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CAPÍTULO TRECE El
encuentro entre don Quijote y Vivaldo es una larga recreación paródica,
paralela a los encuentros mantenidos entre Loyola y el Nuncio Apostólico
Jerónimo Veralo. También se revela en este capítulo el origen del
nombre de Dulcinea.
Con esta tópica descripción del amanecer, evocadora de la ya realizada en el capítulo 2, se repite la burla sobre el artificioso estilo de la Vida, en cuyo Libro II, VII se continúa la historia de los orígenes de la Compañía, núcleo paródico central de este capítulo 13. Recordemos que el capítulo 12 ha finalizado en el momento que don Quijote se ha separado de Sancho y los cabreros para acostarse “en la choza de Pedro”, o sea, que transcurre un tiempo durante el cual no está junto al resto de sus compañeros, en consonancia con el tiempo que Loyola pasa en Venecia separado de todos los suyos, pues ese es el episodio que se está parodiando. El mismo juego numérico [1] de los capítulos anteriores prosigue ahora, especificándose el número de cabreros (“cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a don Quijote”) con la intención de hacerlo coincidir con el número de jesuitas que vuelven a reagruparse con Loyola en Venecia. Es decir, la noche pasada por don Quijote en la choza de Pedro es, como se ha dicho, el tiempo simbólico transcurrido entre la separación de Loyola y sus compañeros, por eso, al amanecer, don Quijote es despertado por los cinco cabreros: “se levantaron y fueron a despertar”, o sea, hicieron el viaje de París a Venecia y fueron a reunirse con Loyola.
Los jesuitas llegaron a Venecia y encontraron “a su padre y maestro Ignacio que los aguardaba”. También don Quijote debía estar esperando la llegada de los cabreros, pues al final del capítulo anterior se ha dicho que “todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora”, es decir, no durmió, y aguardaba la llegada de los cabreros para levantarse. Por eso, una vez que están juntos, Cervantes recurre al número cinco (“cinco de los seis cabreros”) tal como hace Ribadeneyra (cinco dellos...otros cinco), y añade el vocablo “compañía” (“ellos le harían compañía”) como referente general a la nueva reagrupación de todos los miembros de la orden. Incluso el verbo despertar parece tener un sentido profundo pues, como se ha visto, don Quijote no estaba dormido, y se levanta en cuanto llegan los cabreros, en consonancia con el objetivo de despertar [2] los corazones (ese es el sentido de dicho verbo en las muchas ocasiones en que aparece en la Vida) que tienen los jesuitas al reunirse en Venecia.
Esta orden de ensillar y enalbardar especificada por el narrador, llama la atención por su excesiva precisión y, también, por hacerse con el orden alterado, pues lo lógico es [3] colocar primero la albarda, o aparejo protector, y después la silla de montar. Su explicación parece ser la siguiente. En el fragmento anterior de la Vida se informa de que nada más llegar a Venecia y recibirse los unos a los otros, lo primero que hacen todos los jesuitas, dado que todavía no era momento de “ir a Roma a pedir la bendición del Papa”, es repartirse por los hospitales. O sea, su primera intención era ir a pedir la bendición del Papa, cuyo símbolo, la silla (“ensillase”) es precisamente lo que provoca esa anticipación en el orden del proceso de aparejar al caballo. Pero además, ese fragmento está íntimamente relacionado con otro del Relato
El cuadro comparativo revela la abundancia de paralelismos formales Relato Quijote
El fragmento cervantino está claramente extraído del otro en una especie de armonía imitativa con doble objetivo, de un lado llamar la atención sobre el curioso trabajo con las diferentes tintas y, sobre todo, hacer coincidir esas constantes noches en vela de Loyola(“mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por muy grande espacio”) con la que acaba de pasar don Quijote en la choza, pues según se especificó al final del capítulo 12 “todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela”
El encuentro del grupo de don Quijote con este nuevo grupo de once personas rememora la reunificación de todos los jesuitas en Venecia
Mientras Loyola los aguarda en Venecia, el resto de sus compañeros se ponen en camino para encontrarse con él. Según Ribadeneyra eran “tres” sacerdotes y “otros seis” no ordenados, por el camino razonaban de cosas espirituales y en Venecia, todos juntos, hicieron voto de castidad y pobreza ante Jerónimo Veralo. Esa es en esencia el contenido de ese fragmento que sirve de núcleo para la parodia. En primer lugar Cervantes ha imitado el número (seis + dos + tres) y su forma de presentación, aunque en la Vida, en vez de los once contados por Cervantes, aparecen sólo nueve (tres + seis). Lo importante es el sentido numérico y la igualdad formal de la imitación. A ello hay que añadirle el tono del reencuentro, evocado por Cervantes con la expresión “los unos a los otros”
y el sentido itinerante del capítulo núcleo, pues el grupo de don Quijote inicia el camino con una frase (“Y no hubieron andado un cuarto de legua”) también existente en la Vida
El nuevo grupo de pastores viste estrafalariamente (“vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas”) en consonancia con el aspecto del grupo de jesuitas
Los tres conceptos señalados por Ribadeneyra (traje, número y modo) han sido también destacados por Cervantes al especificar, además del traje y número, que en el grupo van gente a pie y gente a caballo. Aunque Ribadeneyra no declara el color del nuevo traje de sus compañeros, se sabe que era negro, color distintivo de la Compañía desde su fundación, y bastante estrafalario, pues causaba sorpresa entre la gente (“maravillados algunos de ver el nuevo traje”). Cervantes añade además que los pastores traían “coronadas las cabezas”, simbolizando probablemente la tonsura [4] eclesiástica. Los dos grupos presentan, pues, aspectos muy semejantes y llamativos mientras caminan juntos y dialogan (“por el camino se seguía la meditación, y tras ella razonaban las cosas divinas y espirituales”)
Dentro del grupo se aprecia una clara división entre sus miembros, por un lado los caminantes, por otro los dos hombres de a caballo que han mantenido ese breve diálogo, donde destacan tanto la fama del entierro como la acusación de “homicida” que recae sobre Marcela. Inmediatamente don Quijote se suma al grupo de caballeros
Estos primeros momentos del encuentro entre don Quijote y Vivaldo están dominados por el afán inquisitivo de ambas partes, interesadas en intercambiarse información sobre el asunto que les une. Según “El caminante”, han sido los trajes de los amigos de Grisóstomo lo que despertaron su curiosidad, igual que la vestimenta de los jesuitas llamaba la atención, según el fragmento ya comentado
En lo esencial, ambos textos coinciden tanto en su contenido (tono curioso-interrogativo, ambiente campestre y personas sorprendidas por el traje de los otros) como en lo formal Vida Quijote
El caminante añade además el triste aspecto (“tan triste traje”) de los pastores, extrapolable al de los jesuitas.
El narrador utiliza el vocablo “plática”, muy usado en la Vida, tanto en el sentido de conversación [5] como en el de sermón espiritual [6] , imitando, según se ha visto, el modo de caminar dialogando de los jesuitas. La pregunta de Vivaldo cambia el rumbo de la charla, que prácticamente durante el resto del capítulo girará en torno a la figura de don Quijote y la caballería
Sobre esta respuesta comenta Murillo: “Es la primera ocasión en que don Quijote se ve obligado a justificar su empresa ante un desconocido, y por primera vez había de hablar de ‘su profesión’. Nótese la frecuencia con que se repite este término en lo que sigue” [7] . Tan acertada apreciación se corresponde con el cambio de estado producido en Loyola tras la fundación de la Compañía y, fundamentalmente, tras su ordenación como sacerdote, momento (junio de 1537) recogido por Ribadeneyra en las últimas frases del capítulo núcleo
Se especifica que todos los jesuitas estaban juntos (“todos juntos hicieron voto de Castidad y pobreza delante de Jerónimo Veralo”) e hicieron voto ante el legado del papa, Jerónimo Veralo, de quien, en el capítulo anterior al que nos sirve de núcleo, dice Ribadeneyra
Jerónimo Veralo actúa aquí como último juez de un proceso instruido en Venecia contra Loyola, declarado al fin inocente. Apenas se dice algo sobre él, pero se deduce que, como juez, debió interrogarle y hacer indagaciones sobre su vida y sus compañeros [8] . Pero además, Veralo ha presidido el voto de castidad y pobreza hecho ante él por todos los jesuitas en Venecia. Es decir, este hombre cumple en la vida de Loyola la doble función de juez defensor de los intereses de la Iglesia, y la de prelado eclesiástico realizando sus tareas, en este caso, presidiendo el voto de estos nuevos sacerdotes. Pues bien, la figura de este legado, mitad perseguidor y mitad protector de Loyola, parece ser la fuente de inspiración utilizada por Cervantes para la creación del cortés y enigmático Vivaldo [9] , un personaje que, como el cabrero Pedro, es de los pocos del nutrido grupo mencionados por su nombre. En muchas ocasiones se ha visto a Vivaldo como uno de los paradigmas del Quijote, equiparándolo por sus virtudes al del Verde Gabán. Pero el análisis profundo de este hombre en apariencias sencillo, prudente y educado, poco a poco nos lo va mostrando como un hábil escrutador que, astutamente, sonsaca sin ningún tipo de consideraciones a don Quijote. El paralelismo entre las funciones de Veralo y Vivaldo está en primer lugar corroborado por sus similitudes fonéticas y anagramáticas, sobre todo si se tiene en cuenta que el nombre de Veralo se escribe algunas veces con doble ele (Verallo o, en latín, Veralli), pues entonces suma, como Vivaldo, un total de siete letras (V-E-R-A-L-L-O / V-I-V-A-L-D-O) Una vez identificado Vivaldo como un eclesiástico que interviene en los procesos contra Loyola, es más fácil comprender la primera pregunta hecha por don Quijote: “qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo” Dice Ribadeneyra que Loyola había sido acusado en Venecia de huir de España y de París y, también, que “se hizo diligente pesquisa de su vida y costumbres”, de ahí que don Quijote esté muy interesado en saber lo que Vivaldo ha averiguado sobre Marcela, igual que Loyola desearía conocer, al principio de su proceso, lo que Veralo sabía sobre él y la Compañía, es decir, de qué se le acusaba. La nota indicativa de ambigüedad la aporta la insistente repetición del verbo “contar”, cuatro veces utilizado en ese fragmento (se lo contó, contando ... él contó ... había contado) con la intención de resaltar la base difamatoria de un proceso basado en habladurías. El sentido indagatorio de ese proceso está simbólicamente mantenido durante casi todo el capítulo, que transcurre como un mano a mano entre las astutas preguntas de Vivaldo y las sinceras e ingenuas respuestas de don Quijote. Tras la primera pregunta de don Quijote, comienza el interrogatorio de Vivaldo
