CAPITULO UNO

Hidalguía, ocio, libros e influencias, deseos de imitación y restauración de principios y valores antiguos abandonados, e incluso la idea de una locura parcial, son conceptos tomados de los primeros capítulos del Relato e insuflados por Cervantes a don Quijote.

“La  conversión de Alonso Quijano en don Quijote se asemeja  en algo  a los convertidos religiosos.  En éstos se realiza el  paso del vivir ordinario al vivir extraordinario de la fe, como en don Quijote se realiza el paso del vivir oscuro del hidalgo aldeano a la vida  aventurera del caballero andante [...] Don Quijote es hijo de las lecturas de Alonso Quijano.  En los libros de  caba­llerías descubre, aprende y admira el ideal del caballero andante.  Es bueno recordar aquí, como lo hizo Julio Cejador y Frauca,  el paralelo  entre  Ignacio  de Loyola y don Quijote.   El  primero decide convertirse de soldado del emperador en soldado de Cristo por  la  lectura  de la vida de los santos.   El  segundo,  como resultado del leer constante los libros de caballería, deja  de pensar como el hidalgo aldeano Alonso Quijano y empieza a pensar y  a obrar como el caballero andante don Quijote de  la Mancha" [1]

 


  La idea del hidalgo ocioso a quien las excesivas lecturas le influyen hasta el punto de abandonar su casa y hacienda e irse por el mundo con el firme propósito de imitar a sus héroes y  restablecer la antigua orden de la caballería, está  implícita en el capítulo primero del Relato, donde Gonçalves muestra con brevedad el cambio originado en la vida del militar Íñigo de Loyola mientras se recupera de unas  graves heridas de guerra

“y se fue hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forzado estar en el lecho.  Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos de ellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance.

Por los cuales leyendo muchas veces, algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito.  Mas dejándolos de leer, algunas veces se paraba a pensar en las cosas que había leído; otras veces en las cosas del mundo que antes solía pensar” (R, 5-6).

   El ocio obligatorio (“le era forzado) y esos dos libros religiosos le influyen tanto que, en apenas dos meses, abandona sus ya quebrados sueños de gloria militar y comienza a pensar en hacerse peregrino y en imitar a los santos. Deseos confirmados tras una “aparición” de la Virgen,  de la que queda tan impresionado que hace voto privado de castidad y promesa de peregrinar a Jerusalén en cuanto sane.   Esta rápida evolución no es muy del agrado de su familia, especialmente de su hermano mayor.

   De forma muy resumida esa es la esencia del primer capítulo del Relato, del que Cervantes toma ante todo la idea general del hombre ocioso y soñador  al que  los libros cambian su vida, y al que también, en ciertos aspectos, se le toma por loco, pues la familia de Loyola difícilmente pudo asimilar un giro tan radical y en tan poco tiempo.  De hecho, el hermano mayor, que ocupa el lugar del padre, muestra una clara oposición e intenta convencerlo rogándole “no se eche a perder”. Lo mismo debieron pensar los restantes miembros de la casa solariega de Loyola, sorprendidos ante el inesperado cambio del valeroso militar que, tras renunciar a su herencia, inicia una larga peregrinación hasta Jerusalén. Él mismo cuenta en el  Relato cómo en más de una ocasión le tomaron por loco.

   Sobre esta base de una personalidad y circunstancias paralelas, Cervantes mantiene desde el inicio la posibilidad de una doble lectura

 “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”

   El famoso comienzo del Quijote, aparentemente sólo literario, contiene ya alguna información velada, para cuya lectura es necesario ante todo conocer los complejos métodos cervantinos,  los distintos niveles simbólicos contenidos en su obra y a los que se puede acceder desde cualquier punto aunque, en la mayoría de los casos, sólo progresivamente.  El inicio de la novela forma parte de la simbología más oscura, entre otras cosas, porque en este primer capítulo se van a concentrar tantos paralelismos con la vida de Loyola que Cervantes está obligado a desdibujarlos al máximo para evitar la evidencia. O sea, estas primeras conclusiones sólo serán aceptables a medida que se vaya apreciando que no son un hecho aislado, sino un ingenioso plan organizado.

   Entre las conexiones de más difícil aceptación destaca el famoso inicio:  “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, cuyo paralelismo con la primera frase del Relato no es nada formal, aunque sí de contenido

“Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo”

     Para entender este atípico comienzo del Relato es necesario imaginar a Loyola un año antes de su muerte, superior de una obra extendida por todo el mundo y en la que era reverenciado como símbolo de una nueva religiosidad.  Algunos de sus compañeros ya habían escrito sobre él, y ahora le piden que él mismo lo haga.  Y empieza con una frase sencilla, borrando de un plumazo toda su vida anterior al momento de su conversión.  De su pasado prefiere no decir nada, ni lugar, ni fecha de nacimiento, ni familia, ni infancia.  Su vida sólo cuenta desde el momento en que se entrega a Dios, llevando al límite esa idea del religioso que renuncia a  sus orígenes.

   Cervantes imita ese comienzo, pues al utilizar la generalidad de “la Mancha” nos está anunciando que se trata de un caballero español del que se niega a decirnos su lugar de nacimiento (“no quiero acordarme”) [2] es decir, un acto de voluntariedad semejante al hecho por Loyola al callar el suyo. Así lo vio Unamuno, y sus palabras son tan  aplicables al Quijote como al Relato, que él no llegó a conocer: “Nada sabemos del nacimiento de don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos.  Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo” [3]  

   ¿No podría decirse lo mismo de Loyola si nuestra única fuente de información fuera el Relato?

   Cervantes no especifica el momento histórico en que vivió don Quijote, sólo dice que "no ha mucho tiempo", otra imprecisión acorde para la identificación con Loyola, de quien  Ribadeneyra nos viene a decir lo mismo y con una expresión muy parecida

“Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad, podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese” (Vida, A los hermanos)

   El “no [...] ha muchos siglos que pasó” se ha transformado en “no ha mucho tiempo que vivía”, sustituyendo “siglos” por “tiempo” y “pasó” por “vivía”, y manteniendo el paralelismo en el resto de la frase.

