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CAPÍTULO
DOCE
La
muerte de Crisóstomo es un trasunto del fallecimiento del jesuita
Pedro Fabro, según información de la Vida. Marcela es, igualmente,
un símbolo de la Compañía, representada como una mujer joven, cuyas
virtudes y belleza atraen irresistiblemente a esos jóvenes e idealistas
pastores que la persiguen por los campos.
El ambiente pastoril del capítulo anterior es prácticamente el decorado
sobre el que se van a desarrollar los tres siguientes, cuyo núcleo
esencial será la historia de Marcela y Grisóstomo, una parodia sobre
la historia del jesuita Pedro Fabro (primer seguidor de Loyola)
y la fundación de la Compañía.
La información sobre Fabro, aunque fundamentalmente se concentra
en un capítulo dedicado exclusivamente a su muerte, está distribuida
a lo largo de la Vida.
En primer lugar se dice que Loyola vivió y “tomó estrechísima amistad”
con Fabro
en el colegio de Santa Bárbara de París
“en
poco tiempo le ganó tanto con la admiración de su vida y ejemplo,
que determinó de juntar sus estudios y propósito de vida con los
estudios y propósito de Ignacio. El cual no extendió luego al
principio todas las velas, ni usó de todas las fuerzas para ganar
esta ánima de un golpe, sino muy poco a poco y despacio fue procediendo
con él. Porque, lo primero, le enseñó a examinar cada día su
conciencia; luego le hizo hacer una confesión general de toda
su vida, y después le puso en el uso de recebir cada ocho días
el Santísimo Sacramento del altar; y al cabo de cuatro
años que pasó viviendo desta manera, viéndole ya bien maduro y
dispuesto para lo demás, y con muy encendidos deseos de servir
perfetamente a Dios, le dio, para acabarle de perficionar, los
Ejercicios espirituales. De los cuales salió Fabro tan
aprovechado, que desde entonces le pareció haber salido de un
golfo tempestuoso de olas y vientos de inquietud y entrado en
el puerto de la paz y descanso, el cual el mismo Fabro escribe
en un libro de sus meditaciones (que yo he visto) que antes
de los Ejercicios nunca su ánima había podido hallar” (Vida II,
IV)
Al mismo tiempo que a Fabro, Loyola dio “los Ejercicios” a Laínez
y Salmerón, y después a Francisco Javier, y todos “determinaron
de seguirle”
En el capítulo VII vuelven a aparecer nuevos datos sobre Fabro y
sus compañeros, y a lo largo de los libros segundo y tercero se
añaden otros detalles. Pero su prematura muerte, anterior a la
de Loyola, da lugar a que en la Vida se le dedique un panegírico
donde se mezclan las distintas fuentes biográficas con esas “meditaciones”
que Ribadeneyra dice haber visto, pertenecientes a lo que se conoce
como Memorial de Fabro.
DE LA MUERTE DEL PADRE
PEDRO FABRO
(Vida
III, XI)
El principal instrumento que Dios tomó con el duque
de Gandía para fundación del colegio della, fue el padre Maestro
Pedro Fabro, el cual pasó desta vida a la inmortal en Roma el
primero día de agosto del año de 1546. Nació este admirable varón
en una aldea del ducado de Saboya, llamada Villareto, en la diócesis
de Géneva, el año de 1506. Sus padres eran labradores y de
baja suerte, mas hombres muy cristianos y devotos. Crióse
en casa dellos de tal manera, que desde su niñez daba muestras
de la elección con que Dios le había escogido por una de las
principales columnas sobre que quería fundar esta santa religión.
Porque desde la edad de siete años comenzó a sentir en
sí grandes estímulos y deseos vivos de toda virtud, y a los
doce fue su corazón tan encendido y abrasado del amor de la
castidad y limpieza, que hizo voto della. Tuvo tan grande
inclinación al estudio de las letras, que por sus importunos
ruegos fue su pobre padre forzado a sacarle del oficio de pastor
y de andar tras el ganado, y ponerle a la escuela, en la cual
dio muestras de rara habilidad.
Habiendo
aprovechado en las primeras letras medianamente, a los diecinueve
años de su edad fue enviado a París, a donde acabó el curso de
filosofía, alcanzando honoríficamente el grado de Maestro en artes.
Era en este tiempo muy acosado de escrúpulos y tan afligido, que
trataba de irse a vivir a un desierto y sustentarse de las
yerbas y raíces del campo, o hacer otra vida más áspera, para
desechar de sí aquella congoja y aflición de espíritu tan grande
que padecía. Mas andando en estas trazas sin hallar descanso,
trató (como dijimos) con nuestro padre, con cuya santa conversación
y saludables consejos quedó del todo libre y sosegado, y fue
el primero de los compañeros que se determinó de seguirle e imitarle
en toda pobreza y perfeción. Acabados los estudios de teología,
vino con los otros compañeros a Italia, como hermano mayor y guía
de todos ellos. De Roma le envió el sumo pontífice a Parma y
de allí a Alemania y después a España con el doctor Ortiz, de
donde dio la vuelta otra vez a Alemania, en la cual hizo muy
señalado fruto. Porque con la vida ejemplar y con la autoridad
de su excelente dotrina y con la gravedad y prudencia que tenía
en el conversar ganó las voluntades de los príncipes católicos
de aquella nación. Fue muy acepto a Alberto, cardenal de Maguncia,
y estuvo mucho tiempo con él y declaró los salmos de David
en los estudios públicos de Maguncia. Fue grande amigo
de Otón, cardenal de Augusta, obispo que entonces era de Espira,
y de otros muchos príncipes y señores católicos.
Reprimió
valerosamente el ímpetu y furor de los herejes y disputó muchas
veces con sus maestros y caporales, y particularmente con Buzero,
con tanta erudición y fuerza, que (si ellos no estuvieran obstinados
en su malicia) fácilmente pudieran conocer la verdad. Tuvo admirable
don y espíritu de orar por los heresiarcas y por toda Alemania,
y sentía y decía claramente que la religión católica sería restituida
a su entereza y antigua puridad en aquellas partes, cuando la
ira de nuestro Señor se hubiese aplacado con la sangre de algunos
buenos y santos católicos derramada por su fe. De los alemanes
que ganó para la Compañía el primero fue el padre Pedro Canisio,
el cual, movido por la fama que tenía el padre Fabro, vino
de Colonia a Maguncia solamente para verle y comunicarle. El
huésped que tuvo en Maguncia, por su conversación se dio todo
a nuestro Señor y se hizo monje cartujo. En Colonia predicó
muchas veces en latín en los monasterios de religiosos y en la
universidad con grande espíritu, gravedad y dotrina. En aquella
ciudad particularmente reverenciaba las reliquias de las vírgenes
Ursula y sus compañeras, y estaba muchas veces y grandes ratos
postrado delante de la capilla donde están sus huesos sagrados,
la cual allí llaman la Cámara Áurea con mucha razón por el tesoro
precioso e inestimable que hay en ella. Diciendo Misa en aquel
santo lugar tuvo grandes ilustraciones y revelaciones de nuestro
Señor, como también en otras partes.
