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CAPITULO UNOHidalguía, ocio, libros e influencias, deseos de imitación y restauración de principios y valores antiguos abandonados, e incluso la idea de una locura parcial, son conceptos tomados de los primeros capítulos del Relato e insuflados por Cervantes a don Quijote.
La idea del hidalgo ocioso a quien las excesivas lecturas le influyen hasta el punto de abandonar su casa y hacienda e irse por el mundo con el firme propósito de imitar a sus héroes y restablecer la antigua orden de la caballería, está implícita en el capítulo primero del Relato, donde Gonçalves muestra con brevedad el cambio originado en la vida del militar Íñigo de Loyola mientras se recupera de unas graves heridas de guerra
Por los cuales leyendo muchas veces, algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito. Mas dejándolos de leer, algunas veces se paraba a pensar en las cosas que había leído; otras veces en las cosas del mundo que antes solía pensar” (R, 5-6). El ocio obligatorio (“le era forzado) y esos dos libros religiosos le influyen tanto que, en apenas dos meses, abandona sus ya quebrados sueños de gloria militar y comienza a pensar en hacerse peregrino y en imitar a los santos. Deseos confirmados tras una “aparición” de la Virgen, de la que queda tan impresionado que hace voto privado de castidad y promesa de peregrinar a Jerusalén en cuanto sane. Esta rápida evolución no es muy del agrado de su familia, especialmente de su hermano mayor. De forma muy resumida esa es la esencia del primer capítulo del Relato, del que Cervantes toma ante todo la idea general del hombre ocioso y soñador al que los libros cambian su vida, y al que también, en ciertos aspectos, se le toma por loco, pues la familia de Loyola difícilmente pudo asimilar un giro tan radical y en tan poco tiempo. De hecho, el hermano mayor, que ocupa el lugar del padre, muestra una clara oposición e intenta convencerlo rogándole “no se eche a perder”. Lo mismo debieron pensar los restantes miembros de la casa solariega de Loyola, sorprendidos ante el inesperado cambio del valeroso militar que, tras renunciar a su herencia, inicia una larga peregrinación hasta Jerusalén. Él mismo cuenta en el Relato cómo en más de una ocasión le tomaron por loco. Sobre esta base de una personalidad y circunstancias paralelas, Cervantes mantiene desde el inicio la posibilidad de una doble lectura
El famoso comienzo del Quijote, aparentemente sólo literario, contiene ya alguna información velada, para cuya lectura es necesario ante todo conocer los complejos métodos cervantinos, los distintos niveles simbólicos contenidos en su obra y a los que se puede acceder desde cualquier punto aunque, en la mayoría de los casos, sólo progresivamente. El inicio de la novela forma parte de la simbología más oscura, entre otras cosas, porque en este primer capítulo se van a concentrar tantos paralelismos con la vida de Loyola que Cervantes está obligado a desdibujarlos al máximo para evitar la evidencia. O sea, estas primeras conclusiones sólo serán aceptables a medida que se vaya apreciando que no son un hecho aislado, sino un ingenioso plan organizado. Entre las conexiones de más difícil aceptación destaca el famoso inicio: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, cuyo paralelismo con la primera frase del Relato no es nada formal, aunque sí de contenido
Para entender este atípico comienzo del Relato es necesario imaginar a Loyola un año antes de su muerte, superior de una obra extendida por todo el mundo y en la que era reverenciado como símbolo de una nueva religiosidad. Algunos de sus compañeros ya habían escrito sobre él, y ahora le piden que él mismo lo haga. Y empieza con una frase sencilla, borrando de un plumazo toda su vida anterior al momento de su conversión. De su pasado prefiere no decir nada, ni lugar, ni fecha de nacimiento, ni familia, ni infancia. Su vida sólo cuenta desde el momento en que se entrega a Dios, llevando al límite esa idea del religioso que renuncia a sus orígenes. Cervantes imita ese comienzo, pues al utilizar la generalidad de “la Mancha” nos está anunciando que se trata de un caballero español del que se niega a decirnos su lugar de nacimiento (“no quiero acordarme”) [2] es decir, un acto de voluntariedad semejante al hecho por Loyola al callar el suyo. Así lo vio Unamuno, y sus palabras son tan aplicables al Quijote como al Relato, que él no llegó a conocer: “Nada sabemos del nacimiento de don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo” [3]
