela la abundancia de paralelismos formales Relato Quijote
El fragmento cervantino está claramente extraído del otro en una especie de armonía imitativa con doble objetivo, de un lado llamar la atención sobre el curioso trabajo con las diferentes tintas y, sobre todo, hacer coincidir esas constantes noches en vela de Loyola(“mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por muy grande espacio”) con la que acaba de pasar don Quijote en la choza, pues según se especificó al final del capítulo 12 “todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela”
El encuentro del grupo de don Quijote con este nuevo grupo de once personas rememora la reunificación de todos los jesuitas en Venecia
Mientras Loyola los aguarda en Venecia, el resto de sus compañeros se ponen en camino para encontrarse con él. Según Ribadeneyra eran “tres” sacerdotes y “otros seis” no ordenados, por el camino razonaban de cosas espirituales y en Venecia, todos juntos, hicieron voto de castidad y pobreza ante Jerónimo Veralo. Esa es en esencia el contenido de ese fragmento que sirve de núcleo para la parodia. En primer lugar Cervantes ha imitado el número (seis + dos + tres) y su forma de presentación, aunque en la Vida, en vez de los once contados por Cervantes, aparecen sólo nueve (tres + seis). Lo importante es el sentido numérico y la igualdad formal de la imitación. A ello hay que añadirle el tono del reencuentro, evocado por Cervantes con la expresión “los unos a los otros”
y el sentido itinerante del capítulo núcleo, pues el grupo de don Quijote inicia el camino con una frase (“Y no hubieron andado un cuarto de legua”) también existente en la Vida
El nuevo grupo de pastores viste estrafalariamente (“vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas”) en consonancia con el aspecto del grupo de jesuitas
Los tres conceptos señalados por Ribadeneyra (traje, número y modo) han sido también destacados por Cervantes al especificar, además del traje y número, que en el grupo van gente a pie y gente a caballo. Aunque Ribadeneyra no declara el color del nuevo traje de sus compañeros, se sabe que era negro, color distintivo de la Compañía desde su fundación, y bastante estrafalario, pues causaba sorpresa entre la gente (“maravillados algunos de ver el nuevo traje”). Cervantes añade además que los pastores traían “coronadas las cabezas”, simbolizando probablemente la tonsura [4] eclesiástica. Los dos grupos presentan, pues, aspectos muy semejantes y llamativos mientras caminan juntos y dialogan (“por el camino se seguía la meditación, y tras ella razonaban las cosas divinas y espirituales”)
Dentro del grupo se aprecia una clara división entre sus miembros, por un lado los caminantes, por otro los dos hombres de a caballo que han mantenido ese breve diálogo, donde destacan tanto la fama del entierro como la acusación de “homicida” que recae sobre Marcela. Inmediatamente don Quijote se suma al grupo de caballeros
Estos primeros momentos del encuentro entre don Quijote y Vivaldo están dominados por el afán inquisitivo de ambas partes, interesadas en intercambiarse información sobre el asunto que les une. Según “El caminante”, han sido los trajes de los amigos de Grisóstomo lo que despertaron su curiosidad, igual que la vestimenta de los jesuitas llamaba la atención, según el fragmento ya comentado
En lo esencial, ambos textos coinciden tanto en su contenido (tono curioso-interrogativo, ambiente campestre y personas sorprendidas por el traje de los otros) como en lo formal Vida Quijote
El caminante añade además el triste aspecto (“tan triste traje”) de los pastores, extrapolable al de los jesuitas.