  Además Loyola era hidalgo [4] , o  más precisamente  hijodalgo de solar conocido, o sea, descendiente de familia  con  casa solariega, la de Loyola, y con derecho a don.  De esa antigüedad y alcurnia da fe, según Leturia, el hecho de que se  conozca su ascendencia desde 1221 [5] ,  aunque  desde  el momento  en que comienza sus peregrinaciones y renuncia a sus derechos, se convierte en un hidalgo  "sin  linaje", y pobre [6]

   Don Quijote también era  un hidalgo  pobre, aunque su hidalguía, como la de Loyola,  parece de sangre, pues  en su casa existen objetos emblemáticos de rancio abolengo que lo ratifican ("lanza en astillero, adarga antigua"), y él mismo confirma en el capítulo 21 esa ascendencia que de nuevo le identifica con Loyola

"Bien  es  verdad que yo soy hijodalgo de solar  conocido, de posesión y propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podría ser  que  el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me hallase quinto o sexto nieto de rey" (QI, 21)

   Incluso el rocín es también una referencia al Relato, pues aunque en el capítulo segundo Loyola se aleja de casa de su hermano “cabalgando en una mula”, en el noveno, vuelve a su tierra montado “en un rocín, que los compañeros le habían comprado” 

   Igualmente el “galgo corredor” encuentra su referente en la casa solariega de Loyola, donde lógicamente tenían sus perros, según nos ratifica la historia:   “Da el último toque al cuadro Potenciana de Loyola, al recordarnos los perros de caza que en vida de Ignacio había en el Palacio” [7]

"Una  olla  de algo más vaca que carnero,  salpicón  las  más noches,  duelos y quebrantos los sábados, lantejas  los  viernes, algún  palomino  de añadidura los domingos,  consumían  las  tres partes de su hacienda.  El resto della concluían sayo de velarte, calzas  de  velludo  para las fiestas, con sus pantuflos de  lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de  lo más fino"

   Curiosamente Cervantes ha reducido la hacienda de don Quijote a sus comidas semanales y  a su ropa y calzado, no incluyendo  en ese concepto ni la casa que aparecerá inmediatamente ("su  casa") ni las fanegas de tierra, pollinos y otras pertenencias que malvende a lo largo de la obra. Es decir, aunque don Quijote parece que  tiene algunos  bienes, según el narrador sus únicas posesiones son las humildes comidas  diarias y su ropa, las mismas  con  que cuenta  Loyola en estos inicios de la parodia, pues ha renunciado a cualquier tipo de propiedad desde el momento en que  toma la decisión de hacerse peregrino.

    Sin embargo, todas estas referencias específicas y tan rebuscadas sobre la comida y ropa de don Quijote, son principalmente alusiones en clave a circunstancias de la vida de Loyola.

    La “olla de algo más vaca que carnero” parece una clara alusión al escudo familiar de los Loyola, donde están grabados toscamente dos lobos y una olla [8]

   También la familia Loyola poseía, fundamentalmente, según sus historiadores, ganado vacuno, de ahí la asociación olla-vaca como sugerencia culinaria y a su vez identificativa de la familia

“se debe a Lope García la traída a las posesiones de Oñaz de ganado vacuno de la Peña de Allende; y a Juan Pérez la transmisión al padre de San Ignacio de los caseríos y ganados y bosques” [9]

   En la misma línea simbólica deben considerarse las restantes comidas, pues Ribadeneyra, fantaseando sobre los sacrificios de Loyola en los inicios de su  carrera, explica que  sufría fuertes tormentos espirituales

"Pero  entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle  acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera, que se le pasaban las noches y días  llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto" (Vida I, VI)      

   Cervantes ha transformado esta alimentación espiritual  en platos culinarios, pues además de ironizar con la expresión quebran­to, (lo que explica que sea el primero, según Murillo [10] , en utilizar esa locución gastronómica en forma escrita), ha sustituido los lloros o amargos llantos por duelos e, histriónicamente, esa abundancia o torrentera de lágrimas que pueden salpicar [11] ("las noches  y  días  llorando")  por "salpicón  las más noches"

    Esa asociación de  lo culinario con ideas ascéticas ya la hizo Morel-Fatio, que “explica la significación figurada de la frase,  en  esta  forma: <<Quien dice abstinencia, dice también penitencia  y mortificación,  y he aquí por donde se justifica decir duelos” [12] , es decir, M. Fatio ya vio el sentido simbólico-mortificador oculto tras ese juego de palabras con doble sentido.  Igualmente, la mención a las lentejas parece una referencia a la vigilia católica, dando a entender que don Quijote es un fiel cumplidor de los preceptos eclesiásticos,  rasgo también heredado de Loyola, que en este primer capítulo del Relato se autocalifica como muy devoto.  Pero curiosamente, la invención de todas estas metáforas seudo gastronómicas no pertenece a Cervantes, sino que es el mismo Ribadeneyra quien, con sus pinitos literarios, sugiere la idea de que Loyola desayunaba con afrentas e injurias

“no habiendo todo aquel día desayunádose con otro manjar que de afrentas e injurias, y estando bien fatigado y quebrantado su cuerpo, un español, de pura lástima, le llevó consigo y le albergó y reparó, dándole de comer” (Vida I, XII)

   Todo el fragmento gira en torno a la comida, mezclándose lo simbólico (desayunar afrentas) con lo real (“dándole de comer”), o sea, el mismo doble juego (externo e interno) empleado por Cervantes, que también recurre al quebranto como referencia al “quebrantado”

   Igualmente la vestimenta de don Quijote responde a la ropa característica de una persona acomodada que no sale de casa, en correspondencia con la inmovilidad de Loyola, todavía un hombre acomodado a causa de sus heridas.  Además, dichos ropajes parecen revestidos de pura ironía, pues el “sayo de velarte” sugiere una referencia al poco dormir de Loyola, que pasaba las noches en vela [13] .

   Una vez realizada esta primera ambientación externa, Cervantes se centra en el interior de la casa

 “Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera”

   De nuevo la relación entre el mundo familiar de ambos personajes vuelve a ser paralela. Loyola, tras ser herido, regresa a  casa de su hermano mayor, donde será atendido por doña Magdalena de Araoz, su cuñada, y “sus jóvenes hijas, Magdalena y María” [14] .  La primera, como el ama de don Quijote, debía sobrepasar los cuarenta, y sus hijas, no llegar a los veinte, especialmente la heredera de la casa de los Loyola, mencionada en la Vida en varias ocasiones [15]

   El ambiente femenino de la casa de don Quijote es, pues, paralelo a la situación de Loyola, postrado y rodeado por las mujeres de la casa, y alejado para siempre del temperamento guerrero dominante en el mundo de sus hermanos.

   El  “mozo de campo y plaza”, que no volverá a mencionarse en el Quijote, también encuentra su referente en un criado de la casa de los Loyola, del que tampoco se volverá a hablar en el Relato ni en la Vida, y que lo mismo sirve para labores del campo como para las domésticas

“Todavía a un criado de casa, que iba a Burgos, mandó que se informase de la regla de la Cartuja” (R, 12)

   Es decir, Loyola encarga a un criado de casa la realización de una gestión en Burgos, convirtiéndolo en “mozo de campo y plaza”, o sea, el que realiza tareas en el campo o en la ciudad, como el de don Quijote [16] .