Cervantes no especifica el momento histórico en que vivió don Quijote, sólo dice que "no ha mucho tiempo", otra imprecisión acorde para la identificación con Loyola, de quien Ribadeneyra nos viene a decir lo mismo y con una expresión muy parecida
El “no [...] ha muchos siglos que pasó” se ha transformado en “no ha mucho tiempo que vivía”, sustituyendo “siglos” por “tiempo” y “pasó” por “vivía”, y manteniendo el paralelismo en el resto de la frase. Además Loyola era hidalgo [4] , o más precisamente hijodalgo de solar conocido, o sea, descendiente de familia con casa solariega, la de Loyola, y con derecho a don. De esa antigüedad y alcurnia da fe, según Leturia, el hecho de que se conozca su ascendencia desde 1221 [5] , aunque desde el momento en que comienza sus peregrinaciones y renuncia a sus derechos, se convierte en un hidalgo "sin linaje", y pobre [6] . Don Quijote también era un hidalgo pobre, aunque su hidalguía, como la de Loyola, parece de sangre, pues en su casa existen objetos emblemáticos de rancio abolengo que lo ratifican ("lanza en astillero, adarga antigua"), y él mismo confirma en el capítulo 21 esa ascendencia que de nuevo le identifica con Loyola
Incluso el rocín es también una referencia al Relato, pues aunque en el capítulo segundo Loyola se aleja de casa de su hermano “cabalgando en una mula”, en el noveno, vuelve a su tierra montado “en un rocín, que los compañeros le habían comprado” Igualmente el “galgo corredor” encuentra su referente en la casa solariega de Loyola, donde lógicamente tenían sus perros, según nos ratifica la historia: “Da el último toque al cuadro Potenciana de Loyola, al recordarnos los perros de caza que en vida de Ignacio había en el Palacio” [7]
Curiosamente Cervantes ha reducido la hacienda de don Quijote a sus comidas semanales y a su ropa y calzado, no incluyendo en ese concepto ni la casa que aparecerá inmediatamente ("su casa") ni las fanegas de tierra, pollinos y otras pertenencias que malvende a lo largo de la obra. Es decir, aunque don Quijote parece que tiene algunos bienes, según el narrador sus únicas posesiones son las humildes comidas diarias y su ropa, las mismas con que cuenta Loyola en estos inicios de la parodia, pues ha renunciado a cualquier tipo de propiedad desde el momento en que toma la decisión de hacerse peregrino. Sin embargo, todas estas referencias específicas y tan rebuscadas sobre la comida y ropa de don Quijote, son principalmente alusiones en clave a circunstancias de la vida de Loyola. La “olla de algo más vaca que carnero” parece una clara alusión al escudo familiar de los Loyola, donde están grabados toscamente dos lobos y una olla [8] . También la familia Loyola poseía, fundamentalmente, según sus historiadores, ganado vacuno, de ahí la asociación olla-vaca como sugerencia culinaria y a su vez identificativa de la familia
En la misma línea simbólica deben considerarse las restantes comidas, pues Ribadeneyra, fantaseando sobre los sacrificios de Loyola en los inicios de su carrera, explica que sufría fuertes tormentos espirituales
Cervantes ha transformado esta alimentación espiritual en platos culinarios, pues además de ironizar con la expresión quebranto, (lo que explica que sea el primero, según Murillo [10] , en utilizar esa locución gastronómica en forma escrita), ha sustituido los lloros o amargos llantos por duelos e, histriónicamente, esa abundancia o torrentera de lágrimas que pueden salpicar [11] ("las noches y días llorando") por "salpicón las más noches" Esa asociación de lo culinario con ideas ascéticas ya la hizo Morel-Fatio, que “explica la significación figurada de la frase, en esta forma: <<Quien dice abstinencia, dice también penitencia y mortificación, y he aquí por donde se justifica decir duelos” [12] , es decir, M. Fatio ya vio el sentido simbólico-mortificador oculto tras ese juego de palabras con doble sentido. Igualmente, la mención a las lentejas parece una referencia a la vigilia católica, dando a entender que don Quijote es un fiel cumplidor de los preceptos eclesiásticos, rasgo también heredado de Loyola, que en este primer capítulo del Relato se autocalifica como muy devoto. Pero curiosamente, la invención de todas estas metáforas seudo gastronómicas no pertenece a Cervantes, sino que es el mismo Ribadeneyra quien, con sus pinitos literarios, sugiere la idea de que Loyola desayunaba con afrentas e injurias