En su respuesta, como señala Murillo, don Quijote habla por primera vez de su profesión
La ambigua respuesta de don Quijote propicia que sus interlocutores entiendan que confunde su grotesca profesión con la de los religiosos, como después él especificará. De ahí que inmediatamente intervenga el narrador para comunicarnos las reacciones a esa respuesta
También en Venecia debieron tomar por loco a Loyola, vestido de tan extravagante manera, llevando una vida tan sacrificada y predicando la vuelta a la pobreza evangélica, en un lugar donde la espiritualidad no había tomado los extremos derroteros españoles, que todo eso es lo que, en el lenguaje profundo, le viene a preguntar Vivaldo cuando dice: “qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquella manera por tierra tan pacífica”. Vivaldo está refiriéndose no al aspecto externo, sino a la beligerancia de Loyola en unas tierras donde apenas había problemas religiosos. En esa onda toma también sentido la respuesta de don Quijote sobre su profesión, totalmente cargada de matices religiosos. Ya se ha visto que tanto “profesión” como “ejercicio”, y especialmente este último, son vocablos constantemente utilizados por Ribadeneyra. El primero referido al hecho de profesar [10] , hacer voto, en una orden religiosa, y el segundo, también muy abundante en el Quijote, al hecho de practicar la religión y cumplir con sus preceptos. El ejercicio de la profesión implica, pues, un duro trabajo y un permanente compromiso que obliga al religioso a estar siempre en guardia o, simbólicamente armado, como ha dicho Vivaldo, y como responde don Quijote: “La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra manera”, o sea, siempre dispuesto y alerta. Para hacerse comprender mejor don Quijote extiende su explicación: “El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas solo se inventaron e hicieron para aquellos que en el mundo llamamos caballeros andantes” Se trata de una crítica muy similar a la arenga del capítulo 7 como líder de los aventureros contra el bando de los cortesanos. La respuesta no es serena, sino beligerante y contraria al adocenamiento de los “blandos cortesanos”, trasunto, como en aquella ocasión, del conservadurismo de la Iglesia católica. Se repite, pues, la situación del capítulo 7, donde se criticaban los interrogatorios y encarcelamientos sufridos por Loyola en Alcalá y Salamanca. Hay una expresión que nos remite a aquellos procesos, pues don Quijote ha dicho “no consiente ni permite que yo ande de otra manera”, refiriéndose a su manera de vestir y respondiendo a la pregunta de Vivaldo. Recordemos que la expresión “andar de otra manera” se encuentra en la sentencia leída en Alcalá, donde se les obligaba a cambiar de vestido, o sea, el mismo asunto sobre el que gira ahora el interés de Vivaldo
Ahora, en Venecia, está ocurriendo lo mismo, y Vivaldo actúa como juez interesado en conocer las razones de Loyola para ir tan pobre (o guerrilleramente) vestido, por eso la primera respuesta requiere una compleja explicación y se convierte, como entonces, en una exposición o defensa de su ideología religiosa, semejante a la ya realizada en los anteriores procesos. Su oposición al “buen paso el regalo y el reposo”, su concepto del “camino de la virtud cristiana”, su idea de renovación de la Iglesia a través de la vuelta al cristianismo apostólico, y por ello su enfrentamiento con “los blandos cortesanos”, son, en definitiva, una metáfora de los duros, crueles y poderosos eclesiásticos de la corte. Don Quijote es un idealista convencido, un practicante radical (“La profesión de mi ejercicio no consiente ni permite”) que expresa con rotundidad su coherencia. Por supuesto, el sentido profundo de cada una de esas palabras lo hallamos en la Vida, donde en un mismo fragmento ambientado en Venecia, concurren tres de esos vocablos (“El buen paso, el regalo y el reposo, allá se inventó para los blandos cortesanos” ) y un ambiente general donde se explica el concepto de vida regalada frente a la desnudez
Se trata de una clara intervención divina a favor de Loyola, una voz capaz de convencer al rico caballero y poner en evidencia la desigualdad. ¿Nos remite Cervantes a ese fragmento por su incredulidad? A él volveremos enseguida, pues, más adelante, aparece equiparado con las leyendas más fantasiosas de la tradición literaria. Vida Quijote buen buen reposo reposo regalo regalo blanda y ricamente aderezada blandos cortesanos A los placeres de la vida cortesana o religión acomodada, don Quijote opone la aspereza de la vida caballeresca o religión mendicante, por eso nombra en primer lugar el trabajo (“mas el trabajo, la inquietud y las armas”) como condición general diaria e indispensable para ganarse el sustento. En segundo lugar la inquietud, la desazón permanente en que viven quienes necesitan mendigar diariamente
Y, en tercer lugar, las armas, símbolo de los instrumentos otorgados por Dios a sus seguidores
También aparecen en la Vida otras frases cortesanas, aquellas con las que Ribadeneyra adula descaradamente a personas poderosas como Quiroga, ante quien se humilla con la misma expresión empleada por don Quijote: “de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos”
En definitiva, frente al “buen paso, el regalo y el reposo” que simbolizan, en toda la obra, a los eclesiásticos, don Quijote muestra sus símbolos, “la inquietud y las armas”, concluyendo con esa humilde autodenominación del menor de los “caballeros andantes”, con la que se sitúa como el último entre quienes aspiraron a la santidad. La expresión y el concepto de sencillez y humillación que encierra la frase también aparece en la Vida
Cuando don Quijote públicamente se autodenomina el menor de los caballeros andantes, está imitando ese gesto de Loyola reclamando un trato semejante al menor estudiante.
El narrador no excluye a nadie del grupo de esa apreciación sobre el estado mental de don Quijote, ni siquiera a Sancho, a quien no se menciona durante todo este capítulo en consonancia con la soledad que rodea a Loyola durante el proceso seguido en Venecia, donde “todos le tuvieron por loco”. A don Quijote también se le va a considerar loco parcialmente, sólo cuando discurre sobre la caballería andante, igual que a Loyola se le considera también loco sólo cuando practica o razona sobre religión. Ya se ha visto que, en el Relato [11] o la Vida [12] , en más de una ocasión le tomaron por loco, incluso él mismo, según Ribadeneyra, estaba dispuesta a sufrir gustosamente ese equívoco
Según el narrador, una vez conocida la locura de don Quijote sus interlocutores desearon saber su “género” y, por supuesto, quien pregunta de nuevo (“tornó a”) es Vivaldo, reforzando el sentido de interrogatorio existente en el lenguaje profundo
Siguiendo un procedimiento análogo al utilizado en los capítulos 6 y 7, el narrador continúa el simbolismo procesal, utilizando expresiones de aquellos juicios contra Loyola recogidos en la Vida, porque sobre el de Venecia no hay información, de ahí la expresión “le tornó a preguntar”, inspirada en los procesos de Alcalá. Vivaldo, presentado como una persona culta, sabe, desde luego, lo que es un caballero andante, por eso su pregunta va más allá, pues desea saber qué quiere decir concretamente don Quijote con esos términos tan anacrónicos. Por supuesto, la postura de Vivaldo vuelve a ser la de un eclesiástico ortodoxo juzgando a una persona sospechosa de herejía que pretende defenderse al amparo de la tradición religiosa más pura, por eso don Quijote responde con una larga perorata donde, en el lenguaje externo, mezcla las leyendas artúricas con el romancero castellano y los libros de caballerías. No obstante, su respuesta, limpia del humo que la envuelve, contiene detalles encuadrables en el discurso profundo. Como la fábula del cuervo
Esta fantasiosa leyenda en la que cree don Quijote es muy parecida a otras existentes en los libros religiosos, sirva de ejemplo la del hombre rico veneciano que de noche escucha la voz de Dios
Con la expresión “romance castellano”, Cervantes nos conduce de nuevo al ya conocido fragmento, donde la información sobre Dios, con esas retóricas interrogaciones, resulta tan increíble como la leyenda del cuervo. Don Quijote ha dicho “por arte de encantamento”, expresión que se carga de ironía en el lenguaje profundo, al remitirnos a la no menos fantasiosa historia del hombre que, en una especie de trance o encantamiento, se levanta de la cama para buscar a Loyola.
Nuevas leyendas que don Quijote va astutamente mezclando con referencias a la fundación y nacimiento de la Compañía, según se deduce del contenido y el vocabulario de la Vida
Los paralelismos son evidentes Vida Quijote instituida...instituyese instituida dilatación dilatándose orden orden estendida y derramada casi por estendiéndose y dilatándose por todas las naciones del mundo muchas y diversas partes del mundo El “progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos” también parece aludir a otro fragmento tampoco exento de fantasía, donde Ribadeneyra describe un éxtasis en el que mezcla, en el mismo orden, todas esas sensaciones mencionadas por don Quijote
Los juegos de palabras permiten, pues, cierta conexión del discurso de don Quijote con la historia de Loyola, de quien de forma metafórica también podría decirse que no murió, sino que el auténtico, el del Relato, está encantado-secuestrado, y que algunos esperan recobrarlo en su integridad.