   El narrador continúa informando

"Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza"

   La constitución de don Quijote es también similar a la de Loyola

“Tuvo con la divina gracia y con el continuo trabajo y cuidado que puso, tan sujetas sus pasiones y tan obedientes a la razón, que aunque no había perdido los afectos naturales del alma (porque esto fuera dejar de ser hombre) parecía que no entraba en su corazón turbación ni movimiento de ningún apetito desordenado. Y había llegado a tal punto, que con ser muy cálido de complexión y muy colérico, viendo los médicos la lenidad y blandura maravillosa que en sus palabras y en sus obras usaba, les parecía que era de complexión flemático y frío; mas habiendo vencido de todo punto con la virtud y espíritu lo que en el interior afecto era vicioso de la cólera, se quedaba con el vigor y brío que ella suele dar, y que era menester para la ejecución de las cosas que trataba. De manera que la moderación y templanza del ánimo, no le hacía flojo ni remiso, ni  le quitaba nada de la eficacia y fuerza que la obra había de tener” (Vida V, V)

   A Ribadeneyra le gusta presumir de conocimientos científicos, y suele utilizar cualquier pretexto para exhibirse, como ocurre en este pedante fragmento de tan escasa credibilidad, donde lo importante es mostrar su información sobre las nuevas teorías de los humores.  Lo mismo califica a Loyola de cálido y colérico que de flemático y frío, todo con la idea de suavizar posteriormente esos extremos con grandes virtudes (“habiendo vencido”) y dar una imagen final de superhombre hecho a sí mismo, etc.

   Cervantes, que como iremos viendo aprovecha todos estos engaños seudocientíficos de Ribadeneyra para zaherirle, ha hecho una descripción mucho más concisa y acorde con la verdadera personalidad y aspecto de Loyola, firme en su temperamento y muy delgado (“seco de carnes, enjuto de rostro”) debido a sus ayunos, penitencias y otros trabajos espirituales. 

   En definitiva, esas opiniones científicas del narrador sobre don Quijote, están inspiradas o parodian las de Ribadeneyra sobre Loyola, de forma que la tan recurrida teoría de los humores de Huarte de San Juan no llega al Quijote de primera mano, sino como burla irónica contra Ribadeneyra, en cuya Vida y aplicado a Loyola, también encontramos el vocablo “recio” [17] , y constantes referencias a su delgadez [18]

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana.  Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad”.

   Con “Quieren decir” alude expresamente el narrador a la existencia de esos autores citados después (“autores que deste caso escriben”) que ya han escrito sobre este caso, y  a los que él atribuye la autoría de sus fuentes informativas, aunque permitiéndose un punto de vista crítico, pues enseguida nos  demuestra que él ya tiene su propia opinión (“conjeturas verosímiles” “importa poco”, “basta”) y que desconfía de alguna de esas fuentes.

   De nuevo la coincidencia con Loyola es total, pues sobre él sabemos que han escrito no sólo Gonçalves y Ribadeneyra, sino también un grupo de escritores anteriores (Laínez, Polanco, etc.) y otros posteriores.  ¿A qué se refiere, pues, esa diferencia a cerca del sobrenombre de don Quijote?

   Se trata de otro divertido juego en torno a la evolución del nombre religioso de Loyola.  Mientras en el Relato nunca se le cita por su nombre sino siempre como “el peregrino” [19] , Ribadeneyra,  al principio de su Vida, además de ofrecer (en contra de la filosofía del Relato) todo tipo de detalles genealógicos y geográficos, recoge el cambio de denominación que hizo siendo ya religioso, para facilitar la pronunciación entre sus compañeros de distintas nacionalidades 

"Tuvieron estos caballeros cinco hijas y ocho hijos, de los cuales el postrero de todos, como otro David, fue nuestro Íñigo, que con dichoso y bienaventurado parto, salió al mundo para bien de muchos; a quien llamaremos de aquí adelante Ignacio, por ser este nombre más común a las otras naciones" (Vida I, I)

    Los "autores que deste caso escriben" mantienen pues algunas diferencias respecto al nombre, ya que frente a esa especie de humilde anonimato del peregrino, Ribadeneyra ha planteado esa precisa aclaración Íñigo-Ignacio que sirve a Cervantes de motivo humorístico (Quijada-Quesada) para ironizar ("importa poco") sobre los métodos de Ribadeneyra, muy interesado en informar ampliamente sobre lo superfluo aunque, según se irá viendo, faltando constantemente a lo esencial. Cervantes ha utilizado, como Ribadeneyra, el verbo llamar, "se deja entender que se llamaba Quijana", dando a su frase un sentido muy similar al de su referente.  Marco Corradini lo resume así

“El fundador de la Compañia recibió de hecho en la fuente batismal el nombre vasco de Eneko, cuya traducción en castellano es Íñigo, y con la edad de cuarenta y tres años, diplomado bachiller en París, prefirió sustituirlo por Ignatius/Ignacio. Ribadeneyra, siguiendo un criterio obvio de uniformidad y ateniéndose al uso más notable, anticipa el pasaje de uno a otro nombre, colocándolo, como hará también Cervantes, en posición inicial” [20]

   Acto seguido, tras determinar que esas nimiedades sobre el nombre carecen de importancia, el narrador introduce su primera reflexión sobre la verdad, un tema lógicamente trascendental en el Quijote

 “basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad”

   Es una referencia a la verdad en abstracto, la verdad como condición mínima e indispensable en toda obra histórica.  Loyola y Gonçalves, religiosos, lo habían cumplido, y Cervantes, como humanista e historiador, está comprometiéndose con ese precepto (“no se salga un punto”) e, indirectamente, acusando a Ribadeneyra de incumplirlo.  En otras ocasiones volverá Cervantes a insistir en la obligación moral del historiador de decir la verdad claramente y sin tergiversaciones.

   Además, en ese párrafo se ha definido la historia de don Quijote como “caso” [21]   (“autores que deste caso escriben”) y como “cuento” o invención literaria de entretenimiento, quedando de esta forma implícitamente definido por su autor como  un género ambiguo formado de historia y literatura.

