CAPÍTULO DIEZ

Aunque se inicia con el revelador y burlesco epígrafe trastocado, parodia de las manipulaciones de Ribadeneyra, el resto del capítulo es de transición. Se trata de una especie de mosaico a base de fragmentos y alusiones a la historia de la Compañía, pero tomando como fuente esencial la Vida, pues el Relato no ofrece prácticamente información de los movimientos realizados por Loyola y sus compañeros al alejarse de París en busca de un lugar donde reunirse y organizarse, que es más o menos el sentido de este capítulo itinerante.

 


    Desde su mismo epígrafe, “De lo que más le avino a Don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses”,  el capítulo 10 plantea una enorme incongruencia respecto a su contenido pues, como se ha repetido ampliamente, no se corresponde con lo narrado, ya que al vizcaíno ni siquiera se le menciona, y de los  yangüeses nada se dirá hasta el capítulo 15. Tan extraño desacuerdo entre título y contenido se  ha tratado de justificar de múltiples maneras [1] , aunque siempre considerándose como uno de los muchos errores del Quijote, atribuidos a la mala memoria de Cervantes o a posibles alteraciones en el orden de los capítulos.

   Pero la verdadera razón de tan curiosa anomalía no es un fallo, sino una nueva pista para denunciar algunas manipulaciones en la Vida de Ribadeneyra, cuyos procedimientos vuelven a ser motivo de la sarcástica e ingeniosa ironía cervantina.

    En la Introducción se ha visto cómo Ribadeneyra fue realizando, en las sucesivas ediciones de su Vida, grandes y pequeñas modificaciones con el objetivo, entre otros, de congratularse con los dominicos. Uno de estos detalles es un curioso error aparecido en el epígrafe del capítulo XV, Libro I, a partir de la edición de 1586.

   Analizando las distintas ediciones anteriores a esa de 1586, en ciertos aspecto considerada en su momento como definitiva, vemos que en dicho epígrafe se producen extrañas correcciones.

   En la versión latina de 1572 el capítulo XV se titulaba: “Salmanticae rursus comprehenditur et liberatur”, cuya traducción por el mismo Ribadeneyra para la edición de 1583 fue: “Cómo también en Salamanca fue preso, y dado por libre” 

    Pero en la edición de 1586  se produjo un cambio sorprendente, pues sin variar un ápice el contenido del capítulo, su epígrafe fue sustituido por: “Cómo fue a estudiar a la universidad de París y dado por libre”.  Hay una evidente incongruencia entre el lugar anunciado en este nuevo epígrafe (París) y el lugar donde se desarrollan los acontecimientos (Salamanca), habiendo además desaparecido la referencia a la prisión (fue preso/ fue a estudiar) de Salamanca. 

   ¿Se trata de un error de esta edición?  Parece ser que no, pues permanece en las siguientes, y además el título del capítulo XVI también ha sido ligeramente modificado para adecuarlo al cambio, o sea, que no se trata de un fallo, sino de una estrategia cuyo objetivo es despistar un poco al lector borrando, de índices y epígrafes, el nombre de Salamanca, ligado a unos acontecimientos tan deshonrosos para los dominicos que cuanto más se ocultaran, más lo agradecían.  Así que Ribadeneyra, dispuesto a hacer lo que fuera para congratularse con sus nuevos socios, encontró esta extraordinaria solución de, a modo de error, sustituir Salamanca por París, que es el próximo lugar a donde se dirigirá Loyola. 

   Precisamente el cambiazo se realiza a partir de la edición de 1586, es decir, la que incluye las dos cartas de Granada que, simbólicamente, anuncian la conformidad con el nuevo libro y el fin de las hostilidades.  O sea que, cuando Granada da su visto bueno a la biografía de Loyola, se supone que todos estos pequeños arreglos ya se han realizado e incluso que los mismos dominicos han sugerido dichos cambios.

   Que este es un procedimiento usual en Ribadeneyra lo demuestra un arreglo parecido hecho en la primera versión castellana de 1583, donde el epígrafe latino del capítulo XVI, IN PARISIENSEM ACADEMIAM STUDIORUM CAUSA CONTENDIT, se tradujo, COMO FUE A ESTUDIAR A LA UNIVERSIDAD DE PARIS. Esta vez se ha caído del epígrafe castellano la alusión a los enfrentamientos con la Iglesia (“causa contendit”), con lo que queda clara la intención de no resaltar en los títulos detalles del inconformismo ni de la persecución sistemática ejercida contra Loyola por la Iglesia, también en este caso con protagonismo de los dominicos.

 Cervantes capta la intencionalidad de estas manipulaciones, y remedando alegremente el procedimiento de poner títulos que no se corresponden con el contenido del capítulo, nos avisa ingeniosamente del truco de Ribadeneyra.

    Por supuesto la Compañía sintió el puyazo y el error fue enmendado en las ediciones posteriores a 1605 (no olvidar que la siguiente, según FN, no se produce   hasta 1863), donde el epígrafe del capítulo XV sí se corresponde con su contenido: CÓMO TAMBIÉN EN SALAMANCA FUE PRESO Y DADO POR LIBRE.  Los jesuitas, para ocultar la burla-denuncia cervantina, no sólo detuvieron las ediciones de la Vida a partir de la publicación del Quijote, sino que cuando la reeditan dos siglos y medio después, ya han borrado la pista dejada por Cervantes.  ¿Tiene todo esto que ver con la sorprendente decisión  tomada en 1780 por la Academia para cambiarlo “por el que leemos hoy: <<De todos los graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza, su escudero.>> [2] ?  Sería interesante comprobar de quién fue la idea, sus argumentos, etc., es decir, las sesiones en que se discute y aprueba.

   También resulta curiosa la postura de Fontes Narrativi respecto a este asunto del epígrafe.  El Volumen IV de dicha colección, considerada, con razón, como el no va más de la bibliografía y el análisis de la obra ignaciana,  está íntegramente dedicado a la Vida, ofreciendo a doble página la edición latina de 1586 (última preparada por el autor) y la castellana de 1605, con enorme profusión de notas y aclaraciones.  En la página 186, donde da comienzo el capítulo XV del primer libro, se lee a la izquierda:  “Salmanticae rursus comprehenditur et liberatur”,  y a la derecha: “Cómo fue a estudiar a la Universidad de París y dado por libre”.  Es decir, se ha respetado la incongruencia, aunque sin dar ni una sola explicación al respecto, a pesar de que Cándido Dalmases, a quien pertenece la edición, es un verdadero erudito en la materia y suele comentar y documentar la menor anomalía.

   En fin, el tan comentado error del Quijote  es, pues, otra estratagema para denunciar las sutiles artimañas de la Vida.

***

   En su conjunto el capítulo 10 puede decirse que es de transición pues, aunque está lleno de referentes a su núcleo central (Vida II, III), no parodia ningún episodio o capítulo concreto,  sino que parece formado a  base de pequeñas referencias generales, tomadas fundamentalmente de los capítulos próximos a los acontecimientos ocurridos a Loyola en París.  Su objetivo primordial es poner a don Quijote y Sancho de nuevo en el camino y dar aire a la narración.

