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CAPITULO UNOHidalguía, ocio, libros e influencias, deseos de imitación y restauración de principios y valores antiguos abandonados, e incluso la idea de una locura parcial, son conceptos tomados de los primeros capítulos del Relato e insuflados por Cervantes a don Quijote.
La idea del hidalgo ocioso a quien las excesivas lecturas le influyen hasta el punto de abandonar su casa y hacienda e irse por el mundo con el firme propósito de imitar a sus héroes y restablecer la antigua orden de la caballería, está implícita en el capítulo primero del Relato, donde Gonçalves muestra con brevedad el cambio originado en la vida del militar Íñigo de Loyola mientras se recupera de unas graves heridas de guerra
Por los cuales leyendo muchas veces, algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito. Mas dejándolos de leer, algunas veces se paraba a pensar en las cosas que había leído; otras veces en las cosas del mundo que antes solía pensar” (R, 5-6). El ocio obligatorio (“le era forzado) y esos dos libros religiosos le influyen tanto que, en apenas dos meses, abandona sus ya quebrados sueños de gloria militar y comienza a pensar en hacerse peregrino y en imitar a los santos. Deseos confirmados tras una “aparición” de la Virgen, de la que queda tan impresionado que hace voto privado de castidad y promesa de peregrinar a Jerusalén en cuanto sane. Esta rápida evolución no es muy del agrado de su familia, especialmente de su hermano mayor. De forma muy resumida esa es la esencia del primer capítulo del Relato, del que Cervantes toma ante todo la idea general del hombre ocioso y soñador al que los libros cambian su vida, y al que también, en ciertos aspectos, se le toma por loco, pues la familia de Loyola difícilmente pudo asimilar un giro tan radical y en tan poco tiempo. De hecho, el hermano mayor, que ocupa el lugar del padre, muestra una clara oposición e intenta convencerlo rogándole “no se eche a perder”. Lo mismo debieron pensar los restantes miembros de la casa solariega de Loyola, sorprendidos ante el inesperado cambio del valeroso militar que, tras renunciar a su herencia, inicia una larga peregrinación hasta Jerusalén. Él mismo cuenta en el Relato cómo en más de una ocasión le tomaron por loco. Sobre esta base de una personalidad y circunstancias paralelas, Cervantes mantiene desde el inicio la posibilidad de una doble lectura
El famoso comienzo del Quijote, aparentemente sólo literario, contiene ya alguna información velada, para cuya lectura es necesario ante todo conocer los complejos métodos cervantinos, los distintos niveles simbólicos contenidos en su obra y a los que se puede acceder desde cualquier punto aunque, en la mayoría de los casos, sólo progresivamente. El inicio de la novela forma parte de la simbología más oscura, entre otras cosas, porque en este primer capítulo se van a concentrar tantos paralelismos con la vida de Loyola que Cervantes está obligado a desdibujarlos al máximo para evitar la evidencia. O sea, estas primeras conclusiones sólo serán aceptables a medida que se vaya apreciando que no son un hecho aislado, sino un ingenioso plan organizado. Entre las conexiones de más difícil aceptación destaca el famoso inicio: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, cuyo paralelismo con la primera frase del Relato no es nada formal, aunque sí de contenido
Para entender este atípico comienzo del Relato es necesario imaginar a Loyola un año antes de su muerte, superior de una obra extendida por todo el mundo y en la que era reverenciado como símbolo de una nueva religiosidad. Algunos de sus compañeros ya habían escrito sobre él, y ahora le piden que él mismo lo haga. Y empieza con una frase sencilla, borrando de un plumazo toda su vida anterior al momento de su conversión. De su pasado prefiere no decir nada, ni lugar, ni fecha de nacimiento, ni familia, ni infancia. Su vida sólo cuenta desde el momento en que se entrega a Dios, llevando al límite esa idea del religioso que renuncia a sus orígenes. Cervantes imita ese comienzo, pues al utilizar la generalidad de “la Mancha” nos está anunciando que se trata de un caballero español del que se niega a decirnos su lugar de nacimiento (“no quiero acordarme”) [2] es decir, un acto de voluntariedad semejante al hecho por Loyola al callar el suyo. Así lo vio Unamuno, y sus palabras son tan aplicables al Quijote como al Relato, que él no llegó a conocer: “Nada sabemos del nacimiento de don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo” [3]
Cervantes no especifica el momento histórico en que vivió don Quijote, sólo dice que "no ha mucho tiempo", otra imprecisión acorde para la identificación con Loyola, de quien Ribadeneyra nos viene a decir lo mismo y con una expresión muy parecida
El “no [...] ha muchos siglos que pasó” se ha transformado en “no ha mucho tiempo que vivía”, sustituyendo “siglos” por “tiempo” y “pasó” por “vivía”, y manteniendo el paralelismo en el resto de la frase. Además Loyola era hidalgo [4] , o más precisamente hijodalgo de solar conocido, o sea, descendiente de familia con casa solariega, la de Loyola, y con derecho a don. De esa antigüedad y alcurnia da fe, según Leturia, el hecho de que se conozca su ascendencia desde 1221 [5] , aunque desde el momento en que comienza sus peregrinaciones y renuncia a sus derechos, se convierte en un hidalgo "sin linaje", y pobre [6] . Don Quijote también era un hidalgo pobre, aunque su hidalguía, como la de Loyola, parece de sangre, pues en su casa existen objetos emblemáticos de rancio abolengo que lo ratifican ("lanza en astillero, adarga antigua"), y él mismo confirma en el capítulo 21 esa ascendencia que de nuevo le identifica con Loyola
Incluso el rocín es también una referencia al Relato, pues aunque en el capítulo segundo Loyola se aleja de casa de su hermano “cabalgando en una mula”, en el noveno, vuelve a su tierra montado “en un rocín, que los compañeros le habían comprado” Igualmente el “galgo corredor” encuentra su referente en la casa solariega de Loyola, donde lógicamente tenían sus perros, según nos ratifica la historia: “Da el último toque al cuadro Potenciana de Loyola, al recordarnos los perros de caza que en vida de Ignacio había en el Palacio” [7]
Curiosamente Cervantes ha reducido la hacienda de don Quijote a sus comidas semanales y a su ropa y calzado, no incluyendo en ese concepto ni la casa que aparecerá inmediatamente ("su casa") ni las fanegas de tierra, pollinos y otras pertenencias que malvende a lo largo de la obra. Es decir, aunque don Quijote parece que tiene algunos bienes, según el narrador sus únicas posesiones son las humildes comidas diarias y su ropa, las mismas con que cuenta Loyola en estos inicios de la parodia, pues ha renunciado a cualquier tipo de propiedad desde el momento en que toma la decisión de hacerse peregrino. Sin embargo, todas estas referencias específicas y tan rebuscadas sobre la comida y ropa de don Quijote, son principalmente alusiones en clave a circunstancias de la vida de Loyola. La “olla de algo más vaca que carnero” parece una clara alusión al escudo familiar de los Loyola, donde están grabados toscamente dos lobos y una olla [8] . También la familia Loyola poseía, fundamentalmente, según sus historiadores, ganado vacuno, de ahí la asociación olla-vaca como sugerencia culinaria y a su vez identificativa de la familia
En la misma línea simbólica deben considerarse las restantes comidas, pues Ribadeneyra, fantaseando sobre los sacrificios de Loyola en los inicios de su carrera, explica que sufría fuertes tormentos espirituales
Cervantes ha transformado esta alimentación espiritual en platos culinarios, pues además de ironizar con la expresión quebranto, (lo que explica que sea el primero, según Murillo [10] , en utilizar esa locución gastronómica en forma escrita), ha sustituido los lloros o amargos llantos por duelos e, histriónicamente, esa abundancia o torrentera de lágrimas que pueden salpicar [11] ("las noches y días llorando") por "salpicón las más noches" Esa asociación de lo culinario con ideas ascéticas ya la hizo Morel-Fatio, que “explica la significación figurada de la frase, en esta forma: <<Quien dice abstinencia, dice también penitencia y mortificación, y he aquí por donde se justifica decir duelos” [12] , es decir, M. Fatio ya vio el sentido simbólico-mortificador oculto tras ese juego de palabras con doble sentido. Igualmente, la mención a las lentejas parece una referencia a la vigilia católica, dando a entender que don Quijote es un fiel cumplidor de los preceptos eclesiásticos, rasgo también heredado de Loyola, que en este primer capítulo del Relato se autocalifica como muy devoto. Pero curiosamente, la invención de todas estas metáforas seudo gastronómicas no pertenece a Cervantes, sino que es el mismo Ribadeneyra quien, con sus pinitos literarios, sugiere la idea de que Loyola desayunaba con afrentas e injurias
Todo el fragmento gira en torno a la comida, mezclándose lo simbólico (desayunar afrentas) con lo real (“dándole de comer”), o sea, el mismo doble juego (externo e interno) empleado por Cervantes, que también recurre al quebranto como referencia al “quebrantado” Igualmente la vestimenta de don Quijote responde a la ropa característica de una persona acomodada que no sale de casa, en correspondencia con la inmovilidad de Loyola, todavía un hombre acomodado a causa de sus heridas. Además, dichos ropajes parecen revestidos de pura ironía, pues el “sayo de velarte” sugiere una referencia al poco dormir de Loyola, que pasaba las noches en vela [13] . Una vez realizada esta primera ambientación externa, Cervantes se centra en el interior de la casa