El narrador utiliza el vocablo “plática”, muy usado en la Vida, tanto en el sentido de conversación [5] como en el de sermón espiritual [6] , imitando, según se ha visto, el modo de caminar dialogando de los jesuitas. La pregunta de Vivaldo cambia el rumbo de la charla, que prácticamente durante el resto del capítulo girará en torno a la figura de don Quijote y la caballería
Sobre esta respuesta comenta Murillo: “Es la primera ocasión en que don Quijote se ve obligado a justificar su empresa ante un desconocido, y por primera vez había de hablar de ‘su profesión’. Nótese la frecuencia con que se repite este término en lo que sigue” [7] . Tan acertada apreciación se corresponde con el cambio de estado producido en Loyola tras la fundación de la Compañía y, fundamentalmente, tras su ordenación como sacerdote, momento (junio de 1537) recogido por Ribadeneyra en las últimas frases del capítulo núcleo
Se especifica que todos los jesuitas estaban juntos (“todos juntos hicieron voto de Castidad y pobreza delante de Jerónimo Veralo”) e hicieron voto ante el legado del papa, Jerónimo Veralo, de quien, en el capítulo anterior al que nos sirve de núcleo, dice Ribadeneyra
Jerónimo Veralo actúa aquí como último juez de un proceso instruido en Venecia contra Loyola, declarado al fin inocente. Apenas se dice algo sobre él, pero se deduce que, como juez, debió interrogarle y hacer indagaciones sobre su vida y sus compañeros [8] . Pero además, Veralo ha presidido el voto de castidad y pobreza hecho ante él por todos los jesuitas en Venecia. Es decir, este hombre cumple en la vida de Loyola la doble función de juez defensor de los intereses de la Iglesia, y la de prelado eclesiástico realizando sus tareas, en este caso, presidiendo el voto de estos nuevos sacerdotes. Pues bien, la figura de este legado, mitad perseguidor y mitad protector de Loyola, parece ser la fuente de inspiración utilizada por Cervantes para la creación del cortés y enigmático Vivaldo [9] , un personaje que, como el cabrero Pedro, es de los pocos del nutrido grupo mencionados por su nombre. En muchas ocasiones se ha visto a Vivaldo como uno de los paradigmas del Quijote, equiparándolo por sus virtudes al del Verde Gabán. Pero el análisis profundo de este hombre en apariencias sencillo, prudente y educado, poco a poco nos lo va mostrando como un hábil escrutador que, astutamente, sonsaca sin ningún tipo de consideraciones a don Quijote. El paralelismo entre las funciones de Veralo y Vivaldo está en primer lugar corroborado por sus similitudes fonéticas y anagramáticas, sobre todo si se tiene en cuenta que el nombre de Veralo se escribe algunas veces con doble ele (Verallo o, en latín, Veralli), pues entonces suma, como Vivaldo, un total de siete letras (V-E-R-A-L-L-O / V-I-V-A-L-D-O) Una vez identificado Vivaldo como un eclesiástico que interviene en los procesos contra Loyola, es más fácil comprender la primera pregunta hecha por don Quijote: “qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo” Dice Ribadeneyra que Loyola había sido acusado en Venecia de huir de España y de París y, también, que “se hizo diligente pesquisa de su vida y costumbres”, de ahí que don Quijote esté muy interesado en saber lo que Vivaldo ha averiguado sobre Marcela, igual que Loyola desearía conocer, al principio de su proceso, lo que Veralo sabía sobre él y la Compañía, es decir, de qué se le acusaba. La nota indicativa de ambigüedad la aporta la insistente repetición del verbo “contar”, cuatro veces utilizado en ese fragmento (se lo contó, contando ... él contó ... había contado) con la intención de resaltar la base difamatoria de un proceso basado en habladurías. El sentido indagatorio de ese proceso está simbólicamente mantenido durante casi todo el capítulo, que transcurre como un mano a mano entre las astutas preguntas de Vivaldo y las sinceras e ingenuas respuestas de don Quijote. Tras la primera pregunta de don Quijote, comienza el interrogatorio de Vivaldo
En su respuesta, como señala Murillo, don Quijote habla por primera vez de su profesión
La ambigua respuesta de don Quijote propicia que sus interlocutores entiendan que confunde su grotesca profesión con la de los religiosos, como después él especificará. De ahí que inmediatamente intervenga el narrador para comunicarnos las reacciones a esa respuesta