   Se trata de una especie de mosaico a base de fragmentos  y alusiones a la historia de la Compañía, pero tomando como fuente esencial la Vida, pues el Relato no ofrece prácticamente información sobre los movimientos realizados por Loyola y sus compañeros al alejarse de París en busca de un lugar donde reunirse y organizarse, que es más o menos el sentido de este capítulo itinerante. Comienza así

“Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado  de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y,  antes que subiese, se hincó de rodillas delante dél y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
-Sea  vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que   en esta rigurosa [3] pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo”

   Tras el gran triunfo de don Quijote sobre el vizcaíno obtenido al final del capítulo 9, parodia del primer gran triunfo de Loyola sobre el maestro Govea, el caballero le perdona la vida con la condición de que vaya al Toboso y  se presente y ponga a disposición de Dulcinea.  Ante la incapacidad de respuesta del vizcaíno, nokeado en el suelo, las señoras del coche se comprometen a cumplir el mandato, y don Quijote les permite marchar, poniendo fin al capítulo y al episodio, pues el 10 se inicia con el narrador situado en el mismo escenario, pero fijando su atención en Sancho a partir del momento en que fue molido a coces por los mozos de los frailes, de ahí que resulte irónico ese “algo maltratado” con que el narrador atenúa la paliza, aunque en realidad se trata de un guiño al lenguaje profundo, ya que los compañeros de Loyola, a los que simboliza Sancho, fueron sacados con ímpetu y enojo y “medio arrastrando” del Hospital en que se habían refugiado y desde donde debieron seguir el desarrollo de la “batalla” librada por Loyola contra la universidad. 

“Estos vinieron  al  hospital  de Santiago  a  buscar  a sus amigos, y comenzaron  con  muy buenas palabras  a  persuadirles  que dejasen aquella  vida  tomada  por antojo  y persuasión de un hombre vano, y que se volviesen a  sus casas.  Y como no lo pudiesen acabar con ellos, usaron de ruegos, halagos,  promesas  y amenazas, valiéndose de las armas  que  les daba  su  afecto, y de todo el artificio que sabían.   Pero  como todo él no bastase, dejando las palabras vinieron a las manos;  y con grande ímpetu y enojo, por fuerza de armas, medio arrastrando los  sacaron de donde estaban, y los llevaron á aquella parte  de la ciudad donde está la universidad.  Y tanto les supieron  decir y hacer,  que  al fin les hicieron prometer  que  acabarían  sus estudios primero, y después podrían poner por obra sus deseos” (Vida II, II)

   Esta violencia empleada con los compañeros ha sido traducida por Cervantes como la paliza dada a Sancho por los mozos de los frailes, trasunto a su vez de los mozos universitarios capitaneados por Govea y los demás maestros.  Hay pues una doble acción y un doble escenario, por un lado la encerrona de Loyola en el colegio y la rendición de Govea cuya parodia ha finalizado en el capítulo 9, por otro la situación en que estaban sus seguidores, encerrados en el Hospital y, por lo tanto, alejados de él, es decir, en la misma situación de Sancho en el momento en que recibió la paliza de los mozos.  Por eso una vez visto el triunfo de su señor sobre el vizcaíno, Sancho, como ya hizo con los frailes, se dirige inmediatamente a él con la intención de pedirle las ganancias prometidas, igual que hicieron los seguidores de Loyola tras su triunfo sobre Govea.

   A grosso modo ese es el núcleo de la parodia, también repleta de cantidad de detalles y palabras-llaves ya conocidas, y otras nuevas que se irán incorporando.

   El recogimiento espiritual de Sancho (“rogaba a Dios en su corazón”) acentúa el sentido religioso de la parodia, que sigue sostenida sobre la ambivalencia del lenguaje de Ribadeneyra, antes con batalla y ahora con una expresión idéntica, arcaísmo incluido (“su señor...fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna ínsula”)

 “Y fue nuestro Señor servido de darles vitoria casi milagrosa, y que se ganase a los enemigos aquella tan fuerte plaza” (Vida IV, V)

   Además de repetirse íntegramente la frase, también se copia su contenido, ya que en ambos casos se trata de ganar-conquistar una plaza o ínsula para apoderarse de ella.

   Sancho, tras lo que él considera una gran victoria,  pues así ha descrito Ribadeneyra el triunfo de Loyola sobre Govea, ahora cree capaz a su amo de conseguirle el gobierno de la ínsula prometida,  igual que Loyola, según se adelanta en la Vida,  concederá a Govea “la conversión de la India oriental”

“El bien que desto sucedió, tomando Dios  nuestro Señor por instrumento a este doctor Govea para la conversión  de la India oriental, contarémoslo a los diez y seis capítulos deste segundo libro, porque aquel será su propio lugar." (Vida II, III)

   Del enfrentamiento entre Loyola y Govea derivó un “bien” que en última instancia es “la conversión de la India”, de ahí ese “por grande que sea” con que introduce Cervantes el celebrado recurso paródico del gobierno, en respuesta a un tema esencial de la Vida, las innumerables conquistas espirituales que, según Ribadeneyra, hacen sus compañeros, capaces de convertir al cristianismo a toda la China  (“que es una provincia grandísima”) y  a un  sin fin de islas y países en los lugares más recónditos del mundo.  Pero don Quijote, por ahora, no puede, pues sólo una vez que la Compañía esté fundada y confirmada e inicie su trabajo de expansión y conquista, estará en condiciones de otorgarle a Sancho su prometido gobierno.

   La idea de materializar en ínsulas y gobiernos los triunfos de don Quijote está ampliamente sugerida por Ribadeneyra en estos capítulos sobre los que gira la parodia, incluso con el mismo verbo ganar

“ <<Bueno es para mí,  decía  él, padecer; mas ¿qué será de los que ahora comienzan a entrar por la estrecha  senda de la virtud? ¿Cuántos con esta ocasión  tornarán atrás  del camino del cielo? ¿Cuántas plantas  tiernas  quedarán secas  sin  jugo  de devoción, o del todo  arrancadas  con  este torbellino?  Pues ¡cómo! ¿y sufriré yo con tan clara pérdida  de tantos  buscar  un poco de ganancia mía  espiritual?” (Vida II, II)

  Don Quijote volverá después a repetir que en estas primeras aventuras no se gana gran cosa, pues estamos en los prolegómenos, en la ascética de un largo camino espiritual.

   Sancho llega  hasta su amo, se hinca de rodillas ante él y le toma la mano (“se hincó de rodillas delante dél y, asiéndole de la mano”) de forma paralela a como lo hizo Govea ante Loyola

“Sin dejarle  hablar más palabra, tómale de la mano el  doctor  Govea; llévale  a  la pieza donde los maestros y discípulos  le  estaban esperando, y súbitamente puesto allí, con admiración y espanto de todos  los presentes,  se arroja a los pies de Ignacio, y  derra­mando de sus ojos afectuosas lágrimas le pide perdón" (Vida II, III)

   El mismo motivo utilizado para la rendición del vizcaíno sirve para la sumisión de Sancho que, parodiando la expresión de Ribadeneyra (“rigurosa sentencia”), ya utilizada en 9, califica el encuentro de “rigurosa pendencia”

   Sancho llega antes de que don Quijote monte a Rocinante, un nuevo referente a la función del caballo como símbolo del avanzar en la escritura, pues como todavía no está subido y no se mueve, la historia no avanza, sino que se recrea en detalles del mismo capítulo de la Vida. Así pues, el capítulo 10, como indica su epígrafe, sí habla de lo que “más le avino  a don Quijote con el vizcaíno”, pues hasta ahora se siguen parodiando los mismos sucesos del capítulo 9, es decir, la rendición de Govea, de forma que el epígrafe es un mensaje cifrado que anuncia, por un lado las artimañas de Ribadeneyra,  y por otro la continuación de la parodia sobre los sucesos parisinos.