Tuvo
gran pecho y fortaleza para no hacer caso de las calumnias de
los herejes, ni de las amenazas de los hombres furiosos y atrevidos,
ni de las murmuraciones y dichos de los que poco saben,
a trueque de servir a nuestro Señor y defender siempre la verdad
católica y reprimir el furor de los herejes. Y con el buen olor
que de nuestra Compañía derramó por todas partes, le abrió la
puerta para que ella entrase en aquellas provincias, las cuales
en otro tiempo fueron tan religiosas, como el presente son miserablemente
inficionadas y necesitadas de socorro. Sembró el padre Fabro
en aquel campo con lágrimas el fruto que agora los nuestros cogen
con alegría. Movía tanto la vida y ejemplo deste buen
padre, que por su respeto los monjes cartujos, que
se habían juntado a capítulo, quisieron tener una santa hermandad
y alianza con nuestra Compañía, por la cual nos hicieron particioneros
de todas sus buenas obras y merecimientos. Después fue el padre
Fabro a Portugal y a Castilla y por toda España. En los cuales
reinos fue singularmente amado y reverenciado de todos cuantos
con él trataban. Finalmente, viniendo de España por mandato
del sumo pontífice, para hallarse en el sacro concilio de Trento,
y entrando en Roma en lo recio del estío, cayó malo de una enfermedad,
que en pocos días le acabó la vida. Suplieron bien la falta que
Fabro hizo en el concilio los padres Laínez y Salmerón, que ya
entonces estaban en él como teólogos de la Sede Apostólica.
Fue
Fabro varón de grande virtud y dotrina. Tuvo admirable don de
conocer y discernir espíritus y gracia de sanar enfermos. Fue
hombre muy ejercitado en la continua oración y contemplación,
y de tanta abstinencia, que llegó alguna vez a no comer bocado
ni beber gota en seis días enteros. Era obedientísimo y gran
despreciador de sí mismo. Celaba siempre la gloria de Dios y
la salud de los prójimos. En el razonar de las cosas de Dios
parecía que tenía en su lengua la llave de los corazones, tanto
los movía y aficionaba; y no era menor la reverencia que todos
le tenían, por la suave gravedad y sólida virtud que resplandecía
en sus palabras, que el amor con que los tenía ganados. Comunicábasele
Dios nuestro Señor y regalaba su alma con maravillosas ilustraciones
y revelaciones divinas, como se ve, parte en un libro que él escribió
como memorial de lo que pasaba por ella, lleno de espíritu y devoción,
parte en una carta que escribió desde Alemania al padre Laínez,
en el año de 1542. Escribía Fabro a Laínez y trataba con él
con tanta llaneza y hermandad como con su propia alma, porque
era grandísima la semejanza que en estos dos padres había de espíritu
y celo, y muy entrañable entre ellos la unión de amor y caridad.
Y para que esto mejor se vea, quiero poner aquí a la letra un
capítulo sacado de aquella carta que a Laínez envió, en la cual
Fabro le da cuenta de sí diciendo, aunque era saboyano, estas
formales palabras en su castellano.
<<Plugiese
a la Madre de Dios nuestro Señor que yo pudiese daros noticia
de cuánto bien ha entrado en mi alma y quedado, desde que yo os
dejé en Plasencia hasta este día presente, así en conocimiento
como en sentir sobre las cosas de Dios nuestro Señor, de su Madre,
de sus santos ángeles y santas almas del cielo y del purgatorio,
y de las cosas que son para mí mismo, sobre mis altos y bajos,
mis entrares en mí mismo y salires, mundar el cuerpo y el alma
y el espíritu, purificar el corazón y desembarazarlo para recebir
los divinos licores y retenerlos y mantenerlos, pidiendo para
todo gracias diversas, buscándolas y pulsando por ellas. Así
mismo cuanto toca al prójimo, dando nuestro Señor modos y vías
y verdades y vidas para conocerle y sentir sus bienes y sus males
en Cristo, para amarle, para soportarle y padecerle y compadecerle,
para hacer gracias por él y pedirlas, para buscar perdones por
él y escusaciones, hablando bien por él delante su divina Majestad
y sus santos. En suma digo, hermano mío maestro Laínez, que yo
no sabré jamás reconocer, no digo por obras, mas ni aun por pensamiento
y símplice aprehensión, las mercedes que nuestro Señor me ha hecho
y hace y está prontísimo para hacerme, aligando todas mis contriciones,
sanando todas mis enfermedades y mostrándose tan propicio a todas
mis iniquidades. Ipsi gloria, amén. El sea bendito por todo
y de todas las criaturas por ello, amén. El sea siempre honrado
en sí y en su Madre y en sus ángeles y en sus santos y santas,
amén. El sea magnificado y sobre todo ensalzado por vía de todas
sus criaturas, amén. Yo digo amén de mi parte, y os ruego que
le alabéis sobre este vuestro hermano, que yo así lo hago sobre
toda la Compañía >>.
Hasta
aquí son palabras de Fabro. Y como algunos de nuestros hermanos
mostrasen mucho sentimiento por la muerte de un padre tan principal,
que con su vida había hecho tanto bien a la Compañía y parecía
que podía hacer adelante mucho más, les dijo nuestro padre Ignacio:
-No hay de qué tomar pena por la muerte de Fabro, porque Dios
nuestro Señor nos recompensará esta pérdida y dará en su lugar
otro Fabro a la Compañía, que la acrecentará y ennoblecerá mucho
más que el que ahora nos quitó -. Lo cual se cumplió así como
él lo dijo. Porque don Francisco de Borja, duque de Gandía, no
contento de habernos edificado y dotado el colegio de Gandía,
determinó de ofrecerse a sí mismo como piedra viva deste edificio
espiritual que Cristo iba levantando de la Compañía, y así se
lo escribió al padre Ignacio, diciéndole que determinaba despedirse
del mundo y seguir desnudo al desnudo Jesús en su Compañía. Y
fue el primero que hizo profesión en ella después de la muerte
de Fabro, para que se verificase lo que había dicho nuestro padre,
y se entendiese que Dios le había traído en su lugar. Hizo su
profesión el duque el año de 1547, reservándose con licencia del
papa la administración de su estado algunos pocos años, para pagar
en ellos sus deudas y dar orden a su casa y familia, y juntamente
gozar el fruto de su devoción y hacer desde luego sacrificio de
sí mismo, como en su vida se verá. El acrecentamiento que a la
Compañía ha dado la divina bondad, tomando por instrumento de
su obra la virtud e ilustre sangre deste su siervo, el mundo todo
lo sabe y la misma Compañía lo reconoce, pues vemos por su mano
fundados muchos y muy principales colegios en España, y que movidos
con su ejemplo muchos mozos varones por sangre y por letras señalados
e ilustres, han venido a la Compañía y que han servido y sirven
en ella al Señor de todos. Y todo esto vimos hecho por él, aun
antes que fuese prepósito general”
El marco campestre del capítulo 11 sirve de trama externa para continuar
la parodia de la Vida. Cervantes ya había ensayado con éxito en
La Galatea el juego seudo pastoril que ahora repite en estos capítulos,
donde también se encuentran los ingredientes esenciales de un libro
de pastores. El mismo Ribadeneyra, con sus pinitos literarios y
sus abusos de la tradición eclesiástica, sugiere, como siempre,
la asociación entre pastores y religiosos que Cervantes explotará
paródicamente. Hay muchos ejemplos en la Vida
“Y
el Señor que quería castigar nuestros innumerables y enormes pecados
con dejarnos caer en otros mayores y en uno de los mayores de
todos, que es el de la herejía, permitió que hubiese guerras y
disensiones entre los príncipes cristianos, que son las que fomentan
y atizan las herejías, y que los pastores durmiesen y los
perros no ladrasen y los lobos hiciesen la riza y estrago
que vemos en el ganado de Jesu Cristo” (Vida II, XVIII)
“viniesen
las nuevas ovejuelas a su Pastor, y postradas reverenciasen
y adorasen en él al príncipe de todos los pastores que
en la tierra representa” (Vida II, XIX)
“También
el año de 1553 quiso el rey de romanos D. Fernando hacer obispo
de Viena al padre Pedro Canisio, por la santificación que tenía
de su persona, y por la necesidad que tenía aquella ciudad de
pastor santo y vigilante, que defendiese el rebaño
del Señor, y resistiese á los herejes, que como lobos robadores
y sangrientos hacían grande estrago en ella y en toda Austria”
(Vida III, XV)
Con ese simbolismo pastoril y dentro del ambiente natural adecuado,
Cervantes inicia el capítulo 12 continuando una acción procedente
del anterior (“Estando en esto”), referida al momento en que un
cabrero, mientras toda la majada se dispone a acostarse, termina
de curar la oreja herida de don Quijote.