"Es, pues, de saber que este sobre dicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos

   La situación de Loyola durante su convalecencia, incapaz de moverse y dedicado a la lectura, es similar a la de don Quijote, “ocioso” casi todo el año, y también dedicado a leer.  Cervantes repite prácticamente la expresión de Relato: “era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías”, y además su sentido general, pues del superlativo anterior “muy dado a leer” se deduce la enorme afición de Loyola, que como veremos  leía los mismos libros “muchas veces”  

   No obstante, casi todo el sentido irónico de este párrafo procede del estilo de la Vida

 “Era en este tiempo muy curioso, y amigo de leer libros de caballerías,  y para pasar el tiempo que con la cama y enfermedad se le hacía largo y enfadoso, pidió que le trujesen algún libro de esta vanidad. Quiso Dios que no hubiese ninguno en casa sino otros de cosas espirituales que le ofrecieron; los cuales él acetó, más por entretenerse en ellos, que no por gusto y devoción. Trujéronle dos libros, uno de la vida de Cristo nuestro Señor  y otro de vidas de Santos, que comúnmente llaman Flos Sanctorum. Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto

   La curiosidad, entendida como deseo de saber, es común a Loyola (“muy curioso, y amigo de leer”) y a don Quijote (“llegó a tanto su curiosidad”), y también la ociosidad activa de lectores, e igualmente la afición y gusto con que a ello se dedican.  Ribadeneyra hasta explica la consecuencias enfermizas que puede provocar una afición excesiva a los libros, como en el caso de don Quijote

“Tampoco le era alivio lo que a otros les suele dar, que es el gusto que reciben de lo que van aprendiendo, el cual suele ser tan sabroso, que muchas veces, por no perderle, se pierde la salud y la vida, sin poder los hombres apartarse de sus libros” ( Vida II, I)

    Incluso la frase hecha (“Es, pues, de saber que este”), también se encuentra en los primeros capítulos de la Vida: “es de saber que en este” (Vida I, III)

   El siguiente cuadro muestra esquemáticamente las muchas concomitancias entre ambos textos

Vida                                                                Quijote
“era muy curioso”                                        “llegó a tanto su curiosidad”
“amigo de leer libros de caballerías”              “se daba a leer libros de caballerías”
“comenzó a leer en ellos”                           “en que leer...dellos”
“para pasar el tiempo” “por entretenerse”            “estaba ocioso”
“afición y gusto”                                               “afición y gusto”
“es de saber que en este”                            “Es, pues, de saber que este”

   El famoso párrafo del Quijote es, pues, una variación sobre el texto de la Vida, cuyo sentido general es igualmente paralelo, ya que Loyola, cuyo estado físico es de postración, debió poco  a poco empezar a olvidar el ejercicio de la guerra, que ha sido traducido por Cervantes como ejercicio de la caza, dejando con ello a don Quijote con el mismo abandono de sus obligaciones cotidianas en el que se encontraba Loyola que, a partir de esos momentos, como don Quijote, no sólo renunció a sus derechos sino que también abandonó la administración de su hacienda, según puede leerse en la Vida

muerto del todo al mundo y a todas sus cosas, no tenía cuenta ninguna con los negocios de sus deudos” (Vida V, V)

   Y así como Loyola “se paraba a pensar en las cosas que había leído”, don Quijote recuerda pasajes de sus libros favoritos

            “y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y aquellas entrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: "La razón de la sin razón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enfla­quece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divina­mente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

   Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello”

   El escritor escogido por Cervantes para ridiculizar el estilo propio de los libros de caballerías que gustaban a don Quijote es Feliciano de Silva, “autor de fácil pluma [...] estilo hinchado y puerilmente afectado” [22] , en cuyos libros nadie ha encontrado esta frase concreta que le atribuye el narrador, quizás porque donde realmente debe buscarse es en la Vida, según se deduce de un párrafo muy parecido por su estilo hueco y afectado

"Así que todo lo que diremos de nuestro bienaventurado padre Ignacio, manó como río de la fuente caudalosa de Dios; y pues él es el principio de este bien tan soberano, también debe ser el fin de él, y se le debe sacrificio de alabanza, por lo que él obró en este su siervo y en los demás.  Porque es tan grande su bondad, y tan sobrada su misericordia para con los hombres, que sus mismos dones y beneficios que él le hace, los recibe por servicios, y quiere que sean merecimientos de los mismos hombres. Lo cual los santos reconocen y confiesan, y en señal de este reconocimiento quitan de sus cabezas las coronas que son el galardón y premio de sus merecimientos, y con profundísimos sentimiento de su bajeza, y con humilde reverencial agradecimiento postrados y derribados por el suelo, las echan delante del trono de su acatamiento y soberana majestad" (Vida, A los hermanos)

   Estas absurdas tautologías de Ribadeneyra son casi iguales a las seleccionadas por Cervantes,  y se aprecia en ellas una irracionalidad que ni el mismo Aristóteles, como súmmum de la lógica, sería capaz de explicar.

    Mientras Ribadeneyra, en unas cuantas líneas, repite hasta cinco veces la referencia a Dios (“Dios” o “él”), Cervantes hace algo parecido con el vocablo “razón”, y al final del fragmento concentra, como en la Vida, un número similar de inútiles adjetivos con el factor común del referente “merecimiento”

"los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza"

      Don Quijote enloquece buscando sentido a esas incomprensibles frases que, según el irónico narrador, le gustaban por su claridad o porque le "parecían de perlas"

   Otra coincidencia entre Loyola y don Quijote es que se desvelan, el primero tratando de orientar su vida y el segundo buscando sentido (“desvelábase”) a las intrincadas frases de sus libros

“Y así de día y de noche se desvelaba en buscar un estado y manera de vida” (Vida I, II)

   Prosigue el narrador

   “No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran”

   De nuevo un párrafo de inocente apariencia, introduce un par de alusiones a detalles ya tratados en el capítulo uno del Relato. La primera es la referida a las cicatrices de Loyola, herido en las dos piernas y operado primero por los franceses.  Tras esa operación hubo que volver a intervenirle por tener los huesos desencajados y, luego, por tercera vez, para tratar de quedarlos estéticamente aceptables. Todo, según la escasa información del Relato y la amplia de Ribadeneyra, con alto riesgo de su vida y con grandes dificultades y dolores, e indudablemente lleno de cicatrices.    Además de cicatrices, a Loyola le quedó, como resulta de aquellas intervenciones quirúrgicas, una manifiesta cojera que no se menciona en el Relato, y a la que Ribadeneyra se refiere tan eufemísticamente (“estirando y extendiendo poco a poco la pierna, y volviéndola a su lugar. Pero, por mucho que la desencogieron y retiraron, nunca pudo ser tanto, que llegase a ser igual al justo con la otra”) que en repetidas ocasiones Cervantes hará distintas e irónicas alusiones a ella. 

