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CAPÍTULO
ONCE
Ingeniosa
recreación en los capítulos de la Vida que narran los actos realizados
por Loyola y sus compañeros para la fundación de la Compañía. Además
de un considerable número de referentes expresivos, la clave más reveladora
es el sutil juego numérico con el que Cervantes imita a Ribadeneyra.
Resulta igualmente significativa la primera mención en la obra del
vocablo “compañía”, clave general para todo el Quijote y referente
inequívoco de estos capítulos centrados en la parodia de la fundación
de la Orden. Y al igual que Loyola tenía por costumbre guardar silencio
durante la comida y hablar de las cosas de Dios una vez finalizada,
don Quijote, tras su frugal cena con los cabreros, imita a Loyola
pronunciando el discurso de la edad dorada.
Este capítulo 11 es una ingeniosa recreación en varios de la Vida
que actúan como núcleos centrales de los diversos episodios parodiados.
El primero es el capítulo donde Ribadeneyra ofrece su versión sobre
los actos realizados por Loyola y sus compañeros para la fundación
de la Compañía. Su lectura resulta imprescindible, pues es la
base de unos acontecimientos cuya parodia se inicia en este capítulo
11 y se extiende a los tres siguientes.
DE
LOS COMPAÑEROS QUE SE LE ALLEGARON EN PARÍS
(VIDA
II, IV)
“Desde el principio que el B. P se determinó de seguir los estudios,
tuvo siempre inclinación de juntar compañeros que tuviesen el
mismo deseo que él, de ayudar a la salvación de las ánimas. Y
así, aun cuando en España anduvo tan perseguido y acosado, tenía
los compañeros que dijimos se le habían allegado. Más, como aún
no había echado raíces aquella compañía, con su partida
para París luego se secó, deshaciéndose y acabándose fácilmente
lo que fácilmente y sin fundamento se había comenzado. Porque,
escribiéndoles él de París (cuando aún apenas se podía sustentar
mendigando) cuán trabajosamente las cosas le sucedían y cuán flacas
esperanzas tenía de poderlos él allí mantener, y encomendándoles
a doña Leonor Mascareñas (que por su respeto mucho los favoreció),
se desparcieron, yéndose cada uno por su parte. Al tiempo,
pues, que entró en el estudio de la Filosofía nuestro B. P., vivían
a la sazón en el colegio de Santa Bárbara Pedro Fabro, saboyano
y Francisco Javier, navarro , que eran no sólo amigos y condicípulos,
mas aun compañeros en un mismo aposento. Los cuales, aunque casi
ya iban al cabo de su curso, recibieron a Ignacio en su compañía,
y por aquí comenzó a ganar aquellos mozos, en ingenio y dotrina
tan excelentes.
Especialmente con Fabro tomó estrechísima amistad, y repetía con
él las liciones que había oído, de manera que, teniéndole a él
por su maestro en la filosofía natural y humana, le vino a tener
por dicípulo en la espiritual y divina. Y en poco tiempo le ganó
tanto con la admiración de su vida y ejemplo, que determinó de
juntar sus estudios y propósito de vida con los estudios y propósito
de Ignacio. El cual no extendió luego al principio todas las
velas, ni usó de todas las fuerzas para ganar esta ánima de un
golpe, sino muy poco a poco y despacio fue procediendo con él.
Porque, lo primero, le enseñó a examinar cada día su conciencia;
luego le hizo hacer una confesión general de toda su vida y después
le puso en el uso de recebir cada ocho días el Santísimo Sacramento
del altar; y al cabo de cuatro años que pasó viviendo desta manera,
viéndole ya bien maduro y dispuesto para lo demás, y con muy encendidos
deseos de servir perfetamente a Dios, le dio, para acabarle de
perficionar, los Ejercicios espirituales. De los cuales salió
Fabro tan aprovechado, que desde entonces le pareció haber salido
de un golfo tempestuoso de olas y vientos de inquietud y entrado
en el puerto de la paz y descanso, el cual el mismo Fabro escribe
en un libro do sus meditaciones (que yo he visto) que antes de
los Ejercicios nunca su ánima había podido hallar. Y en este tiempo
se determinó y propuso de seguir de veras al B. P. Ignacio. Francisco
Javier, aunque era también su compañero de cámara, se mostró al
principio menos aficionado a seguirle, mas al fin no pudo resistir
a la fuerza del espíritu que hablaba en este santo varón. Y así
vino a entregarse a él y ponerse del todo en sus manos, aunque
la ejecución fue más tarde, porque, cuando él tomó esta resolución,
habían pasado días y estaba ya ocupado en leer el curso de Filosofía.
Había también venido de Alcalá a París y acabado su curso de Artes
y graduándose en ellas el maestro Diego Laínez, que era natural
de Almazán. Trújole el deseo de estudiar la Teología en París
y de buscar y ver a Ignacio, al cual en Alcalá había oído alabar
por hombre de gran santidad y penitencia. Y quiso Dios que fue
el mismo P. Ignacio el primero con quien, entrando en París, encontró
Laínez, y en breve tiempo se le dio a conocer, y trabaron familiar
conversación y amistad. Vino también con Laínez de Alcalá Alonso
de Salmerón, toledano, que era más mozo pero ambos eran mancebos
de singular habilidad y grandes esperanzas. A los cuales dio el
P. Ignacio los ejercicios espirituales en el mismo tiempo que
los hizo Pedro Fabro, y por ellos se determinaron de seguirle.
Y desta manera se le fueron después allegando Simón Rodríguez,
portugués, y Nicolás de Bobadilla, que era de cerca de Palencia.
Todos
estos siete, acabado su curso de Filosofía, y habiendo recebido
el grado de maestros, y estudiando ya Teología, el año de 1534,
día de la Asumpción de Nuestra Señora, se fueron a la Iglesia
de la misma Reina de los Angeles, llamada Mons Martyrum, que quiere
decir el Monte de los Mártires, que está una legua de París. Y
allí, después de haberse confesado y recebido el santísimo Sacramento
del Cuerpo de Cristo nuestro Señor, todos hicieron voto de
dejar, para un día que señalaron, todo cuanto tenían, sin
reservarse más que el viático necesario para el camino hasta Venecia.
Y también hicieron voto de emplearse en el aprovechamiento
espiritual de los prójimos y de ir en peregrinación a Jerusalén,
con tal condición que, llegados a Venecia, un año entero esperasen
la navegación y, hallando en este año pasaje, fuesen a Jerusalén,
e idos procurasen de quedarse y vivir siempre en aquellos santos
lugares. Más, si no pudiesen en un año pasar, o habiendo visitado
los santos lugares no pudiesen quedarse en Jerusalén, que en
tal caso se viniesen a Roma, y postrados a los pies de Sumo Pontífice,
Vicario de Cristo nuestro Señor, se le ofreciesen, para que Su
Santidad dispusiese dellos libremente donde quisiese, para
bien y salud de las almas. Y de aquí tuvo origen el cuarto voto
de las misiones, que nosotros ofrecemos al sumo pontífice cuando
hacemos profesión en la Compañía.
Y estos mismos votos tornaron a confirmar otros dos años siguientes,
en el mismo día de la Asumpción de nuestra Señora y en la misma
Iglesia y con las mismas ceremonias. De donde también tuvo
origen el renovar de los votos que usa la Compañía antes
de la profesión.
En el espacio de tiempo destos dos años, se le juntaron otros
tres compañeros teólogos, llamados Claudio Jayo, saboyano,
Juan Coduri, provenzal, y Pascasio Broet, también francés de la
provincia de Picardía, y así llegaron a ser diez, todos,
aunque de tan diferentes naciones, de un mismo corazón y voluntad.