“Estando
en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea
el bastimento, y dijo:
-¿Sabéis
lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo
lo podemos saber? –respondió uno dellos.
-Pues
sabed –prosiguió el mozo- que murió esta mañana aquel famoso
pastor estudiante llamado
Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella
endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico,
aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales”
Siguiendo el juego numérico del capítulo 11, este se abre con la
llegada a la majada de “otro mozo” que amplía a diez el grupo anterior
de nueve personas, es decir: los seis primeros cabreros, el zagal
músico –Antonio- que llega después, don Quijote y, además, Sancho,
pues ahora (”acomódate tú donde quisieres”) ya está separado de
su amo. O sea, nueve, más este último del “bastimento” que hace
el total de diez requeridos para volver a coincidir con el número
de jesuitas especificados por Ribadeneyra en el ya comentado
capítulo IV
“En
el espacio de tiempo destos dos años, se le juntaron otros tres
compañeros teólogos, llamados Claudio Jayo, saboyano,
Juan Coduri, provenzal, y Pascasio Broet, también francés, de
la provincia de Picardía; y así llegaron a ser diez, todos,
aunque de tan diferentes naciones, de un mismo corazón y voluntad”
(Vida II, IV)
Una vez ajustado el número de pastores con el número del grupo de
jesuitas, Cervantes da un gran salto hacia delante en el libro de
Ribadeneyra para tomar, como núcleo de estos tres capítulos siguientes,
la vida y muerte de Pedro Fabro.
El procedimiento será prácticamente el mismo utilizado hasta ahora,
o sea, ir dejando entre los diálogos algunos datos que, reunidos
al final, participen en la creación de dos vidas paralelas.
Tras la primera pregunta retórica del mozo, donde además de esa
indeterminación (“en el lugar”) aparece la palabra “compañeros”,
también empleada más arriba por Ribadeneyra, se anuncia inmediatamente
la muerte de Grisóstomo, parodiando, tal vez, el hecho de que Ribadeneyra
coloque la noticia en el epígrafe: “De la muerte del padre Pedro
Fabro”
A través del mozo conocemos los primeros datos sobre Grisóstomo,
famoso pastor estudiante muerto de amores, y Marcela, endiablada
moza que anda también en hábito de pastora.
La información sobre Grisóstomo es, de entrada, imparcial, mientras
que la de Marcela se hace ya con cierto desdén pues, de forma coloquial
pero con matices despectivos, se le acusa de endiablada.
Los dos son pastores fingidos u ocasionales, ya que Grisóstomo es
estudiante y Marcela hija de un hombre rico. Como trasfondo, se
oye la voz del pueblo: “se murmura”. Así mismo, se especifica que Marcela anda vestida
en “hábito” de pastora, prenda que también propicia la idea de ambigüedad
en la personalidad de Marcela.
-Por
Marcela dirás -dijo uno.
-Por
esa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno que mandó en su
testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro,
y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque,
porque, según es fama y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde
él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales,
que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir ni es
bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual
responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también
se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar
nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo
alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que
Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y mañana le
vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para
mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de
ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar.
-Todos
haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-, y echaremos suertes
a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien
dices, Pedro -dijo uno-, aunque no será menester usar de
esa diligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas
a virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar
el garrancho que el otro día me pasó este pie.
-Con
todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.
Y
don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquel y qué
pastora aquella; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era
que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba
en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años
en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar, con
opinión de muy sabio y muy leído.
-Principalmente
decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan
allá en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente nos
decía el cris del sol y de la luna.
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos
luminares mayores -dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo:
-Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante o estil.
-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.
-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá. Y digo
que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que
le daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba,
diciéndoles: ''Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis
sembrar garbanzos y no cebada; el que viene será de guilla
de aceite; los tres siguientes no se cogerá gota''.
-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé que todo esto
sabía, y aún más. Finalmente, no pasaron muchos meses después
que vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de pastor,
con su cayado y pellico, habiéndose quitado los hábitos largos
que como escolar traía; y juntamente se vistió con él de pastor
otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que había sido su compañero
en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo, el difunto,
fue grande hombre de componer coplas; tanto, que él hacía
los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los
autos para el día de Dios, que los representaban los mozos de
nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los
del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos
escolares, quedaron admirados y no podían adivinar la causa que
les había movido a hacer aquella tan estraña mudanza. Ya en este
tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado
en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces,
y en no pequeña cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad
de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor de soluto, y en
verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo
y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después
se vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido
por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de
aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes, de
la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo. Y
quiéroos decir agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta
rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa
en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que
sarna.
-Decid
Sarra
-replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos
del cabrero.
-Harto
vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis
de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en
un año.
-Perdonad,
amigo -dijo don Quijote-, que por haber tanta diferencia de sarna
a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive
más sarna que Sarra, y proseguid vuestra historia, que no os
replicaré más en nada.
Entre la información del primer mozo y la de Pedro ya sabemos que
Grisóstomo “era un hijodalgo rico” y estudiante muchos años en Salamanca,
de donde volvió “muy sabio y muy leído”. También dice Pedro que, poco tiempo después
de volver de Salamanca, se vistió de pastor junto con Ambrosio,
“su compañero en los estudios”, con el único fin de “andarse por
estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro
zagal nombró antes, de la cual se había enamorado”. Y añade que
Grisóstomo era “grande hombre de componer coplas”
Exceptuando las diferencias sociales entre los padres de Grisóstomo
(“era un hijodalgo rico”) y de Fabro (“labradores y de baja suerte”),
sus vidas son muy semejantes. Los dos dedican su juventud a los
estudios y destacan por su entrega y por sus cualidades: Fabro da
muestras en la escuela de “rara habilidad” y alcanza, en París,
“honoríficamente” el grado de maestro, mientras Grisóstomo vuelve
de Salamanca “con opinión de muy sabio y muy leído”
Tras finalizar los estudios, Fabro y Grisóstomo, seducidos por un
ideal, se transforman en pastores pobres, Fabro de forma simbólica,
pues se hace religioso, es decir, pastor de almas (ya en su juventud
tuvo oficio de pastor “y de andar tras el ganado”) y tras
recibir los ejercicios espirituales de Loyola se convierte en el
primero de sus muchos seguidores (“fue el primero de los compañeros
que se determinó de seguirle e imitarle en toda pobreza y perfeción”).