Se ha visto que la Compañía, desde que sus fundadores se ordenaron, fue extendiéndose y dilatándose por todo el mundo como una nueva orden con unos objetivos muy semejantes a quienes practican la orden de la caballería. La concentración de referentes formales de la Vida sigue siendo la clave de la doble lectura
Este repetido concepto de nacimiento y rápida expansión de la Compañía por todo el mundo está asociado a otra expresión, “en nuestros días”, también dicha por don Quijote
A continuación don Quijote menciona a unos cuantos caballeros andantes como representantes famosos de la orden de caballería que él también profesa. Son héroes de los que destaca su fama y valor (“valiente Amadís”, “valeroso Felixmarte” “alabado Tirante”), de la misma manera que Ribadeneyra ensalza a sus héroes religiosos
Don Quijote también menciona a don Belianís de Grecia, al que sitúa casi en su época y califica de invencible y valeroso (“y casi que en nuestros días [13] vimos y comunicamos y oímos al invencible [14] y valeroso [15] caballero [16] don Belianís de Grecia”), todo atribuible a Loyola según la Vida. Don Quijote concluye su exposición identificándose con sus héroes y ratificando su trabajo y el compromiso de su profesión
Ningún detalle sobre la personalidad de Loyola parece escapársele a Cervantes, que en esta ocasión atribuye a don Quijote un nuevo rasgo de humildad (“aunque pecador”), también procedente de la Vida
En estilo directo o indirecto, Loyola se reconoce pecador de la misma manera que lo hace don Quijote, del que ya hemos visto cómo profesó su caballería de forma paralela a como lo hiciera Loyola con su religión, yéndose en ambos casos por campos y despoblados “con ánimo [17] deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa [18] que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos [19] y menesterosos”, igual que Loyola, según puede verse en las notas, se entrega a su causa con ese mismo ánimo de ayudar a los necesitados sin reparar en trabajos ni peligros. Esta idea de entrega altruista a los necesitados, queda muy bien reflejada en uno de los fragmentos del capítulo núcleo, donde encontramos una sincronización simbólica entre lo que hacían en Venecia los fundadores de la Compañía y las lucubraciones de don Quijote
Se repiten el término ejercitarse y la ayuda a los necesitados, y también la admiración que provoca en la gente tanto el comportamiento de los jesuitas como el de don Quijote pues, en cuanto termina su explicación, interviene el narrador para repetir una apreciación ya comentada con anterioridad sobre la opinión de sus interlocutores
Don Quijote asume una vez más la representación colectiva del grupo de jesuitas que, según el párrafo anterior, provocaban la misma admiración (“daba a todos los que lo veían grande admiración”). Se repite no sólo el vocablo “admiración” sino la construcción de la frase “todos los que” – ”todos aquellos que...” y su contenido. Pero a su vez, estos párrafos llevan implícita otra lectura alusiva a las intenciones manipuladoras de Ribadeneyra que, conociendo el rechazo y las burlas soportadas en muchas ocasiones por sus compañeros durante aquellos primeros años, lo traduce sólo como una sana admiración de quienes valoran el trabajo virtuoso de aquellos estrafalarios y anacrónicos personajes repudiados por la Iglesia. Cervantes pone las cosas en su sitio, aclarando que la admiración hacia don Quijote, su singularidad, es entendida por los demás como locura, y que sólo la intención judicial, o el mero entretenimiento, explican el falso interés de sus interlocutores. Se aprecia, además, en el lenguaje de don Quijote una evolución hacia el estilo de Ribadeneyra, con sus doble y triples adjetivos o verbos que hinchan innecesariamente su discurso: extendiéndose y dilatándose, muchas y diversas, famosos y conocidos, vimos y comunicamos y oímos, invencible y valeroso, soledades y despoblados, mi brazo y mi persona, o flacos y menesterosos.
Vivaldo, bajo la apariencia de un sano interés, y ocultando, según el narrador, su temperamento guasón (“persona muy discreta y de alegre condición”), continúa sonsacando a don Quijote con astutos elogios para estimular su imaginación y su lengua. Por eso, y debido al profundo conocimiento del asunto, emplea por dos veces el término profesar, y asocia el comportamiento de don Quijote con “los frailes cartujos”, orden tan admirada por Loyola que él mismo recuerda su interés por profesar en ella
De hecho, los jesuitas, según la Vida, sólo podían abandonar libremente la Compañía si entraban en la Cartuja
No es raro, pues, que Vivaldo, trasunto del nuncio Veralo y, por lo tanto, conocedor a fondo de estos detalles religiosos, haya ironizado con don Quijote sobre la severidad de su profesión, sólo comparable a la de los frailes cartujos, tal como la misma Compañía había, indirectamente, estipulado. Vivaldo-Veralo sabe que, en sus inicios, don Quijote-Loyola buscaba profesar en una orden incluso más “estrecha” que la Cartuja, por eso su pregunta va dirigida a conocer esos detalles que hacen a la Compañía más rigurosa. Y a eso responde don Quijote con otro largo monólogo, cuya complejidad obliga a fragmentar.
Don Quijote acepta de entrada el rigor o estrechez de la orden de caballería, semejante en ello a la de los cartujos. En el paréntesis (“respondió nuestro don Quijote”), el narrador vuelve a utilizar la afectuosa fórmula (“nuestro Ignacio”, “nuestro padre” etc.) y don Quijote continúa explicando la necesidad de su profesión, paralela a la insistencia con que Ribadeneyra habla de la necesidad de la Compañía en el mundo, e introduce en su respuesta una reflexión sobre la importancia práctica que, en el cumplimiento de sus respectivas funciones, tienen los distintos rangos del ejército, en este caso el soldado y el capitán. Pero acto seguido remata esa primera explicación añadiendo
Sin más explicaciones, ha introducido el tópico debate sobre la analogía entre el estado religioso y el militar, permitiendo a su vez la correspondencia entre los dos rangos militares citados, soldado y capitán, y los distintos grados existentes dentro de las órdenes religiosas, también simplificados por Ribadeneyra en esos dos rangos de soldado y capitán.
Se trata de un claro ejemplo paralelo a la reflexión de don Quijote sobre la importancia del trabajo de capitán y soldado, aquí sustituido por otros ejemplos, aunque utilizando el mismo esquema comparativo (“no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda”) A ese ejemplo formal sobre rangos y funciones, conviene añadir otro de más profundo contenido, cuyo objetivo es ratificar la importancia de la obediencia, y donde se desarrolla ampliamente el contenido de la frase de don Quijote “no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda que el mesmo capitán que se lo ordena”
Esta obediencia ciega, tan remachada por Ribadeneyra (no olvidar que el silencio sobre el Relato y sus daños colaterales fueron un asunto de obligado silencio), subyace en el discurso de don Quijote, donde vemos aparecer esos cuatro vocablos (mandar, hacer, ejecutar y ordenar) que son la esencia de ese fastidioso fragmento de la Vida. Don Quijote compara el trabajo de los religiosos, rogando a Dios pacífica y sosegadamente por el bien de la tierra, con el de los caballeros andantes, que ejecutan lo que ellos piden, arriesgando sus vidas y sufriendo las inclemencias del cielo (“pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas”). Ha especificado e igualado el trabajo de soldados y caballeros frente al de los religiosos, aunque realmente el discurso profundo está dirigido a clarificar el objetivo esencial de toda esta disertación, es decir, la diferencia existente entre órdenes como los cartujos y la Compañía, pues aunque los primeros llevan una vida muy rigurosa, no obstante viven siempre en un mismo sitio y bajo techo, mientras que los peregrinos, o caballeros andantes, como Loyola y sus seguidores, están expuestos a todo tipos de riesgos humanos y climáticos. Ribadeneyra insiste en esa diferencia entre órdenes que actúan en la retaguardia y la Compañía
Ya se ha visto que Loyola reúne todos esos requisitos mencionados por don Quijote (“soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola con el valor [22] de nuestros brazos”), pero además Ribadeneyra equipara la caballería andante con la Compañía
En general, Ribadeneyra llega a una casi total analogía entre lo militar y lo religioso, según puede verse en distintos fragmentos de la Vida.
Don Quijote describe la mala vida errante de los caballeros (“defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del invierno”), resaltando aspectos muy tratados en la Vida sobre el vivir cotidiano de Loyola y sus primeros compañeros
En general, don Quijote está compendiando en su discurso sobre los caballeros la amplia información dada por Ribadeneyra sobre los rigores de los primeros jesuitas y otras peripecias. Un poco más arriba se ha visto expuesta en la Vida la idea de las manos defensoras (“Las religiones de caballería y militares envió Dios nuestro Señor a su Iglesia al tiempo que, por estar ella oprimida de sus enemigos, era menester defenderla con las armas en las manos”) que don Quijote centra en los brazos (“defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas”). Incluso la defensa con espadas está presente en la Vida
El concepto militar de defensa es amplísimamente utilizado por Ribadeneyra, que propugna una defensa del catolicismo ante la herejía combatiendo real y simbólicamente contra “el enemigo”. Dicha lucha debe estar dirigida por los representantes de Dios, según don Quijote, los caballeros andantes
Según Ribadeneyra
Ribadeneyra explica en este párrafo los símbolos utilizados a lo largo de la obra y, más concretamente, en ese capítulo dedicado a la lucha contra la herejía. Son símbolos que don Quijote también va empleando con doble sentido, porque todas sus actuaciones son, en el fondo, siempre alegóricas.