También en Venecia debieron tomar por loco a Loyola, vestido de tan extravagante manera, llevando una vida tan sacrificada y predicando la vuelta a la pobreza evangélica, en un lugar donde la espiritualidad no había tomado los extremos derroteros españoles, que todo eso es lo que, en el lenguaje profundo, le viene a preguntar Vivaldo cuando dice: “qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquella manera por tierra tan pacífica”. Vivaldo está refiriéndose no al aspecto externo, sino a la beligerancia de Loyola en unas tierras donde apenas había problemas religiosos. En esa onda toma también sentido la respuesta de don Quijote sobre su profesión, totalmente cargada de matices religiosos. Ya se ha visto que tanto “profesión” como “ejercicio”, y especialmente este último, son vocablos constantemente utilizados por Ribadeneyra. El primero referido al hecho de profesar [10] , hacer voto, en una orden religiosa, y el segundo, también muy abundante en el Quijote, al hecho de practicar la religión y cumplir con sus preceptos. El ejercicio de la profesión implica, pues, un duro trabajo y un permanente compromiso que obliga al religioso a estar siempre en guardia o, simbólicamente armado, como ha dicho Vivaldo, y como responde don Quijote: “La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra manera”, o sea, siempre dispuesto y alerta. Para hacerse comprender mejor don Quijote extiende su explicación: “El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas solo se inventaron e hicieron para aquellos que en el mundo llamamos caballeros andantes” Se trata de una crítica muy similar a la arenga del capítulo 7 como líder de los aventureros contra el bando de los cortesanos. La respuesta no es serena, sino beligerante y contraria al adocenamiento de los “blandos cortesanos”, trasunto, como en aquella ocasión, del conservadurismo de la Iglesia católica. Se repite, pues, la situación del capítulo 7, donde se criticaban los interrogatorios y encarcelamientos sufridos por Loyola en Alcalá y Salamanca. Hay una expresión que nos remite a aquellos procesos, pues don Quijote ha dicho “no consiente ni permite que yo ande de otra manera”, refiriéndose a su manera de vestir y respondiendo a la pregunta de Vivaldo. Recordemos que la expresión “andar de otra manera” se encuentra en la sentencia leída en Alcalá, donde se les obligaba a cambiar de vestido, o sea, el mismo asunto sobre el que gira ahora el interés de Vivaldo
Ahora, en Venecia, está ocurriendo lo mismo, y Vivaldo actúa como juez interesado en conocer las razones de Loyola para ir tan pobre (o guerrilleramente) vestido, por eso la primera respuesta requiere una compleja explicación y se convierte, como entonces, en una exposición o defensa de su ideología religiosa, semejante a la ya realizada en los anteriores procesos. Su oposición al “buen paso el regalo y el reposo”, su concepto del “camino de la virtud cristiana”, su idea de renovación de la Iglesia a través de la vuelta al cristianismo apostólico, y por ello su enfrentamiento con “los blandos cortesanos”, son, en definitiva, una metáfora de los duros, crueles y poderosos eclesiásticos de la corte. Don Quijote es un idealista convencido, un practicante radical (“La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite”) que expresa con rotundidad su coherencia. Por supuesto, el sentido profundo de cada una de esas palabras lo hallamos en la Vida, donde en un mismo fragmento ambientado en Venecia, concurren tres de esos vocablos (“El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos” ) y un ambiente general donde se explica el concepto de vida regalada frente a la desnudez
Se trata de una clara intervención divina a favor de Loyola, una voz capaz de convencer al rico caballero y poner en evidencia la desigualdad. ¿Nos remite Cervantes a ese fragmento por su incredulidad? A él volveremos enseguida, pues, más adelante, aparece equiparado con las leyendas más fantasiosas de la tradición literaria. Vida Quijote buen buen reposo reposo regalo regalo blanda y ricamente aderezada blandos cortesanos A los placeres de la vida cortesana o religión acomodada, don Quijote opone la aspereza de la vida caballeresca o religión mendicante, por eso nombra en primer lugar el trabajo (“mas el trabajo, la inquietud y las armas”) como condición general diaria e indispensable para ganarse el sustento. En segundo lugar la inquietud, la desazón permanente en que viven quienes necesitan mendigar diariamente
Y, en tercer lugar, las armas, símbolo de los instrumentos otorgados por Dios a sus seguidores
También aparecen en la Vida otras frases cortesanas, aquellas con las que Ribadeneyra adula descaradamente a personas poderosas como Quiroga, ante quien se humilla con la misma expresión empleada por don Quijote: “de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos”
En definitiva, frente al “buen paso, el regalo y el reposo” que simbolizan, en toda la obra, a los eclesiásticos, don Quijote muestra sus símbolos, “la inquietud y las armas”, concluyendo con esa humilde autodenominación del menor de los “caballeros andantes”, con la que se sitúa como el último entre quienes aspiraron a la santidad. La expresión y el concepto de sencillez y humillación que encierra la frase también aparece en la Vida
Cuando don Quijote públicamente se autodenomina el menor de los caballeros andantes, está imitando ese gesto de Loyola reclamando un trato semejante al menor estudiante.