    La segunda referencia del párrafo es la intención de don Quijote de continuar o dar fin a la historia de caballería (“muchas veces le vino deseo de tomar la pluma”), también con el mismo propósito de imitar el comportamiento de Loyola,  a quien en este primer capítulo “le vino al pensamiento de sacar algunas cosas en breve más esenciales de la vida de Cristo y de los Santos”. El referente obvio es la expresión “le vino”, más la intención de continuar obras ya comenzadas en ambos casos.  Don Quijote no pudo realizar su deseo de completar el libro porque “otros mayores y continuos pensamientos se lo estorbaban, tal como, según Ribadeneyra, le ocurre a Loyola, acuciado por sus pensamientos

“Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía, queriendo continuar la posesión que tenía de su antiguo soldado, y con que por otra el Señor de la vida le llamaba y convidaba a ella, para hacelle caudillo de su sagrada milicia. Mas, entre los unos pensamientos y los otros había gran diferencia; porque los pensamientos del mundo tenían dulces entradas y amargas salidas” (Vida I, II)

   Los abundantes pensamientos de Loyola se reparten entre el “Señor” y el demonio, tal vez por eso el narrador del Quijote haya especificado irónicamente que “mayores” pensamientos le estorbaban para escribir el libro.

“Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar –que era hombre docto, graduado en Sigüenza- sobre cuál había sido mejor caballero:  Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula;  mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero de Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga”

   La ironía del narrador recae ahora sobre el panorama de la universidad española de mediados del XVI (representada por la de Sigüenza y sus, burlescamente, doctos alumnos), donde la religión ocupa el lugar preeminente de una cultura cuyos objetivos son las discusiones bizantinas “sobre cuál había sido mejor” santo, pues a ellos se está refiriendo el narrador cuando, solapadamente, sustituye sus nombres por el de personajes de los libros de caballerías.  Es decir, el cura y el barbero hablan, lógicamente, de santos, que es prácticamente sobre lo único que, sin temor, la sociedad española podía hablar en aquellos momentos de represión.  Los ejemplos del narrador sobre dichas discusiones dejan constancia de sus niveles: tenía muy acomodada condición, no era melindroso ni llorón, pero sí valiente.  O sea que, tanto el cura como el barbero, representantes de la cultura de su época, comentan sus lecturas sin capacidad de análisis ni de crítica, tal como solía suceder con los libros religiosos y tal como puede verse en la Vida, donde aparecen comparaciones semejantes sobre milagros

 “Para poner, pues, fin a esta mi historia, digo que a mi juicio, ningunos otros milagros de nuestro B. P. Ignacio, se pueden ni deben comparar con estos que habemos dicho, pues son tan grandes, tan claros y tan provechosos” (Vida V, XIII)

y reflexiones sobre la condición o la valentía

“Fue enviado el maestro Pascasio a Sena, para reformar un monasterio de monjas, lo cual hizo despertando en muchas ánimas vivos deseos de servir a Dios, con la entereza de vida y mansedumbre de condición que tenía. Porque este padre era dotado de una columbina y prudente simplicidad. El Maestro Claudio Yayo fue enviado a Bresa, el cual ganó las voluntades de toda aquella ciudad con la suavidad de su condición y santidad de sus costumbres, y despertó las gentes a buscar de veras el camino del cielo” (Vida II, XV)
“Y así, aunque era hombre robusto y de grandes fuerzas, a pocos días se enflaqueció y marchitó la fuerza de su antiguo vigor y valentía, y quedó muy debilitado con el rigor de tan áspera penitencia” (Vida I, VI)

   Respecto al llanto (“no era tan llorón como su hermano”) ya iremos viendo que las múltiples referencias existentes en el Quijote, se corresponden con las muchas ocasiones en que Ribadeneyra  menciona los continuos éxtasis llorosos de Loyola.

"En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se  le pasaban   las  noches leyendo de claro en claro, y  los días   de turbio  en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se  le secó el celebro,  de manera que vino a perder el juicio.  Llenósele  la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así  de encantamentos  como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele  de tal modo en la imaginación que era verdad  toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundoDecía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes.  Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos.  Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él sólo era afable y bien criado.  Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice la historia, diera él por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al alma que tenía y aun a su sobrina de añadidura”

    La  imagen  de don Quijote enfrascado en sus  lecturas  y  sin dormir  también procede  del Relato y la Vida, pues Loyola,  que  pasa  su tiempo leyendo libros de santos,  se consuela mirando "el  cielo  y  las estrellas, lo cual hacía muchas veces y  por mucho espacio", o sea que dormía poco. En realidad, casi todo el sentido y forma de esa primera parte del fragmento está compuesto en base a otros dos fragmentos de la Vida, pues a don Quijote “se le pasaban las  noches leyendo de claro en claro, y  los días   de turbio  en turbio”, como a Loyola

"Pero  entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle  acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera, que se le pasaban las noches y días  llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto" (Vida I, VI)
“Volviendo, pues, a su vida, que era la que habemos contado, acontecíale muchas veces que, queriendo las noches dar un poco de reposo a su fatigado cuerpo, le sobrevenían a deshora tan grandes como ilustraciones y, soberanas consolaciones, que embebecido y transportado en ellas, se le pasaban las más noches de claro en claro sin sueño, y le robaban el poco tiempo que él tenía señalado para dormir” (Vida I, IX)

   Cervantes ha repetido irónicamente esas repelentes frases, a las que cómicamente añade la coletilla “de turbio en turbio”

   Según el narrador a don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer y poco dormir (“del poco dormir y del mucho leer se  le secó el celebro”), enfermedad que, según Ribadeneyra, también les ataca a quienes realizan sin freno otro ejercicio intelectual como la meditación o la oración

“Porque suelen ser algunos de su condición muy duros de cabeza, y arrimados a su parecer;  lo cuales si se dan a la meditación y oración sin el freno de la discreción, y del cuidado de vencer y mortificar su propio juicio, se les viene a secar la cabeza y a endurecérseles” (Vida V, I)

   A don Quijote “Llenósele  la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola le entran ganas de “obrar lo que leía”

“Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto. Porque esto tienen las cosas buenas, que cuanto más se tratan, más sabrosas son. Y no solamente comenzó a gustar, mas también a trocársele el corazón, y a querer imitar y obrar lo que leía” (Vida I, II)

    La excesiva lectura es, en definitiva, la causante del cambio de ambos, pues mientras don Quijote  enloquece leyendo  libros  de caballerías, a Loyola, las lecturas  piadosas  y sus todavía persistentes  sueños de caballero,  le inclinan al fin a  imitar  a los santos, y decide hacer las mismas cosas que los más  famosos hicieron.  La evolución sicológica está perfectamente señalada en el Relato