De nuevo la relación entre el mundo familiar de ambos personajes vuelve a ser paralela. Loyola, tras ser herido, regresa a casa de su hermano mayor, donde será atendido por doña Magdalena de Araoz, su cuñada, y “sus jóvenes hijas, Magdalena y María” [14] . La primera, como el ama de don Quijote, debía sobrepasar los cuarenta, y sus hijas, no llegar a los veinte, especialmente la heredera de la casa de los Loyola, mencionada en la Vida en varias ocasiones [15] El ambiente femenino de la casa de don Quijote es, pues, paralelo a la situación de Loyola, postrado y rodeado por las mujeres de la casa, y alejado para siempre del temperamento guerrero dominante en el mundo de sus hermanos.El “mozo de campo y plaza”, que no volverá a mencionarse en el Quijote, también encuentra su referente en un criado de la casa de los Loyola, del que tampoco se volverá a hablar en el Relato ni en la Vida, y que lo mismo sirve para labores del campo como para las domésticas
Es decir, Loyola encarga a un criado de casa la realización de una gestión en Burgos, convirtiéndolo en “mozo de campo y plaza”, o sea, el que realiza tareas en el campo o en la ciudad, como el de don Quijote [16] . El narrador continúa informando
La constitución de don Quijote es también similar a la de Loyola
A Ribadeneyra le gusta presumir de conocimientos científicos, y suele utilizar cualquier pretexto para exhibirse, como ocurre en este pedante fragmento de tan escasa credibilidad, donde lo importante es mostrar su información sobre las nuevas teorías de los humores. Lo mismo califica a Loyola de cálido y colérico que de flemático y frío, todo con la idea de suavizar posteriormente esos extremos con grandes virtudes (“habiendo vencido”) y dar una imagen final de superhombre hecho a sí mismo, etc. Cervantes, que como iremos viendo aprovecha todos estos engaños seudocientíficos de Ribadeneyra para zaherirle, ha hecho una descripción mucho más concisa y acorde con la verdadera personalidad y aspecto de Loyola, firme en su temperamento y muy delgado (“seco de carnes, enjuto de rostro”) debido a sus ayunos, penitencias y otros trabajos espirituales. En definitiva, esas opiniones científicas del narrador sobre don Quijote, están inspiradas o parodian las de Ribadeneyra sobre Loyola, de forma que la tan recurrida teoría de los humores de Huarte de San Juan no llega al Quijote de primera mano, sino como burla irónica contra Ribadeneyra, en cuya Vida y aplicado a Loyola, también encontramos el vocablo “recio” [17] , y constantes referencias a su delgadez [18]
Con “Quieren decir” alude expresamente el narrador a la existencia de esos autores citados después (“autores que deste caso escriben”) que ya han escrito sobre este caso, y a los que él atribuye la autoría de sus fuentes informativas, aunque permitiéndose un punto de vista crítico, pues enseguida nos demuestra que él ya tiene su propia opinión (“conjeturas verosímiles” “importa poco”, “basta”) y que desconfía de alguna de esas fuentes. De nuevo la coincidencia con Loyola es total, pues sobre él sabemos que han escrito no sólo Gonçalves y Ribadeneyra, sino también un grupo de escritores anteriores (Laínez, Polanco, etc.) y otros posteriores. ¿A qué se refiere, pues, esa diferencia a cerca del sobrenombre de don Quijote? Se trata de otro divertido juego en torno a la evolución del nombre religioso de Loyola. Mientras en el Relato nunca se le cita por su nombre sino siempre como “el peregrino” [19] , Ribadeneyra, al principio de su Vida, además de ofrecer (en contra de la filosofía del Relato) todo tipo de detalles genealógicos y geográficos, recoge el cambio de denominación que hizo siendo ya religioso, para facilitar la pronunciación entre sus compañeros de distintas nacionalidades
Los "autores que deste caso escriben" mantienen pues algunas diferencias respecto al nombre, ya que frente a esa especie de humilde anonimato del peregrino, Ribadeneyra ha planteado esa precisa aclaración Íñigo-Ignacio que sirve a Cervantes de motivo humorístico (Quijada-Quesada) para ironizar ("importa poco") sobre los métodos de Ribadeneyra, muy interesado en informar ampliamente sobre lo superfluo aunque, según se irá viendo, faltando constantemente a lo esencial. Cervantes ha utilizado, como Ribadeneyra, el verbo llamar, "se deja entender que se llamaba Quijana", dando a su frase un sentido muy similar al de su referente. Marco Corradini lo resume así
Acto seguido, tras determinar que esas nimiedades sobre el nombre carecen de importancia, el narrador introduce su primera reflexión sobre la verdad, un tema lógicamente trascendental en el Quijote
Es una referencia a la verdad en abstracto, la verdad como condición mínima e indispensable en toda obra histórica. Loyola y Gonçalves, religiosos, lo habían cumplido, y Cervantes, como humanista e historiador, está comprometiéndose con ese precepto (“no se salga un punto”) e, indirectamente, acusando a Ribadeneyra de incumplirlo. En otras ocasiones volverá Cervantes a insistir en la obligación moral del historiador de decir la verdad claramente y sin tergiversaciones. Además, en ese párrafo se ha definido la historia de don Quijote como “caso” [21] (“autores que deste caso escriben”) y como “cuento” o invención literaria de entretenimiento, quedando de esta forma implícitamente definido por su autor como un género ambiguo formado de historia y literatura.
La situación de Loyola durante su convalecencia, incapaz de moverse y dedicado a la lectura, es similar a la de don Quijote, “ocioso” casi todo el año, y también dedicado a leer. Cervantes repite prácticamente la expresión de Relato: “era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías”, y además su sentido general, pues del superlativo anterior “muy dado a leer” se deduce la enorme afición de Loyola, que como veremos leía los mismos libros “muchas veces” No obstante, casi todo el sentido irónico de este párrafo procede del estilo de la Vida
La curiosidad, entendida como deseo de saber, es común a Loyola (“muy curioso, y amigo de leer”) y a don Quijote (“llegó a tanto su curiosidad”), y también la ociosidad activa de lectores, e igualmente la afición y gusto con que a ello se dedican. Ribadeneyra hasta explica la consecuencias enfermizas que puede provocar una afición excesiva a los libros, como en el caso de don Quijote
Incluso la frase hecha (“Es, pues, de saber que este”), también se encuentra en los primeros capítulos de la Vida: “es de saber que en este” (Vida I, III) El siguiente cuadro muestra esquemáticamente las muchas concomitancias entre ambos textos
El famoso párrafo del Quijote es, pues, una variación sobre el texto de la Vida, cuyo sentido general es igualmente paralelo, ya que Loyola, cuyo estado físico es de postración, debió poco a poco empezar a olvidar el ejercicio de la guerra, que ha sido traducido por Cervantes como ejercicio de la caza, dejando con ello a don Quijote con el mismo abandono de sus obligaciones cotidianas en el que se encontraba Loyola que, a partir de esos momentos, como don Quijote, no sólo renunció a sus derechos sino que también abandonó la administración de su hacienda, según puede leerse en la Vida
Y así como Loyola “se paraba a pensar en las cosas que había leído”, don Quijote recuerda pasajes de sus libros favoritos
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello” El escritor escogido por Cervantes para ridiculizar el estilo propio de los libros de caballerías que gustaban a don Quijote es Feliciano de Silva, “autor de fácil pluma [...] estilo hinchado y puerilmente afectado” [22] , en cuyos libros nadie ha encontrado esta frase concreta que le atribuye el narrador, quizás porque donde realmente debe buscarse es en la Vida, según se deduce de un párrafo muy parecido por su estilo hueco y afectado
Estas absurdas tautologías de Ribadeneyra son casi iguales a las seleccionadas por Cervantes, y se aprecia en ellas una irracionalidad que ni el mismo Aristóteles, como súmmum de la lógica, sería capaz de explicar. Mientras Ribadeneyra, en unas cuantas líneas, repite hasta cinco veces la referencia a Dios (“Dios” o “él”), Cervantes hace algo parecido con el vocablo “razón”, y al final del fragmento concentra, como en la Vida, un número similar de inútiles adjetivos con el factor común del referente “merecimiento”
Don Quijote enloquece buscando sentido a esas incomprensibles frases que, según el irónico narrador, le gustaban por su claridad o porque le "parecían de perlas" Otra coincidencia entre Loyola y don Quijote es que se desvelan, el primero tratando de orientar su vida y el segundo buscando sentido (“desvelábase”) a las intrincadas frases de sus libros
Prosigue el narrador
De nuevo un párrafo de inocente apariencia, introduce un par de alusiones a detalles ya tratados en el capítulo uno del Relato. La primera es la referida a las cicatrices de Loyola, herido en las dos piernas y operado primero por los franceses. Tras esa operación hubo que volver a intervenirle por tener los huesos desencajados y, luego, por tercera vez, para tratar de quedarlos estéticamente aceptables. Todo, según la escasa información del Relato y la amplia de Ribadeneyra, con alto riesgo de su vida y con grandes dificultades y dolores, e indudablemente lleno de cicatrices. Además de cicatrices, a Loyola le quedó, como resulta de aquellas intervenciones quirúrgicas, una manifiesta cojera que no se menciona en el Relato, y a la que Ribadeneyra se refiere tan eufemísticamente (“estirando y extendiendo poco a poco la pierna, y volviéndola a su lugar. Pero, por mucho que la desencogieron y retiraron, nunca pudo ser tanto, que llegase a ser igual al justo con la otra”) que en repetidas ocasiones Cervantes hará distintas e irónicas alusiones a ella. La segunda referencia del párrafo es la intención de don Quijote de continuar o dar fin a la historia de caballería (“muchas veces le vino deseo de tomar la pluma”), también con el mismo propósito de imitar el comportamiento de Loyola, a quien en este primer capítulo “le vino al pensamiento de sacar algunas cosas en breve más esenciales de la vida de Cristo y de los Santos”. El referente obvio es la expresión “le vino”, más la intención de continuar obras ya comenzadas en ambos casos. Don Quijote no pudo realizar su deseo de completar el libro porque “otros mayores y continuos pensamientos” se lo estorbaban, tal como, según Ribadeneyra, le ocurre a Loyola, acuciado por sus pensamientos
Los abundantes pensamientos de Loyola se reparten entre el “Señor” y el demonio, tal vez por eso el narrador del Quijote haya especificado irónicamente que “mayores” pensamientos le estorbaban para escribir el libro.