Don Quijote continúa ensalzando la labor de los caballeros por el trabajo y el riesgo que, frente a los religiosos encerrados, conlleva esa profesión. Y lo hace utilizando dos vocablos (“tocantes y concernientes”), de los cuales el segundo sólo aparece una vez en la Vida y en las mismas páginas, o dentro del mismo contexto en el que se cita dos veces “tocantes”, de forma que dichos vocablos cumplen la función de referentes de la segunda confirmación de las constituciones de la Compañía hecha por el Papa Gregorio XIII
La frase sobre las cosas de la guerra y la dificultad de ponerlas en marcha parece referida no sólo a la guerra contra la herejía sino a la guerra mantenida por la Compañía contra las demás órdenes para conseguir su asentamiento. El texto de Gregorio XIII ratificando la confirmación se hizo expresamente para eso pues, en muchos países, y especialmente en España, la misma Inquisición seguía atacando a la orden e ignorando las aprobaciones de los papas anteriores, por eso Loyola consiguió una nueva certificación tan expresa, amenazadora y determinante, para que nadie pudiera poner en duda su legitimidad. El vocablo “tocante” conduce también a otro interesante fragmento de la Vida, donde queda muy clara la postura informativa de Ribadeneyra a cerca de las relaciones de Loyola con la Inquisición
La intención de Ribadeneyra es, en todo caso, aparentar una inmejorable relación que no llegó a existir nunca pues, aunque Loyola mantuvo una posición de respeto, también sintió hacia el “santo Oficio” una constante desconfianza, e incluso temor y, según ya se vio en la introducción, sólo admitió cargos inquisitoriales en la Compañía cuando comprendió que era la única manera de frenar los ataques sistemáticos de la Inquisición contra ella. Por eso, a quien realmente se refiere don Quijote en la enigmática frase del principio (“pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda”) es a la Inquisición, pues él duda de su necesidad, igual que lo hace Loyola en su atrevida frase del Relato
Volviendo al discurso de don Quijote, recordemos su opinión acerca de las cosas relativas a la guerra: “no se pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando”, o sea, que instituir una orden dispuesta a luchar contra el acomodo de la Iglesia, requiere sudores y trabajos
Por eso don Quijote continúa su explicación añadiendo: “síguese que aquellos que la profesan tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden”. A quienes profesan en la Compañía se les obliga, según Ribadeneyra, a un trabajo muy superior al de las demás religiones, pues sabemos que están obligados a viajar por el mundo etc., o sea, muy ajenos a la paz y sosiego de quienes hacen vida retirada en sus conventos
Quienes se inician en la senda de la verdadera religión andan sin sosiego, sin paz e inquietos, o sea, sin reposo, tal como el propio Loyola, según Ribadeneyra, decía encontrarse
En definitiva, don Quijote ha comparado el rigor de su orden de caballería con la más dura de las órdenes religiosas [23] existentes en su momento, y la ha ponderado tanto que, acto seguido, para no provocar posibles suspicacias en Veralo, matiza su opinión
Ahora, don Quijote, trata de quitar importancia a su comparación, resaltando el valor del trabajo del “encerrado religioso”, y del resto de las órdenes aunque, en realidad, el objetivo es dar entrada a la respuesta de Loyola al papa cuando trató de convencerle sobre la negativa de la Compañía a aceptar cargos eclesiásticos
Ribadeneyra vuelve a sacarse de la manga este larguísimo monólogo de Loyola ante el papa, del que, como mucho, podía conocer su contenido general, pero en absoluto nada de esa conversación entre comillas, cuyo estilo delata su autoría. Cervantes, irónico como siempre, le imita y también atribuye a don Quijote una síntesis paródica de esa falsa respuesta. Vida Quijote trabajos trabajoso En grande peligro mucha malaventura Quiero decir...yo no quiero...quiero decir No quiero yo decir duda duda religiosos religioso Por un lado están los referentes expresos (Yo no quiero ...quiero decir / No quiero yo decir, etc.) y por otro, los irónico-burlescos, como ese “ni me pasa por pensamiento” con el que se alude no sólo a la conciencia escrupulosa de los jesuitas, sino a la falsedad que trasciende del lenguaje de la Vida, recargada de excusas delatoras de culpabilidad: no quiero ...ni trato de ... ni tampoco. Lo mismo ocurre con la suma de estados (trabajoso [24] , aporreado, hambriento, sediento, [25] miserable [26] , roto, piojoso) que, según Ribadeneyra, deben recorrer quienes “desean subir al cielo por los escalones de la pobreza y desprecio del mundo” Burlescamente, Cervantes añade a todos esos estados los de aporreado y piojoso, el primero porque Loyola y sus compañeros lo padecieron, según se desprende del significado que dicho verbo tenía en su época: “Aporrearse es darse él a sí mesmo de porrazos, derribándose a una parte y a otra, y golpeándose. Los perdigones cuando nuevamente los encierran en la jaula suelen golpearse. Y de aquí tomaron una manera de hablar, que al que no se halla en alguna estrecheza donde le han puesto y se congoja, dicen que se aporrea en la jaula” [27] . Aporrearse, pues, viene a ser algo así como agobiarse sin necesidad, o autoflagelarse, algo evidentemente muy común entre los escrupulosos practicantes de los ejercicios. También Cervantes deduce, dada la pobre vida de los primeros jesuitas sin cambiarse de traje, durmiendo en pajares, etc., que en algunas ocasiones tendrían piojos. A eso puede añadirse otra información de Covarrubias: “Al que es muy malaventurado y escaso dezimos ser un piojoso”. Precisamente, don Quijote ha empleado una expresión parecida (“pasaron mucha mala ventura”) y otra (“en el discurso de su vida”) que aparece citada en un fragmento de la Vida donde el vocablo “roto” sirve como referente de un contenido paralelo
Pero no olvidemos que don Quijote está hablando según su propia experiencia (“sólo quiero inferir, por lo que yo padezco”) y que utiliza un verbo en la misma persona y tiempo que lo hace Loyola en la Vida, y en estilo directo
La única forma de darle sentido y veracidad al monólogo de don Quijote sobre sus propias y duras experiencias como caballero andante, es apropiándose de la dura y sacrificada vida del Loyola peregrino, pues en la novela todavía no han transcurrido aventuras suficientes como para hablar de tantas necesidades y sinsabores. Sin embargo Loyola y otros santos anteriores a él (“caballeros andantes pasados”) sí “pasaron mucha mala ventura en el discurso de su vida”
Estas conclusiones finales de la respuesta a Veralo sobre el premio de llegar a ser emperadores que recibieron algunos caballeros andantes, aunque aparentemente son triunfalistas, están cargadas de desengaño, pues en general él viene a decir que, para llegar a ser emperador, no sólo hace falta haber mantenido una carrera heroica y sacrificada, sino además contar con el apoyo de “encantadores y sabios que los ayudaran”. O sea, que las obras, sin una ayuda externa, no son suficientes para alcanzar un reino. O, en el lenguaje profundo, que la santidad no se logra sin la ayuda de quienes determinan y aprueban esa subida de grado
¿Son, pues, los emperadores trasunto de los santos? ¿se refiere la lectura profunda al apoyo divino, apariciones y revelaciones, o a la ayuda-manipulación que realizan los biógrafos para acomodar sus vidas a las exigencias de los santificadores?. El tono desengañado de la última frase (“ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus esperanzas”) parece sugerir la desilusión de Loyola-Quijote al conocer los tejemanejes y maquillajes hechos sobre su biografía para poder conseguir la santidad. ¿No hubiera quedado Loyola desengañado al ver que sus memorias habían sido censuradas y manipuladas pocos años después de su muerte por sus propios compañeros? La Vida es, por consejo del Sabio, un trabajo laudatorio y falso con objetivo de santidad, tal como el mismo Ribadeneyra expone en sus páginas primeras
Además de todos esos paralelismo ya comentados entre la respuesta de don Quijote y diversos aspecto de la Vida, hay también unas cuantas expresiones en el monólogo que se repiten en la Vida. ¿Por casualidad? ¿o porque Cervantes abre el libro al azar y copia? ¿o porque de tanto manejarlo hay giros y expresiones que han pasado a ser inconscientemente suyas? La intención de Cervantes es que don Quijote hable lo más parecido posible a Loyola, de ahí que recurra constantemente a las expresiones que se le adjudican en la Vida.
Cuando don Quijote menciona las inclemencias y el hambre que sufren los caballeros andando por caminos y despoblados, está en general parodiando el capítulo núcleo, donde Ribadeneyra se recrea en los trabajos y fatigas de los primeros jesuitas camino de Venecia. Allí sufrieron el “peligro de la guerra”, “grandes trabajos y dificultades de aquella su larga y peligrosa jornada”, lluvias del invierno “áspero y extremado de frío”, y otros muchos “peligros que en semejantes caminos (mayormente a los pobres y extranjeros) suelen suceder”, “comiendo sólo pan y bebiendo sola agua” La estimación de la orden de caballería por encima de todas las demás, incluidas las religiosas, será una constante en la obra y un motivo de disputas entre don Quijote y muchos de sus interlocutores, pues él la define como la suma de los rigores y sacrificios de los cartujos más el valor, esfuerzo y riesgo de los soldados, una apreciación muy ajustada al criterio con que nació la Compañía, heredera del idealismo de los libros de caballerías y de santos, y de una ascética rigurosa regida con criterios paramilitares. Ribadeneyra transmitió exageradamente a la Compañía un militarismo latente en ciertos aspectos en la obra escrita de Loyola, siempre identificado como el soldado de Cristo. Por eso la idea de conquista y de empresa sacrosanta al estilo de las cruzadas, forma parte esencial del Quijote a medida que avanza (y en consonancia con la importancia progresiva que toma entre los jesuitas), pues el caballero andante se va atribuyendo el hacer y la filosofía del Loyola peregrino, consiguiendo, igual que la primera Compañía, dar la imagen de un ejército divino cuyo fin es la acción, la conquista espiritual antes que la contemplación ociosa. En definitiva, todo el monólogo de don Quijote ensalzando la orden de caballería es una parodia encubierta del constante discurso del libro de Ribadeneyra haciendo una valoración desmedida de los orígenes de la Compañía, utilizando siempre un lenguaje seudo militarizante semejante al de don Quijote, que al mencionar al soldado, al capitán o a los caballeros, lo único que hace es acomodar un poco ese tipo de frases al lenguaje característico de los libros de caballerías. En la continuación del diálogo, Vivaldo, ahora denominado “el caminante”, plantea a don Quijote una cuestión que podría considerarse casi teológica, y cuya razón de ser procede, o bien de la costumbre de los jesuitas de razonar por el camino “de cosas divinas y espirituales”, o bien de la voluntad del papa, que les “mandó que aquel mismo día disputasen delante dél una cuestión de teología que se les propuso”. El caso es que entre don Quijote y el caminante se entabla un largo diálogo aparentemente sobre el amor, pero de claro trasfondo religioso
Es evidente que Vivaldo, para pasar el tiempo, se está burlando de don Quijote, pues pretende liarle, crearle un problema de conciencia cuando, en el lenguaje externo, él ya conoce su locura. También Veralo conocía a Loyola y sabía su historia y sus pretensiones y, a pesar de eso, no dudó en interrogarlo y seguirle un proceso como si fuera un peligro. Por eso las preguntas de Vivaldo son lo suficientemente ambiguas como para permitir la doble lectura, y su lenguaje está casi siempre construido a base de retazos de la Vida (“cuando se ven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se vee manifiesto peligro de perder la vida”)
Tanto los caballeros andantes, según Vivaldo, como los jesuitas, según Ribadeneyra, arriesgaban sus vidas en empresas muy peligrosas y, antes de iniciarlas, se encomendaban a sus señoras: “nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros semejantes; antes se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoción como si ellas fueran su Dios” Con esta burlona cuestión de metafísica caballeresca, Vivaldo está subrepticiamente planteando una no menos irónica diatriba escolástica sobre Dios y la Virgen, es decir, sobre la necesidad del papel de ésta como medianera entre Dios y las personas.
Aparecen en ese fragmento casi todos los ingredientes señalados por Vivaldo: el momento peligroso (“batallar”), el acto de encomendarse (“poniéndose todo debajo del amparo”) y la gana o devoción (“grande devoción) con que se realiza. En general la última intervención de Vivaldo está, pues, cargada de ironía y humor tanto en el lenguaje externo como en el interno, ambos sutilmente relacionados y generando múltiples interpretaciones y variantes.