Y porque la ocupación de los estudios de tal manera se continuase
que no entibiase la devoción y fervor del espíritu, los armaba
Ignacio con la oración y meditación cotidiana de las cosas
divinas y juntamente con la frecuente confesión y comunión. Mas
no por esto cesaba la disputa y conferencia ordinaria de los estudios
que, como era por una parte de letras sagradas de Teología y por
otra tomados por puro amor de Dios, ayudaban a la devoción y espíritu.
Íbanse criando con esto en sus corazones unos ardientes e inflamados
deseos de dedicarse todos a Dios. Y el voto que tenían hecho (el
cual renovaban cada año) de perpetua pobreza, el verse y conversarse
cada día familiarmente, el conservarse en una suavísima paz,
concordia y amor y comunicación de todas sus cosas y corazones,
los entretenía y animaba para ir adelante en sus buenos propósitos.
Y aun acostumbraban, a imitación de los Santos Padres antiguos,
convidarse (según su pobreza) los unos a los otros, y tomar
esto por ocasión para tratar entre sí de cosas espirituales, exhortándose
al desprecio del siglo y al deseo de las cosas celestiales.
Las cuales ocupaciones fueron tan eficaces, que en todo aquel
tiempo que, para concluir sus estudios, se detuvieron en París,
no solamente no se entibió ni disminuyó aquel su fervoroso deseo
de la perfeción, mas antes con señalado aumente iba creciendo
de día en día” (Vida II, IV)
Tras la breve alusión al fracaso de una primera organización (“como
aún no había echado raíces aquella compañía [...] se desparcieron,
yéndose cada uno por su parte”) Ribadeneyra hace un recuento de
los sucesivos compañeros que comienzan a seguir a Loyola. Puede
hablarse de dos grupos. Uno de siete, que hizo primero los votos
y dos años después volvió a confirmarlos. El otro, hasta un total
de diez, formado con los anteriores y los nuevos, todos según Ribadeneyra
“de un mismo corazón y voluntad”. El capítulo concluye con una
referencia general a la concordia reinante en el grupo, unido gracias
a la oración y dirección de Loyola.
A partir de esas ideas generales y recurriendo a todo tipo de detalles
concretos, Cervantes construye su capítulo 11. Comienza así
“Fue
recogido de los cabreros con buen ánimo, y habiendo Sancho
lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue
tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos de cabra que
hirviendo al fuego en un caldero estaban; y aunque él quisiera
en aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del
caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros los
quitaron del fuego y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas,
aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron
a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que
tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos,
que eran los que en la majada había, habiendo primero con groseras
ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo
que vuelto del revés le pusieron. Sentóse don Quijote, y quedábase
Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno.
Viéndole en pie su amo, le dijo:
-Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería
y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se
ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del
mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena
gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que
soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por
donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir
lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala”
Con escasas pinceladas Cervantes ha descrito un círculo ("tendiendo
por el suelo [...] Sentáronse a la redonda") de un número
concreto de comensales que acogen a los dos desconocidos y los
invitan a compartir su "rústica mesa"
El narrador, como honrando la vida de estos humildes pastores,
matiza sus sencillos y generosos gestos sin que parezcan serviles
o ceremoniosos, con el objetivo de parodiar la humildad y fraternidad
con que, según Ribadeneyra, los compañeros de Loyola vivieron los
momentos previos a la fundación de la Compañía, es decir, unidos
por la pobreza y una misma idea refrendada con unos votos comunes.
Cervantes novela esos hechos, haciendo que don Quijote, Sancho y
los cabreros cumplan, simbólicamente, las funciones del grupo de
jesuitas reunidos en una iglesia de las afuera de París para determinar
su futuro. Según Ribadeneyra, aquellos primeros jesuitas
"acostumbraban,
a imitación de los santos padres antiguos, convidarse
según su pobreza, los unos a los otros; y tomar esto por ocasión
para tratar entre sí de cosas espirituales, exhortándose al desprecio
del siglo y al deseo de las cosas celestiales"
Esa vida comunal y retirada del grupo es el núcleo paródico del
capítulo 11, el punto de apoyo desde donde Cervantes construye
la historia de estos cabreros que también llevan una vida retirada
y convidan, según su pobreza y “con buen ánimo”
a don Quijote y Sancho, con quienes más adelante mantendrán conversaciones
espirituales.
Además de ese buen ánimo y camaradería existente de forma paralela
en ambos grupos, Cervantes ha repetido el verbo convidarse (“aderezaron
con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a los dos,
con muestras de muy buena voluntad”), que sirve como referente formal
más destacado para la asociación de los cabreros con el grupo de
compañeros de Loyola, y el vocablo “ceremonias” (habiendo primero
con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase”)
cuyo sentido es recordar la formalidad de los actos celebrados por
el grupo para fundar la Compañía
“Y
estos mismos votos tornaron a confirmar otros dos años siguientes,
en el mismo día de la Asumpción de nuestra Señora y en la misma
Iglesia y con las mismas ceremonias. De donde también
tuvo origen el renovar de los votos que usa la Compañía
antes de la profesión.”
Sin embargo, además del verbo convidarse, la clave más significativa
para la asociación paródica es el sutil juego numérico.
Ribadeneyra ofrece una descripción detallada del número e identificación
de los fundadores, pues especifica que hubo un primer grupo formado
por siete compañeros (“Todos estos siete”) que son: Fabro,
Francisco Javier, Laínez, Salmerón, Simón Rodríguez, Bobadilla y
Loyola.
También Cervantes presenta un grupo de siete, pues a los seis pastores
(“Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que
eran los que en la majada había”) se le suma solamente don Quijote,
ya que según el narrador, Sancho debe permanecer fuera del círculo
"para servirle la copa" a su amo (“Sentóse don Quijote,
y quedábase Sancho en pie para servirle la copa”). Pero don Quijote,
comprendiendo la ridiculez de la situación, cambia de idea e insta
a su escudero a que se siente a su lado, con lo que el número de
comensales del círculo se convierte en ocho y queda rota la igualdad
numérica de la parodia, inmediatamente restablecida gracias a otra
ingeniosa fórmula cuyo objetivo es conseguir que el número siete
permanezca invariable
“quiero
que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes,
y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo
y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo
bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo
mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala”
Don Quijote propone una fusión total, casi religiosa, una unidad
entre él y su escudero que les permite contar como una misma persona
(“seas una mesma cosa conmigo”), de forma que el círculo recobra
el número paródico de siete comensales. Hay una clara intencionalidad,
un deseo manifiesto de destacar el juego numérico y, al mismo tiempo,
el sentido de pérdida de la individualidad a favor del colectivo,
según dice Ribadeneyra
“todos, aunque de tan diferentes naciones, de un mismo
corazón y voluntad”
En otro fragmento comentado en el capítulo anterior, se explica
también cómo después de haber andado predicando por separado, todos
los compañeros de Loyola decidieron juntarse en Roma y fundar la
Compañía (“Como en Roma todos los padres juntos determinaron de
fundar la Compañía”)
“La
primera noche, pues, se puso en consulta, si después que se
apartasen y repartiesen en varias provincias por mandado del sumo
pontífice, quedarían de tal manera unidos entre sí y tan juntos,
que hiciesen un cuerpo, y de suerte que ninguna ausencia
corporal, ni distancia de tierra, ni intervalo de tiempo fuese
parte para entibiar el amor tan entrañable y suave con que
ahora se amaban en Dios, ni el cuidado con que unos miraban
por otros. A esto respondieron todos con un corazón y con
una voz: Que debían reconocer este tan señalado beneficio
y merced de Dios, de haber juntado hombres de tan diversas provincias
y de naciones tan diferentes en costumbres naturales y condiciones,
y hécholes un cuerpo y dádoles una voluntad y un ánimo
tan conforme para las cosas de su servicio, y que nunca
Dios quisiese que ellos rompiesen ni desatasen un vínculo de
tanta unión, hecho milagrosamente de sola su omnipotente mano.