Grisóstomo vuelve de Salamanca y, tras renunciar a los bienes de
su herencia (tierras y “no pequeña cantidad de ganado”)
se viste, inexplicablemente, de pastor para convertirse en el primer
seguidor de Marcela.
Durante su estancia en París, Fabro convivió con su compañero Laínez,
que recibió de “Ignacio los ejercicios espirituales en el mismo
tiempo que los hizo Pedro Fabro, y por ellos se determinaron
de seguirle” (Vida II, IV). Y añade Ribadeneyra, en el capítulo
núcleo, la gran amistad existente entre ambos: “Escribía Fabro a
Laínez y trataba con él con tanta llaneza y hermandad como
con su propia alma, porque era grandísima la semejanza que
en estos dos padres había de espíritu y celo, y muy entrañable entre
ellos la unión de amor y caridad”. O sea, además de una fuerte
amistad surgida durante la época de estudiantes, los dos reciben
los ejercicios al mismo tiempo y deciden seguir a Loyola.
La relación de Ambrosio y Grisóstomo es claramente paralela a la
de Laínez y Fabro, pues fue su compañero de estudios en Salamanca,
su gran amigo y también el primero que se vistió de pastor con él
para seguir a Marcela. Y, como se verá a lo largo de los tres capítulos,
se aprecia en Ambrosio una intencionalidad de cumplir los últimos
deseos de su amigo muerto y un talante que lo convierte, como dice
Ribadneyra de Laínez, en una misma alma.
Según Ribadeneyra, Fabro fue experto en las cosas del cielo, ya
que era teólogo (“Acabados los estudios de teología,
vino con los otros compañeros a Italia, como hermano mayor y guía
de todos ellos”), y gracias a su conocimiento se lograba “muy
señalado fruto” (“Sembró el padre Fabro en aquel campo con lágrimas
el fruto que agora los nuestros cogen con alegría”). Cualidades
también existentes en Grisóstomo, pues “decían que sabía la ciencia
de las estrellas y de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la
luna”, y que aconsejaba (o guiaba a “su padre” y a “sus amigos) lo que debían sembrar
para obtener buenas cosechas. El simbolismo es evidente.
Fabro estuvo en París hasta finalizar sus estudios, y después inició
su vida peregrina
“Acabados
los estudios de teología, vino con los otros compañeros a Italia,
como hermano mayor y guía de todos ellos. De Roma le envió
el sumo pontífice a Parma y de allí a Alemania y después a España
con el doctor Ortiz, de donde dio la vuelta otra vez a Alemania,
en la cual hizo muy señalado fruto. Porque con la vida ejemplar
y con la autoridad de su excelente dotrina y con la gravedad y
prudencia que tenía en el conversar ganó las voluntades
de los príncipes católicos de aquella nación. Fue muy acepto
a Alberto, cardenal de Maguncia, y estuvo mucho tiempo con él
y declaró los psalmos de David en los estudios públicos
de Maguncia. Fue grande amigo de
Otón, cardenal de Augusta, obispo que entonces era de Espira,
y de otros muchos príncipes y señores católicos”
Grisóstomo terminó sus estudios en Salamanca, volvió a su pueblo
y, poco después, se vistió de pastor
“no
pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un
día remaneció vestido de pastor, con su cayado y pellico, habiéndose
quitado los hábitos largos que como escolar traía”
Grisóstomo se quitó “los hábito largos” de estudiante y apareció
de pronto vestido de pastor “con su cayado y pellico”. Hay un sentido
de investidura semejante al comentado en Marcela, nadie necesita
vestirse de pastor para ejercer el pastoreo, y además la expresión
hábito carga el ambiente de religiosidad. Los lugareños quedaron
admirados de “tan estraña mudanza”, otra de las expresiones utilizadas
en el Relato y la Vida para expresar la sorpresa que tanto en España
como en Francia causaban los de la Compañía entre la gente, bien
por su indumentaria o por su estilo de vida y comportamiento
“Olvidábaseme
de decir como Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre
de componer coplas; tanto, que él hacía los villancicos
para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el día
de Dios”
Esa habilidad compositiva de Grisóstomo se corresponde con la de
Fabro para declarar
los salmos de David.
Otros detalle concordante es la fama. Ribadeneyra lo especifica
(“movido por la fama que tenía el padre Fabro”) igual que
el mozo del bastimento (“murió esta maña aquel famoso pastor”),
quien añade ese detalle de las murmuraciones (“se murmura
que ha muerto de amores”) también recogido por Ribadeneyra en el
capítulo núcleo
“Tuvo
gran pecho y fortaleza para no hacer caso de las calumnias de
los herejes, ni de las amenazas de los hombres furiosos y atrevidos,
ni de las murmuraciones y dichos de los que poco saben”
La tensión existente en la aldea entre contrarios y partidarios
de cumplir con la última voluntad de Grisóstomo, es una tenue alusión
a las muchas tensiones provocadas por la intromisión de la Iglesia
en la vida cotidiana (“los abades del pueblo dicen
que no se han de cumplir ... y sobre esto anda el pueblo
alborotado”). Ribadeneyra recoge sucesos y palabras parecidas
“con
todo eso, no osaban ir contra la autoridad y potencia del Arzobispo,
ni oponerse al desatino y furor del pueblo, ni amonestar
a los religiosos de lo que debían a su profesión, ni reprehender
a los sacerdotes del alboroto tan extraño que habían levantado
en el pueblo” (Vida IV, XIV)
Todo el diálogo entre don Quijote y Pedro (el nombre del cabrero
coincide con el de Fabro y Ribadeneyra) está salpicado de equívocos
y correcciones que le dan un tono burlesco también existente en
el lenguaje profundo.
Tanto el padre de Grisóstomo como sus amigos, se hicieron ricos
por el crédito que daban a sus palabras (“le daban crédito”), como
le ocurre a quien se fía de la Compañía
“Muéveme
también la estima y crédito de la Compañía acerca del
pueblo, que en esto corre mucho riesgo. Porque para mover
a otros y persuadirles el camino de la virtud, importa mucho que
sientan bien del predicador, y entiendan que no busca sus haciendas,
sino sus almas; y que no codicia riquezas, ni títulos, ni
horas, sino solamente la gloria de Cristo” (Vida III, XV)
Algo parecido sucede con la mención a la ciencia de la astrología,
una clara burla a los alardes seudocientíficos de Ribadeneyra, según
quedará más adelante ratificado con la famosa disertación del canónigo
y el cura sobre los libros de caballerías, tras la que, obviamente,
se oculta una dura crítica a los libros religiosos representados
por la Vida.