La respuesta es de nuevo ambigua, hecha a base de referencias al amor caballeresco y al estilo de la Vida, donde encontramos un fragmento en el que Loyola, estando en éxtasis, vuelve en sí
El ambiente y el estilo melifluo y sensiblero de este fragmento es muy parecido al de la respuesta de don Quijote, como indican los muchos referentes verbales y de contenido. Vida Quijote los ojos los ojos diciendo decir amorosa amorosamente con voz suave blanda Desto tenemos desto tenemos ninguna ninguna autores...testigos si nadie le oye ¡Ay, Jesús!...siempre tuvo encubierta palabras entre dientes Donde Ribadeneyra dice “suave y amorosa”, don Quijote dice “blanda y amorosamente”. Además se repiten “los ojos”, como detalle más significativo de esa postura contemplativa y de arrobamiento descrita en los dos textos. Ribadeneyra lo dice expresamente: “arrebatamiento o éxtasis” y don Quijote extensamente (“tuviese su señora delante vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete”) pero con el mismo sentido de plegaria, pues la petición se hace con los ojos, o sea, como quien reza. A un segundo aspecto de esos mismos fragmentos conduce en ambos casos la expresión “desto tenemos”. Según Ribadeneyra todavía viven, en el momento en que él escribe, las personas que contemplaron la visitación narrada y añade que, gracias a ellos, se tuvieron noticias, pues Loyola, por humildad, nunca lo dijo. Don Quijote viene a decir lo mismo, ya que según él, los caballeros no hablan, sino que hacen como que le piden favor y amparo a sus señoras, pero deben decir algo, aunque sea entredientes, para, se supone, que los demás les oigan, como hace Loyola cuando, medio muerto, dice suavemente: “¡Ay, Jesús” De lo contado por don Quijote tenemos, según él, “innumerables ejemplos en las historias”, otra frase cuyo interés principal es volver a imitar la Vida, donde se repite muchas veces esa misma idea del ejemplo, especialmente en la siguiente ocasión
La frase de Cervantes no sólo imita la expresión subrayada, sino que podemos ver otros aspectos sutilmente encubiertos, como el “innumerables” que sustituye al “otros”, o el mismo tiempo y persona en el verbo (tenemos/leemos) o esa falta de especificación de don Quijote respecto al tipo de historias, dejando entender, lógicamente, que se refiere a las historias de caballerías, pero tomando ahora ese silencio el mismo sentido que posee en la Vida, pues es allí y en otras historias sagradas donde abundan ese tipo de visitaciones celestiales solapadamente referidas. El final de la respuesta de don Quijote vuelve a enlazar con la pregunta de Vivaldo pues, una vez justificado el hecho de que los caballeros andantes se encomienden a sus damas antes de entrar en batalla, ahora remata su intervención diciendo que, no obstante, siempre hay tiempo para dirigirse a Dios: “Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la obra”. Otra referencia a la Vida, donde ya hemos visto que Loyola, en una ocasión, se encomienda a su dama y, en otras, a la Virgen, aunque siempre él y sus compañeros se encomiendan fervorosamente a Dios
A todo esto, falta añadir las referencias a los distintos vocablos, la mayoría ya rastreados, utilizados por don Quijote en su respuesta, desde los verbos acometer o encomendarse, tan presentes en este capítulo, hasta los vocablos favor, trance o amparo
Precisamente en este último fragmento vuelve a aparecer la idea de encomendarse a la Señora, que ha sido el núcleo de la respuesta, de forma que Cervantes utiliza ese referente del corazón para que podamos descubrir los distintos casos en que Loyola se encomienda a la Virgen. Pero además, la anterior respuesta de don Quijote, mantiene una profunda relación con otro fragmento de la Vida de gran trascendencia para la historia de la Compañía. De él hace Cervantes una exhaustiva imitación, tal como prueban las muchas negritas y subrayados existentes en ambos textos:
Jesús, con semblante blando y amoroso, se vuelve a Ignacio y le habla, dándole a él y a sus compañeros un gran ánimo “para los trabajos que habían de padecer”. Según don Quijote, los caballeros vuelven los ojos, blanda y amorosamente, a sus señoras para que les ayuden “en el dudoso trance”, es decir, ante los peligros, etc. Vida Quijote
¿Por qué razón se centra Cervantes tan exhaustivamente en ese fragmento? La idea parece ser avanzar en el libro recreándose en los sucesos más significativos, en este caso el momento en que Loyola escoge el nombre de “Compañía de Jesús”, o sea, la época previa al asentamiento definitivo de la institución en Roma. Eso ocurrió antes de la muerte de Fabro (Grisóstomo) y, por lo tanto, este es el lugar en el que cronológicamente corresponde su recreación. Por su puesto la única fuente existente del milagroso suceso es la Vida, de ahí que don Quijote señale con ironía que “tenemos innumerables ejemplos en las historias”, es decir, milagros de ese tipo abundan en los libros religiosos.
Uno de los problemas más asociados al Loyola peregrino es el escrúpulo, “Duda o recelo que punza la conciencia sobre si una cosa es o no cierta, si es buena o mala, si obliga o no obliga; lo que trae inquieto y desasosegado el ánimo” [28] . Como de esta devota definición se deduce, se trata de un problema subjetivo e intelectual cuya dimensión depende de cada persona. Recordemos que el cambio de vida militar a la religiosa se produjo en Loyola prácticamente en dos meses y cuando ya tenía treinta años, o sea, que toda su adolescencia y juventud había transcurrido dentro de la milicia. Recordemos que, a ciencia cierta, se sabe muy poco sobre estos años, aunque se especula sobre una vida bastante licenciosa, incluso hay quien llega a achacar a él y a sus hermanos un asesinato. Pero de repente, la herida en la pierna, las operaciones a punto de muerte, el libro de los santos y dos meses para reflexionar provocan ese cambio tan radical que ha sido constantemente comparado con la conversión de Pablo de Tarso. Y a partir de ahí, el nacimiento de los escrúpulos, pues por más que confesaba sus pecados, Loyola nunca creía tener limpia su conciencia. Tanto en el Relato como en la Vida o en el libro de los Ejercicios espirituales, los escrúpulos están ampliamente tratados, llegando incluso a ser el objetivo central de algunos capítulos. Recordemos un solo ejemplo
Pues bien, cuando Vivaldo dice “me queda un escrúpulo” está, aparentemente, refiriéndose a lo que se entendía por tal en su época: “duda que tenemos de alguna cosa, si es assí o no es assí; y esto nos trae inquietos y desassossegados, hasta que nos satisfacemos y enteramos de lo que es, y particularmente en materia de conciencia” [29] . A Vivaldo le queda un escrúpulo, una simple duda, aunque en el fondo lo que está sugiriendo es la dramatización del concepto a través de la revalorización jesuítica, es decir, el paso de ese simple “si es assí o no es assí” a esa angustiosa primera acepción de la R.A.E., “Duda o recelo que punza la conciencia” El mismo Vivaldo, con el resto de su sagaz intervención, nos lo explicará, pues su escrúpulo “es que muchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros, y, de una en otra, se les viene a encender la cólera”, o sea, que dos caballeros se ponen a hablar y se enojan, tal como le ocurrió a Loyola en los primeros momentos de su conversión cuando se encontró, como ya vimos en el capítulo 4, con el moro que no creía en la virginidad de María tras su parto. Los referentes son claros
Dosificando sabiamente los vocablos y la acción, Cervantes hace creer que en todo momento Vivaldo está refiriéndose al típico torneo entre caballeros andantes propio de los libros de caballerías, pero la utilización del inusual verbo trabar y la expresión “y, de una en otra” más el verbo venir, todo presente en el texto sobre el moro, nos obliga a asociar el concepto de escrúpulo con dicho episodio. Incluso la concreción “dos andantes” se ajusta exactamente al texto de la Vida, pues tanto Loyola como el moro van caminando. Vida Quijote Comenzaron a andar juntos dos andantes caballeros trabar plática traban palabras y de una en otra vinieron y, de una en otra, se les viene Donde Ribadeneyra dice “trabar plática”, Cervantes pone “traban palabras”, o sea, en ambos casos se describe el inicio de una conversación que va a dar lugar a un encontronazo, ya que a los caballeros “se les viene a encender la cólera”. Con ello Cervantes aporta un nuevo dato a su interpretación del episodio real pues, según él, Loyola perdió la razón y fue dominado por la ira, una pasión pecaminosa que bien podía despertarle un posterior escrúpulo que Vivaldo-Veralo, en su interrogatorio, no duda en echárselo en cara. No obstante, también en este caso, Cervantes lo único que hace es seguir a Ribadeneyra, que atribuye a Loyola un temperamento colérico aplacado con el tiempo
El resto de la descripción del torneo hecha por Vivaldo se ajusta a los cánones de los libros de caballerías, y su objetivo parece ser, como siempre, relajar la tensión paródica y aplicar una buena dosis de barniz caballeresco que encubra la trama interna. No obstante, Vivaldo parece no tener interés en que don Quijote responda sobre la cuestión del escrúpulo, ya que antes de acabar, y sin esperar respuesta, dirige la conversación hacia un nuevo tema, el de los caballeros que no tienen damas a las que encomendarse, con lo que muy subrepticiamente parece aludir al mismo asunto del principio de su intervención, es decir, al tema de la Virgen, ahora vuelto a tratar pero desde la perspectiva de la herejía luterana, o sea, sacerdotes y monjes que no creen en ella, que no tienen dama a la que encomendarse
Esta contundente respuesta de don Quijote viene a reforzar la sospecha levantada por la pregunta de Vivaldo, pues aparecen en dicha contestación unos cuantos vocablos muy presentes en el capítulo de la Vida dedicado a la difamación de la herejía luterana y sus seguidores. Don Quijote niega que puedan existir caballeros sin damas, lo que en lenguaje profundo viene a ser una defensa ante Veralo de las múltiples sospechas de herejía levantadas contra Loyola. Por eso, para defenderse, utiliza el lenguaje que Ribadeneyra emplea contra los herejes
Don Quijote, como católico y cristiano, no puede creer que existan caballeros no enamorados, y en el caso de que los hubiera, habrían entrado “no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón”. Por una parte, los insulta como Ribadeneyra y, además, añade que la única manera de ser caballero es entrando por la puerta, otra metáfora procedente de la Vida
Según Ribadeneyra, la forma de llegar a Dios es a través de la intervención de la Virgen, que viene a ser como la puerta natural, la única forma de acceso. Así que quienes no crean en Ella, difícilmente podrán entrar. Caso de que existieran esos caballeros sin amores, dice don Quijote, no sólo serían considerados ladrones y salteadores, sino ilegítimos (“no sería tenido por legítimo caballero”), otra de las muchas acusaciones vertidas en el mismo capítulo contra los herejes.