Especialmente que la unión y conformidad es muy poderosa para
que se conserve la congregación, y para acometer en ella cosas
arduas y salir con ellas, y también para resistir o llevar con
paciencia las adversas." (Vida II, XIII)
Hay un paralelismo evidente entre esa unión simbólica de Ribadeneyra
(“unidos entre sí y tan juntos, que hiciesen un cuerpo”), y la de
don Quijote (“seas una mesma cosa conmigo... comas en mi plato...
bebas por donde yo bebiere”), o entre ese vínculo de tanta unión,
que une e iguala a todos los compañeros en un solo corazón y en
una sola voz , y la igualdad que, según don Quijote, supone
la caballería andante, equiparada con el amor o la fraternidad (“el
amor tan entrañable y suave con que ahora se amaban en Dios”) que
todo lo iguala. También Ribadeneyra aporta un dato temporal (“La
primera noche”), según el cual todos estos acuerdos de unidad y
futuro se lograron en una noche, o sea, en el mismo espacio temporal
en que se desarrolla este capítulo 11.
A esos simbolismos se añade otro detalle fundamental, el vocablo
compañía (“a mi lado y en compañía desta buena gente”), clave
general para toda la obra cervantina y, en este capítulo 11, referente
inequívoco para identificar la cena alegórica en la majada con el
momento de la fundación de la Compañía de Jesús. Cervantes ha evitado
hasta ahora utilizar esa palabra, haciendo que su primera aparición
en el Quijote le otorgue un metasentido circunscrito a toda esta segunda parte de 1605,
y similar al de peregrino en los ocho primeros.
No es, pues, un detalle casual, sino muy meditado, porque Cervantes
no ha querido emplearlo hasta estos momentos en que está parodiando
la fundación de la orden. Durante el resto de esta segunda parte,
Loyola deja de ser el peregrino para actuar como cabeza visible
del movimiento colectivo que representa, por eso entre el capítulo
11 y 14 veremos aparecer el término compañía ocho veces, indicándonos
que dichos capítulos no parodian el Relato sino la Vida, es decir,
el lugar donde Cervantes ha leído la continuación de los acontecimientos
desde que Loyola se aleja de París y se une formalmente a sus compañeros.
La idea parece inspirada en Ribadeneyra y su gusto por jugar, según
puede verse en el capítulo núcleo, con esa ambivalencia de la palabra,
utilizada indistintamente en la Vida como nombre común o propio
“recibieron
a Ignacio en su compañía”
“hacemos
profesión en la Compañía”, etc.
La intervención de don Quijote contiene, además, otros referentes
a la Vida, especialmente la asociación de dos vocablos tan significativos
como “ministerio” y “ejercitan” (“en cualquiera ministerio
della se ejercitan”)
“Como
se repartieron por las tierras del dominio veneciano a trabajar
y ejercitar sus ministerios” (Vida II, VIII)
“Y
porque para ejercitar como se debe, los ministerios
que habemos dicho, es necesario lo primero mucha virtud, y también
un buen natural” (Vida III, XXII)
“la
cual envió Dios a su Iglesia para que la sirviese, y se ejercitase
en todos los ministerios de caridad” (Vida III, XXII)
Según don Quijote, el trabajar o ejercitarse en cualquier ministerio
de la caballería conlleva la honra y estima inmediata de la gente.
La idea procede, según Ribadeneyra, del mismo Loyola
“Pedirános
nuestro Señor cuenta, decía él, de nuestra vocación y estado;
si como buenos religiosos tuvimos menosprecio del mundo
y fervor de espíritu; si fuimos abrasados de caridad, amigos de
la oración y mortificación, solícitos y cuidadosos en confesar
y predicar y ejercitar los otros ministerios de
nuestro instituto. Desto nos pedirá Dios cuenta, y no si reformamos
lo que no está a nuestro cargo. Aunque debemos arder de deseo
de la honra y gloria de nuestro Señor” (Vida V, X)
Incluso el concepto de bien o gracia generalizada que produce mortificarse
o, lo que es lo mismo, practicar la caballería (“el bien que
en sí encierra la andante caballería”) está también
puesto por Ribadeneyra en boca de Loyola
“Y
así preguntando una vez de un padre cuál era el camino más corto
y más cierto y seguro para alcanzar la perfeción respondió: que
el padecer muchas y muy grandes adversidades por amor de Cristo.
“Pedid, dijo, a nuestro Señor esta gracia; porque a quien
Él la hace, le hace muchas juntas que en
ella se encierran.” (Vida V, X)
Sancho, que a veces parece no captar el doble sentido de las palabras
de su amo, responde a la invitación con ironía y menosprecio hacia
las rígidas normas de urbanidad
-¡Gran
merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que como
yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en
pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun,
si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que
como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y
cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso
mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar
ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad
y la libertad traen consigo. Ansí que, señor mío, estas honras
que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente
de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra
merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo
y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recebidas, las
renuncio para desde aquí al fin del mundo”
Irónicamente está agradeciendo a su amo (“¡Gran merced!”, “estas
honras”) la concesión de unos privilegios que no le interesan, pues
no le aportan beneficios; por eso aprovecha para criticar esos inconvenientes
de la vida social, frente a las ventajas “que la soledad y la libertad
traen consigo”, sugiriendo de nuevo la comparación entre órdenes
religiosas acomodadas y mendicantes. No obstante, Sancho se identifica
como ministro de la caballería andante, y a su vez renuncia a las
honras que don Quijote le ofrece (“las renuncio para desde
aquí al fin del mundo”), una fórmula “que aparece en algunas cartas
de renuncia de derechos o de donación” y que, en este caso, hace referencia al voto
de pobreza y “al desprecio del siglo” hecho por todo el grupo de
jesuitas, tal como se lee más arriba en el capítulo núcleo o como
más adelante repite Ribadeneyra
“se
habían congregado, y hecho compañeros de vida ejemplar y religiosa,
renunciando todos los deleites del siglo” (Vida
III, XXI)
Toda esa frase de Sancho, “conviértalas en otras cosas que
me sean de más cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy
por bien recebidas”, está inspirada en otra de la
Vida, donde Ribadeneyra cuenta una anécdota no exenta de vanidad
y protagonismo
“Para
que mejor se entienda la fuerza de Dios nuestro Señor, que hablaba
en este su siervo, y la cuenta que él tenía con la humildad y
con el menosprecio de sí mismo, quiero añadir que yo en este tiempo
repetía cada día al pueblo lo que nuestro Padre había enseñado
el día antes. Y temiendo que las cosas provechosas
que él decía no serían de tanto fruto ni tan bien
recebidas por decirse en muy mal lenguaje italiano, díjeselo
a nuestro Padre, y que era menester que pusiese algún cuidado
en el hablar bien; y él con su humildad y blandura me respondió
estas formales palabras: “Cierto que decís bien; pues tened cuidado,
yo os ruego, de notar mis faltas y avisarme dellas para que me
emiende.” Hícelo así un día con papel y tinta, y ví que era menester
emendar casi todas las palabras que decía, y pareciéndome que
era cosa sin remedio, no pasé adelante, y avisé a nuestro Padre
de lo que había pasado; y él entonces con maravillosa mansedumbre
y suavidad me dijo: “Pues, Pedro, ¿qué haremos a Dios?” Queriendo
decir, que nuestro Señor no le había dado más, y que le quería
servir con lo que había dado” (Vida III, II)
Ribadeneyra teme que la gente llana no aproveche el fruto del discurso
de Loyola, y él lo mejora o, como dice Sancho, lo convierte (“conviértalas”)
en algo más inteligible o mas “cómodo” y de “provecho”. La supuesta
respuesta de Loyola, además de ensalzar a Ribadeneyra con ese afectivo
“Pedro”, es un claro ejemplo de humildad, tal como don Quijote reclama
a Sancho en su respuesta
“-Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se
humilla, Dios le ensalza.
Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase”
La cita evangélica también aparece en la Vida, aunque engullida
en la propia cosecha filosófica de Ribadeneyra
“Pero
no es maravilla que Dios obre como Dios, y que ensalce
más a los que más se humillan por su amor; pues esto es
propio de su infinita misericordia y clemencia” (Vida V, XIII)
Don Quijote fuerza a Sancho a que se siente (“Y asiéndole
por el brazo, le forzó a que junto dél se
sentase”) de forma semejante a como se hace en la Vida
“y
con rostro severo y con un semblante enojado y espantoso le
asió del brazo, riñéndole ásperamente y amenazándole porque
se había metido en tan manifiesto peligro, y tiró dél,
como que lo quisiese llevar medio arrastrando” (Vida I, XI)
Se repite la expresión “asirle del brazo”, más la acción de forzar,
que en Ribadeneyra se formula con el verbo tirar, y Cervantes con
forzar, aunque, en ambos casos, aparece la contracción “dél”
El sentido de fuerza empleado por don Quijote está a su vez relacionado
con el voto de obediencia de los novicios
“También
hacen otros votos simples los profesos, y prometen de no alterar,
ni mudar lo que está ordenado en las constituciones acerca de
la pobreza, si no fuese para estrecharla y apretarla más,
y de no pretender directa, ni indirectamente, ningún cargo en
la Compañía: y de descubrir y manifestar al que supieren que
le pretende, y de no aceptar ninguna dignidad fuera de la Compañía,
si no fueren forzados por obediencia de quien les puede
mandar y obligar a pecado” (Vida III, XXII)
A un novicio se le puede “forzar” a aceptar una dignidad, tal como
don Quijote está haciendo con Sancho, obligándole a sentarse junto
a él, “porque las leyes de la caballería prohibían al caballero
sentarse con quien no lo fuera”
”No
entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes,
y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar a sus huéspedes,
que con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como el puño.
Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran
cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio
queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en
esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo,
ya lleno, ya vacío, como
arcaduz de noria, que con facilidad vació un zaque de dos que
estaban de manifiesto.
Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó
un puño
de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz
a semejantes razones”
La cena campestre en silencio (“no hacían otra cosa que comer y
callar”) es una clara parodia de la costumbre de los jesuitas de
comer en silencio, el mismo Loyola ya la practicaba durante sus
peregrinaciones, y también acostumbraba a dar una plática de sobremesa
“Tenía
el peregrino esta costumbre ya desde Manresa, que, cuando comía
con algunos, nunca hablaba en la tabla, si no fuese responder
brevemente, mas estaba escuchando lo que se decía, y cogiendo
algunas cosas, de las cuales tomase ocasión para hablar
de Dios; y, acabada la comida, lo hacía” (R, 42)
“Buscaron
al peregrino luego, convidáronle a comer, comió, y después les
hizo una plática espiritual de que quedaron asombrados aficionados
a él” (Vida I, X)
Después de comer en silencio, Loyola cogía “algunas cosas” de la
conversación, cualquier tema que le sirviera de motivo “para hablar
de Dios; y, acabada la comida, lo hacía”. Es exactamente lo que
va a imitar don Quijote tras finalizar su comida (“Después que don
Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas
en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz
a semejantes razones”) y lograr una concentración y misticismo inspirados
de nuevo en Loyola
“Sacaba
nuevo contento y nuevos gozos de todas estas ocupaciones; pero
de ninguna más que de estar mirando atentamente
la hermosura del cielo y de las estrellas, lo cual hacía muy a
menudo y muy de espacio, porque este aspecto de fuera y la consideración
de lo que hay dentro de los cielos y sobre ellos le era grande
estímulo e incentivo al menosprecio de todas las cosas transitorias
y mudables, que están de bajo dellos, y le inflamaba más en
el amor de Dios. Y fue tanta la costumbre que hizo en esto,
que aun le duró después por toda la vida” (Vida I, II)
Loyola contempla el cielo y las estrellas durante mucho tiempo,
y medita sobre el “menosprecio de todas las cosas transitorias y
mudables”, y ahora que tiene compañeros los exhorta también a la
meditación y “al desprecio del siglo”
“los
armaba Ignacio con la oración y meditación [...] acostumbraban,
a imitación de los Santos Padres antiguos, convidarse (según su
pobreza) los unos a los otros, y tomar esto por ocasión para tratar
entre sí de cosas espirituales, exhortándose al desprecio del
siglo y al deseo de las cosas celestiales” (Vida II, IV)
Don Quijote, tomando un puñado de bellotas y en actitud contemplativa,
inicia un discurso centrado en el desprecio del siglo y en la añoranza
de un mundo mejor, una homilía cuyo tema recorre todo el Quijote de 1605.
LA
EDAD DORADA
“Es conocida la relación entre el discurso a los cabreros y el pasaje
de Las Metamorfosis, de Ovidio, en que se habla de la edad
dorada.
<<Por este poderoso Dios, la primera edad fue luego criada
de natura de oro. En aquel tiempo reinaban en la tierra verdad
y justicia, los hombres andaban seguros por todas partes y vivían
en paz, quietud y sosiego, sin saber qué era necesidad de rey,
ni de alcalde, alguacil, escribano, ni verdugo, ni pregonero,
porque todos vivían en mucha hermandad, tratando verdad y justicia.
En este tiempo los hombres no sabían qué cosa era torre, ni castillo,
lanza, ni espada, arnés ni otras cosas desta calidad, porque vivían
sin haber menester defensores. La tierra que no era rompida ni
labrada (porque aún no sabían qué era azada, teja, arado, ni otro
ningún instrumento de hierro) producía de sí misma, no siendo
apremiada y sin fatiga humana, todas las cosas necesarias a la
vida y sustentación de los hombres, los cuales, con selváticas
substancias de los cerezos, manzanos, zarzas, moras y espinos,
de cuya producción y de bellotas que del encina, arbor dedicado
a Júpiter, caían, se contentaban. En este tiempo, los campos,
árboles y frutos dellos todos estaban seguros, porque no había
quien los supiese robar ni despojar de sus frutas. Siempre era
un templado y fresco verano, en el cual un viento muy delicado
de que se dice céfiro, con su crecida templaza producía por los
campos gran multitud de frescas flores y rosas y muy mayor abundancia
de crescidas mieses, las cuales, meneándose con este aire, dándose
las blancas aristas unas con otras, hacían un suave bullicio y
unas ondas agradables a los ojos de quien les miraba, sin saber
qué cosa era invierno. Los ríos y fuentes corrían y manaban vino
y leche, y los árboles distillaban de sí el azúcar y la miel>>
Pese a lo que tiene de común este texto con el discurso cervantino,
no cabe duda de que Cervantes lleva a cabo una reelaboración personal
del tema, [...] La idea básica es la de que una bondad natural
anidaba en el corazón de los hombre, antes de que éstos fueran bastardeados
por los vicios nacidos en las sociedades organizadas”
Cervantes se inspira claramente en Ovidio pero a su vez, continúa Maravall, “lleva a cabo
una reelaboración personal del tema”, eliminando fundamentalmente
los detalles sobre una naturaleza de la que mana vino, leche, azúcar
y miel, o sea, aquellos que convierten el pasaje de Ovidio en un
idílico y utópico Jauja.