Todo el fragmento gira en torno a la comida, mezclándose lo simbólico (desayunar afrentas) con lo real (“dándole de comer”), o sea, el mismo doble juego (externo e interno) empleado por Cervantes, que también recurre al quebranto como referencia al “quebrantado” Igualmente la vestimenta de don Quijote responde a la ropa característica de una persona acomodada que no sale de casa, en correspondencia con la inmovilidad de Loyola, todavía un hombre acomodado a causa de sus heridas. Además, dichos ropajes parecen revestidos de pura ironía, pues el “sayo de velarte” sugiere una referencia al poco dormir de Loyola, que pasaba las noches en vela [13] . Una vez realizada esta primera ambientación externa, Cervantes se centra en el interior de la casa
De nuevo la relación entre el mundo familiar de ambos personajes vuelve a ser paralela. Loyola, tras ser herido, regresa a casa de su hermano mayor, donde será atendido por doña Magdalena de Araoz, su cuñada, y “sus jóvenes hijas, Magdalena y María” [14] . La primera, como el ama de don Quijote, debía sobrepasar los cuarenta, y sus hijas, no llegar a los veinte, especialmente la heredera de la casa de los Loyola, mencionada en la Vida en varias ocasiones [15] El ambiente femenino de la casa de don Quijote es, pues, paralelo a la situación de Loyola, postrado y rodeado por las mujeres de la casa, y alejado para siempre del temperamento guerrero dominante en el mundo de sus hermanos.El “mozo de campo y plaza”, que no volverá a mencionarse en el Quijote, también encuentra su referente en un criado de la casa de los Loyola, del que tampoco se volverá a hablar en el Relato ni en la Vida, y que lo mismo sirve para labores del campo como para las domésticas
Es decir, Loyola encarga a un criado de casa la realización de una gestión en Burgos, convirtiéndolo en “mozo de campo y plaza”, o sea, el que realiza tareas en el campo o en la ciudad, como el de don Quijote [16] . El narrador continúa informando
La constitución de don Quijote es también similar a la de Loyola
A Ribadeneyra le gusta presumir de conocimientos científicos, y suele utilizar cualquier pretexto para exhibirse, como ocurre en este pedante fragmento de tan escasa credibilidad, donde lo importante es mostrar su información sobre las nuevas teorías de los humores. Lo mismo califica a Loyola de cálido y colérico que de flemático y frío, todo con la idea de suavizar posteriormente esos extremos con grandes virtudes (“habiendo vencido”) y dar una imagen final de superhombre hecho a sí mismo, etc. Cervantes, que como iremos viendo aprovecha todos estos engaños seudocientíficos de Ribadeneyra para zaherirle, ha hecho una descripción mucho más concisa y acorde con la verdadera personalidad y aspecto de Loyola, firme en su temperamento y muy delgado (“seco de carnes, enjuto de rostro”) debido a sus ayunos, penitencias y otros trabajos espirituales. En definitiva, esas opiniones científicas del narrador sobre don Quijote, están inspiradas o parodian las de Ribadeneyra sobre Loyola, de forma que la tan recurrida teoría de los humores de Huarte de San Juan no llega al Quijote de primera mano, sino como burla irónica contra Ribadeneyra, en cuya Vida y aplicado a Loyola, también encontramos el vocablo “recio” [17] , y constantes referencias a su delgadez [18]
Con “Quieren decir” alude expresamente el narrador a la existencia de esos autores citados después (“autores que deste caso escriben”) que ya han escrito sobre este caso, y a los que él atribuye la autoría de sus fuentes informativas, aunque permitiéndose un punto de vista crítico, pues enseguida nos demuestra que él ya tiene su propia opinión (“conjeturas verosímiles” “importa poco”, “basta”) y que desconfía de alguna de esas fuentes. De nuevo la coincidencia con Loyola es total, pues sobre él sabemos que han escrito no sólo Gonçalves y Ribadeneyra, sino también un grupo de escritores anteriores (Laínez, Polanco, etc.) y otros posteriores. ¿A qué se refiere, pues, esa diferencia a cerca del sobrenombre de don Quijote? Se trata de otro divertido juego en torno a la evolución del nombre religioso de Loyola. Mientras en el Relato nunca se le cita por su nombre sino siempre como “el peregrino” [19] , Ribadeneyra, al principio de su Vida, además de ofrecer (en contra de la filosofía del Relato) todo tipo de detalles genealógicos y geográficos, recoge el cambio de denominación que hizo siendo ya religioso, para facilitar la pronunciación entre sus compañeros de distintas nacionalidades