Ya vimos que en el Quijote, por distintas razones, se asocia la figura de Amadís con la de Loyola, por lo tanto la referencia a su hermano Galaor debe encubrir a otro personaje real. Tanto en el Relato como en la Vida se menciona en varias ocasiones al hermano mayor de Loyola, aunque ninguno de los datos ofrecidos permite suponer una relación entre dicho personaje histórico y el ficticio Galaor. Pero hermano es también el tratamiento mutuo que se dan los miembros de cualquier comunidad religiosa, o sea, que tras la figura de Galaor probablemente se oculta otro miembro de la Compañía, en mi opinión Francisco Javier, cuya vida y hazañas se mencionan en varias ocasiones en la Vida, especialmente en el capítulo íntegramente dedicado a su muerte, y de gran trascendencia para el Quijote. De dicho capítulo extraigo algunas noticias sobre Francisco Javier
En las adversidades y persecuciones era muy constante e invencible, colgado siempre de la divina Providencia, y della tan fiado (como sus pasos eran todos para la gloria de Dios y salud de las almas) que no dudaba muchas veces de entrar en la mar con tiempos contrarios, ni de acometer cosas en que había manifiestos peligros de muerte de los cuales Dios nuestro Señor milagrosamente le libró. [...] De Malaca le llevaron a Goa, donde fue recibido con procesión y universal concurso de todas las religiones y de la Ciudad; y fue depositado en la Iglesia de Goa, donde de todo el pueblo es venerado, y tenido en gran reverencia, y opinión de santidad” (Vida IV, VII) Vivaldo ofrece unos cuantos detalles sobre Galaor (nombre, como Javier, compuesto de seis letras) que coinciden con los de Francisco Javier. En primer lugar dice, lógicamente, que lo ha leído, pero como Cervantes parece ser que nunca ofrece información sin doble sentido, eso conduce a sospechar, como siempre que se refiere a libros e historias, que está haciendo una nueva referencia a su fuente constante de información, es decir, la Vida. Precisamente en el capítulo dedicado a la muerte de Francisco Javier, por casualidad, no aparece ni una sola vez mencionada la Virgen, ni en ningún momento se dice que se encomiende a ella, lo que ha sido traducido por Cervantes como que don Galaor “nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse”. Pero además, hay también otra información muy apropiada al caso, y es la increíble noticia, ya comentada, de que a Francisco Javier “conservóle Dios limpio en su virginidad, y sin mancilla”, algo tan probable como improbable, pues anduvo solo por medio mundo. El caso es que, con bastante sentido del humor, Cervantes parodia la virginidad de Fco. Javier con el carecer de “dama señalada” de Galaor, de quien añade que “con todo esto, no fue tenido en menos”, también parodiando el gran concepto que, según Ribadeneyra, tenía el pueblo de su compañero. Los referentes más explícitos son la forma verbal “fue”, repetida de par en par en los textos, y la expresión “tenido en”, donde Cervantes cambia “más” por “menos”, aunque manteniendo un contenido paralelo. De los fragmentos de la Vida también se extrae la conclusión de que Fco. Javier fue “un muy valiente y famoso caballero”, como Galaor, pues era “muy constante e invencible” y acometía “cosas en que había manifiestos peligros de muerte”. Y era famoso, pues, después de muerto, su cuerpo “fue recibido con procesión y universal concurso de todas las religiones y de la Ciudad” Vivaldo ha empleado además esa atípica forma “un muy”, registrada tanto en la Vida como en el Relato.
La defensa de don Quijote coincide plenamente con la lectura profunda, pues por un lado, admite la posibilidad de que la lectura de Vivaldo sea cierta, aunque la niega inmediatamente con la suya, corroborada con una especie de información privilegiada según la cual Galaor, además de su tendencia (“condición natural”) al amor de cualquier dama, estaba secretamente enamorado de una, lo que en lenguaje profundo equivaldría a decir que Fco. Javier, aunque tenía la tendencia de cualquier religioso a venerar cualquier imagen de la Virgen, sentía, por supuesto, veneración por la única, o sea, la madre de Cristo. Es lógico que, durante sus muchas horas de oración, se encomendara algunas veces a la Virgen, aunque nunca podremos saberlo, pues, como Galaor, “se preció de secreto caballero”
Esa postura mística (“la mano en el pecho, y los ojos levantados al cielo”) sólo la practicaba cuando nadie “le podía ver”, por eso, según don Quijote, “se preció de secreto”. Algo que además se especifica en la Vida
A ese referente, se añade el “muy a menudo” (“a la cual se encomendaba muy a menudo y muy secretamente”), situado, gracias al verbo encomendarse, dentro de un contexto plenamente místico. Vivaldo, continuando su solapada labor inquisitiva, vuelve a responder preguntando
En plan silogístico, Vivaldo responde empleando una expresión (“es de esencia”) de la Vida con la que continúa su burla-interrogatorio, pues así como “no es de esencia de la Religión, el tener coro”, sí es de esencia de todo religioso venerar a la Virgen, y don Quijote, como bien dice Vivaldo, es de la profesión. Hay un montón de paralelismos entre la intervención de Vivaldo y el fragmento de la Vida dedicado a la expulsión de los profesos
El cuadro manifiesta claramente las múltiples coincidencias Vida Quijote
Vivaldo concluye con la frase “un tal caballero como vuestra merced parece”, de la que se desprende una duda, pues no afirma que don Quijote sea un caballero, sino que lo parece, es decir, la misma incertidumbre que en el lenguaje profundo debió sentir el nuncio Veralo ante la religiosidad de Loyola.
El gran suspiro de don Quijote al escuchar la pregunta sobre su amada, es tan teatral como los muchos que aparecen en la Vida, normalmente acompañados de llantos, gemidos y otras manifestaciones más propias del género pastoril que del religioso. La descripción de Dulcinea sigue “el orden que la retórica mandaba para el retrato, comenzando desde la parte superior de su persona, y va a emplear todos los tópicos literarios que se fueron almacenando en el lenguaje poético” [30] . Es decir, Cervantes hace lo mismo que Ribadenerya, abusar de los tópicos, aunque dándole además a su lenguaje la suficiente soltura como para posibilitar la lectura profunda, matizada, por ejemplo, con el adjetivo “sobrehumana”, totalmente tópico pero a su vez sugeridor de la belleza espiritual de la Virgen, cuya presencia general está reforzada por ese grado superlativo en que se le atribuyen todas las virtudes. “Al tocar el tema de Dulcinea, Vivaldo pregunta al caballero andante, entre otras cosas, por su hermosura, y Don Quijote, describiéndola en superlativos, pasa a las partes bajas en términos que según la Inquisición portuguesa merecían el expurgo. He aquí el texto entero: “y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sólo la discreta consideración puede encarecerla, y no superarlas” [...] Mirada a la luz del estado de extrema corrupción que ostentaba el clero de la época, como lo vimos arriba, la borradura de este pasaje por razones de pudibundez revela la extrema hipocresía y mezquindad del Santo Oficio” [31] . Esta observación de Osterc debe completarse con el importante poder desempeñado por la Compañía en la Inquisición portuguesa. Ello explica que estuviesen al tanto de la doble identidad de Dulcinea y censuraran tan pulcra descripción, pues sólo si se conoce la referencia a la Virgen puede hablarse de blasfemia, de asunto censurable por la Iglesia, ya que el hecho de materializarla, de hacerla carne descriptiva, es en sí pura irreverencia. Cervantes no se atreve a mencionar ni una sola de esas partes cubiertas por la honestidad, pero la sugerencia, el sólo pensar en ellas, es un acto censurable, una indiscreta “consideración” Don Quijote ha hecho, pues, lo que estima una entusiasta y discreta descripción de la Virgen, intentando satisfacer la pregunta inquisidora de Vivaldo-Veralo, ante quien, en el fondo, sigue defendiéndose, pretendiendo demostrar que su idea de la Virgen no es distinta o herética, sino tan tópica como requería la más pura ortodoxia. O sea, la pregunta de Vivaldo al hablar sobre Dulcinea era, pues, un tema comprometido, el rasgo que definía definitivamente lo herético, por eso la respuesta de don Quijote se inició con “un gran suspiro”, y por eso el comienzo de su intervención es tan respetuoso y casi procesal: “respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide”. Pero el final de la respuesta, la frase censurada, inquieta tanto a Vivaldo que inmediatamente interviene y, precisamente, con otra pregunta inquisitiva de estructura muy parecida a la hecha por los dominicos (“Y ¿qué cosas de Dios son esas que decís? que eso es lo que sumamente deseamos saber”) [32] en el interrogatorio de Salamanca
A lo cual respondió don Quijote:
Aunque no viene a cuento, don Quijote se explaya en linajes ajenos a Dulcinea, con la pretensión, parece, de relacionar su nombre con los más ilustres de la historia. Quizás para imitar la pomposa tendencia de Ribadeneyra a rellenar su libro con cuantos ilustres apellidos conoce. No obstante, en la Vida, aunque aparecen en repetidas ocasiones las distintas nacionalidades mencionadas por don Quijote (Cataluña, Valencia, Aragón, Castilla y Portugal) sólo encontramos literalmente tres de los apellidos: Ursino, Manrique y Mendoza, y junto a ellos algunas expresiones también presentes en la respuesta de don Quijote
La frase de don Quijote (“linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos”) es prácticamente la misma que la de la Vida (“dieron principio ...aún más ilustre”) y dentro de un mismo contexto heráldico, y tres de los apellidos citados por él están relacionados con las fundaciones de colegios de la Compañía que, según otro fragmento de la Vida, es un “sacro apellido”
Los hijos de Ignacio no llevan su apellido, sino el de la Compañía de Jesús, nombre que dio principio, a través de sus colegios en todo el mundo, a una de “las más ilustres familias de los venideros siglos”, la formada por toda esa gente linajuda que une su nombre en cada colegio al de la Compañía. O sea que, según don Quijote, el nombre de Dulcinea generará, como madre, a una gran familia, la de la Compañía, también llamada por Ribadeneyra en el fragmento anterior “dulcísimo nombre”, razón por la que don Quijote, al iniciar su respuesta, haya llamado a Dulcinea “la dulce mi enemiga”, revelando definitivamente el origen del nombre de Dulcinea.