Pero además, el discurso de don Quijote está inspirado en otro texto
no menos fantástico, aunque intenta pasar por histórico. Se trata
del capítulo XVIII del Libro II de la Vida, y tiene su pequeña historia,
pues no existía ni en la edición latina de 1.572 ni en la primera
castellana de 1.583, siendo lo más probable que se le añada al libro
segundo a partir de la edición de 1586, es decir, la pactada con
los dominicos según confirman las cartas de Granada. Ante todo,
y para hacerse una idea general de los paralelismos, conviene leer
ese extenso capítulo XVIII, ajeno al objetivo central del libro
y concebido como un exaltado discurso en defensa del catolicismo
y en contra de la herejía.
Si a todo ello se añade una “serie de apenas encubiertas referencias
evangélicas (Mateo VII, I-2; XIX, 5; XX, 16; XXII, 14; XXV,
35 y XXVI, 40; Juan XVII, 21; I Corintios, X, 16-17, y XIII;
Lucas, VI, 37; XIV, II, y XVIII, 14)”,
resulta que el discurso de don Quijote es una amalgama tendente
a aproximarse al pensamiento de Loyola en los momentos de la fundación
de la nueva orden, una arenga contra los tiempos presentes y, al
mismo tiempo, la evocación de un pasado donde se vivía acorde con
el legado evangélico.
“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien
los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos
el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima,
se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque
entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de
tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas
comunes”
El monólogo se inicia con las mismas palabras ya utilizadas por
don Quijote cuando "invocó el tiempo en que saldría a la luz
la historia de sus hazañas", y con un propósito similar, pues también allí
se yuxtaponían el lenguaje artificioso y fatuo, parodia de Ribadeneyra,
y el esperanzador y lleno de contenido, parodia del Relato.
En su sentido más amplio, la Edad de Oro, según la imaginan Platón
o Tomás Moro, supone la igualdad y comunidad de bienes basada en
una idea del amor fraterno que excluye la explotación y persecución
del hombre incluso a través de leyes legítimas. Pero ese momento
es imaginario, utópico, y su existencia no puede asociarse a un
período concreto de la historia, sino tal vez a formas de comportamiento
colectivas, aunque aisladas, como los anacoretas, apóstoles o cristianos
primitivos, donde efectivamente se hacía vida comunitaria, cristiana
y, por lo tanto, “santa”, en el sentido de virtuosa y ejemplar.
Pero en la época de Ribadeneyra eso ya no se hace, la herejía ha
desmembrado la sociedad, y los estados, antes dichosos, ahora se
deshacen
“Las
calamidades tan continuas y lastimosas de los estados tan dichosos
que solían ser de Flandes, no hay quien no las sepa, pues
aun las otras provincias y reinos, aunque están apartados, las
sienten, y se desangran, deshacen y consumen por sustentar
en ellos la guerra y la obediencia de su rey y nuestra
santa religión”
La causa de esa pérdida de la felicidad general de Flandes se debe,
dice, a la sustentación de la herejía, a que los Estados la han
dejado entrar sin combatirla.
Don Quijote, sin embargo, piensa que la causa de ese triunfo del
materialismo es la evolución del concepto de la propiedad,
que divide y enfrenta a los hombres por lo tuyo y lo mío. Pero ¿hasta
qué tiempos deberíamos retrotraernos para encontrar esas comunidades
colectivas? Evidentemente don Quijote no está pensando en sociedades
civiles, sino en religiosas pues, como trasunto de Loyola, su discurso
es una exhortación “al desprecio del siglo y al deseo de las cosas
celestiales”, una homilía encaminada a infundir en los primeros
jesuitas el deseo de imitar a los cristianos
primitivos, compartiendo la pobreza, despreciando el materialismo
del siglo y dedicándose a la espiritualidad: “Todos estos
siete [...] hicieron voto de dejar, para un día que señalaron, todo
cuanto tenían”
Así que mientras el discurso de Ribadeneyra pertenece al presente,
es decir, al momento en que se escribe el libro, contemporáneo a
las guerras de Flandes, el de don Quijote se sitúa un poco antes,
cuando Loyola y sus compañeros acaban de salir de París y están
sentando las bases de un proyecto espiritual
“Y
aun acostumbraban, a imitación de los Santos Padres antiguos,
convidarse (según su pobreza) los unos a los otros, y tomar esto
por ocasión para tratar entre sí de cosas espirituales, exhortándose
al desprecio del siglo y al deseo de las cosas celestiales”
(Vida II, IV)
Desprecio del siglo con un significado monacal de renuncia a las
vanidades mundanas y de compromiso con los votos de pobreza y castidad,
lo que significaba un claro distanciamiento crítico con el adocenamiento
y corrupción en que estaba sumida la Iglesia. Don Quijote está,
además, tratando con los “hermanos cabreros” “cosas espirituales”,
de forma que el discurso es en sí, una especie de confrontación
del ideario de Loyola en los momentos del nacimiento de la nueva
orden, cuando todas las cosas eran comunes, y el de Ribadeneyra
y dicha orden casi cincuenta años después, cuando la Compañía está
ya alejada del ejemplo de pobreza que alentó su nacimiento.
“a
nadie le era necesario para alcanzar su
ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la
mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente
les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto.
Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia,
sabrosas y transparentes aguas les ofrecían”
También a los primeros jesuitas les bastaba alzar la mano, mendigar,
para sustentarse, e igualmente, en sus largas caminatas, se alimentaban
de yerbas y frutos del campo, como se ha visto varias veces en la
Vida, y con palabras muy similares a las empleadas por Cervantes
“De
manera, que descuidados ellos de buscar lo necesario
para su sustento, se empleasen todos enteramente en aprender”
(Vida IV, VI)
Los jesuitas debían dedicar el mayor tiempo posible a la espiritualidad,
pues sólo así se logra alcanzar los regalos divinos
“Y
por esta razón ha habido muchos santos que publicaron y aun escribieron
los regalos secretísimos de su espíritu y las dulzuras
de sus almas y los favores admirables y divinos con que
el Señor los alentaba, sustentaba y transformaba
en sí; los cuales no pudiéramos saber, si ellos mismos no los
hubieran publicado; y si el Señor que era liberal para
con ellos, comunicándoseles con tanto secreto y suavidad,
no lo hubiera sido para con nosotros, moviéndolos a publicar ellos
mismos lo que de su poderosa mano, para bien suyo y nuestro,
habían recebido” (Vida, A los hermanos)
Don Quijote ha utilizado esos cuatro vocablos (dulce, sustentar,
liberal y mano) y, además, el verbo convidar, cuya simbología de
fraternidad ya se conoce.