Los "autores que deste caso escriben" mantienen pues algunas diferencias respecto al nombre, ya que frente a esa especie de humilde anonimato del peregrino, Ribadeneyra ha planteado esa precisa aclaración Íñigo-Ignacio que sirve a Cervantes de motivo humorístico (Quijada-Quesada) para ironizar ("importa poco") sobre los métodos de Ribadeneyra, muy interesado en informar ampliamente sobre lo superfluo aunque, según se irá viendo, faltando constantemente a lo esencial. Cervantes ha utilizado, como Ribadeneyra, el verbo llamar, "se deja entender que se llamaba Quijana", dando a su frase un sentido muy similar al de su referente. Marco Corradini lo resume así
Acto seguido, tras determinar que esas nimiedades sobre el nombre carecen de importancia, el narrador introduce su primera reflexión sobre la verdad, un tema lógicamente trascendental en el Quijote
Es una referencia a la verdad en abstracto, la verdad como condición mínima e indispensable en toda obra histórica. Loyola y Gonçalves, religiosos, lo habían cumplido, y Cervantes, como humanista e historiador, está comprometiéndose con ese precepto (“no se salga un punto”) e, indirectamente, acusando a Ribadeneyra de incumplirlo. En otras ocasiones volverá Cervantes a insistir en la obligación moral del historiador de decir la verdad claramente y sin tergiversaciones. Además, en ese párrafo se ha definido la historia de don Quijote como “caso” [21] (“autores que deste caso escriben”) y como “cuento” o invención literaria de entretenimiento, quedando de esta forma implícitamente definido por su autor como un género ambiguo formado de historia y literatura.
La situación de Loyola durante su convalecencia, incapaz de moverse y dedicado a la lectura, es similar a la de don Quijote, “ocioso” casi todo el año, y también dedicado a leer. Cervantes repite prácticamente la expresión de Relato: “era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías”, y además su sentido general, pues del superlativo anterior “muy dado a leer” se deduce la enorme afición de Loyola, que como veremos leía los mismos libros “muchas veces” No obstante, casi todo el sentido irónico de este párrafo procede del estilo de la Vida
La curiosidad, entendida como deseo de saber, es común a Loyola (“muy curioso, y amigo de leer”) y a don Quijote (“llegó a tanto su curiosidad”), y también la ociosidad activa de lectores, e igualmente la afición y gusto con que a ello se dedican. Ribadeneyra hasta explica la consecuencias enfermizas que puede provocar una afición excesiva a los libros, como en el caso de don Quijote
Incluso la frase hecha (“Es, pues, de saber que este”), también se encuentra en los primeros capítulos de la Vida: “es de saber que en este” (Vida I, III) El siguiente cuadro muestra esquemáticamente las muchas concomitancias entre ambos textos
El famoso párrafo del Quijote es, pues, una variación sobre el texto de la Vida, cuyo sentido general es igualmente paralelo, ya que Loyola, cuyo estado físico es de postración, debió poco a poco empezar a olvidar el ejercicio de la guerra, que ha sido traducido por Cervantes como ejercicio de la caza, dejando con ello a don Quijote con el mismo abandono de sus obligaciones cotidianas en el que se encontraba Loyola que, a partir de esos momentos, como don Quijote, no sólo renunció a sus derechos sino que también abandonó la administración de su hacienda, según puede leerse en la Vida
Y así como Loyola “se paraba a pensar en las cosas que había leído”, don Quijote recuerda pasajes de sus libros favoritos
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello” El escritor escogido por Cervantes para ridiculizar el estilo propio de los libros de caballerías que gustaban a don Quijote es Feliciano de Silva, “autor de fácil pluma [...] estilo hinchado y puerilmente afectado” [22] , en cuyos libros nadie ha encontrado esta frase concreta que le atribuye el narrador, quizás porque donde realmente debe buscarse es en la Vida, según se deduce de un párrafo muy parecido por su estilo hueco y afectado