“A lo cual respondió don Quijote:
- Advertid, hermano Sancho,  que esta aventura y las a esta semejantes no son  aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se   ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante”

   La impaciencia de Sancho, acólito en formación, por materializar sus triunfos, provoca esta explicación de don Quijote sobre el carácter de estas primeras aventuras, no de conquistas (“ínsulas”) sino de sacrificio (“encrucijadas”), en consonancia con la respuesta de Loyola a Govea, a quien ninguna cosa le agrada más que ser “azotado y afrentado por Cristo”, y además con las palabras también explicativas atribuidas a Loyola: “sirvamos agora  a Dios, con la voluntad y con el deseo de padecer, que cuando  sin detrimento  y sin daño de tercero se pueda hacer, le serviremos poniendo por obra el mismo padecer.>>”.  Ahora es tiempo de padecer, viene a decir este pequeño galimatías  que se complementa con otra frase semejante: “el amor de Dios, junto  con  un encendido deseo de padecer por   Jesucristo  y de sufrir por su nombre dolores y afrentas, le llevaba para que se ofreciese  alegremente  a la infamia y a los azotes que  a  punto estaban”.   La conclusión es que Loyola comprende y se congratula de este camino ascético previo a los posteriores frutos espirituales, lo mismo que, simbólicamente, ha dicho don Quijote al advertir a Sancho de que, por ahora, sólo debe esperar aventuras “donde no se gana otra cosa” que padecimientos.   El sentido metafórico de toda la respuesta viene advertido desde el principio, pues don Quijote dice referirse a la aventura del vizcaíno y a “las a esta semejantes”, tal como suele hacer Ribadeneyra

“Hecho todo esto, viendo nuestro B. P. que ya podía andar  por sus pies, y que sin él se podía conservar, se salía a fuera dando su lugar a otro. Y  poco a poco se aplicaba luego a comenzar otras semejantes obras” (Vida III, IX)

   Gracias a esa explicación extensiva, don Quijote crea un claro paralelismo entre las aventuras ascéticas de Loyola y las suyas, denominadas también aventuras por semejanza con la Vida

“dijo nuestro B. Padre al padre Láinez: “Decidme, maestro Láinez, que os parece que haríades si Dios nuestro Señor os propusiese este caso, y os dijese: Si tú quieres morir luego, yo te sacaré de la cárcel deste cuerpo y te daré la gloria eterna; pero si quieres aún vivir, no te doy seguridad de lo que será de ti, sino que quedarás a tus aventuras” (Vida V, II)

    Esa misma idea de aventuras y trofeos ha sido metafóricamente empleada por Ribadeneyra, y con un lenguaje retórico y más propio de un libro de caballerías que de una biografía religiosa

“Pues ¿cómo queréis vos por un antojo vuestro engañar nuestras esperanzas tan macizas y verdaderas, y dejarnos burlados a todos, despojar y desposeer nuestra casa de los trofeos de vuestras vitorias, y de los ornamentos y premios que de vuestros trabajos se le han de seguir?  Yo en una sola cosa os hago ventaja, que es en haber nacido primero que vos, y soy vuestro hermano mayor: pero en todo lo demás yo reconozco que vais adelante” (LI, III)

   En este dudoso fragmento de la conversación entre Loyola y su hermano coinciden muchos de los elementos existentes en los primeros párrafos del capítulo 10 pues, además de ese conventual tratamiento de “hermano” con que don Quijote se dirige a Sancho, también se repite la metáfora del triunfo material (“trofeos”) y el arcaísmo (“vitoria”) más arriba comentado.

   Don Quijote recomienda  paciencia (“Tened paciencia, que aventuras se   ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante”) porque está convencido de que a su debido tiempo llegarán las recompensas, tal como se deduce de la Vida

“Y queriendo nosotros cooperar con nuestra pobreza, y ayudar en esta santa obra a vuestras Reverencias, les rogamos y pedimos, por la caridad de aquel Señor, que no dudó ofrecer su ánima en la cruz por nosotros, que no reciban en vano la gracia del Señor, sino que perseveren en su santo propósito, y en todas las cosas se hayan como ministros de Dios, con mucha paciencia, y no desmayen entre los trabajos y peligros y persecuciones que se suelen ofrecer a todos los que quieren vivir cristianamente; porque si no desmayan, a su tiempo cogerán” (Vida III; XII)

   Además de la repetición de “ofrecer” y “paciencia”, el sentido de todo el párrafo viene resaltado por esa conclusión  final que, a pesar de estar hecha con un enunciado muy distinto, expresa el mismo sentido: espera que, a su debido tiempo, todo llegará.

“Agradecióselo mucho Sancho y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga [4] , le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase.  Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo”

   El ceremonioso comportamiento de Sancho se ajusta tanto a sus funciones de escudero-servidor agradecido, como a las de discípulo o seguidor presentando sus respetos.  En ambos casos viene a confirmar el liderazgo de don Quijote triunfador en esta batalla, o el de Loyola, que salió de París sin sus compañeros pero como líder indiscutible de un grupo con propósitos futuros.  La falda, dado el sentido amplio de esa palabra, también permite la asociación con el sayo largo que vestía Loyola. 

   Aunque en el Relato no se dice nada sobre el final de la amenaza que pesaba sobre Loyola en el colegio, sí se especifica que al día siguiente, muy de mañana y con mucho temor y solo, abandonó París antes de que “aclarase el día” (R, 79), tal vez por eso don Quijote sale “a paso tirado” y sin despedirse de las del coche, una aclaración del narrador sorprendente a estas alturas del episodio,  y que, por un lado, recuerda que hasta este momento los personajes no se han movido del escenario abierto al final del capítulo ocho, continuado en el nueve y mantenido hasta aquí, pues en estos momentos don Quijote por fin se aleja de las señoras, comprometidas a ir al Toboso, de la misma manera que Loyola se marcha precipitadamente de París sin hablar más con sus compañeros,  también comprometidos, por la fuerza, a continuar sus estudios hasta finalizarlos. Una momentánea separación tal vez sugerida por ese veloz distanciamiento creado entre amo y escudero.  Las dos expresiones subrayadas (sin... hablar más / entró por) nos remiten de nuevo al mismo capítulo de Govea

“Bueno es para mí (decía) el padecer, mas ¿qué será de los que ahora  comienzan a entrar por la estrecha senda de la virtud? ¿Cuántos con esta ocasión tornarán atrás del camino del cielo? ¿Cuántas plantas tiernas quedarán secas, sin jugo de devoción, o del todo arrancadas con este torbellino? Pues ¿cómo, y sufriré yo con tan clara pérdida de tantos, buscar un poco de ganancia mía espiritual?  [...] Sin dejarle hablar más palabra, tómale de la mano el doctor Govea ” (Vida II, III)

  ¿Es el bosque por donde entra don Quijote un símbolo de esa “estrecha senda de la virtud” por la que Loyola quiere llevar a sus discípulos?  La presencia del adverbio “atrás” en los dos textos parece un referente inequívoco,  pues el temor de Loyola es que sus seguidores se distancien de él y se alejen del camino virtuoso (“tornarán atrás”), tal como le ocurre a Sancho (“viéndose quedar atrás”).  No obstante, en su aspecto externo, esta idea del distanciamiento en el camino, parece estar inspirada en otro fragmento de la Vida donde Loyola se aleja de su compañero Fabro casi de la misma forma

“estando él  a la sazón con calentura, dejando al padre Láinez en el hospital y en la cama, toma el camino para Basán, vase a pie con el padre Fabro, con tanto fervor de espíritu y con tanta ligereza, que Fabro no podía tener a su paso ni alcanzarle, llevándole siempre delante de sí muy gran trecho” (Vida II, IX)

   Don Quijote se ha separado lo suficiente como para crear ese vacío, esa distancia correspondiente al tiempo que Loyola se separa de sus compañeros para después volver a juntarse con ellos.  Por eso Sancho corre y da voces a su amo para que le espere

“Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:
   - Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será  mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel que nos ha de sudar el hopo”

   Una vez detenido Rocinante, Sancho  propone irse “a retraer a alguna iglesia”.  Lo sugiere con mucha prudencia (“sería acertado”) aunque con doble intencionalidad, pues con esa expresión busca la concordancia con el lenguaje profundo, ya que los compañeros de Loyola, tras haberse separado en París, vuelven a reunirse con él en una iglesia, según explica Ribadeneyra en el capítulo siguiente a los sucesos de Govea, donde se informa sobre los compañeros que Loyola juntó en París y cómo decidieron seguirle

“Fabro escribe en un libro de sus meditaciones (que yo he visto) que antes de los Ejercicios nunca su ánima había podido hallar.  Y en este tiempo se determinó y propuso de seguir de veras a Ignacio.  Francisco Javier, aunque era también su compañero de cámara, se mostró al principio menos aficionado a seguirle [...] A los cuales dio Ignacio los ejercicios espirituales, en el mismo tiempo que los hizo Pedro Fabro, y por ellos se determinaron de seguirle.  Y desta manera se le fueron después allegando Simón Rodríguez Portugués, y Nicolás de Bobadilla, que es de cerca de Palencia.  Los cuales todos siete acabado su curso de Filosofía, y habiendo recibido el grado de Maestros, y estudiando ya Teología: el año de mil y quinientos y treinta y cuatro, día de la Asunción de nuestra Señora, se fueron a la iglesia de la misma Reina de los Ángeles llamada Mons martyrum, que quiere decir, el monte de los mártires, que está una legua de París” (Vida II, IV)

   Esa idea de seguir a alguien como discípulo (“determinó y propuso de seguir de veras a Ignacio”) es la que subyace en el movimiento de Sancho hacia don Quijote (“comenzó a seguir a su señor”), igual que el consejo (“sería acertado”) de retirarse a una iglesia. También Sancho refiere su temor a la santa Hermandad (“según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes”), tal vez por la posible reacción de los inquisidores ante el sorprendente perdón de Govea, ya que la única información del Relato al respecto es el miedo de Loyola por la mañana.  Volvamos al momento de la amenaza y a la forma de concluir el asunto

“Levantáronse en París grandes murmuraciones, máxime entre españoles, contra el peregrino; y nuestro maestro de Govea, deciendo que había hecho loco a Amador, que estaba en su colegio, se determinó y lo dijo, la primera vez viniese a santa Bárbara, le haría dar una sala por seductor de los escolares.
   El hespañol, en cuya compañía había estado al principio, y le había gastado los dineros, sin se los pagar se partió para Hespaña por vía de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo.  Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya, y viniéronle deseos de irle a visitar y ayudar; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejado el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios.
Y para poder conseguirlo, le venía el deseo de andar esas 28 leguas que hay de París a Ruán, a pie, descalzo, sin comer ni beber; y haciendo oración sobre esto, se encontraba con mucho miedo.  Al final fue a santo Domingo, y allí se decidió a andar del modo dicho, y habiendo ya pasado aquel temor grande que tenía de tentar a Dios. Al otro día, la mañana que debía partir, se levantó a buena hora; y comenzando a vestirse, le vino tanto temor, que casi le parecía no poder vestirse.  A pesar de aquella repugnancia salió de casa y también de la ciudad antes que aclarase el día.  Con todo, el miedo le duraba siempre y perseveró con él hasta Argenteuil, que es un castillo tres leguas alejado de París camino de Ruán, donde se dice que está la vestidura de Nuestro Señor.  Pasando aquel castillo con aquel trabajo espiritual, subiendo a un alto, le empezó a pasar aquella cosa, y le vino una gran consolación y esfuerzo espiritual con tanta alegría, que empezó a gritar por aquellos campos y a hablar con Dios etc.  Y se hospedó aquella noche con un pobre mendigo en un hospital, habiendo caminado aquel día 14 leguas; al otro día fue a albergarse en un pajar; el tercer día fue a Ruán: todo este tiempo sin comer ni beber, y descalzo, como había determinado.  En Ruán consoló a un enfermo y lo ayudó a embarcarse para España; y le dio cartas, dirigiéndolo a los compañeros que estaban en Salamanca, a saber, Calixto, Cáceres y Artiaga” (R, 78-79)

   No queda claro ni qué ocurrió con la amenaza de Govea, ni cuánto tiempo transcurre entre ella y el momento en que decide irse a “santo Domingo”,  ni si  “Al otro día” se refiere al siguiente de la amenaza.  Lo único evidente, aunque confuso cronológicamente, es el miedo que pasa por la noche y la salida precipitada por la mañana a Ruán (“antes que aclarase el día”), sin despedirse de sus compañeros, es decir, de la misma manera que don Quijote se aleja de Sancho (“a paso tirado”)  y de las del coche.  Tan rápido camina Rocinante que don Quijote tuvo  que frenarlo “hasta que llegase su cansado escudero”. Es decir, Loyola ha salido solo y precipitadamente de París, por lo que deberá juntarse con sus compañeros.  Por eso Sancho sugiere “que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia” que es, al parecer, lo hecho por Loyola, (“Al final fue a santo Domingo”), de ahí ese “sería acertado” y el miedo de Sancho a la santa Hermandad, al parecer alusivo al miedo (“le vino tanto temor” “el miedo le duraba siempre”) pasado por Loyola.

-Calla –dijo don Quijote-.  Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese cometido?
   -Yo no sé nada de omecillos –respondió Sancho-.  Ni en mi vida le caté a ninguno; sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto.
-Pues no tengas pena [5] , amigo –respondió don Quijote-; que yo te sacaré de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad.  Pero dime por tu vida: ¿has visto más valeroso [6] caballero [7] que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío [8] en acometer [9] , más aliento [10] en el perseverar [11] , más destreza [12] en el herir, ni más maña en el derribar?”

   Cuando don Quijote habla de caballeros sabemos que en el lenguaje profundo se refiere a los religiosos que practican el cristianismo apostólico, a los caminantes o peregrinos, por eso su pregunta, conociendo el analfabetismo de Sancho, es retórica. Pero la inocente respuesta parece conducir al lenguaje interno, pues él no escucha homicidio sino “omecillos”, o sea, enemistad, rencor o mala voluntad,  precisamente las razones que han desencadenado la persecución de Loyola. No deja de ser curioso que don Quijote, al contrario de Sancho, no le anteponga a la Hermandad el calificativo de “Santa”, sino que la nombra a secas (“Hermandad”), un detalle más con el que Cervantes refleja el rechazo de Loyola a estas instituciones que, en su opinión, no servían de gran cosa [13]

  Acto seguido, don Quijote hace a Sancho todas esas enfáticas preguntas cuyo origen vuelve a ser el libro de Ribadeneyra, en el que se atribuyen a Loyola, como indican las notas, todos esos rasgos especificados por don Quijote

“Y cierto  mirando bien lo que Ignacio era, y lo que hizo, no podemos dejar de confesar, que fue menester particularísimo y singular socorro del cielo, para acometer una empresa tan grande, y salir con ella,  pues fuerzas naturales, ni industria humana no bastaban.  Porque ¿cómo un hombre sin letras, soldado, y metido hasta los ojos en la vanidad del mundo, pudiera juntar gente y hacer compañía, y fundar religión, y extenderla en tan breve tiempo por todo el mundo con tanto espíritu, y gobernarla con tan grande prudencia, y defenderla de tantos encuentros con tanto valor, y con tanto fruto de la santa Iglesia, y gloria de Dios,  si el mismo Dios no le hubiera trocado y dádole el espíritu, prudencia y esfuerzo que para ello era menester? ¿Qué dechado tuvo delante, para sacar el traslado desta religión? ¿En qué libro leyó sus reglas, y constituciones, y avisos? ¿Quién le dio la traza, y el modelo desta Compañía, tan una en lo sustancial con todas las demás religiones, y tan diferente en cosas particulares, tan proporcionadas, y convenientes al estado presente de la Iglesia?”  (Vida I, VII)