La ironía del narrador recae ahora sobre el panorama de la universidad española de mediados del XVI (representada por la de Sigüenza y sus, burlescamente, doctos alumnos), donde la religión ocupa el lugar preeminente de una cultura cuyos objetivos son las discusiones bizantinas “sobre cuál había sido mejor” santo, pues a ellos se está refiriendo el narrador cuando, solapadamente, sustituye sus nombres por el de personajes de los libros de caballerías. Es decir, el cura y el barbero hablan, lógicamente, de santos, que es prácticamente sobre lo único que, sin temor, la sociedad española podía hablar en aquellos momentos de represión. Los ejemplos del narrador sobre dichas discusiones dejan constancia de sus niveles: tenía muy acomodada condición, no era melindroso ni llorón, pero sí valiente. O sea que, tanto el cura como el barbero, representantes de la cultura de su época, comentan sus lecturas sin capacidad de análisis ni de crítica, tal como solía suceder con los libros religiosos y tal como puede verse en la Vida, donde aparecen comparaciones semejantes sobre milagros
y reflexiones sobre la condición o la valentía
Respecto al llanto (“no era tan llorón como su hermano”) ya iremos viendo que las múltiples referencias existentes en el Quijote, se corresponden con las muchas ocasiones en que Ribadeneyra menciona los continuos éxtasis llorosos de Loyola.
La imagen de don Quijote enfrascado en sus lecturas y sin dormir también procede del Relato y la Vida, pues Loyola, que pasa su tiempo leyendo libros de santos, se consuela mirando "el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio", o sea que dormía poco. En realidad, casi todo el sentido y forma de esa primera parte del fragmento está compuesto en base a otros dos fragmentos de la Vida, pues a don Quijote “se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”, como a Loyola
Cervantes ha repetido irónicamente esas repelentes frases, a las que cómicamente añade la coletilla “de turbio en turbio” Según el narrador a don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer y poco dormir (“del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro”), enfermedad que, según Ribadeneyra, también les ataca a quienes realizan sin freno otro ejercicio intelectual como la meditación o la oración
A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola le entran ganas de “obrar lo que leía”
La excesiva lectura es, en definitiva, la causante del cambio de ambos, pues mientras don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías, a Loyola, las lecturas piadosas y sus todavía persistentes sueños de caballero, le inclinan al fin a imitar a los santos, y decide hacer las mismas cosas que los más famosos hicieron. La evolución sicológica está perfectamente señalada en el Relato
A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola, la sucesión de pensamientos que le producen sus lecturas, le llenan la cabeza de fantasías. O sea, el proceso hacia lo que puede entenderse como locura religiosa de Loyola es exactamente el mismo seguido por don Quijote hacia su locura caballeresca, por eso, en muchas ocasiones de la obra, se comentará su normalidad mental en cuanto se le saca de ese asunto. Recordemos que las primeras lecturas de Loyola son precisamente recopilaciones de vidas de santos [23] , dos libros típicos de la literatura religiosa de la época, una Vida de Cristo Cartujano [24] y una especie de antología o recopilación de Vida de los Santos o Flos Sanctorum. De ahí ese deseo de imitar las muchas acciones que cada uno había realizado
Ya en el siglo XVIII, el reverendo John Bowle, defendía estas mismas ideas:
Esto no es mera floritura de la pluma de un francés, sino que es muy justamente deducible del informe de Rivadeneira sobre él, de un examen limpio y cándido del que se puede extraer un paralelismo entre ambos. Nos encontramos a un Loyola en época temprana de su vida que está loco por los romances, “muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías” Cambió a estos por las vidas de santos comúnmente llamados “Flos sanctorum”, que leía con un celo tal que tomó la determinación inmediata de imitarlos y poner en práctica lo que leía: “y a querer imitar y obrar lo que leía” Justo de la misma manera en que nuestro caballero se decidió al punto de imitar lo mejor posible los pasajes que había leído en “sus” libros” [25] Queda, pues, claro el paralelismo existente entre el proceso evolutivo seguido por Loyola y don Quijote, ambos estimulando su imaginación con lecturas y soñando con emular a los más famosos santos o caballeros. Loyola quiere imitar a san Francisco y a santo Domingo, y Don Quijote al Cid o al Caballero de la Ardiente Espada, da lo mismo que uno sea un personaje histórico y otro ficticio, pues las leyendas existentes sobre ambos eran tan ficticias (de ahí esa irónica frase explicativa “según dice la historia”) como las creadas en torno a los santos admirados por Loyola, al que vemos hablando consigo mismo (“todo su discurso era decir consigo”) y citando expresamente a los santos que desea imitar, tal como hace don Quijote (Decía él) hablando solo y nombrando y admirando a sus héroes. Las concomitancias con estos párrafos del Relato y la Vida vuelven a ser evidentes
En sus inicios Loyola quiere imitar a los santos en sus acciones externas, confundía, según el mismo explicará después, la espiritualidad con los “grandes exteriores” y pensaba que para ser santo era suficiente con imitar los gestos externos de los más famosos, de ahí sus deseos de hacer lo mismo que san Francisco o santo Domingo, transformados ahora en sus nuevos héroes [26] . También don Quijote quiere imitar a los héroes de sus libros por sus hazañas, así que las raíces de la locura de don Quijote, sus deseos de imitar a los caballeros y redimir al mundo [27] , se encuentran en el libro de Gonçalves, pues Cervantes se inspira en la fantasía vehemente y exaltada de Loyola que, en sus ensueños, proyecta el "mundo ficticio de los libros sobre el mundo real que le circunda [...] su locura no origina una pérdida de la facultad del entendimiento, ni le deja en manos del instinto irracional, sino que procede de la misma agudeza de su espíritu y de su natural imaginativo, que le hace vivir absorto en la ficción y el ensueño" [28] . Estos razonamientos de Vilanova sobre don Quijote son fácilmente extrapolables a la personalidad de Loyola según el Relato, y así parece que lo vio Cervantes, pues los sueños de gloria militar y su evolución hacia un ideal divino, son los mismos atribuidos a don Quijote, cuya voluntad era "ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban" Leturia demuestra con varias comparaciones cómo Loyola, durante su convalecencia, no sólo se influye de los libros leídos, sino que los imita y los toma por modelo para sus inicios y primeras peregrinaciones. Por ejemplo, del Flos Sanctorum
La misma influencia recibe, sigue Leturia, de la Vita Christi Cartujano
En definitiva, el proceso de iniciación y transformación de don Quijote es totalmente paralelo al seguido por Loyola, con la historia y la literatura como alimentos de ese mismo espíritu aventurero.
En este párrafo, en cuya primera línea aparece el vocablo “pensamiento”, tan abundante en el fragmento ya citado del Relato, Cervantes resume la situación sicológica de su personaje, del que diagnostica haberse vuelto loco por la extraña idea de hacerse caballero andante, una vieja profesión ligada en principio a la religión, pues tiene su origen en los siglos XIII y XIV en las llamadas “Societates fratrum peregrinantium propter Christum que agrupaban a los franciscanos y dominicos que deseaban ir a evangelizar China [...] es más bien posible, siguiendo una tendencia tan frecuente en la España de antaño, una traslación al plano religioso de los viajes efectuados por aquellos caballeros andantes, cuyas proezas habían maravillado tanto la juventud de Íñigo como la de Santa Teresa: el apóstol errante es un caballero andante <a lo divino>” [31] El interior de don Quijote es, pues, el de un caballero andante a lo divino, un peregrino en camino hacia una meta altruista, y cuyo aspecto externo es el de un caballero tal como lo pintan los libros de caballerías. Curiosamente las dos vertientes concurren también en el primer Loyola, y en todo caso ambas están unidas por la igualdad de ideales que las generan, pues las causas de la determinación tomada por don Quijote puede decirse, al igual que las de Loyola, que coinciden con "los más altos ideales del humanismo cristiano" [32] , hacer por todo el mundo hechos heroicos en defensa de la humanidad y de su república con el fin de lograr "eterno nombre y fama". Don Quijote busca la fama eterna, la misma que pretende alcanzar Loyola con la santidad, y su intención, aunque no llegó a salir nunca de España, es “irse por todo el mundo”, algo que sí hizo Loyola, viajando y extendiendo la Compañía por todo el mundo. Casi todas las expresiones de Cervantes vuelven a proceder de los primeros capítulos de la Vida, de donde se extrae esa idea de ejercitarse (verbo emblemático en la prosa de la Compañía) en las armas o en la fe en busca de “eterno nombre y fama”
A lo largo de la Vida (podrían ponerse otros ejemplos) se repiten esos conceptos imitados por Cervantes para fijar la personalidad y los orígenes de don Quijote. En el último fragmento, por ejemplo, está presente no sólo la idea de universalidad que pretende don Quijote, sino la del provecho o servicio que con sus ejercicios recibe la república. En realidad, casi todos los verbos o expresiones empleadas por el narrador encuentran relación con algún fragmento de la Vida, así, por ejemplo, el verbo deshacer (“deshaciendo todo género de agravio")
o los peligros y fama (“ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”)
Ese deseo de fama eterna pretendido por don Quijote queda perfectamente matizado en la continuación
La ironía de Cervantes atribuyendo a don Quijote sueños de coronación, deriva de su análisis del Relato, pues ¿no sueña Loyola, cuando según él todavía sólo piensa en exteriores, con llegar a ser coronado santo? ¿no es lógico deducir que tras sus deseos de imitar a san Francisco o santo Domingo se esconde una última pretensión de alcanzar como ellos la eterna santidad? Cervantes parodia la ingenuidad del mismo Loyola imaginando que era fácil llegar a ser santo ("Imaginábase el pobre ya") y compasivamente le llama “el pobre”, también un calificativo utilizado por Ribadeneyra
El valor es también una constante en el ánimo de don Quijote (“valor de su brazo”) y de Loyola
Y la “priesa” del caballero “a poner en efeto lo que deseaba” parodia igualmente la prisa de Loyola, deseando restablecerse para ponerse inmediatamente en camino ("todo estaba embebido en la ida que pensaba presto hacer" R, 12)
Además de la expresión casi exacta imitada por Cervantes, todo el fragmento de la Vida está imbuido de la misma idea de dar comienzo a algo que bulle en la cabeza.