“En las quiebras de las peñas y
en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas
y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin
interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo
trabajo”
Igualmente paródica es la recreación en la vida de las abejas como
símbolo del trabajo social y comunitario, pues así lo emplea Ribadeneyra
para resaltar la importancia de la Compañía en la “república cristiana”
Los jesuitas son calificados en la Vida de solícitos, discretos y desinteresados, y al fruto de su trabajo también
se le denomina cosecha
“Todo era paz entonces, todo
amistad, todo concordia
;
aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir
ni visitar las entrañas piadosas de
nuestra primera madre, que ella sin ser forzada
ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo
que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces
la poseían”
Aquí se incluye “la frase hecha recogida en repertorios humanistas
<<Curvi pondus aratri>>, cuyo sentido situaría a la edad dorada antes
de toda civilización, aunque de nuevo su principal objetivo parece
ser imitar y abusar de dichos repertorios, como hace Ribadeneyra
al referirse a los primeros jesuitas
“Íbanse
criando con esto en sus corazones unos ardientes e inflamados
deseos de dedicarse todos a Dios. Y el voto que tenían hecho (el
cual renovaban cada año) de perpetua pobreza, el verse y conversarse
cada día familiarmente, el conservarse en una suavísima paz,
concordia y amor y comunicación de todas sus cosas
y corazones” (Vida II, IV)
El estilo retórico y reiterativo de don Quijote (pesada reja / corvo
arado/ abrir ni visitar / fértil y espacioso / hartar, sustentar
y deleitar) resulta muy semejante al de ese fragmento de Ribadeneyra,
y se completa con el siguiente
“Corría
el año mil quinientos y ventidós, y la víspera de aquel alegre
y gloriosísimo día que fue principio de nuestro bien, en el cual
el Verbo eterno se vistió de nuestra carne en las
entrañas de su santísima madre” (Vida I,
IV)
Don Quijote repite casi la misma expresión (“abrir ni visitar las
entrañas piadosas de nuestra primera
madre”), aunque cambiando sutilmente “santísima” por “piadosas”
“Entonces
sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle
en valle y de otero en otero en trenza y en cabello,
sin más vestidos de aquellos que eran menester para
cubrir honestamente lo que la honestidad
quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus
adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura
de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino
de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas,
con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora
nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones
que la curiosidad ociosa les ha mostrado”
Aunque en el capítulo núcleo Ribadeneyra dedica un fragmento a la
perdición de las mujeres heréticas, las palabras de don Quijote
son una recreación en otro fragmento de la Vida donde se ponderan
las reformas que, a petición de Loyola, se hicieron en su tierra
durante su último viaje a España
“Entre
otras cosas, procuró que los gobernadores y jueces hiciesen rigurosas
leyes contra el juego y contra la disolución y deshonestidad
de los sacerdotes. Porque, siendo uso antiguo de la Provincia
que las doncellas anden en cabello y sin ningún
tocado, había algunas que, con mal ejemplo y grande escándalo,
viviendo deshonestamente con algunos clérigos, se tocaban
sus cabezas, ni más ni menos que si fueran legítimas mujeres de
aquellos con quien vivían en pecado, y guardábanles
la fe y lealtad, como a los propios maridos se debe guardar” (Vida
II, V)
El referente más claro es la expresión andar en cabello (andaban
... en cabello / anden en cabello), y además
las siguientes coincidencias
Vida
Quijote
Anden en cabello
andaban...en cabello
de aquellos
de aquellos
se tocaban
se cubra
deshonestidad
honestidad
deshonestamente honestamente
uso
usan
quien
quien
algunas
algunas
De esta comparación pueden extraerse otras conclusiones, da la sensación
de que don Quijote está burlándose de esa fiebre intervencionista
promovida por Loyola al tratar de imponer una moralidad contraria
a los usos y costumbres del pueblo. Don Quijote parece evocar aquella
liberalidad anterior a ese nuevo estilo pomposo, y defiende la decencia
tradicional sin aspavientos mojigatos.
Las alusiones eclesiásticas se aprecian también en la expresión
“púrpura de Tiro”, color identificativo de los cardenales, a los
que "Paulo II les concedió su propio hábito de púrpura,
y el adornar las mulas y cavallos en que anduviesen de la mesma
color. Los cardenales frayles no usaron los ornamentos colorados,
fuera del capelo. Empero Gregorio XIIII, año de 1591, les concedió
la barreta colorada, como a los demás".
¿Pueden simbolizar esos eclesiásticos con ropajes colorados a las
pomposas y escandalosas cortesanas? o ¿se refiere don
Quijote a las mujeres que “se tocaban sus cabezas” para publicar
que eran “legítimas mujeres de aquellos? El fragmento finaliza con otra frase no menos
sugerente que las anteriores, pues la aparición de la palabra “peregrina”
y su inmediata asociación con Loyola, vuelve a reforzar la lectura
hecha hasta ahora (“las raras y peregrinas invenciones que
la curiosidad ociosa les ha mostrado”), quedando Loyola y su Compañía
como impulsores de esa nueva moralidad represiva y recatada que
sólo puede ocurrírsele a mentes ociosas y capaces de inmiscuirse
en asuntos como los tocados de las doncellas. La frase está además
inspirada en otra de Ribadeneyra que, en cierta medida, insiste
en la idea expuesta.
“Entonces
se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente
del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin
buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia
mezclándose con la verdad y llaneza”
Bajo la apariencia del asunto amoroso, don Quijote lanza una dura
crítica a la espiritualidad en general y a la literatura religiosa,
cuya evolución queda sugerida con la comparación entre la sencillez
y simpleza de los primitivos libros religiosos y el artificio de
los nuevos. Ya al decir “concetos amorosos del alma” podemos entender
que se refiere al espíritu, pero la correspondencia con un fragmento
de la Vida aclara su verdadero sentido
“Sus
palabras eran muy medidas y llenas de graves sentencias;
y su plática ordinariamente era una simple y llana
narración, contando las cosas claras y sencillamente,
sin amplificarlas o confirmarlas ni mover
los afectos. Decía las cosas llanamente como eran, sin
darles otro color; y dejaba a los oyentes que ellos ponderasen
sus circunstancias, y que diesen a cada cosa el peso que tenía.
Y con esta llaneza, aunque no descubría él más inclinación
a una parte que a otra, tenían admirable fuerza sus palabras para
persuadir lo que quería. Pero con una natural prudencia, cuando
contaba las cosas se detenía más en las mas graves, pasando
por las otras ligeramente” (Vida V, IV)
Según Ribadeneyra, Loyola predicaba o escribía simple y sencillamente,
sin amplificar, o sea, sin buscar artificioso rodeo para conmocionar
con su discurso o encarecerlo. Todo el fragmento de la Vida se
centra en el elogio de la sencillez verbal de Loyola, prácticamente
lo mismo dicho en el texto cervantino, incluso con expresiones semejantes
Vida
Quijote
palabras
palabras
simple y...sencillamente...sin
simple y sencillamente...sin
amplificarlas
artificioso rodeo
llaneza
llaneza
El paralelismo hasta el punto y seguido es evidente, pero a partir
de ahí don Quijote se despega de su fuente para arremeter precisamente
contra ella, resumiendo el sentir de Cervantes sobre la Vida, como
libro presuntuoso donde se mezclan el fraude y el engaño con la
verdad y llaneza. El mismo Ribadeneyra, en su exposición de motivos,
ensalza su prosa con esas dos vocablos utilizados por Cervantes.