Estas absurdas tautologías de Ribadeneyra son casi iguales a las seleccionadas por Cervantes, y se aprecia en ellas una irracionalidad que ni el mismo Aristóteles, como súmmum de la lógica, sería capaz de explicar. Mientras Ribadeneyra, en unas cuantas líneas, repite hasta cinco veces la referencia a Dios (“Dios” o “él”), Cervantes hace algo parecido con el vocablo “razón”, y al final del fragmento concentra, como en la Vida, un número similar de inútiles adjetivos con el factor común del referente “merecimiento”
Don Quijote enloquece buscando sentido a esas incomprensibles frases que, según el irónico narrador, le gustaban por su claridad o porque le "parecían de perlas" Otra coincidencia entre Loyola y don Quijote es que se desvelan, el primero tratando de orientar su vida y el segundo buscando sentido (“desvelábase”) a las intrincadas frases de sus libros
Prosigue el narrador
De nuevo un párrafo de inocente apariencia, introduce un par de alusiones a detalles ya tratados en el capítulo uno del Relato. La primera es la referida a las cicatrices de Loyola, herido en las dos piernas y operado primero por los franceses. Tras esa operación hubo que volver a intervenirle por tener los huesos desencajados y, luego, por tercera vez, para tratar de quedarlos estéticamente aceptables. Todo, según la escasa información del Relato y la amplia de Ribadeneyra, con alto riesgo de su vida y con grandes dificultades y dolores, e indudablemente lleno de cicatrices. Además de cicatrices, a Loyola le quedó, como resulta de aquellas intervenciones quirúrgicas, una manifiesta cojera que no se menciona en el Relato, y a la que Ribadeneyra se refiere tan eufemísticamente (“estirando y extendiendo poco a poco la pierna, y volviéndola a su lugar. Pero, por mucho que la desencogieron y retiraron, nunca pudo ser tanto, que llegase a ser igual al justo con la otra”) que en repetidas ocasiones Cervantes hará distintas e irónicas alusiones a ella. La segunda referencia del párrafo es la intención de don Quijote de continuar o dar fin a la historia de caballería (“muchas veces le vino deseo de tomar la pluma”), también con el mismo propósito de imitar el comportamiento de Loyola, a quien en este primer capítulo “le vino al pensamiento de sacar algunas cosas en breve más esenciales de la vida de Cristo y de los Santos”. El referente obvio es la expresión “le vino”, más la intención de continuar obras ya comenzadas en ambos casos. Don Quijote no pudo realizar su deseo de completar el libro porque “otros mayores y continuos pensamientos” se lo estorbaban, tal como, según Ribadeneyra, le ocurre a Loyola, acuciado por sus pensamientos
Los abundantes pensamientos de Loyola se reparten entre el “Señor” y el demonio, tal vez por eso el narrador del Quijote haya especificado irónicamente que “mayores” pensamientos le estorbaban para escribir el libro.
La ironía del narrador recae ahora sobre el panorama de la universidad española de mediados del XVI (representada por la de Sigüenza y sus, burlescamente, doctos alumnos), donde la religión ocupa el lugar preeminente de una cultura cuyos objetivos son las discusiones bizantinas “sobre cuál había sido mejor” santo, pues a ellos se está refiriendo el narrador cuando, solapadamente, sustituye sus nombres por el de personajes de los libros de caballerías. Es decir, el cura y el barbero hablan, lógicamente, de santos, que es prácticamente sobre lo único que, sin temor, la sociedad española podía hablar en aquellos momentos de represión. Los ejemplos del narrador sobre dichas discusiones dejan constancia de sus niveles: tenía muy acomodada condición, no era melindroso ni llorón, pero sí valiente. O sea que, tanto el cura como el barbero, representantes de la cultura de su época, comentan sus lecturas sin capacidad de análisis ni de crítica, tal como solía suceder con los libros religiosos y tal como puede verse en la Vida, donde aparecen comparaciones semejantes sobre milagros
y reflexiones sobre la condición o la valentía
Respecto al llanto (“no era tan llorón como su hermano”) ya iremos viendo que las múltiples referencias existentes en el Quijote, se corresponden con las muchas ocasiones en que Ribadeneyra menciona los continuos éxtasis llorosos de Loyola.