La respuesta de Vivaldo deja perplejo a don Quijote, pues no comprende que el inquisidor Veralo salga ahora diciendo que ignora el nombre y los orígenes de la Compañía, de ahí el irónico “Como eso”, cuyo significado viene a ser: pero ¿como es posible que, sabiéndolo todo, no esté informado del nombre? De la respuesta de don Quijote interesa destacar su esperanza de supervivencia en el tiempo
respuesta metafórica cuyo sentido alude al prometedor futuro, “generoso principio”, de la nueva familia de la Compañía.
La plática entre don Quijote y Vivaldo es el centro de atención de todos los presentes, como en su momento lo era el interrogatorio de Veralo a Loyola. Según el narrador, salvo Sancho, todos los demás piensan que don Quijote está bastante loco, lógicamente basándose sólo en su atuendo y conversación, pues por ahora no le han visto hacer cosas extraordinarias, de forma que la opinión de todos se ha formado, como la de Loyola en el juicio, por su aspecto y razonamientos.
Se repite prácticamente la descripción del primer grupo de pastores encontrados en el camino. La insistencia del vocablo plática nos recuerda el sentido simbólico-espiritual del trasfondo de toda la charla, de nuevo interrumpida por el narrador para informar de la presencia de un nuevo grupo de “pastores”, vestidos “todos” con una misma indumentaria negra, y coronados. El narrador dice “hasta veinte”, queriendo quizás simbolizar, con un poco de imprecisión, el incremento numérico que se había producido en la Compañía, especialmente desde su segunda confirmación en 1543, ya que hasta entonces tenía limitado, por orden del papa, su crecimiento, como señala Ribadeneyra
Es significativo que este nuevo grupo sea también de pastores y vengan igualmente vestidos, dando idea de representación simbólica, pastores-religiosos, todos de negro y todos coronados, simbolizando, como se ha visto, la tonsura sacerdotal. Esa interpretación parece corroborada por la irónica, o burlona, especificación añadida por el narrador “coronados con guirnaldas, que, a lo que después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés” La escena vuelve a ser teatral y ajena al realismo o a la diversidad propia de lo que es un grupo heterogéneo de personas unidas por su dedicación al pastoreo, pero lógica dentro del lenguaje profundo, pues ya sabemos que esos pastores son religiosos de una sola congregación que, vestidos con su hábito negro, vienen a enterrar a un compañero. Dicho compañero sabemos, desde el capítulo 12, que se llama Grisóstomo y que es trasunto de Pedro Fabro, de cuya vida, en general, ha tomado Cervantes muchos datos. Pero también hemos visto que, poco a poco, han desaparecido los referentes a Fabro y que han aumentado los de Francisco Javier, otro jesuita muerto y al que Ribadeneyra le dedica, como a Fabro, un capítulo exclusivo que, a partir de ahora y durante el capítulo 14, va a ser el núcleo básico de donde se nutre Cervantes para todo lo relativo al entierro de Grisóstomo. De ese capítulo extraigo párrafos dispersos relativos a la muerte
En el capítulo 14 comprobaremos la veracidad de estos datos, de los que ahora interesan los aspectos externos tomados por Cervantes para el entierro, que va a realizarse, según dice un cabrero, al “pie de aquella montaña”, en “el lugar donde el mandó que le enterrasen”. Dos detalles (lugar determinado y voluntad expresa) coincidentes con los de Francisco Javier, que “se hizo llevar a una peña muy áspera, y alta roca” para enterrarse.
Interviene otra vez el narrador para aportar más datos con su acostumbrada ironía. Ya las distancias se han acortado y el plano general pasa a ser prácticamente un primer plano donde vemos a cuatro de los pastores “cavando la sepultura”, la misma expresión de la Vida (“tornan a cavar la sepultura”), “a un lado de una dura peña”, o sea, en un lugar casi idéntico al de Fco. Javier: “una peña muy áspera, y alta roca”. La burla del narrador se centra en esa absurda, por prolija, calidad de la peña (muy áspera), parodiada con la “dura peña”
Los pastores se reciben de forma muy semejante a como, según ya se ha visto, lo hacen los jesuitas
En las andas vieron “un cuerpo muerto, vestido como pastor”, igual que Fco. Javier, pastor de almas, fue enterrado “vestido de sus ornamentos sacerdotales”. Aunque estaba muerto, Grisóstomo “mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda”, es decir, se encontraba muy bien conservado y con sus rasgos como cuando estaba “vivo”, igual que Fco. Javier “el cuerpo tan incorrupto y sólido, como cuando le pusieron, con su color natural, como cuando era vivo” La vestimenta del muerto lo identifica, pues, como pastor perteneciente a todo ese grupo de simbólicos pastores que han ido a enterrarlo. Sobre su edad duda el narrador, y dice que, “al parecer”, tenía treinta años. De nuevo Cervantes ha empleado esa muletilla propia de Ribadeneyra, cuya utilización ya se ha visto que es una forma de evitar decir directamente una mentira pues, sabiendo que no es cierto, suele utilizar “al parecer” para decir lo que le interesa, por eso Cervantes, sabiendo que Ribadeneyra expresa claramente al principio del capítulo que Fabro nació en 1506 y murió en 1546, emplea “al parecer” para evitar decir que el muerto tenía cuarenta años, con lo que se habría identificado claramente con Fabro. Además de flores que desprenden buen olor, alrededor del cuerpo “tenía en las mesmas andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados”, pues, como ya se ha visto, Fabro era escritor
Los libros y papeles abiertos y cerrados que rodean el cuerpo son, pues, símbolos del trabajo como escritor realizado por Fabro, que dejó libros terminados y otros, como su diario o Memorial, abiertos.
La insistencia en la honestidad del amor de Grisóstomo coincide con la naturaleza del amor en el lenguaje profundo, es decir, el amor honesto y desinteresado del religioso, pues Ribadeneyra acostumbra a referirse al demonio como al “enemigo”, “enemigo capital” (Vida I, XIII), “cruel enemigo” (Vida II, XII), e incluso con una expresión tan similar como la ahora utilizada por Cervantes, “enemigo del linaje humano”. Marcela es, como la Compañía, capaz de arrastrar a los jóvenes con la misma fuerza que el enemigo, que desata pasiones y conduce a los jóvenes al suicidio, según parece deducirse de las palabras de Ambrosio “de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida”
Morir por Marcela o morir por “su Dios y Señor”, el sentido de entrega, de infravaloración de la vida, rige los destinos de amantes y religiosos, en ambos casos enterrados, depositados, en sus lugares correspondientes (“Y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del eterno olvido”)
Además de parodiar el rebuscado y cursi estilo pastoril de Ribadeneyra, el lenguaje de Ambrosio nos permite asociar las “entrañas del eterno olvido” donde fue depositado el cuerpo de Grisóstomo con la lejanía o el olvido de Goa, donde fue enterrado Fco. Javier.
Este extremado panegírico de Ambrosio, cuya hipérbole inicial (“infinita parte”) advierte de su desmesura, no es sino una variedad de otros tan exagerados hechos por Ribadeneyra a sus compañeros Hoces, Fabro, Fco. Javier o Loyola. Su procedimiento es siempre el mismo, atribuir a quien se propone encumbrar todas y cada una de las virtudes reconocidas a las grandes personalidades de la humanidad, de forma que cuantas cosas dice Ambrosio de Grisóstomo pueden encontrarse como propias de cada uno de los distintos compañeros de Ribadeneyra, cuya máxima al respecto ya la conocemos: “De los vivos diremos poco; de los muertos algo más, conforme a lo que el Sabio nos amonesta, que no alabemos a nadie antes de su muerte dando a entender (como dice San Ambrosio) que le alabemos después de sus días y le ensalcemos después de su acabamiento” (Vida, A los hermanos) Para hacerse una idea, conviene desglosar el discurso, dominado, como puede verse en las negritas, por la presencia del “fue”, igual que ocurre, como veremos enseguida, en los panegíricos a Fabro y Francisco Javier. Todas las virtudes atribuidas a Grisóstomo también lo han sido a miembros de la Compañía
Al margen de estos detalles paralelos, que podrían ser sustituidos por otros muchos, quizás sea el estilo de Ambrosio y su forma de engarzar alabanzas, lo más parecido al estilo de Ribadeneyra, que dice de Fabro
Esa concentración de virtudes en Fabro, presidida por la forma “fue”, vuelve a repetirse en Fco. Javier
Ribadeneyra ha repetido el mismo esquema anterior, la forma “fue” más un innumerable cúmulo de virtudes, tal como hizo Ambrosio en el panegírico a su amigo Crisóstomo (“fue único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud”) Fabro y Fco. Javier murieron jóvenes, especialmente el primero, o sea, en la mitad de la carrera de su vida, y entregados a la Compañía, a la que ellos procuraban “eternizar para que viviera en la memoria de las gentes” Por último, Ambrosio anuncia su propósito de quemar los papeles de Grisóstomo.