“La
justicia se estaba en sus proprios términos, sin
que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del
interese, que tanto ahora la menoscaban, turban
y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado
en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar
ni quién fuese juzgado”
Probablemente quien habla ahora a través de don Quijote es Cervantes,
víctima, como Loyola, de la justicia de su época. Se trata de una
dura crítica donde prácticamente ha desaparecido el pretexto de
la edad dorada, sólo recordada por la primera frase que informa
de la existencia de un tiempo pasado donde existía justicia. El
resto es una clara repulsa de un presente (“ahora”) definido en
pocas palabras como de injusticia total. Se denuncia una absoluta
corrupción, una perturbación del sistema que daña a toda la sociedad
en beneficio de unos pocos (favor, interés, encaje).
Todo “el discurso se asienta en una oposición entre categorías temporales
de presente y pasado", pero no de un pasado lejano, como disimuladamente
se pretende hacer ver, sino de un ayer inmediato donde la Iglesia
no se entrometía en funciones ajenas a lo religioso, pero ahora,
en los momentos en que se centra la parodia, o sea, cuando Loyola
todavía era perseguido por pensar o predicar sin la aprobación o
consentimiento de la Iglesia, o en los mismos momentos en que escribe
Cervantes, sí hay qué juzgar, y toda la justicia, empañada por esa
interesada intromisión, se turba y se degrada con sus arbitrariedades.
Todo con el pretexto de salvar a España de la herejía, según puede
deducirse de los textos a los que conducen los referentes
“Porque ellos [los secuaces de Lutero] deshacen la penitencia;
quitan la oración e invocación de los santo; echan por el suelo
los sacramentos; persiguen las imágenes; hacen burla de
las reliquias; derriban los templos; mofan de las indulgencias;
privan las ánimas del purgatorio de los píos sufragios de los
fieles; y como furias infernales turban el mundo, revolviendo
cielo y tierra, y sepultando cuanto es de su parte la justicia,
la paz y religión cristiana. Todo lo contrario de los cual enseñó
este bienaventurado Padre y predican sus hijos” (Vida IV, XVI)
¿Qué justicia podrá recibir cualquier acusado de hereje cuando esa
es la opinión de quien en cualquier momento puede transformarse
en su juez?
También la justicia civil parece aludida a través de otro texto
de la Vida perteneciente a la última visita de Loyola a su tierra
en el año 1.535. Allí hizo vida de mendicante, y convenció a los
gobernantes para que se hicieran algunas reformas en las costumbres,
como la ya comentada del cabello de las doncellas. Pero además
se dedicó a predicar
“Estando,
pues, predicando, dijo que una de las cosas que le habían traído
a su tierra y subídole en aquel púlpito era querer dar satisfación
de cierta cosa que le había sucedido, y salir de congoja y remordimiento
de conciencia. Y era el caso que, siendo mozo, había entrado con
ciertos compañeros en cierta heredad, y tomado alguna cantidad
de fruta con daño del dueño, el cual, por no saber el malhechor,
hizo prender con falsa sospecha a un pobre hombre, y le tuvo
muchos días preso, y quedó infamado y con menoscabo
de su honra y hacienda; y nombróle desde el púlpito y pidióle
perdón, que estaba presente al sermón; y dijo que él había sido
el malo y perverso, y el otro sin culpa e inocente, y que por
este camino le había querido restituir públicamente la pérdida
de su buena fama y la de su hacienda (porque la justicia
le había condenado en cinco o seis ducados), con darle dos
heredades que él tenía, de las cuales allí, delante de todos,
le hacía donación” (Vida II, V)
Un pobre hombre culpado y castigado injustamente “con menoscabo
de su honra y hacienda”. La justicia del favor y el interés protege
a los poderosos y se ceba en los humildes, especialmente ahora que
la Iglesia ha invadido el lugar de los jueces y, desoyendo el mensaje
de Cristo, se ha convertido en instigadora de todos los
procesos.
“Las
doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho,
por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura
y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía
de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables
siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre
otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios
o por el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa
pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al
traste”
Mientras las doncellas antes se perdían por su propio gusto y voluntad,
ahora nunca están seguras, pues hasta por el aire puede entrarles
la amorosa pestilencia. La exageración es evidente, y su objetivo
ridiculizar los criterios eclesiásticos y su obsesivo interés por
la honestidad, e incluso otros matices que van desprendiéndose de
la lectura paralela de la Vida
“También
buscó manera para socorrer a muchas doncellas, y
evitar el peligro en que suele estar puesta su limpieza, o por
descuido o poca virtud de las madres, o por necesidad y pobreza
que tienen. Y para este efeto se fundó en Roma aquel loable y
señalado monesterio de santa Catalina, que comúnmente llaman de
Funariis, en el cual se recogen, como a sagrado, las doncellas
que se veen estar en peligro de perderse” (Vida III, IX)
Este celo de los religiosos sobre las doncellas en peligro de perderse
es probablemente la razón de donde surge la ironía de don Quijote
sobre su recogimiento. Hay también otro fragmento cursi e inapropiado,
cuya referencia al encerramiento viene muy a propósito para relacionarlo
con el irónico lenguaje cervantino. En ambos casos se emplea el
verbo “entrar” como desencadenante de la tragedia
“Ninguna
repuesta le dio N.P. de palabra; mas demudóse todo el rostro,
cubriéndole de un color de grana, y turbóse (por usar de las palabras
que me dijo el P. Laínez) como lo hiciera alguna castísima
y honestísima doncella, viendo a deshora entrar
un extraño en su encerramiento que la hallase sola”
(Vida V, III)
Ribadeneyra ha utilizado un símil tan inapropiado para un religioso
(“castísima y honestísima doncella”) que de puro devoto se convierte
en casi irrisorio. Quizás por eso Cervantes lo señala.
Vida Quijote
honestísima doncella doncellas
y la honestidad
entrar un extraño entra
la amorosa pestilencia
su encerramiento su
recogimiento
El empeño y celo de Loyola por la honestidad de las mujeres es,
en general, la base donde se inspira esta parte de la intervención
de don Quijote
“Y
era tanta la caridad y celo de nuestro bienaventurado Padre
para salvar las almas destas pobrecitas, que ni sus canas, ni
el oficio que tenía de prepósito general, eran parte para que
él mismo en persona dejase de llevarlas y de acompañarlas por
medio de la ciudad de Roma, cuando se apartaban de su mala vida,
colocándolas en el monesterio de santa Marta o en casa de algunas
señora honesta y honrada, donde fuesen instruidas en toda
virtud [...] Y no contento con esto nuestro Padre, para asegurar
más este punto tan esencial, y cerrar la puerta a los sucesos
de adelante, y tapar todos los agujeros a las importunidades,
que con la devoción y buen celo se suelen ofrecer, alcanzó
del papa Paulo III el año de 1549, que la Compañía no sea obligada
a recebir cargo de monjas, o de cualesquier otras mujeres religiosas”
(Vida III, IX y XIV)
¿No es esa frase “tapar todos los agujeros a las importunidades”
la fuente que inspira el temor de don Quijote “por los resquicios
o por el aire”?