La imagen de don Quijote enfrascado en sus lecturas y sin dormir también procede del Relato y la Vida, pues Loyola, que pasa su tiempo leyendo libros de santos, se consuela mirando "el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio", o sea que dormía poco. En realidad, casi todo el sentido y forma de esa primera parte del fragmento está compuesto en base a otros dos fragmentos de la Vida, pues a don Quijote “se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”, como a Loyola
Cervantes ha repetido irónicamente esas repelentes frases, a las que cómicamente añade la coletilla “de turbio en turbio” Según el narrador a don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer y poco dormir (“del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro”), enfermedad que, según Ribadeneyra, también les ataca a quienes realizan sin freno otro ejercicio intelectual como la meditación o la oración
A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola le entran ganas de “obrar lo que leía”
La excesiva lectura es, en definitiva, la causante del cambio de ambos, pues mientras don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías, a Loyola, las lecturas piadosas y sus todavía persistentes sueños de caballero, le inclinan al fin a imitar a los santos, y decide hacer las mismas cosas que los más famosos hicieron. La evolución sicológica está perfectamente señalada en el Relato
A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola, la sucesión de pensamientos que le producen sus lecturas, le llenan la cabeza de fantasías. O sea, el proceso hacia lo que puede entenderse como locura religiosa de Loyola es exactamente el mismo seguido por don Quijote hacia su locura caballeresca, por eso, en muchas ocasiones de la obra, se comentará su normalidad mental en cuanto se le saca de ese asunto. Recordemos que las primeras lecturas de Loyola son precisamente recopilaciones de vidas de santos [23] , dos libros típicos de la literatura religiosa de la época, una Vida de Cristo Cartujano [24] y una especie de antología o recopilación de Vida de los Santos o Flos Sanctorum. De ahí ese deseo de imitar las muchas acciones que cada uno había realizado
Ya en el siglo XVIII, el reverendo John Bowle, defendía estas mismas ideas:
Esto no es mera floritura de la pluma de un francés, sino que es muy justamente deducible del informe de Rivadeneira sobre él, de un examen limpio y cándido del que se puede extraer un paralelismo entre ambos. Nos encontramos a un Loyola en época temprana de su vida que está loco por los romances, “muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías” Cambió a estos por las vidas de santos comúnmente llamados “Flos sanctorum”, que leía con un celo tal que tomó la determinación inmediata de imitarlos y poner en práctica lo que leía: “y a querer imitar y obrar lo que leía” Justo de la misma manera en que nuestro caballero se decidió al punto de imitar lo mejor posible los pasajes que había leído en “sus” libros” [25] Queda, pues, claro el paralelismo existente entre el proceso evolutivo seguido por Loyola y don Quijote, ambos estimulando su imaginación con lecturas y soñando con emular a los más famosos santos o caballeros. Loyola quiere imitar a san Francisco y a santo Domingo, y Don Quijote al Cid o al Caballero de la Ardiente Espada, da lo mismo que uno sea un personaje histórico y otro ficticio, pues las leyendas existentes sobre ambos eran tan ficticias (de ahí esa irónica frase explicativa “según dice la historia”) como las creadas en torno a los santos admirados por Loyola, al que vemos hablando consigo mismo (“todo su discurso era decir consigo”) y citando expresamente a los santos que desea imitar, tal como hace don Quijote (Decía él) hablando solo y nombrando y admirando a sus héroes. Las concomitancias con estos párrafos del Relato y la Vida vuelven a ser evidentes
En sus inicios Loyola quiere imitar a los santos en sus acciones externas, confundía, según el mismo explicará después, la espiritualidad con los “grandes exteriores” y pensaba que para ser santo era suficiente con imitar los gestos externos de los más famosos, de ahí sus deseos de hacer lo mismo que san Francisco o santo Domingo, transformados ahora en sus nuevos héroes [26] . También don Quijote quiere imitar a los héroes de sus libros por sus hazañas, así que las raíces de la locura de don Quijote, sus deseos de imitar a los caballeros y redimir al mundo [27] , se encuentran en el libro de Gonçalves, pues Cervantes se inspira en la fantasía vehemente y exaltada de Loyola que, en sus ensueños, proyecta el "mundo ficticio de los libros sobre el mundo real que le circunda [...] su locura no origina una pérdida de la facultad del entendimiento, ni le deja en manos del instinto irracional, sino que procede de la misma agudeza de su espíritu y de su natural imaginativo, que le hace vivir absorto en la ficción y el ensueño" [28] . Estos razonamientos de Vilanova sobre don Quijote son fácilmente extrapolables a la personalidad de Loyola según el Relato, y así parece que lo vio Cervantes, pues los sueños de gloria militar y su evolución hacia un ideal divino, son los mismos atribuidos a don Quijote, cuya voluntad era "ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban" Leturia demuestra con varias comparaciones cómo Loyola, durante su convalecencia, no sólo se influye de los libros leídos, sino que los imita y los toma por modelo para sus inicios y primeras peregrinaciones. Por ejemplo, del Flos Sanctorum
La misma influencia recibe, sigue Leturia, de la Vita Christi Cartujano
En definitiva, el proceso de iniciación y transformación de don Quijote es totalmente paralelo al seguido por Loyola, con la historia y la literatura como alimentos de ese mismo espíritu aventurero.