Grisóstomo “quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en
muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado, mayor
y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el
mozo señor de soluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy
buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara
como una bendición”. La utilización de un término jurídico como
“raíces”, lógica dentro del contexto de una testamentaría, modifica
enseguida su sentido si la asociamos a las “raíces” (“trataba de
irse a vivir a un desierto y sustentarse de las yerbas y raíces
del campo”) mencionadas por Ribadeneyra, pues la herencia de Fabro-Grisóstomo
habría que entenderla como espiritual, ya que estos pastores-anacoretas
eran dueños de todas las raíces del campo, su alimento. También
junto a raíces aparece el término “ganado”, asociable al Fabro
niño pastor de “andar tras el ganado” o al pastor de almas. Y todos
los elogios que Pedro dedica a Grisóstomo son también achacables
a Fabro, que era buen “compañero”, y caritativo, pues su unión
con Laínez era de “amor y caridad”. Más irónica resulta la expresión
“amigo de los buenos” atribuida por Pedro a Grisóstomo, y abundante
en la Vida
“quedó
más confirmado y asentado en los corazones de todos
los buenos” (Vida IV, XV)
Además de ironizar sobre ese concepto de los buenos, la burla recae
sobre otro detalle del retrato de Fabro, presentado como muy “amado
y reverenciado de todos cuantos con él trataban”, y que solía ganar
“las voluntades de los príncipes católicos” “y de otros muchos príncipes
y señores”. O sea, Fabro era amigo o solía juntarse con los buenos
en su doble sentido de ricos o poderosos y católicos, pues también
dice Ribadeneyra que “Reprimió valerosamente el ímpetu y furor
de los herejes”. Con un poco de guasa mojigato-clerical, Cervantes
concluye la información sobre Grisóstomo diciendo que “tenía una
cara como una bendición”. En el siguiente cuadro, conjugando algunos
contenidos simbólicos y otros referentes específicos, puede apreciarse
la evidencia del paralelismo paródico, de las vidas paralelas.
| FABRO |
GRISÓSTOMO |
| Murió
por su abnegación y entrega a la Compañía |
“se
murmura que ha muerto de amores” |
| “Oficio
de pastor y de andar tras el ganado“ |
“famoso
pastor estudiante llamado Grisóstomo” |
| “La
escuela, en la cual dio muestras de rara habilidad” |
“con
opinión de muy sabio y muy leído” |
| “grande
inclinación al estudio de las letras”
“a
los diecinueve años de su edad fue enviado
a París, a donde acabó el curso de filosofía [...] Acabados
los estudios de teología [...] muy ejercitado en la continua
oración y contemplación” |
“todo
esto sabía y aún más”
“Muchos
años en Salamanca”
“sabía
la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan
allá en el cielo el sol y la luna” |
| “Acabados
los estudios de teología, vino con los
otros compañeros a Italia” |
“
no pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando
un día remaneció vestido de pastor [...] habiéndose quitado
los hábitos largos” |
| “muy
acosado de escrúpulos y tan afligido, que
trataba de irse a vivir a un desierto y sustentarse
de las yerbas y raíces del campo,
o hacer otra vida más áspera” |
“aquella
tan estraña mudanza”
“se
vino a entender que el haberse mudado de traje no había sido
por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos
de aquella pastora Marcela” |
| “el
rico tesoro de sus buenas obras y merecimientos” |
“heredado
en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles
como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado,
mayor y menor, y en gran cantidad de dineros” |
| “fue
el primero de los compañeros que se determinó
de seguirle e imitarle en toda pobreza
y perfeción” |
fue
el primer seguidor de Marcela, pues todos los demás “han tomado
el traje de Grisóstomo” |
| “Acabados
los estudios de teología, vino con
los otros compañeros a Italia, como hermano
mayor y guía de todos ellos” |
“con
esto que decía se hicieron su padre y sus
amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque
hacían lo que él les aconsejaba” |
| “un
libro que él escribió como memorial” |
“último
papel que escribió |
| “nuestros
hermanos mostrasen mucho sentimiento por la muerte de un padre
tan principal” |
“pusieron
su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes” |
| “declaró
los psalmos de David en los estudios públicos de Maguncia” |
“fue
grande hombre de componer coplas” |
| “Fue
grande amigo de Otón” etc. |
“era
muy buen compañero y caritativo y amigo
de los buenos, y tenía una cara como una
bendición” |
| “Tuvo
gran pecho y fortaleza para no hacer caso de [...] las murmuraciones” |
“famoso
pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura
que ha muerto de
amores” |
| “Sembró
el padre Fabro en aquel campo con
lágrimas el fruto que agora los nuestros cogen
con alegría” |
“adevinaba
cuándo había de ser el año abundante
o estil” |
| “Movía
tanto la vida y ejemplo deste buen padre” |
“hacían
lo que él les aconsejaba” |
| “amado
y reverenciado de todos cuantos con
él trataban” |
“se
hará lo que Ambrosio y todos los pastores
sus amigos quieren” |
| “Escribía
Fabro a Laínez y trataba con él
con tanta llaneza y hermandad como con su
propia alma, porque era grandísima la
semejanza que en estos dos padres había de
espíritu y celo, y muy entrañable entre ellos
la unión de amor y caridad” |
“A
todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante,
que también se
vistió de pastor con él” |
Algunos de los rasgos de la vida de Grisóstomo también pueden estar
inspirados en el capítulo VII, Libro IV, dedicado a la muerte de
Francisco Javier, pues no debe olvidarse que Ribadeneyra escribe
estas biografías combinando algunos datos reales con otras muchas
virtudes y detalles que se los aplica a todos. Precisamente el
texto sobre Francisco Javier, ampliamente comentado en el capítulo
14, es un modelo perfecto de falsedad y fantasía en los libros religiosos.
Pedro utiliza también una frase hecha que provoca una nueva interrupción
de don Quijote y otra jocosa alusión al lenguaje profundo
“Y
quiéroos decir agora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta
rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante cosa
en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que
sarna.
-Decid
Sarra –replicó don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar
de los vocablos del cabrero.
-Harto
vive la sarna –respondió Pedro-; y si es, señor, que me habéis
de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en
un año.
-Perdonad,
amigo –dijo don Quijote-; que no haber tanta diferencia de sarna
a Sarra os lo dije; pero vos respondisteis muy bien, porque
vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia,
que no os replicaré más en nada.
Un juego mordaz se esconde tras esta, en apariencia, ingenua discusión
provocada por el “trocar de los vocablos”, en realidad una burlona
forma de Cervantes (muy zumbón a lo largo de todo este “cuento”
de Pedro) para hacernos recapacitar sobre otra extraordinaria noticia
de la Vida
“El
modo de caminar era éste: íbanse de tres en tres, dos legos y
un sacerdote, y siempre mezclados españoles con franceses o saboyanos.
Decían cada día misa los sacerdotes, y los que no lo eran recebían
el santísimo cuerpo de nuestro Señor. Iban a pie, ayunaban todos
los días porque era Cuaresma, y no comían otra cosa, sino lo que
hallaban por amor de Dios; y era la limosna tan flaca, que muchas
veces pasaban sus ayunos y el trabajo del camino, comiendo sólo
pan y bebiendo sola agua. Y así fue necesario que padeciesen
nuestros padres en esta peregrinación extraordinarios trabajos.