En la Vida se repite insistentemente el símbolo de las armas
en relación a la fortaleza espiritual que progresivamente adquiere Loyola. Por eso don Quijote ahora acondiciona unas viejas armas que son, en general, una metáfora de la pureza evangélica pretendida por Loyola, cuya idea es revivir el cristianismo apostólico, la doctrina de caridad y amor abandonada desde hacía muchos años por la Iglesia, cuyo adocenamiento es el polvo metafórico existente sobre las armas con que don Quijote va a imitar a Loyola. El sentido simbólico lo ratifica esa especie de error que supone la incongruencia temporal entre "bisabuelos" y "luengos siglos", considerada siempre como uno de los muchos lapsus cervantinos, pues si las armas pertenecían a sus bisabuelos, no debería decir luengos siglos, ya que "debían de ser de finales del XV o principios del XVI" [33] . Pero el error no existe dentro del discurso interno, donde las armas de don Quijote son el símbolo paródico de la pobre vestimenta escogida por Loyola ("el vestido que determinaba de traer" R,16), perteneciente a los cristianos primitivos y por tanto en desuso desde hacía varios siglos, y olvidada, en el sentido del abandono y degradación a que había llegado la Iglesia. Por eso el parentesco "sus bisabuelos" no es sanguíneo, sino simbólico-espiritual. Esta simbología de las armas es común a los libros de caballerías, como puede verse, por ejemplo, en el Tirante el Blanco, donde un ermitaño explica al joven protagonista la significación simbólica de todos los útiles de los caballeros: la lanza es larga para impedir que se acerquen quienes quieran hacer mal a la Iglesia, la espada corta para defender y hacer daño a quienes quieran atacar a la Iglesia, “las correa de la espada significan que como el cavallero las ciñe por medio del cuerpo, ansí ha de ser ceñido de castidad. El pomo de la espada significa el mundo [...] El cavallo significa el pueblo” [34] etc. Cervantes no copia estos símbolos, que en sí ya los lleva su caballero, sino el procedimiento, creando su propia simbología, tanto para las armas como para su caballo o su dama, etc. Ribadeneyra recurre constantemente en los primeros capítulos al símbolo de las armas, y con sus palabras explica claramente el sentido de olvido al que Cervantes se refiere cuando dice “luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón”
Los paralelismos formales y de contenidos son evidentes, pues además de la expresión estar puesto en olvido, hay una clara alusión al pasado remoto (antiguos tiempos / luengos siglos) al que remiten ambos textos.
La limpieza de las armas y la búsqueda de una celada [35] como elemento defensivo para la cabeza, forman parte del proceso de investidura de don Quijote como caballero andante y, a su vez, son símbolos de la evolución de Loyola hacia su religiosidad. Don Quijote limpia y adereza sus viejas armas “lo mejor que pudo”, significando la voluntad de Loyola de entregarle a la Iglesia su pureza, según el mismo Ribadeneyra especifica en el capítulo II de la Vida, donde Loyola, todavía impedido por las heridas de su pierna, tiene una visión celestial
A partir de esta aparición, Loyola aborrece su pasado y queda limpio para siempre, pues “desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla”. Eso es lo que Cervantes ha traducido como la limpieza de armas realizada por don Quijote, apoyándose, tal vez, en esa sugerencia de quitar y raer “como con la mano” toda la suciedad. Ahora, pues, ya puede decirse que don Quijote, como Loyola, está limpio, o sea, con sus armas puestas al día. Pero entonces se percata de un grave defecto, y es que carece de celada, de casco, según su acepción militar, para la protección de la cabeza. Aunque externamente Cervantes se refiere a esa pieza de la armadura, en el lenguaje profundo está utilizando otra de las acepciones de celada (emboscada para asaltar al enemigo), precisamente la empleada por Ribadeneyra en esos mismos capítulos II y III que están sirviendo de fuente para todo lo referente a las armas y vestidura de don Quijote
Celada aparece con la significación de emboscada del diablo, dentro del contexto de castidad y limpieza procurado por Loyola y que está siendo simbolizado por don Quijote con sus artilugios defensivos. Veamos el procedimiento. Los primeros deseos de perfección de Loyola surgen con sus primeras lecturas religiosas, con sus intenciones de imitar lo que leía
Dichos deseos de perfección se han visto enturbiados por “la fuerza de la envejecida costumbre de su vida pasada”, que apenas permite dar entrada a sus nuevos propósitos, de forma que la incertidumbre o falta de concentración es la tónica de Loyola en estos primeros compases de su conversión, dudando entre “los pensamientos vanos y engañosos del mundo” y “los pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” con que el Señor le armaba. Esta vacilación perdura, según Ribadeneyra, hasta el momento en que Loyola realiza el voto de castidad ante la Virgen. Pero mientras tanto, en ese espacio de tiempo dominado por la indecisión, va a tener, como se verá ampliamente en su momento, una fuerte discusión con un moro que se niega a reconocer el dogma de la virginidad de María. A Loyola le parece indigno e intolerable que un moro se permita hacer esas afirmaciones ante un cristiano, y se ve obligado a “darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla”. O sea, todavía sigue confuso entre su pasado militar y su futuro religioso, aún no sabe controlar sus ímpetus, ni ser manso, ni humilde, etc., pues carece de fuerza espiritual. Don Quijote acaba de construir su celada y, aunque “hizo un modo de media celada”, tenía “apariencia de celada entera”, o sea que, lo que le interesa por ahora al caballero es la apariencia de herramienta capaz de cumplir con sus funciones protectoras. Aunque, tal vez dudoso de su calidad, se decide a verificar su fortaleza y, para probar si “podía estar al riesgo de una cuchillada”, le dio dos golpes con su espada, deshaciendo con el primero “lo que había hecho en una semana” Cervantes ha parodiado los inicios titubeantes de Loyola, poniendo a prueba la fortaleza de una celada cuya entereza sólo es aparente, y lo ha hecho con una “cuchillada”, de la misma forma que Loyola puso en evidencia la fragilidad de su reciente espiritualidad (una semana) con sólo concebir la idea de apuñalar a una persona, pues con ese gesto deshizo, como don Quijote, todo el trabajo realizado hasta entonces. El narrador añade que a don Quijote no dejó “de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos”, parodiando también la fuerza y el vigor que Dios infundió a Loyola en estos momentos
El fragmento concluye con don Quijote reforzando la celada (“poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”) en correspondencia con esa “fuerza y vigor sobrenatural” y con el posterior voto de castidad hecho ante la Virgen
Don Quijote queda satisfecho con su nueva celada en respuesta a la satisfacción de Loyola, que al verse confortado por un “favor celestial” y protegido por la Virgen, bajo cuyo amparo se pone, hace voto de castidad y alcanza la entereza (“alcanzóla tan entera y cumplida”). Cervantes utiliza el verbo poner (“poniéndole unas barras de hierro”) dentro de un contexto de protección, trasunto del recibido por Loyola del cielo (“poniéndose todo debajo del amparo y protección”) Al final don Quijote queda tan contento con su obra que “la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”, en consonancia también con la satisfacción de Loyola tras haberse investido con todos los distintivos del peregrino en el mismo fragmento anterior de la Vida. En ese sentido, ya Ribadeneyra había adelantado la idea del caballero perfectamente equipado para la batalla como símbolo del hombre fortalecido en su espiritualidad
En conjunto, Cervantes se vale del lenguaje bélico de Ribadeneyra al describir, en los capítulos II y III, los deseos de castidad de Loyola, para cifrar la significación simbólica que, en adelante, tendrá la celada, pieza principal de la defensa de don Quijote. Dionisio Martín refuerza su teoría acerca de la identificación de la celada con el voto de castidad de Loyola, recordando que durante la estancia de don Quijote en la venta (QI, 3), éste consiente que las putas le despojen de todo menos de la celada. Una vez preparadas las armas, el narrador explica cómo don Quijote se dedicó a ponerle nombre a todas sus cosas