El narrador no excluye a nadie del grupo de esa apreciación sobre el estado mental de don Quijote, ni siquiera a Sancho, a quien no se menciona durante todo este capítulo en consonancia con la soledad que rodea a Loyola durante el proceso seguido en Venecia, donde “todos le tuvieron por loco”. A don Quijote también se le va a considerar loco parcialmente, sólo cuando discurre sobre la caballería andante, igual que a Loyola se le considera también loco sólo cuando practica o razona sobre religión. Ya se ha visto que, en el Relato [11] o la Vida [12] , en más de una ocasión le tomaron por loco, incluso él mismo, según Ribadeneyra, estaba dispuesta a sufrir gustosamente ese equívoco
Según el narrador, una vez conocida la locura de don Quijote sus interlocutores desearon saber su “género” y, por supuesto, quien pregunta de nuevo (“tornó a”) es Vivaldo, reforzando el sentido de interrogatorio existente en el lenguaje profundo
Siguiendo un procedimiento análogo al utilizado en los capítulos 6 y 7, el narrador continúa el simbolismo procesal, utilizando expresiones de aquellos juicios contra Loyola recogidos en la Vida, porque sobre el de Venecia no hay información, de ahí la expresión “le tornó a preguntar”, inspirada en los procesos de Alcalá. Vivaldo, presentado como una persona culta, sabe, desde luego, lo que es un caballero andante, por eso su pregunta va más allá, pues desea saber qué quiere decir concretamente don Quijote con esos términos tan anacrónicos. Por supuesto, la postura de Vivaldo vuelve a ser la de un eclesiástico ortodoxo juzgando a una persona sospechosa de herejía que pretende defenderse al amparo de la tradición religiosa más pura, por eso don Quijote responde con una larga perorata donde, en el lenguaje externo, mezcla las leyendas artúricas con el romancero castellano y los libros de caballerías. No obstante, su respuesta, limpia del humo que la envuelve, contiene detalles encuadrables en el discurso profundo. Como la fábula del cuervo
Esta fantasiosa leyenda en la que cree don Quijote es muy parecida a otras existentes en los libros religiosos, sirva de ejemplo la del hombre rico veneciano que de noche escucha la voz de Dios
Con la expresión “romance castellano”, Cervantes nos conduce de nuevo al ya conocido fragmento, donde la información sobre Dios, con esas retóricas interrogaciones, resulta tan increíble como la leyenda del cuervo. Don Quijote ha dicho “por arte de encantamento”, expresión que se carga de ironía en el lenguaje profundo, al remitirnos a la no menos fantasiosa historia del hombre que, en una especie de trance o encantamiento, se levanta de la cama para buscar a Loyola.
Nuevas leyendas que don Quijote va astutamente mezclando con referencias a la fundación y nacimiento de la Compañía, según se deduce del contenido y el vocabulario de la Vida
Los paralelismos son evidentes Vida Quijote instituida...instituyese instituida dilatación dilatándose orden orden estendida y derramada casi por estendiéndose y dilatándose por todas las naciones del mundo muchas y diversas partes del mundo El “progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos” también parece aludir a otro fragmento tampoco exento de fantasía, donde Ribadeneyra describe un éxtasis en el que mezcla, en el mismo orden, todas esas sensaciones mencionadas por don Quijote
Los juegos de palabras permiten, pues, cierta conexión del discurso de don Quijote con la historia de Loyola, de quien de forma metafórica también podría decirse que no murió, sino que el auténtico, el del Relato, está encantado-secuestrado, y que algunos esperan recobrarlo en su integridad.