En este párrafo, en cuya primera línea aparece el vocablo “pensamiento”, tan abundante en el fragmento ya citado del Relato, Cervantes resume la situación sicológica de su personaje, del que diagnostica haberse vuelto loco por la extraña idea de hacerse caballero andante, una vieja profesión ligada en principio a la religión, pues tiene su origen en los siglos XIII y XIV en las llamadas “Societates fratrum peregrinantium propter Christum que agrupaban a los franciscanos y dominicos que deseaban ir a evangelizar China [...] es más bien posible, siguiendo una tendencia tan frecuente en la España de antaño, una traslación al plano religioso de los viajes efectuados por aquellos caballeros andantes, cuyas proezas habían maravillado tanto la juventud de Íñigo como la de Santa Teresa: el apóstol errante es un caballero andante <a lo divino>” [31] El interior de don Quijote es, pues, el de un caballero andante a lo divino, un peregrino en camino hacia una meta altruista, y cuyo aspecto externo es el de un caballero tal como lo pintan los libros de caballerías. Curiosamente las dos vertientes concurren también en el primer Loyola, y en todo caso ambas están unidas por la igualdad de ideales que las generan, pues las causas de la determinación tomada por don Quijote puede decirse, al igual que las de Loyola, que coinciden con "los más altos ideales del humanismo cristiano" [32] , hacer por todo el mundo hechos heroicos en defensa de la humanidad y de su república con el fin de lograr "eterno nombre y fama". Don Quijote busca la fama eterna, la misma que pretende alcanzar Loyola con la santidad, y su intención, aunque no llegó a salir nunca de España, es “irse por todo el mundo”, algo que sí hizo Loyola, viajando y extendiendo la Compañía por todo el mundo. Casi todas las expresiones de Cervantes vuelven a proceder de los primeros capítulos de la Vida, de donde se extrae esa idea de ejercitarse (verbo emblemático en la prosa de la Compañía) en las armas o en la fe en busca de “eterno nombre y fama”
A lo largo de la Vida (podrían ponerse otros ejemplos) se repiten esos conceptos imitados por Cervantes para fijar la personalidad y los orígenes de don Quijote. En el último fragmento, por ejemplo, está presente no sólo la idea de universalidad que pretende don Quijote, sino la del provecho o servicio que con sus ejercicios recibe la república. En realidad, casi todos los verbos o expresiones empleadas por el narrador encuentran relación con algún fragmento de la Vida, así, por ejemplo, el verbo deshacer (“deshaciendo todo género de agravio")
o los peligros y fama (“ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”)
Ese deseo de fama eterna pretendido por don Quijote queda perfectamente matizado en la continuación
La ironía de Cervantes atribuyendo a don Quijote sueños de coronación, deriva de su análisis del Relato, pues ¿no sueña Loyola, cuando según él todavía sólo piensa en exteriores, con llegar a ser coronado santo? ¿no es lógico deducir que tras sus deseos de imitar a san Francisco o santo Domingo se esconde una última pretensión de alcanzar como ellos la eterna santidad? Cervantes parodia la ingenuidad del mismo Loyola imaginando que era fácil llegar a ser santo ("Imaginábase el pobre ya") y compasivamente le llama “el pobre”, también un calificativo utilizado por Ribadeneyra
El valor es también una constante en el ánimo de don Quijote (“valor de su brazo”) y de Loyola
Y la “priesa” del caballero “a poner en efeto lo que deseaba” parodia igualmente la prisa de Loyola, deseando restablecerse para ponerse inmediatamente en camino ("todo estaba embebido en la ida que pensaba presto hacer" R, 12)
Además de la expresión casi exacta imitada por Cervantes, todo el fragmento de la Vida está imbuido de la misma idea de dar comienzo a algo que bulle en la cabeza.