¿Por qué el nombre de Rocinante, como después el de Dulcinea, es "alto, sonoro y significativo"? ¿qué o a quién significa? Evidentemente es un compuesto de rocín y antes, tal como indica burlonamente el narrador (“rocín, antes”), es decir, lo que era rocín (recordar que a Loyola sus compañeros le compraron uno, “Y hecho esto, montó en un rocín, que los compañeros le habían comprado”), ahora, por voluntad de su dueño, es caballo, ha subido de categoría para poder ir eternamente unido al caballero, pues “no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido” Pero si don Quijote es un símbolo paródico de Loyola, ¿a quién simboliza este caballo que va a convertirse en su inseparable compañero?, ¿sobre quién va montado Loyola?, ¿quién sino el Relato, es decir, el libro gracias al que existe el auténtico Loyola, dirige los pasos de don Quijote? La asociación de ideas entre Rocinante y las fuentes literarias del Quijote ya fue apreciada por la crítica, especialmente por Knud Togeby, al resaltar la función de director de la composición que recae sobre el caballo: "Rocinante no lleva solamente a Don Quijote, sino también a la composición entera. La acción avanza en la dirección en la que le place ir a Rocinante [...] Si Don Quijote es el carácter central de la novela, Rocinante es el principio que dirige la composición. Ambos son de una necesidad igual para la obra [...] Siendo tan concreto, Rocinante es símbolo del espíritu mismo de la novela [y es] como Don Quijote, un caballero andante. Sancho lo dice expresamente: <<siendo él también caballero andante>> (I,15)” [36] "Al lado de Don Quijote, Rocinante es el <<personaje>> más fundamental de la novela. Aparece antes que Sancho, antes que Dulcinea y antes incluso de que el héroe haya recibido su nombre" [37] Togeby entrecomilla con pudor su acertada atribución hecha a Rocinante al llamarle personaje. Ha captado la intencionalidad de Cervantes, pero le parece excesivo nombrarle de la única manera que realmente le define, o sea, como una persona. También M. Alcalá señala esa idea conductora del caballo: “El libro queda así unido indefectiblemente a la ruta que Rocinante quiera seguir” [38] Según el narrador la pretensión de don Quijote es que su caballo se haga tan famoso como él (“mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba”). Otro aparente error, pues él aún no ha velado armas y ni siquiera se ha vestido su indumentaria de caballero. Sin embargo, el sentido fundamental del verbo profesar es entrar en religión, con lo que todas esas ambiguas palabras dejan de ser un error y se vuelven coherentes referidas a la Compañía o nueva orden religiosa que necesita resonancia (“estruendo”) para elevar su prestigio. Hay además en el fragmento unas cuantas frases procedentes de la Vida, como “puesto en razón” [39] o “mudase él también el nombre”
En este último fragmento del segundo capítulo vemos, junto a la expresión mudar el nombre, la forma “venir a”, también existente en el texto cervantino, donde se dice “nueva orden” y vuelve a mencionarse “ejercicio”, dándole a todo el conjunto un incuestionable tono religioso que invita a la asociación de ideas. No olvidar que Ribadeneyra, aunque sigue el orden cronológico de la vida de Loyola, constantemente interviene desde el presente, condicionando, con datos y opiniones suyas, la evolución y sentido del pasado. Don Quijote no está profesando una nueva orden, pues la de caballería era bastante antigua, pero Loyola sí, como constantemente recuerda Ribadeneyra
No sólo aparece la idea de nueva orden, sino esa frase subrayada en base a la que Cervantes ha construido “todos los rocines del mundo”. El nombre de Rocinante es, en definitiva, un compuesto de “rocín” y “antes”, cuya simbología parece referirse a la sencillez o anonimato en que vivía el religioso Gonçalves (“tan bueno él por sí”) “antes” de ser elegido por Loyola como su biógrafo, algo que le convirtió de pronto en una personalidad en la Compañía, pues su nombre irá asociado siempre al del fundador y, dadas las características del Relato y su repercusión, será “famoso y de estruendo”, una profecía de Cervantes que se ha cumplido en su totalidad, a pesar de que ese estruendo primero se transformara después en el escandaloso silencio que ha rodeado a Gonçalves hasta ahora. A continuación don Quijote, una vez puesto nombre a su caballo, “quiso ponérselo a sí mismo”
En el primer capítulo de la Vida, y en contra de la filosofía del Relato, Ribadeneyra se explaya en los orígenes familiares de Loyola
El nombre originario de Loyola es pues Íñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, aunque a lo largo de su vida se le conoce de otras formas. Antes de ser religioso, según se aprecia en el capítulo primero del Relato, algunos le llaman Loyola. Después acostumbra a firmar como Íñigo de Loyola, y a partir de 1537, coincidiendo casi con el momento de la fundación de la nueva orden, firma definitivamente Ignacio de Loyola. Ribadeneyra, haciendo gala de sus juegos retóricos, se complace en explicarnos esa doble nominación y la decisión de llamarle Ignacio. Cervantes, recordándonos la existencia de varios autores que escriben sobre esta verdadera historia, vuelve a parodiar con ese juego Quijada-Quesada la información de Ribadeneyra sobre Íñigo-Ignacio. Y a imitación de éste, le coloca a su caballero el sobrenombre de su tierra. Pero el sobrenombre de don Quijote, aunque al parecer informa de su tierra, nada dice de su linaje, es decir, que esa doble matización linaje y patria al único que le cuadra es a Loyola cuyo sobrenombre, además de informar sobre su ascendencia, especifica su lugar de nacimiento, "la casa solar de Loyola, cerca de Azpeitia, en Guipúzcoa [...] pertenecía a una familia noble de <<Parientes Mayores>>, bien relacionada con la nobleza de Castilla" [40] ¿Por qué el nombre de Ignacio ha sido sustituido en la parodia por el de Quijote?, pues por una asociación simbólica, ya que los “quixotes” (“en el arnés las piezas que cubren los muslos” [41] ) cumplen una función esencial en la metamorfosis de Loyola, ellos son los responsables de la herida sufrida en la fortaleza de Pamplona, y la causa de su larga convalecencia y, en última instancia, lo que provocó sus lecturas religiosas y su conversión. De hecho, cuando inició su peregrinación a Jerusalén, todavía no estaba totalmente curado y, según Ribadeneyra, llevaba el muslo fajado
Loyola sale, pues, de su casa con el muslo fajado, es decir, con una especie de quixote de tela, que Cervantes ha transformado en un símbolo más de todas esas piezas significativas en torno a su caballero. En ese sentido, la invención del nombre a través de esa pieza protectora de la pierna, podría considerarse también como un homenaje de Cervantes a la figura peregrina de Loyola [42] que, a pesar de sus dificultades para caminar, recorrió a pie todo lo que se consideraba el viejo mundo. Una simple ojeada a sus itinerarios despierta admiración, aunque sólo sea por los miles de kilómetros efectuados en tan poco espacio de tiempo. Por otra parte, Según James A. Parr don Quijote no tenía derecho a utilizar el "don", "Tanto Covarrubias como el Diccionario de Autoridades concuerdan que ese título honorífico está reservado para los caballeros y otros rangos superiores de la nobleza. Un hidalgo como Alonso Quijano no tenía derecho a ostentarlo, como señala acertadamente la mujer de Sancho en II, 5, observando: <<y yo no sé, por cierto, quien le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos>>" [43] . Sin embargo Loyola, como noble, sí tuvo derecho a don, de ahí que Cervantes se lo otorgue a don Quijote, que también, según el epígrafe de este capítulo 1 ("Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha") era famoso antes de su primera salida, pues sus hazañas se basan en una historia ya escrita, y que vuelve a coincidir con la de Loyola. Incluso la mención de Amadís como modelo de caballero andante a quien fundamentalmente quiere imitar don Quijote, deriva de la predilección mostrada por Loyola hacia este héroe literario, el único citado en el Relato, y al que imita en la caballeresca vela de armas del capítulo II. El narrador insiste en la existencia de varios autores y en el carácter histórico de las fuentes utilizadas (“autores desta tan verdadera historia”) Los autores ya sabemos que son Gonçalves y Ribadeneyra, y también que la historia es verdadera si se lee en su sentido profundo, aunque la intención de Cervantes al insistir sobre la naturaleza histórica y verdadera de su aparente historia fingida, es ridiculizar a Ribadeneyra que, a pesar de llenar su libro de fantasías literarias y verdades a medias, no duda en repetir varias veces la autenticidad de todo lo contado
No es de extrañar, tras leer las promesas de Ribadeneyra y su opinión sobre la veracidad, especialmente en las vidas de santos, que el tema de la verdad sea una constante en el Quijote, pues Cervantes conoce a fondo cuánta verdad encubierta, cuántas cosas inciertas y dudosas contiene la Vida, además de sus ocultas intenciones. Más adelante veremos cómo los mismos compañeros de Ribadeneyra escogieron precisamente esas frases sobre la verdad para censurar distintos aspectos de su libro.