   Además del tono interrogativo dominante en ambos fragmentos, también se repite, aunque simbólicamente, un contenido semejante por sus contextos              

VIDA                                           QUIJOTE
tanto valor                                           valeroso caballero
todo el mundo                                     todo lo descubierto de la tierra
En qué libro leyó                                  leído en historias
acometer una empresa                         brío en acometer
esfuerzo que para ello era menester      aliento en el perseverar  
En qué libro leyó sus reglas                  ni más maña
Quién le dio la traza...                          destreza en el herir

   No debe pasar desapercibida esa observación de Ribadeneyra (“metido hasta los ojos en la vanidad del mundo”) que también refuerza el sentido vanidoso de las preguntas de don Quijote, pues el mismo Loyola confiesa en el Relato que, en los prolegómenos de su carrera, estaba todavía atacado del pecado de vanidad.

   El verbo acometer, la idea de expansión por todo el mundo, la expresión “un punto” o esa metafórica “destreza en el herir”, símbolo de la capacidad seductora de Loyola, son constantes en la Vida.

“-La verdad sea - respondió Sancho - que yo no he leído ninguna historia [14] jamás, porque ni sé leer ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que estos atrevimentos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en las alforjas.

   Aunque la pregunta de don Quijote estaba inspirada en ese fragmento donde Loyola conversa con Laínez como experto en vidas de santos (“había leído todas las vidas de los santos que han fundado religiones”), la respuesta de Sancho debe seguir la línea ya establecida de hombre analfabeto, en paralelo a los primeros compañeros de Loyola en Alcalá, donde él era el único que sabía leer y escribir.

   También es muy probable el sentido metafórico de la herida en la oreja de don Quijote, pues a la época de París corresponde la siguiente respuesta de Loyola, donde aparece el verbo curarse asociado simbólicamente a heridas auditivas

“<<Cuando  yo,  dice, era sólo, no me curaba  destas  calumnias  y murmuraciones; mas ahora que tengo compañeros, estimo en mucho su fama  y buen nombre, por lo que toca a la honra de  Dios” (Vida II, II)

   Don Quijote debe curarse sus heridas igual que Loyola debe curarse-cuidarse de calumnias y murmuraciones (propagadas por el oído) para que no afecten a sus compañeros.

   Existe cierta analogía entre los atrevimientos que reprocha Sancho a su señor y las actividades arriesgadas de Loyola cuando pretende “mover” a los estudiantes  a sabiendas del problema que supone, por eso Sancho, además de mostrar sus lógicos temores, ruega a su amo que se cure, o sea, que se cuide de esas murmuraciones.

   “-Todo eso fuera bien escusado –respondió don Quijote- si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
   - ¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Sancho Panza.
Es un bálsamo - respondió don Quijote- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo.  Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana.
-Si eso hay - dijo Panza -, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres - respondió don Quijote.
   -¡Pecador de mí! - replicó Sancho -. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?
   -Calla, amigo - respondió don Quijote -, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera.

   La respuesta de don Quijote da entrada al famoso bálsamo de Fierabrás [15] , uno de los  temas más sugerentes a lo largo de la novela, y uno de los elementos más elaborados del discurso profundo, basado en otra metáfora divinizante existente en el siguiente fragmento de la Vida, donde se encuentran también todos los vocablos en negritas  y subrayados

“Habiendo pues salido, por la misericordia divina de las angustias, y apretura de las tentaciones pasadas, y viéndose ya en más anchura y libertad de corazón, no por eso aflojó punto del cuidado que tenía de sacar un vivo retrato de todas las virtudes de su alma.  Y el buen Jesús que es fiel y verdadero en sus palabras, y misericordiosísimo en sus obras, y que nunca deja ningún servicio por pequeño que sea sin galardón, quiso regalar a este siervo con alagos y consolaciones divinas, alumbrando con ellas su entendimiento, inflamando su voluntad, y esforzándole, y alentándole para todo lo bueno.  De tal suerte que a la medida de la muchedumbre de los dolores pasados que había sufrido en su corazón, alegrasen y regocijasen su ánima (como dice el Profeta), las consolaciones del Señor.  Y ansí aunque desde el principio trataba Dios a Ignacio, (según él solía decir), a la manera que suele un discreto, y buen maestro que tiene entre manos un niño tierno, para le enseñar, que va poco a poco, y no le carga de cosas, ni le da mucha lición, hasta que sepa y repita bien la pasada.  Pero después que con las tentaciones pasó adelante, y subió ya a la escuela de mayores, comenzóle Dios a enseñar dotrina más alta, y descubrirle cosas y misterios más soberanos.  De donde como él fuese devotísimo de la Santísima Trinidad, y a cada una de las personas divinas, tuviese devoción de rezar cada día su cierta y particular oración, un día estando en las gradas de la iglesia de Santo Domingo, rezando con mucha devoción las horas de nuestra Señora,  comenzóse a levantar en espíritu su entendimiento,  y representósele, como si la viera con los ojos, una como figura de la Santísima Trinidad, que exteriormente le significaba lo que él interiormente sentía.  Fue esto con tanta grandeza y abundancia de consuelo que ni entonces, ni después andando en una procesión que se hacía, era en su mano reprimir los sollozos, y lágrimas que su corazón y ojos despedían, las cuales duraron hasta la hora del comer.  Y aún después de comer no podía pensar ni hablar de otra cosa, sino del misterio de la santísima Trinidad.  El cual misterio explicaba con tanta abundancia de razones, semejanzas, y ejemplos, que todos los que le oían se quedaban admirados y suspensos.  Y desde allí se le quedó este inefable misterio tan estampado en el alma e impreso, que en el mismo tiempo comenzó a hacer un libro desta profunda materia, que tenía ochenta hojas, siendo hombre que no sabía más que leer y escrebir.  Y por toda la vida le quedaron como esculpidas en el alma las señales de tan grande regalo.  Porque siempre que hacía oración a la santísima Trinidad, la cual solía hacer a menudo, y gran rato cada vez, sentía en su alma grandísima suavidad del divino consuelo.  Y algunas veces era más señalada y particular la devoción que tenía con el Padre eterno, como con principio y fuente de toda la divinidad, y origen de las otras personas divinas.  Después otras con el hijo, y finalmente con el Espíritu santo, encomendándose y ofreciéndose a cada una de por sí,  y sacando juntamente de todas como de una primera causa, y bebiendo como de un plenísimo manantial y fuente de todas las gracias en abundancia, el sagrado licor de las perfetas virtudes.  En otro tiempo también con grande alegría de espíritu se le representó la manera que tuvo Dios en hacer el mundo.  El cual mucho después cuando contaba esta cosas él mismo decía, que no podía con palabras explicarlas” (Vida I, VII)