"Todavía nuestro Señor le socorría, haciendo que sucediesen a estos   pensamientos  otros, que nacían de las  cosas  que leía.  Porque,  leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se paraba  a  pensar, razonando consigo:  ¿qué sería, si  yo  hiciese esto  que hizo S. Francisco, y esto que hizo S. Domingo?  Y así discurría  por  muchas cosas que hallaba  buenas, proponiéndose siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las cuales cuando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en  obra. Mas  todo su discurso era decir consigo: S. Domingo  hizo  esto; pues  yo lo tengo de hacer.  Duraban también  estos pensamientos buen  vado, y después de interpuestas otras cosas, sucedían  los del mundo  arriba dichos, y en ellos también  se paraba  grande espacio;  y  esta sucesión de pensamientos tan diversos  le  duró harto tiempo, deteniéndose siempre en el pensamiento que tornaba; o fuese de aquellas hazañas mundanas que deseaba hacer, o  de estas otras  de Dios que se le ofrecían a la fantasía, hasta tanto  que de cansado lo dejaba, y atendía a otras cosas" (R,7)

   A don Quijote “Llenósele  la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola, la sucesión de pensamientos que le producen sus lecturas, le llenan la cabeza de fantasías.  O sea, el proceso hacia lo que puede entenderse como locura religiosa de Loyola es exactamente el mismo seguido por don Quijote hacia su locura caballeresca, por eso, en muchas ocasiones de la obra, se comentará su normalidad mental en cuanto se le saca de ese asunto.

   Recordemos que las primeras lecturas de Loyola son precisamente recopilaciones de vidas de santos [23] , dos libros típicos de la literatura religiosa de la época, una Vida de Cristo Cartujano [24] y una especie de antología o recopilación de Vida de los Santos o Flos Sanctorum.  De ahí ese deseo de imitar las muchas acciones que cada uno había realizado

"Y  aquí  se le ofrecían los deseos de imitar los  santos,  no mirando  más circunstancias que prometerse así con la gracia  de Dios de hacerlo como ellos lo habían hecho" (R,9)
"Y  así,  cuando se acordaba de hacer  alguna  penitencia que hicieron los Santos, proponía de hacer la misma  y aun más" (R,14)
"su  intención  era  hacer de estas  obras  grandes  exteriores, porque  así las    habían hecho los Santos para gloria de dios,  sin mirar otra ninguna más particular circunstancias" (R,14)

   Ya en el siglo XVIII, el reverendo John Bowle, defendía estas mismas ideas:

            “como ha dicho de él un antiguo autor francés, Ignacio de Loyola era tan famoso en su descarrío de caballero espiritual como su ilustre paisano don Quijote en busca de aventuras.

               Esto no es mera floritura de la pluma de un francés, sino que es muy justamente deducible del informe de Rivadeneira sobre él, de un examen limpio y cándido del que se puede extraer un paralelismo entre ambos.

               Nos encontramos a un Loyola en época temprana de su vida que está loco por los romances, “muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías” Cambió a estos por las vidas de santos comúnmente llamados “Flos sanctorum”, que leía con un celo tal que tomó la determinación inmediata de imitarlos y poner en práctica lo que leía: “y a querer imitar y obrar lo que leía”  Justo de la misma manera en que nuestro caballero se decidió al punto de imitar lo mejor posible los pasajes que había leído en “sus” libros” [25]

   Queda, pues, claro el paralelismo existente entre el proceso evolutivo seguido por Loyola y don Quijote, ambos estimulando su imaginación con lecturas y soñando con emular a los más famosos santos o caballeros. Loyola quiere imitar a san Francisco y a santo Domingo, y Don  Quijote al Cid o al Caballero de la Ardiente Espada, da lo mismo que uno sea un personaje histórico y otro ficticio, pues las leyendas existentes sobre ambos eran tan ficticias (de ahí esa irónica frase explicativa “según dice la historia”) como las creadas en torno a los santos admirados por Loyola, al que vemos hablando consigo mismo (“todo su discurso era decir consigo”) y citando expresamente a los santos que desea imitar, tal como hace don Quijote (Decía él) hablando solo y nombrando y admirando a sus héroes. Las concomitancias con estos párrafos del Relato y la Vida vuelven a ser evidentes

    Relato-Vida                                                                Quijote
“las más noches de claro en claro”               “las noches leyendo de claro en claro”
“pensamientos...de las cosas que leía”            “Llenósele....de todo aquello que leía”
“Decía él”                                                        “razonando consigo”
“S.Francisco...S. Domingo”                            “Cid...Ardiente Espada...Montalbán”
“esta sucesión de pensamientos tan diversos  le  duró harto tiempo...la fantasía” / 
                                                      “Llenósele  la fantasía de ... toda aquella máquina”

   En sus inicios Loyola quiere imitar a los santos en sus acciones externas, confundía, según el mismo explicará después, la espiritualidad con los “grandes exteriores” y pensaba que para ser santo era suficiente con imitar los gestos externos de los más famosos, de ahí sus deseos de hacer lo mismo que san Francisco o santo Domingo, transformados ahora en sus nuevos héroes [26] .  También don Quijote quiere imitar a los héroes de sus libros por sus hazañas, así que  las raíces  de la locura de don Quijote, sus deseos de imitar a los caballeros y redimir al mundo [27] , se encuentran  en el libro de Gonçalves,  pues Cervantes se inspira en la fantasía  vehemente  y exaltada de Loyola que, en sus ensueños, proyecta el "mundo ficticio de los libros sobre el mundo real que le circunda [...] su locura no origina una pérdida de la facultad del entendimiento, ni le deja en manos del instinto irracional, sino que procede  de la misma agudeza de su espíritu y de su natural imaginativo, que le hace vivir absorto en la ficción y el ensueño" [28] .   Estos razonamientos de Vilanova sobre don Quijote son fácilmente extrapolables  a la personalidad de Loyola según el Relato, y así parece que lo vio Cervan­tes,  pues los sueños de gloria militar y su evolución  hacia un ideal divino, son los mismos atribuidos a don Quijote, cuya voluntad era  "ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban"

   Leturia demuestra con varias comparaciones cómo Loyola, durante su convalecencia, no sólo se influye de los libros leídos, sino que los imita y los toma por  modelo para sus inicios y primeras peregrinaciones.  Por ejemplo, del Flos Sanctorum

“A su influjo y al de San Francisco y Santo Domingo, se juntó el de otros muchos santos, pues seguía enfrascándose en la lectura de sus biografías.  Podríamos recordar a San Andrés, a San José de Arimatea, a San Joaquín y Santa Ana, a San Bernardo, de cuyas vidas ha quedado vestigios más o menos claros en los hechos posteriores o en los Ejercicios.  Más aún.  El modo tan general con que hablan las Memorias de <<los rigores que habían hecho los santos>>, de <<imitar a los santos>>, de <<hacerlo como ellos lo habían hecho>>, confirma la suposición, por sí natural, que no se limitó a esos pocos nombres la lectura, y que ante los ojos del ensimismado convaleciente desfilaban a veces todos ellos en cortejo triunfador, a la manera con que los describe <<como caballeros de Dios>>, el prólogo que Gray Gauberto Vagad puso al Flos Sanctorum que iba leyendo” [29]

   La misma influencia recibe, sigue Leturia, de la Vita Christi Cartujano

  “En esta primera etapa del proceso interior, su voluntad era aún juguete de sus propios pensamientos, de santidad ahora, de mundo un instante después”
    Pero poco a poco, ese vaivén entre los ensueños mundanos y divinos se va inclinando hacia el último y el “hidalgo tocado por la gracia, se replegó más bien a senos recónditos del espíritu, iniciando en ellos una transformación radical y callada” [30]

   En definitiva, el proceso de iniciación y transformación de don Quijote es totalmente paralelo al seguido por Loyola, con la historia y la literatura como alimentos de ese mismo espíritu aventurero.