Cervantes realiza una especie de recolección donde especifica los actos ya realizados por don Quijote para poder identificarse con un caballero andante y, simbólicamente, con Loyola: ha limpiado y reparado sus armas, se ha puesto nombre a él y a su caballo y se ha autoreforzado en su decisión “confirmándose a sí mismo”, tal como dice Ribadeneyra
y por último se da a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse”, pues, para imitar completamente a los caballeros de ficción, "no le faltaba otra cosa" que tener una dama. Lo importante es la imitación, el cumplir con todos los requisitos del perfecto caballero andante y, fundamentalmente, seguir todos los pasos recogidos en los libros sobre Loyola. En medio de esta información del narrador sobre la búsqueda de una dama para don Quijote, se escucha por primera vez su voz hablándose a sí mismo (“Decíase él”), igual que en el Relato se escucha por primera vez la de Loyola hablando consigo
Don Quijote se plantea la posibilidad de encontrarse “con algún gigante” pues, según él mismo se dice, ocurre frecuentemente (“como de ordinario les acontece [44] a los caballeros andantes”) en los libros, se supone, de caballerías, aunque también en la Vida aparecen otros gigantes [45]
En este cuento tontón, cuyo único objetivo es, como siempre, resaltar la admiración que causa la Compañía -y especialmente Loyola- a los hombre más prestigiosos, aparecen unidas la idea del gigante y el verbo acontecer, como en el fragmento del Quijote, donde el caballero medita sobre la posibilidad de enviar sus triunfos a su señora en actitud de absoluta sumisión (“se hinque de rodillas ante mi dulce señora”), de nuevo a imitación de Loyola
Don Quijote se congratula con su imaginación y elocuencia ("¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso"), igual que Loyola queda satisfecho tras sus fantásticas ideas de imitar a los santos
Don Quijote se “holgó” y Loyola queda “contento y alegre”
En el capítulo I del Relato se da una doble información de Loyola que Cervantes utiliza a su antojo para la creación de Dulcinea. La primera sobre sus amores terrenales
Del párrafo se deduce que Loyola sueña con esta señora durante tanto tiempo que bien podría llamarse señora de sus pensamientos. También se deduce que no vive en su misma tierra (“ir a la tierra donde ella estaba”) y que anduvo enamorado de ella en su juventud (“un tiempo”), aunque según se entiende, el amor por la princesa o gran señora fue sólo platónico ("cuán imposible era poderlo alcanzar"). En general, la información sobre la dama es bastante imprecisa a todos los niveles, siendo lo único claro la fuerza de ese ideal: “tres y 4 horas sin sentirlo, imaginando” Cervantes confiere a todo el párrafo la misma imprecisión general ("a lo que se cree") que hemos visto en el Relato y, además, las mismas características específicas, pues el amor de don Quijote resulta, de entrada, tan idealista como el de Loyola, ya que su alegría se produce cuando halla “a quien dar nombre”, no cuando se enamora realmente, por lo que nos encontramos ante un amor tan platónico, aparentemente, como el de Loyola. Igualmente Dulcinea está en otra tierra, el Toboso, de la que sólo conocemos el nombre, el resto es una pura abstracción. Tampoco Dulcinea llegó a conocer el amor que le profesaba don Quijote, tal como parece deducirse del Relato, donde se sobreentiende que Loyola pudo estar enamorado de una señora que nunca lo supo. Pero ¿quién podía ser esa señora? Entre las diversas candidatas señaladas por los historiadores, la mayoría se inclina por doña Catalina de Austria [46] , hermana de Carlos V [47] . Parece que indirectamente esta señora sirvió de modelo para la creación de Dulcinea, pues su estado es más alto que el de condesa o duquesa, ya que era hermana de Carlos V, y además estaba rodeada de un aura de leyenda: "nació durante la macabra peregrinación de su madre con los restos" de su padre, Felipe el Hermoso; sufrió "una rigurosa clausura, el aislamiento, las manías de Juana y la dureza de sus guardianes, los marqueses de Denia [48] ; un intento de liberación por parte de sus hermanos Carlos V y Leonor cuando llegaron a España fracasó". Tras casarse con Juan III de Portugal en 1525, "impuso la severidad en la corte, favoreció el establecimiento de la Inquisición y la implantación de la Compañía de Jesús en Portugal" [49] Además de esa información sobre los posibles amores terrenales de Loyola, en el Relato vemos cómo tras una "visitación" de nuestra Señora con el Santo niño Jesús, hizo voto privado de castidad, y a partir de ahí
Desde ese momento su ideal femenino queda transmutado en ideal religioso y el gran espacio de sus pensamientos lo ocupa desde ahora la Virgen, a la que siempre se encomienda como protectora de sus acciones [50] . Cervantes otorga a Dulcinea esa dualidad entre ideal platónico y divinidad [51] , pues don Quijote la convierte "en una princesa dotada de todas las gracias, elegancia y hermosura [...] Parece evidente que don Quijote, aun antes de su locura, no había visto jamás a Aldonza-Dulcinea y que su amor es una repetición del tema trovadoresco y novelesco del <<amor de oídas>>, o sea el que concebían los caballeros por determinadas damas basados únicamente en la fama que de ellas les había llegado. Don Quijote está convencido de que existe Dulcinea y de que es una alta princesa, y pretende convencer a los demás de esta creencia suya. Pero cuando en un momento determinado (QI,25) ha de enviarle una carta por medio de Sancho Panza, se abre un breve y significativo paréntesis en la locura de don Quijote, pues revela a su escudero que Dulcinea es Aldonza Lorenzo y justifica el desdoblamiento de la personalidad de esta mujer aduciendo ejemplos de damas idealizadas por los poetas, lo que nos hace comprender, una vez más, que la locura de don Quijote es esencialmente literaria” [52] Esas palabras anteriores atribuidas por la crítica a Dulcinea, pueden aplicárseles casi íntegramente al Relato, dando idea de la perfecta transposición o imitación realizada por Cervantes, cuya enigmática frase del Prólogo I (“Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que escribiere”) queda claramente explicada con ese exhaustivo trabajo de transposición. Cervantes busca esa perfección transmitiendo hasta las dudas (“a lo que se cree” o “según se entiende”) existentes en el Relato, y nos ofrece en lo esencial una dama tan ideal e indefinida como la de Loyola, cuyas características coinciden todas con las de Dulcinea: las dos son señoras de sus pensamientos y viven apartadas de sus caballeros, las dos parecen no haberlos visto nunca (la impresión del Relato es que esta señora, por lo menos al principio, no llegó a conocer los deseos de Loyola, por eso Cervantes dice que “ella jamás lo supo ni le dio cata dello”), e incluso ignoran el amor que les profesan, y las dos son señoras de alta alcurnia, pues doña Catalina es princesa, y don Quijote busca un nombre que se encamine “al de princesa y gran señora”. Por último, la infanta Catalina de Austria también llevaba, como Dulcinea del Toboso, el sobrenombre de su tierra. Ribadeneyra versiona así la información del Relato al respecto
En el texto de Gonçalves, los recuerdos y pensamientos amorosos de la época militar de Loyola son humanos
aunque sin aclarar si aquellas relaciones fueron algo más que platónicas o si la dama llegó a saberlo, por eso dice Cervantes, con su acostumbrada sutileza, que don Quijote anduvo un tiempo enamorado de Aldonza Lorenzo, “aunque según se entiende, ella jamás lo supo”, la misma posible lectura que admite el Relato, de ahí que como también se deduce de ambos libros, don Quijote proclame a su musa “señora de sus pensamientos”, pues sólo en ese sentido idealizado existirá Dulcinea. Pero Ribadeneyra, con ese "pensamientos de Dios" de la primera línea, cambia absolutamente el sentido del párrafo, pues aunque coloca un punto seguido, la frase siguiente continúa dominada por el sujeto Dios que, en contra de la información del Relato, es a quien Loyola desea servir, y no a "una señora". Es decir, ha imitado la estructura, el ritmo e incluso la mayor parte del texto del Relato, pero introduciendo matices que distorsionan su verdadero sentido. Todo además aderezado de términos religiosos ("la virtud y perfección", "su ánima") que permiten la utilización del femenino, como en el Relato, logrando un mayor parecido formal. También, para reforzar su manipulación a lo divino, sustituye el deseo de Loyola de "ir a la tierra donde ella estaba" por el de visitar Jerusalén que, aunque es cierto, aparece en el Relato un poco más adelante y en otro contexto. Obviamente Ribadeneyra no quiere que su futuro santo tenga ni un asomo de roce de pecado. Las palabras del narrador conducen a su vez a otras lecturas, pues ese irónico “según se entiende” sirve de referente a otro fragmento, ya comentado, de la Vida, donde valiéndose de esa expresión (“así se entiende que le apareció este glorioso apóstol”) Ribadeneyra transforma en milagro un simple comentario. Ahora ha hecho prácticamente lo mismo, por eso Cervantes vuelve a recordar la expresión para ridiculizar las justificaciones de Ribadeneyra a la hora de entender el Relato según sus conveniencias. Hay otras frases paralelas que dan idea de cómo Cervantes se apropia del lenguaje de la Vida para conseguir efectos semejantes al estilo de los libros de caballerías. Los últimos párrafos de este capítulo primero están cuajados de pequeñas referencias extraídas de la Vida. Don Quijote ha dicho, por ejemplo, que “de ordinario” los caballeros andantes derriban a los gigantes, utilizando el verbo derribar, muy presente y de forma simbólica en la Vida
Con ese mismo sentido de combate (“le derribo de un encuentro”) emplea Ribadeneyra simbólicamente el vocablo encuentro
Lo mismo ocurre con el vocablo batalla (“en singular batalla”), también ampliamente representado en la Vida de múltiples maneras
O el verbo rendirse (“finalmente, le venzo y le rindo”), utilizado por Ribadeneyra en las disputas entre eclesiásticos
Tanto en el Relato como en la Vida, Loyola es constantemente denominado “el peregrino” y en cierta medida, durante el siglo XVI y XVII, esa es una de las formas más comunes de nombrarlo. Ribadeneyra, para acentuar su familiaridad, le llama insistentemente “nuestro peregrino” o “nuestro Ignacio”