   Si tras leer este párrafo se compara con su única fuente [16] ,  es fácil apreciar la forma utilizada por Ribadeneyra para novelar libremente la historia, inflando la poca información del Relato a base de literatura religiosa y una prosa insoportablemente recargada de dobles adjetivos (angustias, y apretura / anchura y libertad / halagos y consolaciones, etc.),  ridículas exageraciones (muchedumbre de los dolores, etc.) o metáforas ñoñas de escuelas donde Dios enseña los “misterios más soberanos”.  Según Ribadeneyra, esas enseñanzas condujeron a Loyola a una  personal comprensión del misterio de la Trinidad, desde entonces “estampado en el alma e impreso”, y a una devoción diaria que proporciona a su “alma grandísima suavidad del divino consuelo”.  A partir de ese punto, Ribadeneyra va licuando progresivamente el “divino consuelo”, pues el Padre es  “principio y fuente” al que se van uniendo el hijo y el Espíritu santo, formando un “plenísimo manantial y fuente de todas las gracias ” del que Loyola fue “bebiendo [...] el sagrado licor

   Entre esas frases se encuentran la mayoría de las pistas dejadas por Cervantes para  identificar los orígenes del bálsamo de Fierabrás con ese sagrado licor que restituye a cualquier espíritu lesionado. Don Quijote tiene “la receta en la memoria”, en paralelo a Loyola que lo lleva “estampado en el alma e impreso”. Según don Quijote el bálsamo debe beberse, “me darás a beber”, pues Loyola fue “bebiendo” ese “sagrado licor” que Sancho define como “estremado licor” 

   El resto de la respuesta de don Quijote siempre permite el juego ambivalente, pues además de todas esas coincidencias de vocablos entre ambos párrafos, don Quijote vuelve a utilizar la simbólica “batalla” y una no menos ambivalente “silla”, muchas veces utilizada por Ribadeneyra como símbolo del papa.

“El cual poco antes que fuese levantado a la silla del sumo Pontificado, tuvo una gran disputa sobre esto con el Doctor Olave” (Vida III, XIV)

   El bálsamo es, pues, una bebida, “un consuelo” infalible para la Iglesia, pues aunque le faltara su cabeza visible, puede seguir  marchando si  se sustituye por otra “antes que la sangre se yele”, es decir, antes que el espíritu del antecesor se extinga.  Una idea de unión indisoluble, de reemplazo quitaipón, sugerida por la mención de silla como máximo símbolo institucional.  También en la Vida se encuentran los dos componentes restantes de esa metáfora utilizada por don Quijote (“cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo”)

“La primera noche, pues, se puso en consulta, si después que se apartasen y repartiesen en varias provincias por mandado del sumo pontífice, quedarían de tal manera unidos entre sí y tan juntos, que hiciesen un cuerpo, y de suerte que ninguna ausencia corporal, ni distancia de tierra, ni intervalo de tiempo fuese parte para entibiar el amor tan entrañable y suave con que ahora se amaban en Dios, ni el cuidado con que unos miraban por otros.  A esto respondieron todos con un corazón y con una voz, que debían reconocer este tan señalado beneficio y merced de Dios, de haber juntado hombres de tan diversas provincias y de naciones tan diferentes en costumbres naturales y condiciones, y hécholes un cuerpo y dádoles una voluntad y un ánimo tan conforme para las cosas de su servicio, y que nunca Dios quisiese que ellos rompiesen ni desatasen un vínculo de tanta unión, hecho milagrosamente de sola su omnipotente mano.  Especialmente que la unión y conformidad es muy poderosa para que se conserve la congregación, y para acometer en ella cosas arduas y salir con ellas, y también para resistir o llevar con paciencia las adversas." (Vida II, XIII)

   Todo el final de la respuesta de don Quijote es un prodigio paródico en torno a este fragmento de la Vida, anunciando la creación del cuerpo de la Compañía, objetivo central de la parodia en el siguiente capítulo. Al principio don Quijote, como otras veces, ha utilizado el término “batalla” para situarnos en un ambiente de peligrosidad donde el bálsamo pueda manifestar sus inmensas posibilidades.  Y dice que, cuando en una de esas batallas, le partan “por medio del cuerpo”, Sancho deberá coger la parte caída en el suelo y encajarla con la que hubiera quedado en la silla.  Hay una clara referencia a un acto de brusca separación (“partido por medio del cuerpo”) y a otro de inmediata reparación (“pondrás sobre la otra mitad”) que es, prácticamente, lo mismo dicho por Ribadeneyra al exponer el acuerdo al que llegaron los primeros jesuitas,  cuya esencia es que cuando se vieran obligados a separarse (“apartasen y repartiesen en varias provincias”) eso no sería obstáculo para que permaneciesen fuertemente unidos (unidos entre sí y tan juntos, que hiciesen un cuerpo”), o sea, la brusca separación se remedia con una voluntad de unidad espiritual, simbólicamente referida por Ribadeneyra con la metáfora de que todos juntos formasen un solo cuerpo, ya que el distanciamiento no debía ser causa “para entibiar el amor”, es decir, para enfriar esa unidad, lo que ha sido traducida por Cervantes con esa sutileza de pegar las mitades “antes que la sangre se yele”.  En ambos casos la temperatura -entibiar o helar- es el referente y la condición indispensable para el buen fin de la operación; en los jesuitas no debe enfriarse el amor que los une (“entibiar el amor tan entrañable y suave con que ahora se amaban en Dios”) y en don Quijote la sangre no debe helarse, es decir, debe mantenerse tibia para que la operación quirúrgica pueda realizarse con éxito. 

   Además de esos paralelismos profundos, la intervención de don Quijote está cuajada de matices.  Cuando se refiere a las muchas veces que los caballeros suelen ser partidos por  medio del cuerpo (“como muchas veces suele acontecer”), está jugando con una expresión abundante en la Vida

 “y puede acontecer, como muchas veces vemos que acontece” (Vida III, XIV)
“Esto es lo que principalmente me ha parecido decir de la vida y costumbres de nuestro santo padre Ignacio, para que su memoria (como suele acontecer en las cosas humanas) no se nos fuese envejeciendo y perdiendo poco a poco” (Vida V, XIII)

   Y a continuación aparece ese adverbio, “bonitamente”, cuyo significado suele ser, según el diccionario, “Con tiento, maña o disimulo” [17] , o sea, que según don Quijote toda esa operación hay que hacerla con tacto o, como dice más adelante, “con mucha sotileza”.  Pero además, don Quijote ha especificado que la parte caída al suelo deberá ajustarse con “la otra mitad que quedare en la silla", buscando de nuevo la concordancia con el fragmento de Ribadeneyra, pues ya vimos que la separación que podrían sufrir los jesuitas, estaba provocada por la decisión del papa (“después que se apartasen y repartiesen en varias provincias por mandado del sumo pontífice”), cuyo símbolo es la silla.  Don Quijote añade luego otro requisito: “advirtiendo de encajallo igualmente y al justo”, también inspirado en una nueva alusión al eufemismo empleado por Ribadeneyra para evitar mencionar la cojera de Loyola tras sus operaciones

“Pero por mucho que la desencogieron y estiraron, nunca pudo ser tanto que llegase a ser igual, al justo con la otra” (Vida I, I)

   ¿No es eso una sutil o bonita manera de referirse a la cojera? ¿No es toda la repuesta de don Quijote una burla continuada a tantas lindezas metafóricas?

   Don Quijote concluye su explicación con la tópica asociación manzana-salud (“Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana”) igualmente existente en la Vida.