Se ha visto que la Compañía, desde que sus fundadores se ordenaron, fue extendiéndose y dilatándose por todo el mundo como una nueva orden con unos objetivos muy semejantes a quienes practican la orden de la caballería. La concentración de referentes formales de la Vida sigue siendo la clave de la doble lectura
Este repetido concepto de nacimiento y rápida expansión de la Compañía por todo el mundo está asociado a otra expresión, “en nuestros días”, también dicha por don Quijote
A continuación don Quijote menciona a unos cuantos caballeros andantes como representantes famosos de la orden de caballería que él también profesa. Son héroes de los que destaca su fama y valor (“valiente Amadís”, “valeroso Felixmarte” “alabado Tirante”), de la misma manera que Ribadeneyra ensalza a sus héroes religiosos
Don Quijote también menciona a don Belianís de Grecia, al que sitúa casi en su época y califica de invencible y valeroso (“y casi que en nuestros días [13] vimos y comunicamos y oímos al invencible [14] y valeroso [15] caballero [16] don Belianís de Grecia”), todo atribuible a Loyola según la Vida. Don Quijote concluye su exposición identificándose con sus héroes y ratificando su trabajo y el compromiso de su profesión
Ningún detalle sobre la personalidad de Loyola parece escapársele a Cervantes, que en esta ocasión atribuye a don Quijote un nuevo rasgo de humildad (“aunque pecador”), también procedente de la Vida
En estilo directo o indirecto, Loyola se reconoce pecador de la misma manera que lo hace don Quijote, del que ya hemos visto cómo profesó su caballería de forma paralela a como lo hiciera Loyola con su religión, yéndose en ambos casos por campos y despoblados “con ánimo [17] deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa [18] que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos [19] y menesterosos”, igual que Loyola, según puede verse en las notas, se entrega a su causa con ese mismo ánimo de ayudar a los necesitados sin reparar en trabajos ni peligros. Esta idea de entrega altruista a los necesitados, queda muy bien reflejada en uno de los fragmentos del capítulo núcleo, donde encontramos una sincronización simbólica entre lo que hacían en Venecia los fundadores de la Compañía y las lucubraciones de don Quijote
Se repiten el término ejercitarse y la ayuda a los necesitados, y también la admiración que provoca en la gente tanto el comportamiento de los jesuitas como el de don Quijote pues, en cuanto termina su explicación, interviene el narrador para repetir una apreciación ya comentada con anterioridad sobre la opinión de sus interlocutores
Don Quijote asume una vez más la representación colectiva del grupo de jesuitas que, según el párrafo anterior, provocaban la misma admiración (“daba a todos los que lo veían grande admiración”). Se repite no sólo el vocablo “admiración” sino la construcción de la frase “todos los que” – ”todos aquellos que...” y su contenido. Pero a su vez, estos párrafos llevan implícita otra lectura alusiva a las intenciones manipuladoras de Ribadeneyra que, conociendo el rechazo y las burlas soportadas en muchas ocasiones por sus compañeros durante aquellos primeros años, lo traduce sólo como una sana admiración de quienes valoran el trabajo virtuoso de aquellos estrafalarios y anacrónicos personajes repudiados por la Iglesia. Cervantes pone las cosas en su sitio, aclarando que la admiración hacia don Quijote, su singularidad, es entendida por los demás como locura, y que sólo la intención judicial, o el mero entretenimiento, explican el falso interés de sus interlocutores. Se aprecia, además, en el lenguaje de don Quijote una evolución hacia el estilo de Ribadeneyra, con sus doble y triples adjetivos o verbos que hinchan innecesariamente su discurso: extendiéndose y dilatándose, muchas y diversas, famosos y conocidos, vimos y comunicamos y oímos, invencible y valeroso, soledades y despoblados, mi brazo y mi persona, o flacos y menesterosos.
Vivaldo, bajo la apariencia de un sano interés, y ocultando, según el narrador, su temperamento guasón (“persona muy discreta y de alegre condición”), continúa sonsacando a don Quijote con astutos elogios para estimular su imaginación y su lengua. Por eso, y debido al profundo conocimiento del asunto, emplea por dos veces el término profesar, y asocia el comportamiento de don Quijote con “los frailes cartujos”, orden tan admirada por Loyola que él mismo recuerda su interés por profesar en ella
De hecho, los jesuitas, según la Vida, sólo podían abandonar libremente la Compañía si entraban en la Cartuja
No es raro, pues, que Vivaldo, trasunto del nuncio Veralo y, por lo tanto, conocedor a fondo de estos detalles religiosos, haya ironizado con don Quijote sobre la severidad de su profesión, sólo comparable a la de los frailes cartujos, tal como la misma Compañía había, indirectamente, estipulado. Vivaldo-Veralo sabe que, en sus inicios, don Quijote-Loyola buscaba profesar en una orden incluso más “estrecha” que la Cartuja, por eso su pregunta va dirigida a conocer esos detalles que hacen a la Compañía más rigurosa. Y a eso responde don Quijote con otro largo monólogo, cuya complejidad obliga a fragmentar.
Don Quijote acepta de entrada el rigor o estrechez de la orden de caballería, semejante en ello a la de los cartujos. En el paréntesis (“respondió nuestro don Quijote”), el narrador vuelve a utilizar la afectuosa fórmula (“nuestro Ignacio”, “nuestro padre” etc.) y don Quijote continúa explicando la necesidad de su profesión, paralela a la insistencia con que Ribadeneyra habla de la necesidad de la Compañía en el mundo, e introduce en su respuesta una reflexión sobre la importancia práctica que, en el cumplimiento de sus respectivas funciones, tienen los distintos rangos del ejército, en este caso el soldado y el capitán. Pero acto seguido remata esa primera explicación añadiendo
Sin más explicaciones, ha introducido el tópico debate sobre la analogía entre el estado religioso y el militar, permitiendo a su vez la correspondencia entre los dos rangos militares citados, soldado y capitán, y los distintos grados existentes dentro de las órdenes religiosas, también simplificados por Ribadeneyra en esos dos rangos de soldado y capitán.