"En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció   convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el  servicio de su república, hacerse caballero andante,  y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caba­lleros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agra­vio,  y  poniéndose en ocasiones y peligros  donde, acabándolos, cobrase  eterno nombre y fama

    En este párrafo, en cuya primera línea aparece el vocablo “pensamiento”, tan abundante en el fragmento ya citado del Relato, Cervantes resume la situación sicológica de su personaje, del que diagnostica haberse vuelto loco por la extraña idea de hacerse caballero andante, una vieja profesión ligada en principio a la religión, pues tiene su origen en los siglos XIII y XIV en las llamadas “Societates fratrum peregrinantium propter Christum que agrupaban a los franciscanos y dominicos que deseaban ir a evangelizar China [...] es más bien posible, siguiendo una tendencia tan frecuente en la España de antaño, una traslación al plano religioso de los viajes efectuados por aquellos caballeros andantes, cuyas proezas habían maravillado tanto la juventud de Íñigo como la de Santa Teresa:  el apóstol errante es un caballero andante <a lo divino>” [31]

   El interior de don Quijote es, pues, el de un caballero andante a lo divino, un peregrino en camino hacia una meta altruista, y cuyo aspecto externo es el de un caballero tal como lo pintan los libros de caballerías.  Curiosamente las dos vertientes concurren también en el primer Loyola, y en todo caso ambas están unidas por la igualdad de ideales que las generan, pues las causas de la determinación tomada por don Quijote puede  decirse,  al igual que las de Loyola, que coinciden con  "los más altos ideales del humanismo cristiano" [32] ,  hacer por todo  el mundo hechos heroicos en defensa de la humanidad y de su república con el fin de lograr "eterno nombre y fama". Don Quijote busca la fama eterna, la misma que pretende alcanzar Loyola con la santidad, y su intención, aunque no llegó a salir nunca de España, es “irse por todo el mundo”, algo que sí hizo Loyola, viajando y extendiendo la Compañía por todo el mundo. Casi todas las expresiones de Cervantes vuelven a proceder de los primeros capítulos de la Vida, de donde se extrae esa idea de ejercitarse (verbo emblemático en la prosa de la Compañía) en las armas o en la fe en busca de “eterno nombre y fama”

“Y comenzando ya a ser mozo y a hervirle la sangre, movido del ejemplo de sus hermanos, que eran varones enforzados, y él, que de suyo era brioso y de grande ánimo, diose mucho a todos los ejercicios de armas, procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I)
“y por darles contento quise yo tocarlo aquí, y declarar con brevedad cómo sembró esta semilla este labrador y obrero fiel del Señor por todo el mundo(Vida, A los hermanos)
“le dirigí a toda nuestra Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo” (Vida, Al cristiano lector)
“Era entonces Ignacio mozo lozano y pulido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado”(Vida I,I)                                                   
 “Y aunque es cosa muy probada y manifiesta en todo el mundo el fruto que ha traído por todas partes el uso de estos sagrados Ejercicios a la república cristiana,  con todo eso, tocaré algunas cosas de las muchas que sé podrían decir de su provecho y utilidad” (Vida I, VIII)

    A lo largo de la Vida (podrían ponerse otros ejemplos) se repiten esos conceptos imitados por Cervantes para fijar la personalidad y los orígenes de don Quijote.  En el último fragmento, por ejemplo, está presente no sólo la idea de universalidad que pretende don Quijote, sino la del provecho o servicio que con sus ejercicios recibe  la república. 

   En realidad, casi todos los verbos o expresiones empleadas por el narrador encuentran relación con algún fragmento de la Vida, así, por ejemplo, el verbo deshacer  (“deshaciendo todo género de agra­vio")

“y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio” (Vida I, III)

o los peligros y fama (“ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”)

       “Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado, y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan sembrado de espinas y abrojos” (Vida I, VI)
  “Tuvo origen esta fama de lo que él con tanto secreto había hecho en Montserrat” (Vida I,  V) 

   Ese deseo de fama eterna pretendido por don Quijote queda perfectamente matizado en la continuación

“Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda;  y  así, con estos tan agradables pensamientos,  llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba

   La  ironía de Cervantes atribuyendo a don Quijote sueños de coronación,  deriva de su análisis del Relato, pues ¿no sueña Loyola, cuando según él  to­davía sólo piensa en exteriores, con llegar a ser coronado santo?  ¿no  es lógico deducir que tras sus deseos de imitar a san Francisco o santo Domingo  se esconde una última pretensión de alcanzar  como ellos la eterna santidad?

   Cervantes parodia la  ingenuidad del mismo Loyola imaginando que era fácil llegar a ser santo ("Imaginábase el pobre ya")  y compasivamente le llama “el pobre”, también un calificativo utilizado por Ribadeneyra

“y llamando a parte al pobre Ignacio” (Vida I,  XIV)
“a sólo el pobrecito Ignacio” (Vida I,  X)

   El valor es también una constante en el ánimo de don Quijote (“valor de su brazo”) y de Loyola 

“Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido” (Vida, A los hermanos)

   Y la “priesa” del caballero “a poner en efeto lo que deseaba” parodia igualmente la prisa de Loyola, deseando restablecerse para ponerse inmediatamente en camino ("todo estaba embebido en la ida que  pensaba  presto  hacer" R, 12)

“Mas como por esta causa viese nuestro padre Ignacio que ninguno comenzaba, y que se pasaban los días y los meses sin ponerse en efeto lo que él tanto deseaba y tanto cumplía al servicio de Dios nuestro Señor, por quitar al demonio la ocasión de más dilatarla, se determinó de comenzarla, usando de la industria que diré” (Vida III, VIII)

   Además de la expresión casi exacta imitada por Cervantes, todo el fragmento de la Vida está imbuido de la misma idea de dar comienzo a algo que bulle en la cabeza.