   Tampoco la respuesta de Sancho, por ingenua que parezca, carece de doble sentido, pues su petición del bálsamo a cambio de la ínsula (“-Si eso hay - dijo Panza -, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese extremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente”)  es una referencia simbólica al galardón que, según Ribadeneyra, otorga Jesús por los buenos servicios

“Y el buen Jesús que es fiel y verdadero en sus palabras, y misericordiosísimo en sus obras, y que nunca deja ningún servicio por pequeño que sea sin galardón, quiso regalar a este siervo con halagos y consolaciones divinas” (Vida I, VII)

   En ambos casos se aprecia el sentido de pago, y se les llama servicio (“en pago de mis muchos y buenos servicios”). Y al igual que Loyola fue premiado con “halagos y consolaciones divinas”, Sancho prefiere cambiar su futuro gobierno por esos regalos recibidos directamente de la mano de Dios,  cuya rentabilidad espiritual debe ser mucho más alta que el gobierno de la ínsula prometida, símbolo de la conversión de un país.    Ribadeneyra dice en el mismo párrafo que Dios en esos tiempos “no le carga de cosas” a Loyola, es decir, le conduce casi directamente a esa maravillosa visión de la Trinidad, por eso Sancho tampoco quiere “otra cosa” en pago de sus servicios.

   Tanto en el lenguaje externo como en el profundo, Sancho nos parece un interesado comerciante, aunque en realidad lo que pretende es lograr, como Loyola, una ganancia duradera: “por toda la vida le quedaron como esculpidas en el alma las señales de tan grande regalo”, es decir, toda su vida se benefició de este gran privilegio otorgado por Dios, lo que ha sido traducido por Sancho como “no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente”.  E inmediatamente le pregunta a don Quijote sobre el coste del bálsamo,  a lo que responde repitiendo dos veces  el número tres (“Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres”), en torno al que gira todo el asunto del bálsamo, es decir, el misterio de la Trinidad, cuya cómica parodia le hace exclamar a Sancho ese “¡Pecador de mí!”, un guiño a la irreverencia del lenguaje profundo.

   En el resto de las frases cruzadas entre amo y escudero

“¡Pecador de mí! - replicó Sancho -. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?
   -Calla, amigo - respondió don Quijote -, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera”

flota la misma idea de enseñanza gradual que, según Ribadeneyra, Dios empleó con Loyola

“Y ansí aunque desde el principio trataba Dios a Ignacio, (según él solía decir), a la manera que suele un discreto, y buen maestro que tiene entre manos un niño tierno, para le enseñar, que va poco a poco, y no le carga de cosas, ni le da mucha lición, hasta que sepa y repita bien la pasada.  Pero después que con las tentaciones pasó adelante, y subió ya a la escuela de mayores, comenzóle Dios a enseñar dotrina más alta, y descubrirle cosas y misterios más soberanos

   En el fragmento aparece dos veces el verbo “enseñar” y el adjetivo “mayores”, ambos asociados al sentido de progresión espiritual con su correspondiente  recompensa. 

   La misma idea de enseñanza y gratificación se repite en otra frase de la Vida también  referida al misterio de la Trinidad

“Allí también se ve cómo era su entendimiento alumbrado y enriquecido con casi continuas y admirables revelaciones, de la santísima Trinidad, de la divina esencia, de la procesión, propiedad y operación de las divinas personas; y cómo era enseñado en aquel sacratísimo misterio, así con inteligencias interiores y secretas, como en figuras externas y sensibles. Y no eran breves estas visitaciones, ni como de paso estos regalos divinos, sino muy largos algunas veces, y de muchos días; y que en el aposento y en la mesa, dentro y fuera de casa le acompañaban, y con la fuerza de su grandeza le traían absorto y elevado, y como a hombre que vivía con el cuerpo en el suelo, y con el corazón en el cielo. No hay para qué contar por menudo cada cosa desta” (Vida IV, II)

   Esas visitaciones y regalos divinos son las que, en el fondo, han despertado el interés de Sancho.  La frase final del fragmento, tan inapropiada por su falta de veracidad, pues a estas alturas bien se sabe que si Ribadeneyra tuviera cualquier información al respecto no dudaría en escribirla, nos vuelve a recordar su estilo embaucador, pues el objetivo es hacer creer a sus lectores que, por modestia o pudor, guarda parte de la información secreta que posee.

   Don Quijote promete, pues, favorecer a su escudero y le pide ayuda  para el dolor de su oreja, pero curiosamente utilizando un plural coloquial (“curémonos”), que permite la consonancia con el sentido de grupo existente en la frase relacionada con la oreja: “<<Cuando  yo,  dice, era sólo, no me curaba  destas calumnias  y murmuraciones; mas ahora que tengo compañeros, estimo en mucho su fama  y buen nombre, por lo que toca a la honra de  Dios”.  Loyola debe cuidar de su fama y la de sus compañeros, simbólicamente heridos todos por calumnias y murmuraciones. Incluso el “más de lo que yo quisiera” es una expresión impropia de quien sufre un dolor y más apropiada de quien se queja de un hostigamiento.  El cuadro de concomitancias con el fragmento núcleo resalta la evidencia

                               Vida                                                                Quijote

                        todo                                                                 Todo
                        bien                                                                 bien
                        hacer                                                               hacer
                        tiempo                                                             tiempo
                        pensar                                                             pensar
                        Y ansí                                                              Y ansí
                        más que                                                          más que
                        viera                                                                vieres
                        que en                                                             que en
                        algunas veces                                                 muchas veces
                        suele                                                               suele
                        con mucha devoción                                       con mucha sotileza
                        quedaban...quedó...quedaron                        quedare...quedar
                        bebiendo                                                        beber
                        otra cosa                                                         otra cosa
                        bueno                                                              buenos
                        servicio                                                            servicios
                        sagrado licor                                                   estremado licor
                        tan grande regalo                                               más de a dos reales
                        pasados...pasada...pasó                                  pasar
                        vida                                                                 vida
                        sabía                                                                saber
                        Trinidad                                                             tres...tres
                        le enseñar                                                       enseñármele
                        escuela de mayores                                          mayores secretos...enseñarte
                        pensar                                                             pienso
                        dolores                                                            duele

   De pronto don Quijote aprecia que en el encontronazo con el vizcaíno quedó “rota su celada”,  y fue tal su desesperación que “puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo [18] , dijo:

-Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo”

   El juramento de don Quijote, rodeado de palabras y expresiones muy abundantes en la Vida  (Criador, santos, Evangelio, todas las cosas), está revestido de una gran formalidad, es ceremonioso, y en realidad toda una parodia burlesca sobre el siguiente fragmento 

“cuando vino la primera vez a Roma con Fabro y Láinez, visitando al Marqués de Aguilar (que entonces era Embajador del Emperador don Carlos en Roma) y hablando de diversas cosas, de plática en plática, vino el Marqués a darle a entender que no faltaba quien sospechase, que él so cubierta de pobreza y humildad, andaba pescando algún capelo, o dignidad.  A lo cual Ignacio no respondió con palabras, sino con obras.  Porque quitándose el bonete y hecha la señal de la cruz, con grande devoción y mesura, hizo voto allí delante del Marqués, de no aceptar dignidad ninguna, que fuera de la Compañía se le ofreciese, si no fuese obligándole a pecado el Vicario de Cristo nuestro Señor.  Y con esta respuesta, quitó entonces la falsa sospecha.  Y aún otra vez renovó el mismo voto delante de un Cardenal, por entender que había la misma necesidad, y por cerrar de su parte la puerta a los vanos juicios de los hombres, que comúnmente miden por sí a los demás” (Vida III, XIV)