de ahí que Cervantes, también con insistencia, coloque el mismo posesivo ante las distintas formas de nombrar a don Quijote “Frisaba la edad de nuestro hidalgo” (QI,1) “cómo se holgó nuestro buen caballero” (QI,1) “comenzó a dar a nuestro don Quijote” (QI, 4). Cervantes facilita, además, la identificación entre seres históricos e imaginarios a través de pistas anagramáticas, aceptables en cuanto se trata de un procedimiento muy concreto y repetido con la mayoría de los personajes fundamentales de la novela. Todos los aparecidos hasta ahora mantienen esa coincidencia R-O-C-I-N-A-N-T-E (9 letras) .................... G-O-N-Ç-A-L-V-E-S (9 letras) Q-U-I-J-O-T-E (7) ................... I-G-N-A-C-I-O (7) M-A-N-C-H-A (6) ................... L-O-Y-O-L-A (6) DULCINEA DEL TOBOSO (17) ................ CATALINA DE AUSTRIA (17) Estos juegos numéricos explican las últimas palabras atribuidas por el narrador a don Quijote: “nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto". Los nombres son significativos porque se refieren o sustituyen al de las personas que significan; musicales porque están medidos rítmicamente y poseen el mismo número de letras que el de la persona representada; y peregrinos porque se relacionan con Loyola, el peregrino. Un juego que no pasó desapercibido a los jesuitas o a sus allegados, y que explica la incomprendida acusación de Avellaneda contra Cervantes, culpándole de utilizar nombres "sinónimos" que encubren a personas reales
El primer capítulo concluye generalizando esa triple intencionalidad de músico, peregrino y significativo que tienen todos los nombres “que a él y a sus cosas había puesto”, aprovechando de nuevo otra expresión de Ribadeneyra de contenido totalmente paralelo, pues se refiere metafóricamente, como Cervantes, a las cosas espirituales de Loyola
Añadir por último otra nueva y sutil sugerencia. Sabemos que Loyola quedó cojo de resultas de las heridas recibidas en la fortaleza de Pamplona, y que salió de su casa camino de Jerusalén con el muslo fajado. Se ha visto también la probabilidad de asociar el nombre de don Quijote con los quixotes o pieza del arnés que cubre el muslo, lo que indirectamente podría interpretarse como una alusión a su posible cojera, pero ¿existe alguna mención expresa? En realidad, ni en la Primera ni en la Segunda parte del Quijote se encuentra tal mención, algo lógico puesto que Cervantes no debía manifestar de forma explícita un detalle tan significativo y comprometedor, sin embargo sí existen unos cuantos datos que permiten conjeturar que don Quijote era cojo. Como podrá comprobarse en más adelante, las heridas que recibe el caballero en el capítulo cinco, le dejan molido y quebrantado de las piernas, hasta el punto de que un vecino suyo se verá obligado a trasladarlo como a un lisiado. Pero además, en ese mismo capítulo, el ama menciona expresamente la cojera: “si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor” (QI, 5) Está claro que se trata de una expresión coloquial cuyo objetivo es señalar la culpabilidad de los libros en la locura de don Quijote, no obstante, y gracias a ese contexto con sentido subliminal en que se encuentra, la expresión adquiere un metasentido en cuanto se utiliza su carácter metafórico para decir disimuladamente algo que no debe expresarse. La frase del ama esconde, pues, una dualidad consistente en hacer una referencia a los libros y otra a la innombrable cojera del caballero. Ese mismo juego se repetirá después en boca de don Quijote “Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna quebrada" (QI, 19) y posteriormente a través del cura “quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote” (QI, 32) Aunque sea basándose en este finísimo juego de sutilezas y en estas alusiones indirectas, puede afirmarse que don Quijote era cojo. En conjunto, este capítulo uno, tras "el detenido retrato psicofísico del protagonista y su completo entorno social" [54] , esconde un análisis profundo del Relato y la Vida, y un preciso ejercicio [55] de imitación y síntesis de la compleja personalidad de Loyola. Bajo el estilo paródico de un libro de caballerías, Cervantes ha ido introduciendo todo tipo de matices y expresiones que evocan el Relato o la Vida, sugiriendo constantemente la doble lectura y una metodología: muchos detalles logran un gran parecido. La importancia de este primer capítulo es, pues, esencial, no sólo porque en él aparecen casi todos los personajes fundamentales de la novela, sino porque además han quedado prácticamente marcados los rasgos definitorios de la personalidad de don Quijote, los que hacen comprensible la evolución de lo que vendrá, de la misma manera que el capítulo primero del Relato explica indirectamente la evolución del héroe militar hacia la santidad, de ahí que Cervantes transmita la sensación de no crear de la nada sino de transformar lo ya existente en algo nuevo. El hidalgo ocioso y soñador se ha transformado en caballero andante, el rocín en caballo y Aldonza Lorenzo en Dulcinea. Los tres han dejado de ser lo que eran y ahora son quienes se necesita que sean, es decir, figuras paródicas o idealizadas del Relato y la Vida, imitados tan exhaustivamente que resulta sorprendente que, a su vez, puedan ser personajes de una novela independiente. Cervantes incorpora al pensamiento de don Quijote “el sentido cristiano de los libros de caballerías [...] su espíritu, su anhelo, su consumirse tras un ideal, su aspiración heroica” [56] , todo acomodado al comportamiento de Loyola, parte de cuyas raíces humanistas se encontraban en esos libros de caballerías que forjaron su espíritu aventurero. La literatura caballeresca es, pues, sólo la fachada que encubre el camino ascético de quien aspira a la santidad, al reino de Dios. Por eso don Quijote, en su locura, llega a imaginar que sus hazañas le harán famoso en el mundo entero, y que con ellas logrará hasta un reino. En el siguiente cuadro puede apreciarse la enorme cantidad de coincidencias temáticas y formales, existentes en los primeros capítulos del Relato y la Vida, que Cervantes inserta en este primer capítulo, y algunos detalles de los siguientes. La mayoría son rasgos procedentes de la personalidad de Loyola que han sido trasladados sutilmente a la de don Quijote.
| PRÓLOGO
| INTRODUCCIÓN | PRIMERA
PARTE: Don Quijote peregrino | Cápitulo
I | Cápitulo II | Cápitulo
III | Cápitulo IV | Cápitulo
V | Cápitulo VI | Cápitulo
VII | Cápitulo VIII | SEGUNDA
PARTE: DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA | Cápitulo
IX | Cápitulo X | Cápitulo
XI | Cápitulo XII | Cápitulo
XIII | Cápitulo XIV | GENERALIDADES
| CONCLUSIÓN.AGRADECIMIENTOS
| [1] La magia verbal del Quijote, L. A. Pérez, anales cervantinos X, CSIC, Madrid 1971, p. 201. [2] Según Americo Castro, “no quiero acordarme” significa “no conviene en este caso acordarse” , y que el rumbo del cabalgar de don Quijote “ha de confiarse al instinto –que Cervantes llama <<voluntad>>- de Rocinante. Si éste zigzaguea, no es porque la composición del Quijote sea lineal o zigzagueante, sino por exigirlo así la estructura y funcionamiento de estas figuras”, o, podría añadirse, las exigencias del guión. Cervantes y los casticismos españoles, Ed. Alianza, Madrid 1974, p. 56 y 61. [3] Vida de Don Quijote y Sancho, o.c., p. 19. [4] Pedro Espinosa, en sus décimas con motivo de la beatificación de Loyola, lo identifica “como hidalgo vizcaíno” P. Espinosa, Poesías completas, Ed. Espasa-Calpe, 1975, p.70. [5] El gentilhombre Íñigo López de Loyola, Leturia, o.c., p.8. [6] “Dos veces, al menos, nos dieron los notarios de Azpeitia Juan de Aquemendi y Pero García de Loyola el nombre completo de San Ignacio. Citándole como testigo en otras tantas actas notariales del 18 mayo y del 23 julio de 1535, le llaman uniformemente Íñigo López de Loyola. Y su hermano don Martín registra poco después en el inventario de escrituras públicas de la Casa solar, <<el acta por la cual Íñigo López de Loyola declara haber recibido su legítima, y renuncia a pedir otra cosa. [...] De esta firma completa, pregonera de la antigüedad y alcurnia de la propia sangre, el fundador de la Compañía de Jesús fue podándolo todo, hasta quedarse aún sin el nombre de Íñigo. Prescindiendo de las actas notariales, que por redactarse en Azpeitia no hacían más que repetir lo que allí todo el mundo sabía, del López no quedó, que sepamos, otro recuerdo que una lectura dudosa en los procesos de 1527 en Alcalá; el Loyola apenas nunca lo usó él mismo, bien que aparezca en boca de otros; y el Íñigo lo simultaneó desde 1537 y lo cambió después poco a poco con el nombre de Ignacio, probablemente por el especial amor que el fundador de la Compañía tenía a San Ignacio de Antioquía, el enamorado del nombre de Jesús”. Ib. p. 7 y 8. Una doble información ofrece Leturia, por un lado todo lo relativo a la evolución y pérdida del nombre y, por otro, la renuncia de Loyola a su herencia que, junto a los datos del Relato relativos a la deuda que cobró del duque de Nájera y su total inversión en deudas y otras obras pendientes, nos lo presenta en su punto de partida como un hidalgo pobre. [7] Ib., p. 21. [8] Ib. p. 15. [9] Leturia, o.c., p. 57. [10] El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, Edición de Luis Andrés Murillo, Ed. Castalia, Madrid 1991, p. 71. [11] “Salpicar. Es macular con gotas que caen a diversas partes” Covarrubias, Tesoro de la lengua, Ed. Alta Fulla, Barcelona 1993. [12] José López Navío, S. P., Anales cervantinos 6, CSIC, Madrid 1957, p. 189. [13] “Tenía el suelo por cama, pasando la mayor parte de la noche en vela” (Vida I, V). [14] Leturia, o.c., edición 1949, p. 150. [15] “Tuvo muy mortificado el afecto de la carne y sangre, y el amor natural de los parientes; y así como si fuera hombre nacido sin padre y sin madre, y sin linaje (como dice san Pablo de Melquisedech) o muerto del todo al mundo y a todas sus cosas, no tenía cuenta ninguna con los negocios de sus deudos; a los cuales procuraba de aprovechar con sus oraciones, para que fuesen siervos del Señor, y pasasen adelante en su servicio. De suerte que lo que se había de hacer por ellos, no lo medía con el afecto natural de la carne, sino con la regla del espíritu religioso y verdadera caridad. Por lo cual estando su sobrina, señora y heredera de la casa de Loyola, para casarse, y pidiéndola por mujer algunos caballeros