Este largo razonamiento de Vivaldo, con bastantes detalles de pedantería, está construido a base de retales de la Vida, pues él, como Ribadeneyra, es un eclesiástico al que le gusta poner en evidencia su gran cultura. Cuando Vivaldo dice “De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos” está tratando de salvar del fuego los escritos de Grisóstomo, pero a su vez está utilizando el lenguaje empleado por Ribadeneyra en defensa de los ataques del Arzobispo de Toledo contra la Compañía
Vivaldo considera injusto que se cumpla la voluntad de quien va contra lo razonable (“no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso”), siguiendo también la opinión de Ribadeneyra
Aunque con distintos planteamientos, Ribadeneyra y Vivaldo, viene a decir que no es justo cumplir órdenes irracionales, o sea, que la oscuridad no debe regular la vida. Sin embargo, esos principios se vienen abajo cuando se trata de la obediencia religiosa, pues en ese caso, dice Ribadeneyra, la obediencia ha de ser ciega (“se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso”)
De manera, que fuera de la ejecución de la obra haya también conformidad de la voluntad y del juicio entre el que manda y el que obedece. Esta obediencia es entera y cumplida de todas sus partes, y excelentemente perfeta; por la cual cautivamos en cierta manera nuestro entendimiento al servicio divino, y tenemos por bueno todo lo que por nuestro superiores nos es ordenado; y ni buscamos razones para obedecer, ni seguimos las que se nos ofrecen; antes obedecemos por sola esta consideración, de pensar que lo que nos dicen es obediencia” (Vida V, IV) También la frase sobre Virgilio (“Y no le tuviera bueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su testamento mandado”) parece inspirada en otra, no menos pedante, de la Vida
Finalmente, Vivaldo se apodera de algunos escritos y, gracias a la supuesta cortesía de Ambrosio, comienza a leerlos, mientras se abre la sepultura.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno dellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio, y dijo:
Y como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo, se le pusieron a la redonda, y él, leyendo en voz clara, vio que así decía: También Ribadeneyra finaliza, prácticamente, el capítulo dedicado a Fabro hablando sobre sus escritos que, de forma parecida a los de Grisóstomo, debieron ser bastantes, pues en la Vida se habla de libros y de cartas, en los que Fabro expone las “maravillosas ilustraciones y revelaciones divinas” que tuvo, y que se corresponden con las poesías o revelaciones amorosas escritas por Grisóstomo. En la Vida se nos ofrece una pequeña muestra (el fragmento de una carta a Laínez) de esa literatura, y Ambrosio permite a Vivaldo leer el último poema escrito por Grisóstomo. Cervantes finaliza el capítulo dejándonos dispuestos a escuchar la lectura de la Canción desesperada, de forma muy semejante a como Ribadeneyra invita a la lectura de la carta de Fabro
A lo largo de estos dos últimos capítulos, Ambrosio aparece, igual que Laínez, como el amigo del alma de Grisóstomo, no sólo porque es su depositario y el único que conoce sus últimas voluntades y toda la historia de su vida, sino porque el mismo narrador lo ha especificado dos veces, señalando, como Ribadeneyra, la grandeza de esa amistad
Por último, señalar cómo la intervención de Vivaldo, tomando sin permiso los papeles de Grisóstomo y comenzando su lectura, vuelve a corresponderse con su solapada labor indagatoria, continuada, en parte, en el capítulo siguiente, donde será el único en dar a conocer su opinión sobre lo leído.
| PRÓLOGO
| INTRODUCCIÓN | PRIMERA
PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo
I | Cápitulo II | Cápitulo
III | Cápitulo IV | Cápitulo
V | Cápitulo VI | Cápitulo
VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA
PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo
IX | Cápitulo X | Cápitulo
XI | Cápitulo XII | Cápitulo
XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES
| CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS
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[1] El juego numérico de los capítulos
11,12 y 13 ha sido también objeto de opiniones contrapuestas, entre
quienes encuentran indicios de intencionalidad oculta (Rodríguez Marín,
Cejador) y quienes lo ven carente de sentido (Casalduero)
[2] “ensalzando la virtud y reprehendiendo los vicios y despertando los corazones de los hombres al menosprecio del mundo” (Vida I, XV) “a fin de sacar a los hombres del cautiverio de Satanás y despertar los corazones y atraerlos a procurar con todas sus fuerzas aquella bienaventuranza para que Dios los crió” (Vida II, VIII) [3] Según precisa el caballero y caballista Manolo del Pozo. [4] “La señal de que uno está dedicado para la Iglesia, como es quando toma corona, que llamamos primera tonsura” Covarrubias, o.c. [5] “Comenzaron a andar juntos y a trabar plática” (Vida I, III) [6] “Buscaron al peregrino luego, convidáronle a comer, comió, y después les hizo una plática espiritual de que quedaron asombrados y aficionados a él” (Vida I, X) “Con estás obras iban derramando un olor de Cristo y de su dotrina tan suave y bueno, que muchos sacaron singular fruto de sus pláticas y conversación” (Vida II, X) [7] Murillo, o. c., n.4, p. 169. [8] En una célebre carta de 1538 dirigida a su benefactora Isabel Roser, escribe Loyola: “como de nosotros se había dicho o publicado aquí, que éramos fugitivos de muchas tierras, y especialmente de París, de España y de Venecia: para el mismo tiempo que se había de dar la sentencia o declaración de nosotros se hallaron aquí en Roma, nuevamente venidos, el regente Figueroa, el qual me prendió una vez en Alcalá, y hizo proceso dos veces contra mí, y el vicario general del legado de Venecia, el qual también hizo proceso contra mí (después que comenzamos a predicar en la Señoría de Venecia)” Carta a Isabel Roser, Roma 19 de diciembre de 1538, FN,I, p. 11. [9] “Apellido de una familia de banqueros genoveses, afincados desde hacía tiempo en Sevilla, uno de los cuales fue poeta y amigo de Cervantes: Adán Vivaldo” Don Quijote de la Mancha, Ed. Avalle-Arce, o.c., p. 166, n. 2. [10] “Y todos los que hicieren profesión en esta Compañía, se acordarán, no solo al tiempo que la hacen, más todos los días de su vida, que esta Compañía y todos los que en ella profesan, son soldados de Dios que militan debajo de la fiel obediencia de nuestro santo padre y señor, el papa Paulo III, y los otros romanos pontífices sus sucesores” (Vida III, XXI) [11] “Llegan al palacio del capitán, y déjanle en una sala baja, y de allí a un rato le habla el capitán. Y él sin hacer ningún modo de cortesía, responde pocas palabras, y con notable espacio entre una y otra. Y el capitán le tuvo por loco, y ansí lo dijo a los que lo trajeron: «este hombre no tiene seso; dalde lo suyo y echaldo fuera»” (R, 53) [12] “Enojóse el capitán con los soldados ásperamente, riñéndoles y diciéndoles que harto locos eran ellos, pues le habían traído allí un loco, y con tanto manda que se lo quiten de delante y le echen de allí” (Vida I, XII) [13] “Más escribimos de un hombre que fue en nuestros días, y que conocieron y trataron muy particularmente muchos de los que hoy viven” (Vida, A los hermanos) [14] “Mas todas ellas no pudieron hacer mella en aquel ánimo determinado e invencible de Ignacio” (Vida I, X) [15] “procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I) [16] “Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos” (Vida I, I) [17] “Mas todas ellas no pudieron hacer mella en aquel ánimo determinado e invencible de Ignacio” (Vida I, X) [18] “armándose con el pan de vida contra los grandes trabajos y dificultades de aquella su larga y peligrosa jornada” (Vida II, VII) [19] “era sin duda grande su caridad para con los enfermos, convalecientes y flacos” (Vida V, VIII) [20] “Bueno es para mí (decía) el padecer, mas ¿qué será de los que ahora comienzan a entrar por la estrecha senda de la virtud?” (Vida II, III) [21] “Y como yo tengo para mí, Dios nuestro Señor inspiró y movió al mismo Padre a escribir distinta y compendiosamente todo lo que por espacio de los cuarentas días le aconteció” (Vida IV, II) [22] “Porque, ¿cómo un hombre sin letras, soldado y metido hasta los ojos en la vanidad del mundo, pudiera juntar gente y hacer compañía y fundar religión y extenderla en tan breve tiempo por todo el mundo con tanto espíritu, y gobernarla con tan grande prudencia y defenderla de tantos encuentros con tanto valor y con tanto fruto de la santa Iglesia [...]?” (Vida I, VII) [23] “Conforme a la costumbre muy usual en el Quijote, Cervantes aprovecha un encuentro casual de su héroe con cualquier personaje de la novela, para entablar diálogos sobre los asuntos más variados, y por boca de uno u otro exponer su propio modo de ver. Así ocurre con la entrevista entre don Quijote y don Vivaldo, en la que el caballero manchego sopesa los trabajos de los frailes y los de los caballeros andantes. De esta manera, el autor torna a recurrir a su medio literario preferido de manifestar su aguda crítica social contra las organizaciones existentes, envolviéndola en la comparación entre la durísima y dificilísima profesión de los caballeros andantes-soldados, y la fácil y holgada vida de los monjes. [...] En nuestro sentir, este parangón de las dos profesiones, en el que los religiosos llevan tan mala parte, tiene por objeto la crítica de la clase sacerdotal en general y su vida parasitaria. Es significativo que en toda la larga retahila de razones alegadas por don Quijote, éste ni una vez usa la palabra “frailes” o “monjes” para designar a los clérigos de los monasterios, sino “religiosos”, lo que, a nuestro juicio, no es fortuito. Opinamos que por esta razón hay que entender aquí esta palabra en el sentido más amplio, comprendiendo por ella toda la clerecía, y no sólo la de los conventos. El hecho de que en el mismo pasaje llame a los caballeros andantes y no a los religiosos, ministros de Dios en la tierra, no hace más que corroborar nuestro parecer. De todos modos, los razonamientos del Ingenioso Hidaldo revelan la audacia e independencia de la concepción social de autor, que bajo una crudelísima dictadura absolutista y clerical osó dar preferencia a los soldados sobre el clero” El pensamiento social y político del Quijote, Ludovik Osterc, Universidad Nacional Autónoma de México, 1975, p. 194 y sgts. [24] “muchas veces no le dejaban entrar en los pueblos, y algunas era tanta la hambre y flaqueza que padecía [...] en fin, como pudo, cayendo y levantando, llegó a Roma [...] imposibilitándole el camino por ser tan largo y trabajoso y en año de tanto peligro y lleno, de tantas dificultades [...] el santo propósito que había hecho de seguir una extremada pobreza en todas las cosas [...] En el camino de Roma a Venecia pasó grandes fatigas y muchas dificultades” (Vida I, X) [25] “Si hallaban alguno deseoso de su aprovechamiento y sediento de las aguas vivas que matan la sed del alma, a este tal se comunicaban y le daban mayor parte, de lo que nuestro Señor a ellos les comunicaban” (Vida II, X) [26] “¡O miserable pecador; o hombre desventurado: acuérdate de las maldades que has hecho y de las ofensas con que has atesorado la ira de Dios contra ti!. En convaleciendo un poco, luego se tomó a sus acostumbradas” (Vida I, IX) [27] Covarrubias, o.c. [28] Diccionario R.A.E., o.c. [29] Covarrubias, o.c. [30] Rico, o.c., n. 47, p. 141. [31] El Quijote, la Iglesia y la Inquisición, L. Osterc, o.c., p. 35-36 [32] Vida I, XV [33] En la Vida el vocablo “senda” siempre aparece con un sentido metafórico de espiritualidad: “Bueno es para mí (decía) el padecer, mas ¿qué será de los que ahora comienzan a entrar por la estrecha senda de la virtud?” (Vida II, III). “y procuran de encaminar por la estrecha senda de la salud a los que andan descaminados y perdidos” (Vida III, XII)
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