   Indignado ante la falsa murmuración de que con sus buenas obras pretende “algún capelo” o sombrero cardenalicio, Loyola realiza delante del Marqués un voto o juramento muy formal, pues se quita el bonete, hace la señal de la cruz y “con grande devoción y mesura” jura no aceptar cargos fuera de la Compañía, salvo si le obliga “a pecado el Vicario”.  Los ingredientes de ambos votos-juramentos son prácticamente los mismos.  Don Quijote ha reaccionado ante la rotura de su celada o armadura de la cabeza, y a Loyola se le acusa utilizando el símbolo del capelo, también unido, como el bonete, a la cabeza.  Loyola hace la señal de la cruz y don Quijote pone la mano en la espada (“la espada tiene forma de cruz y sobre ella apoya su mano” [19] )  y  levanta los ojos al cielo, es decir muestra gran “devoción y mesura”. El narrador pone el resto de la parodia en boca de don Quijote, que inmediatamente después de haber cumplido con los prolegómenos indicados por Ribadeneyra, realiza el juramento: “al Criador de todas las cosas y a los Santos cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos”.  Con estas especificaciones don Quijote quiere darle a su juramento el mismo valor dado por Ribadeneyra a la promesa de Loyola, que al denominarla voto (“hizo voto allí delante del Marqués”) debe ir rodeada de ese tipo de formalidades referidas por don Quijote.  Y para no dejar lugar a dudas se menciona, en paralelo al  Marqués de Aguilar, al “grande marqués de Mantua”,  utilizando “grande” por la importancia que Ribadeneyra otorga al de Aguilar, al aclarar que era “Embajador del Emperador don Carlos en Roma”

   Ya se ha visto que la abstinencia es una constante en las penitencias de Loyola, y que en la Vida encontramos expresiones muy parecidas al juramento que acaba de hacer don Quijote

“Dando, pues, a Dios estas amorosas quejas y estos penosos gemidos, vínole al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse hasta alcanzarla. A cuya imitación propuso él también de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma, si ya no se viese por ello a peligro de morir” (Vida I, VI)

   Loyola se propone no comer ni beber para imitar a un santo, lo mismo que hace don Quijote aunque con la intención de imitar al marqués de Mantua. 

   Sancho replica  razonablemente

   “- Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.
   - Has hablado y apuntado muy bien - respondió don Quijote -; y así, anulo el juramento en cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero. Y no pienses, Sancho, que así a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien imitar en ello; que esto mesmo pasó, al pie de la letra, sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le costó a Sacripante”

   La nueva respuesta de don Quijote, anulando la parte de venganza del juramento, contiene su renovación y confirmación en lo referente a pobreza y castidad (“hacer la vida que he dicho”), y la advertencia de que su decisión no es vana (“a humo de pajas”) sino fruto de una idea preconcebida de imitar, como Loyola (“A cuya imitación”), los acontecimientos del capítulo IV,  donde Ribadeneyra cuenta lo que hicieron Loyola y sus compañeros tras los sucesos de París

“el año de mil y quinientos y treinta y cuatro, día de la Asunción de nuestra Señora, se fueron a la iglesia de la misma Reina de los Ángeles llamada Mons martyrum, que quiere decir, el monte de los mártires, que está una legua de París.  Y allí después de haberse confesado, y recebido el santísimo Sacramento del cuerpo de Cristo nuestro Señor, todos hicieron voto de dejar para un día que señalaron, todo cuanto tenían, sin reservarse más que el viático necesario para el camino hasta Venecia.  Y también hicieron voto de emplearse en el aprovechamiento espiritual de los prójimos, y de ir en peregrinación a Jerusalén, con tal condición que  llegados a Venecia, un año entero esperasen la navegación,  y hallando en este año pasaje, fuesen a Jerusalén, y idos procurasen de quedarse, y vivir siempre en aquellos santos lugares.  Mas si no pudiesen en un año pasar, o habiendo visitado los santos lugares, no pudiesen quedarse en Jerusalén, que en tal caso se viniesen a Roma, y postrados a los pies del sumo Pontífice, Vicario de Cristo nuestro Señor, se le ofreciesen para que su Santidad dispusiese dellos libremente, donde quisiese, para bien y salud de las almas.  Y de aquí tuvo origen el cuarto voto de las misiones que nosotros ofrecemos al sumo Pontífice cuando hacemos profesión en la Compañía. Y estos mismos votos tornaron a confirmar otros dos años siguientes, en el mismo día de la Asunción de nuestra Señora, y en la misma iglesia, y con las mismas ceremoniasDe donde también tuvo origen el renovar de los votos, que usa la Compañía, antes de la profesión” (Vida II, IV)

    Con su ceremonioso juramento don Quijote a quien realmente imita no es a Sacripante, sino a Loyola y sus compañeros pues, en ambos casos, se hace voto de pobreza y castidad y, en ambos, el voto o juramento (don Quijote jura pero un poco más adelante dice “yo te voto a Dios”) se renueva y confirma, empleando los dos el término confirmar, que vuelve a aparecer con profusión en la Vida con motivo de la confirmación de la Compañía 

“Habiendo escrito esto y queriéndolo imprimir ha llegado a mis manos una Bula nueva de nuestro muy santo Padre Gregorio XIII,  en la cual declara, aprueba, y confirma de nuevo el instituto de la Compañía, y todos sus privilegios, constituciones y estatutos en general;  y particularmente algunas cosas de las más sustanciales que dejo tratadas en este capítulo, que por parecerme que se entenderá mejor con esta Bula de su Santidad, la he querido poner aquí al pie de la letra como está” (Vida III, XXI)

   Coinciden en este fragmento dos de la expresiones (“confírmole de nuevo” y “al pie de la letra”) empleadas por don Quijote, al que Sancho responde

“Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío - replicó Sancho -, que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no, dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento, a despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de su vida.
Engáñaste en eso - dijo don Quijote -, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca a la conquista de Angélica la Bella.
   -Alto, pues; sea ansí - dijo Sancho -, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo luego”

   Aunque Sancho afirma no saber leer ni escribir, su anterior respuesta (“no merece otra pena si no comete nuevo delito”) nos va revelando su gran sentido de la equidad e incluso su cultura jurídica, y esta nueva intervención nos demuestra su sabiduría religiosa al plantear, con toda naturalidad, una cuestión de conciencia.  Según H. Hatzfeld la “conciencia” es el “concepto maestro de San Ignacio de Loyola [...]  Ante todas las meditaciones propone Ignacio una exacta investigación del estado de conciencia, un examen particular y un examen general, que deben ser realizados con frecuencia [...] Se recomienda un culto a la conciencia, emparentado con lo que hoy se llama psicoanálisis. [...] Así, se puede comprobar que con la misma lógica consecuencia que en San Ignacio, aparece la hipertrofia del término conciencia en Cervantes, siempre empleándose sin ostentación y casi inconscientemente, pero muy apropiado a los caracteres y a las situaciones” [20] .  Hatzfeld no sólo disparata constante y gratuitamente sobre la ideología contrarreformista de Cervantes, sino que como ha sido norma general de un sector de la crítica, le atribuye esa inconsciencia que, en sus exponentes más extremos, llega incluso a ver en el Quijote una casualidad de la que su autor ni siquiera se dio cuenta.

   Sin embargo, acierta Hatzfeld en su asociación de la palabra conciencia con el trasfondo ignaciano, ya que durante su estancia en París, Loyola estuvo dando los ejercicios espirituales a los jóvenes seguidores con quienes poco después acordaría fundar la nueva orden.  Sancho, como representante de todos ellos, está ahora acuciado por el término y rechaza cualquier compromiso que pueda provocarle escrúpulos de conciencia, por eso repudia un juramento cuyo cumplimiento no puede hacerse a rajatabla o lleva implícito algún comportamiento contrario a las leyes eclesiásticas, tal como él mismo recuerda al mencionar los problemas de salud que pueden acarrear las abstinencias  pretendida por su amo.  En general, a la respuesta de Sancho podría aplicársele la misma expresión de don Quijote, o sea, que no está hablando “a humo de pajas”, sino  basándose en la información de la Vida, donde se encuentran referentes a casi todas sus alusiones ascéticas

   -en daño de la salud