Se trata de un claro ejemplo paralelo a la reflexión de don Quijote sobre la importancia del trabajo de capitán y soldado, aquí sustituido por otros ejemplos, aunque utilizando el mismo esquema comparativo (“no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda”) A ese ejemplo formal sobre rangos y funciones, conviene añadir otro de más profundo contenido, cuyo objetivo es ratificar la importancia de la obediencia, y donde se desarrolla ampliamente el contenido de la frase de don Quijote “no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena”
Esta obediencia ciega, tan remachada por Ribadeneyra (no olvidar que el silencio sobre el Relato y sus daños colaterales fueron un asunto de obligado silencio), subyace en el discurso de don Quijote, donde vemos aparecer esos cuatro vocablos (mandar, hacer, ejecutar y ordenar) que son la esencia de ese fastidioso fragmento de la Vida. Don Quijote compara el trabajo de los religiosos, rogando a Dios pacífica y sosegadamente por el bien de la tierra, con el de los caballeros andantes, que ejecutan lo que ellos piden, arriesgando sus vidas y sufriendo las inclemencias del cielo (“pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas”). Ha especificado e igualado el trabajo de soldados y caballeros frente al de los religiosos, aunque realmente el discurso profundo está dirigido a clarificar el objetivo esencial de toda esta disertación, es decir, la diferencia existente entre órdenes como los cartujos y la Compañía, pues aunque los primeros llevan una vida muy rigurosa, no obstante viven siempre en un mismo sitio y bajo techo, mientras que los peregrinos, o caballeros andantes, como Loyola y sus seguidores, están expuestos a todo tipos de riesgos humanos y climáticos. Ribadeneyra insiste en esa diferencia entre órdenes que actúan en la retaguardia y la Compañía
Ya se ha visto que Loyola reúne todos esos requisitos mencionados por don Quijote (“soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor [22] de nuestros brazos”), pero además Ribadeneyra equipara la caballería andante con la Compañía
En general, Ribadeneyra llega a una casi total analogía entre lo militar y lo religioso, según puede verse en distintos fragmentos de la Vida.
Don Quijote describe la mala vida errante de los caballeros (“defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del invierno”), resaltando aspectos muy tratados en la Vida sobre el vivir cotidiano de Loyola y sus primeros compañeros
En general, don Quijote está compendiando en su discurso sobre los caballeros la amplia información dada por Ribadeneyra sobre los rigores de los primeros jesuitas y otras peripecias. Un poco más arriba se ha visto expuesta en la Vida la idea de las manos defensoras (“Las religiones de caballería y militares envió Dios nuestro Señor a su Iglesia al tiempo que, por estar ella oprimida de sus enemigos, era menester defenderla con las armas en las manos”) que don Quijote centra en los brazos (“defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas”). Incluso la defensa con espadas está presente en la Vida
El concepto militar de defensa es amplísimamente utilizado por Ribadeneyra, que propugna una defensa del catolicismo ante la herejía combatiendo real y simbólicamente contra “el enemigo”. Dicha lucha debe estar dirigida por los representantes de Dios, según don Quijote, los caballeros andantes
Según Ribadeneyra
Ribadeneyra explica en este párrafo los símbolos utilizados a lo largo de la obra y, más concretamente, en ese capítulo dedicado a la lucha contra la herejía. Son símbolos que don Quijote también va empleando con doble sentido, porque todas sus actuaciones son, en el fondo, siempre alegóricas.
Don Quijote continúa ensalzando la labor de los caballeros por el trabajo y el riesgo que, frente a los religiosos encerrados, conlleva esa profesión. Y lo hace utilizando dos vocablos (“tocantes y concernientes”), de los cuales el segundo sólo aparece una vez en la Vida y en las mismas páginas, o dentro del mismo contexto en el que se cita dos veces “tocantes”, de forma que dichos vocablos cumplen la función de referentes de la segunda confirmación de las constituciones de la Compañía hecha por el Papa Gregorio XIII
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