En la Vida se repite insistentemente el símbolo de las armas
en relación a la fortaleza espiritual que progresivamente adquiere Loyola. Por eso don Quijote ahora acondiciona unas viejas armas que son, en general, una metáfora de la pureza evangélica pretendida por Loyola, cuya idea es revivir el cristianismo apostólico, la doctrina de caridad y amor abandonada desde hacía muchos años por la Iglesia, cuyo adocenamiento es el polvo metafórico existente sobre las armas con que don Quijote va a imitar a Loyola. El sentido simbólico lo ratifica esa especie de error que supone la incongruencia temporal entre "bisabuelos" y "luengos siglos", considerada siempre como uno de los muchos lapsus cervantinos, pues si las armas pertenecían a sus bisabuelos, no debería decir luengos siglos, ya que "debían de ser de finales del XV o principios del XVI" [33] . Pero el error no existe dentro del discurso interno, donde las armas de don Quijote son el símbolo paródico de la pobre vestimenta escogida por Loyola ("el vestido que determinaba de traer" R,16), perteneciente a los cristianos primitivos y por tanto en desuso desde hacía varios siglos, y olvidada, en el sentido del abandono y degradación a que había llegado la Iglesia. Por eso el parentesco "sus bisabuelos" no es sanguíneo, sino simbólico-espiritual. Esta simbología de las armas es común a los libros de caballerías, como puede verse, por ejemplo, en el Tirante el Blanco, donde un ermitaño explica al joven protagonista la significación simbólica de todos los útiles de los caballeros: la lanza es larga para impedir que se acerquen quienes quieran hacer mal a la Iglesia, la espada corta para defender y hacer daño a quienes quieran atacar a la Iglesia, “las correa de la espada significan que como el cavallero las ciñe por medio del cuerpo, ansí ha de ser ceñido de castidad. El pomo de la espada significa el mundo [...] El cavallo significa el pueblo” [34] etc. Cervantes no copia estos símbolos, que en sí ya los lleva su caballero, sino el procedimiento, creando su propia simbología, tanto para las armas como para su caballo o su dama, etc. Ribadeneyra recurre constantemente en los primeros capítulos al símbolo de las armas, y con sus palabras explica claramente el sentido de olvido al que Cervantes se refiere cuando dice “luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón”
Los paralelismos formales y de contenidos son evidentes, pues además de la expresión estar puesto en olvido, hay una clara alusión al pasado remoto (antiguos tiempos / luengos siglos) al que remiten ambos textos.
La limpieza de las armas y la búsqueda de una celada [35] como elemento defensivo para la cabeza, forman parte del proceso de investidura de don Quijote como caballero andante y, a su vez, son símbolos de la evolución de Loyola hacia su religiosidad. Don Quijote limpia y adereza sus viejas armas “lo mejor que pudo”, significando la voluntad de Loyola de entregarle a la Iglesia su pureza, según el mismo Ribadeneyra especifica en el capítulo II de la Vida, donde Loyola, todavía impedido por las heridas de su pierna, tiene una visión celestial
A partir de esta aparición, Loyola aborrece su pasado y queda limpio para siempre, pues “desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla”. Eso es lo que Cervantes ha traducido como la limpieza de armas realizada por don Quijote, apoyándose, tal vez, en esa sugerencia de quitar y raer “como con la mano” toda la suciedad. Ahora, pues, ya puede decirse que don Quijote, como Loyola, está limpio, o sea, con sus armas puestas al día. Pero entonces se percata de un grave defecto, y es que carece de celada, de casco, según su acepción militar, para la protección de la cabeza. Aunque externamente Cervantes se refiere a esa pieza de la armadura, en el lenguaje profundo está utilizando otra de las acepciones de celada (emboscada para asaltar al enemigo), precisamente la empleada por Ribadeneyra en esos mismos capítulos II y III que están sirviendo de fuente para todo lo referente a las armas y vestidura de don Quijote
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