Y un domingo les aconteció, que habiendo tomado no más que sendos
bocados de pan por la mañana, descalzos los pies, caminaron veintiocho
millas de aquella tierra, que vienen a ser más de nueve leguas
de las nuestras, lloviéndoles todo el día reciamente, y hallando
los caminos hechos lagunas de agua, en tanto grado, que a ratos
les daba el agua a los pechos; y con esto sentían en sí un contento
y gozo admirable. Y considerando que pasaban aquellas fatigas
por amor de Dios, le daban infinitas gracias, cantando a versos
los salmos de David; y aún el maestro Juan Coduri, que llevaba
las piernas cubiertas de sarna, con el trabajo deste día
quedó sano. Así que si los trabajos de nuestros padres en
este camino fueron grandes, no fueron menores los regalos que
recibieron de la divina y liberal mano del Señor, por quien los
padecían” (Vida II, VII)
Esta especie de sorprendente milagro dejado caer por Ribadeneyra
sin más explicaciones, inspira la discusión entre Pedro y don Quijote,
cuyo último objetivo parece ser obligarnos a reflexionar sobre la
repentina desaparición (“con el trabajo deste día quedó sano”) de
una enfermedad como la sarna, caracterizada por la lentitud en su
curación. El supuesto milagro sucedió precisamente en estos momentos
históricos objetos de la parodia, es decir, en los inicios de la
formación del grupo.
Tras finalizar la historia de Grisóstomo, Pedro también cuenta con
detalles la de Marcela, de la que previamente sólo conocemos esa
información por parte del primer mozo que la calificaba, según murmuraciones,
de “endiablada” y de andar “en hábito de pastora por esos andurriales”
“Digo,
pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-, que en nuestra aldea
hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo, el cual
se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y
grandes riquezas, una hija de cuyo parto murió su madre, que fue
la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos. No parece
sino que ahora la veo, con aquella cara que del un cabo tenía
el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de
los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a
la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de
la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando
a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote
y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza,
que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande;
y, con todo esto, se juzgaba que le había de pasar la de la hija.
Y así fue, que cuando llegó a edad de catorce a quince años nadie
la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado,
y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala
su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo
esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de manera que
así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los
de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda,
y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado
su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen
cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vía de edad,
no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia
y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza dilatando
su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en
el pueblo, en alabanza del buen sacerdote; que quiero que sepa,
señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y
de todo se murmura, y tened para vos, como yo tengo para mí, que
debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus
feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas.
-Así
es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el
cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena
gracia.
-La
del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en lo demás
sabréis que aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las
calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer
la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás
ella respondió otra cosa sino que por entonces no quería casarse
y que, por ser tan muchacha, no se sentía hábil para poder llevar
la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer justas
escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase
algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque
decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a
sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo aquí, cuando
no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora;
y sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban,
dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio en
guardar su mesmo ganado. Y así como ella salió en público y su
hermosura se vio al descubierto, no os sabré buenamente decir
cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores, han tomado el traje
de Grisóstomo y la andan requebrando por esos campos. Uno de los
cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del cual decían
que la dejaba de querer y la adoraba. Y no se piense que porque
Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan
poco o de ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni
por semejas, que venga en menoscabo de su honestidad y recato;
antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra,
que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado ni
con verdad se podrá alabar que le haya dado alguna pequeña
esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que no huye ni se esquiva
de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés
y amigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera
dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los
arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera de condición
hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia;
porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que
la tratan a servirla y a amarla, pero su desdén y desengaño los
conduce a términos de desesperarse, y así, no saben qué decirle,
sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros títulos
a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan.
Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas
sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que
la siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay
casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa
corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima
de alguna una corona grabada en el mesmo árbol, como si
más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece
de toda la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja
otro; acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas
endechas. Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado
al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los llorosos
ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló
el sol a la mañana; y cuál hay que sin dar vado ni tregua a sus
suspiros, en mitad del ardor de la más enfadosa siesta del verano,
tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo.
Y deste y de aquel, y de aquellos y de estos, libre y desenfadadamente
triunfa la hermosa Marcela, y todos los que la conocemos estamos
esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso
que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura
tan estremada. Por ser todo lo que he contado tan averiguada
verdad, me doy a entender que también lo es la que nuestro zagal
dijo que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. Y así
os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana a su entierro,
que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos,
y no está de este lugar a aquel donde manda enterrarse media
legua.
-En
cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y agradézcoos el gusto
que me habéis dado con la narración de tan sabroso cuento.
-Oh!
-replicó el cabrero-, aún no sé yo la mitad de los casos sucedidos
a los amantes de Marcela, mas podría ser que mañana topásemos
en el camino algún pastor que nos los dijese. Y por ahora bien
será que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno
os podría dañar la herida; puesto que es tal la medicina que se
os ha puesto, que no hay que temer de contrario acidente.
Sancho
Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó
por su parte que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro.
Hízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de
su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho
Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como
enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces”
Si Grisóstomo es un trasunto de Fabro, Marcela lo es de la Compañía,
representada como una mujer joven y bella cuyas virtudes y encantos
atraen irresistiblemente a esos jóvenes e idealistas pastores que
la persiguen por los campos llevando, como ella, una vida humilde
y retirada. En realidad, en Marcela se funden algunos rasgos de
la personalidad de Loyola y otros de los aportados por Ribadeneyra
sobre la Compañía.
La información de Pedro es aparentemente sencilla y coloquial, aunque
sus conexiones con el lenguaje profundo revelan la enorme complejidad
de dicha sencillez. Pedro inicia su narración con abundante terminología
religiosa (alma, Dios, amén), y nos presenta a Guillermo como a
un hombre rico al que le “dio Dios” una hija. Se trata, evidentemente,
de una frase hecha y sin aparente intencionalidad, aunque Cervantes
está con ella ironizando sobre el nacimiento y el origen divino
de la Compañía, algo que Ribadeneyra no se cansa de repetir a lo
largo de su obra, especialmente en el capítulo dedicado a su institución
y confirmación
“Pues
habemos llegado a este punto y visto la institución y confirmación
de la Compañía creo que será acertado que escudriñemos algo del
acuerdo e intento que Dios nuestro Señor tuvo en esta fundación
y confirmación, y el consejo y particular providencia con que
envió al padre Ignacio al mundo” (Vida II, XVIII)
“Pues,
para que mejor podamos nosotros barruntar algo della, háse de
considerar el fin para que envió Dios al mundo la Compañía,
que es muy conforme al estado y necesidad en que él estaba, cuando
Dios por su vicario la confirmó” (Vida II, XVIII)
A Ribadeneyra le gusta resaltar la especial atención prestada por
Dios al nacimiento de la Compañía, tal como ha repetido Pedro al
convertir a Marcela en un regalo de Dios.