principales, escribieron al Padre a Roma los duques de Nájera y Alburquerque, cada uno por su parte, rogándole muy encarecidamente que escribiese a su tierra, y procurase que su sobrina tomase por marido a cierto caballero rico y principal que le nombraban en sus cartas. Respondió el Padre a estos señores, que aquel casamiento aunque era de su sobrina, no era cosa de su profesión, ni a él le tocaba, por haber ya tantos años antes renunciado estos cuidados, y ser muerto al mundo; y que no le estaba bien volver a tomar lo que tanto antes había dejado, y tratar cosas ajenas de su vocación, y vestirse otra vez la ropa que ya se había desnudado, y ensuciar los pies, que con la gracia divina, a tanta costa suya desde que de su casa partió, había lavado” (Vida V, V). [16] “un mozo para todo” (si, como parece, debe entenderse ‘de plaza pública’, es decir, para preparar y acompañar al caballero cuando sale de casa)” Don Quijote de la Mancha, Edición dirigida por Francisco Rico, Instituto Cervantes-Crítica, Barcelona 1998, n. 13, p. 36, (en adelante, Rico). [17] “En sufrir las adversidades, y en salir de las dificultades que se le ofrecían, mostraba ánimo grande y constantísimo. Acontecíale estar enfermo en la cama, y ofrecerse algún trabajo que para vencerle era necesario su valor, virtud y prudencia; y parecía que cobraba para ello fuerzas, y que el cuerpo obedecía a la voluntad y a la razón, y que se hallaba sano y recio para ello” (Vida V, IX). [18] “estando él tan flaco y tan quebrantado y gastado de enfermedades” (Vida V, IX). [19] Salvo en una ocasión, donde indirectamente se le dice Loyola: “sabiéndolo el duque, dixo que para todo podía faltar, más que para Loyola no faltasen” (R, 13). [20] El santo y el caballero, Corradini, o.c. [21] “sucesso que haya acontecido” Covarrubias, o.c. [22] Luis A. Murillo, o.c., p. 72. [23] “Ignacio recuerda la viva impresión que le causó durante su convalecencia <<un libro de la vida de los santos>>, identificado con una traducción castellana de la Legenda aurea de Jacobo de Vorágine. La lectura le proporciona unos modelos dignos de imitación, en especial las vidas de Santo Domingo y San Francisco, dos santos fundadores de distintas órdenes que dedicaron su vida a la predicación. Además, podía sentirse indentificado con parte de la hagiografía del Santo italiano: <<Durante su juventud ejerció el oficio de comerciante y vivió entregado a las vanidades del mundo hasta que cumplió veinte años; pero, cuando tenía más o menos esta edad, el señor lo castigó con el azote de una enfermedad, le movió a cambiar de conducta y lo transformó repentinamente en otro hombre>> [...] Entre las tipologías de las vidas de santos, para mi interés actual distingo dos estereotipos diferentes: la hagiografía de la degradación, en la que se cuenta una vida cuya santidad está ya apuntada desde el nacimiento o desde su infancia, como la de Santo Domingo, y la hagiografía de la transformación, en la que el personaje, tras una profunda <<crisis>>, abandona su vida anterior ” Cacho, o.c, p.134. [24] “traducido por fray Ambrosio Montesino, el vate franciscano del cancionero” (Leturia, p.150) [25] A Letter to Dr. Percy, John Bowle,1777. Desde aquí mi agradecimiento a Encina Blanco Lobato por la traducción. [26] Según Leturia el valor y la entereza demostrados en Pamplona y durante la convalecencia se reflejan en la admiración que comienza a sentir por el “aspecto práctico y heroico de los santos [...] Se trataba de obrar, de señalarse entre los héroes, de labrarse un porvenir con sus hazañas. Y ¿no eran héroes los santos? Y si lo eran ¿por qué él, que a nadie pensaba ceder la palma en proezas, no iba a hacer lo que ellos hicieron” Leturia, o.c., p.16. [27] “lo que hace don Quijote, en la Primera parte sobre todo, es locura, una locura que consiste en querer mejorar el mundo, incluso en querer redimirlo. Se arroga, pues, don Quijote –aunque no sea intencionadamente- casi un papel de redentor divino, lo cual es, en el Siglo de Oro, un pecado grave, pura soberbia y pura arrogancia, pues no le concierne al hombre entrometerse en lo que es de Dios” La ética del Quijote, Hans-Jörg Neuschäfer, Ed. Gredos, Madrid 1999, p. 42. [28] Erasmo y Cervantes, A. Vilanova, Ed. Lumen, Barcelona 1989, ps. 30-33. [29] Leturia, o.c., p.171. [30] Leturia, o.c., p. 181. [31] Estudios de literatura religiosa española, Robert Ricard, Ed. Gredos, Madrid 1964, p.161-162. [32] Erasmo y Cervantes , A. Vilanova, o.c., p. 19. [33] "luengos siglos: si no luengos siglos, sí luengos años, pues, al pertenecer a sus bisabuelos, debían de ser de finales del XV o principios del XVI" El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Edición de Florencio Sevilla y Antonio Rey, CEC, Alcalá de Henares 1993, p. 45. [34] Tirante el Blanco, Joanot Martorell, Edición Martín de Riquer, Ed. Planeta, Barcelona 1990, p. 80. [35] Dionisio Martín, en su artículo “Entereza y puridad de don Quijote” (en prensa), desarrolla ampliamente la teoría de la celada como símbolo de la pureza inquebrantable de Loyola. Todo lo expuesto a continuación sobre este asunto es un extracto de ese magnífico artículo amablemente puesto a mi disposición. [36] La estructura del Quijote, Knud Togeby, Universidad de Sevilla 1977, Traducción Antonio Rodríguez Almodovar, p. 57-58. [37] Ib., p. 60. [38] El Persiles como desafío narrativo, Mercedes Alcalá Galán, Actas del XIII congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Madrid 1998, I, Ed. Castalia, Madrid 2000, p. 411. [39] “Pero, con ser así, todo lo que aquí hemos dicho, y tan universal y notorio el provecho de los Ejercicios, no ha faltado quien ha querido escurecer esta verdad y poner sospecha en cosa tan puesta en razón”(Vida I, VIII) [40] Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza, Madrid 1986. [41] Covarrubias, o.c. [42] “Por más que Astrana Marín asegure haber encontrado el apellido coetáneo Quijote, la voz indica “parte superior de las ancas de la caballería” además de “parte del arnés dedicada a cubrir el muslo”: se sugiere una irónica ambivalencia que, sólo por esto, y sin entrar en más consideraciones, “ya debió de venir a los propósitos de Cervantes como anillo al dedo.” Constantino Láscaris Commeno insistía en el simbolismo obsceno de la pieza de la armadura, y Dominique Reyre prosigue tal exégesis. Acaso convenga subrayar cómo, desde el Antiguo Testamento al Renacimiento, se ha aludido siempre en el muslo del varón, por metonimia, a la potencia reproductora, cuando no al mismo sexo. Más en concreto, los autores del Siglo de Oro suelen remontar a fuentes bíblicas un episodio hagiográfico reciente: así es como la cojera de San Ignacio de Loyola será asociada con la de Jacob tras su lucha con un ángel (Gén. 32, 24-32) que, al herirle en el tendón del muslo izquierdo, habría castigado su sensualidad, ofrece el tópico mayor relevancia por cuanto la figura del caballero andante a lo divino, imbuido de un espíritu tan afín al de Don Quijote, pudo asimismo originar ciertos pasajes del relato de Cervantes” Una lectura erótica del Quijote, Alfredo Baras Escola, http://www2.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/articf92/baras/.htm [43] La paradoja del Quijote, James A. Parr, Actas del III Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Ed. Anthropos, Barcelona1993, p. 43. [44] “Y puede acontecer, como muchas veces vemos que acontece” (Vida III, XV). [45] “Los misioneros de la Compañía son Hércules, Sansones, Césares y Alejandros. Todos los jesuitas, en general, sin excepción alguna, son leones, águilas, rayos de la guerra, flor de la milicia de la Iglesia; nacen armados de punta en blanco, con la coraza en el pecho y el yelmo en la cabeza. Cada uno de ellos vale por un ejército” (“trozo del infolio de mil páginas, todas al mismo tenor, que escribió el Padre Lancicio, cuando se celebró el primer centenario del Instituto”)”. Mirando a Loyola, Julio Cejador , Ed. Renacimiento, Madrid 1913, p. 120. [46] “Los historiadores han tratado de identificar esta misteriosa mujer proponiendo a tres personajes diferentes: Germana de Foix, Catalina, la hermana de Carlos V, y Leonor, hermana mayor del emperador, insistiendo sobre todo en la mayor verosimilitud de que fuera Catalina la dama soñada. Sus catorce o quince años no resultan ningún obstáculo, a pesar de la opinión del P. de Dalmases. Por recordar sólo unos casos literarios, el enamoramiento de Amadís y Oriana se produce cuando la Princesa tiene doce años [...] En todos los casos son hijas de reyes y solteras, como es habitual en la tradición caballeresca hispana, a diferencia de las novelas artúricas de amores adúlteros como en el ciclo de Lanzarote o en el de Tristán” Cacho, o.c., p.142. [47] “Precisamente durante su carrera en Navarra tomaron auge los ensueños de Iñigo de aspirar con sus proezas a la mano de una dama de sangre real. Excluyendo, como creemos inevitable, a doña Germana de Foix, el hecho se explicaría más obviamente suponiendo que asistió en Valladolid a la solemne presentación a la Corte de la Infanta doña Catalina, que tuvo lugar estos meses” Leturia, o.c. p. 111. [48] Donde Ana y Javier. [49] Diccionario histórico, o.c. ¿Favoreció doña Catalina a la Compañía porque llegó a conocer el amor de Loyola?. [50] "se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar, poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reina de los Ángeles" (Vida I, IV) [51] “Dulcinea nunca pierde su inocencia. Es una diosa en un pedestal de la tradición neoplatónica de León Hebreo” Angélica y Dulcinea: dos mujeres idealizadas, Sandra L. Nielsen, Actas XIII AIH, o.c., p. 637. [52] Enciclopedia Larousse. [53] Don Quijote de la Mancha, Alonso Fernández de Avellaneda. Edición, introducción y notas de Martín de Riquer, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1972, p. XVI. [54] ¿Cuándo, dónde y cómo se escribió el "Quijote" de 1605?, Emilio Orozco Díaz, Universidad de Granada, 1980, p. 44. [55] "Todo el capítulo primero, uno de los más sutiles del libro, es elaborado arranque, y está escrito de esa manera precisa y meticulosa que en Cervantes contrasta con aquella otra de describir a amplios y sueltos rasgos", Prosas completas, Luis Cernuda, Ed. Barral, Barcelona 1975, p. 965. [56] Sentido y forma del Quijote, J. Casalduero, Ed. Gredos, p. 72.
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