También la pestilencia
y el desarrollo de diversas expresiones en torno al desprecio del
siglo (“Y agora, en estos nuestros detestables
siglos”) proceden de la Vida
“Y
porque habiendo necesariamente de tratar con los herejes, y con
otra gente desalmada y perdida (pues para ganar estos principalmente
la envió Dios) que por sus maldades y por la corrupción y miseria
deste nuestro siglo, desprecia y aborrece
el hábito de la Religión, le ha parecido que podrá tener mejor
entrada para desengañarlos, y ayudarlos, no teniendo ella ningún
hábito señalado y distinto del común” (Vida III, XXII)
“Apenas
en todos los siglos pasados ha habido desatino tan loco,
ni blasfemia tan horrible, ni dotrina tan impía y diabólica que
no haya revivido en nuestros días por medio de Lutero y sus secuaces”
(Vida II, XVIII)
“Habiendo
oído, hermanos en el Señor dilectísimos, la fama y olor suave
de la ejemplar conversación de vuestras Reverencias, de su saludable
dotrina, voluntaria pobreza y todas las demás virtudes, con las
cuales resplandecen en las tinieblas deste miserable siglo”
(Vida III, XII)
“Que
esto es proprio de los herejes, ser muy detestables
en sus maldades, y más en el modo y circunstancias con
que las cometen” (Vida II, XVIII)
La última frase (“dar con todo su recogimiento al traste”) se explica,
igualmente, a través de la Vida, donde “recogimiento” queda claramente
definido como enclaustramiento religioso o vida muy devota
“la
cual murió en recogimiento religioso, y fue siempre una
de las más devotas y bienhechoras de nuestra Compañía” (Vida I,
XIV)
“señoras
aún más ilustre en religión, recogimiento y toda virtud
que en sangre” (Vida III, VIII)
y
la expresión “al traste”, utilizada en sentido contrario al dado
por Ribadeneyra , pero tal vez con la idea de recrearse en otro
párrafo prototipo de lo seudodivinizante
“Mas
vengamos a las cosas que pertenecen a los nuestros, y son más
interiores y domésticas, y por eso más ciertas prendas
de la celestial virtud de donde ellas proceden. Primeramente
(hablo con vosotros, hermanos carísimos, que sabéis que digo
la verdad) ¿por cuántas, y cuán diversas y admirables
vocaciones ha traído Dios a la Compañía muchos que en ella están
casi de todas las naciones del mundo? Los cuales oyendo la voz
de Cristo que los llamaba, han dado al traste con
todas las esperanzas y vanidades deste engañoso y miserable
mundo” (Vida V, XIII)
También en el capítulo núcleo se encuentran referencias que apuntan
hacia esa lectura burlona en torno a la perdición de las doncellas
“A
perlados santos, a frailes perfetísimos, a sacerdotes sagrados,
a monjas religiosísimas, a doncellas honestas
y delicadas, a niños innocentes, a viejos por su edad y canas
venerables han perseguido, despedazado y muerto con extraña crudeza
y con tan espantosos y nuevos géneros de tormentos [...] Lea quien
quisiere las historias de nuestros tiempos, y hallaralas,
en lo que toca a lo que vamos tratando, llenas de lastimeros sucesos
y de crueldades increíbles. A muchas doncellas
castísimas, después de haberlas afrentado, por no querer dejar
la fe católica, han apretado los pechos entre las arcas o tórculos,
para que con despiadados dolores acabasen la vida” (Vida II, XVIII)
De aquí se desprende, en general, una idea similar a la del discurso
de don Quijote, pues en ambos casos hay una persecución de la que
no pueden escapar las doncellas. Don Quijote se refiere a la castidad
y Ribadeneyra a la herejía, aunque los dos tratan el asunto como
una pestilencia de la que resulta imposible
escapar.
“Para
cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo
más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros
andantes, para defender las doncellas, amparar
las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos”
Quizás sea en estos últimos fragmentos del discurso donde se encuentren
los paralelismos más evidentes con la Vida, pues también Ribadeneyra
expone en varias ocasiones los objetivos para los que fue creada
la Compañía
“Esto
es lo que toca a la resistencia de los herejes y a la conservación
y defensa de nuestra santa fe, para la
cual llamó Dios a nuestro B. P. e instituyó en tiempo
tan oportuno la Compañía”” (Vida II, XIX)
“Las
religiones de caballería y militares envió Dios
nuestro Señor a su Iglesia al tiempo que, por
estar ella oprimida de sus enemigos, era menester defenderla
con las armas en las manos” (Vida II, XVIII)
“nuestro
católico rey don Felipe, que, conforme a su apellido y renombre,
con su grandísima cristiandad, celo, vigilancia y poder ampara
y defiende la fe católica, oponiéndose como muro fortísimo
e inexpugnable al furor de los herejes, y dando brazo, aliento
y favor al santo Oficio de la Inquisición. El cual, para conservación
y defensa de la misma fe, la divina bondad con increíble
misericordia y providencia instituyó” (Vida II, XVIII)
No cabe la menor duda de que Cervantes, con ligeras variaciones,
ha copiado no sólo el sentido y el tono general, sino incluso las
mismas palabras. En otras muchas ocasiones repite Ribadeneyra estos
objetivos y, puede decirse, que de todos ellas toma Cervantes algún
pellizco
“Y
para hacer esto, debemos con la apostólica autoridad amparar
y defender, y mantener en su fuerza y vigor los institutos
de la dicha Compañía, que son como los cimientos y nervios del
socorro y servicio que ellos hacen a la religión católica”
(Vida III, XXIII)
“así
se comenzó y acabó aquella grande obra en el templo de santa Marta,
donde se instituyó una cofradía y hermandad que
se llama nuestra Señora de Gracia, que tiene cuidado de llevar
adelante esta obra, y de recoger, amparar y proveer
a semejantes mujeres” (Vida III, IX)
“Y
también es instituida para pacificar los desavenidos, para socorrer
y servir con obras de caridad a los presos de las cárceles
y a los enfermos de los hospitales” (Vida III, XXI)
“
Socorrer espiritualmente a los presos de la cárcel, y a
los pobres de los hospitales” (Vida III, XXII)
“No
menos trabajó en que se socorriese a la necesidad y soledad
de los huérfanos; y así por su consejo e industria se
hicieron dos casas en Roma, la una par los niños, y la otra para
las niñas que se hallan sin padre y madre y quedan desamparados”
(Vida III, IX)
Todos los fines propugnados por don Quijote se repiten con holgura:
amparar y defender doncellas y viudas, y socorrer a los huérfanos
y menesterosos; estos últimos los únicos explícitamente ausentes
de la Vida, pero implícitamente muy presentes en esas referencias
a presos, enfermos y desamparados.
Por otra parte, en el capítulo núcleo encontramos un sin fin de
referencias al objetivo fundamental de la Compañía, y otras instituciones,
de luchar contra la herejía
“Y
porque una de las cosas que más había de perseguir este dragón
y en que más se había de encarnizar y escupir la ponzoña de
su pestífera dotrina son las sagradas religiones, y en derribar
y extinguir los varones apostólicos que en ellas viven, para que,
faltando ellos como pastores y perros veladores, él, como lobo
matador y carnicero, más a su salvo hiciese estrago en el
rebaño de la santa Iglesia católica, con grandísima sabiduría
ordenó la divina providencia que se instituyese
una nueva orden para defender principalmente
nuestra santísima fe, cuyo instituto es socorrer
y ayudar a los soldados valerosos de las otras santas
religiones” (Vida II, XVIII)
se instituyese una nueva orden
se instituyó la orden
para defender
para defender
socorrer y ayudar
amparar...y socorrer
En general don Quijote utiliza, además de los vocablos, el mismo
tono informativo y atribuye a la orden de la caballería unos objetivos
(“se instituyó la orden de los caballeros andantes,
para defender las doncellas, amparar las viudas
y socorrer”) casi idénticos a los otorgados por Ribadeneyra
a la Compañía.
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