“una
hija de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada
mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora
la veo, con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro
la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo
que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando
de Dios en el otro mundo”
La muerte de la madre de Marcela es doblemente simbólica. Por un
lado, porque es la fórmula más adecuada para solucionar el hecho
físico del nacimiento de una institución, y por otro, porque, precisamente,
la madre de Loyola también murió poco tiempo después de su nacimiento,
algo que Ribadeneyra, a pesar de escribir todo cuanto sabe sobre
los orígenes familiares de Loyola, no sólo se calla, sino que lo
distorsiona, probablemente para no relacionar la muerte de la madre
con el nacimiento del hijo
”Tuvieron
estos caballeros cinco hijas y ocho hijos, de los cuales el postrero
de todos, como otro David, fue nuestro Íñigo, que con dichoso
y bienaventurado parto salió al mundo para bien de
muchos” (Vida I, I)
En vez de evitar el comentario sobre el parto, añade unos datos
absolutamente dudosos, pues lo único seguro es que la madre murió
poco después del parto, como la de Marcela, presentada
por Pedro como la mujer más honrada, bella y caritativa de todos
los contornos, tal vez porque siendo como su hija un símbolo, su
bella identidad se corresponda con una abstracción de las primitivas
órdenes mendicantes. Eso es lo que la hace destacar entre todas
y ser la más bella del contorno y la más “hacendosa y amiga de los
pobres”
Tras la muerte de su madre, murió su padre, quedando Marcela huérfana
y “en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro
lugar”. Otro dato que hace posible la idea alegórica, pues también
la Compañía fue otorgada por Dios a los hombres y puesta en manos
de unos sacerdotes
“Porque
los que han de hacer profesión, han de ser para responder a esta
vocación, varones señalados en la puridad de la vida, y en letras,
y muy probados con largas y muy diligentes experiencias, han
de ser sacerdotes, y ejercitados en la predicación de la
palabra de Dios, y administración de los Sacramentos, como en
las Constituciones de la dicha Compañía, y por los sumos Pontífices
está determinado” (Vida III, XXII)
La continuación del símbolo se desarrolla de forma paralela al crecimiento
de la niña Marcela
“Creció
la niña con tanta belleza, que nos hacía acordar de la
de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba
que le había de pasar la de la hija”
El sentido profundo de esa belleza de la niña, alude al proceso
ascético-mendicante de la Compañía al formarse, y las exigencias
establecidas en sus Constituciones, que hacían pensar en un futuro
tan riguroso como el de las antiguas órdenes primitivas
“han
de ser sacerdotes y bien ejercitados en éstos y semejantes ministerios;
porque esta vocación tales los requiere, pues han de pasar
después por otros trabajos muy arduos y dificultosos; y por esto
no todos pueden ser aptos para hacer esta profesión ni hacerse
o ser conocidos por tales, si no es con largas probaciones y experiencias.
Por tanto el mismo Ignacio por divina inspiración de tal manera
dispuso el cuerpo de la Compañía y la distinguió en sus miembros
y grados, que fuera de los que el prepósito general juzgare
ser idóneos a la profesión de cuatro votos, y algunos que se pueden
admitir alguna vez a la profesión de tres votos, todos los demás
aun sacerdotes, cuya vida y dotrina hubiese sido largo
tiempo probada en la Compañía, y satisfecho al prepósito general,
con su licencia dél sean recebidos al grado de los coadjutores
espirituales formados, haciendo aquellos tres votos asimismo públicos,
pero simples, en manos de superior” (Vida III, XXXIII)
Loyola “dispuso el cuerpo de la Compañía” para que creciera, de
acuerdo a su idea de espiritualidad, con la máxima perfección,
como le ocurre a Marcela
“Y
así fue, que cuando llegó a edad de catorce a quince años nadie
la miraba que no bendecía a Dios, que tan hermosa la había
criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella”
Esta seducción ejercida por Marcela, también es paralela a la de
la Compañía en los primeros años de su fundación, cuando fue bendecida
por el papa
“El
dicho Paulo III nuestro antecesor, para que se conservase en estos
compañeros, y otros que quisiesen seguir su instituto, el vínculo
de la caridad, y la unión y paz, les aprobó, confirmó y bendijo
su instituto” (Vida III, XXI)
La Compañía y el mismo Loyola provocan la admiración del pueblo
y el amor de cuantos les trataban
“Y
de aquí es que sus palabras tan encendidas, acompañadas con la
fuerza y espíritu que tenía en persuadir a la verdadera virtud,
y con el ejemplo de aquella vida que todos vían, ayudándole la
gracia del Señor para todo, eran parte para ganar las almas a
Dios, y para enamorar los corazones de los que le trataban,
y aficionarlos a sí, y traerlos suspensos con grande admiración”
(Vida I, V)
Otros muchos ejemplos podrían servir para relacionar el sentido
simbólico del crecimiento de Marcela con el de la Compañía, sobre
todo teniendo en cuenta que toda la Vida es un panegírico dedicado
a Loyola y a la fundación y expansión de su obra, que es lo que
a continuación señala Pedro en su narración
“Guardábala
su tío con mucho recato y con mucho encerramiento;
pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura
se estendió de manera que así por ella como por
sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino
de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores
dellos, era rogado, solicitado e importunado
su tío se la diese por mujer”
El recato señalado por Pedro se corresponde con el mantenido por
Loyola con los miembros de su casa
“De
las faltas de los de casa tuvo siempre un extraño silencio; porque
si alguno hacía alguna cosa menos decente de lo que convenía,
no la descubría a nadie sino a quien la hubiese de emendar, y
entonces con tan grande miramiento y recato, y con tanto
respeto al buen nombre del que había faltado, que si para su remedio
bastaba uno sólo que lo supiese, no lo hacía a dos” (Vida V, IV)
Y acto seguido, con mucha guasa, Cervantes vuelve a traer a colación
el sonrojante párrafo del encerramiento, pues esta palabra sólo
aparece una vez en la Vida
“Había
oído decir el P. Laínez a uno de los nuestros, que Dios N.S. había
dado a nuestro santo P. Ignacio por guarda un arcángel; y un día
con aquella confianza que como hijo tan querido tenía con él,
le preguntó si era esto verdad. Ninguna repuesta le dio N.P. de
palabra; mas demudóse todo el rostro, cubriéndole de un color
de grana, y turbóse (por usar de las palabras que me dijo el P.
Laínez) como lo hiciera alguna castísima y honestísima doncella,
viendo a deshora entrar un extraño en su encerramiento
que la hallase sola” (Vida V, III)
La fama de la hermosura y riqueza de Marcela se extendió tan profusamente
como la de la Compañía, también rica gracias a los muchos frutos
recogidos
“Y
de aquel tan pequeño y débil principio vino a ser conocida nuestra
Compañía, y creció la fama de su nombre, y el
fruto que hacía se extendió por toda Italia”
(Vida
II, X)
La Compañía es hermosa, como Marcela, porque desprende ese olor
suave propio de las virtudes
“Lo
cual también creo que se experimenta en las demás religiones sagradas.