"Y  lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían  sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón"

   En la Vida se repite insistentemente el símbolo de las armas

“se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos” (Vida I, I)

en relación a la fortaleza espiritual que progresivamente adquiere Loyola.  Por eso don Quijote ahora acondiciona unas viejas armas que son, en general, una metáfora de la pureza evangélica pretendida por Loyola, cuya idea es revivir el cristianismo apostólico, la doctrina de caridad y amor abandonada desde hacía muchos años por la Iglesia, cuyo adocenamiento es el polvo metafórico existente sobre las armas con que don Quijote va a imitar a Loyola. El sentido simbólico lo ratifica esa especie de error que supone la  incongruencia  temporal entre "bisabuelos" y "luengos siglos", considerada siempre como uno de los muchos lapsus cervantinos,  pues  si las armas pertenecían a sus bisabuelos,  no debería  decir luengos siglos, ya que "debían de ser  de finales del XV o principios del XVI" [33] . Pero el error no existe dentro del discurso interno, donde las armas de don Quijote son el símbolo paródico de la pobre vestimenta escogida por  Loyola ("el vestido que determinaba de traer" R,16), perteneciente a los cristianos primitivos y por tanto en desuso desde hacía  varios siglos, y olvidada, en el sentido  del  abandono y degradación a que había llegado la Iglesia. Por eso el parentesco "sus bisabuelos"  no es sanguíneo, sino simbólico-espiritual.   

   Esta simbología de las armas es común a los libros de caballerías, como puede verse, por ejemplo, en el Tirante el Blanco, donde un ermitaño explica al joven protagonista la significación simbólica de todos los útiles de los caballeros: la lanza es larga para impedir que se acerquen quienes quieran hacer mal a la Iglesia, la espada corta para  defender y hacer daño a quienes quieran atacar a la Iglesia, “las correa de la espada significan que como el cavallero las ciñe por medio del cuerpo, ansí ha de ser ceñido de castidad.  El pomo de la espada significa el mundo  [...] El cavallo significa el pueblo” [34] etc.  Cervantes no copia estos símbolos, que en sí ya los lleva su caballero, sino el procedimiento, creando su propia simbología, tanto para las armas como para su caballo o su dama, etc. Ribadeneyra recurre constantemente en los primeros capítulos al símbolo de las armas, y con sus palabras explica claramente el sentido de olvido al que Cervantes se refiere cuando dice “luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón”

“se movió la gente a recebir con devoción los santos sacramentos de la Confesión y Comunión algunas veces entre año. Y desde entonces se vino a refrescar y a renovar aquella tan saludable costumbre de los antiguos tiempos de la Iglesia primitiva, de hacerlo más a menudo, la cual tantos años atrás estaba puesta en olvido, con menoscabo de la religión cristiana y grave detrimento de las ánimas” (Vida II, XIII)

   Los paralelismos formales y de contenidos son evidentes, pues además de la expresión estar puesto en olvido, hay una clara alusión al pasado remoto (antiguos tiempos / luengos siglos) al que remiten ambos textos.

“Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo;  pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple;  mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera.  Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana;  y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”

   La limpieza de las armas y la búsqueda de una celada [35] como elemento defensivo para la cabeza, forman parte del proceso de investidura de don Quijote como caballero andante y, a su vez, son símbolos de la evolución de Loyola hacia su religiosidad.

   Don Quijote limpia y adereza sus viejas armas “lo mejor que pudo”,  significando la voluntad de Loyola de entregarle a la Iglesia su pureza, según el mismo Ribadeneyra especifica en el capítulo II de la Vida, donde Loyola, todavía impedido por las heridas de su pierna, tiene una visión celestial

“Estando en este estado quiso el Rey del cielo y Señor que le llamaba abrir los senos de su misericordia para con él, y confortarlo y animarle más, con una nueva luz y visitación celestial. Y fue así, que estando él velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Ángeles, que traía en brazos a su preciosísimo Hijo, y con el resplandor de su claridad le alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión; la cual causó en él tan grande aborrecimiento de su vida pasada, y especialmente de todo torpe y  deshonesto deleite, que parecía que quitaban y raían de su ánima, como con la mano, todas las imágenes y representaciones feas. Y bien se vio que no fue sueño sino verdadera y provechosa esta visitación divina, pues con ella le infundió el Señor tanta gracia y le trocó de manera, que desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla, con grande entereza y puridad de su anima”

A partir de esta aparición, Loyola aborrece su pasado y queda limpio para siempre, pues “desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla”.  Eso es lo que Cervantes ha traducido como la limpieza de armas realizada por don Quijote, apoyándose, tal vez, en esa sugerencia de quitar y raer  “como con la mano” toda la suciedad.  Ahora, pues, ya puede decirse que don Quijote, como Loyola, está limpio, o sea, con sus armas puestas al día.  Pero entonces se percata de un grave defecto, y es que carece de celada, de casco, según su acepción militar, para la protección de la cabeza.

Aunque externamente Cervantes se refiere a esa pieza de la armadura, en el lenguaje profundo está utilizando otra de las acepciones de celada (emboscada para asaltar al enemigo), precisamente la empleada por Ribadeneyra en esos mismos capítulos II y III que están sirviendo de fuente para todo lo referente a las armas y vestidura de don Quijote

“Mas la divina misericordia, que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba, antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz,  y con la fresca lección refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos; y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos. Y esto de manera que poco a poco iba prevaleciendo en su ánima la verdad contra la mentira, y el espíritu contra la sensualidad, y el nuevo rayo y luz del cielo contra las tinieblas palpables de Egipto. [...] Porque, primeramente entendió que había dos espíritus, no solamente diversos, sino en todo y por todo tan contrarios entre sí, como son las causas de donde ellos proceden, que son luz y tinieblas, verdad y falsedad, Cristo y Belial. Después de esto comenzó a notar las propiedades de los dos espíritus; y de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento, para discernir y conocer la diferencia de estos espíritus, y una fuerza y vigor sobrenatural en su voluntad para aborrecer todo lo que el mundo le representaba, y para apetecer y desear y proseguir todo lo que el espíritu de Dios le ofrecía y proponía. De los cuales principios y avisos se sirvió después por toda la vida. Desta manera, pues se deshicieron aquellas tinieblas que el príncipe de ellas le ponía delante. Y alumbrados ya sus ojos y esclarecidos con nuevo conocimiento, y esforzada su voluntad con este favor de Dios, diose priesa y pasó adelante, ayudándose por una parte de la lección, y por otra de la consideración de las cosas divinas, y apercibiéndose para las asechanzas y celadas del enemigo. Y trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad, con particular aborrecimiento de sus pecados y des