¿Pues aquella hermosura que en la Compañía hace la semejanza
de cosas tan desemejantes?” (Vida V, XIII)
La fama de Marcela se extendió “muchas leguas a la redonda”, como
la de la Compañía que, por su organización y por sus propias individualidades,
se expandió por todo el mundo. Y diversas naciones, a través del
papa o de sus reyes (“los mejores dellos), requirieron jesuitas
para sus empresas (“sino de los de muchas leguas a la redonda, y
de los mejores dellos, era rogado, solicitado e
importunado su tío se la diese por mujer”)
“En
Venecia se reparó unos pocos días, y topándose en ella con un
buen hombre que le había antes recogido en su casa, rogado
e importunado dél, se fue a ella” (Vida I, XII)
“Esta
fue la causa por que nuestro Padre jamás se dejó persuadir ni
ablandar de sus compañeros, ni de los importunos ruegos
de sus amigos, ni de la autoridad y potencia de nadie, ni quiso
apartarse un punto de su parecer” (Vida II, XIV)
La conquista de América y la idea de expansión de la fe cristiana
que reyes y papas tenían indisolublemente asociada a las empresas
terrenales, propició una necesidad de misioneros que favoreció el
crecimiento de las órdenes religiosas y especialmente de la Compañía,
puesta al servicio directo de los intereses del papado
“Y
porque el papa quería enviar algunos dellos a diversas partes,
antes de apartarse unos de otros trataron de instituir entre sí
una religiosa compañía y de dar orden en su modo de vivir para
adelante. Para más acertar en cosa tan grave, determinaron (de
parecer y consentimiento de todos) de darse por unos días
con mayor fervor a la oración y meditación”” (Vida II, XIII)
“En
la cual las Constituciones todas como él las escribió, fueron
con suma veneración recebidas, y con un mismo consentimiento
y voluntad por todos los padres confirmadas” (Vida IV, II)
A este consentimiento de todos parece aludir simbólicamente el tío
de Marcela
“Mas
él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla
luego, así como la vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento,
sin tener ojo a la ganancia y granjería que
le ofrecía el tener la hacienda de la moza dilatando su casamiento”
La Compañía estaba “de edad”, pero antes de casarla con nadie, o
sea, antes “de dar orden en su modo de vivir para adelante”, se
busca el consentimiento de todos, como ha hecho el tío de Marcela.
El resto de la frase es totalmente irónico, probablemente alusivo
al fingido desinterés de la Iglesia por los bienes materiales (“sin
tener ojo a la ganancia y granjería”). La ironía está corroborada
por la utilización de términos procedentes de la Vida, especialmente
de un fragmento donde vuelve a aparecer la idea del casamiento religioso,
el interés y la escasa edad
“Y
así, el escoger estado y tomar manera de vida habíase de
hacer con mucha oración y consideración y deseo de agradar a Dios
y de acertar cada uno a tomar lo que el Señor quiere que cada
uno tome, y lo que mejor le está para alcanzar su último fin.
Mas, hácese muy al revés y sin tener ojo a lo que
más importa, porque muchos, o cebados con su deleite, o ciegos
del interese, o convidados del ejemplo de sus padres y compañeros,
o atraídos con otros motivos, en tierna y flaca edad, cuando
el juicio aún no tiene su vigor y fuerza, con poca consideración
y miramiento de lo que hacen, se arrojan a tomar estado con
tanta temeridad, que tienen después que llorar para todos
los días de su vida” (Vida I, VIII)
“Y
finalmente, decía, que el discreto pescador de hombres y ministro
de Cristo que tiene puesta su granjería en ganar almas,
debe conformarse con todos, de tal manera que (en cuanto lo permite
la ley de Dios) se haga todo a todos, y no piense que vive para
sí, sino para sus hermanos en el Señor.
Pero
ha de tener grande corazón el que trata esta granjería
de almas y quedar con mucha paz y alegría de la suya como quiera
que le suceda, habiendo de su parte hecho lo que debe para ayudar
las de los prójimos” (Vida V, XI)
La narración de Pedro es ahora totalmente irónica, pues viene a
decir, en contra de la tradición de la época, que el tío de Marcela
no quería casarla sin el consentimiento de ella, y que esa noble
actitud nada tenía que ver con la circunstancia de que, mientras
no se produjera el matrimonio, él seguía disfrutando (“ganancia
y granjería”) de la administración de la herencia. Da la sensación
de que Pedro está diciendo lo contrario de lo que desea que entendamos,
pues sólo así se explica la continuación de su charla
“Y
a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el
pueblo, en alabanza del buen sacerdote. Que quiero
que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos de todo se
trata y de todo se murmura, y tened para vos, como yo tengo para
mí,
que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a
sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas”
¿Un pueblo donde se habla
bien del sacerdote que administra una gran herencia? El mismo Ribadeneyra
desmiente esa opinión
“Porque
luego que se hizo, como la cosa era fresca y los tenían presentes,
todos daban en ellos, los estudiantes en sus generales, los frailes
en los púlpitos, el pueblo en sus corrillos,
el Parlamento en su Consejo, y finalmente, el Obispo en su Iglesia,
que parecía que todo el mundo se había levantado contra ellos”
(Vida IV, XI)
La frase final de Pedro parece ser intencionadamente poco clara
y, como más arriba, bastante irónica, pues viene a decir que los
clérigos debían obligar a que en los pueblos se hablara bien de
ellos, con lo que vuelve a ratificarse el sentido burlón de la primera
frase donde se alababa el comportamiento del sacerdote, por lo que
debemos entender que ese pueblo estaba haciéndolo por la fuerza,
tal como realmente ocurría en la España de finales del XVI, donde
nadie se atrevía a hablar mal de un representante de la Iglesia.
En general, el sentido de las palabras de Pedro vuelve a ser una
burla a la recomendación de Ribadeneyra de que nadie se vuelva contra
los sacerdotes de la Compañía, ni murmure de ellos
“De
lo cual os he querido avisar porque ninguno de vosotros, movido
por la novedad deste instituto, se vuelva por error contra
los soldados que Dios le ha enviado de socorrro, ni murmure
de aquellos de cuyo acrecentamiento se debía alegrar e imitar
sus pías obras” (Vida III, XVII)
Don Quijote interrumpe
a Pedro para manifestar su conformidad con todo lo dicho
“-Así
es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid adelante, que el
cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy
buena gracia”
La narración de Pedro ya ha sido definida por don Quijote, primero
como historia, y ahora como cuento, y poco después como “sabroso cuento”, apuntando,
subrepticiamente, esa dualidad que le otorga el doble lenguaje externo
(cuento) e interno (historia). La opinión positiva de don Quijote
(“el cuento es muy bueno”) parece un guiño al lenguaje profundo,
su conformidad con la traslación de la historia al cuento, que no
sólo permite la lectura externa y la interna vista hasta ahora,
sino que propicia además la identificación entre la historia de
Loyola y la de Marcela, hija, como él, de un rico labrador y ganadero,
cuya madre murió poco después del parto. También, como Loyola,
pronto pierde a su padre, quedando a cargo de uno de sus hermanos
mayores. Y así como Marcela, para sorpresa de todos, renuncia a
un futuro prometedor a cambio de su hábito de pastora, Loyola,
ante las quejas de su hermano que le ruega no se eche a perder,
renuncia a sus derechos y toma hábito de peregrino, convirtiéndose
en cabeza de un movimiento que le sigue, y cuyo primer compañero
fue Fabro, de quien podría, simbólicamente, decirse que mostró por
Loyola la misma adoración que Grisóstomo por Marcela.
Don Quijote estimula a Pedro elogiando su buena forma de narrar,
su “buena gracia”, un requisito, como vimos, exigido por la Compañía
para pertenecer a ella
“es
necesario lo primero mucha virtud, y también un buen natural,
y más que medianas letras, y una buena gracia para
tratar y conversar con los hombres” (Vida III, XXI)
Don Quijote le atribuye a Pedro esa cualidad necesaria para ser
de la Compañía porque sabe que Pedro está ahora formando parte de
ella, y es como si con ese detalle confirmara su pertenencia.
“La
del Señor no me falte, que es la que hace al caso”
Otra coloquial respuesta de Pedro con tono religioso e ironía profunda,
pues parece decir q |